20.3 Y también ahora, cuando la visión se me detiene, como ayer, queda presente conmigo la Madre, tan nítidamente visible a mi interna vista, que le puedo describir el color rosado tenue del carrillo que bien poco tiene de grueso y sí de dulcemente blando; le puedo describir el rojo vivo de su pequeña boca y el brillar dulce de sus ojos azulinos entre el rubio oscuro de las pestañas.
Le puedo decir cómo sus cabellos, divididos por el medio de la cabeza, caen esponjosos con tres ondulaciones por cada parte hasta tapar la mitad de sus pequeñas orejas rosadas, y desaparecen con su oro pálido y brillante bajo el velo que le cubre la cabeza (en efecto, la veo cubierta con su manto, vestida con su vestido de seda paradisíaca, y con su manto fino como un velo, aunque opaco, de la misma tela que el vestido).
Le puedo decir que su vestido está como ceñido al cuello por una vaina atravesada por un cordón cuyos extremos se anudan por delante en la base del cuello; y que el vestido está recogido en torno a la cintura por un cordón más grueso, también de seda blanca, del que penden lateralmente dos borlas.
Le puedo incluso decir que el vestido, estando ceñido al cuello y a la cintura, forma sobre el pecho siete pliegues ondulados y esponjosos, único ornato del castísimo indumento.
Le puedo expresar la castidad que emana de todo el aspecto de María, de esas formas suyas tan delicadas y armoniosas que la hacen tan angélicamente mujer.
20.4 Y, cuanto más la miro, más sufro pensando en cuánto la hicieron sufrir, y me pregunto cómo pudieron no tener piedad de Ella, tan mansa y gentil, tan delicada incluso en su aspecto físico. Mirándola, llegan de nuevo a mis oídos todos los gritos del Calvario — que también iban contra Ella —, todos los escarnios y burlas, todas las maldiciones por ser la Madre del Condenado. La veo bella y tranquila, ahora; pero, su aspecto actual no me borra el recuerdo de su trágico rostro de aquellas horas de agonía, ni el de su rostro desolado en la casa de Jerusalén, después de la muerte de Jesús. Y quisiera poderla acariciar y besarle esa mejilla tan delicadamente rosada y suave, para hacer desaparecer con mi beso ese recuerdo de llanto que, igual que en mí, ciertamente está en Ella.
20.5 No puede imaginarse qué paz me da el tenerla cerca. Creo que morir viéndola tiene que ser tan dulce como la más dulce hora de vida; más dulce aún. Durante este tiempo en que no la veía así — toda para mí — he sufrido su ausencia como se sufre por la ausencia de una madre. Experimento de nuevo la inefable alegría que me acompañó en el mes de diciembre y al principio de enero. Y me siento feliz. Feliz, a pesar de que el haber visto el suplicio de la Pasión extienda un velo de dolor sobre toda dicha mía.
Es difícil decir y hacer comprender lo que siento y lo que se ha producido desde el 11 de febrero, desde la tarde en que vi sufrir a Jesús en su Pasión. Ha sido una visión que me ha cambiado radicalmente. Ya muriese ahora, ya dentro de cien años, esa visión permanecería siempre igual en su intensidad y en sus efectos. Antes pensaba en los dolores de Cristo; ahora los vivo, porque me basta una palabra, una mirada a una imagen, para volver a sufrir cuanto sufrí aquella tarde y para horrorizarme ante aquellos suplicios y angustiarme por aquel padecimiento suyo desolado; y, aunque nada lo recuerde, el recuerdo y su suplicio están vivos en mí.
María empieza a hablar y yo me callo.