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Notas de la palabra clave

Judas de Keriot (apóstol)

Tema: ¿Quiénes son los apóstoles? · Página 18 de 28

Comodidad de lectura

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ECR 171

El Evangelio como me ha sido revelado

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Jesús sigue en los Cuernos de Hattin, continuando el Sermón de la Montaña. En primer lugar, el Señor nos recuerda que no cambia ni un ápice de la Ley, porque fue Él mismo quien la dio con la Santísima Trinidad. Sin embargo, Cristo la completa, sin sobrecargarla como hacen los hombres.

Después de definir al hombre santo, Cristo pasa a decir que quien siga uno de los mandamientos más pequeños será grande en el Reino de los Cielos y que quien viole uno de los Mandamientos será uno de los más pequeños en el Reino celestial. El Maestro advierte contra la justicia de los fariseos y escribas, y también advierte a la gente que tenga cuidado con los falsos profetas.

En la segunda parte, Jesús retoma el tema del amor al prójimo y da algunas de las características que encontramos en el Evangelio: amar y perdonar, poner la otra mejilla, pensar que es mejor ser golpeado que agredir a quien no puede soportarlo, etcétera. Nos invita a ser generosos, a dar nuestra túnica para que nuestro hermano no cometa un doble robo si alguien intenta robarnos algo. Por último, Cristo retoma el dicho: "Ojo por ojo, diente por diente" y lo sustituye por el amor, y nos anima a ser perfectos como nuestro Padre celestial, a no enfadarnos ni guardar rencor a nuestro prójimo, sino a reconciliarnos con él.

Cuando el Maestro termina su discurso, Jesús habla de alguien que le odia y no se atreve a pedirle un milagro. Pero cuando sus apóstoles le interrogan, les dice que las escamas se le han caído de los ojos, no del corazón.

ECR 172

El Evangelio como me ha sido revelado

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Jesús habla de juramentos, ayuno y oración. En su sermón, se detiene en la dificultad del hombre para ser honesto y en sus falsos juramentos: con demasiada frecuencia, el hombre es un perjuro, y quien exige un juramento no tiene él mismo mucha confianza en su prójimo. Cuando hacemos un juramento y juramos algo, invocando lo que nos es más querido, estamos engañando a nuestro prójimo: somos ladrones, sacrílegos, traidores y asesinos. Pero no engañamos a Dios, que es la Verdad misma. Por eso, Jesús anima a no jurar en falso, como en el Evangelio, y exhorta a no jurar sobre los muertos, ni sobre el cabeza de familia, ni sobre nuestro cuerpo, que pertenece a Dios. Que nuestro sí sea un sí y un no sea un no.

A continuación, Cristo insiste en rezar con el corazón, donde intentamos que no se nos note y donde no nos abruman los escrúpulos. Hay que dejar de contar las horas que pasamos en oración: no cuentan tanto las oraciones sin alma como las acciones y las palabras dichas con amor. Jesús dijo que podemos hacer cualquier cosa rezando: ya sea hacer una hogaza de pan o realizar nuestro trabajo, siempre que intentemos amar en todo. Tampoco debemos tener miedo de pedir, porque Dios es un Padre que vela por nosotros y por nuestras necesidades.

A continuación, el Maestro explicó por qué Dios puede no responder a nuestra oración. Puede que nos niegue un favor porque nos perjudicaría en el futuro. Por eso, a veces, Dios dice: "No puedo", porque en su Sabiduría ve que esa gracia, que ahora nos parece buena, más tarde nos perjudicaría.

Por último, Jesús aplica al ayuno lo que dice sobre la oración: no debemos alardear en público ni estar tristes, sino estar alegres y actuar como si hubiéramos comido bien. Ocultar este ayuno a los demás será un acto de heroísmo y Dios nos recompensará por no buscar la alabanza de los hombres. Además, quien ayuna por amor se alimenta de amor.

El Salvador despide entonces a la gente que escucha y acoge a dos pobres. Uno es Ismael, un hombre rechazado por su hija que quiere hacer su última Pascua; el otro es una mujer llamada Sarath que está enferma. Cura a Sarath y Jesús le pide que cuide del anciano. Cristo pregunta entonces a Simón el Zelote si puede confiárselos a Lázaro, ya que se trata de dos pobres hombres que no tienen nada, y Lázaro le asegura que sí. El episodio termina con el anciano adoptando felizmente una nueva hija y encontrando un nuevo protector.

ECR 174.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La gente va afluyendo sin interrupción. Sube por todos los lados.

Hay ancianos, personas sanas, enfermos, niños, recién casados que quisieran comenzar su vida con la bendición de la palabra de Dios, mendigos, gente bien situada (que llaman a los apóstoles para darles donativos para los necesitados; y tanto buscan un lugar escondido para ello, que parece que se estuvieran confesando).

Tomás ha cogido una de las alforjas de viaje y está echando en ella tranquilamente todo este tesoro de monedas, como si fuera comida para pollos; luego lo lleva todo junto a la piedra desde donde Jesús habla; y ríe alegre diciendo: «¡Mira qué bien, Maestro! ¡Hoy tienes para todos!».

Jesús sonríe y dice: «Vamos a empezar para que inmediatamente se alegren los que están tristes. Tú y los otros compañeros escoged a los enfermos y a los pobres y traedlos aquí delante».

Esta operación se realiza en un tiempo relativamente breve, pues se deben escuchar los casos de unos u otros; de todas formas, duraría mucho más sin la ayuda de Tomás, que, con su potente vozarrón, encima de una piedra para que le vean, grita: «Todos los que tengan padecimientos en su cuerpo que vayan a mi derecha, allí, a aquella sombra». A Tomás le imita Judas Iscariote — que también tiene una voz no común en cuanto a potencia y belleza — y a su vez grita: «Y todos los que crean tener derecho al óbolo que vengan aquí, alrededor de mí. Y atentos a no mentir porque el ojo del Maestro lee dentro de los corazones».

La muchedumbre comienza a fluir para separarse en tres partes: los enfermos, los pobres y los que sólo desean doctrina.

ECR 174.2-5.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La muchedumbre comienza a fluir para separarse en tres partes: los enfermos, los pobres y los que sólo desean doctrina.

Entre estos últimos, dos — luego tres — parecen necesitar algo que no es ni salud ni dinero, pero que es más necesario que estas cosas: son una mujer y dos hombres. Miran, miran a los apóstoles sin atreverse a hablar. (...)

Jesús está ya dedicándose a los enfermos, y los gritos de hosanna de la multitud se intercalan entre cada uno de los milagros.

La mujer, que parece llena de pena, por fin se decide a tirar de la túnica a Juan, que está hablando con Andrés y sonríe; Juan se inclina hacia ella y le pregunta: «¿Qué quieres, mujer?».

«Quisiera hablar con el Maestro...».

«¿Tienes alguna dolencia? No eres pobre...».

«Ni tengo dolencias ni soy pobre, pero le necesito, porque hay enfermedades sin fiebre, como también miserias sin pobreza, y la mía... y la mía...» y se echa a llorar.

«Andrés, mira, esta mujer lleva una pena en su corazón y querría manifestársela al Maestro; ¿cómo podemos resolverlo?».

Andrés mira a la mujer y dice: «Claro, se tratará de algo que te duele manifestar...». La mujer asiente con la cabeza. Andrés prosigue: «No llores... Juan, preocúpate de que vaya a la parte de atrás de la tienda; yo llevaré allí al Maestro».

Juan, con su sonrisa, ruega a la gente que se abra para dejar paso. Andrés va, en dirección contraria, hacia Jesús.

Pero los dos hombres de aspecto afligido han observado este propósito y uno detiene a Juan y el otro a Andrés; poco después, tanto el uno como el otro están con Juan y la mujer detrás de la pared de ramajes que protege la tienda.

Andrés llega donde Jesús en el momento en que está curando al tullido, el cual levanta las muletas como si fueran dos trofeos, lozano como un bailarín, bendiciendo a gritos. Andrés susurra: «Maestro, detrás de nuestro cobertizo hay tres personas afligidas. Su angustia es por un asunto íntimo que no puede ser dado a conocer públicamente...».

«Bien. Todavía tengo a esta niña y a esta mujer. Luego voy. Ve a decirles que tengan fe».

Andrés se marcha (...)

Todas las expectativas de los enfermos han quedado satisfechas: ellos son los que más gritan entre la numerosa muchedumbre que aplaude al «Hijo de David, gloria de Dios y nuestra».

Jesús se dirige hacia el cobertizo.

Judas de Keriot grita: «¡Maestro!, ¿y éstos?».

Jesús se vuelve y dice: «Que esperen ahí; también serán consolados» y continúa su camino, con paso veloz, hacia la parte de atrás del entramado de ramajes, donde están, con Andrés y Juan, los tres afligidos. [Cristo escucha a estas tres personas, que se marchan satisfechas].

Jesús vuelve con la multitud, con los pobres, y distribuye, según su propio criterio, los óbolos. Ahora todos están satisfechos y Jesús puede hablar.

ECR 174.11 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La gente está sentada, quién en la hierba, quién en gruesas piedras; otros están de pie. El colegio apostólico no está completo. Veo a Pedro y a Andrés, a Juan y a Santiago, y oigo llamar a otros dos, Natanael y Felipe. Luego hay otro, que está y no está en el grupo; quizás es el último llegado: le llaman Simón. Los otros no están, a menos que sea que no los veo entre la masa de gente.

Anotación

Contrariamente a las apariencias, este comentario es perfectamente coherente: Juan, Santiago, Pedro y Andrés fueron "vistos" el 25 de febrero de 1944. La visión del encuentro con Natanael y Felipe tuvo lugar el 13 de octubre de 1944, dos meses después de la escena aquí descrita, y la de Simón el Zelote, el 26 de octubre de 1944.

ECR 174.16 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Judas Iscariote está en un ángulo, pensativo. Jesús le llama; tres veces, porque no oye. Al final se vuelve: «¿Me querías, Maestro?».

«Sí; ve tú también a comer y a ayudar a tus compañeros».

«No tengo hambre, como tampoco Tú».

«Yo tampoco, pero por motivos opuestos. ¿Estás preocupado, Judas?».

«No, Maestro. Cansado...».

«Ahora vamos a ir al lago y luego a Judea, Judas. Y donde tu madre. Te lo prometí...».

Judas se reanima. «¿Vas a ir realmente conmigo solo?».

«¡Sí, hombre! Ámame, Judas. Quisiera que mi amor estuviera en ti hasta preservarte de todo mal».

«Maestro... soy hombre; no soy ángel; tengo momentos de cansancio. ¿Es pecado tener necesidad de dormir?».

«No, si duermes sobre mi pecho. Mira allá, qué feliz se ve a la gente, y qué alegre es el paisaje desde aquí. Pero también debe ser muy bonita Judea en primavera».

«Preciosa, Maestro; sólo allí, en las alturas de las montañas, que superan a las de aquí, es más tardía. Hay flores preciosas. Los pomares son un esplendor. El mío, atendido en particular por mi madre, es uno de los más bonitos. Créeme que verla pasear por él, con las palomas corriendo detrás esperando el grano, aplaca el corazón».

«Lo creo. Si mi Madre no se siente demasiado cansada, me gustaría llevarla a que viera a la tuya. Se querrían, porque son buenas las dos».

Judas, seducido por esta idea, se sosiega, y, olvidándose de “no tener hambre y de estar cansado”, corre adonde sus compañeros riendo alegre, y, siendo alto como es, desata los nudos más altos sin dificultad, y come su pan y sus aceitunas, alegre como un niño.

Jesús le mira con compasión y luego se dirige hacia los apóstoles.

Detalle

María Magdalena irrumpió en el Monte de las Bienaventuranzas. Era entonces una gran pecadora. Después de que Jesús le hablara, se marchó furiosa. Después de su discurso, Jesús fue a ver a Judas.

Anotación

Te lo prometí: Recordatorio de la promesa hecha a Judas en EMV 139.1.

Sólo que allá en las montañas, que son más altas que aquí, la primavera llega más tarde. Exactamente: la diferencia es de 3 o 4 semanas.

Si mi madre no está demasiado cansada, me encantaría llevarla a la tuya. Se querrían, porque las dos son buenas personas. Jesús quiere asociar a las dos madres que tanto tendrán que sufrir.

ECR 175.3.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La gente se arremolina en torno al Maestro. Es un círculo que bajo ningún concepto quiere abrirse. Pero, entretanto, el Sol se ha ocultado y comienza el reposo del sábado. Los centros habitados están lejos. De todas formas, la gente no echa de menos ni el pueblo ni la comida ni nada. No sucede lo mismo con los apóstoles, y se lo comentan a Jesús. También los discípulos ancianos están preocupados. Hay mujeres y niños, y, si bien la temperatura de la noche es moderada y la hierba de los campos está blanda, las estrellas no son pan ni se transforman en alimentos las piedras de las laderas.

Jesús es el único que se lo toma con tranquilidad. La gente, mientras, come lo que les había sobrado, sin mayores problemas. Jesús llama la atención de los discípulos sobre este hecho: «¡En verdad os digo que éstos están más adelantados que vosotros! Mirad con qué despreocupación consumen todo lo que tienen. Les he dicho: “El que no sea capaz de creer que mañana Dios dará el alimento a sus hijos que se retire”, y se han quedado aquí. Dios no desmentirá a su Mesías ni defraudará a quien en Él espera».

Los apóstoles se encogen de hombros y ya no se ocupan de nada más. (...)

[El escriba Juan vino en su ayuda y Jesús dijo:]

«¿Y ahora qué tengo que deciros por vuestra incredulidad? ¿No ha puesto, acaso, el Padre pan para todos nosotros en las manos de una persona que, por su casta, está contra mí? ¡Oh, hombres de poca fe!... Id, id allí, al mullido heno y dormid. Yo voy a orar al Padre para que abra vuestros corazones y para darle las gracias por su bondad. Paz a vosotros».

Detalle

Aunque no se nombra específicamente a ninguno de ellos, los Doce están presentes en este capítulo. Ante su falta de fe y confianza en la Providencia del Padre para alimentar a la multitud, Jesús les dice esto en EMV 175.5, después de que el escriba Juan acuda en su ayuda.

ECR 176.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús, durante la noche, subiendo por el monte, se ha alejado bastante. La aurora le muestra erguido sobre el borde de un despeñadero. Pedro le ve y se lo indica a sus compañeros. Se encaminan hacia arriba en dirección a Él.

«Maestro — preguntan bastantes de ellos — ¿por qué no has venido con nosotros?».

«Necesitaba orar».

«Pero también tienes mucha necesidad de descansar».

«Amigos, durante la noche una voz venida del Cielo pedía oración por los buenos y por los malos, y también por mí mismo».

«¿Por qué? ¿Es que acaso la necesitas?».

«Como los demás. Mi fuerza se nutre de oración; mi alegría, de hacer lo que mi Padre quiere. El Padre me ha dicho dos nombres de personas, y, para mí, un hecho doloroso. Estas tres cosas tienen necesidad de oración».

Jesús está muy triste. Mira a los suyos con una mirada que parece suplicar o querer preguntar algo; se posa en éste o en aquél y, finalmente, en Judas Iscariote, y en él se detiene.

El apóstol lo nota y pregunta: «¿Por qué me miras así?».

«No te veía a ti. Mis ojos contemplaban otra cosa...».

«¿Y qué es?...».

«La naturaleza del discípulo. Todo el bien y el mal que un discípulo puede dar a su Maestro y hacer por Él. Pensaba en los discípulos de los Profetas y en los de Juan; y en los míos. Y rogaba por Juan, por los discípulos y por mí...».

«Esta mañana estás triste y cansado, Maestro. Manifiesta tu pesar a quien te ama». Es Santiago de Zebedeo el que le invita a expresarse.

«Sí, dínoslo; que, si se puede hacer algo para aliviártelo, lo haremos» dice Judas, el primo de Jesús.

Pedro habla con Bartolomé y Felipe, pero no comprendo lo que dicen.

Jesús responde: «Sed buenos, esforzaos por ser buenos y fieles: ése será mi consuelo. No existe ningún otro, Pedro, ¿comprendes?; abandona esa sospecha. Queredme. Quereos. No os dejéis seducir por quien me odia. Amad sobre todo la voluntad de Dios».

«¡Sí, pero, si todo viene de ella, también de ella vendrán nuestros errores!» exclama Tomás con aire de filósofo.

«¿Tú crees? No es así.

176.2

Pero... vamos, que muchos se han despertado ya y están mirando hacia aquí. Vamos a bajar. Santifiquemos el día santo con la palabra de Dios».