ECR 135.7
El Evangelio como me ha sido revelado
Traducción en curso
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 135.7
Traducción en curso
ECR 136
ECR 147.1-2
ECR 174.13 · Volumen 3
¿Dónde anida el adulterio? ¿Dónde, la corrupción de muchachas? ¿Quién tiene dos o tres lechos licenciosos, además del suyo propio como esposo, en los cuales disipa su dinero y el vigor de un cuerpo dado por Dios para que trabaje para su familia y no para debilitarse en repelentes uniones que le rebajan a nivel inferior al de una bestia inmunda? Habéis oído que se dijo: “No cometas adulterio”. Pues Yo os digo que quien mire a una mujer con concupiscencia, o quien vaya a un hombre con deseo, aun sólo con esto, ha cometido ya adulterio en su corazón. Ninguna razón justifica la fornicación. Ninguna; ni el abandono o repudio del marido, ni la conmiseración hacia la repudiada. Tenéis sólo un alma: no mienta, una vez que se ha unido a otra por pacto de fidelidad; pues, de ser así, ese hermoso cuerpo a través del cual pecáis irá con vosotros, almas impuras, a las inexhaustas llamas. Mutiladlo, antes que matarlo eternamente condenándolo. Vosotros, los ricos, sentinas de vicio llenas de gusanos, sed de nuevo hombres, para que el Cielo no sienta repulsa de vosotros...
ECR 188.1-3.5-6 · Volumen 3
188.1
El Tabor está ahora a espaldas de los caminantes. Ya lo han salvado. El grupo camina por una llanura cerrada entre este monte y otro que está de frente; van hablando de la ascensión, que todos han realizado, aunque al principio parecía que los más mayores quisieran evitarla; ahora están contentos de haber subido a la cima.
Se anda bien ahora porque van por un camino de primer orden bastante cómodo. La hora es fresca. Tengo la impresión de que han pernoctado en las laderas del Tabor.
«Aquello es Endor» dice Jesús señalando hacia un humilde pueblo asido a las primeras elevaciones de este otro grupo de montes. «¿Estás decidido realmente a ir?».
«Si me quieres contentar...» responde Judas Iscariote.
«Pues vamos».
«Pero, ¿habrá que andar mucho?» pregunta Bartolomé, que, debido a su edad, no debe sentir muchas ganas de excursiones panorámicas.
«¡No, no! De todas formas, si os queréis quedar...» dice Jesús.
«¡Sí, sí, quedaos! ¡hombre! Me basta ir con el Maestro» se apresura a decir Judas de Keriot.
«Bueno, yo quisiera saber, antes de decidir, lo que hay de vistoso... Desde la cima del Tabor hemos visto el mar, y, después de lo que ha dicho el muchacho, tengo que confesar que ha sido la primera vez que lo he visto verdaderamente bien, que lo he visto como Tú ves: con el corazón. Aquí... quisiera saber si hay algo que aprender, porque entonces voy, aunque me cueste...» dice Pedro.
«¿Estás oyéndolos? Todavía no has dicho tu intención. ¿Quisieras ahora ser tan amable para con tus compañeros de decirla?» invita Jesús a responder.
«¿No fue a Endor adonde Saúl quiso ir para consultar a la pitonisa?».
«Sí. ¿Y...?».
«Pues, Maestro, que me gustaría ir a ese sitio y oírte hablar de Saúl».
«¡Ah, pues entonces voy también yo!» exclama Pedro todo animado.
«Bien, vamos».
Recorren ligeros el último trecho del camino principal para dejarlo luego por un camino secundario que lleva derecho a Endor.
188.2
Es un lugar humilde, como ha dicho Jesús. Las casas están cimentadas en las laderas, las cuales, después del pueblo, se hacen más escabrosas. Pobres gentes son sus habitantes. La mayoría de los vecinos deben ejercer el pastoreo por los pastos monte arriba y en los bosques de encinas seculares. Hay pocas y pequeñas parcelas reservadas al cultivo de la cebada — o un cereal forrajero semejante — en los recortes propicios; también manzanos e higueras. En torno a las casas, pocas vides que decoran un poco las míseras paredes, oscuras cual si fuera un lugar más bien húmedo.
«Ahora preguntamos dónde estaba el lugar de la maga» dice Jesús, y para a una mujer que vuelve de la fuente con las ánforas.
Ella le mira con curiosidad, y contesta con desaire: «No lo sé. Tengo otras cosas mucho más importantes que esas habladurías». Le deja bruscamente.
Jesús se dirige a un viejecillo que está labrando un trozo de madera.
«¿La maga?... ¿Saúl? Ya nadie se interesa de ello. No obstante, espera... hay uno que ha estudiado y quizás sepa... Ven».
El viejecito se pone a subir, renqueando, por una callejuela pedregosa, hasta una casa muy mísera, desastrada. «Está aquí. Voy a entrar a llamarle».
Pedro, haciendo alusión a algunas aves de corral que están escarbando la tierra en un pequeño y sucio patio, dice: «Este hombre no es israelita». Pero no dice nada más, porque el viejecillo está volviendo, seguido por un hombre bizco, sucio y desaliñado, como todo lo que hay en su casa.
El viejecillo dice: «¿Ves? Este hombre dice que es allí, pasada aquella casa derruida: un sendero, luego un regato, luego una arboleda, y cavernas; bueno, pues la más alta de esas cuevas, la que tiene todavía a su lado muros derruidos, es la que estás buscando. ¿No es eso?».
«No. Has confundido todo. Voy yo con estos extranjeros». El hombre tiene una voz áspera y gutural, lo cual aumenta el sentido de incomodidad.
188.3
Se encamina. Pedro, Felipe y Tomás hacen repetidamente señas a Jesús para que no vaya. Pero Jesús no hace caso y se encamina detrás del hombre, con Judas; los demás le siguen... de mala gana. (...)
188.5
Llegan a una covacha hecha con bloques de paredón y aprovechando las mismas cavidades del monte. El hombre trata de afianzar la voz y dice: «Bueno, es aquí. Entra si quieres».
«Gracias, amigo. Sé bueno».
El hombre no dice nada, se queda donde está, mientras Jesús y los suyos, pasando por encima de bloques de piedra que, sin duda, habían pertenecido a muros muy fuertes, incomodando a lagartos y otros feos animales, entran en una espaciosa gruta ahumada, en cuyas paredes hay todavía — grafitos incisos en la roca — signos zodiacales y otras zarandajas de este tipo. En un rincón ennegrecido hay un nicho, debajo del cual se ve un agujero que parece una alcantarilla para la coladura de líquidos. Racimos repulsivos de murciélagos decoran el techo. Un búho, disturbado por la luz de una rama que Santiago ha encendido para ver si pisan escorpiones o áspides, se queja batiendo sus alas acolchadas y entornando sus feotes ojos heridos por la luz; está acurrucado dentro del nicho mientras un hedor de ratas muertas, comadrejas, pájaros en putrefacción entre sus pies, se mezcla con el olor del estiércol y del suelo húmedo.
«¡Realmente bonito este sitio!» dice Pedro. «¡Era mejor tu Tabor y tu mar, muchacho!». Y luego, volviéndose a Jesús: «Maestro, date prisa en complacer a Judas porque esto... ¡ciertamente, no es la sala real de Antipas!».
«En seguida. ¿Exactamente, qué quieres saber?» pregunta a Judas de Keriot.
«Bien... Quisiera saber si — y por qué — Saúl pecó viniendo aquí... Quisiera saber si una mujer puede evocar a los muertos. Querría saber si... Bueno, en fin, habla y yo te haré preguntas».
«¡Asunto largo! Al menos vamos afuera, al sol, sobre las rocas... Así evitaremos humedad y mal olor» suplica Pedro.
Jesús accede a ello. Se sientan como pueden sobre los paredones derruidos.
«El pecado de Saúl no fue sino uno de sus pecados, precedido y seguido de muchos otros, todos graves. Dúplice ingratitud para con Samuel, que no sólo le unge rey sino que además se eclipsa después para que el rey no deba repartir con él la admiración del pueblo. Ingrato en repetidas ocasiones para con David, que le libera de Goliat, que le exonera de una muerte cierta en la caverna de Engadí y en Aquila. Culpable de múltiples desobediencias y de escándalo ante el pueblo. Culpable de haber apenado a Samuel, su benefactor, faltando a la caridad. Culpable de envidia y de atentar contra la vida de David, también benefactor suyo. Culpable, en fin, del delito cometido aquí».
«¿Contra quién?, pues aquí no mató a nadie».
«Mató su alma, terminó de matarla, aquí dentro.
188.6
¿Por qué bajas la cabeza?».
«Pienso, Maestro».
«Piensas... Ya lo veo... ¿Y en qué estás pensando? ¿Por qué has querido venir aquí? Reconoce que no ha sido por pura curiosidad de estudioso».
«Siempre se oye hablar de magos, de nigromancias, de invocación de espíritus... Quería ver si descubría algo... Me gustaría saber cómo se producen estas cosas... Creo que nosotros, destinados a asombrar a la gente para captarla, deberíamos ser un poco nigromantes. Tú eres Tú y obras con tu poder, pero nosotros tenemos que pedir un poder, una ayuda, para realizar obras insólitas, obras que se impongan...».
«¡Pero estás loco? ¡Pero qué dices?» gritan muchos de los apóstoles.
«Callad. Dejadle hablar. Lo suyo no es locura».
«Sí, bueno, me parecía que, viniendo aquí, un poco de la magia de otros tiempos podría entrar en mí y hacerme más grande. Buscando tu interés, créeme».
«Sé que este deseo tuyo de ahora es sincero; no obstante, te respondo con palabras eternas — porque están contenidas en el Libro, y el Libro existirá mientras exista el hombre; existirá siempre, ya crean en él y lo empuñen en nombre de la Verdad, ya sea objeto de burla o de risa.
Está escrito: “Y Eva, visto que el fruto del árbol era apetitoso para el paladar y agradable a la vista, lo cogió, y comió, y se lo ofreció a su marido... Y entonces sus ojos se abrieron, y se dieron cuenta de que estaban desnudos y se hicieron unos ceñidores... Y Dios dijo: ‘¿Cómo os habéis dado cuenta de que estabais desnudos? Por haber comido el fruto prohibido’. Y los echó del paraíso de delicias”. En el libro de Saúl se lee: “Apareció Samuel y dijo: ‘¿Por qué me has incomodado invocándome? ¿Por qué me consultas después de que el Señor se ha retirado de ti? El Señor te tratará como te he anunciado... porque no has obedecido a la voz del Señor’ ”.
Hijo, no tiendas tu mano al fruto prohibido; el solo hecho de acercarte a él ya es una imprudencia. No tengas curiosidad por conocer lo ultraterreno; ten temor a que el veneno satánico de la curiosidad se te adhiera. Evita lo oculto y lo que no tiene explicación. Una sola cosa debe recibirse con santa fe: Dios. Mas evita aquello que no es Dios y que no se puede explicar con las fuerzas de la razón ni crear con las fuerzas del hombre; evítalo, para que no se te abran las fuentes de la malicia y comprendas que estás “desnudo”. Desnudo: repelente de humanidad mezclada con el satanismo. ¿Por qué quieres causar asombro con oscuros prodigios? Cáusalo con tu santidad, luminosa como cosa proveniente de Dios. No desees rasgar los velos que separan a los vivos de los difuntos. No molestes a los difuntos. Escúchalos — a los sabios — mientras están en este mundo y venéralos obedeciéndolos incluso después de la muerte. No disturbes su segunda vida. Quien no obedece a la voz del Señor pierde al Señor; mas el Señor ha prohibido el ocultismo, la nigromancia, el satanismo en todas sus formas. ¿Qué más quieres saber aparte de lo que te dice la Palabra?, ¿qué más quieres obrar aparte de lo que tu bondad y mi poder te conceden que obres? No te inclines hacia el pecado, antes bien, aspira a la santidad, hijo.
No te sientas avergonzado. Me agrada que reveles tu humanidad. Lo que te atrae a ti atrae a muchos, a demasiados. Lo único que le quita peso a esta humanidad, mucho peso, y le pone alas, es el fin que has puesto en este deseo, o sea, “tener potencia para atraer hacia mí”; pero son alas de ave nocturna. No, Judas mío, ponle alas solares, de ángel, a tu espíritu; bastará el viento de estas alas para captar a los corazones, y los llevarás, por tu surco, a Dios. ¿Nos vamos?».
«Sí, Maestro. Confieso mi error...».
«No. Lo que ha sucedido es que has pretendido averiguar. El mundo estará lleno siempre de personas curiosas. Ven, ven, vámonos de este lugar maloliente. ¡Vamos hacia el sol! Dentro de pocos días será Pascua. Después iremos a ver a tu madre: evócala a ella — y no a los muertos —, evoca tu casa honesta y a tu madre santa. ¡Oh, qué paz!».
Como siempre, el recuerdo de su madre, la alabanza del Maestro a su madre, calma a Judas.
¿No fue en En-Dor donde Saúl quiso ir a consultar a la Pitia? Como leemos en: 1 Samuel 28:3-25 | 1 Crónicas 10:13-14 | Eclesiástico 46:20, con analogías en 2 Reyes 21:6 | Isaías 8:19-20.
La historia de Saúl y sus "muchos otros" pecados, como se afirma en EMV188.5 (así como en otros pasajes como EMV 263.2) se encuentra principalmente en 1 Samuel 9-31.
La práctica de la adivinación (o magia, o nigromancia) está prohibida en Levítico 19, 26.31 | Levítico 20, 6.27 | Deuteronomio 18, 9-14.
El nombre de pitonisa dado a la maga se remonta a un dios pagano (Apolo Pitio). El "espíritu pitónico" dado a la hechicera es propio de los paganos (como vimos en EMV 59,4 y EMV 129,3). Satán "habla con los labios de los Pitias" (como leemos en EMV 420.10). La Obra muestra que la secta de los saduceos, fuertemente hostil a Jesús y opuesta a su enseñanza (como puede verse en EMV356,5 | EMV 409,6 y EMV 594,6/7), se entregaba a tales prácticas, a las que también se sentía atraído Judas Iscariote (como puede verse en EMV 334,8 y EMV 357,6). Una invectiva contra los nigromantes se encuentra en EMV 503.7.
Ingratitud hacia David, que se libró de Goliat y le perdonó la vida en la cueva de Engadi (1 Samuel24, 1-23 ) y en Hakila (1 Samuel 26, 1-25).
Dice: "Cuando Eva vio que el fruto del árbol era bueno para comer y hermoso para mirar, lo cogió, comió un poco y dio otro poco a su marido... Entonces se les abrieron los ojos y vieron que estaban desnudas, y se hicieron fajas... Y Dios dijo: '¿Y quién os ha dicho que estabais desnudas? Entonces comisteis del árbol que os había prohibido. Y los expulsó del paraíso de las delicias. "En Génesis 3, 6.
En el libro de Saúl está escrito: "Samuel dijo, cuando apareció: '¿Por qué me has inquietado haciéndome llamar? ¿Por qué me interrogas cuando el Señor se ha retirado de ti? El Señor tratará contigo como te he dicho... porque no has obedecido la voz del Señor. En 1 Samuel 28, 15-19.
Dentro de unos días será Pascua: 14 de Nisán.
Primer libro de Samuel 28, 3-25
1 Samuel 28, 3-25 Murió Samuel, y todo Israel hizo duelo por él, y lo enterraron en Ramá, en su ciudad. Y Saúl había echado del país a los que invocaban a los muertos y a los adivinos.
Y los filisteos se juntaron, y vinieron y acamparon en Sunam; y Saúl juntó a todo Israel, y acamparon en Gelboe. Cuando Saúl vio el campamento de los filisteos, tuvo miedo y su corazón se turbó en gran manera. Saúl preguntó al Señor, pero el Señor no le respondió, ni por sueños, ni por el Urim, ni por los profetas. Entonces Saúl dijo a sus siervos: "Buscadme una mujer que invoque a los muertos, e iré a verla y consultaré con ella." Sus siervos le dijeron: "Hay una mujer en Endor que invoca a los muertos". Entonces Saulo se disfrazó, se vistió con otras ropas y se puso en camino, acompañado de dos hombres. Llegaron de noche a casa de la mujer, y Saulo le dijo: "Dime el futuro conjurando a un muerto, y tráeme al que yo te diga". La mujer replicó: "He aquí, tú sabes lo que ha hecho Saúl, cómo ha eliminado de la tierra a los que conjuran a los muertos y a los adivinos; ¿por qué me tiendes una trampa para matarme?". Saúl le juró por Yahvé: "Vive Yahvé, que ningún mal te sucederá por esto." Y la mujer le dijo: "¿A quién te traigo?". Él respondió: "Tráeme a Samuel".
Cuando la mujer vio a Samuel, dio un gran grito; y la mujer dijo a Saúl: "¿Por qué me has engañado? Tú eres Saúl!" El rey le dijo: "No temas; pero ¿qué has visto?". La mujer respondió a Saúl: "Veo un dios que surge de la tierra". Él le preguntó: "¿Qué aspecto tiene? Y ella respondió: "Es un anciano que sube, y va envuelto en un manto". Cuando Saúl se dio cuenta de que era Samuel, se arrojó de bruces al suelo y se postró.
Samuel dijo a Saúl: "¿Por qué me has inquietado haciéndome subir?". Saúl respondió: "Estoy muy angustiado: los filisteos están en guerra contra mí, y Dios se ha alejado de mí; no me ha respondido ni por profetas ni por sueños. Por eso te he pedido que me digas qué debo hacer. Samuel respondió: "¿Por qué me consultas a mí, si Yahvé se ha alejado de ti y se ha convertido en tu adversario? Yahvé ha hecho lo que predijo por medio de mí: Yahvé te ha arrebatado el reino de las manos y se lo ha dado a tu compañero David. Porque no obedeciste la voz del Señor y no trataste a Amalec según el ardor de su ira, el Señor te ha hecho esto hoy. Y Yahvé entregará también a Israel contigo en manos de los filisteos. Mañana estaréis conmigo tú y tus hijos, y Yahvé entregará el campamento de Israel en manos de los filisteos." Inmediatamente Saúl cayó al suelo en toda su estatura, pues las palabras de Samuel lo habían llenado de espanto; además, le flaqueaban las fuerzas, pues no había tomado alimento en todo el día ni en toda la noche.
La mujer se acercó a Saúl y, viendo su turbación, le dijo: "Tu siervo ha obedecido tu voz; yo he entregado mi vida en obediencia a las palabras que me dijiste. Ahora tú también debes escuchar la voz de tu siervo y permíteme ofrecerte un trozo de pan; cómetelo para que estés fuerte cuando sigas tu camino. Pero él se negó, diciendo: "No comeré. Sus criados y la mujer le instaron a comer, y él accedió. Se levantó del suelo y se sentó en el sofá. La mujer tenía en casa un ternero cebado, así que se apresuró a matarlo y cogió un poco de harina, la amasó y coció con ella panes sin levadura. Los puso delante de Saúl y de sus criados, y comieron. Luego se levantaron y partieron esa misma noche.
Primer libro de las Crónicas 10, 13-14
1 Capítulo 10, 13-14: Saúl murió a causa de su transgresión contra Yavé, por no haber guardado la palabra de Yavé, y por preguntar y consultar a los que invocan a los muertos. Como no consultó a Yahvé, Yahvé le dio muerte y transfirió el reino a David, hijo de Jesé.
Libro del Eclesiástico 46, 20
Si 46, 20: Cuando se durmió, profetizó y anunció al rey su próximo fin. Y alzando su voz desde la tierra, profetizó para borrar la iniquidad del pueblo.
Segundo libro de los Reyes 21, 6
2 Reyes 21, 6: Hizo pasar a su hijo por el fuego; practicó el augurio y la adivinación; instituyó nigromantes y hechiceros; haciendo así cada vez más lo que era malo a los ojos de Yahvé, para provocarlo a ira.
Libro de Isaías 8, 19-20
Is 8, 19-20 : Cuando os digan: "Consultad a los que invocan a los muertos, y a los adivinos que murmuran y susurran", responded: "¿No debe un pueblo consultar a su Dios? ¿Consultarán a los muertos por el bien de los vivos? ¡Por la enseñanza y el testimonio! Si el pueblo habla de otra manera, no hay amanecer para él".
Primer libro de Samuel 9-31
Dado el número de capítulos (casi 12), no los reproduciremos en esta nota.
Libro del Levítico 19, 26.31
Lev 19, 26.31: No comerás nada que contenga sangre. No practicarás la adivinación ni la magia. No acudas a los que invocan espíritus o adivinos; no los consultes, para no ser contaminado por ellos. Yo soy Yahvé, tu Dios.
Libro del Levítico 20, 6.27
Lev 20, 6.27: Si alguien habla a los que conjuran espíritus y a los adivinos, para prostituirse tras ellos, yo volveré mi rostro contra ese hombre y lo cortaré de entre su pueblo. Cualquier hombre o mujer que conjure espíritus o adivinos será condenado a muerte; morirá apedreado: su sangre está sobre él.
Libro del Deuteronomio 18, 9-14
Dt 18, 9-14: Cuando entres en la tierra que te ha dado Yahvé, tu Dios, no aprendas a imitar las abominaciones de esas naciones. Que no se encuentre entre vosotros nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, que se dedique a adivinaciones, augurios, supersticiones y encantamientos, que utilice amuletos, que consulte a evocadores y hechiceros, y que interrogue a los muertos. Porque todo el que hace estas cosas es una abominación para Yahvé, y a causa de estas abominaciones Yahvé tu Dios expulsará a estas naciones de delante de ti. Tú serás recto ante el Señor, tu Dios. Porque estas naciones que vas a expulsar escuchan a adivinos y adivinadores, pero Yahvé tu Dios no te lo permitirá.
Libro del Génesis 3, 6
Gn 3, 6 : Cuando la mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, agradable a la vista y apetecible para adquirir conocimiento, tomó de su fruto y comió; dio también un poco a su marido, que estaba con ella, y él comió.
Primer libro de Samuel 24, 1-23
1 Samuel 24, 1-23: David subió de allí y se estableció en las fortalezas de Engaddi. Cuando Saúl volvió de perseguir a los filisteos, vinieron y le dijeron: "He aquí que David está en el desierto de Engaddi." Entonces Saúl tomó a tres mil de los mejores hombres de todo Israel y fue en busca de David y de sus hombres hasta las peñas de las cabras monteses. Llegó a los corrales de las ovejas, junto al camino; había allí una cueva, a la que Saúl entró para cubrirse los pies; y David y sus hombres estaban sentados al fondo de la cueva. Los hombres de David le dijeron: "Este es el día del que Yahvé te habló: 'He aquí que yo entrego a tu enemigo en tus manos; haz con él lo que quieras'". Entonces David se levantó y cortó a hurtadillas el manto de Saúl. Después, el corazón de David latía con fuerza porque había cortado el borde del manto de Saúl. Y dijo a sus hombres: "¡Que Yahvé me libre de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Yahvé, que ponga mi mano sobre él, pues es el ungido de Yahvé!". Con estas palabras, David reprendió a sus hombres y no permitió que se arrojaran sobre Saúl. Saúl se levantó para salir de la cueva y siguió su camino.
Después David se levantó, salió de la cueva y empezó a gritar a Saúl, diciendo: "¡Oh rey, señor mío!". Saúl miró hacia atrás, y David se inclinó con el rostro hacia el suelo y adoró. David dijo a Saúl: "¿Por qué escuchas las palabras de la gente que dice: He aquí que David procura hacerte mal? He aquí que hoy tus ojos han visto cómo el Señor te ha entregado en mis manos hoy mismo en la cueva. Me dijeron que te matara, pero mis ojos se apiadaron de ti y dije: "No pondré las manos sobre mi señor, porque es el ungido de Yahvé. Mira, pues, padre mío, mira la falda de tu manto en mi mano. Puesto que he cortado el borde de tu manto y no te he matado, reconoce y ve que no hay maldad ni rebeldía en mi conducta, y que no he pecado contra ti. Pero tú andas a la caza de mi vida para quitármela. Que Yahvé sea juez entre tú y yo, y que Yahvé me vengue de ti. Pero mi mano no caerá sobre ti. Del malvado viene la maldad, dice el viejo proverbio; así que mi mano no será sobre ti. ¿Detrás de quién salió el rey de Israel? ¿A quién persigues tú? ¿A un perro muerto? ¿Una pulga? Deja que Yahvé juzgue y decida entre tú y yo. Que él mire y defienda mi causa, y que su sentencia me libre de tu mano".
Cuando David terminó de decir estas palabras a Saúl, éste le dijo: "¿Es ésta tu voz, hijo mío David?". Y Saúl alzó la voz y lloró. Y dijo a David: "Tú eres más justo que yo, pues me has hecho bien y yo te he hecho mal. Hoy has mostrado bondad conmigo, pues el Señor me ha entregado en tus manos y no me has matado. Si alguien se encuentra con su enemigo, ¿lo deja seguir su camino en paz? Que el Señor te recompense por lo que me has hecho hoy. Ahora sé que serás rey y que el reino de Israel será estable en tus manos. Júrame, pues, por Yahvé que no destruirás a mis descendientes después de mí, ni cortarás mi nombre de la casa de mi padre". David se lo juró a Saúl. Y Saúl se fue a su casa, y David y sus hombres subieron a la fortaleza.
Primer libro de Samuel 26, 1-25
1 Samuel 26, 1-25 Los zifeos fueron a ver a Saúl a Gabaa y le dijeron: "David está escondido en la colina de Haquila, al este del páramo". Entonces Saúl se levantó y bajó al desierto de Zif con tres mil de los mejores hombres de Israel, para buscar a David en el desierto de Zif. Saúl acampó en la colina de Haquila, al este del páramo, junto al camino, y David vivía en el desierto. Cuando David vio que Saúl lo buscaba en el desierto, envió espías y descubrió que Saúl había llegado realmente. David se levantó y llegó al lugar donde Saúl estaba acampado. David vio el lugar donde Saúl yacía con Abner, hijo de Ner, capitán de su ejército; y Saúl yacía en medio del campamento, y el pueblo acampaba a su alrededor. - Entonces David dijo a Ahimelec el hitita y a Abisai, hijo de Sarvia y hermano de Joab: "¿Quién está dispuesto a bajar conmigo al campamento a Saúl?". Y Abisai respondió: "Yo descenderé contigo".
Cuando David y Abisai llegaron de noche al pueblo, Saúl estaba tendido en medio del campamento, dormido, con la lanza clavada en la tierra a su lado; Abner y el pueblo estaban tendidos a su alrededor. Abisai dijo a David: "Dios ha encerrado hoy a tu enemigo en tus manos; ahora, te lo ruego, déjame herirlo con la lanza y clavarlo en tierra de un solo golpe, sin que yo tenga que volver." Pero David dijo a Abisai: "¡No lo mates! Porque ¿quién pondría las manos sobre el ungido de Yahvé y quedaría impune?". Y David respondió: "¡Vive Yahvé! Sólo será Yahvé quien lo golpee; o le llegará su día y morirá, o bajará a la guerra y perecerá; ¡pero Yahvé me libre de poner las manos sobre el ungido de Yahvé! Toma ahora la lanza que está junto a su lecho, con el cántaro de agua, y vámonos."
Y David tomó la lanza y el cántaro de agua que estaban junto al lecho de Saúl, y se fueron. Nadie vio, nadie supo, nadie despertó, pues todos dormían, Yahvé había hecho caer sobre ellos un profundo sueño.
David pasó al otro lado y se quedó en la cima del monte, a lo lejos; había un gran espacio entre ambos. David gritó al pueblo y a Abner hijo de Ner, diciendo: "¿No vas a responder, Abner?". Abner respondió y dijo: "¿Quién eres tú que gritas al rey?". David dijo a Abner: "¿No eres tú un hombre? ¿Y quién como tú en Israel? ¿Por qué no has guardado al rey tu señor? Porque uno del pueblo ha venido a matar al rey tu señor. Lo que has hecho aquí no está bien. ¡Vive Yahvé! Merecías morir por no haber guardado a tu señor, el ungido de Yahvé. Ahora mira dónde están la lanza del rey y la jarra de agua que estaba junto a su lecho".
Saúl reconoció la voz de David y dijo: "¿Es ésta tu voz, hijo mío David?". David respondió: "Es mi voz, oh rey, señor mío". Y añadió: "¿Por qué persigue mi señor a su siervo? ¿Qué he hecho y qué crimen ha cometido mi mano? Que el rey, mi señor, se digne escuchar ahora las palabras de tu siervo: si es Yahvé quien te incita contra mí, que acepte la fragancia de una ofrenda; pero si son los hombres, que sean malditos ante Yahvé, ya que ahora me han expulsado, para quitarme mi lugar de la heredad de Yahvé, diciendo: Id y servid a dioses extranjeros. Que mi sangre no caiga ahora sobre la tierra, lejos de la faz del Señor. Porque el rey de Israel se ha puesto a buscar una pulga, como quien persigue una perdiz en el monte."
Saúl dijo: "He pecado; vuelve, hijo mío David, pues no te haré más daño, ya que mi vida ha sido hoy preciosa a tus ojos. Pero he obrado neciamente y he cometido un gran error". David respondió: "Aquí está la lanza, oh rey; que venga uno de tus jóvenes y la tome. El Señor pagará a cada uno según su justicia y su fidelidad, porque hoy el Señor te ha entregado en mis manos y yo no he querido poner las manos sobre el ungido del Señor. He aquí que, así como hoy tu vida ha sido de gran precio a mis ojos, así también mi vida será de gran precio a los ojos de Yahvé, y él me librará de toda angustia." Saúl dijo a David: "¡Bendito sea mi hijo, David! Sin duda triunfarás en tu empeño". David siguió su camino, y Saúl regresó a su casa.
ECR 195.3-4 · Volumen 3
La vista de la Ciudad, ya cercana, visible en toda la belleza de sus colinas, olivares, casas, y, especialmente, del Templo; esta vista, que debía ser siempre fuente de emoción y de orgullo para los israelitas, acaba de distraerle del todo.
El sol abrileño de Judea, bien fuerte, ha secado pronto el empedrado de la vía consular. Ahora es difícil encontrar un charco. Los apóstoles se aderezan al borde del camino: bajan las túnicas, pues las habían abolsado, se lavan los pies llenos de barro en un riachuelo de aguas claras, se ponen en orden el pelo, se cubren con sus mantos. Y lo mismo hace Jesús. Veo que todos hacen lo mismo.
195.4
La entrada en Jerusalén debía ser una cosa importante. Presentarse ante estos muros en tiempo de fiesta era como presentarse ante un soberano. La Ciudad santa era la “verdadera” reina de los israelitas; lo veo con claridad este año en que observo, en esta vía consular, las turbas y su comportamiento: los componentes de las distintas familias se disponen según un orden (las mujeres por su parte, solas, los hombres en otro grupo, los niños con uno u otro grupo, pero todos serios y, al mismo tiempo, tranquilos); algunos doblan el manto más usado y sacan otro, nuevo, de los fardos de viaje, o se cambian de sandalias; el paso se hace solemne, ya hierático; en cada grupo hay un solista que da el tono, se cantan himnos, los antiguos, gloriosos himnos de David... Y la gente se mira con más bondad en los ojos, como más tiernos ahora que han visto la Casa de Dios, y mira a esta Casa santa, enorme cubo de mármol coronado por las cúpulas de oro, colocado, como una perla, en el centro del recinto majestuoso del Templo.
La comitiva apostólica se forma así: delante, con el niño en medio, Jesús y Pedro; detrás de ellos, Simón, Judas Iscariote y Juan; luego Andrés con Santiago de Zebedeo, y, entre ellos, obligado por Andrés, Juan de Endor; en la cuarta fila, los dos primos del Señor con Mateo; los últimos, Tomás, Felipe y Bartolomé. Aquí es Jesús quien entona el canto, y lo hace con esa potente y preciosa voz suya, con un ligero tono de barítono que se armoniza con las vibraciones de tenor para hacerlas aún más estimables[1]; responden Judas Iscariote, tenor puro, y Juan, de voz límpida propia de su muy joven edad, y las dos voces de barítono de los primos de Jesús, y Tomás (casi bajo: un barítono tan profundo, que casi no se le puede catalogar como tal). Los demás, dotados de voces menos hermosas, acompañan, en forma menos perceptible al coro-lleno de los más virtuosos. Los salmos son los ya conocidos, llamados graduales.
El pequeño Yabés — voz de ángel entre las recias de los hombres — canta muy bien — quizás porque lo sabe mejor que los demás — el salmo 121[2]: «Estoy alegre porque me han dicho: “Iremos a la casa del Señor”». Verdaderamente, su carita, tan triste pocos días antes, es todo un esplendor de alegría.
Ya están cerca de los muros, ya se ve la Puerta de los Peces, y las calles, llenísimas de gente.
En seguida, al Templo, para una primera oración; luego, la paz en la paz del Getsemaní; la cena; el descanso.
El viaje hacia Jerusalén ha terminado.
Pedro se distrae con la aparición de la Ciudad Santa.
Los salmos son los conocidos salmos graduales. Estos son los salmos 120 a 134, también conocidos como "cánticos de ascensión", según la nueva numeración. El Sal 121, citado más abajo, se ha convertido en el Sal 122.
Nota adicional de maria-valtorta.org :
LOS 15 GRADUALES: son los salmos 119 (hebreo 120) a 133 (hebreo 134), también conocidos como CÁNTICOS DE LAS MONTAÑAS. Eran cantados en las tres fiestas de peregrinación por los peregrinos o sacerdotes en los quince escalones que conducían al Templo de Jerusalén.
El pequeño Yabeç, con su voz de ángel en medio de las robustas voces de los hombres, canta muy bien el salmo 121, quizá porque lo conoce mejor que los demás: "Me alegré porque me dijeron: 'Iremos a la casa del Señor'. "Salmo 121 (hebreo 122): "¡Cómo me alegré cuando me dijeron: 'Iremos a la casa del Señor'! ...
Esta es la Puerta de Piscis. Al norte de Jerusalén, justo al lado del Templo.
ECR 205.3-7 · Volumen 3
«Escuchad. Se trata de una hermosa parábola que os guiará con su luz en muchos casos.
Un hombre tenía dos hijos. El mayor era serio, trabajador, inclinado al afecto, obediente. El segundo era más inteligente que el mayor — el cual realmente era un poco tardo y se dejaba guiar para no tener que esforzarse en decidir por sí —, si bien era rebelde, distraído, amante del lujo y el placer, gastador, ocioso. La inteligencia es un gran don de Dios, pero debe ser usado con sabiduría; si no, es como ciertas medicinas, que, si se usan mal, en vez de curar matan. Su padre — estaba en su derecho y cumplía su deber — le instaba para que viviera con más sensatez. Mas no obtenía ningún resultado, aparte del de recibir contestaciones y de que el hijo se solidificara más en sus torcidas ideas.
Finalmente, un día, tras una discusión más acalorada que las precedentes, el hijo menor dijo: “Dame la parte de los bienes que me corresponde; así ya no tendré que oír ni tus reprensiones ni las quejas de mi hermano; a cada uno lo suyo y se acabó”. “Piensa — respondió el padre — que dentro de poco te quedarás sin nada; ¿qué harás entonces? Ten en cuenta que no me voy a comportar con injusticia para favorecerte y que no voy a coger ni un céntimo de la parte de tu hermano para dártelo a ti”. “No te pediré nada, puedes estar seguro; dame mi parte”.
El padre encargó la valoración de las tierras y de los objetos preciosos, y, viendo que dinero y joyas sumaban lo que las tierras, dio al mayor los campos y las viñas, hatos de ganado y olivos, y al menor el dinero y las joyas. El más joven lo vendió inmediatamente, transformando así todo en dinero. Hecho esto, pasados pocos días, se marchó a un país lejano. Allí vivió como un gran señor, despilfarrando todo lo que tenía en todo tipo de juergas, haciéndose pasar por el hijo de un rey (pues se avergonzaba de decir: “soy un aldeano”), con lo cual renegaba de su padre. Festines, amigos y amigas, vestidos, vinos, juego... vida disoluta... Pronto vio mermar sus fondos y aproximársele la pobreza; además, para agravar la pobreza, se abatió sobre la región una gran carestía, con lo cual se agotaron los pocos fondos que le quedaban.
205.4
Habría podido volver con su padre, pero, como era soberbio, no quiso. Se dirigió entonces a un hombre rico de la región, que había sido amigo suyo en los buenos tiempos, y le suplicó: “Acuérdate de cuando gozaste de mi riqueza, acógeme como siervo tuyo”. ¡Daos cuenta de lo necio que es el hombre!: prefiere someterse al látigo de un patrón antes que decir a un padre: “¡Perdón, reconozco mi error!”. Aquel joven había aprendido muchas cosas inútiles con su despierta inteligencia, pero no había querido aprender lo que dice el Libro del Eclesiástico: “¡Qué infame es el que abandona a su padre!, ¡cuánto maldice Dios a quien angustia el corazón de su madre!”. Era inteligente, pero no sabio.
Aquel hombre a quien se había dirigido, como paga de lo mucho que había recibido del joven necio, le puso a cuidar los cerdos (estaban en una región pagana y había muchos cerdos); le encargó de llevar las piaras a sus pastos. El joven, todo sucio, andrajoso, maloliente, hambriento — la comida escaseaba para todos los siervos y especialmente para los ínfimos (él, porquerizo, extranjero, escarnecido, estaba entre los ínfimos) —, veía que los cerdos se saciaban de bellotas, y suspiraba: “¡Si al menos pudiera llenar mi estómago de estos frutos! ¡Pero son demasiado amargos! ¡Ni siquiera el hambre me los hace apetecer!”. Y lloraba al pensar en los ricos festines de sátrapa que poco tiempo antes celebraba entre risas, canciones, bailes... y también en la honrada y bien provista mesa de su casa, ahora lejana, y en cómo su padre dividía para todos imparcialmente, reservándose para sí siempre la parte menor, contento de ver en sus hijos un sano apetito... y pensaba también en la parte que aquel hombre justo reservaba para los siervos; y suspiraba: “Los peones que trabajan para mi padre, incluso los ínfimos, tienen pan en abundancia... y yo aquí me estoy muriendo de hambre...”. Siguió un largo y trabajoso proceso de reflexión, un largo combate para estrangular a la soberbia...
205.5
Por fin llegó el día en que, renacido en humildad y sabiduría, se alzó y dijo: “¡Iré donde mi padre! Es una necedad este orgullo que me tiene apresado. ¿Orgullo por qué? ¿Por qué ha de seguir sufriendo mi cuerpo, y más aún mi corazón, pudiendo obtener perdón y consuelo? Iré donde mi padre. Ya está decidido. ¿Que qué le voy a decir? ¡Pues lo que me ha nacido aquí dentro, en esta abyección, entre esta inmundicia, por las dentelladas del hambre! Le diré: ‘Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame, pues, como al último de tus peones... pero déjame estar bajo tu techo. Que yo te vea pasar...’. No podré decirle: ‘...porque te quiero’. No lo creería. Se lo dirá mi vida. Él lo comprenderá, y antes de morir me volverá a bendecir... ¡Sí, lo espero, porque mi padre me quiere!”. Habiendo decidido esto, cuando regresó al atardecer al pueblo, se despidió del patrón y se puso en camino hacia su casa, mendigando...
Ya ve los campos paternos, ya la casa... y a su padre, dirigiendo el trabajo de los hombres... ¡Oh, está más viejo y más delgado, por el dolor, pero sigue emanando bondad!... ¡Ah, el transgresor, al ver el deterioro que había causado, se detuvo atemorizado! Pero el padre, volviendo la mirada, le vio... ¡Ah, fue corriendo a su encuentro, pues todavía estaba lejos; se llegó a él, le echó los brazos al cuello, le besó! El padre fue el único que lo reconoció, que vio en ese mendigo abatido a su hijo, y fue el único que tuvo hacia él un movimiento de amor. El hijo, abarcado por esos brazos, con la cabeza apoyada en el hombro paterno, susurró sollozando: “Padre, deja que me postre a tus pies”. “¡No, hijo mío, a mis pies no; reclina tu cabeza en este pecho mío que tanto ha sufrido por tu ausencia y necesita revivir sintiendo tu calor”. El hijo, llorando más fuerte, dijo: “¡Padre mío, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de que me llames hijo; permíteme vivir con tus siervos, bajo tu techo; que pueda verte y comer tu pan y servirte y aspirar tu respiro: con cada uno de los bocados de tu pan, con cada movimiento de tu respiración, mi corazón, harto corrompido ahora, se reformará, y yo me haré honesto...”. Pero el padre, sin dejar de abrazarle, le condujo a donde estaban los siervos, que se habían arremolinado a distancia a observar lo que sucedía, y les dijo: “Rápido, traed el vestido mejor, palanganas con agua perfumada; lavadle, perfumadle, vestidle, ponedle calzado nuevo y un anillo en el dedo. Luego, tomad un ternero cebado, matadlo, y preparad un banquete. Porque este hijo mío había muerto y ahora ha resucitado, lo había perdido y ha sido hallado. Quiero que encuentre de nuevo su sencillo amor de cuando era niño; mi amor y la fiesta de la casa por su regreso se lo deben dar. Debe comprender que sigue siendo para mí el amado hijo último en nacer, como era en su ya lejana infancia, cuando caminaba a mi lado alegrándome con su sonrisa y con sus balbuceos”. Y así lo hicieron los siervos.
205.6
El hijo mayor estaba en el campo. No supo nada de lo sucedido hasta su regreso. Al anochecer, de vuelta al hogar, vio que la casa estaba radiante de luces, y oyó que de ella provenían música y rumor de danzas. Llamó a uno de la servidumbre, que corría atareado, y le dijo: “¿Qué sucede?”. El siervo respondió: “¡Ha vuelto tu hermano! Tu padre ha mandado matar el ternero cebado porque ha recuperado a su hijo, y sano, curado de su grave mal. Y ha ordenado celebrar un banquete. Sólo faltas tú para que empiece la fiesta”. Mas el hijo primogénito montó en cólera, porque le parecía una injusticia el que se hiciera tanta fiesta por el menor, el cual, además de ser el menor, había sido malo; y no quiso entrar; no sólo eso, sino que quería alejarse de la casa.
Advirtieron al padre de lo que estaba sucediendo. Se apresuró a salir, siguió al hijo y le dio alcance. Trató de convencerle y le rogó que no amargase su gozo. Pero el primogénito respondió a su padre: “¿Cómo quieres que no me altere? Estás actuando injustamente con tu primogénito, le estás despreciando. Desde que he podido empezar a trabajar, hace ya muchos años, te he servido. No he transgredido nunca ninguna disposición tuya, no he contrariado tan siquiera un deseo tuyo; he estado siempre a tu lado, y te he amado por dos para que sanara la llaga que te había producido mi hermano... Y no me has dado ni siquiera un cabritillo para que lo disfrutara con mis amigos. Sin embargo, a este que te ha ofendido, que te ha abandonado, haragán y gastador, y que vuelve ahora traído por el hambre, le haces los honores y matas para él el mejor ternero. ¿Vale la pena, entonces, ser trabajador y abstenerse de los vicios? ¡No has actuado correctamente conmigo!”.
Entonces dijo el padre, estrechándole contra su pecho: “¡Oh, hijo mío, ¿cómo puedes creer que no te quiero, por el hecho de que no haya extendido sobre tus obras un velo de fiesta? Tus obras son de por sí santas. Por tus obras te alaba el mundo. Sin embargo, este hermano tuyo necesita que su imagen, ante el mundo y ante sí mismo, sea restaurada. ¿Acaso crees que no te quiero por el hecho de que no te recompense visiblemente? Durante todo el día, en cada movimiento de mi respiración, en cada pensamiento, te tengo presente en mi corazón; cada instante que pasa yo te bendigo. Tienes el premio continuo de estar siempre conmigo. Todo lo mío es tuyo... Era justo hacer un banquete, celebrar una fiesta, por este hermano tuyo que había muerto y ha resucitado para el Bien; que se había extraviado y ha sido restituido a nuestro amor”. Y el primogénito cedió.
205.7
Lo mismo, amigos míos, sucede en la Casa del Padre. Todo aquel que se vea como el hijo menor de la parábola piense igualmente que, si le imita en su retorno al Padre, el Padre le dirá: “No te arrojes a mis pies. Reclina tu cabeza sobre este corazón mío que ha sufrido por tu ausencia y que ahora goza con tu regreso”. El que esté en la condición del hijo primogénito, sin culpa ante el Padre, que no se muestre celoso de la alegría paterna; antes bien, se una a ella amando a su hermano redimido. »
Libro del Eclesiástico 3, 16
Si 3, 16 : El que abandona a su padre es como un blasfemo; el que provoca a ira a su madre es maldito por el Señor.
Evangelio de Lucas 15, 11-32
Lc 15, 11-32 : Jesús volvió a decir: "Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo a su padre: 'Padre, dame mi parte de la riqueza'. Y el padre repartió sus bienes entre los dos. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se marchó a un país lejano, donde dilapidó su fortuna llevando una vida desordenada. Lo había gastado todo, cuando sobrevino una gran hambruna en aquel país, y empezó a verse necesitado. Se puso a trabajar para un habitante de aquel país, que lo envió a cuidar los cerdos de sus campos. Le hubiera gustado llenarse la barriga con las vainas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Así que entró en sí mismo y se dijo: "¡Cuántos trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a ver a mi padre y le diré: 'Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus obreros". Se levantó y fue a ver a su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre le vio y se compadeció de él; corrió, se echó a su cuello y le colmó de besos. El hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo". Pero el padre dijo a sus siervos: "Rápido, traed el mejor vestido para vestirle, ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies, id a buscar el ternero cebado, matadlo, comamos y hagamos fiesta, porque mi hijo, que he aquí estaba muerto, ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado." Y comenzaron a festejar.
Pero el hijo mayor estaba en el campo. Cuando regresó y estuvo cerca de la casa, oyó música y danzas. Llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. El criado le contestó: "Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque ha encontrado a tu hermano con buena salud". Entonces el hijo mayor se enfadó y se negó a entrar. Su padre salió a rogarle. Pero él contestó a su padre: "Llevo tantos años a tu servicio sin quebrantar nunca tus órdenes, y nunca me has dado un cabrito para que lo festeje con mis amigos. Pero cuando este hijo tuyo volvió de devorar tus bienes con prostitutas, ¡hiciste matar para él el ternero cebado!". El padre replicó: "Tú, hijo mío, estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo". Había necesidad de festejar y alegrarse; porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; ¡estaba perdido y ha sido encontrado!"""
ECR 207.10
«Ahora venid aquí afuera, junto al riachuelo, a la sombra del árbol bueno que, si el verano estuviera más adelantado, os daría además de su sombra sus manzanas. Venid. Comeremos antes de partir... ¿A dónde, Hijo mío?».
«A Jala. Está cerca. Y mañana iremos a Betsur».
Se sientan a la sombra del manzano. María se apoya contra el recio tronco.
Bartolomé mira fijamente cómo Ella — tan joven y todavía celestemente enardecida por los hechos que ha revivido — acepta de su Hijo el alimento que previamente ha bendecido, y cómo le sonríe con ojos de amor. Y susurra: «“A su sombra he tomado asiento, su alimento sabe delicado a mi paladar”».
Le responde Judas Tadeo: «Es verdad. Se consume de amor. Pero no se puede decir que “fuese despertada bajo un manzano”».
«¿Y por qué no, hermano? ¿Qué sabemos nosotros de los secretos del Rey?» responde Santiago de Alfeo.
Y Jesús, sonriendo, dice: «La nueva Eva fue concebida por el Pensamiento al pie del paradisíaco manzano, para que, con su sonrisa y su llanto, pusiera en fuga a la serpiente y desenvenenara el fruto envenenado. Ella se ha hecho árbol de fruto redentor. Venid, amigos, comed de su fruto; que nutrirse con su dulzura es nutrirse con la miel de Dios».
«Maestro, hace tiempo que deseo saber una cosa: ¿el Cántico que estamos citando se refiere a Ella?» pregunta en voz baja Bartolomé. María está ocupándose del niño y hablando con las otras mujeres.
«Desde el principio del Libro se habla de Ella y de Ella se hablará en los libros futuros, hasta la transformación de la palabra del hombre en la sempiterna alabanza de la eterna Ciudad de Dios» y Jesús se vuelve a las mujeres.
«¡Cómo se nota que es de David! ¡Qué sabiduría! ¡Qué poesía!» dice Simón Zelote a sus compañeros.
La Virgen María relató el nacimiento de su Hijo.
Libro de los Cantares 2, 3
Ct 2,3 "Como un manzano entre los árboles del bosque es mi amigo entre los jóvenes, me complazco en sentarme bajo su sombra. Qué dulce es su fruto a mi paladar".
Libro de los Cantares 8, 5
Ct 8,5 : ¿Quién es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado? EL NACIMIENTO. Allí te concibió tu madre, allí te concibió, allí te dio a luz.
ECR 208.5-6 · Volumen 3
Resplandecen las tres balsas excavadas en la roca del monte, obra verdaderamente grandiosa: resplandece su superficie cristalina y la cola de agua que del primer estanque baja al segundo (más grande), y de éste al tercero (realmente un pequeño lago que dirige, a través de los conductos, hacia ciudades lejanas, el agua). Por la humedad del suelo, en esta zona, todo el monte, desde el manantial hasta los estanques y de éstos al pie, es de una bellísima fertilidad; flores, en combinación más rica que las silvestres, ríen, por las pendientes verdes, junto a hierbas perfumadas y singulares: en efecto, da la impresión de que estas flores fueran de jardín y que hubieran sido sembradas por el hombre, como también las hierbas olorosas, y difunden por el aire, con el sol que las calienta, su perfume (canela, alcanfor, clavel, espliego, y otros aromas penetrantes, fragantes, fuertes, delicados...) en una fusión maravillosa de los mejores olores de la tierra; yo diría “sinfonía de perfumes”; es la gran composición poética de hierbas y flores, con sus colores y fragancias.
Todos los apóstoles están sentados a la sombra de un árbol cargado de grandes flores blancas cuyo nombre desconozco, con sus enormes campanillas colgantes de esmalte blanco, que ondean ante el mínimo soplo de viento; cada vaivén esparce por el aire una ola de fragancia. Desconozco el nombre de este árbol, pero por su tipo de flor me recuerda a un arbusto de Calabria, que allí le llaman “bottaro”; no por lo que respecta al tallo, ya que éste es un árbol alto, de tronco recio, no un arbusto.
Jesús los llama y ellos acuden.
«Hemos encontrado, al poco rato de separarnos, a José, que estaba regresando de un mercado. Esta tarde estarán todos en Betsur. Nos hemos reunido llamándonos a voces, y luego hemos estado aquí, al fresco» explica Pedro.
«¡Qué bonito lugar! ¡Parece un jardín! No había acuerdo entre nosotros respecto a si era, o no, natural; unos se obstinaban en una cosa y otros en la otra» dice Tomás.
«La tierra de Judea tiene estas maravillas» dice Judas Iscariote, inevitablemente llevado por todas las cosas, incluso por las flores y las hierbas, a la soberbia.
«Sí, pero... yo creo que si, por ejemplo, el jardín de Juana, en Tiberíades, quedase abandonado y pasase al estado natural, Galilea tendría también la maravilla de espléndidas rosas entre ruinas» rebate Santiago de Zebedeo.
«Y no estás en error. En esta zona estaban los jardines de Salomón, célebres en el mundo de entonces como sus palacios. Quizás soñó aquí el Cantar de los Cantares y aplicó a la Ciudad santa todas las bellezas que por voluntad suya habían crecido aquí» dice Jesús.
«¡Entonces tenía razón yo!» dice Judas Tadeo.
«Sí, tenías razón. Fíjate, Maestro, Judas citaba el Eclesiastés y unía la idea de los jardines con la de los depósitos y terminaba diciendo: “Pero se dio cuenta de que todo es vanidad y de que nada dura bajo el sol, excepto la Palabra de mi Jesús”» dice el otro hermano, Santiago.
«Gracias. Demos también las gracias a Salomón, sean o no suyas las flores originarias; sí lo son, sin duda, los estanques, que proveen de agua a las plantas y a los hombres. Bendito sea por este motivo. Vamos allá, a aquel rosal grande y descuidado que ha entretejido una galería florida de árbol a árbol. Allí nos detendremos. Estamos casi a mitad de camino»....
208.6 ...Y reanudan el camino hacia la hora nona, cuando ya las sombras de cada árbol de esta zona — toda ella muy bien cultivada — se alargan. Da la impresión de estar en un inmenso jardín botánico, porque todas las especies de árboles, maderables, frutales, ornamentales, están en él representadas. Abundan los labriegos, pero no se interesan de esta comitiva, que, por otra parte, no es la única; otros grupos de hebreos recorren el trayecto de retorno de las fiestas pascuales.
El camino, quebrado entre los montes, es, a pesar de ello, bastante bueno, y las vistas, continuamente variadas, le quitan monotonía. Regatos y torrentes dibujan comas de plata líquida, y escriben palabras, para después cantarlas con sus mil meandros intersecados, que se expanden entre los árboles del bosque, o desaparecen en el interior de cavernas para después volver a la luz más bellos: parece como si jugaran con los árboles y las piedras, como niños amenos.
ECR 596.2
Traducción en curso