ECR 204.10 · Volumen 3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
«¿Qué piensas, Maestro?» pregunta Lázaro.
«Que hay muchos infelices en el mundo».
«Y yo soy uno de ellos».
«¿Por qué, amigo mío?».
«Porque todos vienen a ti, pero María no. Será que su miseria es mayor, ¿no?».
Jesús le mira y sonríe.
«¿Sonríes! ¿No te duele que María sea inconvertible y que yo sufra! Marta no ha dejado de llorar desde la tarde del lunes. ¿Quién era aquella mujer? ¿Sabes que durante todo el día tuvimos la esperanza de que fuera ella?».
«Sonrío porque eres un niño impaciente... y porque pienso que malgastáis energías y lágrimas; si hubiera sido ella, habría ido inmediatamente a decíroslo».
«¿Entonces?... ¡No era ella!».
«¡Lázaro!».
«Tienes razón. ¡Paciencia!, ¡más paciencia!... Mira, Maestro, las joyas que me diste para venderlas: aquí está el dinero que me han dado por ellas, para los pobres. Eran muy bonitas. De mujer».
«Eran de “esa” mujer».
«Lo había imaginado. ¡Ah, si hubieran sido de María...! ¡Pero ella... pero ella!... ¡Mi Señor, pierdo la esperanza!...».
Jesús le abraza y guarda silencio durante unos momentos. Luego dice: «Te ruego que no hables a nadie de esas joyas. Esa mujer debe desaparecer de admiraciones y apetitos, como una nube trasportada por el viento sin que quede rastro de ella en el cielo».
«Puedes estar tranquilo, Maestro... A cambio tráeme a María, a nuestra pobre María...».
«La paz descienda sobre ti, Lázaro. Haré lo que he prometido».