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Enemigos de Jesucristo

Tema: Personajes del Evangelio tal como me fue revelado · Página 5 de 5

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ECR 181.6-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

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Cita

En los campos del maestro (los discípulos) penetran los enemigos, que son muchos (el primero, Satanás; los otros, sus siervos, o sea, los hombres, las pasiones, el mundo y la carne). El discípulo más vulnerable frente a aquéllos es el que no está enteramente con su maestro, sino a caballo entre el maestro y el mundo. No sabe, no quiere separarse enteramente de lo que constituye mundo, carne, pasiones y demonio, para ser enteramente de aquel que a Dios le lleva. Sobre éste esparcen sus semillas el mundo y la carne, las pasiones y el demonio. Oro, poder, mujer, orgullo, miedo a un juicio negativo del mundo, espíritu de utilitarismo: “Los grandes son los más fuertes. Los sirvo para tener su amistad”... ¡Y uno se hace un delincuente, se condena, por estas míseras cosas!...

¿Por qué el maestro, viendo la imperfección de su discípulo — si bien no quiere rendirse ante el pensamiento de que será su asesino —, no le cercena inmediatamente de sus filas? Ésta es la pregunta que os hacéis.

La respuesta es: “Porque hacerlo sería inútil”. Haciéndolo no lo suprimiría como enemigo; antes al contrario, su enemistad se duplicaría y se haría más diligente, por la rabia de haber sido descubierto o el dolor de haber sido expulsado. Dolor, sí, porque a veces el discípulo malo no se da cuenta de que lo es; tan sutil es la obra demoniaca que no la advierte (viene a ser poseído por el demonio sin sospechar que está siendo sometido a esta operación). Rabia, sí, rabia por haber sido conocido en lo que es; esto sucede cuando no es inconsciente de la operación de Satanás y sus adeptos (los hombres que tientan al débil en sus debilidades para quitar del mundo al santo que ofende sus maldades con el contraste de su bondad).

Y entonces el santo ora y se abandona en Dios: “hágase lo que permites que se haga”, dice, añadiendo sólo la cláusula: “si sirve para tu finalidad”. El santo sabe que ha de llegar la hora en que serán separadas de sus espigas las malas plantas de cizaña. ¿Y quién lo hará? Dios mismo, que no permite más de cuanto es útil para la victoria de su voluntad de amor».

181.7

«Pero si admites que siempre son Satanás y sus adeptos... me parece que disminuye la responsabilidad del discípulo» dice Mateo.

«No lo creas. Si el Mal existe, también existe el Bien, y en el hombre existe el discernimiento y con éste la libertad».

«Dices que Dios no permite más de cuanto es útil al triunfo de su voluntad de amor. Por tanto, este error incluso es útil, si lo permite, y sirve para que triunfe la voluntad divina» dice Judas Iscariote.

«Con lo cual arguyes, como Mateo, que ello justifica el delito del discípulo. Dios había creado al león exento de saña y a la serpiente sin veneno; ahora el primero es feroz y la segunda venenosa. Pero Dios, por este motivo, los ha separado del hombre. Medita en esto y aplica apropiadamente.

ECR 197.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pedro, entretanto, se las ingenia para explicarle al niño las cosas más dignas de relieve en el Templo, y pide ayuda a los otros más cultos, especialmente a Bartolomé y a Simón, porque, siendo ancianos, se encuentra a gusto con ellos en su papel de padre.

En esto, ya ante el gazofilacio para hacer las ofrendas, los llama José de Arimatea.

«¿Estáis aquí? ¿Cuándo habéis llegado?» dice después de los recíprocos saludos.

«Ayer por la tarde».

«¿Y el Maestro?».

«Está allí, con un discípulo nuevo. Ahora vendrá».

José mira al niño y le pregunta a Pedro: «¿Un sobrinito tuyo?».

«No... sí. Bueno, quiero decir que, nada en cuanto a la sangre, mucho en cuanto a la fe, todo en cuanto al amor».

«No te comprendo…».

«Un huerfanito… por tanto, nada en cuanto a la sangre. Un discípulo... por tanto, mucho en cuanto a la fe. Un hijo... por tanto, todo en cuanto al amor. El Maestro lo ha recogido... y yo le doy mi cariño. Debe alcanzar la mayoría de edad en estos días...».

«¿Tan pequeño y ya doce años?».

«Es que... bueno, ya te lo contará el Maestro... José, tú eres bueno, uno de los pocos buenos que hay aquí dentro... Dime, ¿estarías dispuesto a ayudarme en esta cuestión? Ya sabes... le presento como si fuera mi hijo, pero soy galileo y tengo una fea lepra...».

«¡¿Lepra?!» exclama y pregunta aterrorizado José, separándose.

«¡No tengas miedo!... Mi lepra es la de ser de Jesús: la más odiosa para los del Templo, salvo pocas excepciones».

«¡No, hombre, no; no digas eso!».

«Es la verdad y hay que decirla... Por tanto, temo que se comporten cruelmente con el pequeño por causa mía y de Jesús. Además, no sé qué conocimientos tendrá de la Ley, la Halasia, la Haggada y los Midrasiots. Jesús dice que sabe mucho...».

«¡Bueno, pues si lo dice Jesús, entonces no tengas miedo!».

«Aquéllos... con tal de amargarme...».

«¡Quieres mucho a este niño, ¡eh!? ¿Le llevas siempre contigo?».

«¡No puedo!... Yo estoy siempre en camino; él es pequeño y frágil...».

«Pero iría contigo con gusto...» dice Yabés, que, con las caricias de José, está más tranquilo.

Pedro rebosa de alegría... Pero añade: «El Maestro dice que no se debe, y no lo haremos. De todas formas, nos veremos... José, ¿me vas a ayudar?».

«¡Claro, hombre! Estaré contigo. Delante de mí no harán injusticias. ¿Cuándo?

197.4

¡Oh, Maestro! ¡Dame tu bendición!».

«Paz a ti, José. Me alegro de verte; y, además, saludable».

«También yo, Maestro. Los amigos se alegrarán de verte. ¿Estás en Getsemaní?».

«Estaba. Después de la oración voy a Betania».

«¿A casa de Lázaro?».

«No, donde Simón. Tengo también allí a mi Madre y a la madre de mis hermanos y a la de Juan y Santiago. ¿Irás a verme?».

«¿Lo preguntas? Será una gran alegría y un gran honor. Te lo agradezco. Iré con muchos amigos...».

«¡Prudente, José, con los amigos!...» aconseja Simón Zelote.

«¡No, hombre... ya los conocéis! Es verdad que la prudencia dice: “Que no oiga el aire”. Pero, cuando los veáis, comprenderéis que son amigos».

«Entonces...».

«Maestro, Simón de Jonás me estaba hablando de la ceremonia del niño. Has llegado cuando estaba preguntando cuándo pensáis llevarla a cabo. Quiero estar presente también yo».

«El miércoles que precede a la Pascua. Quiero que celebre su Pascua ya como hijo de la Ley».

«Muy bien. Comprendido. Iré a recogeros a Betania. Pero antes, el lunes, iré con los amigos».

«De acuerdo, no se hable más».

«Maestro, te dejo. La paz sea contigo. Es la hora del incienso».

«Adiós, José. La paz sea contigo.»

Anotación

No sé cómo conoce la Ley, la Halajá, la Hagadá y los Midrashim. Jesús dice que sabe lo suficiente... Para salvaguardar la Ley, base religiosa y jurídica de la comunidad judía, los rabinos, después del exilio, la rodearon de una exégesis llamada Midrash (Interpretación). Los midrashim son comentarios sobre pasajes de las Escrituras. Entre los autores de renombre de estas tradiciones midráshicas se encuentran Hillel, Schammei y Gamaliel.

Midrash también se refiere a la rama del conocimiento rabínico que se ocupa de las normas de la ley tradicional (escrita), en contraposición a la Mishná (tradición oral). Esta interpretación de la ley mosaica dio lugar a nuevas prescripciones, normas de conducta a seguir en el culto y el derecho (las Halâkoth). La interpretación de las partes históricas del Pentateuco dio lugar a relatos y leyendas(la Hagadá). Sin embargo, en aras de la Ley mosaica, estos midrashim sólo debían transmitirse oralmente de generación en generación, aunque su autoridad llegó a ser casi igual a la de la Ley.

La hora del incienso. El incienso se quemaba en el Templo por la mañana y por la tarde, según lo prescrito en Éxodo 30, 7-8.

Libro de Éxodo 30, 7-8

Éxodo 30, 7-8 : Cuando Aarón vaya a encender las lámparas cada mañana, quemará incienso sobre ellas. Y cuando venga a encender las lámparas al atardecer, volverá a quemar incienso en ellas. De generación en generación, el incienso subirá perpetuamente ante el Señor.

ECR 206.13 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Cuántos, hoy día, en esta tierra a la que Dios ha enviado a su Verbo! Dios verdaderamente ha invitado, a través de sus siervos — y los seguirá invitando, cada vez más impelentemente a medida que se va acercando la hora de mi Desposorio —, a amigos, a aliados, a los grandes de su pueblo. Mas no responderán a la invitación, porque son falsos aliados, falsos amigos, grandes sólo de nombre pues son mezquinos».

Jesús va elevando cada vez más la voz. Sus ojos — a la luz del fuego que ha sido encendido entre Él y los que le escuchan, para iluminar esta noche en que todavía falta la Luna, que está en fase menguante — lanzan destellos de luz como si fueran dos gemas.

«Sí, son mezquinos. Ya se ve por qué no comprenden el deber y el honor que supone la adhesión a la invitación del Rey. Soberbia, dureza, lujuria crean un baluarte en torno a su corazón. Siendo malos, me odian a mí, a mí, y por eso no quieren venir a mis bodas. No quieren venir. Prefieren unirse a la sucia política, al dinero (más sucio todavía), a la sensualidad (sucísima). Prefieren el cálculo astuto, la conjura, la ratera conjura, la celada, el delito.

Yo condeno todo esto en nombre de Dios. Se odia por tanto la voz que habla y la misma fiesta, objeto de la invitación. En este pueblo han de ser identificados los que matan a los siervos de Dios (los profetas, siervos hasta este momento; mis discípulos, siervos de hoy en adelante), aquí están; y también los que, pretendiendo burlarse de Dios, dicen: “Sí. Iremos”, pensando para sus adentros: “¡Ni soñarlo!”. Todo esto es una realidad en Israel.

Y el Rey del Cielo, para que su Hijo goce de un digno aderezo de bodas, dispondrá que vayan a los cruces de caminos para congregar a todos aquellos que no son amigos o grandes o aliados sino simplemente pueblo que pasa. La convocatoria ha comenzado ya, de mi propia mano, de mi mano de Hijo y siervo de Dios. Indiscriminadamente vendrán... De hecho ya han venido. Yo los ayudo a asearse y engalanarse para la fiesta de bodas.

¡Ah, pero habrá, para desgracia propia, quien se aproveche indignamente de esta magnificencia de Dios — que le ofrece perfumes y vestiduras regias para que pueda aparecer como en realidad no es, o sea, rico y noble —, y se aproveche para seducir, para obtener una ganancia...! ¡Oh, individuo de alma torva, atrapado por el repugnante pulpo de todos los vicios...! Éste substraerá perfumes y vestidos para obtener una ilícita ganancia, para usarlos no en las bodas del Hijo sino en sus bodas con Satanás.

Sí, esto sucederá — en efecto, muchos son los llamados, mas pocos los que, por saber perseverar en la llamada, alcanzan la elección—; pero también sucederá que estas hienas, que prefieren la carroña al alimento fresco, serán arrojados, como castigo, fuera de la sala del Banquete, a las tinieblas y al fango de un lodazal eterno en que Satanás emite su horrible risa estridente por cada triunfo sobre un alma, y en que resuena, eterno, el llanto desesperado de los mentecatos que siguieron al Delito en vez de seguir a la Bondad que los había llamado.»

Detalle

Jesús acaba de contar la parábola del rey que ofrece a su hijo un banquete de bodas. La comenta y habla de los que se niegan a venir a la boda, de los que matan a los siervos de Dios, del Rey del Cielo que va a invitar a los transeúntes (paganos). También habla de los que traicionarán a Cristo y hace una mención del Infierno al final de su discurso.

ECR 206.15-17 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Lázaro se congratula con Jesús. Dice: «Siento que te marches, pero estoy más contento que si te hubiera visto marcharte anteayer».

«¿Por qué, Lázaro?».

«Porque te veía muy triste y cansado... No hablabas, sonreías poco... Ayer y hoy has vuelto a ser mi santo y dulce Maestro. Me alegro mucho...».

«Lo era, aunque guardase silencio...».

«Lo eras, sí; pero Tú eres no sólo serenidad sino también palabra. Esto buscamos en ti. En estas fuentes bebemos nuestra fuerza, y estas fuentes parecían sin agua... Penosa era nuestra sed... Ya ves cómo hasta incluso a los gentiles les ha sorprendido, y han venido a buscarlas...».

Judas Iscariote, al cual se había acercado Juan de Zebedeo, se decide a hablar: «Sí, me habían preguntado también a mí... porque muchas veces estaba cerca de la Torre Antonia, con la esperanza de verte».

«Sabías dónde estaba» responde escuetamente Jesús.

«Lo sabía. Pero no pensaba que pudieras decepcionar a quienes te esperaban. Los romanos también se sintieron decepcionados. No entiendo por qué has actuado así...».

«¿Y tú me lo preguntas? ¿No estás al corriente del estado de ánimo del Sanedrín, de los fariseos y de otros, respecto a mí?».

«¿Quieres decir que tenías miedo!».

«No. Náusea.

206.16

El año pasado, estando solo — uno solo contra todo un mundo que ni siquiera sabía si Yo era profeta —, mostré que no tenía miedo. Y tú fuiste ganado con mi audacia. Hice oír mi voz contra todo un mundo de gente que gritaba; hice oír la voz de Dios a un pueblo que se había olvidado de ella; purifiqué la Casa de Dios de las inmundicias materiales que tenía. No pretendía limpiarla de las bajezas morales, mucho más graves, que en ella anidan, porque no ignoro el futuro de los hombres. Lo hice para cumplir mi deber; por celo de la Casa del Señor eterno, la cual se había convertido en una plaza vociferadora de mercachifles, usureros y ladrones; lo hice para remover de su sopor a quienes siglos de abandono sacerdotal habían hecho caer en el letargo espiritual. Fue el reclamo que debía congregar a mi pueblo, para llevarle a Dios... Este año he vuelto... He visto que el Templo sigue lo mismo... Incluso ha empeorado. Ha pasado de ser cueva de ladrones a ser sede de conjura, y será sede del Delito, y luego lupanar, para terminar destruido a manos de una fuerza más poderosa que la de Sansón que aplastará a una casta indigna de llamarse santa. Es inútil hablar en ese lugar, en el cual, además — te lo recuerdo — se me prohibió hablar. ¡Pueblo desleal a la palabra dada, envenenado en sus cabezas, pueblo que osa poner veto a que la Palabra de Dios hable en su Casa! Sí, me fue prohibido. He guardado silencio por amor a los más pequeños. No ha llegado todavía la hora en que habrán de matarme. Son demasiados los que tienen necesidad de mí, y mis apóstoles no son todavía suficientemente fuertes como para recibir en sus brazos a mi prole: el Mundo. No llores, Madre buena; perdona esta necesidad de tu Hijo de decir, a quien quiere o puede engañarse, la verdad que sé... Yo callo... pero, ¡ay de aquellos por los cuales Dios calla!... ¡Madre, Margziam, no lloréis!... ¡Que nadie llore! ¡Os lo ruego!».

Pero en realidad todos, con más o menos pena, lloran.

Judas, pálido como un muerto, con ese indumento suyo de rayas amarillas y rojas, tiene la osadía de insistir, con una voz gimoteadora y ridícula: «Créeme, Maestro, que estoy sorprendido y apenado... No sé qué quieres decir... Yo no sé nada... La verdad es que no he visto a ninguno de los del Templo, pues he roto los contactos con todos... Pero, si Tú lo dices, será verdad...».

«¡Judas!... ¿Tampoco has visto a Sadoq?».

Judas baja la cabeza y farfulla: «Es un amigo... Le he visto como amigo, no como uno del Templo...».

Jesús no le responde; se vuelve a Isaac y a Juan de Endor para darles algunas recomendaciones relativas a su trabajo. Entretanto, las mujeres consuelan a María, que está llorando, y al niño, que llora al ver llorar a María. También a Lázaro y a los apóstoles se les ve apenados.

Anotación

El año pasado, cuando estaba solo -solo contra todo un mundo que ni siquiera sabía si yo era profeta-, demostré que no tenía miedo y os conquisté con la audacia que demostré. Jesús echando a los mercaderes del Templo impresionó mucho a Judas. Cf. EMV 53, y EMV 54.3.

- ¡Judas! Y Sadoc, ¿no lo has visto? Cf. EMV 201.2.

ECR 212.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Toda Yuttá corre al encuentro de Jesús, con flores silvestres de las laderas de sus montes y con las primicias de los frutos de sus campos, además de las sonrisas de sus niños y las bendiciones de sus habitantes. Antes de que Jesús ponga pie en el pueblo, se ve rodeado de estas buenas personas que, avisadas por Judas de Keriot y Juan, que habían sido enviados con anticipación, acuden a honrar al Salvador con las cosas mejores que han encontrado; sobre todo, con su amor.

Jesús no hace otra cosa sino bendecir con el gesto y la palabra a estas personas, adultos o niños, que están pegadas alrededor de Él y le besan sus vestiduras y sus manos, o que depositan en sus brazos, para que los bendiga con un beso, a los lactantes; la primera que lo hace es Sara: le pone en su corazón a ese espléndido nene de diez meses que es ya Iesaí.

Tan impetuoso es el amor, que hace difícil proseguir el camino; no obstante, es como una ola que aligera. Creo que Jesús camina, más por el impulso de esta ola que por el de sus propios pies. Sin duda, la alegría que le proporciona este amor eleva su Corazón bien alto, al cielo sereno. Su rostro refulge como en los momentos de más viva alegría de Hombre-Dios; no es ese rostro de poder, de magnética mirada, de cuando realiza milagros; tampoco es el rostro majestuoso de cuando expresa su unión continua con el Padre, ni el severo de cuando reprime un pecado: todos esplendorosos, aunque con diversa luminosidad. La luz de ahora es la de las horas de distensión de todo su yo, agredido por todas partes, obligado a vigilar siempre hasta los más mínimos gestos o palabras, suyos o de los demás, rodeado de todas las asechanzas de este mundo que lanzan — maléfica tela de araña — sus hilos satánicos para envolver a la divina Mariposa que es el Hombre-Dios, queriendo paralizar su vuelo y aprisionar su espíritu, para que no salve al mundo; queriendo amordazar su palabra, para que no instruya a los supremos y culpables ignorantes de la tierra; atar sus manos, para que no santifiquen — sus manos de Sacerdote eterno — a los hombres corrompidos por el demonio y la carne; tapar sus ojos, para que la perfección de su mirada, verdadero imán, perdón, amor, encanto que vence toda resistencia excepto la del perfecto satanás, no atraiga hacia sí a los corazones.

212.2

¡Oh! ¿Es que, acaso, no sigue siendo así con Cristo por obra de sus enemigos? ¿Es que hoy día, la Ciencia y la Herejía, el Odio y la Envidia, los enemigos de la Humanidad, nacidos de la misma Humanidad cual ramas envenenadas en árbol bueno, no hacen, acaso, todo esto para que la Humanidad muera; ellos, que la odian más aún que a Cristo, puesto que la odian activamente privándola de su alegría al descristianizarla, mientras que a Jesús no pueden quitarle nada, siendo Él Dios y ellos polvo? Sí, lo hacen.

Mas Cristo se refugia en los corazones fieles, y desde allí mira, habla, bendice a la Humanidad, y luego... y luego se da a estos corazones, y ellos... y ellos, aunque permanezcan aquí, tocan el Cielo beato, y arden hasta el punto de que todo su ser sufre un delicioso tormento (...)

Detalle

María comienza describiendo su visión, luego pasa a describir a Jesús con más detalle y continúa con una reflexión personal.

ECR 217.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El lugar es todavía el mismo, pero el Sol se muestra menos implacable porque se encamina al ocaso.

«Tenemos que andar hasta aquella casa» dice Jesús.

Van hacia la casa. Llegan. Piden pan y posibilidad de descanso. Pero el guarda los rechaza con dureza.

«¡Raza de filisteos! ¡Víboras! ¡Son todos iguales! Han nacido de esa cepa y dan frutos envenenados» dicen con enfado los discípulos, hambrientos y cansados. «¡Que recibáis lo mismo que dais!».

«¿Por qué faltáis a la caridad? El tiempo del talión ya ha quedado atrás. Caminemos. Todavía no ha oscurecido y no os estáis muriendo de hambre. Un poco de sacrificio, para que estas almas lleguen a sentir hambre de mí» exhorta Jesús.

Pero los discípulos — creo que más por despecho que por hambre verdaderamente insoportable — entran en todo el medio de una de las parcelas cultivadas y se dan a coger espigas, las desgranan en las palmas de las manos y se ponen a comerse los granos.

«Están buenos, Maestro» grita Pedro. «¿Tú no coges espigas? Además tienen doble sabor... Me comería todo el campo».

«¡Tienes razón! ¡Así se arrepentirían de no habernos dado ni un pan!» dicen los otros, que van caminando entre las espigas y comiendo con gusto.

Jesús va solo por el camino polvoriento. Unos cinco o seis metros más atrás le siguen Simón Zelote y Bartolomé, pero van hablando entre sí.

217.2

Otra encrucijada de caminos: un camino secundario que atraviesa el camino de primer orden. Parados en ese punto, hay un grupo de desabridos fariseos, que, sin duda, vuelven de haber asistido a las funciones del sábado en el pueblo ancho y achatado que se ve en el fondo de este camino secundario: parece un animal grande acochado en su madriguera.

Jesús los ve, los mira manso y sonriente, y los saluda: «Paz a vosotros».

En vez de la respuesta al saludo, uno de los fariseos, arrogantemente, pregunta: «¿Quién eres?».

«Jesús de Nazaret».

«¿Veis como es Él?» dice uno de ellos a los otros.

Entretanto, Natanael y Simón se han acercado al Maestro. Los demás, caminando por los surcos, están viniendo hacia el camino; todavía vienen masticando y tienen en el cuenco de la mano granos de trigo.

Jesús se para para acabar de escuchar el resto de lo que quieren decirle. El primer fariseo que ha hablado — quizás el más representativo — le habla otra vez: «¡Ah!, ¿entonces eres el famoso Jesús de Nazaret?; ¿y cómo es que estás por aquí?».

«Porque también aquí hay almas que salvar».

«Para eso nos bastamos nosotros; sabemos salvar las nuestras y las de nuestros súbditos».

«Si es así, hacéis bien. Pero Yo he sido enviado para evangelizar y salvar».

«¡Enviado! ¡Enviado! ¿Y quién nos lo prueba? ¡Tus obras no!».

«¿Por qué dices eso? ¿No te preocupa tu vida?».

«¡Ah! ¡Ya! Tú eres ese que administra la muerte a quienes no le adoran. De forma que quieres matar a toda la clase sacerdotal, ¿no?, y a la de los fariseos, y a la de los escribas, y a muchas otras, porque ni te adoran ni te adorarán nunca; nunca, ¿comprendes? Nunca te adoraremos nosotros, los elegidos de Israel, ni te amaremos».

«No os fuerzo a amarme; os digo: “Adorad a Dios” porque...».

«O sea, a ti, porque Tú eres Dios, ¿no es así? Pero se da el caso de que nosotros no somos ni los piojosos paletos galileos ni esos estúpidos de Judá que te siguen olvidando a nuestros rabíes...».

«No te agites. Yo no pido nada. Cumplo mi misión. Enseño a amar a Dios y repito el Decálogo porque está muy olvidado, y se aplica peor. Lo que quiero ofrecer es la Vida, la eterna; no le deseo a nadie la muerte corporal, y menos todavía la espiritual. La vida sobre la que te preguntaba si no te preocupaba perderla era la de tu alma, porque amo tu alma a pesar de que ella no me ame, y me apena el ver que la estás matando al ofender al Señor con el desprecio de su Mesías».

Tanto se agita el fariseo que parece víctima de una convulsión: se descoloca sus vestiduras, se arranca las cintas, se quita la prenda que cubre su cabeza y se alborota los pelos, y grita: «¡Oíd! ¡Oíd! ¡Esto se me dice a mí, a Jonatán de Uziel, descendiente directo de Simón el Justo, a mí!... ¡Ofender yo al Señor! ¡No se quién me frena para que no te maldiga, pero...».

«Es el miedo. Hazlo, si quieres, que no quedarás por ello reducido a cenizas. A su debido tiempo, sí; entonces me invocarás, pero entre tú y Yo habrá, entonces, un arroyo rojo: mi Sangre».

«Bien,

217.3

pero, mientras, Tú, que te dices santo, permites ciertas cosas... Tú, que te dices Maestro, no instruyes primero a tus apóstoles... ¡Míralos, ahí, detrás de ti!... ¡Ahí están, todavía con el instrumento de su pecado entre sus manos! ¿Ves? Han cogido espigas, y es sábado; han cogido espigas que no son suyas: han violado el sábado y han robado».

«Teníamos hambre. En el pueblo al que llegamos ayer por la tarde, hemos pedido alojamiento y comida. Hemos sido rechazados. La única que nos dio algo, parte de su pan y un puñado de aceitunas, fue una viejecita; que Dios se lo pague, multiplicado por cien, pues ha dado todo lo que tenía, pidiendo sólo una bendición. Luego caminamos durante una milla y nos detuvimos, como establece la ley, y bebimos agua de un regato. Después de la puesta de sol, fuimos a aquella casa... Nos rechazaron también. Como puedes ver, en nosotros ha habido voluntad de obedecer a la Ley» responde Pedro.

«Pero no lo habéis hecho. No es lícito, en sábado, hacer obra manual; nunca es lícito coger lo que es de otros. Estamos escandalizados yo y mis amigos».

«Pues Yo no lo estoy. ¿No habéis leído nunca cómo David, en Nob, cogió los panes de la Proposición para alimento suyo y de sus compañeros? Los panes sagrados eran de Dios, estaban en la casa de Dios, reservados, por dictamen eterno, a los sacerdotes. En efecto, está escrito: “Serán de Aarón y de sus hijos, que los comerán en lugar santo porque son cosa santísima”. Y, sin embargo, David los cogió para sí y sus compañeros, porque tenía hambre. Entonces, si el santo rey entró en la casa de Dios y comió los panes de la Proposición en sábado, y ello no le fue imputado como pecado, pues siguió siendo grato a Dios después de ello, ¿cómo dices tú que somos pecadores por coger del suelo de Dios las espigas que por su voluntad han crecido y madurado, las espigas que pertenecen incluso a las aves, las que tú niegas para alimento de los hombres, que son hijos del Padre?» pregunta Jesús.

«Esos panes los pidieron, no los cogieron sin pedirlos, lo cual cambia la situación; y, además, no es verdad que Dios no imputara a David este pecado, porque le castigó con mucha severidad».

«Pero no por eso, sino por la lujuria, por el empadronamiento, no por...» contesta Judas Tadeo.

«¡Basta! No es lícito y no es lícito. No tenéis derecho a hacerlo y no lo haréis.

217.4

Marchaos. No queremos teneros en nuestras tierras.

No os necesitamos. No sabemos qué hacer con vosotros».

«Nos iremos» dice Jesús, impidiendo a los suyos seguir replicando.

«Y para siempre, no lo olvides; que Jonatán de Uziel no vuelva a encontrarse contigo. ¡Fuera!».

«Sí. Me voy. No obstante, nos volveremos a ver. Será Jonatán el que me querrá ver para repetir la condena y para librar para siempre al mundo de mí. Pero entonces será el Cielo el que te dirá: “No te es lícito hacerlo”, y ese “no te es lícito” lo oirás en tu corazón, como pitido de cuerna, durante toda la vida, y después de la vida. De la misma forma que en sábado los sacerdotes del Templo violan el reposo sabático sin cometer por ello pecado, nosotros, siervos del Señor, podemos, dado que el hombre nos niega el amor, tomar del Padre santísimo el amor y el auxilio, sin cometer pecado por ello. Aquí hay Uno que es mucho mayor que el Templo y puede coger lo que quiera de la creación, porque Dios ha puesto todo como escabel de la Palabra. Así que Yo tomo y doy: tomo y doy las espigas del Padre, depositadas en la inmensa mesa que es la Tierra, así como tomo y doy la Palabra. Tomo y doy: a los buenos y a los malos; porque soy Misericordia. Pero vosotros no sabéis qué es la Misericordia. Si supierais qué quiere decir que soy Misericordia, comprenderíais que no quiero sino misericordia. Si supierais qué es la Misericordia, no condenaríais a los inocentes. Pero no lo sabéis. Ni siquiera sabéis que no os condeno. No sabéis que os perdonaré, o, más bien, que pediré al Padre que os perdone. Quiero misericordia, no castigo. No, no sabéis, no queréis saber; y éste es un pecado mayor que el que me imputáis a mí, mayor que el que decís que han cometido estos inocentes. Y sabed que el sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado; sabed que el Hijo del hombre es también señor del sábado. Adiós...».

Se vuelve a los discípulos: «Venid. Vamos a buscar un lecho entre las arenas, que ya están cercanas. Las estrellas serán nuestras compañeras; nos procurará alivio el rocío. Dios, que mandó el maná para Israel, proveerá a nutrirnos también a nosotros, que somos pobres y le somos fieles».

Y Jesús deja plantado al grupo de rencorosos y se marcha con los suyos mientras declina la tarde con las primeras sombras violetas...

Por fin, encuentran una mata de higos picos, en cuya parte más alta, erizada de palas espinosas, están los frutos, que ya empiezan a madurar. Pero... todo es bueno para quien tiene hambre, y, pinchándose, cogen los más hechos y caminan hasta el punto en que los campos terminan en dunas arenosas. En la lejanía se oye el rumor del mar.

«Nos paramos aquí. La arena es blanda y está caliente. Mañana entraremos en Ascalón» dice Jesús... Y todos caen, derrengados, al pie de una alta duna.

Detalle

Los apóstoles tienen hambre y empiezan a arrancar espigas de trigo de los campos al no recibir comida de los habitantes (EMV 217.1). Jesús se encuentra entonces con un grupo de fariseos, entre los que se encuentra Jonatán ben Uziel, miembro del Sanedrín. Este se muestra hostil hacia él y le reprocha al Maestro el comportamiento de los discípulos.

Jesús le dará una primera profecía en 217.2 y una segunda en 217.4.

Solo Simón Pedro y Judas intervienen en este episodio (EMV 217.3), pero los demás discípulos están presentes.

Anotación

¡Raza de filisteos! ¡Víboras! ¡Siempre lo mismo! Han nacido del mismo tronco y dan frutos envenenados —refunfuñan los discípulos hambrientos y cansados—. ¡Que se os devuelva lo que dais! El país filisteo, del que forma parte Ashqelón (Ascalón), se extiende desde la actual Franja de Gaza hasta Jaffa. Reinaba una gran enemistad entre los filisteos y los judíos. Esta se remonta a las guerras que los enfrentaron, de las cuales el episodio de David contra Goliat es el más famoso. Este país todavía se identifica como tal en el siglo II a. C. Véase 1 Macabeos (libro de los mártires de Israel) 3,24: Judas lo persiguió por la bajada de Bet-horón hasta la llanura; ochocientos hombres de sus tropas fueron muertos, y el resto huyó al país de los filisteos.

¿Nunca habéis leído cómo David, en Nob, tomó los panes consagrados para alimentarse, él y sus compañeros? Los panes consagrados pertenecían a Dios, en su casa, reservados por un mandato eterno para los sacerdotes. Se dice: «Pertenecerán a Aarón y a sus hijos, que los comerán en un lugar sagrado, pues es cosa santísima». Véase 1 Samuel 21, 1-4 y Levítico 24, 9.

Dios castigó duramente a David por su lujuria y por su censo: en cuanto a su lujuria, véase 2 Samuel 12, 9-14 (véase también 94.7). En cuanto al censo, véase 2 Samuel 24, 1-17 y 1 Crónicas 21, 1-17.

Tanto a los buenos como a los malos, pues yo soy la Misericordia. Pero vosotros ignoráis lo que es la misericordia. Si supierais lo que significa, comprenderíais también que solo quiero eso. Véase Oseas 6,6, citado también en Mateo 9,13.

Finalmente encuentran un seto de higueras de India en cuyas copas, erizadas de espinas, comienzan a madurar los higos. Esta mención intriga: se supone que la higuera de India, o higuera de Berbería, fue importada de México por Cristóbal Colón. ¿Se trata de un anacronismo flagrante o de un conocimiento poco común de María Valtorta? Véase el comentario.

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Libro del Levítico 24, 9

Lv 24, 9: Pertenecerán a Aarón y a sus hijos, quienes los comerán en lugar santo; pues es para ellos cosa santísima entre las ofrendas quemadas a Yahvé. Es una ley perpetua.

Primer Libro de Samuel, 21, 1-7

1 S 1-7: David se levantó y se marchó, y Jonatán regresó a la ciudad. David se dirigió a Nob, donde estaba el sumo sacerdote Aquimélec; y Aquimélec salió corriendo, asustado, al encuentro de David, y le dijo: « ¿Por qué estás solo y no hay nadie contigo?» David respondió al sacerdote Aquimélec: «El rey me ha dado una orden y me ha dicho: “Que nadie sepa nada del asunto por el que te envío, y te he dado una orden. He fijado un lugar de encuentro para mis hombres. Y ahora, ¿qué tienes a mano? Dame cinco panes, o lo que haya». » El sacerdote respondió a David y le dijo: «No tengo a mano pan común, pero hay pan consagrado; siempre y cuando tus hombres se hayan abstenido de las mujeres. » David respondió al sacerdote y le dijo: «Nos hemos abstenido de mujeres desde hace tres días, que es cuando partí, y los cuerpos de mis hombres son cosa santa; y aunque el viaje sea profano, ¿no queda santificado en cuanto al cuerpo? » Entonces el sacerdote le dio pan consagrado, pues no había allí otro pan que el pan de la ofrenda, que habían retirado de delante de Yahvé para sustituirlo por pan recién horneado en el momento en que lo retiraban.

Segundo libro de Samuel 12, 9-14

2 S 12, 9-14: ¿Por qué has despreciado la palabra de Yahvé, haciendo lo que es malo a sus ojos? Has matado a Urías el heteo a espada; has tomado a su mujer para hacerla tu esposa, y lo has matado a espada por mano de los hijos de Amón. Y ahora, la espada nunca se apartará de tu casa, porque me has despreciado y has tomado a la mujer de Urías el heteo para hacerla tu esposa. Así dice Yahvé: He aquí que voy a hacer que la desgracia caiga sobre ti desde tu propia casa, y tomaré tus mujeres ante tus ojos para dárselas a tu vecino, y él se acostará con tus mujeres a la vista de este sol. Porque tú has actuado en secreto; y yo haré esto ante todo Israel y a la luz del sol».

David dijo a Natán: «He pecado contra Yahvé». Y Natán dijo a David: «Yahvé ha perdonado tu pecado; no morirás. Pero, como con esta acción has hecho que los enemigos de Yahvé lo menosprecien, el hijo que te ha nacido morirá».

Segundo libro de Samuel 24, 1-17

2 S 24, 1-17: La ira de Yahvé se encendió de nuevo contra Israel, e incitó a David contra ellos, diciéndole: «Ve, haz un censo de Israel y de Judá». » El rey dijo a Joab, jefe del ejército, que estaba con él: «Recorre, pues, todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Bersabé; haz el censo del pueblo, para que yo sepa el número de los habitantes». » Joab respondió al rey: «¡Que Yahvé, tu Dios, multiplique al pueblo cien veces más de lo que es ahora, y que los ojos de mi señor el rey lo vean! Pero ¿por qué mi señor el rey se complace en hacer esto? » Pero la palabra del rey prevaleció sobre Joab y sobre los jefes del ejército; y Joab y los jefes del ejército se retiraron de ante el rey para hacer el censo del pueblo de Israel.

Tras cruzar el Jordán, acamparon en Aroer, a la derecha de la ciudad, que está en medio del valle de Gad, y luego en Jazer. Llegaron a Galaad y a la tierra de Tahtim-Hodsi; luego llegaron a Dan-Jaan y a los alrededores de Sidón. Llegaron a la fortaleza de Tiro y a todas las ciudades de los heveos y los cananeos, y terminaron en el Neguev de Judá, en Bersabé. Cuando hubieron recorrido así todo el país, regresaron a Jerusalén al cabo de nueve meses y veinte días. Joab entregó al rey la lista del censo del pueblo: en Israel había ochocientos mil hombres de guerra que empuñaban la espada, y en Judá, quinientos mil hombres. A David se le aceleró el corazón después de haber contado al pueblo, y David dijo a Yahvé: «¡He cometido un gran pecado con lo que he hecho! Ahora, oh Yahvé, te ruego que quites la iniquidad de tu siervo, pues he actuado como un necio».

Al día siguiente, cuando David se levantó, la palabra de Yahvé se dirigió a Gad, el profeta, el vidente de David, en estos términos: «Ve y dile a David: Así dice Yahvé: Te presento tres cosas; elige una, y yo te la haré. » Gad se presentó ante David y le comunicó la palabra de Yahvé, y le dijo: «¿Vendrá una hambruna de siete años a tu país, o huirás durante tres meses ante tus enemigos que te perseguirán, o habrá una peste de tres días en tu país? Ahora, piensa y decide qué debo responder a quien me envía. » David respondió a Gad: «Estoy en una angustia terrible. ¡Ay! Caigamos en manos de Yahvé, pues sus misericordias son grandes; ¡pero que no caiga en manos de los hombres! » Y Yahvé envió una plaga a Israel desde la mañana de aquel día hasta el tiempo fijado; y murieron, desde Dan hasta Beerseba, setenta mil hombres del pueblo. El ángel extendía la mano sobre Jerusalén para destruirla. Y Yahvé se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que estaba matando al pueblo: «¡Basta ya! Retira ahora tu mano. » El ángel de Yahvé se encontraba junto a la era de Areuna, el jebuseo. Al ver al ángel que azotaba al pueblo, David dijo a Yahvé: «He aquí, yo soy el que ha pecado, yo soy el culpable; pero estas ovejas, ¿qué han hecho? ¡Que tu mano caiga, pues, sobre mí y sobre la casa de mi padre!»

Aquel día, Gad se presentó ante David y le dijo: «Sube y erige un altar a Yahvé en la era de Areuna, el jebuseo». David subió, según la palabra de Gad, tal y como Yahvé le había ordenado. Areuna, al mirar, vio al rey y a sus siervos que se dirigían hacia él; Areuna salió y se postró ante el rey, con el rostro en tierra, diciendo: «¿Por qué viene mi señor el rey a su siervo?». Y David respondió: «Para comprarte esta era y construir un altar a Yahvé, a fin de que la plaga se retire del pueblo». Areuna dijo a David: «¡Que mi señor el rey tome la era y ofrezca en sacrificio lo que le parezca bien! Aquí están los bueyes para el holocausto, los carros y los yugos de los bueyes para la leña. Todo esto, oh rey, Areuna se lo da al rey». Y Areuna volvió a decir al rey: «¡Que Yahvé, tu Dios, te sea favorable! » Pero el rey respondió a Areuna: «¡No! Quiero comprártelo por dinero, y no ofreceré a Yahvé, mi Dios, holocaustos que no me cuesten nada. » Y David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata. 25Y David construyó allí un altar a Yahvé y ofreció holocaustos y sacrificios de paz.

Así se apaciguó Yahvé con respecto al país, y la plaga se apartó de Israel.

Primer libro de las Crónicas 21, 1-17

1 Cr 21, 1-17: Satanás se levantó contra Israel e incitó a David a hacer un censo de Israel. Y David dijo a Joab y a los jefes del pueblo: «Id, contad a Israel desde Bersabé hasta Dan, y dadme un informe, para que sepa su número». » Joab respondió: «¡Que Yahvé añada a su pueblo cien veces más de lo que hay! Oh rey, mi señor, ¿no son todos siervos de mi señor? ¿Por qué, pues, pide esto mi señor? ¿Por qué traer el pecado sobre Israel?» Pero la palabra del rey prevaleció sobre Joab. Joab partió y recorrió todo Israel, y regresó a Jerusalén. Y Joab entregó a David el registro del censo del pueblo: había en todo Israel mil cien mil hombres aptos para el servicio militar, y en Judá cuatrocientos setenta mil hombres aptos para el servicio militar. No hizo el censo de Leví ni de Benjamín entre ellos, pues la orden del rey le resultaba repugnante a Joab.

Dios miró con desagrado este asunto y castigó a Israel. Y David dijo a Dios: «He cometido un gran pecado al hacer esto. Ahora, te ruego que quites la iniquidad de tu siervo, pues he actuado como un necio». » Yahvé habló a Gad, el vidente de David, diciendo: «Ve y dile a David lo siguiente: Así dice Yahvé: Te presento tres cosas; elige una, y yo te la haré». Gad se acercó a David y le dijo: «Así dice Yahvé: Elige entre tres años de hambruna, tres meses en los que serás derrotado ante tus adversarios y alcanzado por la espada de tus enemigos, o tres días en los que la espada de Yahvé y la peste estarán en el país, y el ángel de Yahvé causará destrucción en todo el territorio de Israel. Ahora, mira qué debo responder al que me envía». David dijo a Gad: «Estoy sumido en una angustia terrible. ¡Ay de mí si caigo en manos de Yahvé, pues sus misericordias son muy grandes, y no caiga en manos de los hombres!».

Y Yahvé envió una peste a Israel, y murieron setenta mil hombres en Israel. Y Dios envió un ángel a Jerusalén para destruirla; y mientras la destruía, Yahvé lo vio y se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que la destruía: «¡Basta! Retira ahora tu mano». » El ángel de Yahvé se encontraba junto a la era de Ornán, el jebuseo. David, al levantar la vista, vio al ángel de Yahvé de pie entre la tierra y el cielo, con la espada desnuda en la mano, apuntando hacia Jerusalén. Entonces David y los ancianos, cubiertos de cilicio, se postraron con el rostro en tierra. Y David dijo a Dios: «¿No fui yo quien ordenó hacer el censo del pueblo? Yo soy quien ha pecado y quien ha hecho el mal; pero estas ovejas, ¿qué han hecho ellas? Yahvé, Dios mío, que tu mano caiga sobre mí y sobre la casa de mi padre, pero no sobre tu pueblo para su ruina».

Libro de Oseas 6, 6

Os 6, 6: Volvió a quedarse embarazada y dio a luz una niña. Y el Señor dijo a Oseas: «Ponle por nombre Lo-Ruhama (es decir, “No amada”), porque ya no amo a la casa de Israel ni quiero perdonarla más».

Evangelio de Mateo 9, 13

Mt 9, 13: «Id a aprender lo que significa: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

Evangelio de Mateo 12, 1-8

Mt 12, 1-8: En aquel tiempo, un día de sábado, Jesús pasaba por los campos de trigo; sus discípulos tenían hambre y empezaron a arrancar espigas y a comerlas. Al ver esto, los fariseos le dijeron: «¡Mira, tus discípulos están haciendo lo que no está permitido hacer en sábado!». Pero él les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando tuvo hambre, él y los que le acompañaban? Entró en la casa de Dios y comieron los panes de la ofrenda; ahora bien, ni él ni los demás tenían derecho a comerlos, sino solo los sacerdotes. ¿O es que tampoco habéis leído en la Ley que, en sábado, los sacerdotes, en el Templo, violan el reposo sabático sin cometer falta alguna? Pues os digo: aquí hay alguien más grande que el Templo. Si hubierais comprendido lo que significa: «Misericordia quiero, y no sacrificio», no habríais condenado a quienes no han cometido falta alguna. En efecto, el Hijo del hombre es señor del sábado».

Evangelio según San Marcos 2, 23-28

Mc 2, 23-28: Un día de sábado, Jesús caminaba por los campos de trigo; y sus discípulos, mientras caminaban, comenzaron a arrancar espigas. Los fariseos le decían: «¡Mira lo que hacen en sábado! Eso no está permitido». Y Jesús les dijo: «¿Nunca habéis leído lo que hizo David, cuando se encontraba en apuros y tenía hambre, tanto él como los que le acompañaban? En tiempos del sumo sacerdote Abiatar, entró en la casa de Dios y comió los panes de la ofrenda, que nadie tiene derecho a comer, salvo los sacerdotes, y también dio a los que le acompañaban. » Y les decía además: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Por eso el Hijo del hombre es señor incluso del sábado».

Evangelio de Lucas 6, 1-5

Lc 6, 1-5: Un día de sábado, Jesús atravesaba los campos; sus discípulos arrancaban espigas y las comían, después de haberlas frotado entre las manos. Entonces algunos fariseos les dijeron: «¿Por qué hacéis lo que no está permitido en sábado?». Jesús les respondió: «¿No habéis leído lo que hizo David un día que tenía hambre, él y los que le acompañaban? Entró en la casa de Dios, tomó los panes de la ofrenda, comió y dio a los que le acompañaban, cuando solo los sacerdotes tienen derecho a comerlos». Y les decía además: «El Hijo del hombre es señor del sábado».