Es ya de día otra vez. La comitiva apostólica, que se ha puesto en marcha por la mañana, está para entrar, al declinar el día, en Siquem, dejada ya atrás Samaria. Es una ciudad de bonito aspecto, rodeada de muros, coronada de edificios bellos y majestuosos en torno a los cuales se concentran casas lindas y ordenadas. (Me da la impresión de que esta ciudad, como Tiberíades, haya sido reconstruida poco antes y con sistemas tomados de Roma). Extramuros, alrededor, una faja de tierras fertilísimas y bien cultivadas.
El camino que de Samaria conduce a Siquem desciende sinuosamente, con un sistema de muros de contención del terreno que me recuerda a las colinas fiesolanas, y con una magnífica vista de verdes montañas al Sur y una llanura preciosa que va hacia el Oeste.
El camino tiende a descender, pero alguna que otra vez gana altura, para salvar otros collados desde cuyas cimas se domina la tierra de Samaria, con sus lindas plantaciones de olivos, cereales y vides, guardadas, desde lo alto de los collados, por bosques de encinas y de otros árboles agrestes, que deben ser providenciales como defensa contra los vientos — los cuales, pasando por los desfiladeros, tienden ciertamente a formar remolinos —, que malograrían las plantaciones. Esta región me recuerda mucho a los lugares de nuestro Apenino, aquí, hacia Amiata, cuando el ojo contempla contemporáneamente los cultivos llanos y cerealistas de la Maremma y las esplendorosas colinas y los austeros montes que se yerguen más altos hacia el interior. No sé cómo será ahora Samaria; en aquel tiempo era preciosa.
Pues bien, entre dos altos montes — de los más altos de esta zona — la vista enfila un valle en cuyo centro, fertilísima, bien irrigada, aparece Siquem. En este punto precisamente, la alegre caravana de la corte del Cónsul que va a Jerusalén para las fiestas alcanza a Jesús y los suyos. Esclavos a pie y en carros para tutelar el transporte de los distintos pertrechos... ¡¡Dios mío, cuántas cosas llevaban consigo en aquellos tiempos!! Con los esclavos, carros en toda regla, cargados con un poco de todo (hasta incluso literas enteras) y coches de viaje (amplios carros de cuatro ruedas, bien amortiguados, cubiertos) en los que viajan, resguardadas, las damas. Y más carros, y más esclavos...
He aquí que una mano enjoyada de mujer levanta levemente una cortina y aparece el perfil grave de Plautina, que saluda sin hablar pero con una sonrisa; lo mismo hace Valeria, quien lleva sobre sus rodillas a su pequeñuela, toda gorjeos, toda riente. El otro carro de viaje, aún más pomposo, pasa sin que ninguna cortina se separe, pero, una vez que ha pasado, por la parte de detrás, entre las cortinas anudadas, Lidia asoma su rosado rostro y hace un gesto de reverencia. La caravana se aleja...