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Notas del tema

Personajes del universo invisible

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ECR 74.7-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

74.7 Jesús abre los brazos. Judas, viendo este gesto, dice: «¡No hables! ¡No es prudente!».

Mas Jesús llena la plaza de su voz potente: «¡Hombres de Judá, hombres de Belén, escuchad! ¡Oíd vosotras, mujeres de esta tierra sagrada para Raquel! ¡Oíd a Uno que viene de David; que, habiendo sido perseguido, ha sufrido; que, constituido digno de hablar, habla para comunicaros luz y consuelo! ¡Oíd!».

La gente deja de vocear, reñir, comprar, y se arremolina.

«¡Es un rabí!».

«Seguro que viene de Jerusalén».

«¿Quién es?».

«¡Qué apuesto!».

«¡Qué voz!».

«¡Qué ademanes!».

«¡Claro, si es de la estirpe de David...!».

«¡Nuestro, entonces!».

«¡Oigamos, oigamos!».

Toda la plaza está ahora contra la pequeña escalera, que parece un púlpito.

«El Génesis dice: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer... ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su calcañar”. Y también: “Yo multiplicaré tus afanes y tus embarazos... y la tierra producirá abrojos y espinas”. Ésta es la condena del hombre, de la mujer y de la serpiente.

Habiendo venido de lejos a venerar la tumba de Raquel, he oído en el viento de la tarde, en el rocío de la noche, en el llanto del ruiseñor por la mañana, el sollozo de la Raquel de antaño, repetido por bocas y bocas de madres de Belén en la clausura de las tumbas o de los corazones. He oído el dolor de Jacob clamando en el dolor de los viudos, ya sin esposa porque el dolor la mató... Yo lloro con vosotros. Oíd, hermanos de mi tierra. Belén, tierra bendita, la más pequeña de las ciudades de Judá, pero la más grande ante los ojos de Dios y de la humanidad por ser cuna del Salvador, como dice Miqueas, precisamente por ser tal, por estar destinada a ser el tabernáculo sobre el cual habría de posarse la Gloria de Dios, el Fuego de Dios, su Encarnado Amor, ha hecho que se desencadenara el odio de Satanás.

“Pondré enemistad entre ti y la mujer. Ella te tendrá bajo su pie y tú acecharás su calcañar”. ¿Qué mayor enemistad que la que mira a los hijos, corazón del corazón de la mujer? Y ¿qué pie más fuerte que el de la Madre del Salvador? He aquí por tanto que fue natural la venganza del Satanás vencido, el cual, no, no contra el calcañar, sino contra el corazón de las madres, por la Madre, lanzó su asechanza.

¡Oh, multiplicados afanes de la pérdida de los hijos después de haberlos dado a luz! ¡Oh, tremendos abrojos del haber sembrado y sudado por la prole, y seguir siendo padre pero ya sin prole! No obstante, ¡regocíjate, Belén! Tu sangre más pura, la sangre de los inocentes, ha abierto camino de llama y púrpura al Mesías...».

74.8 La multitud, que, desde que Jesús ha nombrado al Salvador y luego a la Madre del mismo, ha ido progresivamente inquietándose, ahora muestra un indicio más claro de agitación.

«Calla, Maestro» dice Judas «y vámonos».

Pero Jesús no le escucha. Continúa: «... al Mesías salvado de los tiranos por el Padre-Dios para conservárselo al pueblo para su salvación y...».

Una estridente voz de mujer grita: «¡Cinco, cinco había dado a luz y ahora no hay ninguno en mi casa! ¡Pobre de mí!» y grita histéricamente.

Es el comienzo del alboroto.

Otra mujer se revuelca en el polvo, se desgarra el vestido, muestra un pecho con el pezón mutilado, y grita: «¡Aquí, aquí, en esta mama me degollaron a mi primogénito! La espada le cortó la cara junto con mi pezón. ¡Oh, mi Eliseo!».

«¿Y yo? ¿Y yo? ¡Ahí está mi mansión!: tres tumbas en una, veladas por el padre. Marido e hijos juntos. ¡Ahí, ahí está!... Si está entre nosotros el Salvador, que me devuelva a mis hijos, que me devuelva a mi esposo, que me salve de la desesperación, de Belcebú».

Gritan todos: «¡Nuestros hijos, los maridos, los padres! ¡Que nos los devuelva, si está entre nosotros!».

Jesús mueve los brazos imponiendo silencio. «Hermanos de mi tierra, Yo querría devolver a vuestra carne, sí, incluso a vuestra carne, los hijos. Pero Yo os digo: sed buenos, resignados; perdonad, tened esperanza, alegraos en una esperanza, regocijaos en una certeza. Pronto volveréis a tener a vuestros hijos, como ángeles en el Cielo, porque el Mesías en seguida abrirá las puertas de los Cielos, y, si sois justos, la muerte será Vida que viene, y Amor que vuelve...».

«¡Ah!, ¿eres Tú el Mesías? En nombre de Dios, dilo».

Jesús baja los brazos con ese gesto suyo tan dulce, tan manso, que parece un abrazo, y dice: «Lo soy».

«¡Fuera! ¡Fuera! ¡Por tu culpa, entonces!».

Vuela una piedra entre silbidos y befas.

74.9 Judas reacciona con una hermosa acción — ¡ah, si siempre hubiera sido así! — ... Se mete delante del Maestro, erguido sobre la pequeña pared del balconcito, con el manto abierto, y recibe impertérrito las pedradas, sangrando incluso, y les dice a Juan y a Simón chillando: «Llevaos a Jesús. Detrás de esos árboles. Yo os alcanzo. ¡Vamos! ¡En nombre del Cielo!», y a la multitud: «¡Perros rabiosos! Soy del Templo. Os denunciaré ante el Templo y ante Roma».

La multitud, por un instante, tiene miedo. Pero luego sigue con la apedrea; por suerte, con poca puntería. Y Judas la recibe impertérrito, respondiendo con contumelias a las maldiciones de la multitud; es más, coge al vuelo una piedra y se la tira a la cabeza a un viejecito que chilla como una urraca desplumada viva. Y, dado que intentan asaltar su pedestal, rápido recoge una rama seca que hay en el suelo (ya no está encima del pequeño muro) y la hace rotar sobre las espaldas, cabezas, manos, sin piedad.

Acuden soldados haciéndose paso con las lanzas. «¿Quién eres? ¿Por qué esta trifulca?».

«Un judío agredido por estos plebeyos. Estaba conmigo un rabí conocido por los sacerdotes, que estaba hablándoles a estos perros. Se han exaltado y nos han agredido».

«¿Quién eres?».

«Judas de Keriot. He pertenecido al Templo, ahora soy discípulo del Rabí Jesús de Galilea. Soy amigo del fariseo Simón, del saduceo Jocanán, del consejero del Sanedrín José de Arimatea, y... — esto lo puedes comprobar — de Eleazar ben Anás, el gran amigo del Procónsul».

«Lo comprobaré. ¿A dónde vas?».

«Con mi amigo a Keriot, y luego a Jerusalén».

«Ve. Te guardaremos las espaldas».

Judas le ofrece algunas monedas al soldado. Debe ser una cosa ilícita... pero habitual, porque el soldado lo toma rápido y cauto, saluda y sonríe. Judas baja de su podio de un brinco. Va a saltos por el campo baldío, alcanza a sus compañeros.

«¿Estás muy herido?».

«No es nada, Maestro. ¡Además, por ti!... No obstante, yo también he dado. Debo estar todo sucio de sangre...».

«Sí, en la mejilla. Aquí hay un hilo de agua».

Juan moja un pequeño pedazo de tela y lava la mejilla de Judas.

«Lo siento, Judas... Pero mira... aun diciéndoles a ellos que éramos judíos, según tu sentido práctico...».

«Son unos animales. Creo que te habrás persuadido, Maestro, y que no insistirás».

«¡Oh, no! No por miedo, sino porque es inútil por ahora. Cuando no nos quieren no se maldice, sino que uno se retira rogando por los pobres locos que se mueren de hambre y no ven el Pan. Vamos por este camino solitario. Creo que se puede tomar el camino de Hebrón... Vamos donde los pastores, si los encontramos».

«¿A llevarnos otras pedradas?».

«No. A decirles: “Soy Yo”».

«¡Entonces... por supuesto nos pegan de palos! ¡Sufren por tu causa desde hace treinta años!...».

«Veremos».

Van por un tupido bosquecito, sombrío, fresco, y los pierdo de vista.

Detalle

Jesús llegó a las ruinas de la casa de Ana. Entonces decidió hablar a los habitantes de Belén, que habían perdido a sus hijos en la matanza de los Inocentes.

ECR 76

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Elías, Leví, José, Jesús, Juan, Simón el Zelote y Judas se acercan a Yutta. Cristo tiene intención de ir a Hebrón para rezar sobre los huesos de Samuel y Zacarías, pero antes da prioridad a Isaac, porque siempre debemos ocuparnos de los que sufren. Rezar por nuestros muertos también es importante, pero ellos ya están en paz si eran justos.

Después de hablar de la diferencia entre el hombre y el animal, de la comunión de los santos y del vínculo entre los muertos y los vivos, Jesús y sus amigos llegan a Yutta. Elías se adelanta para ver a Isaac, diciéndole que Jesús quiere verle y diciéndole que venga. El pastor, que estaba lisiado y paralítico, se curó inmediatamente y fue a ver al Salvador lo antes posible.

Allí le adoró y le llevó a una familia de Yutta que se había hecho cargo de él. Son un matrimonio con cuatro hijos: se llaman María, José, Emmanuel y el último aún no tiene nombre. La pequeña familia cree en el Mesías y le invita a circuncidar a su hijo recién nacido. Jesús decide que se llamará Jesai. El sacerdote que acudió a realizar la ceremonia prestó poca atención al Señor y sus invitados se sintieron mortificados, pero él los tranquilizó y consoló. Invita a Juan a mostrar la oveja a José y a Emmanuel. La pequeña María permanece junto a Jesús y él la invita a ser tan buena como su Madre. La niña acepta inmediatamente y le habla con familiaridad. Retirado por Judas, Jesús le dice que lo deje, porque los inocentes son su alegría y sólo ellos pueden pronunciar su nombre con la misma pureza que su Madre.

ECR 76.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

76.5 «Allí está Jesús» dice Elías señalándole. «Aquél alto, hermoso, rubio, vestido de blanco, con el manto rojo...».

Isaac corre, abre el rebaño que pace, y con un grito de triunfo, de alegría, de adoración, se postra a los pies de Jesús.

«Levántate, Isaac. He venido a traerte paz y bendición. Levántate, que quiero saber cómo es tu rostro».

Pero Isaac no puede levantarse. Han sido demasiadas emociones juntas. Se queda, con su feliz llanto, contra el suelo.

«Has venido inmediatamente. No te has preguntado si podías...».

«Tú me has dicho que viniera... y he venido».

«Ni siquiera ha cerrado la puerta, ni ha recogido las limosnas, Maestro».

«No importa. Los ángeles estarán en su casa vigilando.».

Detalle

Jesús acaba de curar a Isaac a distancia, e Isaac corre a su encuentro.

Palabras clave

ECR 80

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús llega al Lugar de la Tentación, acompañado de Juan, Judas y Simón el Zelote. Es un lugar desolado. Judas pensaba que sólo había estado allí unas horas, pero el Señor le demostró que estaba equivocado. Le explicó que había ido allí para preparar su Misión. El Iscariote pensó que había estado con algunos maestros y rabinos, pero ¿quién podía enseñar algo a la Palabra de Dios?

Jesús explicó entonces que los hombres tienen un destino y que deben elegir entre el Amigo o Satanás. Por último, sugirió a los apóstoles que se quedaran aquí unos días para enseñarles el poder de la penitencia. Juan y Simón el Zelote aceptaron de buen grado. Judas se mostró menos entusiasta, pero no se atrevió a marcharse.

Al cabo de unos días, la visión de María continuó. Jesús explicó que su estancia en el desierto había durado cuarenta días y había tenido lugar durante el invierno. Explicó su bautismo, dado por Juan, y luego la Tentación del Diablo. En particular, habla de su naturaleza de Dios-Hombre y responde también a la pregunta de Judas sobre si pudo o no ser tentado. Al final de su discurso, pide a los discípulos que no hablen a María de la hostilidad del mundo hacia Jesús. Ella sufriría demasiado...

ECR 80.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Las dos potencias enemigas son Satanás y la carne. En la carne incluyo la vuestra y la del mundo, o sea, las pompas y seducciones del mundo, o sea, la riqueza, las fiestas, los honores, el poder que del mundo y en el mundo se tienen, y que no siempre se tienen honradamente, y menos aún se saben usar honradamente si por un complejo de causas el hombre llega a esas cosas.

Satanás, maestro de la carne y del mundo, también habla a través de éste y de la carne; también él tiene sus reglas... ¡Oh, que si las tiene!... Y — dado que el yo está envuelto en carne y la carne tiende a la carne como las limaduras de hierro tienden hacia el imán, y, dado que el canto del Seductor es más dulce que el gorgorito del ruiseñor en celo entre rayos de luna y perfume de rosales — es más fácil ir hacia estas reglas, volverse hacia estas potencias, decirles: “Os considero amigas, entrad”. Entrad... ¿habéis visto alguna vez a un aliado que permanezca siempre honesto, sin pedir el ciento por uno a cambio de la ayuda prestada? Así hacen esas potencias. Entran... Y se hacen las dueñas. ¿Dueñas? No: cómitres. Os atan, ¡oh hombres!, a su banco de galera, os encadenan ahí, no os dejan alzar ya el cuello de su yugo, y su látigo os llena de surcos de sangre, si tratáis de huir de ellas: o dejarse herir hasta llegar a ser un amasijo de carne hecha pedazos (tan inútil, como carne, que hasta su cruel pie la desprecia), o morir bajo ellas.

Si sabéis proporcionaros ese martirio, proporcionaros ese martirio, entonces pasa la Misericordia, la Única que todavía puede tener piedad de esa repugnante miseria de la cual el mundo — uno de sus dueños — siente ahora asco y contra la cual el otro dueño, Satanás, envía sus flechas de venganza. Y la Misericordia, la Única que pasa, se agacha, la recoge, la atiende, la vuelve a sanar y le dice: “Ven, no temas, no te mires porque tus llagas, a pesar de haber cicatrizado ya, son tan innumerables que te causarían horror por lo mucho que te afean. Yo no te las miro, miro tu voluntad; por esa voluntad buena estás marcada así. Por eso Yo te digo: Te amo, ven conmigo”... Y la lleva a su Estado. Entonces podéis entender que Misericordia y Rey amigo son una misma persona. Halláis de nuevo las reglas que Él os había mostrado y que vosotros no habías querido seguir. Ahora lo deseáis... y llegáis a la paz: de la conciencia, primero; a la paz de Dios, después.

ECR 80.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Yo necesito arrancar dos almas a Satanás. Sólo la penitencia lo puede. Os pido ayuda. Supondrá una formación también para vosotros. Aprenderéis cómo se arrebatan las presas a Satanás: no tanto con las palabras cuanto con el sacrificio... ¡Las palabras!... El estrépito satánico impide oírlas... Toda alma en manos del Enemigo se encuentra envuelta en torbellinos de voces infernales...

ECR 80.8-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« (...) Oíd. Una vez hubo uno, un hombre, que me preguntó si había sido tentado alguna vez; que me preguntó si no había pecado nunca; que me preguntó si, en la tentación, no había cedido nunca; y que se maravilló porque Yo, el Mesías, había solicitado, para resistir, la ayuda del Padre diciendo: “Padre, no me dejes caer en la tentación”».

Jesús habla despacio, con calma, como si estuviera narrando un hecho desconocido para todos... Judas baja la cabeza como cohibido, pero los otros están tan centrados en mirar a Jesús que eso les pasa desapercibido.

Jesús continúa: «Ahora vosotros, mis amigos, podréis saber lo que sólo atisbó aquel hombre. Después del bautismo — estaba limpio, pero no se está nunca suficientemente limpio respecto al Altísimo, y la humildad de decir “soy hombre y pecador” es ya bautismo que hace limpio al corazón — vine aquí. Me había llamado “el Cordero de Dios” aquel que — santo y profeta — veía la Verdad y veía bajar al Espíritu sobre el Verbo y ungirle con su crisma de amor, mientras la voz del Padre llenaba los cielos de su sonido diciendo: “He aquí a mi Hijo muy amado en quien me he complacido”. Tú, Juan, estabas presente cuando el Bautista repitió las palabras... Después del bautismo, a pesar de estar limpio por naturaleza y limpio por figura, quise “prepararme”. Sí, Judas; mírame, que mi ojo te diga lo que aún calla la boca. Mírame, Judas. Mira a tu Maestro, que no se sintió superior al hombre por ser el Mesías y que, antes bien, sabiendo que era el Hombre, quiso serlo en todo, excepto en condescender al mal. Eso es. Así».

Ahora Judas ha levantado la cara y mira a Jesús, que está frente a él. La luz de las estrellas hace brillar los ojos de Jesús como si fueran dos estrellas fijas en un pálido rostro.

80.9 «Para prepararse a ser maestro, hay que haber sido escolar. Yo, como Dios, sabía todo, con mi inteligencia, incluso, Yo podía comprender las luchas del hombre, por poder intelectivo e intelectualmente. Pero un día algún pobre amigo mío, algún pobre hijo mío, habría podido decir y decirme: “Tú no sabes qué es ser hombre y tener sentido y pasiones”. Habría sido un reproche justo. Vine aquí, o mejor, allí, a aquel monte, para prepararme... no sólo a la misión... sino también a la tentación. ¿Veis? Aquí, donde vosotros estáis, Yo fui tentado. ¿Por quién? ¿Por un mortal? No. Demasiado débil habría sido su poder. Fui tentado por Satanás directamente.

Estaba agotado. Hacía cuarenta días que no comía... Pero, mientras había estado sumergido en la oración, todo se había anulado en la alegría que significa el hablar con Dios; más que anulado, se había hecho soportable. Lo sentía como una molestia de la materia, circunscrito a la sola materia... Luego volví al mundo... a los caminos del mundo... y sentí las necesidades de quien está en el mundo: tuve hambre, tuve sed, sentí el frío punzante de la noche desértica, sentí el cuerpo agotado por la falta de descanso y de lecho y por el largo camino recorrido en condiciones de debilidad tal, que me impedían continuar...

Porque Yo también tengo una carne, amigos, una verdadera carne, sujeta a las mismas debilidades que tiene toda carne, y con la carne tengo un corazón. Sí. Del hombre he tomado la primera y la segunda de las tres partes que le constituyen. He tomado la materia con sus exigencias y lo moral con sus pasiones. Y, si por voluntad propia he doblegado en el momento de su nacimiento todas las pasiones no buenas, he dejado que crecieran poderosas como cedros seculares las santas pasiones del amor filial, del amor patrio, de las amistades, del trabajo, de todo lo que es óptimo y santo. Aquí sentí nostalgia de mi Madre lejana, aquí sentí necesidad de que Ella prodigara sus cuidados a mi fragilidad humana, aquí sentí renovarse el dolor de haberme separado de la Única que me amaba perfectamente, aquí presentí el dolor que me está reservado y el dolor de su dolor; pobre Mamá, se le agotarán las lágrimas de tantas como deberá esparcir por su Hijo y por obra de los hombres. Aquí sentí el cansancio del héroe y del asceta que en una hora de premonición se hace conocedor de la inutilidad de su esfuerzo... Lloré... La tristeza... reclamo mágico para Satanás. No es pecado estar tristes si la hora es penosa, es pecado ceder más allá de la tristeza y caer en inercia o desesperación. Y Satanás en seguida acude cuando ve a uno caído en languidez de espíritu.

Vino. Bajo apariencia de benigno viandante. Toma siempre formas benignas... Yo tenía hambre... y tenía mis treinta años en la sangre. Me ofreció su ayuda. En primer lugar me dijo: “Di a estas piedras que se conviertan en pan”. Pero antes... sí... antes me había hablado de la mujer... ¡Oh, él sabe hablar de ella, la conoce a fondo! La corrompió primero, para hacerla su aliada de corrupción. No soy sólo el Hijo de Dios, soy Jesús, el obrero de Nazaret. A aquel hombre que me hablaba, preguntándome si conocía tentación, y casi me acusaba de ser injustamente beato por no haber pecado, le dije: “El acto se aplaca en la satisfacción. La tentación rechazada no cae, sino que se hace más fuerte, y a ello concurre Satanás azuzándola”. Rechacé la tentación tanto del hambre de la mujer como del hambre del pan. Y debéis saber que Satanás me presentaba la primera — y no estaba equivocado, humanamente hablando — como la mejor aliada para afirmarse en el mundo.

La Tentación — no vencida por mi respuesta: “no sólo de sentido vive el hombre” — me habló entonces de mi misión. Quería seducir al Mesías después de haber tentado al Joven, y me incitó a aniquilar a los indignos ministros del Templo con un milagro... No se rebaja el milagro, llama del cielo, a hacer de él un círculo de mimbre con que coronarse... No se tienta a Dios pidiendo milagros para fines humanos. Esto quería Satanás. El motivo presentado era el pretexto, la verdad era: “Gloríate de ser el Mesías”; para llevarme a la otra concupiscencia, la del orgullo.

No vencido por mi “no tentarás al Señor tu Dios”, me insidió con la tercera fuerza de su naturaleza: el oro. ¡Oh, el oro! Gran cosa el pan y mayor aún la mujer, para quien anhela el alimento o el placer; grandísima cosa es para el hombre la aclamación de las multitudes... Por estas tres cosas, ¡cuántos delitos se cometen! ¡Ah!, pero el oro... el oro... llave que abre, círculo que suelda, es el alfa y el omega de noventa y nueve de cada cien de las acciones humanas. Por el pan y la mujer, el hombre se hace ladrón; por el poder, homicida incluso; pero por el oro se hace idólatra. Satanás, el rey del oro, me ofreció su oro a condición de que le adorase... Le traspasé con las palabras eternas: “Adorarás sólo al Señor tu Dios”.

Aquí, aquí sucedió esto».

80.10 Jesús se ha puesto en pie. En el marco de la naturaleza llana que le circunda y de la luz ligeramente fosforescente que llueve de las estrellas, parece más alto que de costumbre. También los discípulos se levantan. Jesús sigue hablando, mirando fija e intensamente a Judas.

«Entonces vinieron los ángeles del Señor... El Hombre había vencido la triple batalla. El hombre sabía qué quería decir ser hombre, y había vencido; estaba exhausto, la lucha había sido más agotadora que el largo ayuno... Mas el espíritu descollaba en gran medida... Yo creo que ante este completarme como criatura dotada de cognición se estremecieron los Cielos. Yo creo que desde ese momento vino a mí el poder de milagros. Había sido Dios. Yo me había hecho el Hombre. Ahora, venciendo al animal que estaba unido a la naturaleza del hombre, he aquí que Yo era el Hombre-Dios, lo soy. Como Dios todo lo puedo, como Hombre todo lo conozco. Haced también vosotros como Yo si queréis hacer lo que Yo hago, y hacedlo en memoria mía.

Aquel hombre se maravillaba de que hubiera solicitado la ayuda del Padre, y de que le hubiera rogado que no me dejara caer en tentación, es decir, que no me dejara a merced de la Tentación más allá de mis fuerzas. Creo que aquel hombre, ahora que sabe, ya no se asombrará. Actuad también vosotros así, en memoria mía y para vencer como Yo, y no dudéis nunca viéndome fuerte en todas las tentaciones de la vida, victorioso en las batallas de los cinco sentidos, del sentido y del sentimiento, sobre mi naturaleza de verdadero Hombre (la que tengo además de mi naturaleza de Dios). Recordad todo esto.

80.11 Os había prometido llevaros a donde hubierais podido conocer al Maestro... desde el alba de su día (un alba pura como esta que está naciendo) hasta el mediodía de su vida, aquél del cual me alejé para ir hacia mi humana tarde... Le dije a uno de vosotros: “Yo también me he preparado”; ahora veis que era verdad.

Os doy las gracias por haberme hecho compañía en este retorno al lugar natal y al lugar penitencial. Los primeros contactos con el mundo me habían nauseado y desilusionado; es demasiado feo. Ahora mi alma está nutrida de la médula del león: de la fusión con el Padre en la oración y en la soledad. Puedo volver al mundo para coger de nuevo mi cruz, mi primera cruz de Redentor, la del contacto con el mundo, con el mundo en el que demasiado pocas son las almas cuyo nombre es María, cuyo nombre es Juan...

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Resumen: Lección sobre la tentación de Cristo. En ella se aborda el tema de Satanás, la tentación del Señor, el hecho de que es el Hombre-Dios y, por lo tanto, el Hijo del Hombre...

Anotación

Mateo 3, 13-17 y 4, 1-11: Entonces apareció Jesús. Había venido desde Galilea hasta el Jordán, junto a Juan, para que él lo bautizara. Juan quería impedírselo y le decía: «¡Soy yo quien necesita que tú me bautices, y eres tú quien viene a mí!». Pero Jesús le respondió: «Déjalo así por ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia». Entonces Juan lo dejó hacer. En cuanto Jesús fue bautizado, salió del agua, y he aquí que se abrieron los cielos: vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y posarse sobre él. Y desde los cielos se oyó una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis delicias».

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Tras ayunar cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.

El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes». Pero Jesús respondió: «Está escrito: El hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Entonces el diablo lo llevó a la Ciudad Santa, lo puso en lo alto del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque está escrito: Él dará órdenes a sus ángeles a tu favor, y: Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Jesús le respondió: «También está escrito: No pondrás a prueba al Señor tu Dios».

El diablo lo llevó de nuevo a una montaña muy alta y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria. Le dijo: «Todo esto te lo daré si, postrándote a mis pies, me rindes culto». Entonces Jesús le dijo: «¡Apártate, Satanás! Porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo le rendirás culto”».

Entonces el diablo lo abandonó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.

Marcos 1, 9-13

En aquellos días, Jesús vino de Nazaret, ciudad de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y, al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu descendía sobre él como una paloma. Se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo mis delicias». » Inmediatamente, el Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde permaneció cuarenta días, tentado por Satanás. Vivía entre las bestias salvajes, y los ángeles le servían.

Lucas 3, 21-22 y 4, 1-13: Mientras todo el pueblo se hacía bautizar y, tras haber sido bautizado también él, Jesús oraba, se abrió el cielo. El Espíritu Santo, en forma corporal, como una paloma, descendió sobre Jesús, y se oyó una voz que venía del cielo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti encuentro mi alegría».

Jesús, lleno del Espíritu Santo, salió de las orillas del Jordán; impulsado por el Espíritu, fue llevado por el desierto, donde, durante cuarenta días, fue tentado por el diablo. No comió nada durante esos días y, cuando se cumplió ese tiempo, tuvo hambre.

Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena a esta piedra que se convierta en pan». Jesús respondió: «Está escrito: El hombre no vive solo de pan».

Entonces el diablo lo llevó a un lugar más alto y le mostró en un instante todos los reinos de la tierra. Le dijo: «Te daré todo este poder y la gloria de estos reinos, pues a mí me ha sido entregado y lo doy a quien quiero. Así pues, si te postras ante mí, todo esto será tuyo». Jesús le respondió: «Está escrito: “Al Señor tu Dios te postrarás, y solo a él rendirás culto”».

A continuación, el diablo lo llevó a Jerusalén, lo colocó en lo alto del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate desde aquí abajo; pues está escrito: “Él ordenará a sus ángeles que te protejan; y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”». Jesús le respondió: «Está escrito: “No pondrás a prueba al Señor tu Dios”».

Habiendo agotado así todas las formas de tentación, el diablo se alejó de Jesús hasta el momento señalado.

Juan 1, 29-34: Al día siguiente, al ver a Jesús que venía hacia él, Juan exclamó: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; de él es de quien dije: “El que viene detrás de mí me ha precedido, porque existía antes que yo”. Y yo no lo conocía; pero si he venido a bautizar con agua, es para que se manifieste a Israel». Entonces Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo como una paloma y posarse sobre él. Y yo no lo conocía; pero aquel que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio: este es el Hijo de Dios».

ECR 80.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La tristeza... reclamo mágico para Satanás. No es pecado estar tristes si la hora es penosa, es pecado ceder más allá de la tristeza y caer en inercia o desesperación. Y Satanás en seguida acude cuando ve a uno caído en languidez de espíritu.

Palabras clave

ECR 80.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Vino. Bajo apariencia de benigno viandante. Toma siempre formas benignas... Yo tenía hambre... y tenía mis treinta años en la sangre. Me ofreció su ayuda. En primer lugar me dijo: “Di a estas piedras que se conviertan en pan”. Pero antes... sí... antes me había hablado de la mujer... ¡Oh, él sabe hablar de ella, la conoce a fondo! La corrompió primero, para hacerla su aliada de corrupción. No soy sólo el Hijo de Dios, soy Jesús, el obrero de Nazaret. A aquel hombre que me hablaba, preguntándome si conocía tentación, y casi me acusaba de ser injustamente beato por no haber pecado, le dije: “El acto se aplaca en la satisfacción. La tentación rechazada no cae, sino que se hace más fuerte, y a ello concurre Satanás azuzándola”. Rechacé la tentación tanto del hambre de la mujer como del hambre del pan. Y debéis saber que Satanás me presentaba la primera — y no estaba equivocado, humanamente hablando — como la mejor aliada para afirmarse en el mundo.

La Tentación — no vencida por mi respuesta: “no sólo de sentido vive el hombre” — me habló entonces de mi misión. Quería seducir al Mesías después de haber tentado al Joven, y me incitó a aniquilar a los indignos ministros del Templo con un milagro... No se rebaja el milagro, llama del cielo, a hacer de él un círculo de mimbre con que coronarse... No se tienta a Dios pidiendo milagros para fines humanos. Esto quería Satanás. El motivo presentado era el pretexto, la verdad era: “Gloríate de ser el Mesías”; para llevarme a la otra concupiscencia, la del orgullo.

No vencido por mi “no tentarás al Señor tu Dios”, me insidió con la tercera fuerza de su naturaleza: el oro. ¡Oh, el oro! Gran cosa el pan y mayor aún la mujer, para quien anhela el alimento o el placer; grandísima cosa es para el hombre la aclamación de las multitudes... Por estas tres cosas, ¡cuántos delitos se cometen! ¡Ah!, pero el oro... el oro... llave que abre, círculo que suelda, es el alfa y el omega de noventa y nueve de cada cien de las acciones humanas. Por el pan y la mujer, el hombre se hace ladrón; por el poder, homicida incluso; pero por el oro se hace idólatra. Satanás, el rey del oro, me ofreció su oro a condición de que le adorase... Le traspasé con las palabras eternas: “Adorarás sólo al Señor tu Dios”.

Aquí, aquí sucedió esto».

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Jesús habla de su tentación en el desierto.

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ECR 80.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entonces vinieron los ángeles del Señor...

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Jesús confirma que, al final de la tentación de Satanás en el desierto, los ángeles vinieron efectivamente a servirle.

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