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Notas del tema

El séquito de Jesús

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ECR 7.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

7.1 ­Sigo viendo todavía a Ana. Desde ayer por la tarde la veo así: sentada donde empieza la pérgola umbrosa; dedicada a un trabajo de costura. Está vestida de un solo color gris arena; es un vestido muy sencillo y suelto, quizás por el mucho calor que parece que hace.

En el otro extremo de la pérgola se ve a los dalladores segando el heno; heno que no debe ser de mayo. Efectivamente, la uva ya está detrás coloreándose de oro, y un grueso manzano muestra entre sus oscuras hojas sus frutos, que están tomando un color de lúcida cera amarilla y roja; y además el campo de trigo es ya sólo un rastrojal en que ondean ligeras las llamitas de las amapolas y los lirios se elevan, rígidos y serenos, radiados como una estrella, azules como el cielo de oriente.

De la pérgola umbrosa sale caminando una María pequeñita, que, no obstante, es ya ágil e independiente. Su breve paso es seguro y sus sandalitas blancas no tropiezan en los cantos. Tiene ya esbozado su dulce paso ligeramente ondulante de paloma, y está toda blanca, como una palomita, con su vestidito de lino que le llega a los tobillos, amplio, fruncido en torno al cuello con un cordoncito de color celeste, y con unas manguitas cortas que dejan ver los antebrazos regordetes. Con su pelito sérico y rubio-miel, no muy rizado pero sí todo él formando suaves ondas que en el extremo terminan en un leve ensortijado, con sus ojos de cielo y su dulce carita tenuemente sonrosada y sonriente, parece un pequeño ángel. El vientecillo que le entra por las anchas mangas y le hincha por detrás el vestidito de lino contribuye también a darle aspecto de un pequeño ángel cuando despliega las alas para el vuelo.

Lleva en sus manitas amapolas y lirios y otras florecillas que crecen entre los trigos y cuyo nombre desconozco. Se dirige hacia su madre. Cuando está ya cerca, inicia una breve carrera, emitiendo una vocecita festiva, y va, como una tortolita, a detener su vuelo contra las rodillas maternas, abiertas un poco para recibirla. Ana ha depositado al lado el trabajo que estaba haciendo para que Ella no se pinche, y ha extendido los brazos para ceñirla.

Anotación

Primer libro de los Reyes 8, 1-5

1 Reyes 8, 1-5: Salomón reunió en Jerusalén a los ancianos de Israel y a todos los jefes de las tribus, a los jefes de las familias de los hijos de Israel, para ir a buscar el Arca de la Alianza del Señor a la ciudad de David, es decir, a Sión. Todos los hombres de Israel se reunieron bajo el rey Salomón en el mes séptimo, durante la fiesta de los Tabernáculos. Cuando llegaron todos los ancianos de Israel, los sacerdotes se hicieron cargo del Arca. Tomaron el Arca del Señor y la Tienda del Encuentro con todos los objetos sagrados que había en ella; los sacerdotes y los levitas los llevaron. El rey Salomón y, con él, todo el pueblo de Israel al que había convocado para estar con él ante el Arca ofrecieron ovejas y bueyes como sacrificios: eran tantos que no se podían contar ni medir.

ECR 7.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Hasta este punto, ayer por la tarde; hoy por la mañana se ha vuelto a presentar y continúa así:

«¡Mamá! ¡Mamá!». La tortolita blanca está toda en el nido de las rodillas maternas, apoyando sus piececitos sobre la hierba corta, y la carita en el regazo materno. Sólo se ve el oro pálido de su pelito sobre la sutil nuca que Ana se inclina a besar con amor.

7.2 ­Luego la tortolita levanta su pequeña cabeza y entrega sus florecillas: todas para su mamá. Y de cada flor cuenta una historia creada por Ella.

Ésta, tan azul y tan grande, es una estrella que ha caído del cielo para traerle a su mamá el beso del Señor... ¡Que bese en el corazón, en el corazón, a esta florecilla celeste, y percibirá que tiene sabor a Dios!...

Y esta otra, de color azul más pálido, como los ojos de su papá, lleva escrito en las hojas que el Señor quiere mucho a su papá porque es bueno.

Y esta tan pequeñita, la única encontrada de ese tipo (una miosota), es la que el Señor ha hecho para decirle a María que la quiere.

Y estas rojas, ¿sabe su mamá qué son? Son trozos de la vestidura del rey David, empapados de sangre de los enemigos de Israel, y esparcidos por los campos de batalla y de victoria. Proceden de esos limbos de regia vestidura hecha jirones en la lucha por el Señor.

En cambio ésta, blanca y delicada, que parece hecha con siete copas de seda que miran al cielo, llenas de perfumes, y que ha nacido allí, junto al fontanar — se la ha cogido su papá de entre las espinas —, está hecha con la vestidura que llevaba el rey Salomón cuando, el mismo mes en que nació esta Niña descendiente suya, muchos años — ¡oh, cuántos, cuántos antes¡ — muchos años antes, él, con la pompa cándida de sus vestiduras, caminó entre la multitud de Israel ante el Arca y ante el Tabernáculo, y se regocijó por la nube que volvía a circundar su gloria, y cantó el cántico y la oración de su gozo.

«Yo quiero ser siempre como esta flor, y, como el rey sabio, quiero cantar toda la vida cánticos y oraciones ante el Tabernáculo» termina así la boquita de María.

«¡Tesoro mío! ¿Cómo sabes estas cosas santas? ¿Quién te las dice? ¿Tu padre?».

«No. No sé quién es. Es como si las hubiera sabido siempre. Pero quizás me las dice alguien, alguien a quien no veo. Quizás uno de los ángeles que Dios envía a hablarles a los hombres buenos. »

Anotación

Primer libro de los Reyes 8, 1-5

1 Reyes 8, 1-5: Salomón reunió en Jerusalén a los ancianos de Israel y a todos los jefes de las tribus, a los jefes de las familias de los hijos de Israel, para ir a buscar el Arca de la Alianza del Señor a la ciudad de David, es decir, a Sión. Todos los hombres de Israel se reunieron bajo el rey Salomón en el mes séptimo, durante la fiesta de los Tabernáculos. Cuando llegaron todos los ancianos de Israel, los sacerdotes se hicieron cargo del Arca. Tomaron el Arca del Señor y la Tienda del Encuentro con todos los objetos sagrados que había en ella; los sacerdotes y los levitas los llevaron. El rey Salomón y, con él, todo el pueblo de Israel al que había convocado para estar con él ante el Arca ofrecieron ovejas y bueyes como sacrificios: eran tantos que no se podían contar ni medir.

ECR 7.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

7.3 Mamá, ¿me sigues contando alguna otra historia?...».

«¡Oh, hija mía! ¿Cuál quieres saber?».

María se queda pensando; seria y recogida como está, habría que pintarla para eternizar su expresión. En su carita infantil se reflejan las sombras de sus pensamientos. Sonrisas y suspiros, rayos de sol y sombras de nubes pensando en la historia de Israel. Luego elige: «Otra vez la de Gabriel y Daniel, en que está la promesa del Cristo».

Y escucha con los ojos cerrados, repitiendo en voz baja las palabras que su madre le dice, como para recordarlas mejor. Cuando Ana termina, pregunta: «¿Cuánto falta todavía para tener con nosotros al Emmanuel?».

«Treinta años aproximadamente, querida mía».

«¡Cuánto todavía! Y yo estaré en el Templo... Dime, si rezase mucho, mucho, mucho, día y noche, noche y día, y deseara ser sólo de Dios, toda la vida, con esta finalidad, ¿el Eterno me concedería la gracia de dar antes el Mesías a su pueblo?».

«No lo sé, querida mía. El Profeta dice: “Setenta semanas”. Yo creo que la profecía no se equivoca. Pero el Señor es tan bueno — se apresura a añadir Ana, al ver que las pestañas de oro de su niña se perlan de llanto — que creo que si rezas mucho, mucho, mucho, se te mostrará propicio».

La sonrisa aparece de nuevo en esa carita ligeramente alzada hacia la madre, y un ojalito de sol que pasa entre dos pámpanas hace brillar las lágrimas del ya cesado llanto, cual gotitas de rocío colgando de los tallitos sutilísimos del musgo alpino.

Mamá, ¿me sigues contando alguna otra historia?...».

«¡Oh, hija mía! ¿Cuál quieres saber?».

María se queda pensando; seria y recogida como está, habría que pintarla para eternizar su expresión. En su carita infantil se reflejan las sombras de sus pensamientos. Sonrisas y suspiros, rayos de sol y sombras de nubes pensando en la historia de Israel. Luego elige: «Otra vez la de Gabriel y Daniel, en que está la promesa del Cristo».

Y escucha con los ojos cerrados, repitiendo en voz baja las palabras que su madre le dice, como para recordarlas mejor. Cuando Ana termina, pregunta: «¿Cuánto falta todavía para tener con nosotros al Emmanuel?».

«Treinta años aproximadamente, querida mía».

«¡Cuánto todavía! Y yo estaré en el Templo... Dime, si rezase mucho, mucho, mucho, día y noche, noche y día, y deseara ser sólo de Dios, toda la vida, con esta finalidad, ¿el Eterno me concedería la gracia de dar antes el Mesías a su pueblo?».

«No lo sé, querida mía. El Profeta dice: “Setenta semanas”. Yo creo que la profecía no se equivoca. Pero el Señor es tan bueno — se apresura a añadir Ana, al ver que las pestañas de oro de su niña se perlan de llanto — que creo que si rezas mucho, mucho, mucho, se te mostrará propicio».

La sonrisa aparece de nuevo en esa carita ligeramente alzada hacia la madre, y un ojalito de sol que pasa entre dos pámpanas hace brillar las lágrimas del ya cesado llanto, cual gotitas de rocío colgando de los tallitos sutilísimos del musgo alpino.

7.4 ­­«Entonces rezaré y me consagraré virgen para esto».

«Pero, ¿sabes lo que quiere decir eso?».

«Quiere decir no conocer amor de hombre, sino sólo de Dios. Quiere decir no tener ningún pensamiento que no sea para el Señor. Quiere decir ser siempre niña en la carne y ángel en el corazón. Quiere decir no tener ojos sino para mirar a Dios, oídos para oírle, boca para alabarle, manos para ofrecerse como hostias, pies para seguirle velozmente, corazón y vida para dárselos a Él».

«¡Bendita tú! Pero entonces no tendrás nunca niños, ¿sabes?; y a ti te gustan mucho los niños y los corderitos y las tortolitas. Un niño para una mujer es como un corderito blanco y crespo, como una palomita de plumas de seda y boca de coral: se le puede amar, besar; se puede oír que nos llama “mamá”».

«No importa. Seré de Dios. En el Templo rezaré. Y quizás un día vea al Emmanuel. La Virgen que debe ser Madre suya, como dice el gran Profeta, ya debe haber nacido y estar en el Templo... Yo seré compañera suya... y sierva suya. ¡Oh, sí! Si pudiera conocer, por luz de Dios, a esa mujer bienaventurada, querría servirla. Luego Ella me traería a su Hijo, me conduciría hacia su Hijo y así le serviría también a Él. ¡Fíjate, mamá!... ¡¡Servir al Mesías!!...». María se siente sobrepujada por este pensamiento que la sublima y la deja anonadada al mismo tiempo. Con las manitas cruzadas sobre su pecho y la cabecita un poco inclinada hacia adelante, y encendida de emoción, parece una infantil reproducción de la Virgen de la Anunciación que yo vi. Y sigue diciendo: «¿Pero, el Rey de Israel, el Ungido de Dios, me permitirá servirle?».

«No lo dudes. ¿No dice el rey Salomón: “Sesenta son las reinas y ochenta las otras esposas y sin número las doncellas”? En ello puedes ver que en el palacio del Rey serán sin número las doncellas vírgenes que servirán a su Señor».

«¡Oh! ¿Lo ves como debo ser virgen? Debo serlo. Si Él por madre quiere una virgen, es señal de que estima la virginidad por encima de todas las cosas. Yo quiero que me ame a mí, su sierva, por esa virginidad que me hará un poco similar a su dilecta Madre... Esto es lo que quiero...

Detalle

María está con su madre y le pide que le cuente una historia de la Sagrada Escritura.

Anotación

"De nuevo, la palabra de Gabriel a Daniel, aquella en la que se nos promete a Cristo". Daniel 9, 20-27. Esta palabra profética se interpretará en EMV 10.5 y EMV 41.3/4.

Libro de Daniel 9, 20-27

Daniel 9, 20-27: Todavía estaba hablando, orando, confesando mi pecado y el pecado de mi pueblo Israel, elevando mi súplica ante el Señor, mi Dios, por el monte santo de mi Dios; todavía estaba hablando en mi oración cuando Gabriel -el ser que había visto al principio de la visión- vino velozmente a mí a la hora de la ofrenda vespertina.

Me instruyó diciendo: "Daniel, he salido ahora para abrir tu entendimiento. Desde el principio de tu súplica, ha surgido una palabra, y he venido a anunciártela, pues eres amado por Dios. Comprended la palabra y procurad comprender la aparición.

Setenta semanas han sido reservadas para tu pueblo y tu ciudad santa, para poner fin a la perversidad y acabar con el pecado, para expiar la iniquidad y realizar la justicia eterna, para cumplir la visión y la profecía, y para consagrar el Santo de los Santos.

¡Conócelo y compréndelo! Desde el momento en que se dio la orden de reconstruir Jerusalén hasta la venida de un mesías, un líder, habrá siete semanas. Durante sesenta y dos semanas, reconstruirán las plazas y los muros, pero será en la angustia de los tiempos. Y despues de las sesenta y dos semanas, un mesias sera removido. El pueblo de un futuro líder destruirá la ciudad y el Lugar Santo. Entonces, en una inundación, su fin vendrá. Hasta el final de la guerra, las devastaciones decidido tendrá lugar. Durante una semana, este gobernante reforzará el pacto con una multitud; durante la mitad de la semana, hará cesar el sacrificio y la ofrenda, y en un ala del Templo estará la Abominación de la Desolación, hasta que el exterminio decidido se derrita sobre el autor de esta desolación."

ECR 7.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

7.5 Querría también ser pecadora, muy pecadora, si no temiera ofender al Señor... Dime, mamá, ¿puede una ser pecadora por amor a Dios?».

«Pero, ¿qué dices, tesoro? No entiendo».

«Quiero decir: pecar para poder ser amada por Dios hecho Salvador. Se salva a quien está perdido, ¿no es verdad? Yo querría ser salvada por el Salvador para recibir su mirada de amor. Para esto querría pecar, pero no cometer un pecado que le disgustase. ¿Cómo puede salvarme si no me pierdo?».

Ana está atónita. No sabe ya qué decir.

Viene en su ayuda Joaquín, el cual, caminando sobre la hierba, se ha ido acercando, sin hacer ruido, por detrás del seto de sarmientos bajos. «Te ha salvado antes porque sabe que le amas y quieres amarle sólo a Él. Por ello tú ya estás redimida y puedes ser virgen como quieres» dice Joaquín.

«¿Sí, padre mío?». María se abraza a sus rodillas y le mira con las claras estrellas de sus ojos, muy semejantes a los paternos, y muy dichosos por esta esperanza que su padre le da.

«Verdaderamente, pequeño amor. Mira, yo te traía este pequeño gorrión que en su primer vuelo había ido a posarse junto a la fuente. Habría podido dejarlo, pero sus débiles alas no tenían fuerza para elevarlo en nuevo vuelo, ni sus patitas de seda para fijarlo a las musgosas piedras, que resbalaban. Se habría caído en la fuente. No he esperado a que esto sucediera. Lo he cogido y ahora te lo regalo. Haz lo que quieras con él. El hecho es que ha sido salvado antes de caer en el peligro. Lo mismo ha hecho Dios contigo. Ahora, dime, María: ¿he amado más al gorrión salvándolo antes, o lo habría amado más salvándolo después?».

«Ahora lo has amado, porque no has permitido que se hiciera daño con el agua helada».

«Y Dios te ha amado más, porque te ha salvado antes de que tú pecaras».

«Pues entonces yo le amaré completamente, completamente. Gorrioncito bonito, yo soy como tú. El Señor nos ha amado de la misma manera, salvándonos... Ahora voy a criarte y luego te dejaré suelto. Tú cantarás en el bosque y yo en el Templo las alabanzas del Señor, y diremos: “Envía a tu Prometido, envíaselo a quien espera”.

Detalle

María de niña ha decidido ser virgen por amor a Dios, y espera ser la esclava de la Madre de Dios. Luego añade:

Anotación

¿Se puede ser pecador por amor a Dios? (...) ¿Cómo puede salvarme si no me pierdo a mí mismo?

Esta relación paradójica entre el pecado y el amor agradecido al Redentor se encuentra en el Exultet de Pascua: ¡Bendito el pecado del hombre, que ha traído al mundo en angustia al único Salvador!

San Pablo también cultiva esta paradoja por amor a sus hermanos: Yo mismo quisiera ser anatema de los judíos, mis hermanos de raza, separados de Cristo (Romanos 9,3).

ECR 7.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¡Oh, papá mío! ¿Cuándo me vas a llevar al Templo?».

«Pronto, perla mía. Pero, ¿no te duele dejar a tu padre?».

«¡Mucho! Pero tú vendrás... y, además, si no doliese, ¿qué sacrificio sería?».

«¿Y te vas a acordar de nosotros?».

«Siempre. Después de la oración por el Emmanuel rezaré por vosotros. Para que Dios os haga dichosos y os dé una larga vida... hasta el día en que Él sea Salvador. Luego diré que os tome para llevaros a la Jerusalén del Cielo».

La visión me cesa con María estrechada en el lazo de los brazos de su padre...

ECR 7.7-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

7.7 ­Dice Jesús:

«Llegan ya a mis oídos los comentarios de los doctores de los tiquismiquis: “¿Cómo puede hablar así una niña que no ha cumplido aún tres años? Es una exageración”. Pero no piensan que ellos, alterando mi infancia con actos propios de adultos, dan de mí una imagen monstruosa.

La inteligencia no llega a todos de la misma manera y al mismo tiempo. La Iglesia ha establecido los seis años como la edad de responsabilidad de las acciones, porque esa es la edad en que incluso un niño retrasado puede distinguir, al menos rudimentariamente, el bien y el mal. Pero hay niños que mucho antes son capaces de discernir, entender y querer, con una razón ya suficientemente desarrollada. Que las pequeñas Imelde Lambertini, Rosa de Viterbo, Nellie Organ, Nennolina os proporcionen una base para creer — ¡oh, doctores difíciles! — que mi Madre podía pensar y hablar así. Sólo he considerado cuatro nombres al azar entre los millares de niños santos que, después de haber razonado como adultos en la tierra durante más o menos años, han venido a poblar mi Paraíso.

7.8 ­¿Qué es la razón? Un don de Dios. Él, por tanto, puede darla con la medida que quiera, a quien quiera y cuando quiera. Es, además, una de las cosas que más os asemejan a Dios, Espíritu inteligente y que razona. La razón y la inteligencia fueron gracias otorgadas por Dios al Hombre en el Paraíso Terrenal. ¡Y qué vivas estaban cuando la Gracia moraba, aún intacta y operante, en el espíritu de los dos Primeros!

En el libro de Jesús Bar Sirac está escrito: “Toda sabiduría viene del Señor Dios y con Él ha estado siempre, incluso antes de los siglos”. ¿Qué sabiduría, pues, habrían tenido los hombres si hubieran conservado su filiación para con Dios?

Vuestras lagunas de inteligencia son el fruto natural de haber venido a menos en la Gracia y en la honestidad. Perdiendo la Gracia, habéis alejado de vosotros, durante siglos, la Sabiduría. Cual estrella fugaz que se oculta tras nebulosidades de kilómetros, la Sabiduría no ha seguido llegándoos con sus netos destellos, sino sólo a través de neblinas cada vez más oprimentes a causa de vuestras prevaricaciones.

Luego ha venido el Cristo y os ha vuelto a dar la Gracia, don supremo del amor de Dios. Pero ¿sabéis custodiar limpia y pura esta gema? No. Cuando no la rompéis con la voluntad individual de pecar, la ensuciáis con continuas culpas menores, con debilidades, o gravitando hacia el vicio (y ello, a pesar de no significar una verdadera unión con el septiforme vicio, debilita la luz de la Gracia y su actividad). Luego, además, siglos y siglos de corrupciones — que, deleté­reas, repercuten en lo físico y en la mente — han ido debilitando la magnífica luz de la inteligencia que Dios había dado a los Primeros.

7.9 ­Pero María era no sólo la Pura, la nueva Eva recreada para alegría de Dios, era la super-Eva, era la Obra Maestra del Altísimo, era la Llena de Gracia, era la Madre del Verbo en la mente de Dios.

“Fuente de la Sabiduría” dice Jesús Bar Sirac “es el Verbo”. ¿Y el Hijo no va a haber puesto su sabiduría en los labios de su Madre?

Si a un Profeta que debía decir las palabras que el Verbo, la Sabiduría, le confiaba para transmitírselas a los hombres, le fue purificada la boca con carbones encendidos, ¿no va a haber depurado y elevado el Amor el habla de esa su Esposa niña que debía llevar en sí la Palabra, a fin de que no hablase primero como niña y luego como mujer, sino sólo y siempre como criatura celeste fundida con la gran luz y sabiduría de Dios?

El milagro no está en el hecho de que María — como luego Yo — mostrara en edad infantil una inteligencia superior. El milagro está en el hecho de contener a la Inteligencia infinita — que en Ella moraba — en los diques convenientes para no pasmar a las multitudes y para no despertar la atención satánica.

En otra ocasión seguiré hablando de esto, que está en relación con ese “recordarse” que los santos tienen de Dios».

Detalle

Dictado pronunciado después de que María haya visto un episodio de la infancia de María, en el que ésta muestra una viva inteligencia y recuerda textos bíblicos que relata como si hubiera estado allí. María exclama: "¿Cómo sabes estas cosas santas? ¿Quién te las enseñó? ¿Tu padre?" "No. No sé quién. Siento como si siempre las hubiera sabido. Pero tal vez sea alguien que me las dice pero yo no puedo ver. Tal vez sea uno de los ángeles que Dios envía para hablar a la gente buena". Y Jesús comenta este episodio.

ECR 8.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

8.1 ­Veo a María caminando entre su padre y su madre por las calles de Jerusalén. (...)

Joaquín lleva el mismo vestido de la Purificación. Ana, en cambio, un oscurísimo morado; el manto, que le tapa incluso la cabeza, es también morado oscuro; lo lleva muy bajo, a la altura de los ojos, dos pobres ojos de madre rojos de llanto, que no quisieran llorar, y que no quisieran, sobre todo, ser vistos llorar, pero que no pueden no llorar al amparo del manto. Éste protege, por una parte, de los que pasan; también, de Joaquín, cuyos ojos, siempre serenos, hoy están también enrojecidos y opacos por las lágrimas (las que ya han caído y las que aún siguen cayendo). Camina muy curvado, bajo su velo a guisa casi de turbante que le cubre los lados del rostro.

Joaquín está muy envejecido. Los que le ven deben pensar que es abuelo o quizás bisabuelo de la pequeñuela que lleva de la mano. El pobre padre, a causa de la pena de perderla, va arrastrando los pies al caminar; todo su porte es cansino y le hace unos veinte años más viejo de lo que en realidad es; su rostro parece el de una persona enferma además de vieja, por el mucho cansancio y la mucha tristeza; la boca le tiembla ligeramente entre las dos arrugas — tan marcadas hoy — de los lados de la nariz.

Los dos tratan de celar el llanto. Pero, si pueden hacerlo para muchos, no pueden para María, la cual, por su corta estatura, los ve de abajo arriba y, levantando su cabecita, mira alternativamente a su padre y a su madre. Ellos se esfuerzan en sonreírle con su temblorosa boca, y aprietan más con su mano la diminuta manita cada vez que su hijita los mira y les sonríe. Deben pensar: «Sí. Otra vez menos que veremos esta sonrisa».

Detalle

Descripción física de Ana y Joaquín cuando María entra en el Templo a la edad de tres años.

ECR 8.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

8.2 ­Van despacio, muy despacio. Da la impresión de que quieren prolongar lo más posible su camino. Todo es ocasión para detenerse... Pero, ¡siempre debe tener un fin un camino!... Y éste está ya para acabarse. En efecto, allí, en la parte alta de este último tramo en subida, están los muros que circundan el Templo. Ana gime, y estrecha más fuertemente la manita de María.

«¡Ana, querida mía, aquí estoy contigo!». dice una voz desde la sombra de un bajo arco echado sobre un cruce de calles. Isabel estaba esperando. Ahora se acerca a Ana y la estrecha contra su corazón, y, al ver que Ana llora, le dice: «Ven, ven un poco a esta casa amiga; también está Zacarías».

Entran todos en una habitación baja y oscura cuya luz es un vasto fuego. La dueña, que sin duda es amiga de Isabel, si bien no conoce a Ana, amablemente se retira, dejando a los llegados libertad de hablar.

«No creas que estoy arrepentida, o que entregue con mala voluntad mi tesoro al Señor — explica Ana entre lágrimas — ... Lo que pasa es que el corazón... ¡oh, cómo me duele el corazón, este anciano corazón mío que vuelve a su soledad, a esa soledad de quien no tiene hijos!... Si lo sintieras...».

«Lo comprendo, Ana mía... Pero tú eres buena y Dios te confortará en tu soledad. María va a rezar por la paz de su mamá, ¿ver­dad?».

María acaricia las manos maternas y las besa, se las pone en la cara para ser acariciada a su vez, y Ana cierra entre sus manos esa carita y la besa, la besa... no se sacia de besarla.

Entra Zacarías y saluda diciendo: «A los justos la paz del Señor».

«Sí — dice Joaquín —, pide paz para nosotros porque nuestras entrañas tiemblan, ante la ofrenda, como las de nuestro padre Abraham mientras subía el monte; y nosotros no encontraremos otra ofrenda que pueda recobrar ésta; ni querríamos hacerlo, porque somos fieles a Dios. Pero sufrimos, Zacarías. Compréndenos, sacerdote de Dios, y no te seamos motivo de escándalo».

«Jamás. Es más, vuestro dolor, que sabe no transpasar lo lícito, que os llevaría a la infidelidad, es para mí escuela de amor al Altísimo. ¡Ánimo!»

Detalle

Ana, Joaquín y María están en Jerusalén. La Madre del Salvador se prepara para entrar en el Templo a los tres años.

Anotación

Es como la ofrenda de Abraham cuando subió al monte, y no encontraremos otra ofrenda que redima ésta. Cf. Génesis 22:1-18. Es precisamente en el monte Moriah, donde se encuentra el Templo, donde la Biblia sitúa el sacrificio de Isaac. Fue sustituido en el último momento por un carnero.

Libro de Génesis 22, 1-8

Gén 22, 1-8: Después de estos acontecimientos, Dios puso a prueba a Abrahán. Le dijo: "¡Abraham! Abraham respondió: "¡Aquí estoy! Dios le dijo: "Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que amas, Isaac, y vete a la tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto en el monte que te mostraré.

Abraham se levantó temprano por la mañana, ensilló su asno y se llevó consigo a dos de sus criados y a su hijo Isaac. Partió la leña para el holocausto y se puso en camino hacia el lugar que Dios le había indicado. Al tercer día, Abraham levantó la vista y vio el lugar a lo lejos. Abraham dijo a sus criados: "Quedaos aquí con el asno. Yo y el muchacho iremos allí a adorar, y luego volveremos contigo".

Abraham tomó la leña para el holocausto y la cargó sobre su hijo Isaac; éste tomó el fuego y el cuchillo, y los dos fueron juntos. Isaac dijo a su padre Abraham: "¡Padre mío! - ¿Y bien, hijo mío? Isaac respondió: "Ahí están el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto? Abraham respondió: "Dios encontrará el cordero para el holocausto, hijo mío. Y los dos se pusieron en camino juntos.

Llegaron al lugar que Dios les había indicado. Abraham construyó allí el altar y colocó la leña; luego ató a Isaac, su hijo, y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Abraham extendió la mano y empuñó el cuchillo para matar a su hijo. Pero el ángel del Señor le llamó desde el cielo y le dijo: "¡Abraham! Abraham!" El respondió: "¡Aquí estoy! El ángel le dijo: "¡No le pongas la mano encima! ¡No le hagas daño! Ahora sé que temes a Dios: no me has negado a tu hijo, tu único hijo.

Abraham levantó la vista y vio en un arbusto un carnero sujeto por los cuernos. Fue, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Abraham llamó a aquel lugar "El Señor ve". Hoy se llama "En el monte ve el Señor". Desde el cielo, el ángel del Señor llamó a Abraham por segunda vez.

Le dijo: "Juro por mí mismo, dice el Señor, que por haber hecho esto, por no haberme negado a tu hijo, tu único hijo, te bendeciré, haré que tu descendencia sea tan numerosa como las estrellas del cielo y como la arena del mar, y tu descendencia poseerá las fortalezas de sus enemigos. Por haber escuchado mi voz, todas las naciones de la tierra se bendecirán mutuamente por el nombre de tu descendencia.

ECR 8.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ven, ven un poco a esta casa amiga; también está Zacarías».

Entran todos en una habitación baja y oscura cuya luz es un vasto fuego. La dueña, que sin duda es amiga de Isabel, si bien no conoce a Ana, amablemente se retira, dejando a los llegados libertad de hablar.

Detalle

Elisabeth invita a Anne a casa de una amiga. La dueña sigue siendo una desconocida.

Anotación

La "casa amiga" cercana al Templo era probablemente la de los padres de Zebedeo. La familia de Zebedeo suministraba pescado del lago a los sacerdotes del Templo.

Por tanto, la dueña de la casa pudo ser la madre de Zebedeo, pero no hay pruebas de ello.

ECR 8.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La profetisa Ana cuidará con esmero esta flor de David y Aarón. En este momento es la única azucena que David tiene de su estirpe santa en el Templo, y cual perla regia será cuidada. A pesar de que los tiempos hayan entrado ya en la recta final y de que deberían preocuparse las madres de esta estirpe de consagrar sus hijas al Templo — puesto que de una virgen de David vendrá el Mesías —, no obstante, a causa de la relajación de la fe, los lugares de las vírgenes están vacíos. Demasiado pocas en el Templo; y de esta estirpe regia ninguna, después de que, hace ya tres años, Sara de Eliseo salió desposada. Es cierto que aún faltan seis lustros para el final, pero... bueno, pues esperemos que María sea la primera de muchas vírgenes de David ante el Sagrado Velo. Y... ¿quién sabe?...». — Zacarías se detiene en estas palabras y... mira pensativo a María.

Detalle

Ana, Joaquín y María están en Jerusalén. La Madre del Salvador se prepara para entrar en el Templo a los tres años. Se les une Isabel, que les deja entrar en una casa amiga. Mientras tanto, llega su marido y Joaquín les revela su dolor.

Anotación

La profetisa Ana cuidará mucho de esta flor de David y Aarón. María es descendiente de David por su padre Joaquín y de Aarón (hermano de Moisés) por su madre Ana. Era, pues, de ascendencia real y sacerdotal. Su ascendencia sacerdotal se deduce de su relación con Isabel (Lc 1,5), y su raza real se deduce, en particular, de su matrimonio con José "de la descendencia de David". Ahora bien, según la Ley de Moisés, la heredera huérfana (Números 27:9) debía casarse con alguien del mismo clan (Números 36:8).

Los tiempos se acercan a su fin: alusión a la profecía de Daniel sobre las setenta semanas (años) antes de la venida del Mesías (cf. Daniel 9,22-27). Esta profecía estaba muy extendida en la época de Cristo.

Los lugares reservados a las vírgenes en el Templo están vacíos. El Mesías iba a ser descendiente de David (Is 11,1s). Nacería de una virgen (Isaías 7:13-14), pero no se menciona la creencia de que esta virgen habría sido educada en el Templo. Ana Catalina Emmerich la menciona en su Vida de la Virgen María (capítulo 35): la atribuye, como hace aquí María Valtorta, a una tradición no especificada. Probablemente tiene su origen en la estima que se tenía a las vírgenes del Templo y en la calidad de su reclutamiento.

Aún faltan seis lustros para la fecha fijada. Un lustro es un periodo de 5 años. En la época romana, era el periodo al término del cual se elegía a los censores (magistrados supremos). También era el intervalo entre dos censos.