Ir al contenido

Notas de la palabra clave

Biblia - Salmos

Tema: Libros poéticos y sapienciales

Comodidad de lectura

Aa

ECR 42.5-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

42.5 Y Jesús, inclinándose hacia el moribundo, le susurra un salmo.

Sé que es un salmo, pero ahora no sé decirle cuál de ellos. Empieza así:

«“Protégeme, Señor, porque en ti he puesto mi esperanza...

En pro de los santos que en la tierra de él están, ha dado cumplimiento admirablemente a todos mis deseos...

Bendeciré al Señor, que me aconseja...

Tengo siempre la presencia del Señor. Él está a mi derecha para que no vacile.

Por ello se alegra mi corazón y exulta mi lengua, y mi cuerpo también descansará en la esperanza.

Porque Tú no abandonarás a mi alma en su estancia entre los muertos, y no permitirás que tu santo vea la corrupción.

Me darás a conocer los caminos de la vida, me colmarás de alegría mostrándome tu rostro”».

José se reanima mucho, sonríe a Jesús con una mirada más viva y le aprieta los dedos.

Jesús responde a la sonrisa con otra sonrisa, y al gesto de la mano con una caricia; y continúa, dulcemente, inclinado hacia su padre putativo:

«“¡Cuán grande es el encanto de tus Tabernáculos, Señor!

Mi alma se consume en el deseo de los atrios del Señor.

El gorrión encuentra una casa, la tortolita un nido para sus criaturas. Yo deseo tus altares, Señor.

¡Dichosos los que habitan en tu casa!... ¡Dichoso el hombre que encuentra en ti su fuerza! Él tiene en su corazón las veredas para subir del valle de las lágrimas al lugar electo.

¡Oh, Señor, escucha mi oración...!

¡Oh, Dios, vuelve tus ojos y mira el rostro de tu Cristo...!”».

José, visiblemente conmovido, mira a Jesús, y hace ademán de querer hablar, como para bendecirle, pero no puede; se ve que entiende, pero no puede hablar. No obstante, está feliz y mira con vivacidad y confianza a su Jesús.

«“¡Oh, Señor — continúa Jesús —, Tú has sido propicio a tu tierra, has liberado de la esclavitud a Jacob...!

Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu Salvador.

Quiero oír lo que dice dentro de mí el Señor Dios. Él, sin duda, hablará de paz a su pueblo para sus santos y para quien de corazón vuelve a Él.

Sí, tu salvación está cercana... y la gloria habitará sobre la tierra... Se han dado encuentro la bondad y la verdad; la justicia y la paz se han besado. La verdad ha germinado de la tierra, la justicia ha mirado desde el Cielo.

Sí, el Señor se mostrará benigno y nuestra tierra dará su fruto. La justicia caminará en su presencia y dejará imprimidas en el camino sus huellas”.

Tú has visto esta hora, padre, y por ella has trabajado fatigosamente. Has colaborado en el cumplimiento de esta hora y el Señor te premiará por ello. Yo te lo digo» añade Jesús, enjugando una lágrima de alegría que desciende lentamente por la mejilla de José.

Y sigue: «“¡Oh, Señor, acuérdate de David y de toda su benignidad!

Acuérdate de que juró al Señor: ‘Yo no entraré en mi casa, no me echaré en el lecho de mi reposo, no concederé sueño a mis ojos ni descanso a mis párpados ni quietud a mis sienes, mientras no encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Dios de Jacob...’.

¡Levántate, Señor, y ven a tu reposo, Tú y el Arca de tu santidad! (María comprende la alusión y rompe a llorar).

Revístanse de justicia tus sacerdotes, regocíjense tus santos.

Por amor de David, tu siervo, no nos niegues el rostro de tu Cristo­.

El Señor ha jurado a David la promesa y la mantendrá: ‘Pondré en tu trono al fruto de tu seno’.

El Señor la ha elegido como morada...

Yo haré florecer la potencia de David preparando una antorcha encendida para mi Cristo”.

42.6 Gracias, padre mío, por mí y por mi Madre. Tú has sido para mí un padre justo, y el Eterno te ha puesto como custodio de su Cristo y de su Arca. Tú fuiste la antorcha encendida para Él. Para con el Fruto del seno santo has tenido entrañas de caridad. Ve en paz, padre. La Viuda no quedará desamparada. El Señor ya ha provisto a que no se quede sola. Ve sereno a tu reposo. Yo te lo digo».

María llora con su rostro apoyado contra las cobijas (parecen mantos) que cubren este cuerpo de José que se está enfriando. Jesús se prodiga aún más en confortarle, pues el respiro se ha hecho más fatigoso y la mirada ha vuelto a velarse.

«“¡Dichoso el hombre que teme al Señor y sólo se complace en sus mandamientos!...

Su justicia permanecerá por los siglos de los siglos.

En medio de los hombres rectos, se alza luminoso en las tinieblas el misericordioso, el benigno, el justo...

El justo será recordado eternamente... Su justicia es eterna, su potencia se elevará hasta la gloria...”.

Y tú tendrás esta gloria, padre. Pronto iré a llevarte, junto con los Patriarcas que te han precedido, a la gloria que te espera. Exulte tu espíritu con estas palabras mías.

“Quien confía en la ayuda del Altísimo vive bajo la protección del Dios del Cielo”.

Ésa es tu morada, padre mío.

“Él me libró del lazo de los cazadores y de las palabras duras.

Te cubrirá con sus alas; bajo sus plumas encontrarás amparo.

Su verdad te protegerá como un escudo; no temerás miedos nocturnos...

No se acercará a ti el mal... porque ha dado orden a sus ángeles de protegerte en todos tus caminos.

Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en las piedras.

Caminarás sobre el áspid y el basilisco; hollarás al dragón y al león­.

Porque has esperado en el Señor, Él te dice, padre, que te librará y te protegerá.

Puesto que has elevado a Él tu voz, te escuchará; estará contigo en la última tribulación; te glorificará después de esta vida, haciéndote ver ya desde ésta su Salvación”, y en la otra haciéndote entrar, por la Salvación que ahora te conforta y que pronto, ¡oh..., pronto irá, te lo repito, a ceñirte con un abrazo divino y a llevarte consigo, a la cabeza de todos los Patriarcas, al lugar preparado para morada del Justo de Dios que fue el padre mío bendito!

Precédeme para decirles a los Patriarcas que la Salvación está en el mundo y que el Reino de los Cielos pronto les será abierto. Ve, padre. Que mi bendición te acompañe».

42.7 Ahora la voz de Jesús es más alta, para que pueda llegar a la mente de José, que está abismándose en las nieblas de la muerte. El final es inminente. El anciano respira a duras penas. María le acaricia. Jesús se sienta en el borde de la cama y abraza y atrae hacia sí al moribundo, el cual, exhausto, se apaga sin convulsión alguna.

Es una escena llena de paz solemne. Jesús coloca de nuevo al Patriarca y abraza a María, que, al final, angustiada de dolor, se había acercado a Él.

Anotación

Salmo 16 (15): Guárdame, Dios mío: he hecho de ti mi refugio.

Dije al Señor: "¡Tú eres mi Dios! No tengo más felicidad que tú.

Todos los ídolos de la tierra, los dioses que yo amaba, siguen haciendo estragos, y la gente se precipita tras ellos. No les ofreceré sangre de sacrificio; * ¡su nombre no estará en mis labios!

Señor, mi porción y mi copa: de ti depende mi destino. Mi porción es mi delicia; ¡incluso tengo la herencia más hermosa!

Bendigo al Señor que me aconseja: incluso de noche mi corazón me advierte.

Siempre tengo al Señor delante de mí; está a mi diestra: estoy firme.

09 Mi corazón se alegra, mi alma se regocija, mi carne está llena de confianza:

10 No puedes entregarme a la muerte ni dejar que tu amigo vea la corrupción.

Tú me enseñas el camino de la vida: ¡ante tu rostro, alegría desbordante! A tu derecha, delicias eternas.

Salmo 84 (83): Señor, tú has amado esta tierra; has hecho volver a los desterrados de Jacob; has quitado el pecado de tu pueblo; has cubierto toda su iniquidad; has puesto fin a toda tu cólera; has vuelto de tu gran ira.

Devuélvenos, Dios, nuestra salvación; olvida tu resentimiento contra nosotros. ¿Estarás siempre airado contra nosotros? ¿Continuará tu cólera de edad en edad? ¿No volverás para darnos vida y ser la alegría de tu pueblo?

Muéstranos, Señor, tu amor y danos tu salvación.

Escucho: ¿qué dirá el Señor Dios? Lo que dice es paz para su pueblo y sus fieles; ¡que nunca vuelvan a su locura!

Su salvación está cerca de los que le temen, y la gloria habitará en nuestra tierra.

El amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se abrazarán; la verdad brotará de la tierra y la justicia del cielo.

El Señor dará sus bendiciones, y nuestra tierra dará su fruto.

La justicia irá delante de él, y sus pasos marcarán el camino.

Salmo 85 (84): Tú, Señor, has amado esta tierra; has hecho volver a los desterrados de Jacob; has quitado el pecado de tu pueblo, has cubierto toda su iniquidad; has puesto fin a toda tu cólera, has vuelto de tu gran ira.

Devuélvenos, Dios, nuestra salvación; olvida tu resentimiento contra nosotros.

¿Estarás siempre airado contra nosotros? ¿Continuará tu ira de edad en edad? ¿No volverás para darnos vida y ser la alegría de tu pueblo?

Muéstranos, Señor, tu amor y danos tu salvación.

Estoy escuchando: ¿qué dirá el Señor Dios? + Lo que dice es paz para su pueblo y sus fieles; ¡que nunca vuelvan a su locura!

Su salvación está cerca de los que le temen, y la gloria habitará en nuestra tierra. El amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se abrazarán; la verdad brotará de la tierra y la justicia del cielo.

El Señor dará sus bendiciones, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia irá delante de él, y sus pasos marcarán el camino.

Salmo 132 (131):

Acuérdate, Señor, de David y de su gran sumisión cuando hizo un juramento al Señor, una promesa al Poderoso de Jacob: "Nunca entraré en mi tienda, ni me acostaré en mi lecho; prohibiré a mis ojos que duerman y a mis párpados que descansen

hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Poderoso de Jacob".

He aquí que se nos anuncia en Efrata; la hemos encontrado cerca de Yagar.

Entremos en la morada de Dios y adoremos a los pies de su trono.

Sube, Señor, al lugar de tu reposo, tú y el arca de tu fortaleza.

Que tus sacerdotes se vistan de justicia, que tus fieles griten de alegría.

Por amor a David, tu siervo, no apartes la vista del rostro de tu Mesías.

El Señor juró a David, y nunca se retractará de su palabra: "Pondré en tu trono a un hombre salido de ti.

"Si tus hijos guardan mi alianza, la voluntad que les doy a conocer, también sus hijos se sentarán en el trono erigido para ti para siempre.

Porque el Señor ha elegido a Sión; es la morada que él desea:

"Este es mi lugar de descanso para siempre; esta es la morada que he anhelado.

"Bendeciré, bendeciré sus cosechas para saciar de pan a sus pobres.

Vestiré de gloria a sus sacerdotes, y sus fieles gritarán y darán voces de júbilo.

"Haré brotar allí la fuerza de David; he encendido una lámpara para mi Mesías.

18 Vestiré de vergüenza a sus enemigos, pero sobre él florecerá la corona".

Salmos 112 (111): ¡Aleluya! ¡Alabad, siervos del Señor, alabad el nombre del Señor!

¡Bendito sea el nombre del Señor, ahora y siempre!

Desde la salida del sol hasta su ocaso, ¡alabad el nombre del Señor!

El Señor domina sobre todos los pueblos; su gloria domina los cielos.

¿Quién como el Señor, nuestro Dios? Está sentado en las alturas. Pero baja su mirada al cielo y a la tierra.

Del polvo levanta a los débiles, de las cenizas resucita a los pobres para sentarlos entre los príncipes, entre los príncipes de su pueblo.

Coloca a la mujer estéril en su hogar, a la madre feliz entre sus hijos.

Salmo 90: Cuando estoy al abrigo del Altísimo y descanso a la sombra del Poderoso, digo al Señor: "Refugio mío, baluarte mío, Dios mío, de quien estoy seguro".

Él es quien te salva de las redes del cazador y de la peste maligna; él te cubre y te protege. Su fidelidad es tu armadura y tu escudo.

No temerás los terrores de la noche, ni la flecha que vuela en pleno día, ni la peste que merodea en la oscuridad, ni el azote que golpea a mediodía.

Aunque caigan mil a tu lado o diez mil a tu derecha, permanecerás fuera de su alcance.

Abre los ojos y verás la paga de los impíos. Sí, el Señor es tu refugio; has hecho del Altísimo tu baluarte.

La desgracia no te tocará, ni el peligro se acercará a tu morada: ha encomendado a sus ángeles la tarea de guardarte en todos tus caminos.

Te llevarán de la mano para que tu pie no tropiece con las piedras; pisarás la víbora y el escorpión; aplastarás al león y al dragón.

"Porque se aferra a mí, yo lo libero; lo defiendo, porque conoce mi nombre. Me llama y yo le respondo; estoy con él en su prueba. "Lo liberaré y lo glorificaré; lo saciaré por muchos días y le haré ver mi salvación.

ECR 50.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús dice un salmo. El que comienza: «Quien reposa en la ayuda del Altísimo vivirá bajo la protección del Dios del Cielo. Dirá al Señor: “Tú eres mi protector, mi refugio. Es mi Dios, en Él está mi esperanza. Él me libró del lazo de los cazadores y de las palabras agresivas” etc. etc.». Lo encuentro en el libro 4°. Es el segundo del libro 4°, me parece que es el núm. 90 (si leo bien el número romano).

La visión cesa así.

Detalle

Nota del editor: Libro , porque la Biblia utilizada por María Valtorta incluye la antigua subdivisión en cinco libros que forman la colección de los Salmos. El segundo salmo del Libro 4 es el Sal 90, ahora 91 según la numeración de las versiones modernas.

Anotación

Salmo 90: Cuando estoy al abrigo del Altísimo y descanso a la sombra del Poderoso, digo al Señor: "¡Mi refugio, mi baluarte, mi Dios, de quien estoy seguro!".

Él es quien te salva de las redes del cazador y de la peste maligna; él te cubre y te protege. Su fidelidad es tu armadura y tu escudo.

No temerás los terrores de la noche, ni la flecha que vuela en pleno día, ni la peste que merodea en la oscuridad, ni el azote que golpea a mediodía.

Que caigan mil a tu lado, que caigan diez mil a tu derecha, y permanecerás fuera de su alcance. Sólo tienes que abrir los ojos y verás la paga de los impíos.

Sí, el Señor es tu refugio; has hecho del Altísimo tu fortaleza. La desgracia no te tocará, ni el peligro se acercará a tu morada: ha encomendado a sus ángeles la tarea de guardarte en todos tus caminos.

Te llevarán de la mano para que tu pie no tropiece con las piedras; pisarás la víbora y el escorpión; aplastarás al león y al dragón.

"Porque se aferra a mí, yo lo libero; yo lo defiendo, porque conoce mi nombre. Me llama y yo le respondo; estoy con él en su prueba. "Lo liberaré y lo glorificaré; lo saciaré por muchos días y le haré ver mi salvación.

Palabras clave

ECR 195.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La vista de la Ciudad, ya cercana, visible en toda la belleza de sus colinas, olivares, casas, y, especialmente, del Templo; esta vista, que debía ser siempre fuente de emoción y de orgullo para los israelitas, acaba de distraerle del todo.

El sol abrileño de Judea, bien fuerte, ha secado pronto el empedrado de la vía consular. Ahora es difícil encontrar un charco. Los apóstoles se aderezan al borde del camino: bajan las túnicas, pues las habían abolsado, se lavan los pies llenos de barro en un riachuelo de aguas claras, se ponen en orden el pelo, se cubren con sus mantos. Y lo mismo hace Jesús. Veo que todos hacen lo mismo.

195.4

La entrada en Jerusalén debía ser una cosa importante. Presentarse ante estos muros en tiempo de fiesta era como presentarse ante un soberano. La Ciudad santa era la “verdadera” reina de los israelitas; lo veo con claridad este año en que observo, en esta vía consular, las turbas y su comportamiento: los componentes de las distintas familias se disponen según un orden (las mujeres por su parte, solas, los hombres en otro grupo, los niños con uno u otro grupo, pero todos serios y, al mismo tiempo, tranquilos); algunos doblan el manto más usado y sacan otro, nuevo, de los fardos de viaje, o se cambian de sandalias; el paso se hace solemne, ya hierático; en cada grupo hay un solista que da el tono, se cantan himnos, los antiguos, gloriosos himnos de David... Y la gente se mira con más bondad en los ojos, como más tiernos ahora que han visto la Casa de Dios, y mira a esta Casa santa, enorme cubo de mármol coronado por las cúpulas de oro, colocado, como una perla, en el centro del recinto majestuoso del Templo.

La comitiva apostólica se forma así: delante, con el niño en medio, Jesús y Pedro; detrás de ellos, Simón, Judas Iscariote y Juan; luego Andrés con Santiago de Zebedeo, y, entre ellos, obligado por Andrés, Juan de Endor; en la cuarta fila, los dos primos del Señor con Mateo; los últimos, Tomás, Felipe y Bartolomé. Aquí es Jesús quien entona el canto, y lo hace con esa potente y preciosa voz suya, con un ligero tono de barítono que se armoniza con las vibraciones de tenor para hacerlas aún más estimables[1]; responden Judas Iscariote, tenor puro, y Juan, de voz límpida propia de su muy joven edad, y las dos voces de barítono de los primos de Jesús, y Tomás (casi bajo: un barítono tan profundo, que casi no se le puede catalogar como tal). Los demás, dotados de voces menos hermosas, acompañan, en forma menos perceptible al coro-lleno de los más virtuosos. Los salmos son los ya conocidos, llamados graduales.

El pequeño Yabés — voz de ángel entre las recias de los hombres — canta muy bien — quizás porque lo sabe mejor que los demás — el salmo 121[2]: «Estoy alegre porque me han dicho: “Iremos a la casa del Señor”». Verdaderamente, su carita, tan triste pocos días antes, es todo un esplendor de alegría.

Ya están cerca de los muros, ya se ve la Puerta de los Peces, y las calles, llenísimas de gente.

En seguida, al Templo, para una primera oración; luego, la paz en la paz del Getsemaní; la cena; el descanso.

El viaje hacia Jerusalén ha terminado.

Detalle

Pedro se distrae con la aparición de la Ciudad Santa.

Anotación

Los salmos son los conocidos salmos graduales. Estos son los salmos 120 a 134, también conocidos como "cánticos de ascensión", según la nueva numeración. El Sal 121, citado más abajo, se ha convertido en el Sal 122.

Nota adicional de maria-valtorta.org :

LOS 15 GRADUALES: son los salmos 119 (hebreo 120) a 133 (hebreo 134), también conocidos como CÁNTICOS DE LAS MONTAÑAS. Eran cantados en las tres fiestas de peregrinación por los peregrinos o sacerdotes en los quince escalones que conducían al Templo de Jerusalén.

El pequeño Yabeç, con su voz de ángel en medio de las robustas voces de los hombres, canta muy bien el salmo 121, quizá porque lo conoce mejor que los demás: "Me alegré porque me dijeron: 'Iremos a la casa del Señor'. "Salmo 121 (hebreo 122): "¡Cómo me alegré cuando me dijeron: 'Iremos a la casa del Señor'! ...

Esta es la Puerta de Piscis. Al norte de Jerusalén, justo al lado del Templo.