La muchedumbre comienza a fluir para separarse en tres partes: los enfermos, los pobres y los que sólo desean doctrina.
Entre estos últimos, dos — luego tres — parecen necesitar algo que no es ni salud ni dinero, pero que es más necesario que estas cosas: son una mujer y dos hombres. Miran, miran a los apóstoles sin atreverse a hablar. (...)
Jesús está ya dedicándose a los enfermos, y los gritos de hosanna de la multitud se intercalan entre cada uno de los milagros.
La mujer, que parece llena de pena, por fin se decide a tirar de la túnica a Juan, que está hablando con Andrés y sonríe; Juan se inclina hacia ella y le pregunta: «¿Qué quieres, mujer?».
«Quisiera hablar con el Maestro...».
«¿Tienes alguna dolencia? No eres pobre...».
«Ni tengo dolencias ni soy pobre, pero le necesito, porque hay enfermedades sin fiebre, como también miserias sin pobreza, y la mía... y la mía...» y se echa a llorar.
«Andrés, mira, esta mujer lleva una pena en su corazón y querría manifestársela al Maestro; ¿cómo podemos resolverlo?».
Andrés mira a la mujer y dice: «Claro, se tratará de algo que te duele manifestar...». La mujer asiente con la cabeza. Andrés prosigue: «No llores... Juan, preocúpate de que vaya a la parte de atrás de la tienda; yo llevaré allí al Maestro».
Juan, con su sonrisa, ruega a la gente que se abra para dejar paso. Andrés va, en dirección contraria, hacia Jesús.
Pero los dos hombres de aspecto afligido han observado este propósito y uno detiene a Juan y el otro a Andrés; poco después, tanto el uno como el otro están con Juan y la mujer detrás de la pared de ramajes que protege la tienda.
Andrés llega donde Jesús en el momento en que está curando al tullido, el cual levanta las muletas como si fueran dos trofeos, lozano como un bailarín, bendiciendo a gritos. Andrés susurra: «Maestro, detrás de nuestro cobertizo hay tres personas afligidas. Su angustia es por un asunto íntimo que no puede ser dado a conocer públicamente...».
«Bien. Todavía tengo a esta niña y a esta mujer. Luego voy. Ve a decirles que tengan fe».
Andrés se marcha (...)
Todas las expectativas de los enfermos han quedado satisfechas: ellos son los que más gritan entre la numerosa muchedumbre que aplaude al «Hijo de David, gloria de Dios y nuestra».
Jesús se dirige hacia el cobertizo.
Judas de Keriot grita: «¡Maestro!, ¿y éstos?».
Jesús se vuelve y dice: «Que esperen ahí; también serán consolados» y continúa su camino, con paso veloz, hacia la parte de atrás del entramado de ramajes, donde están, con Andrés y Juan, los tres afligidos. [Cristo escucha a estas tres personas, que se marchan satisfechas].
Jesús vuelve con la multitud, con los pobres, y distribuye, según su propio criterio, los óbolos. Ahora todos están satisfechos y Jesús puede hablar.