ECR 54.1
El Evangelio como me ha sido revelado
Traducción en curso
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 54.1
Traducción en curso
ECR 55
Andrés, Pedro, Santiago y Juan, Bartolomé, Felipe y Tomás están en casa de Jonás, el guardián de Getsemaní. Tomás cuenta cómo volvió al lugar. Jesús le preguntó y le pidió que se quedara. El apóstol se alegró, y Jesús aprovechó la ocasión para dar al grupo apostólico una lección sobre la hospitalidad. Pedro refunfuñó e hizo algunas observaciones, diciendo que los que son acogidos no siempre tienen buenas intenciones, y el Señor le replicó. Luego pidió a Tomás que fuera a buscar a Simón el Zelote a los sepulcros, y que lo acompañara hasta que se purificara. Volverían a encontrarse más tarde. En cuanto a Judas, le anima a no ir a verle ni siquiera a buscar su presencia.
Pedro volvió a refunfuñar y Cristo le preguntó por qué. Simón de Jonás le señaló entonces que daba misiones a los que acababan de llegar, pero no a los primeros discípulos que le habían seguido. El Maestro sonrió ante sus palabras y le señaló que, si no daba tales misiones, era porque las conocía y estaba seguro de ellas. Pero Cristo los estimaba tanto que tomó a sus primeros apóstoles "sin exigiros pruebas y sin sentir la necesidad de daros ninguna". Pedro se tranquilizó y pidió perdón. Jesús, por su parte, le pidió que no discutiera sobre los lugares y los méritos de cada uno. El Redentor les recordó que él mismo era el siervo del hombre, por lo que les recordó que debían permanecer humildes.
Por último, Jesús entrega a Tomás el retrato de Simón el Zelote. Sólo queda encontrarlo...
ECR 55.1
55.1 Esta mañana, despertándome de un pesadísimo sopor de muchas horas, mientras oro esperando que se haga de día, se me reanuda la visión.
Digo “se me reanuda” porque estamos todavía en el mismo lugar: la baja y ancha cocina, oscura en sus paredes ahumadas, apenas iluminada por la llamita de aceite puesta encima de la rústica mesa, larga y estrecha, a la que están sentadas ocho personas: Jesús y los seis discípulos, más el dueño de la casa; cuatro por cada lado.
Jesús, aún vuelto de espaldas en su taburete — porque aquí no hay más que taburetes sin respaldo, de tres patas (cosas de campo) — está hablando todavía con Tomás.
ECR 56.1
56.1 ¡Sois hermosas, en verdad, riberas del Jordán, así cual erais en tiempos de Jesús! Os veo y me complazco en vuestra majestuosa paz verde-azul, con rumor de aguas y de frondas de tono dulce como una melodía.
Me encuentro en una calzada bastante amplia y bien conservada. Debe ser una carretera vecinal de primer orden, más bien una calzada militar, trazada por los romanos para unir las distintas regiones con la capital. Sigue a poca distancia el curso del río, pero no exactamente por la orilla; la separa de éste una franja de bosque, que creo cumple la función de afianzar las márgenes y oponer resistencia a las aguas durante las crecidas. Al otro lado de la calzada continúa la floresta, de modo que la vía parece una galería natural a la que hacen de techo, entrelazadas, las frondosas ramas: benéfico alivio para los viandantes en estos países de mucho sol.
El río — y, por tanto, la calzada — traza, en el punto en que me encuentro, un arco suave, de manera que veo proseguir la rampa frondosa como una muralla verde colocada para cerrar una concavidad de aguas quietas. Parece casi un lago de un parque señorial. Pero el agua no es la quieta agua de un estanque; discurre, aunque lentamente. Prueba de ello es el murmullo que hace contra los primeros cañizares, los más audaces, que han crecido justo abajo, en el terreno guijarroso; y la ondulación de las largas cintas de sus hojas, colgando a ras del agua que las mueve. También un grupo de sauces, de flexibles ramas suspendidas, le han confiado al río el extremo de su verde cabellera, y éste parece peinarla con gracia de caricia, extendiéndola con dulzura en la dirección de su corriente.
Silencio y paz en la hora matutina. Sólo cantos y reclamos de aves, susurro de aguas y frondas, y un intenso brillar de rocío sobre la hierba verde y alta que está entre los árboles y que el sol estivo aún no ha endurecido o dorado, tierna y nueva por haber nacido después de la primaveral efusión de aguas que ha nutrido la tierra, en lo profundo, de humedad y de substancias buenas.
Entre Jericó y Docco.
ECR 57
Jesús llega a Nazaret con sus apóstoles. Invita a sus discípulos a que le acompañen a casa para encontrarse con su Madre. A su llegada, Cristo es recibido por un rebaño de niños. Responde a sus preguntas y llega a su casa. Naturalmente, su Madre se alegra de verle, pero también se angustia, porque sus parientes le han contado lo que ha hecho en el Templo. Tras el reencuentro, los discípulos le conocen (excepto Juan, que ya la había conocido) y se sientan todos a la mesa. María de Alfeo está en la casa y Judas le cuenta su decisión de seguir a Jesús. Ella se alegra y el grupo comparte anécdotas sobre la vida de Jesús. La visión termina ahí.
ECR 57.1
57.1 Jesús llega con su primo y los seis discípulos a las proximidades de Nazaret. Desde lo alto del alcor en que se encuentran se ve — blanca entre el verde — la pequeña, linda ciudad subir y bajar por las laderas en que está construida (un dulce ondular de laderas: en unos lugares apenas perceptible; en otros, más marcado).
«Hemos llegado, amigos. Ved allí mi casa. Sale humo de ella. Mi Madre está dentro. Quizás esté haciendo el pan. No os digo que os quedéis, porque pienso que estaréis deseando llegar a casa. Pero si queréis partir conmigo el pan, y conocer a Aquella que Juan conoce, os digo: “¡Venid!”».
Los seis, que ya estaban tristes por la separación inminente, se ponen de nuevo del todo contentos y aceptan de corazón.
«Vamos, entonces».
Bajan a buen paso la pequeña colina y toman la calzada principal. Anochece. Todavía hace calor, pero ya las sombras descienden sobre los labrantíos, donde las mieses comienzan a madurar.
Entran en el pueblo. Mujeres que van y vienen de la fuente, hombres a la puerta de los minúsculos talleres o en los huertos saludan a Jesús y a Judas.
ECR 58
Jesús está en Cafarnaún: va a pescar con Pedro y Andrés. Juan y Santiago están en la otra barca.
Pedro explica su trabajo a Cristo, que hace una analogía con las almas. Explica que una falta no es irreparable en sí misma, pero que la acumulación de faltas puede convertirse en un hábito e incluso en un vicio capital. Debemos estar siempre vigilantes para evitar caer en el pecado.
Simón de Jonás pregunta si el Padre no será demasiado duro con él, y Jesús le asegura que no lo será con Pedro, el hombre nuevo. También asegura a Andrés su amor, y habla de todos los discípulos que vendrán después de ellos, mencionando el Reino de los Cielos y la abundante pesca que hará el Salvador. También anima a su apóstol a no tener celos, porque todos tienen un lugar en su corazón. Pedro quedó conmovido por sus palabras; en cuanto a Andrés, Jesús le habló de su bendita muerte.
Juan llega entretanto y revela que un ciego ha venido para ser curado por Cristo. Jesús quiere curarlo enseguida y, en respuesta a los pensamientos de Pedro, que se entristece ante la idea de no tener un buen partido, le asegura la ayuda de Dios siempre que sea caritativo.
Finalmente, el Señor curó al ciego. Y fue una curación muy hermosa.
ECR 58.1-2
58.1 Dice Jesús, y en seguida me invade la paz, y la alegría de esta paz luminosa pone alegre mi corazón: «Ve. Le gustan mucho los episodios de los ciegos. Pues vamos a darle otro». Y yo veo.
58.2 Estío. El Sol declina con gran belleza. Ha puesto al rojo vivo todo el Occidente, y el lago de Genesaret es una enorme lámina incandescente bajo el cielo encendido.
Veo las calles de Cafarnaúm apenas empezando a poblarse de gente: mujeres que van a la fuente, hombres, pescadores preparando las redes y las barcas para la pesca nocturna, niños que corren jugando por las calles, asnos yendo con cestos hacia la campiña, quizás para coger verduras.
Jesús se asoma a una puerta que da a un pequeño patio todo sombreado por una vid y una higuera; más allá, un caminito pedregoso que bordea el lago. Es la casa de la suegra de Pedro, porque éste está en la orilla con Andrés; prepara en la barca las cestas para el pescado, y las redes; coloca asientos y rollos de cuerdas, todo lo que se necesita para la pesca, en definitiva, y Andrés le ayuda, yendo y viniendo de la casa a la barca.
En una nota a la segunda edición, está escrito: en realidad, ésta es la casa de la suegra de Pedro, es una corrección de Maria Valtorta en una copia mecanografiada. De su suegra, al principio del 58.8, es un añadido de su puño y letra en la misma copia. Varios pasajes del capítulo 60 mencionan las dos casas de Pedro: la suya en Betsaida y la de su suegra en Cafarnaún.
ECR 59
Jesús viene a predicar a la sinagoga de Cafarnaún. Jairo le da la bienvenida y Jesús le pide un pergamino: el Espíritu le guiará. Entonces Jesús hace un comentario sobre el Libro de Josué y habla del Reino de Dios, de la necesidad de no pecar más, de arrepentirse y de prepararse para el Cielo y la eternidad venidera. Al final de su sermón, un hombre le contradice y cita el segundo libro de los Macabeos. Dijo que Dios había golpeado a Israel, y Jesús le contestó que él estaba aplicando una visión humana a esas palabras, mientras que el Señor las interpretaba de forma sobrenatural. Dice que, aunque Dios ha golpeado a su pueblo, sin embargo ha amado profundamente a Israel enviándole la salvación que es su Mesías.
El hombre critica a Cristo y duda de que sea el Redentor. En respuesta, Jesús evoca al Precursor y a la paloma que descendió en su bautismo: afirma con toda sencillez que es el Redentor prometido. Como su interlocutor tiene dudas, manda llamar a un endemoniado, con el que nunca había hablado. El demonio se agita cuando se encuentra ante el Hijo de Dios y afirma que es el Santo de Dios. Jesús le ordenó que se callara y se marchara. El hombre quedó curado y el demonio, vencido, se marchó ante las burlas de la multitud.
Jesús realizó varios milagros físicos y luego salió de la sinagoga con dificultad.
ECR 59.1
59.1 Veo la sinagoga de Cafarnaúm. Ya está llena de gente que está esperando. Algunos en la puerta miran furtivamente a la plaza, todavía soleada aunque esté cayendo la tarde.
Por fin un grito: «¡Ha llegado el Rabí!». Toda la gente se vuelve hacia la puerta, los más bajos se ponen de puntillas o tratan de pasar adelante. Se produce algún pequeño altercado y hay algunos empujones a pesar de las amonestaciones de los encargados de la sinagoga y personalidades de la ciudad.
«La paz esté con todos aquellos que buscan la Verdad». Jesús está en el umbral de la puerta y saluda bendiciendo con los brazos tendidos hacia delante. La luz vivísima de la plaza soleada recorta su alta figura aureolándola de luz. Ha dejado el cándido vestido y viste el color azul oscuro que lleva normalmente. Avanza entre la muchedumbre, que se abre y cierra en torno a Él como las olas en torno a una nave.