ECR 199.1-3 · Volumen 3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Una mañana espléndida, que invita verdaderamente a pasear, dejando cama y casa. Los que están en la casa de Simón Zelote, cual abejas con los primeros rayos solares, se levantan muy temprano y salen a respirar el aire puro al huerto de Lázaro, que circunda la casita hospitalaria. Pronto se suman a ellos los que están alojados en casa de Lázaro, es decir: Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Andrés y Santiago de Zebedeo. El sol entra alegre por las ventanas y puertas abiertas de par en par, y las habitaciones, sencillas y limpias, se visten de un tono oro que aviva los colores de los vestidos y hace más brillantes los de los cabellos y las pupilas.
María de Alfeo y Salomé están centradas en servir a estos hombres de vigoroso apetito. María está atenta a cómo un servidor de la casa de Lázaro le arregla a Margziam sus delicados cabellos, igualándoselos con más destreza que su precedente peluquero.
«Por ahora va bien así» dice el sirviente «luego, después del ofrecimiento a Dios de tu melena de niño, te dejaré el pelo bien cortito. Está llegando el calor y estarás mejor sin pelos que te cubran el cuello; además se te pondrán más fuertes; ahora están secos y quebradizos; son cabellos descuidados. ¿Ves, María?, necesitan un cuidado; ahora los unjo para que no se alboroten. ¿Ves, niño, que buen olor? Es el ungüento que usa Marta: almendra, palma y médula finísima, y esencia exótica. Es muy bueno. Mi ama ha dicho que se conserve este tarrito para el niño. ¡Ah! ¡Eso es!... ¡Ahora pareces el hijo del rey». Y el sirviente — que quizás es el barbero de la casa de Lázaro — le da un cachetito a Margziam en un carrillo, se despide de María y se marcha satisfecho.
«Ven que te visto» dice María al niño, que en este momento no tiene sino una prenda de mangas cortas (creo que es la camisa, o lo que en aquellos tiempos la suplía: por lo fino que es el lino, deduzco que pertenecía al vestuario de Lázaro niño). María le quita la toalla en que estaba casi completamente envuelto y le pone una vestidura de lino, fruncida en la base del cuello y en las muñecas, y luego la sobreveste roja, de lana, de amplio escote y anchas mangas. El lino esplendoroso sobresale, blanquísimo, por el escote y las mangas del indumento rojo y opaco. Las manos de María deben haberse encargado por la noche del problema de la largura de la túnica y de las mangas; ahora va bien todo, especialmente cuando María le ciñe la cintura con la suave banda del cinturón, terminada en una borla de lana blanca y roja. El niño ya no parece ese pobre ser insignificante de pocos días antes.
«Ve a jugar mientras me preparo, pero sin mancharte» dice María acariciándole. Y el niño sale, saltando contento, a buscar a sus grandes amigos.
199.2
El primero en verle es Tomás: «¡Pero qué guapo estás! ¡De boda! Yo ahora, comparado contigo, es que desaparezco» dice Tomás, siempre alegre, metido en carnes, tranquilo; y le coge de la mano y dice: «Ven. Vamos con las mujeres. Te estaban buscando para darte la comida».
Entran en la cocina. Tomás, con su vozarrón, gritando, hace pegar un salto a las dos Marías, que estaban agachadas hacia los anafres: «Aquí hay un jovencito que os estaba buscando» y, riendo, presenta al niño, que se había escondido detrás de su robusta persona.
«¡Cariño! ¡Ven, que te dé un beso! ¡Mira, Salomé, qué bien está así!» exclama María de Alfeo.
«¡Verdaderamente! Ahora sólo le falta hacerse más fuerte. Me encargaré yo de ello. Ven, que te bese también yo» dice Salomé.
«Jesús quiere confiárselo a los pastores...» objeta Tomás.
«¡Ni soñarlo! En esto mi Jesús se equivoca. ¡Pero, vosotros, los hombres, ¿qué podéis pretender?, ¿qué sabéis hacer?!: discutir — porque, dicho sea de paso, sois más bien dados a discutir... como los chivos, que se quieren pero se dan cornadas —, comer, hablar; tenéis mil necesidades, y pretendéis del Maestro total atención a vosotros... si no, malas caras... Los niños tienen necesidad de sus madres. ¿No es verdad?... ¿Cómo te llamas?».
«Margziam».
«¡Vaya! ¡Bendita María mía! ¡Podía haberte puesto un nombre más fácil!».
«¡Es casi como el suyo!» exclama Salomé.
«Sí, pero el suyo es más simple. No tiene esas tres letras en medio... Tres son demasiadas...».
Judas Iscariote, que acaba de entrar, dice: «Ha puesto el nombre de significado exacto según la genuina lengua antigua».
«Bueno, bien, pero... es difícil; yo quito una letra y digo Marziam. Es más fácil, y no creo que se vaya a hundir el mundo por eso. ¿Verdad, Simón?».
Pedro, que pasaba en ese momento por delante de la ventana hablando con Juan de Endor, se asoma y dice: «¿Qué quieres?».
«Decía que pienso llamar Marziam al niño, porque es más fácil».
«Tienes razón, mujer. Si la Madre me lo permite yo también le llamaré Marziam. Pero... ¡Estás perfectamente así!... ¡Yo también, ¿eh?!... ¡Observad!». En efecto, está bien cepillado, tiene afeitados los carrillos, arreglados y ungidos pelo y barba, el vestido sin arrugas; ¿y las sandalias?: las ha limpiado tanto y las ha sacado tanto brillo — no sé con qué —, que parecen nuevas. Las mujeres le admiran y él ríe contento.
El niño, que ha terminado ya de comer, sale para ir con su gran amigo, al que llama siempre “padre”.
199.3
Viene Jesús de la casa de Lázaro. El niño corre a su encuentro y Jesús le dice: «La paz entre nosotros, Margziam. Démonos el beso de la paz».
El niño saluda también a Lázaro, que venía con Jesús, y recibe una caricia y un dulce.
Todos se reúnen en torno a Jesús. También María, que lleva ahora una túnica de lino color turquesa y un manto más oscuro de elegantes pliegues, viene sonriendo hacia su Hijo.
«Entonces, podemos empezar a marcharnos — dice Jesús —. Tú, Simón, con mi Madre y el niño, si es que estás empeñado todavía en comprar, aunque ya Lázaro haya resuelto el problema».
«¡Ciertamente! Además... podré decir que una vez pude caminar al lado de tu Madre, lo cual es un gran honor».
«Pues ve. Tú, Simón, me acompañarás a hacer una visita a tus amigos leprosos...».
«¡Sí, Maestro? Entonces, si me lo permites, me adelanto, corriendo, para reunirlos... Me verás allí; total... ya sabes dónde están...».
«De acuerdo. Ve. Los demás, haced lo que os parezca más conveniente; disponed libremente todos hasta el miércoles por la mañana. A la hora tercera todos ante la Puerta Dorada».
«Yo voy contigo, Maestro» dice Juan.
«Yo también» dice Santiago, su hermano.
«Y también nosotros» dicen los dos primos.
«Yo también» dice Mateo, y con él Andrés.
«¿Y yo? También quisiera ir contigo... pero, si voy a hacer las compras, no puedo...» dice Pedro sujeto a dos deseos.
«Hay una solución. Primero vamos a ver a los leprosos. Entretanto, mi Madre va con el niño a una casa amiga de Ofel. Luego la alcanzamos y vas con Ella mientras Yo y los demás vamos a casa de Juana. Luego nos reunimos en Getsemaní para comer, y luego, al atardecer, volvemos aquí».
«Yo, con tu permiso, voy a donde unos amigos...» dice Judas Iscariote.
«Pero si ya he dicho que hagáis lo que creáis más conveniente».
«Entonces yo voy a ver a la familia. Quizás ha vuelto ya mi padre. Si es así, te lo traigo» dice Tomás.
«¿Qué te parece, Felipe, si nosotros dos vamos a ver a Samuel?».
«Me parece bien» responde éste a Bartolomé.
«¿Y tú, Juan?» le pregunta Jesús al hombre de Endor. «¿Prefieres quedarte aquí a ordenar tus libros o venir conmigo?».
«Verdaderamente preferiría ir contigo... Los libros... ahora ya me gustan menos. Prefiero leerte a ti, Libro vivo».
«Pues ven. Adiós, Lázaro, hasta...».
«No, no; también voy yo. Las piernas están un poco mejor. Después de los leprosos te dejo y voy a Getsemaní a esperarte».
«Vamos. La paz a vosotras, mujeres».
Hasta las cercanías de Jerusalén van todos juntos. Luego se separan: Judas se va por su cuenta (entra en la ciudad, probablemente por la Puerta que está hacia la Torre Antonia); Tomás, Felipe y Natanael, con María y el niño, caminan todavía con Jesús y los otros compañeros unas cuantas decenas de metros para luego entrar en la ciudad por la parte del suburbio de Ofel.
Anotación
"¿Cómo te llamas?
- Marziam.
- Ya veo. ¡Pero mi bendita María podría haberte dado un nombre más fácil!
- ¡Es casi el suyo! exclama Salomé.
- Sí, pero el de ella es más sencillo. No tiene esas tres consonantes en el medio... Tres son demasiadas... ". MaRGZiam, simplificado a Marziam en la nueva traducción en consonancia con lo que dicen Marie d'Alphée y Pierre en el resto del texto.
"Tomó el nombre exacto por lo que significaba, de acuerdo con la lengua antigua". Hebreo, sin duda, ya que el arameo (una lengua estrechamente relacionada) se había convertido en la lengua común en la época de Jesús. Esta cercanía queda perfectamente plasmada en la reflexión de Salomé. También conocemos esta cercanía por la oración de Jesús en la cruz: Elôi, elôi, lama sabachthani, una cita aramea que es ligeramente diferente en Mateo 27,46 y Marcos 15,34. Sin embargo, esta proximidad no excluye las diferencias, ya que el capítulo 8 del libro de Nehemías relata que los exiliados que regresaban a Jerusalén oyeron leer la Torá "en la lengua antigua", pero no la entendieron: hubo que traducirla.
Tú, Simón, vas a acompañarme hasta tus amigos leprosos ... Simón el Zelote es un antiguo leproso, curado por Jesús.
Estáis todos libres hasta el miércoles por la mañana. A la hora de la tercia, todos van a la Puerta Dorada. Esta puerta conduce directamente al Templo desde Betania y Getsemaní.
Mientras tanto, mi Madre y el niño van a una casa amiga en Ofel. Este barrio está al sur del Templo y, por tanto, al este de la ciudad.
¿Qué te parece, Felipe, que vayamos los dos a casa de Samuel? Probablemente Samuel, el prometido de Annalia.
Probablemente entra en la ciudad por la puerta cercana a la Torre Antonia. La Puerta de Piscis.