Ir al contenido

Notas del tema

Personajes principales y secundarios

Página 162 de 175

Comodidad de lectura

Aa

ECR 208.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Y, sólo con Elías, Jesús y su Madre caminan hasta una casa grande, completamente cerrada y silenciosa. El pastor llama con su cayado. Una sierva asoma su cabeza a una pequeña ventana y pregunta que quién ha llamado.

María se adelanta y responde: «María de Joaquín, y su Hijo, de Nazaret. Díselo a la señora».

«Es inútil. No quiere ver a nadie. No hace sino llorar esperando la muerte».

«Inténtalo».

«No. Ya sé cómo me va a rechazar si trato de distraerla. No quiere a nadie a su lado, no quiere ver a nadie, no quiere hablar con nadie; sólo habla con el propio recuerdo de sus hijos».

«Ve, mujer. Te lo ordeno. Dile: “Está afuera la pequeña María de Nazaret, la que era como una hija para ti en el Templo...”. Verás como me quiere recibir».

La mujer se marcha meneando la cabeza.

María explica a su Hijo y al pastor: «Elisa era bastante mayor que yo. Estaba en el Templo esperando el regreso de su prometido, que había ido a Egipto por asuntos de una herencia; por eso estuvo en el Templo hasta una edad no común. Tiene casi diez años más que yo. Las maestras acostumbraban a asignar a las pequeñas a alumnas adultas para que las guiaran... Ella fue mi compañera-maestra. Era buena y... ¡Ah, ahí está la mujer!».

Efectivamente, la sirvienta ha vuelto sin pérdida de tiempo, asombrada, y ha abierto de par en par la puerta de la entrada: «¡Entra, entra!» dice. Luego, bajando la voz, añade: «Bendita seas por hacerla salir de esa habitación».

Elías se despide de María y su Hijo, que entran.

ECR 208.9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una mujer alta, aunque camina curvada, vestida de oscuro, viene hacia ellos en la penumbra del vestíbulo.

«¡Elisa, amiga mía, soy María!» dice María mientras corre a su encuentro. Y la abraza.

«¿María! Tú... Creía que habías muerto tú también. Me habían dicho... ¿Cuándo?... No me acuerdo... Tengo un vacío en la memoria... Me habían dicho que habías muerto junto a otras muchas madres después de la visita de los Magos. Pero, ¿quién me ha dicho que eras la Madre del Salvador?».

«Quizás los pastores...».

«¡Oh, los pastores!». La mujer rompe a llorar angustiosamente. «No pronuncies esa palabra. Me recuerda la última esperanza para la vida de Leví... De todas formas... sí... un pastor me habló del Salvador. Yo maté a mi hijo llevándole al Jordán, al lugar en que se decía que estaba el Mesías; allí no había nadie... y mi hijo volvió justo para morir... El cansancio, el frío... yo le maté... a pesar de que no lo hice con voluntad asesina. Me decían que el Mesías curaba las enfermedades... Por eso le llevé... Ahora mi hijo me acusa de haberle matado...».

«No, Elisa; es tu pensamiento. Escúchame. Yo pienso, por el contrario, que tu hijo me ha tomado realmente de la mano y me ha dicho: “Ve a ver a mi querida madre. Lleva contigo al Salvador. Yo estoy aquí mejor que en la tierra, pero ella lo único que oye es su llanto, no puede oír las palabras que le susurro entre besos. ¡Pobre mamá, está como poseída por un demonio que la tienta a la desesperación porque quiere separarnos! Sin embargo, si se resigna y cree que Dios todo lo hace para bien, estaremos unidos para siempre, con mi padre y mi hermano. Jesús puede hacerlo”. Y he venido... con Él... ¿No quieres verle?...». María, mientras hablaba, tenía entre sus brazos a la desdichada mujer, y la besaba en su pelo gris, con una dulzura que sólo Ella puede tener.

«¡Ojalá fuera verdad! Pero, si es así, ¿por qué no fue Daniel a decirte que vinieras antes?... ¿Quién me dijo hace tiempo que habías muerto? No me acuerdo... no me acuerdo... Esto fue también motivo de que yo esperase quizás demasiado a ir al Mesías. Es que habían dicho que había muerto Él, tú, todos en Belén...».

«No te preocupes de recordar quién te lo dijo.»

ECR 208.11 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Declina la tarde, mujer. Voy con mis apóstoles. Te dejo a mi Madre...».

«¡Quédate Tú también!... Tengo miedo a que, si te marchas, me invada de nuevo ese tormento... Ahora, con el sonido de tus palabras, está levemente empezando a calmarse la tempestad...».

«¡No temas! Tienes a María contigo. Mañana vuelvo. Tengo que decir algunas cosas a los pastores. ¿Puedo decirles que vengan aquí a tu casa?...».

«¡Sí, claro! Venían también el año pasado, por mi hijo... Detrás de la casa hay un huerto y, más allá, un patio rústico. Pueden estar allí, como hacían cuando venían para que los rebaños estuvieran recogidos...».

ECR 209.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La noticia de que Elisa está decidida a salir de su trágica melancolía se ha debido difundir por el pueblo; tanto que, cuando Jesús, seguido de apóstoles y discípulos, va hacia la casa atravesando el pueblo, mucha gente se le queda mirando atentamente e incluso preguntan a uno u otro pastor para que les den más detalles acerca de Él, acerca del motivo de su visita, o para saber quiénes son los que van con Él, y quién es el niño, y quiénes las mujeres, y para saber qué medicina ha dado a Elisa, que la ha sacado de las tinieblas de la locura de forma tan inmediata, nada más llegar, y para interesarse por el plan que tiene o las palabras que va a decir... Y todas las otras preguntas que queramos añadir.

La última pregunta es: «¿No podemos ir también nosotros?». La respuesta de los pastores es: «No sabemos. Esto se lo tenéis que preguntar al Maestro. Acercaos a Él».

«¿Y si nos trata mal?».

«No trata mal ni siquiera a los pecadores. Id, id, que le daréis una satisfacción».

209.2

Un grupo de personas hablan entre sí — son hombres y mujeres, en general mayores, de la edad de Elisa —; luego van hacia adelante, se acercan a Jesús, que está hablando con Pedro y Bartolomé, y, un poco tímidos, le llaman: «¡Maestro!...».

«¿Qué queréis?» pregunta Bartolomé.

«Hablar con el Maestro para pedirle...».

«Paz a vosotros. ¿Qué queréis de mí?».

La sonrisa de Jesús los tranquiliza y dicen: «Somos todos amigos de Elisa, de su casa. Hemos oído que está curada. Querríamos verla. También querríamos oírte hablar. ¿Podemos ir?».

«A oírme a mí, sí; a verla, no, amigos. Mortificad el sentimiento de amistad y la curiosidad, porque también hay curiosidad en vuestra actitud. No se puede disturbar este gran dolor; respetadlo».

«¿Pero, no está curada?».

«Se vuelve hacia la Luz. Pero, ¿acaso terminada la noche llega inmediatamente el mediodía, o, cuando se enciende una llama en el hogar apagado, en seguida arde viva? Pues lo mismo Elisa. ¿Si una ráfaga intempestiva de viento enviste la leve llama que está naciendo, no la apagará? Por tanto, sed prudentes. Esa mujer es toda ella una llaga. Hasta los amigos podrían exasperarla; necesita sosiego, silencio, soledad, aunque no una soledad trágica como la que vivía hasta ayer, sino resignada, para volver a ser lo que era...».

«Y entonces, ¿cuándo la vamos a ver?».

«Antes de lo que creéis, porque ha encontrado la estela de la salud. ¡Si supierais lo que significa salir de esas tinieblas! Son peores que la muerte, y quien se libra de ellas, en el fondo, siente vergüenza de su estado anterior y de que el mundo lo sepa».

«¿Eres médico?».

«Soy el Maestro».

En esto, ya están frente a la casa.

Jesús se vuelve a los pastores: «Pasad al patio. Que vaya con vosotros quien lo desee, pero que nadie haga ruido ni siga más allá del patio. Cuidad vosotros también — dice a los apóstoles — de que esto se cumpla. Y vosotros — habla a Salomé y a María de Alfeo — tened cuidado de que el niño no haga jaleo. Hasta luego».

Y llama a la puerta. Los otros desaparecen por una callejuela para ir a donde deben.

ECR 209.1-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La noticia de que Elisa está decidida a salir de su trágica melancolía se ha debido difundir por el pueblo; tanto que, cuando Jesús, seguido de apóstoles y discípulos, va hacia la casa atravesando el pueblo, mucha gente se le queda mirando atentamente e incluso preguntan a uno u otro pastor para que les den más detalles acerca de Él, acerca del motivo de su visita, o para saber quiénes son los que van con Él, y quién es el niño, y quiénes las mujeres, y para saber qué medicina ha dado a Elisa, que la ha sacado de las tinieblas de la locura de forma tan inmediata, nada más llegar, y para interesarse por el plan que tiene o las palabras que va a decir... Y todas las otras preguntas que queramos añadir.

La última pregunta es: «¿No podemos ir también nosotros?». La respuesta de los pastores es: «No sabemos. Esto se lo tenéis que preguntar al Maestro. Acercaos a Él».

«¿Y si nos trata mal?».

«No trata mal ni siquiera a los pecadores. Id, id, que le daréis una satisfacción».

209.2

Un grupo de personas hablan entre sí — son hombres y mujeres, en general mayores, de la edad de Elisa —; luego van hacia adelante, se acercan a Jesús, que está hablando con Pedro y Bartolomé, y, un poco tímidos, le llaman: «¡Maestro!...».

«¿Qué queréis?» pregunta Bartolomé.

«Hablar con el Maestro para pedirle...».

«Paz a vosotros. ¿Qué queréis de mí?».

La sonrisa de Jesús los tranquiliza y dicen: «Somos todos amigos de Elisa, de su casa. Hemos oído que está curada. Querríamos verla. También querríamos oírte hablar. ¿Podemos ir?».

«A oírme a mí, sí; a verla, no, amigos. Mortificad el sentimiento de amistad y la curiosidad, porque también hay curiosidad en vuestra actitud. No se puede disturbar este gran dolor; respetadlo».

«¿Pero, no está curada?».

«Se vuelve hacia la Luz. Pero, ¿acaso terminada la noche llega inmediatamente el mediodía, o, cuando se enciende una llama en el hogar apagado, en seguida arde viva? Pues lo mismo Elisa. ¿Si una ráfaga intempestiva de viento enviste la leve llama que está naciendo, no la apagará? Por tanto, sed prudentes. Esa mujer es toda ella una llaga. Hasta los amigos podrían exasperarla; necesita sosiego, silencio, soledad, aunque no una soledad trágica como la que vivía hasta ayer, sino resignada, para volver a ser lo que era...».

«Y entonces, ¿cuándo la vamos a ver?».

«Antes de lo que creéis, porque ha encontrado la estela de la salud. ¡Si supierais lo que significa salir de esas tinieblas! Son peores que la muerte, y quien se libra de ellas, en el fondo, siente vergüenza de su estado anterior y de que el mundo lo sepa».

«¿Eres médico?».

«Soy el Maestro».

En esto, ya están frente a la casa.

Jesús se vuelve a los pastores: «Pasad al patio. Que vaya con vosotros quien lo desee, pero que nadie haga ruido ni siga más allá del patio. Cuidad vosotros también — dice a los apóstoles — de que esto se cumpla. Y vosotros — habla a Salomé y a María de Alfeo — tened cuidado de que el niño no haga jaleo. Hasta luego».

Y llama a la puerta. Los otros desaparecen por una callejuela para ir a donde deben.

209.3

La sirviente abre. Jesús entra mientras la mujer repite una y otra vez sus reverencias.

«¿Dónde está tu patrona?».

«Con tu Madre... ¡Fíjate, ha bajado al jardín! ¡Es una cosa...!, ¡una cosa...! Y ayer por la noche fue al comedor... Lloraba, pero volvió. ¡Intenté que comiera, en vez de tomar el consabido sorbo de leche, pero no lo conseguí!».

«Ya comerá. No insistas. Sé paciente también en el amor hacia tu patrona».

«Sí, Salvador. Haré todo lo que dices».

En efecto, yo creo que la mujer está tan convencida de quién es Jesús y de que todo lo que Él hace está bien hecho, que haría las más extrañas cosas si Jesús se lo dijera.

Por el momento le acompaña a un vasto huerto-jardín lleno de árboles frutales y flores. Pero, si bien los árboles frutales se han encargado por sí mismos de vestirse de hojas y florecer, de formar los pequeños frutos y hacerlos crecer, las pobres plantas de flores, abandonadas desde hace más de un año, se han transformado en un bosque enano y enmarañado en que las plantas de tallo más débil y corto están sofocadas bajo el peso de las más fuertes. Los cuadros, los senderos... confundidos en una única, caótica maraña. Solamente en el fondo, donde la necesidad de la sirviente ha sembrado verduras y legumbres, hay un poco de orden.

María está con Elisa, bajo una pérgola, una enredadísima parra que deja caer, hasta tocar el suelo, sarmientos y zarcillos. Jesús se detiene y mira a su joven Madre, que, con finísimo arte despierta y dirige la mente de Elisa a cosas muy distintas de las que hasta ayer habían sido los pensamientos de esta desconsolada mujer.

La sirviente se acerca a la patrona y dice: «Ha venido el Salvador».

Las mujeres se vuelven y van a su encuentro: una con su dulce sonrisa, la otra con su rostro cansino y desorientado.

«Paz a vosotras. Este jardín es bonito...».

«Era bonito...» dice Elisa.

«Y la tierra fértil. ¡Mira cuánta fruta en vías de maduración!, ¡mira cuántas flores tienen estos rosales! ¿Y allí? ¿Son azucenas?».

«Sí, alrededor de un estanque donde jugaban mucho mis hijos. Entonces estaba ordenado... Ahora aquí todo está desastrado, ya no lo veo como el jardín de mis hijos».

«En pocos días volverá a tener el aspecto de entonces. Te ayudaré yo, ¿verdad, Jesús? Déjame unos días aquí con Elisa. Tenemos muchas cosas que hacer...».

«Todo lo que tú quieres Yo lo quiero».

Elisa le mira y susurra: «Gracias».

Jesús acaricia su cabeza canosa y luego se despide para ir con los pastores.

209.4

Las mujeres se quedan en el jardín, pero, poco después, cuando se oye la voz de Jesús esparcirse por el aire sereno al saludar a los presentes, Elisa, como atraída por una fuerza irresistible, se acerca lentamente a un seto muy alto tras el cual está el patio.

Jesús habla primero a los tres pastores. Está cerquísima del seto. Tiene frente a sí a los apóstoles y a los habitantes de Betsur que le habían seguido. Las Marías con el niño están sentadas en un ángulo. Jesús dice: «¿Pero estáis ligados por contrato o podéis en cualquier momento liberaros del compromiso?».

«Mira, la verdad es que somos dependientes libres, pero dejarlo inmediatamente, ahora que los rebaños requieren tantos cuidados y que es difícil encontrar pastores, no parece una cosa bonita».

«Efectivamente. De todas formas, no es necesario que lo hagáis ahora; os lo digo con tiempo para que, con justicia, toméis en su momento las medidas oportunas, porque os quiero libres para uniros a los discípulos; así me ayudaréis también vosotros...».

«¡Oh, Maestro!...». Los tres se extasían por la alegría. «Pero, ¿vamos a ser capaces?» añaden luego.

«No lo pongo en duda. Entonces está entendido, ¿no? Apenas os sea posible os unís a Isaac».

«Sí, Maestro».

«Podéis ir con los demás.

209.5

Voy a decir dos palabras a la gente».

Deja a los pastores y se dirige a todos los presentes:

«La paz sea con vosotros.

Ayer he oído hablar a dos personas muy desdichadas: el uno, en la aurora de la vida; la otra, en el ocaso: dos almas que lloraban su desolación. Y he llorado en mi corazón con ellos, al ver cuánto dolor hay en la tierra, y cómo sólo Dios lo puede aliviar, sólo el conocimiento exacto de Dios, de su grandeza e infinita bondad, de su constante presencia y sus promesas. He visto cómo el hombre puede ser torturado por sus semejantes y cómo la muerte le puede arrastrar a estados de desolación en los que Satanás trabaja para aumentar el dolor y devastar. Entonces me he dicho: “No deben sufrir los hijos de los hombres esta tortura añadida a las otras torturas. Demos el conocimiento de Dios a quien no lo tiene, devolvámoselo a quien lo ha olvidado en medio de tempestades de dolor”. Pero también he visto cómo Yo solo no doy abasto a cubrir las infinitas necesidades de mis hermanos; y he decidido llamar a muchos, para que todos los que tienen necesidad del consuelo del conocimiento de Dios lo puedan recibir.

Estos doce son los primeros; son segundos Cristos, y, como tales, capaces de conducir a mí, y, por tanto, al consuelo, a todos los que se sienten oprimidos bajo pesos de dolor demasiado grandes. En verdad os digo: Venid a mí los que estéis afligidos, desazonados, los que tengáis el corazón herido o estéis cansados, que compartiré con vosotros vuestro dolor y os daré paz; venid a través de mis apóstoles, a través de mis discípulos y discípulas, que cada día aumentan con nuevas personas voluntariosas: encontraréis consuelo en vuestras penas, compañía en vuestras soledades, el amor de vuestros hermanos con que olvidar el odio del mundo; encontraréis, por encima de todos, consolador por encima de todos, compañero perfecto, el amor de Dios; ya no dudaréis de nada; no volveréis a decir: “¡Todo está acabado para mí!”, sino: “Ahora todo empieza para mí en un mundo sobrenatural que cancela toda distancia y separación”; y los hijos huérfanos volverán a unirse con sus padres, ya sublimados en el seno de Abraham, y padres y madres, esposas y viudos, encontrarán a los hijos o al consorte perdidos.

209.6

En esta tierra de Judea, no lejos de Belén de Noemí, os recuerdo que el amor alivia el dolor y devuelve la alegría. Pensad, vosotros que lloráis, en la desolación de Noemí después de que su casa se hubo quedado sin hombres. Escuchad sus palabras de desconsolado adiós a Orpá y Rut: “Volved a casa de vuestra madre. El Señor se muestre misericordioso con vosotras, como vosotras lo habéis sido con los que han muerto y conmigo...”. Escuchad cómo no se cansaba de insistir. La que había sido Noemí, la bella, y que ahora no era sino la desdichada Noemí, quebrantada por el dolor, ya no esperaba nada de la vida; solamente quería volver, para morir, a los lugares en que había sido feliz, cuando era joven, rodeada del amor de su marido y de los besos de sus hijos. Decía: “Marchaos, marchaos. Es inútil que vengáis conmigo... Yo soy como una muerta... Mi vida ya no está aquí, sino allá, al otro lado de la vida, donde ellos están. Dejad ya de sacrificar vuestra juventud al lado de una cosa que muere, porque realmente yo soy ‘una cosa’. Todo me resulta indiferente. Dios ha tomado todo lo que tenía... Soy pura angustia y sólo angustia os acarrearía... y ello pesaría en mi corazón, y el Señor me pediría cuentas — Él, que tanto ha descargado su mano sobre mí—; porque teneros a vosotras, que vivís, junto a mí, que estoy muerta, sería egoísmo. Id con vuestras madres...”.

Pero Rut se quedó, como apoyo de la doliente vejez. Rut había comprendido que siempre hay dolores mayores que el propio, y que su pena de joven viuda era más ligera que la de esta mujer que había perdido a sus dos hijos además del marido. De la misma forma, el dolor del niño huérfano que se ve obligado a vivir mendigando, privado ya de caricias, privado ya de buenos consejos, es mucho mayor que el de la madre que ha sido despojada para siempre de sus hijos. De la misma forma, el dolor de quien, por diversos motivos, llega a odiar al género humano y ve en todos los hombres un enemigo de quien defenderse y a quien temer, es aún mayor que los otros dolores, porque envuelve no sólo carne, sangre y mente, sino también al espíritu con sus deberes y derechos sobrenaturales y le lleva a la perdición.

¡Cuántas madres sin hijos para los hijos sin madres hay en el mundo! ¡Cuántas viudas sin descendencia, para que ejerzan su piedad para con los ancianos solitarios! ¡Cuántos han sido privados de amor para que se den enteramente a los infelices, con su necesidad de amar, y combatan así el odio, dando, dando, dando amor a la Humanidad infeliz, que sufre cada vez más porque cada vez odia más!

209.7

El dolor es cruz, pero también es ala. El luto despoja, pero para volver a vestir. ¡Alzaos, vosotros que lloráis! ¡Abrid los ojos, abandonad pesadillas, tinieblas y egoísmos! Mirad... el mundo es la landa donde se llora y se muere. El mundo suplica auxilio por boca de huérfanos y enfermos, por boca de los que viven en soledad, de los que vacilan, por boca de los que viven prisioneros del rencor por causa de una traición o de un acto de crueldad. Id a estos que gritan. ¡Olvidaos entre los olvidados! ¡Sanad entre los enfermos! ¡Esperad entre los desesperados! El mundo está abierto a las buenas voluntades que desean servir a Dios en el prójimo y conquistarse el Cielo: unión con Dios, reunión con aquellos cuya ausencia lloramos. Aquí nos ejercitamos, allí será la victoria. Venid. Estad cerca de todos los dolores, como Rut. Decid también vosotros: “Estaré con vosotros hasta la muerte”. Persistid aunque oigáis esta respuesta de los desgraciados que se consideran insanables: “No me llaméis ya Noemí, llamadme Mará, porque Dios me ha colmado de amargura”. En verdad os digo que un día, por vuestra persistencia, estas calamidades exclamarán: “Bendito sea el Señor, que me ha liberado de la amargura, de la desolación, de la soledad, por obra de una criatura que ha sabido hacer que su dolor diera un fruto bueno; que Dios la bendiga eternamente por haberme salvado”.

Fijaos: aquella buena acción de Rut hacia Noemí dio al Mesías al mundo, porque de David de Jesé, de Jesé de Obed, viene el Mesías, como Obed de Booz, Booz de Salmón, Salmón de Naassón, Naassón de Aminadab, Aminadab de Aram, Aram de Esrom, Esrom de Fares, para poblar los campos de Belén, preparando los antepasados del Señor: toda buena acción es origen de cosas grandes, que ni siquiera os imagináis; el esfuerzo de uno contra su propio egoísmo puede provocar una ola de amor tal, que puede subir, subir, llevando entre su transparencia a aquel que la provocó, hasta conducirle a los pies del altar, al corazón de Dios.

Que Dios os conceda la paz».

Y Jesús, sin volver al jardín por la puertecita abierta en el seto, vigila para que nadie se acerque a éste — del otro lado proviene un largo llanto... Y espera a que todos los de Betsur se hayan marchado para alejarse acompañado de los suyos sin turbar ese llanto saludable...

Anotación

Ayer escuché hablar a dos grandes desgraciados, uno en el alba de la vida, el otro en su ocaso: son dos almas hechas a llorar por el peso de su desgracia. Son Marziam(EMV208,1-4) y Elisa(EMV 208,7-11). Este discurso se dirige a ambas.

En verdad os digo: Venid a mí todos los que estáis afligidos y disgustados, todos los que estáis pusilánimes y cansados; yo compartiré vuestro dolor y os traeré la paz. Cf. más adelante Mateo 11, 28-29.

Es en esta tierra de Judea, todavía cerca de la Belén de Noemí, donde os recuerdo cómo el amor alivia el dolor y trae la alegría. Cf. el libro de Rut, cap. 1, 1-22.

Evangelio de Mateo 11, 28-29

Mt 11, 28-29 : Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera.

Libro de Rut 1, 1-22

Rt 1, 1-22 : En los días en que gobernaban los jueces, hubo hambre en el país. Un hombre de Belén de Judá se fue con su mujer y sus dos hijos a vivir a los campos de Moab. El hombre se llamaba Elimelec, y el nombre de su esposa era Noemí, y los nombres de sus dos hijos eran Mahalón y Quelón; eran efrateos de Belén de Judá. Fueron a los campos de Moab y se establecieron allí.

Cuando murió Elimelec, el marido de Noemí, ésta se quedó sola con sus dos hijos; tomaron esposas moabitas, una de las cuales se llamaba Orfa y la otra Rut, y vivieron allí unos diez años. También murieron Mahalón y Queljón, y la mujer se quedó sin sus dos hijos y sin su marido. Entonces ella y sus nueras se levantaron y salieron de los campos de Moab, porque había oído decir en el país de Moab que el Señor había visitado a su pueblo y le había dado pan. Así que ella y sus dos nueras salieron del lugar donde se había establecido, y se pusieron en camino para regresar a la tierra de Judá. Noemí dijo a sus dos nueras: "Id y volved cada una a casa de su madre. Que el Señor sea bondadoso con ustedes, como lo fue conmigo y con los que murieron. Que el Señor haga que cada una encuentre descanso en la casa de su esposo. Y las besó. Ellas alzaron la voz y lloraron, y le dijeron: "No; volveremos contigo a tu pueblo". Noemí dijo: "Volveos, hijas mías; ¿para qué habéis de venir conmigo? ¿Todavía tengo hijos en mi vientre que puedan ser vuestros maridos? Volved, hijas mías, volved. Soy demasiado vieja para volver a casarme. Y cuando digo: tengo esperanza; cuando esta misma noche me casara y tuviera hijos, ¿esperaríais a que crecieran? ¿os abstendríais por eso de volver a casaros? No, hijas mías. Es muy amargo para mí, por vuestra culpa, que la mano de Yahvé haya descendido sobre mí. Y, alzando la voz, volvieron a llorar. Entonces Orfa besó a su suegra, pero Rut se aferró a ella.

Noemí dijo a Rut: "He aquí que tu cuñada ha vuelto con su pueblo y con su dios; vuelve con tu cuñada". Rut respondió: "No me presiones para que te deje cuando me aleje de ti. Donde tú vayas, iré yo; donde tú habites, habitaré yo; tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios; donde tú mueras, moriré yo y allí seré enterrada. ¡Que Yahvé me trate con dureza si algo que no sea la muerte me separa de ti! Al ver que Rut estaba decidida a acompañarla, Noemí puso fin a sus súplicas.

Las dos siguieron su camino hasta llegar a Belén. Cuando entraron en Belén, todo el pueblo se conmovió con ellas, y las mujeres dijeron: "¿Es ésta Noemí? "20Ella les respondió: "No me llaméis Noemí; llamadme Marah, porque el Todopoderoso me ha amargado. Me fui con las manos llenas, y Yahvé me trae de vuelta con las manos vacías. ¿Por qué has de llamarme Noemí, después de que Yahvé ha testificado contra mí y el Todopoderoso me ha afligido?".

Así que Noemí regresó, y con ella su nuera, Rut la moabita, que había venido de los campos de Moab. Llegaron a Belén al comienzo de la siega de la cebada.

Palabras clave

ECR 209.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Las mujeres se quedan en el jardín, pero, poco después, cuando se oye la voz de Jesús esparcirse por el aire sereno al saludar a los presentes, Elisa, como atraída por una fuerza irresistible, se acerca lentamente a un seto muy alto tras el cual está el patio.

Jesús habla primero a los tres pastores. Está cerquísima del seto. Tiene frente a sí a los apóstoles y a los habitantes de Betsur que le habían seguido. Las Marías con el niño están sentadas en un ángulo.

ECR 209.4-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Las mujeres se quedan en el jardín, pero, poco después, cuando se oye la voz de Jesús esparcirse por el aire sereno al saludar a los presentes, Elisa, como atraída por una fuerza irresistible, se acerca lentamente a un seto muy alto tras el cual está el patio.

Jesús habla primero a los tres pastores. Está cerquísima del seto. Tiene frente a sí a los apóstoles y a los habitantes de Betsur que le habían seguido. Las Marías con el niño están sentadas en un ángulo. Jesús dice: «¿Pero estáis ligados por contrato o podéis en cualquier momento liberaros del compromiso?».

«Mira, la verdad es que somos dependientes libres, pero dejarlo inmediatamente, ahora que los rebaños requieren tantos cuidados y que es difícil encontrar pastores, no parece una cosa bonita».

«Efectivamente. De todas formas, no es necesario que lo hagáis ahora; os lo digo con tiempo para que, con justicia, toméis en su momento las medidas oportunas, porque os quiero libres para uniros a los discípulos; así me ayudaréis también vosotros...».

«¡Oh, Maestro!...». Los tres se extasían por la alegría. «Pero, ¿vamos a ser capaces?» añaden luego.

«No lo pongo en duda. Entonces está entendido, ¿no? Apenas os sea posible os unís a Isaac».

«Sí, Maestro».

«Podéis ir con los demás.

209.5

Voy a decir dos palabras a la gente».

Deja a los pastores y se dirige a todos los presentes (...).

Detalle

Isaac no está presente, pero se le nombra en la conversación de Jesús con los pastores.

ECR 209.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«La paz sea con vosotros.

Ayer he oído hablar a dos personas muy desdichadas: el uno, en la aurora de la vida; la otra, en el ocaso: dos almas que lloraban su desolación. Y he llorado en mi corazón con ellos, al ver cuánto dolor hay en la tierra, y cómo sólo Dios lo puede aliviar, sólo el conocimiento exacto de Dios, de su grandeza e infinita bondad, de su constante presencia y sus promesas. He visto cómo el hombre puede ser torturado por sus semejantes y cómo la muerte le puede arrastrar a estados de desolación en los que Satanás trabaja para aumentar el dolor y devastar. Entonces me he dicho: “No deben sufrir los hijos de los hombres esta tortura añadida a las otras torturas. Demos el conocimiento de Dios a quien no lo tiene, devolvámoselo a quien lo ha olvidado en medio de tempestades de dolor”. Pero también he visto cómo Yo solo no doy abasto a cubrir las infinitas necesidades de mis hermanos; y he decidido llamar a muchos, para que todos los que tienen necesidad del consuelo del conocimiento de Dios lo puedan recibir.

Estos doce son los primeros; son segundos Cristos, y, como tales, capaces de conducir a mí, y, por tanto, al consuelo, a todos los que se sienten oprimidos bajo pesos de dolor demasiado grandes. En verdad os digo: Venid a mí los que estéis afligidos, desazonados, los que tengáis el corazón herido o estéis cansados, que compartiré con vosotros vuestro dolor y os daré paz; venid a través de mis apóstoles, a través de mis discípulos y discípulas, que cada día aumentan con nuevas personas voluntariosas: encontraréis consuelo en vuestras penas, compañía en vuestras soledades, el amor de vuestros hermanos con que olvidar el odio del mundo; encontraréis, por encima de todos, consolador por encima de todos, compañero perfecto, el amor de Dios; ya no dudaréis de nada; no volveréis a decir: “¡Todo está acabado para mí!”, sino: “Ahora todo empieza para mí en un mundo sobrenatural que cancela toda distancia y separación”; y los hijos huérfanos volverán a unirse con sus padres, ya sublimados en el seno de Abraham, y padres y madres, esposas y viudos, encontrarán a los hijos o al consorte perdidos.

209.6

En esta tierra de Judea, no lejos de Belén de Noemí, os recuerdo que el amor alivia el dolor y devuelve la alegría. Pensad, vosotros que lloráis, en la desolación de Noemí después de que su casa se hubo quedado sin hombres. Escuchad sus palabras de desconsolado adiós a Orpá y Rut: “Volved a casa de vuestra madre. El Señor se muestre misericordioso con vosotras, como vosotras lo habéis sido con los que han muerto y conmigo...”. Escuchad cómo no se cansaba de insistir. La que había sido Noemí, la bella, y que ahora no era sino la desdichada Noemí, quebrantada por el dolor, ya no esperaba nada de la vida; solamente quería volver, para morir, a los lugares en que había sido feliz, cuando era joven, rodeada del amor de su marido y de los besos de sus hijos. Decía: “Marchaos, marchaos. Es inútil que vengáis conmigo... Yo soy como una muerta... Mi vida ya no está aquí, sino allá, al otro lado de la vida, donde ellos están. Dejad ya de sacrificar vuestra juventud al lado de una cosa que muere, porque realmente yo soy ‘una cosa’. Todo me resulta indiferente. Dios ha tomado todo lo que tenía... Soy pura angustia y sólo angustia os acarrearía... y ello pesaría en mi corazón, y el Señor me pediría cuentas — Él, que tanto ha descargado su mano sobre mí—; porque teneros a vosotras, que vivís, junto a mí, que estoy muerta, sería egoísmo. Id con vuestras madres...”.

Pero Rut se quedó, como apoyo de la doliente vejez. Rut había comprendido que siempre hay dolores mayores que el propio, y que su pena de joven viuda era más ligera que la de esta mujer que había perdido a sus dos hijos además del marido. De la misma forma, el dolor del niño huérfano que se ve obligado a vivir mendigando, privado ya de caricias, privado ya de buenos consejos, es mucho mayor que el de la madre que ha sido despojada para siempre de sus hijos. De la misma forma, el dolor de quien, por diversos motivos, llega a odiar al género humano y ve en todos los hombres un enemigo de quien defenderse y a quien temer, es aún mayor que los otros dolores, porque envuelve no sólo carne, sangre y mente, sino también al espíritu con sus deberes y derechos sobrenaturales y le lleva a la perdición.

¡Cuántas madres sin hijos para los hijos sin madres hay en el mundo! ¡Cuántas viudas sin descendencia, para que ejerzan su piedad para con los ancianos solitarios! ¡Cuántos han sido privados de amor para que se den enteramente a los infelices, con su necesidad de amar, y combatan así el odio, dando, dando, dando amor a la Humanidad infeliz, que sufre cada vez más porque cada vez odia más!

209.7

El dolor es cruz, pero también es ala. El luto despoja, pero para volver a vestir. ¡Alzaos, vosotros que lloráis! ¡Abrid los ojos, abandonad pesadillas, tinieblas y egoísmos! Mirad... el mundo es la landa donde se llora y se muere. El mundo suplica auxilio por boca de huérfanos y enfermos, por boca de los que viven en soledad, de los que vacilan, por boca de los que viven prisioneros del rencor por causa de una traición o de un acto de crueldad. Id a estos que gritan. ¡Olvidaos entre los olvidados! ¡Sanad entre los enfermos! ¡Esperad entre los desesperados! El mundo está abierto a las buenas voluntades que desean servir a Dios en el prójimo y conquistarse el Cielo: unión con Dios, reunión con aquellos cuya ausencia lloramos. Aquí nos ejercitamos, allí será la victoria. Venid. Estad cerca de todos los dolores, como Rut. Decid también vosotros: “Estaré con vosotros hasta la muerte”. Persistid aunque oigáis esta respuesta de los desgraciados que se consideran insanables: “No me llaméis ya Noemí, llamadme Mará, porque Dios me ha colmado de amargura”. En verdad os digo que un día, por vuestra persistencia, estas calamidades exclamarán: “Bendito sea el Señor, que me ha liberado de la amargura, de la desolación, de la soledad, por obra de una criatura que ha sabido hacer que su dolor diera un fruto bueno; que Dios la bendiga eternamente por haberme salvado”.

Fijaos: aquella buena acción de Rut hacia Noemí dio al Mesías al mundo, porque de David de Jesé, de Jesé de Obed, viene el Mesías, como Obed de Booz, Booz de Salmón, Salmón de Naassón, Naassón de Aminadab, Aminadab de Aram, Aram de Esrom, Esrom de Fares, para poblar los campos de Belén, preparando los antepasados del Señor: toda buena acción es origen de cosas grandes, que ni siquiera os imagináis; el esfuerzo de uno contra su propio egoísmo puede provocar una ola de amor tal, que puede subir, subir, llevando entre su transparencia a aquel que la provocó, hasta conducirle a los pies del altar, al corazón de Dios.

Que Dios os conceda la paz».

Y Jesús, sin volver al jardín por la puertecita abierta en el seto, vigila para que nadie se acerque a éste — del otro lado proviene un largo llanto... Y espera a que todos los de Betsur se hayan marchado para alejarse acompañado de los suyos sin turbar ese llanto saludable...

Detalle

El núcleo de esta predicación se condensa en la siguiente nota.

Anotación

Ayer escuché hablar a dos grandes desgraciados, uno en el alba de la vida, el otro en su ocaso: son dos almas hechas a llorar por el peso de su desgracia. Son Marziam(EMV208,1-4) y Elisa(EMV 208,7-11). Este discurso se dirige a ambas.

En verdad os digo: Venid a mí todos los que estáis afligidos y disgustados, todos los que estáis pusilánimes y cansados; yo compartiré vuestro dolor y os traeré la paz. Cf. más adelante Mateo 11, 28-29.

Es en esta tierra de Judea, todavía cerca de la Belén de Noemí, donde os recuerdo cómo el amor alivia el dolor y trae la alegría. Cf. el libro de Rut, cap. 1, 1-22.

El Mesías desciende de David, que desciende de Jesé, a su vez descendiente de Jobed, y Jobed de Booz y Rut. Booz de Salmón, Salmón de Naasón, Naasón de Aminadab, Aminadab de Aram, Aram de Esrón, Esrón de Fares. Esta es la genealogía de Jesús. Cf. Mateo 1, 1-16 y Lucas 3, 23-38 más abajo.

Evangelio de Mateo 11, 28-29

Mt 11, 28-29 : Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera.

Libro de Rut 1, 1-22

Rt 1, 1-22 : En los días en que gobernaban los jueces, hubo hambre en el país. Un hombre de Belén de Judá se fue con su mujer y sus dos hijos a vivir a los campos de Moab. El hombre se llamaba Elimelec, y el nombre de su esposa era Noemí, y los nombres de sus dos hijos eran Mahalón y Quelón; eran efrateos de Belén de Judá. Fueron a los campos de Moab y se establecieron allí.

Cuando murió Elimelec, el marido de Noemí, ésta se quedó sola con sus dos hijos. Tomaron esposas moabitas, una de las cuales se llamaba Orfa y la otra Rut, y vivieron allí unos diez años. Murieron también Mahalón y Queljón, y la mujer se quedó sin sus dos hijos y sin su marido. Entonces se levantó, ella y sus nueras, y abandonó los campos de Moab, porque había oído decir en el país de Moab que Yahvé había visitado a su pueblo y le había dado pan. Así que ella y sus dos nueras salieron del lugar donde se había establecido, y se pusieron en camino para regresar a la tierra de Judá. Noemí dijo a sus dos nueras: "Id y volved cada una a casa de su madre. Que el Señor sea benévolo con ustedes, como lo fue conmigo y con los que murieron. Que el Señor haga que cada una encuentre descanso en la casa de su esposo. Y las besó. Ellas alzaron la voz y lloraron, y le dijeron: "No; volveremos contigo a tu pueblo". Noemí dijo: "Volveos, hijas mías; ¿para qué habéis de venir conmigo? ¿Todavía tengo hijos en mi vientre que puedan ser vuestros maridos? Volved, hijas mías, volved. Soy demasiado vieja para volver a casarme. Y cuando digo: tengo esperanza; cuando esta misma noche me casara y tuviera hijos, ¿esperaríais a que crecieran? ¿os abstendríais por eso de volver a casaros? No, hijas mías. Es muy amargo para mí, por vuestra culpa, que la mano de Yahvé haya descendido sobre mí. Y, alzando la voz, volvieron a llorar. Entonces Orfa besó a su suegra, pero Rut se aferró a ella.

Noemí dijo a Rut: "He aquí que tu cuñada ha vuelto con su pueblo y con su dios; vuelve con tu cuñada". Rut respondió: "No me presiones para que te deje cuando me aleje de ti. Donde tú vayas, iré yo; donde tú habites, habitaré yo; tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios; donde tú mueras, moriré yo y allí seré enterrada. ¡Que Yahvé me trate con dureza si algo que no sea la muerte me separa de ti! Al ver que Rut estaba decidida a acompañarla, Noemí puso fin a sus súplicas.

Las dos siguieron su camino hasta llegar a Belén. Cuando entraron en Belén, todo el pueblo se conmovió con ellas, y las mujeres dijeron: "¿Es ésta Noemí? "20Ella les respondió: "No me llaméis Noemí; llamadme Marah, porque el Todopoderoso me ha amargado. Me fui con las manos llenas, y Yahvé me trae de vuelta con las manos vacías. ¿Por qué has de llamarme Noemí, después de que Yahvé ha testificado contra mí y el Todopoderoso me ha afligido?".

Así que Noemí regresó, y con ella su nuera, Rut la moabita, que había venido de los campos de Moab. Llegaron a Belén al comienzo de la siega de la cebada.

Evangelio de Mateo 1, 1-16

Mt 1, 1-16 : Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. Abraham engendró a Isaac; Isaac engendró a Jacob; Jacob engendró a Judá y a sus hermanos; Judá de Tamar engendró a Fares y a Zara; Fares engendró a Esrón; Esrón engendró a Aram; Aram engendró a Aminadab; Aminadab engendró a Naasón; Naasón engendró a Salmón; Salmón de Rahab engendró a Booz; Booz de Rut engendró a Obed; Obed engendró a Jesé; Jesé engendró al rey David.

David engendró a Salomón, de la mujer de Urías; Salomón engendró a Roboam; Roboam engendró a Abías; Abías engendró a Asa; Asa engendró a Josafat; Josafat engendró a Joram; Joram engendró a Uzías; 9 Uzías engendró a Joatán; Joatán fue padre de Acaz; Acaz fue padre de Ezequías; Ezequías fue padre de Manasés; Manasés fue padre de Amón; Amón fue padre de Josías; Josías fue padre de Jeconías y de sus hermanos, en el tiempo de la deportación a Babilonia.

Y después de la deportación a Babilonia, Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel fue padre de Zorobabel; Zorobabel fue padre de Abiud; Abiud fue padre de Eliacim; Eliacim fue padre de Azor; Azor fue padre de Sadoc; Sadoc engendró a Achim; Achim engendró a Éliud; Éliud engendró a Eléazar; Eléazar engendró a Mathan; Mathan engendró a Jacob; Y Jacob engendró a José, esposo de María, de quien nació Jesús, llamado Cristo.

Evangelio de Lucas 3, 23-38

Lc 3, 23-38: Jesús tenía unos treinta años cuando comenzó su ministerio; Era hijo de José, hijo de Helí, hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Melchî, hijo de Janna, hijo de José, hijo de Matatías, hijo de Amós, hijo de Nahum, hijo de Hesli, hijo de Nagge, hijo de Maat hijo de Joanan, hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Salathiel, hijo de Neri, hijo de Melchi, hijo de Addi, hijo de Cosam, hijo de Elmadam, hijo de Her, hijo de Jesús, hijo de Eliezer, hijo de Jorim, hijo de Matthat, hijo de Levi, hijo de Simeón, hijo de Judá, hijo de José, hijo de Jonan, hijo de Eliakim, hijo de Melea, hijo de Menna, hijo de Matatá, hijo de Natán, hijo de David, hijo de Jesé, hijo de Obed, hijo de Booz, hijo de Salmón, hijo de Naasón, hijos de Aminadab, hijo de Aram, hijo de Esrón, hijo de Fares, hijo de Judas, hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, hijo de Tare, hijo de Nahor, hijo de Sarug, hijo de Reu, hijo de Faleg, hijo de Heber, hijo de Salé, hijo de Cainán, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo de Noé, hijo de Lamec, hijo de Mathusaleh, hijo de Enoc, hijo de Jared, hijo de Malaleel, hijo de Cainán, hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios.

ECR 209.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«La paz sea con vosotros.

Ayer he oído hablar a dos personas muy desdichadas: el uno, en la aurora de la vida; la otra, en el ocaso: dos almas que lloraban su desolación. Y he llorado en mi corazón con ellos, al ver cuánto dolor hay en la tierra, y cómo sólo Dios lo puede aliviar, sólo el conocimiento exacto de Dios, de su grandeza e infinita bondad, de su constante presencia y sus promesas. He visto cómo el hombre puede ser torturado por sus semejantes y cómo la muerte le puede arrastrar a estados de desolación en los que Satanás trabaja para aumentar el dolor y devastar. Entonces me he dicho: “No deben sufrir los hijos de los hombres esta tortura añadida a las otras torturas. Demos el conocimiento de Dios a quien no lo tiene, devolvámoselo a quien lo ha olvidado en medio de tempestades de dolor”. Pero también he visto cómo Yo solo no doy abasto a cubrir las infinitas necesidades de mis hermanos; y he decidido llamar a muchos, para que todos los que tienen necesidad del consuelo del conocimiento de Dios lo puedan recibir.

Estos doce son los primeros; son segundos Cristos, y, como tales, capaces de conducir a mí, y, por tanto, al consuelo, a todos los que se sienten oprimidos bajo pesos de dolor demasiado grandes. En verdad os digo: Venid a mí los que estéis afligidos, desazonados, los que tengáis el corazón herido o estéis cansados, que compartiré con vosotros vuestro dolor y os daré paz; venid a través de mis apóstoles, a través de mis discípulos y discípulas, que cada día aumentan con nuevas personas voluntariosas: encontraréis consuelo en vuestras penas, compañía en vuestras soledades, el amor de vuestros hermanos con que olvidar el odio del mundo; encontraréis, por encima de todos, consolador por encima de todos, compañero perfecto, el amor de Dios; ya no dudaréis de nada; no volveréis a decir: “¡Todo está acabado para mí!”, sino: “Ahora todo empieza para mí en un mundo sobrenatural que cancela toda distancia y separación”; y los hijos huérfanos volverán a unirse con sus padres, ya sublimados en el seno de Abraham, y padres y madres, esposas y viudos, encontrarán a los hijos o al consorte perdidos.»

Anotación

Ayer escuché hablar a dos grandes desgraciados, uno en el alba de la vida, el otro en su ocaso: son dos almas hechas a llorar por el peso de su desgracia. Son Marziam(EMV208,1-4) y Elisa(EMV 208,7-11). Este discurso se dirige a ambas.

En verdad os digo: Venid a mí todos los que estáis afligidos y disgustados, todos los que estáis pusilánimes y cansados; yo compartiré vuestro dolor y os traeré la paz. Cf. infra Mateo 11, 28-29.

Evangelio de Mateo 11, 28-29

Mt 11, 28-29 : Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.

ECR 210.1-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Hombre, no creo que tengáis intención de ir en peregrinaje a todos los lugares famosos de Israel!» dice irónicamente Judas Iscariote, que va polemizando en un grupo en que están María de Alfeo y Salomé, además de Andrés y Tomás.

«¿Por qué no? ¿Quién lo prohíbe?» pregunta María Cleofás.

«¡Pues yo! Mi madre hace mucho que me espera...».

«Pues ve a casa de tu madre. Ya te alcanzaremos después» dice Salomé, y parece añadir mentalmente: «Ninguno se apenará por tu ausencia».

«¡De ninguna manera! Iré acompañado del Maestro. Ya de hecho no va su Madre, como estaba pensado; lo cual verdaderamente no se debía haber hecho porque se había prometido que iría».

«Se ha quedado en Betsur para cumplir una obra buena. Esa mujer era muy infeliz».

«Jesús podía haberla curado inmediatamente, sin necesidad de devolverle la plenitud gradualmente. No sé por qué ahora no es partidario de milagros estrepitosos».

«Si lo ha hecho así, tendrá sus santas razones» dice con serenidad Andrés.

«¡Sí, y así pierde prosélitos!

210.2

¡Qué desilusión la visita a Jerusalén!: cuanta más necesidad hay de gestos llamativos, más se acurruca en la sombra. Yo verdaderamente esperaba ver, hacer frente...».

«Oye, perdona la pregunta... pero, ¿qué querías ver?, ¿a quién querías hacer frente...?».

«¿Qué?... ¿A quién?... ¡Hombre, pues ver sus obras milagrosas y no tener que dejarme avasallar por los que dicen que es un falso profeta o un endemoniado! ¡Porque dicen esto, eh! Dicen que sin el apoyo de Belcebú no es más que un pobre hombre. Y dado que se sabe que Belcebú cambia caprichosamente de humor y que se deleita en tomar y dejar, como hace el leopardo con la presa, y, dado que los hechos justifican este pensamiento, pues me preocupa el pensar que Él no hace nada. ¡Quedamos por los suelos! Somos los apóstoles de un Maestro... todo doctrina, sí, eso es innegable, pero nada más». La brusca pausa de Judas tras la palabra “Maestro” hace pensar que quería decir algo más gordo.

Las mujeres están atónitas. Pero María de Alfeo, como pariente de Jesús, dice claramente: «¡A mí eso no me asombra; lo que sí me asombra es que Jesús te soporte, muchacho!».

Andrés, que siempre es manso, esta vez pierde la paciencia, y, rojo, enfurecido — muy parecido a su hermano en raras ocasiones — grita: «¡Pues vete! ¡Así no tendrás que quedar mal por culpa del Maestro! ¿Quién te ha convocado? A nosotros sí, a ti no. Tuviste que insistir varias veces para que te aceptara. Te has impuesto... ¡No sé por qué no les cuento todo a los demás!...».

«Con vosotros no se puede hablar nunca. Tienen razón cuando dicen que sois pendencieros e ignorantes...».

«La verdad es que no entiendo en absoluto dónde encuentras el error del Maestro. Y yo no tenía noticia de estos cambios caprichosos del Demonio. ¡Pobrecito! Sin duda tiene que ser raro; si hubiera sido equilibrado de mente, no se hubiera rebelado contra Dios. De todas formas tomo nota» dice, no sin sarcasmo, Tomás, para tratar de desviar la tormenta que se avecina.

«No estoy de broma, así que tú tampoco. ¿Se ha hecho notar en Jerusalén acaso? Pero si además hasta el mismo Lázaro ha hecho esta observación...».

La carcajada de Tomás retumba en el ambiente... y, riéndose todavía — su risa ya de por sí ha desorientado a Judas Iscariote —, dice: «¿Que no ha hecho nada! Vete a preguntárselo a los leprosos de Siloán y de Hinnom. Bueno, en Hinnom no encontrarás a ninguno, porque todos están curados. El hecho de que tú no estuvieras, porque tenías prisa de ir con... los amigos, y de que, por tanto, no lo hayas sabido, no quita para que los valles de Jerusalén y de otros muchos lugares rebosen de aclamaciones de los curados» termina, serio, Tomás.

210.3

Y, severo, añade: «Tu enfermedad es de la bilis, amigo; que todo te lo amarga y te lo hace ver verde. En ti debe ser una enfermedad cíclica. Créeme que convivir con uno como tú es poco placentero. Cambia. No voy a decirle nada a nadie, y lo mismo espero que hagan estas buenas mujeres — si es que quieren escucharme — y Andrés. Pero cambia. No te sientas defraudado, porque aquí no hay ninguna desilusión. No te sientas necesario, mira, que el Maestro sabe cómo actuar; no pretendas ser el maestro del Maestro. Si, en el caso de la pobre Elisa, ha actuado así, es señal de que era lo correcto. Deja que esas sierpes silben y escupan como quieran; no te metas a querer hacer de intermediario entre ellos y Él, y mucho menos aún te avergüences de estar con Él. Aunque no curase en lo sucesivo ni siquiera un resfriado, ello no quitaría para que siguiera siendo poderoso. Su palabra es un continuo milagro. ¡Y vive en paz, que no nos vienen persiguiendo arqueros! ¡Llegará un día, cómo no, que convenceremos al mundo de quién es Jesús! Y tranquilo también por la cuestión de María, que si ha prometido que irá a ver a tu madre irá. Entre tanto vamos caminando como peregrinos por estas hermosas comarcas. ¡Nuestro trabajo es éste! ¡Sí, hombre, claro! Vamos a darles a las discípulas la satisfacción de ir a ver la tumba de Abraham, su árbol y la tumba de Jesé y... ¿qué más habíais dicho?».

«Se dice que aquí vivió Adán y murió asesinado Abel...».

«Las consabidas leyendas sin sentido!...» dice Judas rezongando.

«Dentro de un siglo se dirá que lo de la gruta de Belén y muchas otras cosas son una leyenda.

210.4

Pero, oye, además, ¿no fuiste tú quien quiso ir a aquel fétido antro de Endor, que — creo que estarás de acuerdo conmigo — no pertenecía precisamente a un ciclo santo; ¿no crees? Bueno, pues ellas vienen aquí, donde se dice que hay sangre y cenizas de santos. De Endor nos ha venido Juan, ¿quién sabe...?».

«¡Buen fichaje, Juan!» dice burlonamente Judas.

«No es guapo de cara, sí, pero puede ser que su alma sea mejor que la nuestra».

«¡Sí, precisamente su alma... con la vida que ha vivido!».

«¡Calla! El Maestro nos dijo que no debíamos rememorarlo».

«¡Qué fácil eso! ¡Ya quisiera ver yo, si hiciera algo parecido, si lo ibais a rememorar o no!».

«Adiós, Judas; es mejor que estés solo. Estás demasiado agitado. ¡Si al menos supieras lo que te pasa!».

«¿Que qué me pasa, Toma? Pues lo que me pasa es que veo que a nosotros se nos deja de lado por los últimos que llegan; lo que me pasa es que veo preferir a todos antes que a mí; y que noto que se espera a que no esté yo para enseñar a orar. ¿Qué quieres, que me gusten estas cosas?».

«No gusta, de acuerdo, pero te recuerdo que si hubieras venido con nosotros a la Cena de Pascua, habrías estado tú también en el Monte de los Olivos cuando el Maestro nos enseñó la oración. Y, por lo que respecta a que se nos deje de lado por los primeros que llegan, no lo veo. ¿Lo dices por ese pobre inocente?, ¿o por el pobre Juan?».

«Por los dos. Jesús ya casi no se dirige a nosotros. Mírale incluso ahora... Está allí, sin ninguna prisa, habla que te habla con el niño. ¡Pues va a tener que esperar no poco tiempo a poderle incluir entre los discípulos! ¿Y el otro?... Nunca será discípulo: es demasiado soberbio, culto, duro de corazón, y tiene malas tendencias. Y a pesar de todo: “Juan por aquí y Juan por allá”...».

«¡¡¡Padre Abraham, no me dejes perder la paciencia!!! ¿Y en qué te parece que el Maestro prefiere a otros antes que a ti?».

«¡Pero no lo has visto también ahora? Llegado el momento de salir de Betsur — después de un tiempo pasado en instruir a tres pastores a los que perfectamente había podido instruir Isaac —, ¿a quién deja con su Madre? ¿A mí?, ¿a ti? No. Deja a Simón. ¡Un viejo que casi no habla!...».

«Pero que lo poco que dice está siempre bien dicho» replica prontamente Tomás, que ahora se ha quedado solo con Judas dado que las mujeres, con Andrés, se han separado y van adelante ligeras, como huyendo de un tramo de camino lleno de sol.

210.5

Los dos apóstoles hablan tan acaloradamente, que no oyen que Jesús se ha acercado, perdido del todo el ruido de sus pasos entre la polvareda del camino. Mas si Él no hace ruido, ellos gritan como diez, y Jesús sí que los oye; detrás vienen también Pedro, Mateo, los dos primos del Señor, Felipe y Bartolomé, y los dos hijos de Zebedeo llevando en medio a Marziam.

Jesús dice: «Es así, como has dicho, Tomás: Simón habla poco, pero lo poco que dice está siempre bien dicho: tiene mente serena y corazón honesto; pero, sobre todo, una muy buena voluntad. Por eso le he dejado con mi Madre. Es verdaderamente un caballero, y, al mismo tiempo, conoce la vida, ha sufrido, y es anciano. Por tanto — y digo esto porque pienso que a alguien le ha parecido injusta esta decisión — era el más adecuado para quedarse. Judas, no podía permitir que mi Madre se quedase sola — y era justo dejarla — con una pobre mujer que todavía estaba enferma: mi Madre completará así la obra que Yo he comenzado. Tampoco podía dejarla con mis hermanos, ni con Andrés o Santiago o Juan, y tampoco contigo. Si no comprendes el motivo no sé qué decirte...».

«Porque es tu Madre, joven y hermosa, y la gente...».

«¡No! La gente tendrá siempre fango en el pensamiento, en los labios y en las manos, y especialmente en el corazón: la gente deshonesta, que ve sus sentimientos en los demás. Pero su fango no absorbe mi atención: se cae por sí solo, una vez seco. He preferido a Simón porque es anciano y no recordaba demasiado a los hijos difuntos de esa mujer desolada; vosotros, jóvenes, los habríais evocado con vuestra juventud... Simón sabe tutelar y pasar desapercibido, nunca exige nada, es compasivo, sabe velar por sí mismo. Podía haber escogido a Pedro. ¿Quién mejor que él para estar con mi Madre? Pero todavía es muy impulsivo. ¿Ves cómo se lo digo a la cara y no se ofende? Pedro es sincero, y ama la sinceridad incluso cuando le supone un perjuicio. Podía haber sido Natanael, pero no ha estado nunca en Judea; Simón, por el contrario, la conoce bien y será precioso para guiar a mi Madre a Keriot. Sabe incluso ir a la casa tuya del campo, y a la de la ciudad, así que no hará...».

210.6

«¡Pero... Maestro... entonces tu Madre va a ir realmente a ver a la mía?».

«¡Ya se había dicho! Cuando se dice una cosa se hace. Iremos sin prisa, deteniéndonos a evangelizar por estos pueblos. ¿No quieres que evangelice tu Judea?».

«¡Sí, sí, Maestro!... Yo es que creía... pensaba...».

«Bueno, sobre todo, es que te creabas penas por causa de una serie de quimeras de tu fantasía. Para la segunda fase de la luna de Ziv estaremos todos nosotros en casa de tu madre; nosotros, es decir, también mi Madre y Simón. Por ahora Ella está evangelizando Betsur, ciudad judía, de la misma forma que Juana está evangelizando Jerusalén con una joven y un sacerdote que fue leproso; Lázaro con Marta y el anciano Ismael hacen lo propio en Betania; en Yuttá, Sara; en Keriot, sin duda, habla del Mesías tu madre. No puedes decir que dejo privada de mensajeros a Judea; antes bien, le doy — a pesar de su mayor cerrazón y obstinación — las voces más dulces, las de las mujeres — que a la palabra unen ese arte fino suyo y son maestras en conducir los corazones a donde quieren —, además de las del santo Isaac y de mi amigo Lázaro. ¿Ya no dices nada? ¿Por qué estás casi llorando, niñote caprichoso? ¿Qué ganas envenenándote con las sombras? ¿Tienes todavía algún motivo de inquietud? ¡Ánimo, habla...!».

«Soy malo... y Tú eres muy bueno.. Tu bondad siempre me impresiona: ¡es siempre tan fresca y nueva...! Yo... yo... nunca sé decir cuándo la encuentro en mi camino».

«Tú lo has dicho, no lo puedes saber, pero es porque no es ni fresca ni nueva, sino eterna, Judas; omnipresente, Judas...

210.7

¡Ya estamos en las cercanías de Hebrón! María, Salomé y Andrés nos hacen grandes gestos. Vamos. Están hablando con unos hombres. Deben estarles preguntando por los lugares históricos. ¡Tu madre, ante la memoria de estos lugares, rejuvenece, hermano mío!».

Judas Tadeo le sonríe a su primo, quien, igualmente, sonríe.

Y Pedro: «¡Rejuvenecemos todos! Me siento como en la escuela, una bonita escuela, mejor que la de aquel cascarrabias de Eliseo. ¿Te acuerdas, Felipe? ¡Pero las armábamos, ¿eh?! ¡Aquella historia de las tribus!: “¡Decid las ciudades de las tribus!”; “No las habéis dicho en coro... a decirlas otra vez...”; “Simón, pareces una rana dormida, te quedas atrás. Volved a empezar”. ¡Ay, veía todo nombres de ciudades y de pueblos de todos los tiempos y no sabía nada más! Aquí, sin embargo, se aprende verdaderamente. ¡Marziam, un día de éstos tu padre, ahora que ya sabe, irá a hacer el examen!...».

Todos se echan a reír mientras se dirigen hacia Andrés y las mujeres.

Detalle

Andrés interviene en 210.2, pero es sobre todo Tomás quien hablará con Judas desde EMV 210.2 hasta 210.4 inclusive.

María de Alfeo y María de Salomé participan en la conversación, pero se escabullen con Andrés en 210.4 cuando la conversación entre los dos apóstoles se calienta. Se las menciona de nuevo en 210.7 con el hermano de Simón Pedro.

Anotación

María de Cleofás: María, hija de Cleofás y esposa de Alfeo. En Nazaret, había varias "María de Alfeo". Para precisarlas, se utilizaba un segundo vínculo de parentesco o filiación. Encontramos esta diversidad en los relatos evangélicos: Judas, el hermano de Santiago, Judas, el hombre (isch) de Kerioth.

Esta mujer era muy desgraciada. Elisa, la madre afligida. Véase el capítulo anterior.

Los valles de Jerusalén y muchos otros resuenan con los cantos de alabanza de los que han sido curados. Cf. EMV 199.3/5.

Complacemos a las discípulas yendo a ver la tumba de Abraham, su árbol : La tumba de los patriarcas: La encina de Mambré, cerca de Hebrón (Génesis 13,18). Cerca de allí, Abraham adquirió la cueva de Macpela, donde enterró a su esposa Sara (Génesis 23:19). Él mismo fue enterrado allí (Génesis 25:8-9). Véanse los textos bíblicos a continuación.

La tumba de Jesé: En Hebrón se honra la tumba de Jesé, padre de David, y de su abuela Rut la moabita, esposa de Booz.

Se dice que es el lugar donde vivió Adán y donde mataron a Abel ... Son tradiciones judías (a veces embellecidas) de las que se hacen eco los Padres de la Iglesia (San Jerónimo, Orígenes, San Amboise, etc.).

Querías entrar en la apestosa caverna de En-Dor: cf. EMV 188.

Juana evangeliza Jerusalén y con ella una joven y un sacerdote: se trata de Juan sacerdote y Annalia. Cf. EMV 199,4-5 y EMV 199,6.

Libro del Génesis 13, 18

Gn 13, 18 : Abram levantó sus tiendas y se fue a vivir a las encinas de Mambré, que están en Hebrón; y allí edificó un altar a Yahvé.

Libro del Génesis 23, 19

Gn 23, 19 : Después de esto, Abraham enterró a su mujer Sara en la cueva de Macpela, frente a Mambré, que es Hebrón, en la tierra de Canaán.

Libro del Génesis 25, 8-9

Gn 25, 8-9 : Abraham murió en una vejez feliz, anciano y lleno de días, y se reunió con su pueblo. 9 Isaac e Ismael, sus hijos, lo enterraron en la cueva de Macpela, en el campo de Efrón, hijo de Seor el hitita, que está frente a Mambré.