ECR 68
El Evangelio como me ha sido revelado
Traducción en curso
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 68
Traducción en curso
ECR 68.1
68.1 Veo a Jesús entrando, con Judas a su lado, en el recinto del Templo; pasa la primera terraza, o rellano de la grada si se prefiere; se detiene en un pórtico que rodea un amplio patio solado con mármoles de colores distintos. El lugar es muy bonito y está lleno de gente.
ECR 68.1-3
Veo a Jesús entrando, con Judas a su lado, en el recinto del Templo; pasa la primera terraza, o rellano de la grada si se prefiere; se detiene en un pórtico que rodea un amplio patio solado con mármoles de colores distintos. El lugar es muy bonito y está lleno de gente.
Jesús mira a su alrededor y ve un sitio que le gusta. Pero, antes de dirigirse a él, dice a Judas: «Llámame al responsable de este lugar. Debo presentarme para que no se diga que falto a las costumbres y al respeto».
«Maestro, Tú estás por encima de las costumbres. Nadie tiene más derecho que Tú a hablar en la Casa de Dios; Tú, su Mesías».
«Yo eso lo sé, y tú también lo sabes, pero ellos no. No he venido para escandalizar, como tampoco para enseñar a violar la Ley o las costumbres; antes bien, he venido justamente para enseñar respeto, humildad y obediencia; para hacer desaparecer los escándalos. Por ello quiero pedir el permiso para hablar en nombre de Dios, haciéndome reconocer digno de ello por el responsable del lugar».
«La otra vez no lo hiciste».
«La otra vez me abrasaba el celo de la Casa de Dios, profanada por demasiadas cosas. La otra vez Yo era el Hijo del Padre, el Heredero que en nombre del Padre y por amor de su Casa actuaba con la majestad que me es propia y que está por encima de magistrados y sacerdotes. Ahora soy el Maestro de Israel, y le enseño a Israel también esto. Y además, Judas, ¿tú crees que el discípulo es más que su Maestro?».
«No, Jesús».
«¿Y tú quién eres? ¿Y quién soy Yo?».
«Tú, el Maestro; yo, el discípulo».
«Y entonces, si reconoces que son así las cosas, ¿por qué quieres enseñar a tu Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre, tú obedece a tu Maestro. Condición primera del Hijo de Dios es ésta: obedecer sin discutir, pensando que el Padre sólo puede dar órdenes santas; condición primera del discípulo es obedecer a su Maestro, pensando que el Maestro sabe y sólo puede dar órdenes justas».
«Es verdad. Perdona. Obedezco».
«Perdono. Ve. Escucha, Judas, esta otra cosa: acuérdate de esto, recuérdalo siempre».
«¿Obedecer? Sí».
«No. Recuerda que Yo fui respetuoso y humilde para con el Templo; para con el Templo, o sea, con las clases poderosas. Ve».
Judas le mira pensativo, interrogativamente... pero no se atreve a preguntar nada más, y se va meditabundo.
68.2
Vuelve con un personaje solemnemente vestido. «Éste es, Maestro, el magistrado».
«La paz sea contigo. Solicito enseñar, entre los rabíes de Israel, a Israel».
«¿Eres rabí?».
«Lo soy».
«¿Quién fue tu maestro?».
«El Espíritu de Dios, que me habla con su sabiduría y me ilumina cada una de las palabras de los Textos Santos».
«¿Eres más que Hil.lel, Tú, que sin maestro afirmas que sabes toda doctrina? ¿Cómo puede uno formarse si no hay uno que le forme?».
«Como se formó David, pastorcito ignorante que llegó a ser rey poderoso y sabio por voluntad del Señor».
«Tu nombre».
«Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joaquín, de la estirpe de David, y de Ana de Aarón; María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel».
«¿Quién lo prueba?».
«Todavía debe haber aquí levitas que se acuerden de ese hecho, coetáneos de Zacarías de la clase de Abías, pariente mío. Pregúntaselo a ellos, si dudas de mi sinceridad».
«Te creo. ¿Pero quién me prueba que sepas enseñar?».
«Escúchame y podrás juzgar por ti mismo».
«Si quieres puedes enseñar... Pero... ¿no eres nazareno?».
«Nací en Belén de Judá en tiempos del censo ordenado por el César. Proscritos a causa de disposiciones injustas, los hijos de David están por todas partes. Pero la estirpe es de Judá».
«Ya sabes... los fariseos... toda Judea... respecto a Galilea...».
«Lo sé. No temas. En Belén vi la luz por primera vez, en Belén Efratá de donde viene mi estirpe; si ahora vivo en Galilea es sólo para que se cumpla lo que está escrito...».
El magistrado se aleja unos metros acudiendo a una llamada.
68.3
Judas pregunta: «¿Por qué no has dicho que eres el Mesías?».
«Mis palabras lo dirán».
«¿Qué es lo que está escrito y debe cumplirse?».
«La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Cristo. Yo soy el Pastor de que hablan los Profetas, y vengo a reunir a las ovejas de todas las regiones, a curar a las enfermas, a conducir al pasto bueno a las errantes. Para mí no hay Judea o Galilea, Decápolis o Idumea. Sólo hay una cosa: el Amor que mira con un único ojo y une en un único abrazo para salvar...».
Se le ve inspirado a Jesús. ¡Tanto sonríe a su sueño, que parece emanar destellos! Judas le observa admirado.
ECR 68.2
«Éste es, Maestro, el magistrado».
«La paz sea contigo. Solicito enseñar, entre los rabíes de Israel, a Israel».
«¿Eres rabí?».
«Lo soy».
«¿Quién fue tu maestro?».
«El Espíritu de Dios, que me habla con su sabiduría y me ilumina cada una de las palabras de los Textos Santos».
«¿Eres más que Hil.lel, Tú, que sin maestro afirmas que sabes toda doctrina? ¿Cómo puede uno formarse si no hay uno que le forme?».
«Como se formó David, pastorcito ignorante que llegó a ser rey poderoso y sabio por voluntad del Señor».
«Tu nombre».
«Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joaquín, de la estirpe de David, y de Ana de Aarón; María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel».
«¿Quién lo prueba?».
«Todavía debe haber aquí levitas que se acuerden de ese hecho, coetáneos de Zacarías de la clase de Abías, pariente mío. Pregúntaselo a ellos, si dudas de mi sinceridad».
«Te creo. ¿Pero quién me prueba que sepas enseñar?».
«Escúchame y podrás juzgar por ti mismo».
«Si quieres puedes enseñar... Pero... ¿no eres nazareno?».
«Nací en Belén de Judá en tiempos del censo ordenado por el César. Proscritos a causa de disposiciones injustas, los hijos de David están por todas partes. Pero la estirpe es de Judá».
«Ya sabes... los fariseos... toda Judea... respecto a Galilea...».
«Lo sé. No temas. En Belén vi la luz por primera vez, en Belén Efratá de donde viene mi estirpe; si ahora vivo en Galilea es sólo para que se cumpla lo que está escrito...».
El magistrado se aleja unos metros acudiendo a una llamada.
ECR 68.2
«Tu nombre».
«Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joaquín, de la estirpe de David, y de Ana de Aarón; María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel».
ECR 69
Jesús sale del Templo con Judas. Judas quiere ir con él, pero Jesús le dice que tiene que rezar con el Padre. Afirma que el espíritu debe primar siempre sobre la carne, y que casi hay que matar la carne en favor de la vida sobrenatural. Judas pregunta entonces cómo es posible que no nos preocupemos por la carne y evoca el mandamiento "No matarás". Jesús respondió que debemos comer con continencia, sin envenenarnos ni comer en exceso, porque eso halaga nuestro gusto. A continuación, retomó el tema del suicidio y habló largo y tendido sobre él. Cristo declara que quien se suicida peca por orgullo. Judas señala que la gente se suicida por desesperación, pero Jesús dice que la desesperación no es otra cosa que orgullo: porque creemos que no tenemos ayuda en ninguna parte, ni siquiera de Dios, que es Padre y puede tendernos la mano. Judas señala que todos los que se suicidaron en las Escrituras antes de su venida habían pecado, pero el Maestro declara que habrán podido recibir la Misericordia de Dios, aunque nunca esté permitido hacer violencia a uno mismo ni a los demás. Después de la venida del Verbo, en cambio, el pecado del suicidio será siempre severamente condenado por la Justicia de Dios si el pecador se suicida, declarando que queda separado para siempre de Dios y no puede recibir el perdón de Dios. Puesto que la vida es un don de Dios, debemos amarla y utilizarla para ganar la eternidad.
Judas comprende el pensamiento de Cristo, pero tiene dificultades para aplicarlo. Hablan de la tentación de Cristo, y luego Jesús habla de los ángeles (espíritus puros) y del hombre, rey de la creación, a quien Jesús ha venido a rehabilitar.
A punto de dejar a Jesús, Judas le pregunta si no puede llevarlo a otro lugar que no sea el olivar, para que sea "mejor considerado". Pero, aunque Jesús le agradece su consideración, le gusta quedarse en este ambiente humilde. Vendrá para todos, tanto para los pequeños como para los grandes, pero sobre todo se quedará donde haya humildad. Finalmente, los dos hombres se separan poco después.
ECR 70.3
70.3 Salen al olivar — previamente Juan ha cogido algo del talego que había puesto en el rincón. Caminan un poco y llegan a una prominencia del terreno desde la que se ve toda Jerusalén.
«Sentémonos aquí y hablemos entre nosotros» dice Jesús.
Juan, sin embargo, prefiere sentarse a sus pies, sobre la hierba corta. Apoya el brazo en las rodillas de Jesús. Reclina la cabeza sobre el brazo. Y mira cada poco a su Jesús. Parece un niño junto a la persona que más quiere. «Desde aquí es bonito, Maestro. Mira qué grande parece la ciudad de noche; más que de día».
«Es porque la luz de la luna difumina sus contornos. Observa: parece como si el límite se ensanchara en una luminosidad de plata. Mira la cúspide del Templo, allí arriba. ¿No parece suspendida en el vacío?».
«Parece que la llevan los ángeles en sus alas de plata».
Jesús suspira.
«¿Por qué suspiras, Maestro?».
«Porque los ángeles han abandonado el Templo. Su aspecto de pureza y santidad está sólo circunscrito a los muros. Quienes deberían dárselo en el alma — porque todo lugar también tiene su alma, o sea, el espíritu en virtud del cual fue erigido, y el Templo tiene, debería tener, alma de oración y santidad — son los primeros en quitárselo. No se puede dar lo que no se tiene, Juan. Y si muchos son los sacerdotes y los levitas que viven allí, no hay ni siquiera una décima parte que sea apta para dar vida al Lugar Santo. Dan muerte. Le comunican la muerte que hay en su espíritu muerto a lo santo. Tienen las fórmulas, pero no la vida de ellas. Son cadáveres, sólo calientes por la putrefacción que los hincha».
«¿Te han maltratado, Maestro?» — Juan está todo apenado.
«No. Es más, me han dejado hablar cuando lo he solicitado».
«¿Lo has solicitado? ¿Por qué?».
«Porque no quiero ser Yo el que empieze la guerra. La guerra vendrá igualmente, porque Yo infundiré miedo, un estúpido miedo humano, a algunos, y seré un reproche para otros; pero esto debe estar en su libro, no en el mío».
Jesús está con Juan en el olivar de Getsemaní. Ven toda la ciudad de Jerusalén.
ECR 71
Jesús habla con Judas. Están esperando a Simón el Zelote y a Juan de Zebedeo, que van a reunirse con él. Jesús le dice que Juan es su primer discípulo y Judas se siente herido, pero no dice nada al Maestro. El Maestro, que conoce el corazón, le pregunta al Iscariote por qué no le dice lo que piensa. Luego le pregunta si su padre le quería, y Judas habla de su padre con emoción. El Señor le asegura entonces que, si su padre lo educó como Judas le dice, era ciertamente un hombre justo y que se alegrará de saber que es discípulo del Mesías. Pero Judas debe ver en Jesús al padre que había perdido y no ocultarle nada. Judas declara que llegará a ser bueno si Cristo lo ama tanto. Admite que le dolía no haber sido el primer discípulo, pero Jesús le asegura que no hace diferencia en su corazón entre el primero y el último.
Simón y Juan llegan mientras tanto. El antiguo leproso saluda a su Salvador con un grito de alegría, y Jesús le bendice por la labor de evangelización que ya ha realizado. Simón aprovecha la ocasión para mencionar a Lázaro, y Jesús le promete que irá a verle. A continuación tienen lugar las presentaciones entre los discípulos. Jesús envía a Juan con Judas y pide a Simón que sea indulgente con este hombre, al que Simón-Pedro y los demás no apreciarán. Simón accede y con estas palabras van a evangelizar a la gente en el Templo.
ECR 72
Jesús, Juan, Simón el Zelote y Judas están juntos. El Maestro les pide que le acompañen a Judea, a no ser que les resulte muy penoso, especialmente a Simón. Pero Simón dice que tiene un nuevo vigor desde el milagro del Señor y que las escamas del odio han caído de su corazón. Incluso afirma que este milagro del corazón es mayor que el milagro físico y, refunfuñando, Judas pregunta por qué Jesús no hace esto a todo el mundo. Juan interviene y dice que el Maestro ya los está cambiando: al menos desde que el Mesías lo llamó a seguirlo. El Amado se avergüenza entonces de haber hablado delante del Maestro, pero el hermano de Santiago no quiere que Judas entristezca al Maestro. Entonces Jesús toma la palabra y dice que llegará un momento en que recibirán fuerza, gracia y sabiduría del Señor, y que juzgarán con justicia. Incluso dijo que los enviaría y que serían capaces de hacer milagros... Judas se alegró de este pensamiento, Juan menos porque ya no estarían con Jesús. Sin embargo, Simón el Zelote les indica que si Cristo actúa así es porque sabrá lo que hace y que deben confiar en él, permaneciendo humildes incluso cuando hagan milagros. Judas declara que si quiere hacer milagros es para ver triunfar al Maestro... Y Simón le habla hábilmente de los pensamientos humanos que corrompen la imagen de Cristo anunciada en las Escrituras: toma el ejemplo de los zelotes, que querían un Reino humano y que fueron castigados por Dios y por Roma. En su castigo, sin embargo, Simón conoció al Hijo de Dios y lo reconoció en el momento oportuno.
La conversación se apaga y Jesús revela que van a Belén.
ECR 72.5-6
«Mira, Judas. Yo vengo de una casta perseguida por... por haber entendido mal qué y cómo debe ser el Mesías. Sí. Si nosotros le hubiéramos esperado con justa visión de su ser, no habríamos podido caer en errores que son blasfemias contra la Verdad y rebelión contra la ley de Roma; por lo cual fuimos castigados por Dios y por Roma. Hemos querido ver en el Cristo un conquistador y un libertador de Israel, un nuevo Macabeo, y más grande que el gran Judas... Esto sólo. Y ¿por qué? Porque hemos cuidado más de nuestros intereses (los de la patria y los de los ciudadanos) que de los intereses de Dios. ¡Oh!, santo es también el interés de la patria. Pero, ¿qué es comparado con el Cielo eterno? He aquí cuanto he pensado y visto en las largas horas de persecución, primero, y de segregación, después; cuando, fugitivo, me escondía en las madrigueras de los animales salvajes, condividiendo con ellos lecho y alimento, para escapar de la fuerza romana, y sobre todo de las delaciones de los falsos amigos; o cuando, esperando la muerte, ya gustaba el olor del sepulcro en mi cueva de leproso: he visto la figura verdadera del Mesías... la tuya, Maestro humilde y bueno, la tuya, Maestro y Rey del espíritu, la tuya, oh Cristo, Hijo del Padre que al Padre conduces, y no a los palacios de tierra, no a las deidades de barro. Tú... ¡oh!, me resulta fácil seguirte... porque — perdona mi osadía que se proclama justa — porque te veo como te he pensado; te reconozco, en seguida te reconocí. Sí, no ha sido un conocimiento de ti, sino un reconocer a Uno que ya el alma había conocido...».
«Por esto te he llamado... y por esto te llevo conmigo, ahora, en este primer viaje mío por Judea.
72.6 Quiero que completes el reconocimiento... y quiero que también éstos, a los cuales la edad los hace menos capaces de llegar a lo verdadero por medio de meditación severa, sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora... Entenderéis luego.»
Simón el Zelote habla con Judas.
Primer libro de los Macabeos, 3, 1-26 :
1 M 3, 1-26 : Después de la muerte de Matatías, su hijo Judas, llamado Macabeo, se levantó en su lugar. Todos sus hermanos y todos los seguidores de su padre acudieron en su ayuda y lucharon gustosamente por Israel.
Judas extendió la gloriosa reputación de su pueblo. Vestido con su armadura como un héroe, y armado con sus armas de guerra, libraba batallas, protegiendo el campamento con su espada. Como un león en acción, como un cachorro que ruge hacia su presa, cazaba a los hombres infieles a la Ley, los perseguía y entregaba al fuego a los que perturbaban a su pueblo.
Como resultado del miedo que inspiraba, los hombres infieles a la Ley fueron abatidos y todos los malhechores entraron en pánico. Por su mano llegó la salvación. Amargó la vida a muchos reyes, y Jacob se alegró de sus hazañas. Su memoria es bendita para siempre.
Recorrió las ciudades de Judá y aniquiló a los impíos. Apartó la ira que pesaba sobre Israel. Su nombre se oyó hasta los confines de la tierra y reunió a los que estaban a punto de perecer.
Entonces Apolonio reunió a paganos y a un gran ejército de Samaria para luchar contra Israel. Judas fue informado de ello. Salió a su encuentro, lo golpeó y lo mató. Hubo muchas víctimas, y los supervivientes huyeron. Se recogió el botín, y Judas tomó la espada de Apolonio para usarla en la batalla todos los días.
Seronio, comandante del ejército sirio, se enteró de que Judas había reunido a su alrededor un grupo, una asamblea de fieles, para marchar a la batalla. Se dijo a sí mismo: "Me haré un nombre y me daré gloria en el reino. Lucharé contra Judas y sus compañeros, que desprecian el mandato del rey". Y partió a su vez, acompañado de una numerosa banda de impíos, para vengarse de los hijos de Israel.
Cuando se acercaba a la subida a Bethoron, Judas le salió al encuentro con un puñado de hombres. Cuando sus hombres vieron la tropa que venía hacia ellos, le dijeron a Judas: "¿Cómo podremos tan pocos de nosotros luchar contra una multitud tan grande y fuerte? Además, estamos agotados, pues hoy no hemos comido nada". Judas replicó: "Es fácil que los muchos caigan en manos de los pocos. Al Cielo no le importa si la salvación se logra a través de muchos hombres o de unos pocos. La victoria en la batalla no depende del tamaño del ejército: la fuerza viene del Cielo.
Vienen a nosotros llenos de orgullo y desprecio por la Ley, para destruirnos a nosotros, a nuestras esposas e hijos, y despojarnos de nuestras posesiones. Luchamos por nuestras vidas y nuestras leyes. El mismo Cielo los aplastará ante nosotros. Así que no les temáis.
Con estas palabras, se abalanzó sobre ellos inesperadamente. Serona y su tropa fueron aplastados ante él. Fueron perseguidos desde Bethorone hasta la llanura. Cayeron unos ochocientos hombres; los demás huyeron al país de los filisteos. Judas y sus hermanos empezaron a inspirar temor, y el pánico se apoderó de las naciones paganas que los rodeaban. El nombre de Judas llegó a oídos del rey, y todos los paganos comentaron sus actos de guerra.