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Notas del tema

Personajes principales y secundarios

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Comodidad de lectura

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ECR 54.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

54.6 «¿Maestro... por qué tu primo, aun sabiendo dónde habitas, no ha venido?».

«¡Pedro mío!... Tú serás una de mis piedras, la primera. Pero no todas las piedras son fáciles de usar. ¿Has visto los mármoles del palacio pretorio?: arrancados fatigosamente del seno montano, ahora son parte del Pretorio. Mira por el contrario esos cantos que resplandecen allí, bajo el rayo de luna, entre las aguas del Cedrón. Procedentes de aquéllos, ahora están en el lecho del torrente, y si uno los quiere, ¿ves?, en seguida se dejan coger. Mi primo es como las primeras piedras de que hablo... El seno del monte, que es la familia, me lo disputa».

«Yo quiero ser en todo como los cantos del torrente. Por ti estoy dispuesto a dejarlo todo: casa, esposa, pesca, hermanos. Todo, Rabí, por ti».

«Lo sé, Pedro. Por esto te amo».

ECR 54.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

54.6 «¿Maestro... por qué tu primo, aun sabiendo dónde habitas, no ha venido?».

«¡Pedro mío!... Tú serás una de mis piedras, la primera. Pero no todas las piedras son fáciles de usar. ¿Has visto los mármoles del palacio pretorio?: arrancados fatigosamente del seno montano, ahora son parte del Pretorio. Mira por el contrario esos cantos que resplandecen allí, bajo el rayo de luna, entre las aguas del Cedrón. Procedentes de aquéllos, ahora están en el lecho del torrente, y si uno los quiere, ¿ves?, en seguida se dejan coger. Mi primo es como las primeras piedras de que hablo... El seno del monte, que es la familia, me lo disputa».

«Yo quiero ser en todo como los cantos del torrente. Por ti estoy dispuesto a dejarlo todo: casa, esposa, pesca, hermanos. Todo, Rabí, por ti».

«Lo sé, Pedro. Por esto te amo. Pero también Judas vendrá».

«¿Quién? ¿Judas de Keriot? Por mí que no venga. Es un señorito, pero... prefiero... me prefiero incluso a mí mismo...». Todos se echan a reír de la salida de Pedro. «¿A qué viene esa risa? Quiero decir que prefiero un galileo genuino, tosco, pescador, pero sin fraude, a... a los de ciudad que... no sé... Bueno, el Maestro entiende lo que quiero decir».

«Sí, entiendo, pero no juzgues. Tenemos necesidad los unos de los otros en la tierra, y los buenos están mezclados con los malvados como las flores en el campo. La cicuta está al lado de la salutífera malva».

Detalle

Pedro preguntó a Jesús por Judas, que estaba ausente, y la conversación derivó hacia Judas, que se había presentado al Maestro por primera vez.

ECR 54.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

54.7 «Yo quisiera preguntar una cosa...».

«¿Qué, Andrés?».

«Juan me ha hablado del milagro hecho en Caná... Teníamos gran esperanza de que hicieras uno en Cafarnaúm... y has dicho que no hacías un milagro sin haber cumplido antes la Ley. ¿Por qué, entonces, en Caná? Y, ¿por qué aquí y no en tu tierra?».

«Toda obediencia a la Ley es unión con Dios y por tanto aumento de nuestra capacidad. El milagro es la prueba de la unión con Dios, de la presencia benévola y complaciente de Dios. Por ello he querido cumplir con mi deber de israelita antes de comenzar la serie de prodigios».

«Pero la Ley no te obligaba a ti».

«¿Por qué? Como Hijo de Dios, no; como hijo de la Ley, sí. Israel, por ahora, sólo me conoce como esto segundo... Incluso más adelante casi todo Israel me conocerá sólo así, más aún, como menos todavía. Pero no quiero escandalizar a Israel y obedezco a la Ley».

«Eres santo».

«La santidad no dispensa de la obediencia. Más aún, la perfecciona. Además de todo, hay que dar ejemplo. ¿Qué dirías de un padre, de un hermano mayor, de un maestro, de un sacerdote que no dieran buen ejemplo?».

«¿Y Caná entonces?».

«Caná era el gozo de mi Madre que había que llevar a cabo. Caná es el anticipo que se debe a mi Madre. Ella es la Anticipadora de la Gracia. Aquí honro a la Ciudad Santa, haciendo de ella, públicamente, la iniciadora de mi poder de Mesías. Allí, en Caná, sin embargo, honraba a la Santa de Dios, a la Toda Santa. Por Ella el mundo me tiene. Es justo que para Ella sea mi primer prodigio en el mundo».

ECR 54.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

54.8 Llaman a la puerta. Es Tomás nuevamente. Entra y se echa a los pies de Jesús. «Maestro... no puedo esperar a tu retorno. Permíteme quedarme contigo. Estoy lleno de defectos, pero tengo este amor, solo, grande, verdadero, mi tesoro. Es tuyo, es para ti. Déjame, Maestro...».

Jesús le pone la mano sobre la cabeza. «Quédate, Dídimo. Sígueme. Bienaventurados los que tienen voluntad sincera y tenaz. Benditos vosotros. Me sois más que parientes, porque me sois hijos y hermanos, no según la sangre, que muere, sino según la voluntad de Dios y vuestra voluntad espiritual. Y Yo digo que no tengo pariente más cercano que quien hace la voluntad del Padre mío, y vosotros la hacéis, porque queréis el bien».

La visión termina así.

Palabras clave

ECR 55

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Andrés, Pedro, Santiago y Juan, Bartolomé, Felipe y Tomás están en casa de Jonás, el guardián de Getsemaní. Tomás cuenta cómo volvió al lugar. Jesús le preguntó y le pidió que se quedara. El apóstol se alegró, y Jesús aprovechó la ocasión para dar al grupo apostólico una lección sobre la hospitalidad. Pedro refunfuñó e hizo algunas observaciones, diciendo que los que son acogidos no siempre tienen buenas intenciones, y el Señor le replicó. Luego pidió a Tomás que fuera a buscar a Simón el Zelote a los sepulcros, y que lo acompañara hasta que se purificara. Volverían a encontrarse más tarde. En cuanto a Judas, le anima a no ir a verle ni siquiera a buscar su presencia.

Pedro volvió a refunfuñar y Cristo le preguntó por qué. Simón de Jonás le señaló entonces que daba misiones a los que acababan de llegar, pero no a los primeros discípulos que le habían seguido. El Maestro sonrió ante sus palabras y le señaló que, si no daba tales misiones, era porque las conocía y estaba seguro de ellas. Pero Cristo los estimaba tanto que tomó a sus primeros apóstoles "sin exigiros pruebas y sin sentir la necesidad de daros ninguna". Pedro se tranquilizó y pidió perdón. Jesús, por su parte, le pidió que no discutiera sobre los lugares y los méritos de cada uno. El Redentor les recordó que él mismo era el siervo del hombre, por lo que les recordó que debían permanecer humildes.

Por último, Jesús entrega a Tomás el retrato de Simón el Zelote. Sólo queda encontrarlo...

ECR 55.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús dice: «Levántate, amigo. ¿Has cenado ya?».

«No, Maestro. He recorrido pocos metros con el otro que estaba conmigo, luego le he dejado y me he vuelto para atrás diciéndole que quería hablar con el leproso curado... He dicho esto porque pensaba que rehuiría de acercarse a un impuro. He acertado. Pero yo te buscaba a ti, no al leproso... Quería decirte: “¡Acéptame!”... He estado dando vueltas arriba y abajo por el olivar, hasta que un joven me ha preguntado qué hacía. Debe haber creído que era una persona malintencionada... Estaba cerca de una pilastra, en donde empieza la propiedad».

El dueño de la casa sonríe. Aclara: «Es mi hijo», y añade: «Está de guardia en el molino. Tenemos todavía en las cuevas, debajo del molino, casi toda la cosecha del año. Ha sido muy buena. Nos ha dado mucho aceite. En tiempos de aglomeraciones siempre se unen malandrines para desvalijar los lugares no custodiados. Hace ocho años, precisamente durante la Parasceve, nos robaron todo. Desde entonces, una noche cada uno, montamos buena guardia. Su madre ha ido a llevarle la cena».

«“¿Qué quieres?” me ha dicho, con un tono tal que, para salvar mi espalda de su bastón, le he explicado en seguida: “Busco al Maestro, que está viviendo aquí”. Entonces me ha respondido: “Si es verdad lo que dices, ven a la casa”. Y me ha acompañado hasta aquí. Es él quien ha llamado a la puerta, y no se ha marchado hasta que ha oído mis primeras palabras».

ECR 55.1.3.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

55.1 Esta mañana, despertándome de un pesadísimo sopor de muchas horas, mientras oro esperando que se haga de día, se me reanuda la visión.

Digo “se me reanuda” porque estamos todavía en el mismo lugar: la baja y ancha cocina, oscura en sus paredes ahumadas, apenas iluminada por la llamita de aceite puesta encima de la rústica mesa, larga y estrecha, a la que están sentadas ocho personas: Jesús y los seis discípulos, más el dueño de la casa; cuatro por cada lado.

Jesús, aún vuelto de espaldas en su taburete — porque aquí no hay más que taburetes sin respaldo, de tres patas (cosas de campo) — está hablando todavía con Tomás. La mano de Jesús ha bajado desde la cabeza de Tomás a su hombro. Jesús dice: «Levántate, amigo. ¿Has cenado ya?».

«No, Maestro. He recorrido pocos metros con el otro que estaba conmigo, luego le he dejado y me he vuelto para atrás diciéndole que quería hablar con el leproso curado... He dicho esto porque pensaba que rehuiría de acercarse a un impuro. He acertado. Pero yo te buscaba a ti, no al leproso... Quería decirte: “¡Acéptame!”... He estado dando vueltas arriba y abajo por el olivar, hasta que un joven me ha preguntado qué hacía. Debe haber creído que era una persona malintencionada... Estaba cerca de una pilastra, en donde empieza la propiedad».

El dueño de la casa sonríe. Aclara: «Es mi hijo», y añade: «Está de guardia en el molino. Tenemos todavía en las cuevas, debajo del molino, casi toda la cosecha del año. Ha sido muy buena. Nos ha dado mucho aceite. En tiempos de aglomeraciones siempre se unen malandrines para desvalijar los lugares no custodiados. Hace ocho años, precisamente durante la Parasceve, nos robaron todo. Desde entonces, una noche cada uno, montamos buena guardia. Su madre ha ido a llevarle la cena».

«“¿Qué quieres?” me ha dicho, con un tono tal que, para salvar mi espalda de su bastón, le he explicado en seguida: “Busco al Maestro, que está viviendo aquí”. Entonces me ha respondido: “Si es verdad lo que dices, ven a la casa”. Y me ha acompañado hasta aquí. Es él quien ha llamado a la puerta, y no se ha marchado hasta que ha oído mis primeras palabras».

«¿Vives lejos?».

«Estoy en la otra punta de la ciudad, cerca de la Puerta Orien­tal».

«¿Estás solo?».

«Estaba con los parientes. Pero se han marchado adonde otros familiares que están en el camino de Belén. Yo me he quedado para buscarte día y noche hasta que te hubiera encontrado».

Jesús sonríe y dice: «Entonces, ¿no te espera nadie?».

«No, Maestro».

«El camino es largo, está oscura la noche, las patrullas romanas están por la ciudad. Yo te digo: si quieres, quédate con nosotros».

«¡Oh..., Maestro!». Se le ve feliz a Tomás.

«Haced un hueco vosotros. Y dadle todos algo al hermano». Por su parte, Jesús le da la porción de queso que tenía delante. Explica a Tomás: «Somos pobres y la cena casi se ha terminado. Pero hay mucho corazón en quien da». Y a Juan, que está sentado a su lado, le dice: «Cédele el puesto al amigo».

Juan se levanta en seguida y va a sentarse en la esquina de la mesa, cerca del dueño de la casa.

«Siéntate, Tomás. Come». (...)

[Jesús da una lección sobre la hospitalidad y la caridad entre los apóstoles. A continuación, vuelve a centrarse en Tomás.]

55.3 Jesús se dirige a Tomás: «Amigo, antes te he dicho, en el olivar: “Cuando vuelva por aquí, si todavía quieres, serás mío”. Ahora te digo: “¿Estás dispuesto a hacer un favor a Jesús?”».

«Sin duda».

«¿Y si este favor puede comportar un sacrificio?».

«Servirte no es ningún sacrificio. ¿Qué quieres?».

«Quería decirte... Pero, tú tendrás cosas que resolver, afectos...».

«¡Nada, nada! ¡Te tengo a ti! Habla».

«Escucha. Mañana, al alba, el leproso dejará los sepulcros para encontrar a alguien que ponga al sacerdote en conocimiento de lo sucedido. Tú lo primero que harás será ir a los sepulcros. Es caridad. Y dirás fuerte: “Tú, que ayer has quedado limpio, sal fuera. Me manda a ti Jesús de Nazaret, el Mesías de Israel, el que te ha curado”. Haz que el mundo de los “muertos-vivos” conozca mi Nombre y arda de esperanzas, y que quien a la esperanza una la fe venga a mí, para que le cure. Es la primera forma de la limpieza que Yo traigo, la primera forma de la resurrección de que soy dueño. Un día otorgaré una limpieza mucho más profunda... Un día los sepulcros sellados arrojarán a los muertos verdaderos, que aparecerán para reír, a través de sus cuencas vacías y sus mandíbulas descarnadas, por el lejano júbilo — oído no obstante por los esqueletos — de los espíritus liberados del Limbo de espera. Aparecerán para sonreírle a esta liberación y para conmoverse sabiendo a qué la deben... Tú ve. Él se acercará ti. Harás lo que él te pida que hagas. Le ayudarás en todo, como si fuera un hermano para ti. Y le dirás también: “Cuando estés completamente purificado, iremos juntos por el camino del río, más allá de Doco y Efraím. Allí el Maestro Jesús te espera, y me espera, para decirnos en qué le debemos servir”».

«Así lo haré. ¿Y el otro?».

«¿Quién? ¿El Iscariote?».

«Sí, Maestro».

«Para él todavía vale mi consejo. Déjale decidir por sí mismo, y durante un largo tiempo. E incluso trata de no verte con él».

«Estaré con el leproso. Por el valle de los sepulcros sólo andan los impuros o quien por piedad tiene contacto con ellos». (...)

55.5 Entonces déjame terminar de hablar con Tomás. ¿Estás seguro de reconocer al leproso? No hay ningún otro curado, pero podría haberse ido ya, a la luz de las estrellas, para tratar de encontrar un viandante solícito. Y quizás otro, por el ansia de entrar en la ciudad, ver a los familiares... podría ocupar su puesto. Escucha su retrato. Yo estaba cerca de él y a la luz del crepúsculo le he visto bien. Es alto y delgado. Piel oscura como de mestizo, ojos profundos y negrísimos bajo unas cejas de nieve, cabellos blancos como el lino y tirando a rizados, nariz larga, chata hacia la punta como la de los libios, labios gruesos, especialmente el inferior, y salientes. Es tan aceitunado, que el labio tiende al violáceo. En la frente le ha quedado una antigua cicatriz, que será la única mácula, ahora, limpio como estará de costras y de porquería».

«Es un viejo, si es todo blanco».

«No, Felipe. Lo parece, pero no lo es. La lepra le ha hecho cano».

«¿Qué es? ¿Tiene mezcla de razas?».

«Tal vez, Pedro. Tiene parecido con los pueblos de Africa».

«¿Será israelita, entonces?».

«Ya lo sabremos. ¿Y si no lo fuera?».

«¡Ah!, si no lo fuera, se marcharía. Ya está bien con haber merecido que se le cure».

«No, Pedro. Aunque fuera un idólatra, no le rechazaré. Jesús ha venido para todos. Y en verdad te digo que los pueblos de las tinieblas precederán a los hijos del pueblo de la Luz...».

Jesús suspira. Luego se levanta. Da gracias al Padre con un himno y bendice.

La visión cesa así.

Palabras clave

ECR 55.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Levántate, amigo. ¿Has cenado ya?».

«No, Maestro. He recorrido pocos metros con el otro que estaba conmigo, luego le he dejado y me he vuelto para atrás diciéndole que quería hablar con el leproso curado... He dicho esto porque pensaba que rehuiría de acercarse a un impuro. He acertado. Pero yo te buscaba a ti, no al leproso... Quería decirte: “¡Acéptame!”...»

Detalle

Tomás habla con Cristo sobre el momento en que se volvió para reunirse con Jesús.

ECR 55.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«El camino es largo, está oscura la noche, las patrullas romanas están por la ciudad. Yo te digo: si quieres, quédate con nosotros».

«¡Oh..., Maestro!». Se le ve feliz a Tomás.

«Haced un hueco vosotros. Y dadle todos algo al hermano». Por su parte, Jesús le da la porción de queso que tenía delante. Explica a Tomás: «Somos pobres y la cena casi se ha terminado. Pero hay mucho corazón en quien da». Y a Juan, que está sentado a su lado, le dice: «Cédele el puesto al amigo».

Juan se levanta en seguida y va a sentarse en la esquina de la mesa, cerca del dueño de la casa.

«Siéntate, Tomás. Come».

ECR 55.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«El camino es largo, está oscura la noche, las patrullas romanas están por la ciudad. Yo te digo: si quieres, quédate con nosotros».

«¡Oh..., Maestro!». Se le ve feliz a Tomás.

«Haced un hueco vosotros. Y dadle todos algo al hermano». Por su parte, Jesús le da la porción de queso que tenía delante. Explica a Tomás: «Somos pobres y la cena casi se ha terminado. Pero hay mucho corazón en quien da». Y a Juan, que está sentado a su lado, le dice: «Cédele el puesto al amigo».

Juan se levanta en seguida y va a sentarse en la esquina de la mesa, cerca del dueño de la casa.

«Siéntate, Tomás. Come».

55.2 Y luego dice a todos: «Esto haréis siempre, amigos, por ley de caridad. La Ley de Dios, ya de por sí, protege al peregrino. Pero ahora, en mi nombre, le deberéis amar más aún. Cuando uno en nombre de Dios os pida un pan, un sorbo de agua, un lugar donde cobijarse, en nombre de Dios debéis dárselo. Y Dios os recompensará. Esto debéis hacerlo con todos. También con los enemigos. Ésta es la Ley nueva. Hasta ahora se os había dicho: “Amad a los que os aman y odiad a los enemigos”. Yo os digo: “Amad también a los que os odian”. ¡Si supierais cómo os amará Dios si amáis como Yo os digo! Y si uno dijere: “Quiero ser compañero vuestro en servir al Señor Dios verdadero y en seguir a su Cordero”, entonces debéis quererle más que a un hermano de sangre, porque estaréis unidos por un vínculo eterno: el del Cristo».

«Pero, ¿si te topas con uno que no es sincero? Decir: “Quiero hacer esto o aquello” es fácil. Pero no siempre la palabra refleja la verdad» dice Pedro más bien enfadado. No sé, no se le ve con su habitual humor jovial.

«Pedro, escucha. Hablas con sensatez y justicia. Pero, mira: mejor es pecar de bondad y de confianza que de desconfianza y dureza. Si haces el bien a un indigno, ¿qué mal te acarreará ello? Ninguno. Antes bien, el premio de Dios para ti permanecerá siempre activo, mientras que él recibirá el demérito de haber traicionado tu confianza».

«¿Ningún mal, ¡eh!? A veces quien es indigno no se conforma con la ingratitud, sino que va más allá, y llega incluso a difamar, a dañar el patrimonio y la vida misma».

«Cierto. Pero ¿esto disminuirá tu mérito? No. Aunque todo el mundo creyera las calumnias, aunque te quedaras en la ruina más que Job, aunque el cruel te quitase la vida, ¿qué cambiaría a los ojos de Dios? Nada. O, más bien, sí, habría un cambio, pero en favor tuyo. Dios, a los méritos de la bondad, uniría los méritos del martirio intelectual, financiero, físico...».

«¡Bien, bien! Será así». Pedro no habla más. Malhumorado como está, tiene la cabeza apoyada en la mano.

Detalle

Jesús habla con Tomás y luego le da una lección sobre la hospitalidad.