ECR 69.5
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
El hombre, si no quiere, puede no pecar.
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 69.5
El hombre, si no quiere, puede no pecar.
ECR 69.5
Todo lo tenemos en torno a nosotros: el bien y el mal. Todo lo llevamos con nosotros. Sobre el bien sopla el hálito de Dios y lo aviva como a turíbulo de gratos y sagrados inciensos. Sobre el mal sopla Satanás y, encendiéndolo, lo transforma en hoguera de feroz lengua. Mas la voluntad atenta y la oración constante son húmeda arena sobre la llamarada de infierno: la sofocan y la extinguen.
Tenemos todo dentro de nosotros: el bien y el mal. En una nota a la segunda edición, el editor escribe: "Estas afirmaciones son correctas cuando se aplican a la condición humana en general. Sin embargo, Maria Valtorta las corrigió en una copia mecanografiada, de un modo que parece más adecuado a la doble naturaleza humana y divina de la oradora: En nuestro interior lo tenemos todo: el bien y el mal. Podemos llevarlo todo dentro de nosotros.
ECR 69.6
«No voy a despreciar a nadie. Iré tanto a los pobres como a los ricos, a los esclavos como a los reyes, a los puros como a los pecadores. Pero si bien he de quedar agradecido a quien proporcione pan y techo a mis fatigas (cualesquiera que sean ese techo y ese alimento), verdad es que daré siempre preferencia a lo humilde; los grandes tienen ya muchas satisfacciones, los pobres no tienen más que la recta conciencia, un amor fiel, e hijos, y el verse escuchados por la mayoría de ellos. Yo siempre prestaré atención a los pobres, a los afligidos y a los pecadores.»
ECR 70
Jesús llega a casa de Jonás, en el olivar de Getsemaní. Jonás le dice que ha venido Juan y Jesús va inmediatamente a su encuentro. Se reencuentran y el joven discípulo se alegra. Le cuenta que había dejado a Docco con Simón, que había ido a buscar a Lázaro a Betania. Juan pensaba que Simón era muy competente, pero el Maestro le dijo que él también era muy bueno en lo que hacía.
Llegaron a la casa y comieron con su anfitrión. Luego salieron al olivar, donde vieron Jerusalén y Jesús hizo un comentario sobre el Templo, que ya no era el Lugar Santo que debía ser. Juan propone entonces ir a ver a Hanne y Caifás y a un rico mercader de pescado para hablar de Jesús y cansarle menos, pero el Señor declina la invitación y habla de Judas, que le había hecho una propuesta parecida para "ser mejor considerado". Juan cree que Judas será mejor que ellos porque es más culto, pero Jesús le enseña que no es así, que a menudo son los corazones que no tienen conocimientos los que más saben amar. Dicho esto, le pide que sea amigo de Judas, que le ayude a ser mejor.
Mientras tanto, Juan habla de Simón Pedro y de la bolsa que recibe de un desconocido (Mateo). Le da el dinero y Jesús le dice que lo repartirá entre los pobres, para que Judas descubra sus costumbres. Juan comprende de quién se trata y se sorprende, pero da noticias de Tomás, que ha ido al encuentro de Felipe y Bartolomé. Jesús le dice que quiere que los Doce se amen sin preferencias, como una sagrada familia.
Por último, declara que va a rezar y Juan quiere quedarse con él, pero pronto se duerme, y Jesús continúa la oración en silencio, mientras su apóstol descansa en su corazón.
Para concluir, Jesús hace un dictado comparando a Judas y a Juan. El primero conservó su manera de pensar y de ver, el segundo se despojó de todo para ser "el discípulo". Juan es el modelo de todos los apóstoles, mientras que Judas es el tipo mismo de todos los apóstoles fracasados.
ECR 70.2
70.2 Han llegado ya a la casa. Entran en la cocina baja y humosa. El dueño los saluda: «La paz sea contigo».
Responde Jesús: «Paz a esta casa y a ti, y a quien vive contigo. Viene conmigo un discípulo».
«Habrá pan y aceite también para él».
«He traído pescado seco que me han dado Santiago y Pedro. Al pasar por Nazaret, tu Madre me ha dado pan y miel para ti. He caminado sin detenerme, pero de todas formas estará duro».
«No importa, Juan. Tendrá el sabor de las manos de mi Madre».
Juan extrae sus tesoros de la bolsa que había dejado en un rincón, y veo preparar de una manera extraña el pescado seco: lo mojan unos instantes en agua caliente, después le untan y le asan directamente sobre el fuego.
Jesús bendice el alimento y se sienta con el discípulo a la mesa. También están sentados el dueño de la casa — oigo que le llaman Jonás — y su hijo. La madre va y viene con el pescado, aceitunas negras y verduras hervidas y condimentadas con aceite. Jesús ofrece miel. La extiende en el pan y se la ofrece a la madre. «Es de mi colmena» dice. «Mi Madre cuida las abejas. Cómela. Es buena. Tú eres tan buena conmigo, María, que mereces esto y más» añade, porque la mujer no querría privarle de esta dulce miel.
La cena termina rápidamente en medio de una breve conversación. Nada más acabar, después de dar las gracias por el alimento recibido, Jesús dice a Juan: «Ven. Salgamos un poco al olivar. La noche está templada y clara. Será agradable estar un poco afuera».
El dueño de la casa dice: «Maestro, yo me despido de ti. Estoy cansado, y también mi hijo. Vamos a descansar. Dejo la puerta entornada y el candil encima de la mesa. Ya sabes cómo se hace».
«Sí, claro, Jonás, vete a descansar. Y apaga también el candil. Hay una luz de luna tan clara, que veremos incluso sin él».
«Y tu discípulo, ¿dónde va a dormir?».
«Conmigo. En mi estera hay sitio también para él. ¿Verdad, Juan?».
Juan, ante la idea de dormir al lado de Jesús, entra en éxtasis.
Jesús está con Juan y van a una casa amiga, el olivar de Getsemaní, propiedad de Jonás y Marcos, su hijo.
ECR 70.3
No quiero ser Yo el que empieze la guerra. La guerra vendrá igualmente, porque Yo infundiré miedo, un estúpido miedo humano, a algunos, y seré un reproche para otros; pero esto debe estar en su libro, no en el mío.
ECR 70.5
Odio a los espías y a los traidores.
ECR 70.6
« (...) Quiero que os améis sin preferencias, ayudándoos mutuamente, comprendiéndoos mutuamente. Nadie es perfecto, Juan. Ni los jóvenes ni los viejos. Pero si tenéis buena voluntad llegaréis a la perfección; lo que os falte lo pondré Yo. Vosotros sois como los hijos de una santa familia. En ella hay muchos caracteres distintos. Uno es fuerte; el otro, dulce o valiente o tímido o impulsivo o muy cauto. Si todos fuerais iguales, constituiríais una potencia en un carácter, pero estaríais incompletos en todos los demás; mientras que así formáis una unión perfecta porque os completáis unos a otros. El amor os une — debe uniros —, el amor por la causa de Dios».
«Y por ti, Jesús».
«Primero la causa de Dios y luego el amor hacia su Cristo».
ECR 70.8-9
Luego dice Jesús:
«Una comparación más entre mi Juan y otro discípulo, comparación en la que aparece aún más límpida la figura de mi predilecto.
Éste se despoja incluso de su modo de pensar y juzgar para ser “el discípulo”. Juan es aquel que se dona sin querer retener de sí, del sí mismo anterior a la elección, ni siquiera una molécula. Judas, sin embargo, es aquel que no se quiere despojar de sí mismo: la suya es, por tanto, una donación irreal; lleva consigo su yo enfermo de soberbia, de sensualidad, de avidez; conserva su modo de pensar; neutraliza, por tanto, los efectos de la donación y de la Gracia.
Judas: primero de la serie de todos los apóstoles frustrados. ¡Y son tantos...! Juan: arquetipo de los que se hacen hostia por mi amor: tu arquetipo.
Yo y mi Madre somos las Hostias excelsas. Alcanzarnos es difícil, es más, imposible, porque nuestro sacrificio fue de una aspereza total. ¡Pero mi Juan!... Es esa hostia que pueden imitar mis amantes de todas las clases: virgen, mártir, confesor, evangelizador, siervo de Dios y de la Madre de Dios, activo y contemplativo; él dispone de un ejemplo para todos: es aquel que ama.
Observa los distintos modos de razonar. Judas investiga, cavila, opone resistencia, y, aunque externamente parezca que cede, en realidad conserva su forma mental. Juan se siente nada, acepta todo, no pide razones, se siente satisfecho con hacerme feliz. Éste es el ejemplo.
70.9 ¿Y no te has sentido invadida de paz ante su amor sencillo y encantador? ¡Mi Juan! ¡Y mi pequeño Juan, al que deseo ver cada vez más semejante a mi predilecto! María, acepta todo, diciendo siempre como el Apóstol: “Todo lo que Tú haces está bien hecho, Maestro” para merecer siempre que se te diga: “Eres mi amorosa paz”. También necesito alivio Yo, María. Dámelo. Mi Corazón para descanso tuyo».
Dictado vinculado a EMV 70.1-6
ECR 70.8
Yo y mi Madre somos las Hostias excelsas. Alcanzarnos es difícil, es más, imposible, porque nuestro sacrificio fue de una aspereza total. ¡Pero mi Juan!... Es esa hostia que pueden imitar mis amantes de todas las clases: virgen, mártir, confesor, evangelizador, siervo de Dios y de la Madre de Dios, activo y contemplativo; él dispone de un ejemplo para todos: es aquel que ama.