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Notas del tema

La Virgen María

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ECR 180.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron y oír lo que vosotros oís pero no lo oyeron. Se consumieron en el deseo de comprender el misterio de las palabras, pero, apagada la luz de la profecía, las palabras permanecieron como carbones apagados, incluso para el santo que las había recibido.

Sólo Dios se devela a sí mismo. Cuando su luz se retira, terminada su intención de iluminar el misterio, la incapacidad de comprender envuelve — como las vendas de una momia — la regia verdad de la palabra recibida. Por esto te he dicho esta mañana: “Un día volverás a encontrar todo lo que te he dado”. Ahora no puedes retenerlo. Pero tiempo llegará en que recibirás la luz, no sólo por un instante sino en un inseparable desposorio del Espíritu eterno con el tuyo, por lo que será infalible tu magisterio respecto a las cosas del Reino de Dios. Y, como en ti, en tus sucesores, si viven de Dios como su único pan.

Detalle

Sobre la infalibilidad papal y el dictado de Jesús, véase la anotación siguiente.

Anotación

Muchos profetas y justos han querido ver lo que vosotros veis y no lo han visto, oír lo que vosotros oís y no lo han oído. En la continuidad del texto relatado por Mateo.

Mt 13, 16-17 : Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos han deseado ver lo que vosotros veis y no lo han visto, oír lo que vosotros oís y no lo han oído.

Lucas lo da en otro contexto (Lc 10, 24).

Lc 10, 23-24 : Luego se volvió a sus discípulos y les dijo en particular: "¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.

Por eso os he dicho esta mañana: Éste es el típico detalle que parece insignificante, pero que es muy útil para establecer la cronología.

Más tarde, la luz vendrá sobre ti, no por un instante, sino por una unión indisoluble del Espíritu eterno con tu alma, que hará infalible tu enseñanza en lo que concierne al Reino de Dios. A tus sucesores les sucederá lo mismo que a ti, si viven de Dios como único pan.

Nota de maria-valtorta.org :

Esta condición impuesta a la infalibilidad papal debió suscitar una objeción por parte del padre Migliorini. Maria Valtorta señala:

"Habiendo sometido a Jesús P. M(igliorini) la objeción a la infalibilidad papal, contraria a la sentencia en p. ... archivo ... línea ... de ..., Jesús responde: "Respondo a su pregunta de la siguiente manera:

Es verdad que la infalibilidad del Papa en materia espiritual es una verdad definitiva. Existe en cada uno de mis vicarios, independientemente de su forma de vida y de su grado de virtud. Pero es igualmente cierto que no encontraréis un dogma definido y proclamado por papas que estén - notoriamente o no - privados de mi gracia. El alma que no está en estado de gracia no puede estar en la amistad del Espíritu Santo.

Quien piense que tal cosa es posible, ¡piensa realmente como un hereje!

Dios es justo: como trata a los pobres, trata a los ricos. como trata a los laicos, trata al Soberano Pontífice. Por desgracia, hay zonas oscuras en la historia de mi Iglesia. Querer cerrar los ojos y no ver estas zonas oscuras es vivir a oscuras sobre toda la Iglesia, incluso sobre los muchísimos tiempos angélicamente luminosos, divinamente luminosos, gloriosos de mi Iglesia.

Porque también nosotros debemos ser sinceros en estas cosas, como yo lo fui con mis apóstoles, mis discípulos y los que me seguían. Muchas multitudes, no todas santas, no todas tibias, no todas malvadas. Reconocí el mérito o demérito de cada uno, di a cada uno lo que merecía, sin tener en cuenta razones emocionales particulares. La verdad es la verdad, en todas las cosas.

Esto también es cierto en el estudio de la historia. Y en el estudio de la historia de mi Iglesia. La historia, para ser historia y no fábula, debe ser imparcial. Las edades oscuras, además, son las predichas en las alusiones proféticas al ídolo-pastor y a este Sebna, prefecto del Templo (este personaje fue retomado solemnemente en el mensaje a Pío XII del 23 de diciembre de 1948). Que escuece y quema, lo admito. Pero no se puede decir 'Anatema' a una verdad.

Apóyate en esta certeza: los dogmas son verdaderos y la infalibilidad existe porque yo no concedo dogmas a quien no los merece. Esto es lo que se incluía en la frase que dio lugar a la objeción.

Estáis satisfechos. Váyase en paz. Os he dado esta aclaración inmediatamente porque soy el autor de estas palabras y, por tanto, las conozco y las recuerdo, aunque el dictado no esté presente."

30-6-45, 8 de la mañana".

Encontramos la misma idea en las palabras de Jesús al apóstol Santiago, hijo de Alfeo, en EMV 258.6: "Dios dará su luz según el grado que hayas alcanzado. Dios no dejará que te falte la luz, a menos que venga el pecado y apague en ti la gracia".

Esta doctrina de la infalibilidad, querida por Cristo, fue reafirmada 20 años más tarde en la Constitución apostólica sobre la Iglesia, Lumen gentium, § 25: "Esta infalibilidad, de la que el divino Redentor quiso dotar a su Iglesia en la definición de la doctrina relativa a la fe o a las costumbres, se extiende hasta el contenido de la Revelación divina, que debe ser custodiada con veneración y fielmente expuesta. El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio de los Obispos, posee esta infalibilidad en virtud de su oficio...".

Nota de la segunda edición:

Si viven de Dios como único pan: esta condición puesta a la infalibilidad papal debió suscitar una objeción por parte del padre Migliorini, a quien María Valtorta transmitió esta respuesta de Jesús (fechada el 30 de junio de 1945). Citamos los pasajes principales: [...] Jesús me respondió: "Es verdad que la infalibilidad del Papa en materia espiritual es una verdad definitiva. Existe en cada uno de mis vicarios, independientemente de su forma de vida y de su grado de virtud. Pero es igualmente cierto que no encontraréis un dogma definido y proclamado por papas que estén - notoriamente o no - privados de mi gracia. El alma que no está en estado de gracia no puede estar en la amistad del Espíritu Santo. [...] Confiad, pues, en esta certeza: los dogmas son verdaderos y la infalibilidad existe porque yo no concedo dogmas a quienes no los merecen. Esto es lo que se incluía en la frase que dio lugar a la objeción [...]. " La misma idea se encuentra en las palabras de Jesús al apóstol Santiago, hijo de Alfeo, en 258,6: "Dios dará su luz según el grado que hayas alcanzado. Dios no dejará que te falte la luz, a menos que el pecado apague en ti la gracia. "

ECR 180.7 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Llaman enérgicamente a la puerta.

«¿Quién podrá ser a esta hora?» dice Pedro levantándose para ir a abrir.

Se presenta Juan. Agitado, lleno de polvo, con claros signos de llanto en su rostro.

«¿Tú aquí?» gritan todos. «¿Pero qué ha pasado?».

Jesús, que se ha puesto en pie, se limita a decir: «¿Dónde está mi Madre?».

Juan, dando unos pasos y yendo a arrodillarse a los pies de su Maestro, tendiendo los brazos hacia delante como pidiendo ayuda, dice: «Tu Madre está bien, pero llorando como yo, como muchos otros, y te ruega que no vayas donde Ella siguiendo el curso del Jordán por la parte nuestra. Me ha hecho regresar por este motivo, porque... porque Juan, tu primo, ha sido apresado...». Y Juan llora mientras entre los presentes se forma un gran alboroto.

Jesús se pone muy pálido, pero no se agita; solamente dice: «Levántate y habla».

«Iba hacia abajo con la Madre y las mujeres. También estaban con nosotros Isaac y Timoneo. Tres mujeres y tres hombres. Cumplí tu orden de conducir a María donde Juan... ¡Ah, sabías que era el último adiós... que debía ser el último adiós!... La tormenta de hace unos días nos obligó a detenernos unas horas, pocas pero suficientes para que Juan no pudiera ya ver a María... Llegamos a la hora sexta. Él había sido capturado en la hora del galicinio...».

Palabras clave

ECR 180.10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« Pero... ¡di, muchacho!, ¿la Madre está verdaderamente a salvo?».

«¡Sí, sí; se han quedado con Ella también los pastores discípulos de Juan! »

Detalle

Juan el Bautista fue arrestado mientras Juan acompañaba a la Virgen María a Hennon para que el Precursor pudiera ver a la Madre de Cristo.

ECR 187.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿A dónde vamos exactamente?» pregunta Pedro.

«A llevar la Pascua a algunos que sufren. Hacía tiempo que quería hacerlo, pero no he podido. Lo habría hecho al regreso a Galilea. Ahora, que nos obligan a andar por caminos que no hemos elegido nosotros, iré a bendecir a los pobres amigos de Jonás».

«¡Perderemos tiempo! ¡La Pascua está ya cercana! Por distintos motivos, pero siempre hay retardos». Es otro coro de quejas que se eleva al cielo.

Y yo no sé cómo Jesús puede tener tanta paciencia... Dice, sin regañar a ninguno: «No me pongáis obstáculos, os lo ruego; comprended que preciso amar y ser amado. El único consuelo que tengo en la tierra es el amor y hacer la voluntad de Dios».

«¿Y vamos por aquí? ¿No hubiera sido más bonito ir por Nazaret?».

«Si os lo hubiera propuesto, os habríais rebelado. Ninguno imaginará que estoy en esta zona... Y lo hago por vosotros, porque... tenéis miedo».

«¡Miedo? ¡No, no! ¡Estamos prontos para combatir por ti!».

«Rogad al Señor que no os ponga a prueba. Sé que sois rencillosos, rencorosos; conozco vuestro vehemente deseo de dañar a quien me daña, de humillar al prójimo. Todo esto lo conozco. Lo que no conozco es vuestro coraje. Si por mí fuera, habría ido solo y por el camino normal, y no me habría sucedido nada, porque no ha llegado la hora. Pero siento compasión de vosotros. Además, presto obediencia a mi Madre, y... sí, también esto, no quiero que se sienta molesto el fariseo Simón: Yo no les daré motivo, pero ellos sí mostrarán animosidad conmigo».

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

ECR 187.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Deseo ir por ese mar infinito... hacia otras tierras allende él... Deseo ir allí para hablar de ti... Sueño... sueño con ir a Roma, a Grecia, a los lugares oscuros para llevar la Luz... y así los que viven en las tinieblas entren en contacto contigo y vivan en comunión contigo, Luz del mundo... Sueño con un mundo mejor... con un mundo que mejorar a través de tu conocimiento, o sea, a través del conocimiento del Amor que nos hace buenos, puros, héroes... con un mundo que se ame en tu Nombre, y que por encima del odio, del pecado, la carne, el vicio de la mente, por encima del oro, por encima de todas las cosas, alce tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina... y sueño con ir con estos hermanos míos por el mar de Dios, recorriendo caminos de luz, a llevarte a ti... de la misma forma que en su momento tu Madre te trajo del Cielo aquí, entre nosotros... Sueño con ser ese niño que, no conociendo sino el amor, se mantiene sereno incluso ante los tormentos... y que canta para infundir ánimo a los adultos, que reflexionan demasiado, y camina hacia la muerte sonriendo, hacia la gloria con aquella humildad de quien no sabe lo que hace, de quien sólo sabe que está yendo a ti, Amor...».

Los apóstoles se han quedado sin respiración durante la extática confesión de Juan; parados donde estaban, miran al más joven, oyéndole hablar con los ojos velados por sus párpados cual velo extendido sobre el ardor que sube del corazón; miran a Jesús, que se transfigura de alegría al verse tan completamente identificado en su discípulo...

Juan termina de hablar en una posición un poco inclinada hacia el suelo que recuerda la gracia de la humilde Virgen de la Anunciación de Nazaret; Jesús le besa entonces en la frente y dice: «Iremos a ver el mar, para que sueñes otra vez con la realización de mi Reino en el mundo».

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Habla Juan de Zebedeo.

ECR 189.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad. No es posible ver lo que hay en la lechiga, que va en alto, llevada a hombros; sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana, y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la lechiga.

A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes o amigas, camina llorando: es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras. Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, o hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la lechiga sufre una violenta oscilación, la madre gime: «¡No, no, despacio; mi niño ha sufrido mucho!» y levanta una de sus temblorosas manos y acaricia el borde de la lechiga — más no puede —, y, no pudiendo efectivamente más, besa los ondeantes velos y las cintas que el viento a veces agita, y que acarician la forma inmóvil.

«Es la madre» dice Pedro, compungido y con un brillo de llanto en sus ojos sagaces y buenos.

Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja: al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos. Todos, todos están conmovidos.

Judas Iscariote dice en voz baja: «¡Si fuera yo... pobrecilla mi madre...!».

189.2

Jesús, con una dulzura en sus ojos tan profunda que se hace irresistible, se dirige hacia la lechiga.

La madre, sollozando ahora más intensamente porque el cortejo se prepara a girar en dirección al sepulcro abierto, en su delirio — ¡quién sabe de qué tiene miedo! — aparta con violencia a Jesús al ver que hace ademán de tocar la lechiga, y grita: «¡Es mío!» y mira a Jesús con ojos de loca.

«Ya sé que es tuyo, madre».

«¡Es mi único hijo! ¿Por qué le ha tenido que llegar la muerte?; ¿por qué a él, que era bueno, que era encantador, que era la alegría de esta viuda? ¿Por qué?». La comparsa de las plañideras aumenta su pagado llanto para hacer coro a la madre, que continúa: «¿Por qué él y no yo? No es justo que quien ha dado la vida vea perecer al fruto de su vientre. El fruto debe vivir, porque, si no, ¿qué sentido tiene el que estas entrañas se desgarren para dar a luz a un hombre?» y, violenta y desesperada, se golpea el vientre.

«¡No, así no! ¡No llores, madre!». Jesús le coge las manos, se las aprieta fuertemente, se las sujeta con su mano izquierda mientras con la derecha toca la lechiga, y dice a los que la llevan: «Deteneos. Poned en el suelo la lechiga».

Los hombres obedecen y bajan la camilla, que queda apoyada en el suelo sobre sus cuatro patas.

Jesús coge la sábana que cubre al muerto y la echa hacia atrás, quedando así descubierto el cadáver.

La madre grita su dolor, creo que con el nombre de su hijo: «¡Daniel!».

Jesús sigue teniendo en su mano las manos maternas. Se yergue, imponente con su mirada centelleante — en su rostro, la expresión de los milagros más poderosos — y baja la mano derecha mientras dice con toda la fuerza de su voz: «¡Muchacho, Yo te lo digo: álzate!».

189.3

El muerto, así como está, todavía fajado, se incorpora en la camilla y llama a su madre: «¡Mamá!». La llama con la voz balbuciente y llena de miedo propia de un niño aterrorizado.

«Es tuyo, mujer. Te le restituyo en nombre de Dios. Ayúdale a liberarse del sudario. Sed felices».

Jesús hace ademán de retirarse. ¡Ya, ya!... La muchedumbre le inmoviliza junto a la lechiga. La madre está literalmente volcada hacia la camilla, forcejeando entre las vendas para tardar lo menos posible, ¡lo menos posible!, mientras el lamento infantil, implorante, se repite: «¡Mamá! ¡Mamá!».

Desenmarañado el sudario y las vendas, madre e hijo se pueden abrazar, y lo hacen sin tener en cuenta los bálsamos pegajosos. La madre quita del amado rostro y las amadas manos, con las mismas vendas, esos bálsamos, y luego, no teniendo con qué vestirle de nuevo, se quita el manto y con él le envuelve; y todo sirve para acariciarle...

189.4

Jesús la mira, observa este grupo de amor abrazado al lado de los bordes de la lechiga, que ahora ya no es fúnebre... y llora.

Judas Iscariote ve este llanto y pregunta: «¿Por qué lloras, Señor?».

Jesús vuelve su rostro hacia él y dice: «Pienso en mi Madre...».

Detalle

Jesús se encuentra con un cortejo fúnebre. La madre del joven está destrozada.

ECR 193.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Viajan bien!» dice Pedro, cansado y sudoroso. «Pero, si Dios nos ayuda, pasado mañana por la tarde estaremos en Jerusalén».

«No, Simón. No tengo otra alternativa, tengo que cambiar de dirección e ir hacia el Jordán».

«¿Pero, por qué, Señor?».

«Por el niño. Está muy triste, y mucho más aumentaría su tristeza si viera el monte donde sucedió la catástrofe».

«¡No, no lo vemos! Mejor dicho, vemos la otra parte del monte... Y... bueno, yo me encargaré de tenerle distraído; yo y Juan... Esta pobre tortolita sin nido se distrae en seguida. ¡Ir hacia el Jordán!... ¡No, hombre, mejor por aquí, el camino recto, más corto y más seguro!; ¡no, no, éste, éste! ¡Ves como es el que siguen las romanas? Por la costa y por el río estas primeras aguas de verano exhalan fiebres. Este camino es sano. Además... ¿cuándo vamos a llegar si alargamos todavía más el recorrido? ¡Piensa en qué estado de ansiedad estará tu Madre después del funesto suceso del Bautista!...».

Pedro lo consigue; Jesús da su consentimiento.

«Pues entonces vámonos pronto a descansar, y descansemos bien, porque mañana al alba partiremos, para estar pasado mañana por la tarde en Getsemaní. Iremos, pasado el viernes, al día siguiente, a ver a mi Madre, a Betania; allí descargaremos esos libros de Juan que os han hecho trabajar no poco; veremos también a Isaac y le confiaremos este pobre hermano...».

«¿Y el niño? ¿Le vas a asignar ya?».

Jesús sonríe: «No. Se lo dejaré a mi Madre, para que lo prepare para “su” fiesta. Luego volverá con nosotros para la Pascua. Pero después tendremos que desprendernos de él... ¡No te encariñes demasiado! O, mejor, ámale como si fuera tu hijo, pero con espíritu sobrenatural. Ya ves que es débil y que se cansa. También a mí me habría gustado instruirle y criarle, nutriéndole Yo mismo con la Sabiduría. Mas Yo soy el Incansable, y Yabés es demasiado joven y débil para acompañarnos en nuestras fatigas. Nos moveremos por Judea; luego, para Pentecostés, volveremos a Jerusalén; luego caminaremos... caminaremos, evangelizando... Volveremos a verle en el verano, en nuestra patria chica.»

Detalle

El grupo apostólico acababa de cruzarse con unos romanos que se dirigían a Jerusalén en literas y carruajes.

ECR 194.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una nueva subida, muy empinada: la comitiva ha dejado el camino principal, polvoriento y lleno de gente, y ha preferido tomar este atajo boscoso. Llegados a la cima, se ve ya claramente en la lejanía resplandecer un mar luminoso suspendido sobre una conglomeración blanca, quizás esplendorosas casas encaladas.

Jesús llama a Yabés: «Ven. ¿Ves aquel punto de oro? Es la Casa del Señor. Allí vas a jurar obediencia a la Ley. ¿Pero la conoces bien?».

«Mi mamá me hablaba de la Ley y mi padre me enseñaba los preceptos. Sé leer y... y creo que sé lo que “ellos” me han dicho... antes de morir». El niño, que había acudido a la llamada de Jesús con una sonrisa, ahora llora, con su cabecita agachada y con su mano, temblorosa, en la mano de Jesús.

«No llores. Mira. ¿Sabes dónde estamos? Esto es Betel. Aquí el santo Jacob tuvo su sueño angélico. ¿Lo sabías? ¿Te acuerdas?».

«Sí, Señor. Vio una escalera que tocaba el Cielo desde la tierra, y subían y bajaban ángeles; mi madre me decía que en el momento de la muerte, si habíamos sido buenos, veríamos eso mismo y que iríamos por esa escalera a la Casa de Dios. Mi madre me decía muchas cosas... pero... ahora ya no me las dirá... Las tengo todas aquí dentro, esto es todo lo que tengo de ella...». Las lágrimas se deslizan por su tristísima carita.

«¡No llores de ese modo, hombre! Mira, Yabés, Yo tengo a mi Madre, que se llama María y que es santa y buena y que sabe también decir muchas cosas. Es más sabia que un maestro, más buena y hermosa que un ángel. Estamos yendo a verla. Te querrá mucho. Te dirá muchas cosas. Y además, con Ella, está la mamá de Juan, que también es muy buena y se llama María, y la madre de mi hermano Judas, dulce igualmente como un pan de miel, y que se llama también María. Te van a querer mucho, muchísimo, porque eres un niño excelente y porque Yo te quiero mucho y ellas me quieren a mí. Luego, crecerás con ellas, y cuando seas mayor serás un santo de Dios, predicarás como un doctor a ese Jesús que te dio de nuevo una madre aquí y que habrá abierto las puertas de los Cielos a tu madre muerta, y a tu padre, y que te las abrirá también a ti a tu hora. Tú no tendrás siquiera necesidad de subir la larga escalera de los Cielos a la hora de la muerte, porque ya la habrás subido durante tu vida, siendo un buen discípulo, y te verás allí, ante la puerta abierta del Paraíso, y Yo estaré allí y te diré: “Ven, amigo mío e hijo de María”, y estaremos juntos».

La fúlgida sonrisa de Jesús, que camina un poco curvado para estar más cerca de la carita alzada del niño — que va andando a su lado con su manita en la de Jesús —, y estas palabras maravillosas, enjugan las lágrimas y hacen brotar una sonrisa.

Anotación

Libro de Génesis 28, 10-19

Gén 28, 10-19 : Jacob salió de Bersabé y se dirigió a Harán. Llegó a un lugar y se quedó allí toda la noche, porque el sol se había puesto. Tomó una de las piedras que había allí, la convirtió en su lecho y se acostó en aquel lugar. Soñó que había una escalera sobre la tierra, cuya parte superior llegaba hasta el cielo, y que por ella subían y bajaban ángeles de Dios, y que Yahvé estaba de pie en la parte superior. Dijo: "Yo soy Yahvé, el Dios de Abraham, tu padre, y el Dios de Isaac. Yo te daré a ti y a tu descendencia esta tierra sobre la que yaces. Tu descendencia será como el polvo de la tierra; te extenderás al oeste y al este, al norte y al sur; y todas las familias de la tierra serán bendecidas en ti y en tu descendencia. He aquí que yo estoy con vosotros, y os guardaré dondequiera que vayáis, y os haré volver a esta tierra. Porque no te dejaré hasta que haya cumplido lo que te he dicho. "

Jacob despertó de su sueño y dijo: "¡Ciertamente Yahvé está en este lugar, y yo no lo sabía! " Temeroso, añadió: "¡Qué terrible es este lugar! Esta es la casa de Dios, esta es la puerta del cielo. "Jacob se levantó de madrugada, tomó la piedra que había hecho para su cabecera, la erigió en monumento y derramó aceite sobre su cima. Llamó al lugar Betel, pero el nombre original de la ciudad era Luz.

ECR 194.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« (...) ¡Oh, Señor... Señor! ¿Y me quieres mucho?».

«Sí, Yabés».

«No. No me llames ya Yabés. Dame un nombre que signifique que me has querido, que me has salvado...».

«El nombre lo elegiré junto con mi Madre. ¿Te parece bien?».

«Pero que quiera decir exactamente eso. Lo tomaré desde el mismo día que me haga hijo de la Ley».

«Lo tomarás ese día».

Detalle

Yabeç, un huérfano al que Jesús acogió, acaba de descubrir que es el Mesías y comprende por qué le abrirá la puerta del Limbo.

Palabras clave

ECR 196.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La mayor parte de la mañana del sábado ha estado ocupada en dejar descansar a los cansados cuerpos y en arreglar la ropa, polvorienta y arrugada por el viaje. En las vastas cisternas del Getsemaní — colmadas de agua de lluvia — y en el Cedrón — verdadera sinfonía entre los cantos, espumoso, lleno, por los chaparrones de los últimos días — hay tanta agua que es una verdadera incitación. Uno tras otro, los peregrinos, desafiando el fresco, bajan a zambullirse en el torrente; luego se ponen vestidos nuevos, de los pies a la cabeza, y, con el pelo todavía un poco tieso por las rociadas del torrente, van a sacar agua de las cisternas y la vierten en unas pilas grandes donde tienen la ropa, separada por colores.

«¡Bien! ¡bien!» dice Pedro contento. «Ahí se purgará y María la podrá lavar con menos esfuerzo». Supongo que es la mujer que está en Getsemaní. «Pequeñuelo, tú eres el único que no puede ponerse vestidos nuevos. Pero mañana...». En efecto, el niño tiene una tuniquita limpia que ha sacado de su talego (tan pequeño, que le podría ir bien a una muñeca), pero está aún más descolorida y rota que la otra. Pedro observa, preocupado, la túnica, diciendo en tono apenas perceptible : «¿Cómo le llevo así a la ciudad? Estoy por dividir en dos mi manto... con un manto se taparía todo».

Jesús oye este soliloquio paterno y dice: «Ahora es mejor que descanse. Al atardecer iremos a Betania...».

«Quiero comprarle la túnica. Se lo he prometido».

«Lo harás. Ciertamente. Pero es mejor pedirle a mi Madre su opinión. Ya sabes... las mujeres... están más dotadas que nosotros para las compras... además, será una satisfacción para Ella ocuparse de un niño... ¡Iréis juntos!».

El apóstol se siente raptado al séptimo cielo por la idea de ir con María a comprar. No sé si Jesús ha expresado todo lo que piensa o si se reserva una parte (es decir, que su Madre tiene un gusto más fino, que evitaría desentonos de colores horrendos); comoquiera que sea, obtiene el fin sin que su Pedro se sienta humillado.