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Notas del tema

Los réprobos acogidos por Jesús

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ECR 79

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús camina con sus discípulos hacia Hebrón. Juan, Judas y Simón el Zelote están presentes. Su objetivo es llegar a los pastores, en particular a Leví e Isaac. Judas refunfuña sobre el incidente de Queriot, donde Saulo murió contra el corazón de Jesús, pero el Señor le reprende. También dice que debemos ser fieles a la Ley y dar ejemplo. El grupo apostólico se reúne de nuevo con los pastores, y Elías les cuenta que Aglaia le dio sus joyas en Hebrón. Discuten qué hacer con ellas, pero Cristo no da ninguna orden por el momento. Les cuenta una breve parábola sobre Aglaia y las almas que se arrepienten como ella. A los apóstoles les gustaría dar media vuelta y volver a verla, pero Jesús no quiere y decide que partan enseguida hacia el Monte de las Tentaciones.

ECR 79.4-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Maestro — dice Elías — esa mujer... esa mujer que está en la casa de Juan... tres días después de tu partida, mientras pastoreábamos las ovejas en los prados de Hebrón — que son de todos y no nos podían echar —, nos mandó a una criada con esta bolsa, diciendo que quería hablarnos... No sé si he hecho bien... pero por primera vez devolví la bolsa y dije: “No tengo nada que escuchar”... Después, ella me envió este mensaje: “Ven en nombre de Jesús”, y fui... Esperó a que no estuviera su... en definitiva, el hombre que la tiene... ¡Cuántas cosas quiso..., o mejor, quería saber! Yo, sin embargo... dije poco... por prudencia... Es una meretriz. Temía que fuera una trampa para ti. Me preguntó quién eres, dónde estás, qué haces, si eras una persona importante... Yo le dije: “Es Jesús de Nazaret, está por todas partes porque es un maestro y va enseñando por Palestina”. Le dije que eres un hombre pobre, sencillo, un obrero a quien la Sabiduría le ha hecho sabio... Nada más».

«Has hecho bien» dice Jesús, y, contemporáneamente, Judas exclama: «¡Has hecho mal! ¿Por qué no dijiste que es el Mesías, que es el Rey del mundo? ¡Aplastar la soberbia romana bajo el fulgor de Dios!».

«No me habría entendido... Y, además, ¿estaba seguro de si era sincera? Tú mismo dijiste lo que era ella, cuando la viste. ¿Podía ofrecer las cosas santas — todo lo que es Jesús es santo — a su boca? ¿Podía poner en peligro a Jesús dando demasiadas noticias? ¡Lejos de mí acarrearle un mal, aunque todos lo hicieran!».

«Vamos nosotros, Juan, a decirle quién es el Maestro, a explicarle la verdad santa».

«Yo no, a menos que Jesús me lo ordene».

«¿Tienes miedo? ¿Qué puede hacerte? ¿Sientes asco? ¡El Maestro no lo ha sentido!».

«Ni miedo ni asco. Tengo piedad de ella. Pero pienso que si Jesús hubiera querido hubiera podido detenerse a instruirla. No lo hizo... no es necesario que lo hagamos nosotros».

«Entonces no había signos de conversión... Ahora...

79.5

A ver, Elías, la bolsa». Y Judas vuelca en un extremo del manto — puesto que se ha sentado en la hierba — el contenido de la bolsa. Anillos, brazaletes, pulseras, un collar... ruedan: amarillo oro sobre el amarillo opaco de la vestidura de Judas. «¡Todas joyas!... ¿Qué hacemos con esto?».

«Se pueden vender» dice Simón.

«Son siempre pejigueras» objeta Judas mostrando, no obstante, admiración por las joyas.

«Se lo he dicho yo también, al cogerlas. También le he dicho que su señor la pegaría. Me ha respondido: “No es suyo, es mío, y hago con ello lo que quiero. Sé que es oro de pecado... pero se transformará en oro bueno si se usa para quien es pobre y santo. Para que se acuerde de mí”, y lloraba».

«Ve, Maestro».

«No».

«Manda a Simón».

«No».

«Entonces voy yo».

«No».

Los noes de Jesús son secos e imperiosos.

«¿He hecho mal, Maestro, al hablar con ella, al tomar ese oro?» pregunta Elías, que ve a Jesús serio.

«No has hecho mal, pero ya no hay nada más que hacer».

79.6

«Pero quizás esa mujer quiere redimirse y tiene necesidad de ser instruida…» objeta una vez más Judas.

«Hay en ella ya muchas chispas capaces de suscitar el incendio en que puede quemarse su vicio para quedar el alma virginizada de nuevo por el arrepentimiento. Hace poco os he hablado de levadura que esparciéndose entre la harina convierte a ésta en santo pan. Escuchad una breve parábola. Esa mujer es harina, una harina en la cual el Maligno ha mezclado sus polvos de infierno; Yo soy la levadura, o sea, mi palabra es la levadura. Pero, ¿puede hacerse el pan, aún en el caso de que la levadura sea buena, si en la harina hay mucho cascabillo, o si mezclado hay piedras y arena y ceniza? No puede hacerse. Hace falta quitar de la harina, con paciencia, las cascarillas, la ceniza, las piedras y la arena. La Misericordia pasa y ofrece la criba... La primera: hecha con breves verdades fundamentales, necesarias para ser comprendidas por uno que está en la red de la completa ignorancia, del vicio, del paganismo. Si el alma lo acoge, comienza la primera purificación. La segunda es la criba del alma en sí, que confronta su ser con el Ser que se ha revelado, y se horroriza. Y comienza su obra. Por medio de una operación cada vez más minuciosa, después de las piedras, de la arena y de la ceniza, llega incluso a quitar lo que ya es harina pero con granitos todavía grandes, demasiado grandes para producir un óptimo pan. Cuando ya está completamente dispuesta, vuelve a pasar la Misericordia y se introduce en esa harina preparada — también ésta es una preparación, Judas — y la hace fermentar y la hace pan. Pero es una operación larga y de “voluntad” del alma. Esa mujer... esa mujer tiene ya en sí esa mínima cosa que era justo darle y que le puede servir para llevar a cabo su trabajo. Dejemos que lo lleve a cabo, si quiere hacerlo, sin disturbarla. Todo disturba a un alma que se está labrando: la curiosidad, el celo imprudente, las intransigencias y la excesiva compasión».

79.7

«¿Entonces, no vamos?».

«No. Y, para que a ninguno de vosotros le venga la tentación, nos vamos en seguida. Hay sombra en el bosque. Nos detendremos en las faldas del Valle del Terebinto y allí nos separaremos. Elías volverá a sus pastos con Leví. José vendrá conmigo hasta el vado de Jericó. Luego... nos volveremos a reunir. Tú, Isaac, continúa lo que hiciste en Yuttá, yendo desde aquí, por Arimatea y Lida, hasta llegar a Doco. Allí nos volveremos a ver. Judea debe ser preparada, y tú sabes cómo hacerlo; como has hecho en Yuttá».

«¿Y nosotros?».

«¿Vosotros? He dicho que vendréis para ver mi preparación. Yo también me he preparado para la misión».

«¿Yendo a un rabí?».

«No».

«¿Con Juan?».

«De él tomé sólo el bautismo».

«¿Entonces?».

«Belén ha hablado con las piedras y los corazones. También en ese lugar, donde te llevo, Judas, las piedras y un corazón, el mío, hablarán y te responderán».

Detalle

Elías fue llamado por Aglaia en Hebrón. Ella le dio sus joyas. Judas reacciona... muy espontáneamente y se ofrece a volver atrás, pero Jesús se niega y les cuenta una parábola sobre el pecador.

ECR 80.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Aquí vine. Cogí mi alma de Hijo del hombre y me la labré con los últimos retoques, terminando el trabajo de treinta años de anonadamiento y de preparación para ir perfecto a mi ministerio. Ahora os pido que estéis conmigo unos días en esta guarida. En cualquier caso será una estancia menos desolada, porque seremos cuatro amigos que luchan contra las tristezas, los miedos, las tentaciones, las necesidades de la carne; Yo, sin embargo, estaba solo. En cualquier caso, será menos penosa, porque ahora es verano y aquí arriba el viento de las cimas templa el calor; Yo, sin embargo, vine al terminar la luna de Tebet, y el viento que descendía de las nieves de la cúspide era muy frío. En cualquier caso será menos angustiosa, porque será más breve, y porque ahora disponemos de esa mínima cantidad de alimento que puede proporcionar alivio a nuestra hambre, y en los pequeños odres de piel que dije a los pastores que os dieran hay agua suficiente para estos días de estancia. Yo... Yo necesito arrancar dos almas a Satanás. Sólo la penitencia lo puede. Os pido ayuda. Supondrá una formación también para vosotros. Aprenderéis cómo se arrebatan las presas a Satanás: no tanto con las palabras cuanto con el sacrificio... ¡Las palabras!... El estrépito satánico impide oírlas... Toda alma en manos del Enemigo se encuentra envuelta en torbellinos de voces infernales... ¿Queréis quedaros conmigo? Si no queréis, idos. Yo me quedo. Nos volveremos a ver en Tecua, junto al mercado».

«No, Maestro, yo no te dejo» dice Juan, mientras Simón contemporáneamente exclama: «Tú nos dignificas queriéndonos contigo en esta redención». Judas... no me parece muy entusiasta, pero pone buena cara al... destino y dice: «Yo me quedo».

«Tomad entonces los odres y las sacas y llevadlas adentro y, antes de que el sol queme, partid leña y acumuladla junto a la grieta. La noche aquí es rigurosa incluso en verano, y no todos los animales son buenos. Vamos a encender en seguida una rama... ¡Allí!, de aquella planta de acacia gomosa; quema bien. Y vamos a mirar entre las fisuras para echar afuera áspides y escorpiones.  ¡Venga, comenzad!»...

Detalle

Jesús se encuentra en el monte de la Tentación, donde ayunó durante cuarenta días. Dice:

ECR 80.11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Ahora escuchad; tú especialmente, Juan. Volvemos adonde mi Madre y los amigos. Os ruego que no le habléis a mi Madre de la dureza que han opuesto al amor de su Hijo; sufriría demasiado. Sufrirá mucho, mucho, mucho... por esta crueldad del hombre... mas no le presentemos ya desde ahora el cáliz: ¡serà muy amargo, cuando le sea dado!; tan amargo que, como un tóxico, le bajará serpenteando a las entrañas santas y a las venas y se las morderá y le helará el corazón. ¡Oh!, ¡no digáis a mi Madre que Belén y Hebrón me rechazaron como a un perro! ¡Tened piedad de Ella! Tú, Simón, eres anciano y bueno, eres un espíritu de reflexión y sé que no hablarás. Tú, Judas, eres judío, y no hablarás por orgullo regional. Mas, tú, Juan, tú, galileo y joven, no caigas en el pecado de orgullo, de crítica, de crueldad. Calla. Más tarde... más tarde a los demás les dirás cuanto ahora te ruego que calles. También a los demás. Hay ya mucho que decir de las cosas del Cristo. ¿Por qué añadir lo que es de Satanás contra el Cristo? Amigos, ¿me prometéis todo esto?».

«¡Oh! ¡Maestro! ¡Claro que te lo prometemos, estáte seguro!».

«Gracias. Vamos hasta aquel pequeño oasis acariciado por el camino que lleva al río. Allí hay un manantial, una cisterna llena de frescas aguas, sombra y verdura. Podremos encontrar alimento y descanso hasta el anochecer. A la luz de las estrellas nos llegaremos hasta el río, hasta el vado, y esperaremos a José o nos uniremos a él en el caso de que ya haya vuelto. Vamos».

Y se ponen en camino, mientras el primer arrebol en el límite del Oriente dice que un nuevo día nace.

Detalle

Jesús pregunta a los apóstoles, después de haber estado en Belén, en Keriot y en el Monte de la Tentación:

ECR 81.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

81.5 «Judas, dijiste que esas joyas eran muy bonitas».

«Bonitas y muy valiosas».

«¿Cuánto podrán valer? Me parece que tú entiendes de eso».

«Sí que entiendo. ¿Por qué quieres saber su valor, Maestro? ¿Las quieres vender? ¿Por qué?».

«Quizás... Di, ¿cuánto podrán valer?».

«Si se venden bien... al menos... al menos seis talentos».

«¿Estás seguro?».

«Sí, Maestro. Sólo el collar, con lo grueso que es y el peso que tiene, siendo de oro purísimo, vale al menos tres talentos; le he mirado bien. Y también las pulseras... No sé ni siquiera cómo las muñecas finas de Áglae podían soportarlas».

«Eran sus cepos, Judas».

«Es verdad, Maestro... ¡Pero muchos quisieran tener cepos como éstos!».

«¿Tú crees? ¿Quién?».

«En fin... ¡muchos!».

«Sí, muchos que de hombre sólo tienen el nombre... Y, ¿sabrías de un posible comprador?».

«En definitiva, ¿los quieres vender? ¿Para el Bautista? ¡Mira que es oro maldito!».

«¡La incoherencia humana!... Has dicho hace un momento, con claro deseo, que muchos querrían tener ese oro, ¡¿y ahora le llamas maldito?! ¡Judas, Judas!... Es maldito, sí, es maldito, pero ya lo ha dicho ella: “Se santificará sirviendo para quien es pobre y santo”, y lo ha dado para esto, para que el que reciba el beneficio ruegue por su pobre alma, que, cual embrión de futura mariposa, se dilata en la semilla del corazón.»

Detalle

Jesús habla con los pastores de Belén sobre Juan el Bautista. Podría ser liberado a cambio de dinero. Ahora bien, ellos tienen las joyas de Aglaé y Judas puede vendérselas a un tal Diomedes.

ECR 81.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

81.6 ¿Quién es, pues, el comprador?».

«Hay uno en Jericó y muchos en Jerusalén. ¡¡¡Pero el de Jericó!!!... Es un astuto levantino batidor de oro, usurero, estafador, mercader de amor, ciertamente ladrón, quizás homicida... con toda seguridad perseguido por Roma. Se hace llamar Isaac para parecer hebreo, pero su verdadero nombre es Diomedes. Le conozco bien».

«¡Ya lo vemos!» interrumpe Simón Zelote, que habla poco pero que observa todo. Y pregunta: «¿Cómo es que le conoces tan bien?».

«En fin... ya sabes... Para complacer a unos amigos poderosos. Fui a él... hice algunos tratos... Nosotros los del Templo... ya sa­bes…».

«¡Ya!... trabajáis en todo» termina Simón con fría ironía. Judas se pone rojo de ira, pero se calla.

«¿Puede comprar?» pregunta Jesús.

«Yo creo que sí. El dinero no le falta nunca. Ciertamente hay que saber vender porque ese griego es astuto y si ve que está tratando con una persona honesta, un... pichón, le despluma bien desplumado. Pero si se encuentra delante un buitre como él…».

«Ve tú, Judas; eres el tipo de persona adecuado; tienes la astucia del zorro y la rapacidad del buitre. ¡Oh, perdona, Maestro; he hablado antes que Tú!» dice Simón Zelote.

«Soy de tu misma opinión, y, por tanto, le digo a Judas que vaya. Juan, ve con él. Nosotros os alcanzaremos al ponerse el Sol. El lugar de nuestra próxima cita es la plaza del mercado. Ve y saca el mayor partido posible».

Judas se levanta inmediatamente. Juan tiene ojos suplicantes, como los de un perrito ahuyentado. Mas Jesús se dirige de nuevo a los pastores y no ve esta mirada implorante. Juan se pone en camino detrás de Judas.

81.7 «Querría ser para vosotros motivo de alegría» dice Jesús.

«Lo serás siempre, Maestro. Que el Altísimo te bendiga por nosotros. ¿Ese hombre es amigo tuyo?».

«Lo es. ¿No te parece que pueda serlo?».

El pastor Juan baja la cabeza y calla. Habla el discípulo Simón: «Sólo quien es bueno sabe ver. Yo no soy bueno y no veo lo que la Bondad ve. Veo lo externo. El bueno desciende también a lo interno. Tú también, Juan, ves como yo. Pero el Maestro es bueno... y ve…».

«¿Qué ves, Simón, en Judas? Te ordeno hablar».

«Bueno, pienso, cuando le miro, en ciertos lugares misteriosos que parecen cavernas de fieras y lagunas de fiebre muertas; uno no ve más que una gran maraña, y pasa temeroso dando un gran rodeo. Y, sin embargo... sin embargo, dentro hay tórtolas y ruiseñores y el suelo es rico en aguas y yerbas saludables. Yo quiero creer que Judas es así... Lo creo porque Tú le has tomado contigo. Tú, que sabes…».

«Sí. Yo, que sé... Hay muchos pliegues en el corazón de ese hombre... Pero también tiene lados buenos. Lo has visto en Belén y en Keriot. Este lado bueno, completamente humano, hay que elevarlo a una bondad espiritual. Entonces Judas será como tú quisieras que fuera. Es joven…».

«También Juan es joven…».

«Y tú concluyes en tu corazón: “y es mejor”. ¡Pero, Juan es Juan! Ámale a este pobre Judas, Simón... Te lo ruego. Si le amas... te parecerá más bueno».

«Me esfuerzo en hacerlo... por ti... Pero es él quien rompe mis esfuerzos como a cañas del río... No obstante, Maestro, yo tengo una sola ley: hacer lo que Tú quieres. Por eso le amo a Judas, a pesar de que algo grite en mí contra él y hacia mí mismo».

«¿Qué, Simón?».

«No lo sé con precisión... Algo parecido al grito del soldado de guardia durante la noche... algo que me dice: “¡No duermas! ¡Observa!”. No lo sé... No tiene nombre esto, pero existe... existe en mí contra él».

«No pienses más en ello, Simón. No te esfuerces en definirlo. El conocer ciertas verdades perjudica... y podrías errar en tu conocimiento. Deja que tu Maestro actúe. Tú dame tu amor y piensa que eso me hace feliz…».

Detalle

Jesús le pregunta a Judas quién es el comprador que podría adquirir las joyas de Aglaé. Entonces interviene Simón y, cuando Judas se marcha junto con Juan, el zelote habla con el Maestro sobre el Iscariote. También mencionan a Juan, hijo de Zebedeo.

ECR 82

El Evangelio como me ha sido revelado

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Jesús está en Jericó. Enseña a los niños a ser amables con los animales y a no ser crueles con ellos. Luego Judas regresa con Juan de su encuentro con Diomedes, el comprador de las joyas de Aglaia. Cuenta su artimaña, el hecho de que hizo pasar a Juan por un joven prometido, el hecho de que le hizo creer que quería comprar joyas parecidas a las de Aglaia para que el mercader le diera su precio. Luego le dijo que no quería comprar, sino vender, y consiguió doce talentos, que es una suma considerable. Pero el apóstol mintió... Jesús le aconsejó que no volviera a hacerlo y entregó todo el dinero a los discípulos de Juan el Bautista.

ECR 82.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

82.4 No obstante, le dije a Isaac-Diomedes al final: “Recuerda que el Judas del Templo ya no existe. Ahora soy discípulo de un santo. Hazte idea, por tanto, de que jamás me has conocido, si estimas tu cuello”. Y un poco más y se lo retuerzo en ese momento, porque me contestó mal».

«¿Qué te dijo?» pregunta Simón con indiferencia.

«Me dijo: “¿Tú, discípulo de un santo? No lo creeré nunca; o pronto veré también aquí al santo a pedirme una mujer”. Me dijo: “Diomedes es una vieja desventura del mundo, pero tú eres la nueva desventura. Yo podría cambiar todavía, porque lo que soy ahora lo soy de viejo, pero tú no cambias porque has nacido así”. ¡Viejo repelente! Niega tu poder, ¿comprendes?».

«Y, como buen griego, dice muchas verdades».

«¿Qué quieres decir, Simón? ¿Lo dices por mí?».

«No. Por todos. Es una persona que conoce lo mismo el oro que los corazones. Es un ladrón, uno que se ha ensuciado con los más asquerosos tráficos. Pero se percibe en él la filosofía de los grandes griegos. Conoce al hombre, animal de siete garras de pecado, pulpo que estrangula el bien, la honestidad, el amor, y tantas otras cosas, en sí y en los demás».

«Pero no conoce a Dios».

«Y tú... querrías dárselo a conocer…».

«Sí. ¿Por qué? Son los pecadores los que necesitan conocer a Dios».

«Es cierto. Pero el maestro debe conocerle para darle a conocer».

«¿Y yo no le conozco?».

«Paz, amigos. Vienen los pastores. No turbemos su ánimo con querellas entre nosotros. ¿Has contado tú el dinero? Es suficiente. Lleva a cabo bien toda acción tuya como has hecho con ésta y, te lo repito, si puedes, en el futuro, no mientas, ni siquiera para alcanzar una acción buena…».

Detalle

Judas fue a ver a un comprador de joyas en Jericó que se llama Diomedes. Al salir, cuenta lo que ha pasado.

ECR 83

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús está en el campo. Está hablando con un campesino que le confiesa el bien que le hace escuchar a Jesús (es exactamente lo mismo para nosotros que leemos la Obra). Jesús habla de la bendición de Dios y del sufrimiento, de que es expiación y de que es gracia. Luego Juan se va y Judas le pide ir a Jerusalén para encontrarse con un amigo. Jesús se deprime por Judas y llora en silencio en un matorral. Reza. Finalmente, se le une Simón el Zelote, que percibe su dolor. Hablan de Judas... Y Simón le expresa también su deseo de que conozca a Lázaro.

ECR 83.3-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Cae la tarde sobre la campiña, que se hace silenciosa. Simón observa cómo trabajan los hortelanos regando sus parcelas.

83.4 Jesús permanece un tiempo en donde estaba. Luego se levanta, va hacia la parte de atrás de la casa, se adentra entre los árboles frutales, se aísla. Va hasta una parte muy tupida en la cual robustos granados se entrecruzan con matas bajas — yo diría que son de uva crespa, pero no lo sé con seguridad, porque ya no tienen frutos y conozco poco la hoja de esta planta —. Jesús se esconde detrás, se arrodilla, ora... y luego se inclina hacia la hierba, con el rostro contra el suelo, y llora (me lo dicen sus suspiros profundos y quebrados): es un llanto desconsolado; sin sollozos, pero muy triste.

Pasa el tiempo. La luz es ya crepuscular, pero aún no hay tanta oscuridad como para no poder ver. En este marco de escasa luz, se ve sobresalir por encima de una mata la cara fea pero honesta de Simón. Mira, busca, y distingue la forma replegada sobre sí del Maestro, todo cubierto por el manto azul oscuro que le confunde casi con las sombras del suelo; sólo resaltan la cabeza rubia, apoyada sobre las muñecas, y las manos unidas en oración, que sobresalen por encima de aquélla. Simón mira con esos ojos suyos un tanto saltones. Comprende que Jesús está triste, por los suspiros que emite, y su boca de labios abultados y violáceos se abre: «¡Maestro!».

Jesús alza el rostro.

«¿Lloras, Maestro? ¿Por qué? ¿Me permites acercarme?». El rostro de Simón está lleno de asombro y pena. Es, decididamente, un hombre feo. A las facciones no bellas, al colorido olivastro oscuro, se une el bordado azulino y hoyado de las cicatrices que su mal le ha dejado. Pero tiene una mirada tan buena, que desaparece la fealdad.

«Ven, Simón, amigo».

Jesús se ha sentado en la hierba. Simón se sienta cerca de Él.

«¿Por qué estás triste, Maestro mío? Yo no soy Juan y no sabré darte todo lo que te da él. Pero deseo darte todo el consuelo; siento sólo un dolor: el de ser incapaz de hacerlo. Dime: ¿Te he disgustado en estos últimos días hasta el punto de que te abata el tener que estar conmigo?».

«No, amigo bueno. No me has disgustado jamás desde el momento en que te vi. Y creo que nunca serás para mí motivo de llanto».

«¿Entonces, Maestro? No soy digno de que te confíes a mí, pero, por la edad, casi podría ser padre tuyo, y Tú sabes qué sed de hijos he tenido siempre... Deja que te acaricie como si fueras un hijo y que te haga, en esta hora de dolor, de padre y de madre. Es de tu Madre de quien Tú tienes necesidad para olvidar muchas cosas…».

«¡Oh, sí, es de mi Madre!».

«Pues déjale a tu siervo la alegría de consolarte, en espera de poder consolarte en Ella.

83.5 Tú lloras, Maestro, porque ha habido uno que te ha disgustado. Desde hace días tu rostro es como Sol ensombrecido por nubes. Yo te observo. Tu bondad cela tu herida, para que nosotros no odiemos al que te hiere; pero esta herida duele y te produce náusea. Dime, Señor mío: ¿Por qué no alejas de ti la fuente del dolor?».

«Porque es inútil humanamente y además sería anticaridad».

«¡Ah! ¡Te has dado cuenta de que hablo de Judas! Es por él por quien sufres. ¿Cómo puedes Tú, Verdad, soportar a ese embustero? Él miente y no cambia de color; es más falso que un zorro, más compacto que un peñasco. Ahora se ha ido. ¿A hacer qué? Pero, ¿cuántos amigos tiene? Me duele dejarte; si no, querría seguirle y ver... ¡Oh! ¡Jesús mío! Ese hombre... Aléjale de ti, Señor mío».

«Es inútil. Lo que debe ser será».

«¿Qué quieres decir?».

«Nada especial».

«Tú no te has opuesto a que se marche porque... porque te has asquedado de su modo de actuar en Jericó».

«Es verdad, Simón. Yo te sigo diciendo: Lo que debe ser será. Y Judas es parte de este futuro. Debe estar también él».

«Juan me ha dicho que Simón Pedro es todo autenticidad y fuego... ¿Le podrá soportar a éste?».

«Le debe soportar. También Pedro está destinado a ser una parte, y Judas es el cañamazo en el que debe tejer su parte; o, si lo prefieres, es la escuela en que Pedro más madurará. Ser bueno con Juan, entender a los espíritus como Juan, es virtud hasta de los tontos. Pero ser bueno con quien es un Judas, y saber entender a los espíritus como los de Judas, y ser médico y sacerdote para ellos, es difícil: Judas es vuestra enseñanza viviente».

«¿La nuestra?».

«Sí. La vuestra. El Maestro no es eterno sobre la Tierra. Se irá después de haber comido el más duro pan y haber bebido el más agrio vino. Pero vosotros os quedaréis para continuarme... y debéis saber. Porque el mundo no termina con el Maestro, sino que continúa después, hasta el retorno final del Cristo y el juicio final del hombre. Y, en verdad te digo que por un Juan, un Pedro, un Simón, un Santiago, Andrés, Felipe, Bartolomé, Tomás, hay al menos otras tantas veces siete Judas. ¡Y más, más aún!…».

Simón reflexiona y calla. Luego dice: «Los pastores son buenos. Judas los desprecia. Yo los amo».

«Yo los amo y los ensalzo».

«Son almas sencillas, como te agradan a ti».

«Judas ha vivido en una ciudad».

«Es su única disculpa. Pero muchos han vivido en una ciudad y sin embargo...

83.6

¿Cuándo piensas venir donde mi amigo?».

«Mañana, Simón. Y con mucho gusto, porque estamos tú y Yo solos. Creo que será un hombre culto y experimentado como tú».

«Y sufre mucho... en el cuerpo y, más aún, en el corazón. Maestro... quisiera pedirte una cosa: si no te habla de sus tristezas, no le preguntes sobre su casa».

«No lo haré. Yo soy para quien sufre, pero no fuerzo las confidencias; el llanto tiene su pudor…».

«Y yo no lo he respetado... Pero es que me has dado tanta pena…».

«Tú eres mi amigo y ya le habías dado un nombre a mi dolor. Yo para tu amigo soy el Rabí desconocido. Cuando me conozca... entonces... Vamos. La noche ha llegado. No hagamos esperar a los huéspedes, que están cansados. Mañana al alba iremos a Betania».

Detalle

Simón está a solas con Jesús en el campo. Y Jesús se retira a orar, tras la marcha de Judas, quien mintió en Jericó para vender descaradamente las joyas de Aglaé,