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Notas del tema

Atributos de la Virgen María

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ECR 17.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Mi Jesús, y con Él yo, su Madre, conocimos el languor de la muerte. Yo, el dulce languidecer de quien, cansado, se duerme; Él, ese languidecer atroz de quien muere por haber sido condenado. A nosotros, pues, también nos vino la muerte. Sin embargo, la maternidad exenta de cualquier tipo de violación me vino solamente a mí, la nueva Eva, para que yo pudiera manifestarle al mundo cuán dulce era el destino de la mujer, llamada a ser madre sin el dolor de la carne. El deseo de esta pura maternidad, siendo, como es, la gloria de la mujer, podía estar, y estaba, en la Virgen toda de Dios. Añadid a vuestra consideración el honor en que era tenida la mujer madre en el pueblo israelita, y comprenderéis mejor la naturaleza del sacrificio cumplido al consagrarme a esta privación.

Ahora a su sierva el eterno Bueno le ofrecía este don, sin privarme del candor de que yo me había vestido para ser flor en su trono. Por ello exultaba, con el doble gozo de ser madre de un hombre y de ser Madre de Dios.

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María habló con María y le dijo:

ECR 17.11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

17.11 Alegría de haber hecho feliz a Dios: alegría del creyente que ve feliz a su Dios.

¡Oh..., haber quitado del corazón de Dios la amargura de la desobediencia de Eva, de la soberbia de Eva, de su incredulidad!

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María habla a María y le describe sus diversas alegrías en la Anunciación. Después de hablar de la alegría de ser madre y de su alegría por reconciliar el cielo y la tierra, continúa diciendo:

ECR 17.13-15

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La alegría brotó de mi corazón como un tallo de rosa florecida. Pero en seguida se adornó de punzantes espinas y quedó abrazada por la maraña del dolor, como esas ramas envueltas en campanillas de enredadera. El dolor del dolor de mi esposo: ésta era la angustia dentro de mi gozo. El dolor del dolor de mi Hijo: éstas eran las espinas de mi gozo.

Eva quiso el disfrute, el triunfo, la libertad: yo acepté el dolor, el anonadamiento, la esclavitud. Renuncié a mi vida tranquila, a la estima de mi esposo, a la propia libertad. No me quedé con nada. Me hice la Esclava de Dios en la carne, en la parte moral, en el espíritu, confiándome a Él, no sólo respecto a la concepción virginal, sino también a la defensa de mi honor, a la consolación de mi esposo, al medio con que conducirle a él también a la sublimación del matrimonio, de manera que los dos fuéramos quienes devolvieran al hombre y a la mujer la dignidad perdida.

17.14 Abracé la voluntad del Señor por mí, por mi esposo, por mi Hijo. Dije “sí” por los tres, segura como estaba de que Dios no faltaría a su promesa de socorrerme en mi dolor de esposa que se ve juzgada culpable, en mi dolor de madre que ve que engendra para entregar a su Hijo al dolor.

“Sí” dije. Sí, y basta. Ese “sí” ha anulado el “no” que Eva opuso al mandato divino. “Sí, Señor, como Tú quieras. Conoceré lo que Tú quieras. Viviré como Tú quieras. Estaré gozosa si Tú lo quieres. Sufriré por lo que Tú quieras. Sí, siempre sí, mi Señor, desde el momento en que tu rayo me hizo Madre hasta el momento en que me llamaste a ti. Sí, siempre sí. Todas las voces de la carne, todas las pasiones de lo moral, bajo el peso de este sí mío perpetuo. Y encima, como encima de un pedestal de diamante, mi espíritu, al cual le faltan las alas para volar a ti, pero es señor de todo el yo, domado y siervo tuyo, siervo en la alegría, siervo en el dolor. ¡Sonríe, oh Dios! ¡Alégrate! La culpa ha sido vencida, cancelada, destruida; yace bajo mi talón, ha sido lavada en mi llanto, destruida por mi obediencia. De mi seno nacerá el Árbol nuevo que dará el Fruto que conocerá todo el Mal por haberlo padecido en sí y dará todo el Bien. A éste sí podrán acercarse los hombres, y yo me sentiré feliz de que cojan de él, aunque no piensen que de mí nace. Con tal de que el hombre se salve y Dios sea amado, hágase de su esclava lo mismo que de la base de terreno en que un árbol crece: escalón para subir”.

17.15 María, hay que saber ser siempre escalón para que los demás suban a Dios. Si nos pisan, no importa, con tal de que logren ir a la Cruz. Es el nuevo árbol que posee el fruto del conocimiento del Bien y del Mal, porque le dice al hombre lo que está mal y lo que está bien, para que sepa elegir y vivir; y sabe, al mismo tiempo, hacer de sí elixir para curar a los que se han intoxicado con el mal que quisieron gustar. Nuestro corazón bajo los pies de los hombres, con tal de que el número de los redimidos crezca y que la Sangre de mi Jesús no sea derramada sin fruto. Éste es el destino de las esclavas de Dios. Mas luego mereceremos recibir en nuestro seno la Hostia santa, y, a los pies de la Cruz, embebida en su Sangre y en nuestro llanto, decir: “He aquí, oh Padre, la Hostia inmaculada que te ofrecemos para salud del mundo. Míranos, oh Padre, fundidas con Ella, y por sus méritos infinitos danos tu bendición”.

ECR 17.19

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

17.19 No se debe olvidar que la Gracia es foco de luz, y, que quien la posee conoce aquello que es útil y bueno conocer. La Llena de Gracia conoció todo, porque la Sabiduría la instruía (la Sabiduría, que es Gracia), y supo guiarse a sí misma santamente. Eva conocía, por tanto, aquello que le era bueno conocer; no más de eso. Porque es inútil conocer lo que no es bueno. No tuvo fe en las palabras de Dios y no fue fiel a su promesa de obediencia. Prestó fe a Satanás, infringió la promesa, quiso conocer lo no bueno, lo amó sin remordimiento, transformó en cosa corrompida, envilecida, ese amor que Yo había otorgado tan santo. Ángel caído, se revolcó en barro y paja, mientras que podía haber corrido dichosa entre las flores del Paraíso Terrenal y ver florecer a su alrededor la prole, de la misma forma que un árbol se cubre de flores sin combar su copa y meterla en el pantano.

ECR 18.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

18.7 Dice María:

«Hija mía querida, cuando, terminado el éxtasis que me había henchido de inefable alegría, regresé a los sentidos de la Tierra, el primer pensamiento que, punzante como espina de rosas, hirió mi corazón envuelto en las rosas del Divino Amor, desposado conmigo unos instantes antes, fue José.

Yo ya amaba entonces a este santo y providente custodio mío. Desde el momento en que la voluntad de Dios, a través de la palabra de su Sacerdote, quiso que fuera esposa de José, pude ir conociendo y apreciando la santidad de este Justo. Unida a él, sentí cesar mi estado de desorientación por mi orfandad, y dejé de añorar el perdido amparo del Templo. Él era tan dulce como el padre que había perdido. Junto a él me sentía tan segura como junto al Sacerdote. Toda vacilación había cesado; es más, había quedado olvidada — efectivamente, mucho se habían alejado de mi corazón de virgen las vacilaciones, porque había comprendido que no tenía motivo alguno de vacilar, que no tenía nada que temer respecto a José —. Mi virginidad, confiada a José, estaba más segura que un niño en brazos de su madre.»

ECR 18.8-10

El Evangelio como me ha sido revelado

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18.8 ¿Cómo decirle ahora que era Madre? Trataba de encontrar las palabras con que anunciárselo. Difícil búsqueda. No quería yo, en efecto, alabarme por el don divino recibido, y no podía justificar mi maternidad en ningún modo sin decir: “El Señor me ha amado entre todas las mujeres y de mí, su sierva, ha hecho su Esposa”. Tampoco quería engañarle, ocultándole mi estado.

Pero, mientras oraba, el Espíritu que me llenaba me había dicho: “Guarda silencio. Déjame a mí la tarea de justificarte ante tu esposo”. ¿Cuándo? ¿Cómo? No lo había preguntado. Siempre me había abandonado en Dios, como una flor se abandona a la ola que la lleva. Jamás el Eterno me había dejado sin su ayuda. Su mano me había sujetado, protegido, guiado hasta aquí; esta vez, pues, también lo haría.

18.9 Hija mía, ¡qué hermosa y confortante es la fe en nuestro eterno y buen Dios! Nos pone entre sus brazos como si fueran una cuna; nos lleva, como una barca, al radiante puerto del Bien; da calor a nuestro corazón, nos consuela, nos nutre, nos proporciona descanso y júbilo, nos ilumina y nos guía. La confianza en Dios lo es todo, y Dios da todo a quien tiene confianza en Él: se da Él mismo.

Aquella tarde llevé hasta la perfección mi confianza de criatura. Ahora podía hacerlo, porque Dios estaba en mí. Antes, mi confianza era la de una pobre criatura como era; siempre una nada, aunque fuera la Tan Amada que era la Sin Mancha. Pero ahora poseía la confianza divina porque Dios era mío: ¡mi Esposo, mi Hijo! ¡Oh, gran gozo! Ser Una con Dios. No para gloria mía, sino para amarle en una unión total y poderle decir: “Tú, Tú solo, que estás en mí, actúa con tu divina perfección en todas las cosas que yo haga”.

Si Él no me hubiera dicho: “¡Calla!”, quizás habría osado, con el rostro en tierra, decirle a José: “El Espíritu ha penetrado en mí y llevo la Semilla de Dios”. Él me habría creído, porque me estimaba y además porque, como todos los que nunca mienten, no podía creer que otro mintiera. Sí, con tal de no causarle un dolor subsiguiente, yo habría vencido la reticencia a proporcionarme a mí misma esa alabanza. Mas, presté obediencia al mandato divino.

A partir de ese momento, y durante meses, sentí esa primera herida que me ensangrentaba el corazón. Ese fue el primer dolor de mi destino de Corredentora. Lo ofrecí y lo sufrí para expiar, y para daros una norma de vida en momentos análogos a éste, de sufrimiento por deber guardar silencio o por un hecho que da una mala imagen de vosotros a quien os ama.

18.10 Confiadle a Dios la tutela de vuestro buen nombre y de vuestros intereses afectivos. Mereced, con una vida santa, la tutela de Dios, y... caminad seguros. Podrá el mundo entero ponerse en contra de vosotros; Él os defenderá ante quien os ama, y hará brillar la verdad.

Ahora descansa, hija, y sé cada vez más hija mía».

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María vive la Anunciación y habla de San José.

ECR 20.3-5

El Evangelio como me ha sido revelado

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20.3 Y también ahora, cuando la visión se me detiene, como ayer, queda presente conmigo la Madre, tan nítidamente visible a mi interna vista, que le puedo describir el color rosado tenue del carrillo que bien poco tiene de grueso y sí de dulcemente blando; le puedo describir el rojo vivo de su pequeña boca y el brillar dulce de sus ojos azulinos entre el rubio oscuro de las pestañas.

Le puedo decir cómo sus cabellos, divididos por el medio de la cabeza, caen esponjosos con tres ondulaciones por cada parte hasta tapar la mitad de sus pequeñas orejas rosadas, y desaparecen con su oro pálido y brillante bajo el velo que le cubre la cabeza (en efecto, la veo cubierta con su manto, vestida con su vestido de seda paradisíaca, y con su manto fino como un velo, aunque opaco, de la misma tela que el vestido).

Le puedo decir que su vestido está como ceñido al cuello por una vaina atravesada por un cordón cuyos extremos se anudan por delante en la base del cuello; y que el vestido está recogido en torno a la cintura por un cordón más grueso, también de seda blanca, del que penden lateralmente dos borlas.

Le puedo incluso decir que el vestido, estando ceñido al cuello y a la cintura, forma sobre el pecho siete pliegues ondulados y esponjosos, único ornato del castísimo indumento.

Le puedo expresar la castidad que emana de todo el aspecto de María, de esas formas suyas tan delicadas y armoniosas que la hacen tan angélicamente mujer.

20.4 Y, cuanto más la miro, más sufro pensando en cuánto la hicieron sufrir, y me pregunto cómo pudieron no tener piedad de Ella, tan mansa y gentil, tan delicada incluso en su aspecto físico. Mirándola, llegan de nuevo a mis oídos todos los gritos del Calvario — que también iban contra Ella —, todos los escarnios y burlas, todas las maldiciones por ser la Madre del Condenado. La veo bella y tranquila, ahora; pero, su aspecto actual no me borra el recuerdo de su trágico rostro de aquellas horas de agonía, ni el de su rostro desolado en la casa de Jerusalén, después de la muerte de Jesús. Y quisiera poderla acariciar y besarle esa mejilla tan delicadamente rosada y suave, para hacer desaparecer con mi beso ese recuerdo de llanto que, igual que en mí, ciertamente está en Ella.

20.5 No puede imaginarse qué paz me da el tenerla cerca. Creo que morir viéndola tiene que ser tan dulce como la más dulce hora de vida; más dulce aún. Durante este tiempo en que no la veía así — toda para mí — he sufrido su ausencia como se sufre por la ausencia de una madre. Experimento de nuevo la inefable alegría que me acompañó en el mes de diciembre y al principio de enero. Y me siento feliz. Feliz, a pesar de que el haber visto el suplicio de la Pasión extienda un velo de dolor sobre toda dicha mía.

Es difícil decir y hacer comprender lo que siento y lo que se ha producido desde el 11 de febrero, desde la tarde en que vi sufrir a Jesús en su Pasión. Ha sido una visión que me ha cambiado radicalmente. Ya muriese ahora, ya dentro de cien años, esa visión permanecería siempre igual en su intensidad y en sus efectos. Antes pensaba en los dolores de Cristo; ahora los vivo, porque me basta una palabra, una mirada a una imagen, para volver a sufrir cuanto sufrí aquella tarde y para horrorizarme ante aquellos suplicios y angustiarme por aquel padecimiento suyo desolado; y, aunque nada lo recuerde, el recuerdo y su suplicio están vivos en mí.

María empieza a hablar y yo me callo.

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Descripción física de María con su cuerpo glorificado. Comentarios de María sobre su belleza y sobre lo que experimentó la Plenitud de Gracia en el Calvario.

ECR 21.5

El Evangelio como me ha sido revelado

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En vez de Sara, aparece, en la parte alta de una escalera adosada a un lado de la casa, una mujer ya muy anciana, ya llena de arrugas, con el pelo muy canoso — pero que ha debido ser negrísimo, a juzgar por lo negras que tiene las pestañas y las cejas y por el color moreno de su cara —. Contrasta en modo extraño, con su visible vejez, su estado, ya muy patente, a pesar de la ropa amplia y suelta que lleva. Mira protegiéndose los ojos de la luz con la mano. Reconoce a María. Levanta los brazos hacia el cielo con una exclamación de asombro y de alegría, y se apresura, en la medida en que puede, hacia abajo al encuentro de la recién llegada. Y María — cuyos movimientos son siempre moderados — esta vez se echa a correr rápida como un cervatillo y llega al pie de la escalera al mismo tiempo que Isabel. Y recibe en su pecho con viva efusión de afecto a su prima, que, al verla, llora de alegría.

Permanecen abrazadas un momento. Luego Isabel se separa con una exclamación de dolor y alegría al mismo tiempo, y se lleva las manos al abultado vientre. Agacha la cabeza, palideciendo y sonrojándose alternativamente. María y el sirviente extienden los brazos para sujetarla, pues ella vacila como si se sintiera mal.

Pero Isabel, después de un minuto de estar como recogida dentro de sí, alza su rostro, tan radiante que parece rejuvenecido, mira a María sonriendo con veneración como si estuviera viendo un ángel y se inclina en un intenso saludo diciendo: «¡Bendita tú entre todas las mujeres! ¡Bendito el Fruto de tu vientre! (lo dice así, dos frases bien separadas) ¿Cómo he merecido que venga a mí, sierva tuya, la Madre de mi Señor? Sí, ante el sonido de tu voz, el niño ha saltado en mi vientre como jubiloso, y cuando te he abrazado el Espíritu del Señor me ha dicho una altísima verdad en el corazón. ¡Dichosa tú, porque has creído que a Dios le fuera posible lo que posible no aparece a la humana mente! ¡Bendita tú, que por tu fe harás realidad lo que te ha sido predicho por el Señor y fue predicho a los Profetas para este tiempo! ¡Bendita tú, por la Salud que engendras para la estirpe de Jacob! ¡Bendita tú, por haber traído la Santidad a este hijo mío que siento saltar de júbilo en mi vientre como cabritillo alborozado porque se siente liberado del peso de la culpa, llamado a ser el precursor, santificado antes de la Redención por el Santo que se está desarrollando en ti!».

María, con dos lágrimas como perlas, que le bajan desde los risueños ojos hasta la boca sonriente, el rostro alzado hacia el cielo, levantados también los brazos, en la posición que luego tantas veces tendrá su Jesús, exclama: «El alma mía magnifica a su Señor» y continúa el cántico como nos ha sido transmitido. Al final, en el versículo: «Ha socorrido a Israel, su siervo etc»., recoge las manos sobre el pecho y se arrodilla muy curvada hacia el suelo adorando a Dios.

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Un anciano dejó entrar a María en casa de Isabel y Zacarías y llamó a su mujer Sara.

ECR 22.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

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22.1 Veo a María cosiendo sentada en la sala de la planta baja. Parece que es por la mañana. Isabel va y viene, ocupándose de la casa. Cada vez que entra, se acerca a depositar una caricia en la rubia cabeza de María, más rubia aún ahora por el contraste con las paredes, más bien oscuras, y bajo el rayo del luminoso sol que entra por la puerta abierta que da al jardín.

Isabel se inclina a mirar el trabajo de María — es el bordado que tenía en Nazaret — y alaba su belleza.

«Tengo también lino para hilar» dice María.

«¿Para tu Niño?».

«No. Lo tenía ya cuando todavía no pensaba que...». María no acaba la frase, pero yo entiendo: «... cuando todavía no pensaba que iba a ser Madre de Dios».

«Pero ahora tendrás que usarlo para Él. ¿Es bonito? ¿Es fino? Ya sabes que los niños necesitan una tela suavísima».

«Sí, lo sé».

«Yo había empezado... Tarde, porque quería estar segura de que no era un engaño del Maligno; a pesar de que... sentía en mí una alegría tal, que, no, no podía provenir de Satanás. Luego... he sufrido mucho. Soy vieja, María, para encontrarme en este estado.

22.2 He sufrido mucho. Tú no sufres...».

«Yo no. Nunca me he sentido tan bien».

«¡Ya! ¡Claro! En ti no hay mancha, si Dios te ha elegido para ser Madre suya. Por tanto, no estás sujeta a los sufrimientos de Eva. El Fruto concebido en ti es santo».

«Es como si tuviera un ala en el corazón y no un peso; es como llevar dentro todas las flores y todas las avecillas que cantan en primavera, y toda la miel y todo el sol... ¡Oh, me siento dichosa!».

«¡Bendita eres! Yo también, desde que te he visto, he dejado de sentir peso, cansancio y dolor. Me siento nueva, joven, liberada de las miserias de mi carne de mujer. Mi hijo saltó primero dichoso ante el sonido de tu voz, luego se tranquilizó gozoso. Y me parece como si le llevase dentro en una cuna viva, y como si le viera dormir completamente satisfecho y dichoso, y respirar como un pajarito feliz bajo el ala de su madre...

ECR 22.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

22.2 He sufrido mucho. Tú no sufres...».

«Yo no. Nunca me he sentido tan bien».

«¡Ya! ¡Claro! En ti no hay mancha, si Dios te ha elegido para ser Madre suya. Por tanto, no estás sujeta a los sufrimientos de Eva. El Fruto concebido en ti es santo».

«Es como si tuviera un ala en el corazón y no un peso; es como llevar dentro todas las flores y todas las avecillas que cantan en primavera, y toda la miel y todo el sol... ¡Oh, me siento dichosa!».

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Elisabeth habla de su embarazo.