ECR 53.6
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
El cuerpo sea siervo del espíritu que es siervo del Dios verdadero, y no sea el cuerpo señor del espíritu, y contra Dios.
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ECR 53.6
El cuerpo sea siervo del espíritu que es siervo del Dios verdadero, y no sea el cuerpo señor del espíritu, y contra Dios.
ECR 53.6
Dios es la herencia de sus sacerdotes. Para ellos, Él, el Padre de Israel, es, como en ningún caso, Padre, y pone los medios para que reciban el alimento como es justo; pero no más de lo que sea justo. No ha prometido a sus siervos del Santuario bolsa y posesiones. En la eternidad, por su justicia, tendrán el Cielo, como lo tendrán Moisés y Elías y Jacob y Abraham, pero en esta tierra no deben tener más que vestido de lino y diadema de oro incorruptible: pureza y caridad, y que el cuerpo sea siervo del espíritu que es siervo del Dios verdadero, y no sea el cuerpo señor del espíritu, y contra Dios.
ECR 53.7
53.7 Quien quiera conocer la Luz, la Verdad, la Vida, quien quiera volver a oír la Voz de Dios que habla a su pueblo, venga a mí. Seguisteis a Moisés a través de los desiertos, ¡oh, vosotros de Israel! Seguidme; que Yo os conduzco, a través de un desierto, sin duda, más dificultoso, hacia la verdadera Tierra beata. Por mar abierto al mandato de Dios, a ella os llevo. Alzando mi Signo, os curo de todo mal.
Ha llegado la hora de la Gracia. La esperaron los Patriarcas, murieron esperándola. La predijeron los Profetas y murieron con esta esperanza. La soñaron los justos y murieron confortados por este sueño. Ha surgido ahora.
Venid. “El Señor va a juzgar de un momento a otro a su pueblo y será misericordioso para con sus siervos”, como prometió por boca de Moisés.
ECR 54
Jesús se encuentra en el olivar de Getsemaní. El dueño de la casa -Jonás- dice a Cristo que le esperan tres hombres, entre ellos uno que probablemente esté enfermo y un leproso. Jesús se dirige primero a este último: es Simón el Zelote, que le pide la curación. El Salvador le concede su deseo y el futuro apóstol queda completamente curado. Luego se dirige a los dos recién llegados: Judas de Keroth y Tomás. El primero desea ardientemente seguir al Salvador, participar de su gloria "según el Cielo". Pero Jesús le pide que lo piense detenidamente y se niega a aceptarlo de inmediato. Pensaba que era impulsivo y no creía en su constancia. Entonces Jesús le pide que discierna con cuidado y le dice que estará en el Templo para Pentecostés. Tomás, por su parte, también quiere seguirle, pero le asustan las palabras dirigidas a Judas. Jesús le tranquiliza, diciéndole que la presunción lleva a la ruina, pero que el miedo unido a la humildad puede ser una ayuda. Le sugiere que reflexione y luego, cuando el discípulo se ha ido, Jesús explica a Juan y a los demás por qué ha hecho una diferencia entre los dos discípulos. En este sentido, Tomás es más perfecto, porque quiere seguirle por amor y no por deseo de gloria humana. Todos los discípulos presentes afirman entonces que aman a Jesús, y cuando le preguntan si son perfectos, Jesús les explica que sólo Dios es perfecto, pero que ellos llegarán a serlo si persisten en su voluntad de amar.
Después de hablar de su naturaleza de Verbo de Dios y de su perfección de Dios-Hombre, Jesús se describe a sí mismo como Hijo del Hombre. Luego responde a la pregunta de Pedro sobre la ausencia de Judas, y a la de Andrés sobre por qué hizo un milagro en Caná y no en su tierra natal. El Señor menciona también a su Madre.
Por último, Cristo acoge a Dídimo, que ha vuelto sobre sus pasos, y así acoge a Tomás entre sus discípulos.
ECR 54.1
54.1 Jesús está junto a sus seis discípulos. Tanto el otro día como hoy, no he visto a Judas Tadeo, que también había expresado su deseo de ir a Jerusalén con Jesús.
ECR 54.1
Deben ser todavía las fiestas pascuales, porque continúa habiendo mucho gentío por la ciudad. Anochece. Muchos se apresuran hacia las casas.
También Jesús se dirige a la casa en que le hospedan. No es la del Cenáculo — que está más en la ciudad, aunque en las afueras —. Ésta es una casa de campo en el pleno sentido de la palabra, entre tupidos olivos. Desde la pequeña y agreste explanada que tiene delante, se ven descender colina abajo, en escalones, los árboles, deteniéndose a la altura de un pequeño torrente escaso de agua, que discurre por el valle situado entre dos colinas poco altas: en la cima de una colina está el Templo; en la otra colina, sólo olivos y más olivos. Jesús está en la parte baja de la ladera de este delicado alcor que sube sin asperezas: serenos árboles, todo manso.
«Juan, hay dos hombres que esperan a tu amigo» dice un hombre anciano, que debe ser el agricultor o el propietario del olivar. Yo diría que Juan le conoce.
«¿Dónde están? ¿Quiénes son?».
«No lo sé. Uno, sin duda, es judío. El otro... no sabría decirte. No se lo he preguntado».
«¿Dónde están?».
«Esperando en la cocina y... y... sí... bueno... hay también uno lleno de llagas... Le he dicho que se estuviera allí porque... no quisiera que estuviera leproso... Dice que quiere ver al Profeta que ha hablado en el Templo».
Jesús, que hasta ese momento había estado callado, dice: «Vamos primero adonde éste. Di a los otros que vengan, si quieren. Hablaré aquí, en el olivar, con ellos». Y se dirige hacia el punto indicado por el hombre.
«¿Y nosotros? ¿Qué hacemos?» pregunta Pedro.
«Venid, si queréis».
ECR 54.2-3
Un hombre todo cubierto y embozado está apoyado en el pequeño, rústico muro que sostiene un escalón del terreno, el más cercano al límite de la propiedad. Debe haber subido hasta allí por un senderillo que sigue el curso del torrente y conduce a ese lugar.
Cuando ve a Jesús venir hacia él, grita: «¡Atrás, atrás! ¡Pero ten piedad!». Y descubre su torso dejando caer el vestido. Si el rostro aparece cubierto de costras, el tronco es un recamado de llagas: unas ya convertidas en agujeros profundos, otras simplemente como rojas quemaduras, otras blanquecinas y brillantes como si tuvieran encima un cristalito blanco.
«¡Estás leproso! ¿Qué quieres de mí?».
«¡No me maldigas! ¡No me apedrees! Me han dicho que anteayer tarde te has manifestado como Voz de Dios y Portador de la Gracia. Me han dicho que has asegurado que alzando tu signo sanas todo mal. Álzalo sobre mí. Vengo de los sepulcros... Allí... Me he arrastrado como una serpiente entre los arbustos del torrente para llegar hasta aquí sin ser visto. He esperado a que anocheciera para hacerlo, porque en la penumbra se me identificaba menos. He osado... he encontrado a éste, de la casa, que es rico en bondad. No me ha matado. Sólo me ha dicho: “Espera apoyado en el muro”. Ten Tú también piedad». Y dado que Jesús se acerca — Él solo, porque los seis discípulos y el propietario del lugar, con los dos desconocidos, se han quedado lejos y muestran claramente repulsa — insiste: «¡No más adelante! ¡No más! ¡Estoy infectado!». Pero Jesús prosigue. Le mira con tanta piedad, que el hombre se echa a llorar y se arrodilla hasta casi tocar con el rostro en el suelo y gime: «¡Tu signo! ¡Tu signo!».
«Será alzado en su hora. Pero a ti te digo: “Levántate. Queda curado. Lo quiero. Y tú séme signo en esta ciudad que debe conocerme. ¡Levántate, digo! ¡Y no peques, en reconocimiento hacia Dios!”».
El hombre se levanta lentamente. Parece surgir de las hierbas altas y florecidas como de un sudario... y está curado. Se mira con los últimos restos de luz. Está curado. Grita: «¡Estoy limpio! ¡Oh!, ¿qué debo hacer ahora por ti?».
«Obedecer a la Ley. Vete al sacerdote. Sé bueno en el futuro. Ve».
El hombre hace amago de echarse a los pies de Jesús, pero se acuerda de que todavía es impuro, según la Ley, y se contiene. Eso sí, se besa las manos y manda el beso a Jesús, y llora de alegría.
54.3
Los otros se han quedado de piedra. Jesús vuelve la espalda al hombre que ha sido curado y, sonriendo, los hace volver en sí: «Amigos, no era más que una lepra de la carne, veréis caer la lepra de los corazones. (...)»
Curación de la lepra de Simón el Zelote. Estaban presentes seis discípulos: Juan y Santiago de Zebedeo, Pedro y Andrés, Felipe y Natanael.
ECR 54.3-5
«¿Sois vosotros los que me buscáis?» dice a los dos desconocidos. «Aquí estoy. ¿Quiénes sois?».
«Te hemos oído la otra tarde... en el Templo. Te hemos buscado por la ciudad. Uno que dice ser pariente tuyo nos ha informado de que estabas aquí».
«¿Por qué me buscáis?».
«Para seguirte, si nos aceptas, porque Tú tienes palabras de verdad».
«¿Seguirme? ¿Pero sabéis hacia dónde voy?».
«No, Maestro, pero ciertamente a la gloria».
«Sí. Pero a una gloria no de la tierra. A una gloria que tiene su sede en el Cielo y que se conquista con virtud y sacrificio. ¿Por qué queréis seguirme?» vuelve a preguntar.
«Para tener parte en tu gloria».
«¿Según el Cielo?».
«Sí, según el Cielo».
«No todos pueden llegar. Porque Satanás insidia, más que a los demás, a los que desean el Cielo, y sólo quien sabe fuertemente querer resiste. ¿Por qué seguirme, si seguirme a mí quiere decir lucha continua con el enemigo que está en nosotros, con el mundo enemigo, y con el Enemigo, que es Satanás?».
«Porque así lo quiere nuestro espíritu, que ha quedado conquistado por ti. Eres santo y poderoso. Queremos ser tus amigos».
«¡¡¡Amigos!!!».... Jesús se calla y suspira. Después mira fijamente a quien ha estado hablando, que ahora ha echado hacia atrás el manto que cubría su cabeza. Es Judas de Keriot. «¿Quién eres, tú que hablas mejor que un hombre del pueblo?».
«Judas soy, de Simón. De Keriot soy. Pero soy del Templo... o... estoy en el Templo. Espero al Rey de los judíos y sueño con Él. Te he sentido Rey en la palabra. Rey te he visto en el gesto. Tómame contigo».
«¿Tomarte? ¿Ahora? ¿En seguida? No».
«¿Por qué, Maestro?».
«Porque es mejor sopesarse a sí mismo antes de tomar caminos muy escarpados».
«¿No crees en mi sinceridad?».
«Lo has dicho. Creo en tu impulso. Pero no creo en tu constancia. Piénsalo, Judas. Yo ahora me iré y volveré para Pentecostés. Si estás en el Templo, me verás. Sopésate a ti mismo.
54.4
¿Y tú quién eres?» le pregunta al segundo desconocido.
«Otro que te vio. Querría estar contigo. Pero ahora me da miedo».
«No. La presunción es perdición. El temor puede ser obstáculo, pero si viene de la humildad es una ayuda. No temas. También tú piensa, y cuando vuelva...».
«¡Maestro, eres muy santo! Tengo miedo de no ser digno. No de otra cosa. Porque respecto a mi amor no temo...».
«¿Cómo te llamas?».
«Tomás, llamado Dídimo».
«Recordaré tu nombre. Vete en paz».
Jesús se despide de ellos y se retira a la acogedora casa para cenar.
54.5
Los seis que están con Él quieren saber muchas cosas. «¿Por qué, Maestro, has hecho diferencia entre los dos?... Porque una diferencia ha habido. Los dos tenían el mismo impulso...» pregunta Juan.
«Amigo, un impulso, aun siendo el mismo, puede tener distinto contenido y causar distinto efecto. Es cierto que los dos tienen el mismo impulso. Pero uno no es igual que el otro en el fin. Y el que parece el menos perfecto es el más perfecto, porque no lleva fomes de gloria humana. Me ama porque me ama».
ECR 54.3
Satanás insidia, más que a los demás, a los que desean el Cielo, y sólo quien sabe fuertemente querer resiste.
ECR 54.3
«¿Por qué me buscáis?».
«Para seguirte, si nos aceptas, porque Tú tienes palabras de verdad».
«¿Seguirme? ¿Pero sabéis hacia dónde voy?».
«No, Maestro, pero ciertamente a la gloria».
«Sí. Pero a una gloria no de la tierra. A una gloria que tiene su sede en el Cielo y que se conquista con virtud y sacrificio.»