«El camino es largo, está oscura la noche, las patrullas romanas están por la ciudad. Yo te digo: si quieres, quédate con nosotros».
«¡Oh..., Maestro!». Se le ve feliz a Tomás.
«Haced un hueco vosotros. Y dadle todos algo al hermano». Por su parte, Jesús le da la porción de queso que tenía delante. Explica a Tomás: «Somos pobres y la cena casi se ha terminado. Pero hay mucho corazón en quien da». Y a Juan, que está sentado a su lado, le dice: «Cédele el puesto al amigo».
Juan se levanta en seguida y va a sentarse en la esquina de la mesa, cerca del dueño de la casa.
«Siéntate, Tomás. Come».
55.2 Y luego dice a todos: «Esto haréis siempre, amigos, por ley de caridad. La Ley de Dios, ya de por sí, protege al peregrino. Pero ahora, en mi nombre, le deberéis amar más aún. Cuando uno en nombre de Dios os pida un pan, un sorbo de agua, un lugar donde cobijarse, en nombre de Dios debéis dárselo. Y Dios os recompensará. Esto debéis hacerlo con todos. También con los enemigos. Ésta es la Ley nueva. Hasta ahora se os había dicho: “Amad a los que os aman y odiad a los enemigos”. Yo os digo: “Amad también a los que os odian”. ¡Si supierais cómo os amará Dios si amáis como Yo os digo! Y si uno dijere: “Quiero ser compañero vuestro en servir al Señor Dios verdadero y en seguir a su Cordero”, entonces debéis quererle más que a un hermano de sangre, porque estaréis unidos por un vínculo eterno: el del Cristo».
«Pero, ¿si te topas con uno que no es sincero? Decir: “Quiero hacer esto o aquello” es fácil. Pero no siempre la palabra refleja la verdad» dice Pedro más bien enfadado. No sé, no se le ve con su habitual humor jovial.
«Pedro, escucha. Hablas con sensatez y justicia. Pero, mira: mejor es pecar de bondad y de confianza que de desconfianza y dureza. Si haces el bien a un indigno, ¿qué mal te acarreará ello? Ninguno. Antes bien, el premio de Dios para ti permanecerá siempre activo, mientras que él recibirá el demérito de haber traicionado tu confianza».
«¿Ningún mal, ¡eh!? A veces quien es indigno no se conforma con la ingratitud, sino que va más allá, y llega incluso a difamar, a dañar el patrimonio y la vida misma».
«Cierto. Pero ¿esto disminuirá tu mérito? No. Aunque todo el mundo creyera las calumnias, aunque te quedaras en la ruina más que Job, aunque el cruel te quitase la vida, ¿qué cambiaría a los ojos de Dios? Nada. O, más bien, sí, habría un cambio, pero en favor tuyo. Dios, a los méritos de la bondad, uniría los méritos del martirio intelectual, financiero, físico...».
«¡Bien, bien! Será así». Pedro no habla más. Malhumorado como está, tiene la cabeza apoyada en la mano.