ECR 174.5 · Volumen 3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Soy el Dueño de la Vida y de la Muerte.
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 174.5 · Volumen 3
Soy el Dueño de la Vida y de la Muerte.
ECR 174.7 · Volumen 3
Viene el tercer hombre: «Maestro, mi padre ha muerto. Creíamos que tenía riquezas en dinero, pero no las hemos encontrado. El mal no sería grave porque entre los hermanos no nos falta el pan. Lo que sucede es que yo vivía con mi padre, porque soy el primogénito, y mis hermanos me acusan de haber hecho desaparecer las monedas, y quieren proceder contra mí por ladrón. Tú, que ves mi corazón, sabes que no he robado ni una perra. Mi padre conservaba sus denarios en un cofre, en una cajita de hierro. Cuando ha muerto hemos abierto el cofre, y ya no estaba la cajita. Ellos dicen: “Esa noche, mientras dormíamos, la has robado”. No es verdad. Ayúdame a poner paz y afecto entre nosotros».
Jesús le mira muy fijamente y sonríe.
«¿Por qué sonríes, Maestro?».
«Porque el culpable es tu padre. Su culpa ha sido como la de un niño que esconde su juguete por miedo a que se lo cojan».
«Pero si no era avaro. Créeme. Hacía el bien».
«Lo sé; pero era muy anciano... Son las enfermedades de los ancianos... Quería conservar su dinero para vosotros, y, por excesivo amor, ha provocado un choque entre tus hermanos y tú. La cajita está enterrada al pie de la escalera de la bodega. Esto te lo digo para que sepas que sé las cosas. Mientras te estoy hablando, por pura casualidad tu hermano menor, golpeando airado el suelo, ha hecho vibrar la cajita y la han descubierto; ahora se sienten confundidos y arrepentidos por haberte acusado. Vuelve a casa sereno y sé bueno con ellos. No les recrimines nada por su falta de estima».
«No, Señor. Ni siquiera iré. Me quedo aquí escuchándote. Ya iré mañana».
«¿Y si te quitan el dinero?».
«Tú dices que no debemos ser codiciosos. No quiero serlo. Me basta con que la paz reine entre nosotros. Por lo demás... ni siquiera sabía cuánto dinero había en la caja. No sentiré ningún pesar porque no me digan la verdad. Pienso que ese dinero se podría haber perdido... Como habría vivido, viviré, si me lo niegan. Me basta con que no me llamen ladrón».
«Estás muy avanzado en el camino de Dios. Sigue así. La paz sea contigo».
Y también éste se va contento.
ECR 174.12 · Volumen 3
[22 de mayo de 1945.] 169.4 Jesús habla despacio, gesticulando sereno; su rostro, destacándose de su vestidura azul oscura, y bajo el rayo de la Luna nueva — pequeña coma de luna en el cielo, filo de luz que acaricia al Dueño del Cielo y de la tierra — que cae justo donde está Él, parece más blanco.
[12 de agosto de 1944.] 174.12 Un fuerte movimiento entre la muchedumbre, que se agolpa hacia el sendero que sube al rellano. Las cabezas de los que están más cercanos a Jesús se vuelven. La atención se orienta hacia otro objeto. Jesús suspende su discurso y vuelve su mirada hacia donde los demás. Está serio; su aspecto es hermoso, con su indumento azul oscuro, los brazos recogidos sobre el pecho, y el sol rozándole la cabeza con el primer rayo que sobrepasa la cresta oriental del monte.
Comparación entre EMV 169.4 y EMV 174.12 sobre el vestido de Jesús. Véase la anotación.
Notable coherencia: la misma prenda se describe al principio de este capítulo, en una visión recibida el 22 de mayo de 1945, diez meses después de ésta.
Además, la observación sobre el "flanco oriental de la colina" es coherente, porque los dos picos de los cuernos de Hattin miran al noreste/sureste.
ECR 175.1-2 · Volumen 3
Entre las muchas flores que perfuman el suelo y alegran la vista, se yergue el horrendo espectro de un leproso, llagado, maloliente, corroído.
La gente grita de espanto y se vuelca de nuevo hacia las primeras pendientes del monte. Hay quien incluso agarra piedras para tirárselas al imprudente.
Pero Jesús se vuelve, con los brazos abiertos, gritando: «¡Paz! ¡Quedaos donde estáis y no tengáis miedo! Dejad las piedras. Tened piedad de este pobre hermano. También él es hijo de Dios».
La gente obedece dominada por el poder del Maestro, que se acerca a través de las altas hierbas en flor hasta pocos pasos del leproso, el cual a su vez, habiendo comprendido que está bajo la protección de Jesús, se ha acercado también.
Ya próximo a Jesús, se postra: la hierba florecida le acoge, le sumerge, cual fresca y perfumada agua. Las flores ondean y se agrupan, como haciendo de velo a la miseria celada tras ellas. Sólo la voz quejumbrosa que de allí dentro proviene recuerda la presencia de un pobre ser. La voz dice: «Señor, si Tú quieres puedes limpiarme. ¡Ten piedad también de mí!».
Jesús responde: «Alza tu rostro y mírame. El hombre debe saber mirar al Cielo cuando cree en él; y tú crees, porque pides».
Las hierbas se agitan y se abren de nuevo. Aparece, cual cabeza de náufrago sobre la superficie del mar, el rostro del leproso, despojado de cabellos y de barba. Es una cabeza de calavera con restos de carne todavía.
Sin embargo, Jesús se atreve a colocar la punta de sus dedos en esa frente, en el punto en que está limpia, o sea, sin llagas, donde sólo es piel cinérea, escamosa, entre dos erosiones purulentas, de las cuales una ha destruido el cuero cabelludo y la otra ha abierto un hueco donde antes estaba el ojo derecho, de manera que no sabría decir si dentro de ese enorme agujero lleno de porquería, que va desde la sien hasta la nariz, dejando al descubierto el pómulo y el cartílago nasal, está o no todavía el globo ocular.
Y dice Jesús, manteniendo apoyada ahí la punta de su bonita mano: «Lo quiero. Queda limpio».
Y, como si el hombre no estuviera corroído por la lepra y llagado, sino sólo recubierto de porquería, y sobre él se arrojasen aguas purificadoras, el mal desaparece. Primero se cierran las llagas, luego recupera su color claro la piel, el ojo derecho vuelve a aparecer bajo el renacido párpado, los labios vuelven a cerrarse delante de los dientes amarillentos. Sólo le siguen faltando el pelo y la barba (aparecen escasos mechones de pelo en los lugares donde antes existía todavía un trocito de epidermis sana).
La muchedumbre grita de estupor. El hombre, por esos gritos de júbilo, comprende que ha quedado curado. Levanta las manos, que hasta este momento habían quedado escondidas entre la hierba, y se toca el ojo, en el lugar en que antes estaba el enorme agujero; se toca la cabeza, donde antes estaba la extensa llaga que dejaba al descubierto el hueso craneal, y siente la nueva piel. Entonces se pone en pie y se mira el pecho, las caderas... Todo ha quedado curado y limpio... El hombre se deja caer de nuevo sobre el prado florido llorando de alegría.
«No llores. Levántate y escúchame. Cumple el rito y vuelve a la vida; no hables a nadie hasta que no lo hayas cumplido. Preséntate lo antes posible al sacerdote, haz la ofrenda prescrita por Moisés como testimonio del milagro de tu curación».
«¡A ti te debería presentar mi testimonio, Señor!».
«Así lo harás amando mi doctrina. Ve».
Curación de un leproso.
Exponiendo el cigoma: Maria Valtorta fue enfermera en su juventud, así que sabe un par de cosas sobre anatomía.
Lo quiero. Ser purificado. Los biblistas suelen confundir este milagro, relatado en Mateo 8:1-3, con la curación del leproso Abel (Marcos 1:40-42; Lucas 5:12-13), que se describe en EMV 63:1/5.
"¿Puedo decirle al sacerdote que me has curado?
- No, no debes. Sólo dile: "El Señor tuvo misericordia de mí. Esa es la verdad". Nada más. A partir de entonces, la reputación de Jesús fue creciendo, y quiso evitar todo conflicto con los notables del templo durante el mayor tiempo posible.
Evangelio de Mateo 8, 1-4
Mt 8, 1-4 : Cuando Jesús bajó del monte, le seguían grandes multitudes. Se le acercó un leproso y, postrándose ante él, le dijo: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Jesús extendió la mano, le tocó y le dijo: "Quiero; queda limpio". Y al instante quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: "Ten cuidado, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote. Y da la ofrenda que mandó Moisés: será un testimonio para el pueblo".
Evangelio de Marcos 1, 40-45
Mc 1, 40-45 : Se le acercó un leproso, le rogó, cayó de rodillas y le dijo: "Si quieres, puedes limpiarme". Embargado por la compasión, Jesús extendió la mano, le tocó y le dijo: "Estoy dispuesto; queda limpio". Al instante, la lepra le abandonó y quedó limpio. Jesús lo despidió con firmeza, diciéndole: "Ten cuidado, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote, y da por tu purificación lo que prescribió Moisés en la Ley: será un testimonio para el pueblo". Una vez que se hubo ido, aquel hombre empezó a pregonar y a difundir la noticia, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en una ciudad, sino que se quedaba en lugares desiertos. Pero la gente acudía a él de todas partes.
Evangelio de Lucas 5, 12-14
Lc 5, 12-14 : Estaba Jesús en un pueblo cuando llegó un hombre cubierto de lepra; al ver a Jesús, se postró sobre su rostro y le suplicó: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: "Quiero; queda limpio". Al instante se le quitó la lepra. Entonces Jesús le ordenó que no se lo dijera a nadie: "En lugar de eso, ve a presentarte al sacerdote y dale por tu limpieza lo que mandó Moisés; será un testimonio para todos."
ECR 175.3 · Volumen 3
Dios no desmentirá a su Mesías ni defraudará a quien en Él espera.
ECR 175.4 · Volumen 3
Maestro... ¿El pan que me has dado hoy!... ¡Tú sí que eres Pan del espíritu!...
ECR 175.5 · Volumen 3
« Id, id allí, al mullido heno y dormid. Yo voy a orar al Padre para que abra vuestros corazones y para darle las gracias por su bondad. Paz a vosotros».
Y va a las primeras pendientes del monte. Se sienta y se recoge en su oración. Alza los ojos y ve el rebaño de las estrellas que abarrotan el cielo; los baja y ve el rebaño de los que duermen echados en los prados. Nada más; mas es tal la alegría que siente en su corazón, que parece transfigurarse de luz...
Jesús dijo a los Doce:
ECR 176.1-2 · Volumen 3
Jesús, durante la noche, subiendo por el monte, se ha alejado bastante. La aurora le muestra erguido sobre el borde de un despeñadero. Pedro le ve y se lo indica a sus compañeros. Se encaminan hacia arriba en dirección a Él.
«Maestro — preguntan bastantes de ellos — ¿por qué no has venido con nosotros?».
«Necesitaba orar».
«Pero también tienes mucha necesidad de descansar».
«Amigos, durante la noche una voz venida del Cielo pedía oración por los buenos y por los malos, y también por mí mismo».
«¿Por qué? ¿Es que acaso la necesitas?».
«Como los demás. Mi fuerza se nutre de oración; mi alegría, de hacer lo que mi Padre quiere. El Padre me ha dicho dos nombres de personas, y, para mí, un hecho doloroso. Estas tres cosas tienen necesidad de oración».
Jesús está muy triste. Mira a los suyos con una mirada que parece suplicar o querer preguntar algo; se posa en éste o en aquél y, finalmente, en Judas Iscariote, y en él se detiene.
El apóstol lo nota y pregunta: «¿Por qué me miras así?».
«No te veía a ti. Mis ojos contemplaban otra cosa...».
«¿Y qué es?...».
«La naturaleza del discípulo. Todo el bien y el mal que un discípulo puede dar a su Maestro y hacer por Él. Pensaba en los discípulos de los Profetas y en los de Juan; y en los míos. Y rogaba por Juan, por los discípulos y por mí...».
«Esta mañana estás triste y cansado, Maestro. Manifiesta tu pesar a quien te ama». Es Santiago de Zebedeo el que le invita a expresarse.
«Sí, dínoslo; que, si se puede hacer algo para aliviártelo, lo haremos» dice Judas, el primo de Jesús.
Pedro habla con Bartolomé y Felipe, pero no comprendo lo que dicen.
Jesús responde: «Sed buenos, esforzaos por ser buenos y fieles: ése será mi consuelo. No existe ningún otro, Pedro, ¿comprendes?; abandona esa sospecha. Queredme. Quereos. No os dejéis seducir por quien me odia. Amad sobre todo la voluntad de Dios».
«¡Sí, pero, si todo viene de ella, también de ella vendrán nuestros errores!» exclama Tomás con aire de filósofo.
«¿Tú crees? No es así.
176.2
Pero... vamos, que muchos se han despertado ya y están mirando hacia aquí. Vamos a bajar. Santifiquemos el día santo con la palabra de Dios».
ECR 176.1 · Volumen 3
Jesús, durante la noche, subiendo por el monte, se ha alejado bastante. La aurora le muestra erguido sobre el borde de un despeñadero. Pedro le ve y se lo indica a sus compañeros. Se encaminan hacia arriba en dirección a Él.
«Maestro — preguntan bastantes de ellos — ¿por qué no has venido con nosotros?».
«Necesitaba orar».
«Pero también tienes mucha necesidad de descansar».
«Amigos, durante la noche una voz venida del Cielo pedía oración por los buenos y por los malos, y también por mí mismo».
«¿Por qué? ¿Es que acaso la necesitas?».
«Como los demás. Mi fuerza se nutre de oración; mi alegría, de hacer lo que mi Padre quiere.»
ECR 176.1 · Volumen 3
Mi fuerza se nutre de oración; mi alegría, de hacer lo que mi Padre quiere.