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Notas del tema

Región de Judea

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Comodidad de lectura

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ECR 54.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

También Jesús se dirige a la casa en que le hospedan. No es la del Cenáculo — que está más en la ciudad, aunque en las afueras —. Ésta es una casa de campo en el pleno sentido de la palabra, entre tupidos olivos. Desde la pequeña y agreste explanada que tiene delante, se ven descender colina abajo, en escalones, los árboles, deteniéndose a la altura de un pequeño torrente escaso de agua, que discurre por el valle situado entre dos colinas poco altas: en la cima de una colina está el Templo; en la otra colina, sólo olivos y más olivos. Jesús está en la parte baja de la ladera de este delicado alcor que sube sin asperezas: serenos árboles, todo manso.

ECR 54.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Traducción en curso

Palabras clave

ECR 55

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Andrés, Pedro, Santiago y Juan, Bartolomé, Felipe y Tomás están en casa de Jonás, el guardián de Getsemaní. Tomás cuenta cómo volvió al lugar. Jesús le preguntó y le pidió que se quedara. El apóstol se alegró, y Jesús aprovechó la ocasión para dar al grupo apostólico una lección sobre la hospitalidad. Pedro refunfuñó e hizo algunas observaciones, diciendo que los que son acogidos no siempre tienen buenas intenciones, y el Señor le replicó. Luego pidió a Tomás que fuera a buscar a Simón el Zelote a los sepulcros, y que lo acompañara hasta que se purificara. Volverían a encontrarse más tarde. En cuanto a Judas, le anima a no ir a verle ni siquiera a buscar su presencia.

Pedro volvió a refunfuñar y Cristo le preguntó por qué. Simón de Jonás le señaló entonces que daba misiones a los que acababan de llegar, pero no a los primeros discípulos que le habían seguido. El Maestro sonrió ante sus palabras y le señaló que, si no daba tales misiones, era porque las conocía y estaba seguro de ellas. Pero Cristo los estimaba tanto que tomó a sus primeros apóstoles "sin exigiros pruebas y sin sentir la necesidad de daros ninguna". Pedro se tranquilizó y pidió perdón. Jesús, por su parte, le pidió que no discutiera sobre los lugares y los méritos de cada uno. El Redentor les recordó que él mismo era el siervo del hombre, por lo que les recordó que debían permanecer humildes.

Por último, Jesús entrega a Tomás el retrato de Simón el Zelote. Sólo queda encontrarlo...

ECR 55.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

55.1 Esta mañana, despertándome de un pesadísimo sopor de muchas horas, mientras oro esperando que se haga de día, se me reanuda la visión.

Digo “se me reanuda” porque estamos todavía en el mismo lugar: la baja y ancha cocina, oscura en sus paredes ahumadas, apenas iluminada por la llamita de aceite puesta encima de la rústica mesa, larga y estrecha, a la que están sentadas ocho personas: Jesús y los seis discípulos, más el dueño de la casa; cuatro por cada lado.

Jesús, aún vuelto de espaldas en su taburete — porque aquí no hay más que taburetes sin respaldo, de tres patas (cosas de campo) — está hablando todavía con Tomás.

ECR 70

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús llega a casa de Jonás, en el olivar de Getsemaní. Jonás le dice que ha venido Juan y Jesús va inmediatamente a su encuentro. Se reencuentran y el joven discípulo se alegra. Le cuenta que había dejado a Docco con Simón, que había ido a buscar a Lázaro a Betania. Juan pensaba que Simón era muy competente, pero el Maestro le dijo que él también era muy bueno en lo que hacía.

Llegaron a la casa y comieron con su anfitrión. Luego salieron al olivar, donde vieron Jerusalén y Jesús hizo un comentario sobre el Templo, que ya no era el Lugar Santo que debía ser. Juan propone entonces ir a ver a Hanne y Caifás y a un rico mercader de pescado para hablar de Jesús y cansarle menos, pero el Señor declina la invitación y habla de Judas, que le había hecho una propuesta parecida para "ser mejor considerado". Juan cree que Judas será mejor que ellos porque es más culto, pero Jesús le enseña que no es así, que a menudo son los corazones que no tienen conocimientos los que más saben amar. Dicho esto, le pide que sea amigo de Judas, que le ayude a ser mejor.

Mientras tanto, Juan habla de Simón Pedro y de la bolsa que recibe de un desconocido (Mateo). Le da el dinero y Jesús le dice que lo repartirá entre los pobres, para que Judas descubra sus costumbres. Juan comprende de quién se trata y se sorprende, pero da noticias de Tomás, que ha ido al encuentro de Felipe y Bartolomé. Jesús le dice que quiere que los Doce se amen sin preferencias, como una sagrada familia.

Por último, declara que va a rezar y Juan quiere quedarse con él, pero pronto se duerme, y Jesús continúa la oración en silencio, mientras su apóstol descansa en su corazón.

Para concluir, Jesús hace un dictado comparando a Judas y a Juan. El primero conservó su manera de pensar y de ver, el segundo se despojó de todo para ser "el discípulo". Juan es el modelo de todos los apóstoles, mientras que Judas es el tipo mismo de todos los apóstoles fracasados.

ECR 70.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

70.1 Veo a Jesús dirigiéndose a la baja y blanca casa que hay en medio del olivar. Un jovencito le saluda. Parece del lugar porque tiene en las manos los utensilios para podar y sachar.

«Dios sea contigo, Rabí. Tu discípulo Juan ha venido, pero se ha vuelto a marchar, a buscarte».

«¿Hace mucho?».

«No, acaba de cruzar aquel sendero. Creíamos que vendrías por la parte de Betania...».

Jesús se encamina ligero, da la vuelta a una prominencia del terreno (...).

ECR 70.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

70.2 Han llegado ya a la casa. Entran en la cocina baja y humosa. El dueño los saluda: «La paz sea contigo».

Responde Jesús: «Paz a esta casa y a ti, y a quien vive contigo. Vie­ne conmigo un discípulo».

«Habrá pan y aceite también para él».

«He traído pescado seco que me han dado Santiago y Pedro. Al pasar por Nazaret, tu Madre me ha dado pan y miel para ti. He caminado sin detenerme, pero de todas formas estará duro».

«No importa, Juan. Tendrá el sabor de las manos de mi Madre».

Juan extrae sus tesoros de la bolsa que había dejado en un rincón, y veo preparar de una manera extraña el pescado seco: lo mojan unos instantes en agua caliente, después le untan y le asan directamente sobre el fuego.

Jesús bendice el alimento y se sienta con el discípulo a la mesa. También están sentados el dueño de la casa — oigo que le llaman Jonás — y su hijo. La madre va y viene con el pescado, aceitunas negras y verduras hervidas y condimentadas con aceite. Jesús ofrece miel. La extiende en el pan y se la ofrece a la madre. «Es de mi colmena» dice. «Mi Madre cuida las abejas. Cómela. Es buena. Tú eres tan buena conmigo, María, que mereces esto y más» añade, porque la mujer no querría privarle de esta dulce miel.

La cena termina rápidamente en medio de una breve conversación. Nada más acabar, después de dar las gracias por el alimento recibido, Jesús dice a Juan: «Ven. Salgamos un poco al olivar. La noche está templada y clara. Será agradable estar un poco afuera».

El dueño de la casa dice: «Maestro, yo me despido de ti. Estoy cansado, y también mi hijo. Vamos a descansar. Dejo la puerta entornada y el candil encima de la mesa. Ya sabes cómo se hace».

«Sí, claro, Jonás, vete a descansar. Y apaga también el candil. Hay una luz de luna tan clara, que veremos incluso sin él».

«Y tu discípulo, ¿dónde va a dormir?».

«Conmigo. En mi estera hay sitio también para él. ¿Verdad, Juan?».

Juan, ante la idea de dormir al lado de Jesús, entra en éxtasis.

Detalle

Jesús está con Juan y van a una casa amiga, el olivar de Getsemaní, propiedad de Jonás y Marcos, su hijo.

ECR 73

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Cristo, Judas, Juan y Simón han llegado a Belén, cerca de la tumba de Raquel. Se les acerca una mujer del lugar, que se entera de que Jesús ha venido a llevar la salvación de su Madre a algunas personas de Belén. Le invita a su casa y su marido les da la bienvenida. Pero hay mucha hostilidad hacia el Mesías, porque la masacre de los Inocentes ha tenido lugar y ha dejado profundas heridas entre la gente de Belén. Los pastores de la Natividad, en particular, son odiados por los habitantes, y el hombre que los recibe está convencido de que se dejaron engañar hace treinta años. Por eso maldice a los pastores y a los Magos y se reprocha su credulidad de entonces. Jesús le señala, sin embargo, que maldecir no está permitido, porque es contrario al mandamiento del amor, y le pregunta si está seguro de que su juicio es justo, porque los pastores y los magos pueden haberles dicho la verdad. Habló de las profecías bíblicas -el Altísimo había anticipado la venida del Salvador por exceso de amor- y mencionó en particular la estrella y las predicciones de los libros de Isaías y Jeremías. Su anfitrión lo reconoció como rabino, pero cuando Jesús quiso saber dónde estaban los pastores Elías y Leví, se volvió abiertamente hostil, porque Jesús le dijo que no los odiara y declaró que el Mesías sí había nacido aquí.

Judas se subió a su caballo, pero Jesús lo calmó y el grupo se marchó. Un poco más adelante, el Iscariote estalla y le hubiera gustado que adoraran a Jesús, pero no quiere reducir a cenizas a todos los que pecan contra él.

Finalmente, Jesús los lleva al lugar de su nacimiento, la cueva de Belén. Juan y Simón se conmueven, Judas se indigna al principio, pero luego se deja vencer por la emoción. Y Jesús les cuenta la historia de su nacimiento...

ECR 73.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

73.1 Un camino de llanura pedregosa, polvorienta, secada por el sol estivo. Discurre entre vigorosos olivos, del todo llenos de pequeñas aceitunas que acaban de formarse. El suelo, en los lugares que no han sido aún pisados, tiene todavía un estrato de diminutas florecitas del olivo, caídas después de la fecundación.

Jesús, con los tres, avanza en fila india a lo largo del margen del camino, donde la sombra de los olivos ha mantenido la hierba todavía verde, y por ello hay menos polvo.

El camino cambia de dirección en ángulo recto y sube levemente hacia una cuenca que tiene forma de amplia herradura, en la cual están esparcidas numerosas casas, más o menos grandes, hasta formar una pequeña ciudad. Exactamente en el punto donde el camino vuelve, hay una construcción cúbica cubierta por una pequeña cúpula baja; está completamente cerrada, como abandonada.

«He ahí el sepulcro de Raquel» dice Simón.

«Entonces casi hemos llegado. ¿Entramos inmediatamente en la ciudad?».

«No, Judas. Antes os enseñaré un lugar... Después entraremos en la ciudad y, dado que hay todavía claridad y por la noche habrá Luna, podremos hablarle a la población, si quiere escuchar».

«¿Cómo quieres que no te escuche?».

73.2 Llegan al sepulcro, antiguo pero bien conservado, bien blanqueado. Jesús se detiene a beber en un rústico pozo cercano.

Detalle

En Judea, cerca de Belén.

ECR 73.10-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

73.10 Ha llegado la noche. La luna viste todo de candor. Los ruiseñores cantan entre los olivos. El riachuelo parece una cinta de plata sonora. De los prados segados llega olor de forrajes: caliente, diría... carnal. Algún mugido. Algún balido. Y estrellas, estrellas, estrellas... una siembra de estrellas en la capa del cielo, un baldaquino de gemas vivas extendido sobre las colinas de Belén.

«¡Pero aquí!... Hay ruinas. ¿A dónde nos llevas? La ciudad está más allá».

«Lo sé. Ven. Sigue el riachuelo detrás de mí. Unos pocos pasos más, y luego... luego te ofreceré el lugar de alojamiento del Rey de Israel».

Judas se encoge de hombros y calla.

Unos pocos pasos más. Luego un amasijo de casas derruidas. Restos de viviendas... Un antro entre dos aberturas de una gruesa pared.

Jesús dice: «¿Tenéis yesca? Encended».

Simón saca un pequeño farol de su bolsa, lo enciende y se lo da a Jesús.

«Entrad» dice el Maestro levantando la lamparita. «Entrad. Ésta es la estancia de la natividad del Rey de Israel».

«¡Estás de broma, Maestro! Ésta es una fétida cueva. ¡Ah, yo aquí, por supuesto, no me quedo! Me da asco: húmeda, fría, maloliente, llena de escorpiones, hasta de culebras quizás...».

«Y a pesar de todo... amigos, aquí, la noche del 25 de Encenias, de la Virgen nació Jesucristo, el Emmanuel, el Verbo de Dios hecho carne por amor al hombre: quien os está hablando. En aquel entonces, como ahora, el mundo se mostró sordo ante las voces del Cielo que hablaban a los corazones... y rechazó a mi Madre... y aquí... No, Judas, no desvíes con desagrado la mirada de esos murciélagos que revolotean, de esos lagartos, de esas telas de araña; no te recojas con asco tu bonita vestimenta bordada para que no arrastre sobre el suelo cubierto de excrementos de animales. Esos murciélagos son los hijos de los hijos de los que en realidad fueron los primeros juguetes agitados ante los ojos del Niño, por el cual los ángeles cantaban el “Gloria” que oyeron los pastores, que estaban ebrios, sí, pero sólo de extática alegría, de verdadera alegría. Esos lagartos, con su esmeralda, fueron los primeros colores que impresionaron mi pupila, los primeros después del candor del vestido y del rostro maternos; esas telas de araña, los baldaquinos de mi cuna regia. Este suelo... ¡oh!, lo puedes pisar sin desdén... Está cubierto de excrementos... pero está santificado por el pie de Ella, la Santa, la gran Santa, la Pura, la Intacta, la Puérpera deípara, aquella que dio a luz porque debía dar a luz, dio a luz porque Dios, no el hombre, se lo dijo y la fecundó de sí mismo. Ella, la Sin Mancha, lo ha comprimido con sus pies. Tú lo puedes pisar. Y Dios quiera que por las plantas de tus pies te suba al corazón la pureza que Ella espiró...».

73.11 Simón se ha arrodillado. Juan va derecho hacia el pesebre y llora con la cabeza apoyada en él. Judas está aterrado... le vence la emoción y, dejando de pensar en su bonita vestimenta, se arroja al suelo, coge el orlo del vestido de Jesús, lo besa y se golpea el pecho diciendo: «¡Misericordia, Maestro bueno, por la ceguera de tu siervo! Mi soberbia cae... te veo cual eres. No el rey que yo pensaba, sino el Príncipe eterno, el Padre del siglo futuro, el Rey de la paz. ¡Piedad, Señor y Dios mío! ¡Piedad!».

«Sí. ¡Toda mi piedad! Ahora dormiremos donde durmieron el Infante y la Virgen, ahí donde Juan se ha colocado en el lugar de la Madre en adoración, aquí donde Simón parece mi padre putativo... O, si lo preferís, os hablo de aquella noche...».

«¡Oh! sí, Maestro. Danos a conocer cómo naciste».

«Para que sea perla de luz en nuestros corazones. Y para que se lo podamos transmitir al mundo».

«Y venerar a tu Madre, no sólo por ser madre tuya, sino por ser... ¡por ser la Virgen!».

Primero ha hablado Judas, luego Simón, luego Juan con rostro lloroso y risueño, junto al pesebre...

«Venid aquí sobre el heno. Escuchad...».... y Jesús cuenta su noche natal: «...Estando por cumplírsele a mi Madre el tiempo de dar a luz, por orden de César Augusto, el delegado imperial, Publio Sulpicio Quirino, siendo gobernador de Palestina Senzio Saturnino, publicó un edicto cuyo contenido era empadronar a todos los habitantes del Imperio. Los no esclavos debían dirigirse a los lugares de origen para inscribirse en los registros del Imperio. José, esposo de mi Madre, era de la estirpe de David, como también de David era mi Madre. Obedeciendo por ello al edicto, dejaron Nazaret para venir a Belén, cuna de la estirpe real. Muy frío el tiempo...».

Jesús continúa su narración y todo termina así.

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