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Notas del tema

La Iglesia católica

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Comodidad de lectura

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ECR 188.5 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«El pecado de Saúl no fue sino uno de sus pecados, precedido y seguido de muchos otros, todos graves. Dúplice ingratitud para con Samuel, que no sólo le unge rey sino que además se eclipsa después para que el rey no deba repartir con él la admiración del pueblo. Ingrato en repetidas ocasiones para con David, que le libera de Goliat, que le exonera de una muerte cierta en la caverna de Engadí y en Aquila. Culpable de múltiples desobediencias y de escándalo ante el pueblo. Culpable de haber apenado a Samuel, su benefactor, faltando a la caridad. Culpable de envidia y de atentar contra la vida de David, también benefactor suyo. Culpable, en fin, del delito cometido aquí».

«¿Contra quién?, pues aquí no mató a nadie».

«Mató su alma, terminó de matarla, aquí dentro.»

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Sobre Saúl, el rey de Israel en el primer libro de Samuel.

ECR 188.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Te respondo con palabras eternas — porque están contenidas en el Libro, y el Libro existirá mientras exista el hombre; existirá siempre, ya crean en él y lo empuñen en nombre de la Verdad, ya sea objeto de burla o de risa.

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Sobre la Biblia.

ECR 188.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No desees rasgar los velos que separan a los vivos de los difuntos. No molestes a los difuntos. Escúchalos — a los sabios — mientras están en este mundo y venéralos obedeciéndolos incluso después de la muerte. No disturbes su segunda vida. Quien no obedece a la voz del Señor pierde al Señor; mas el Señor ha prohibido el ocultismo, la nigromancia, el satanismo en todas sus formas.

ECR 188.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Salen de las ruinas y empiezan a bajar por el sendero que antes han recorrido. El hombre bizco está todavía.

«¿Estás todavía aquí?» pregunta Jesús, aparentando no ver el rostro rojo de lágrimas.

«Sí, aquí. Si me permites, te acompaño; debo decirte una cosa...».

«Bueno, bien, ven conmigo. ¿Qué quieres decirme?».

«Jesús... Creo que para tener la suficiente fuerza para hablar y para hacer la santa magia de cambiarme a mí mismo, de invocar a mi alma muerta como la maga invocó a Samuel para Saúl, debo pronunciar tu Nombre, dulce como tu mirada, santo como tu voz. Me has dado una vida nueva, pero es informe, incapaz cual la de un recién nacido mal generado, y forcejea aún, atenazada por la costra mala que le cubre. Ayúdame a salir de mi muerte».

«Sí, amigo».

«Yo... he visto que todavía tengo un poco de humanidad en mi corazón. No soy sólo un animal feroz. Todavía puedo amar y ser amado, perdonar y ser perdonado: tu amor, tu amor, que es perdón, me lo enseña. ¿No es verdad esto?».

«Sí, amigo».

«Pues entonces llévame contigo. ¡Yo era Félix! ¡Oh, qué ironía! Dame un nuevo nombre. Que quede verdaderamente muerto el pasado. Te seguiré como un perro callejero que por fin encuentra un amo. Seré tu esclavo, si quieres... pero no me dejes solo».

«Sí, amigo».

«¿Qué nombre me das?».

«Un nombre entrañable para mí: Juan. En efecto, eres gracia recibida del Señor».

«¿Me llevas contigo?».

«Por ahora sí. Luego me seguirás con los discípulos. Pero... ¿y tu casa?».

«Ya no tengo casa. Dejaré a los pobres cuanto poseo. Dame sólo amor y un pan».

«Ven».

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Ejemplo de un hombre que se acerca a Jesús después de hablar con él.

Anotación

Invoca mi alma muerta como la hechicera invocó a Samuel para Saúl: en el Primer Libro de Samuel, capítulo 28. Te remitimos a esta nota para más detalles.

Mi nombre era Félix: Félix significa "feliz" en latín.

ECR 188.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Salen de las ruinas y empiezan a bajar por el sendero que antes han recorrido. El hombre bizco está todavía.

«¿Estás todavía aquí?» pregunta Jesús, aparentando no ver el rostro rojo de lágrimas.

«Sí, aquí. Si me permites, te acompaño; debo decirte una cosa...».

«Bueno, bien, ven conmigo. ¿Qué quieres decirme?».

«Jesús... Creo que para tener la suficiente fuerza para hablar y para hacer la santa magia de cambiarme a mí mismo, de invocar a mi alma muerta como la maga invocó a Samuel para Saúl, debo pronunciar tu Nombre, dulce como tu mirada, santo como tu voz. Me has dado una vida nueva, pero es informe, incapaz cual la de un recién nacido mal generado, y forcejea aún, atenazada por la costra mala que le cubre. Ayúdame a salir de mi muerte».

«Sí, amigo».

«Yo... he visto que todavía tengo un poco de humanidad en mi corazón. No soy sólo un animal feroz. Todavía puedo amar y ser amado, perdonar y ser perdonado: tu amor, tu amor, que es perdón, me lo enseña. ¿No es verdad esto?».

«Sí, amigo».

«Pues entonces llévame contigo. ¡Yo era Félix! ¡Oh, qué ironía! Dame un nuevo nombre. Que quede verdaderamente muerto el pasado. Te seguiré como un perro callejero que por fin encuentra un amo. Seré tu esclavo, si quieres... pero no me dejes solo».

«Sí, amigo».

«¿Qué nombre me das?».

«Un nombre entrañable para mí: Juan. En efecto, eres gracia recibida del Señor».

«¿Me llevas contigo?».

«Por ahora sí. Luego me seguirás con los discípulos. Pero... ¿y tu casa?».

«Ya no tengo casa. Dejaré a los pobres cuanto poseo. Dame sólo amor y un pan».

«Ven». Jesús se vuelve y llama a los apóstoles: «Gracias amigos, especialmente a ti, Judas; por ti, por vosotros, un alma se arrima a Dios. Mirad, éste es el nuevo discípulo. Vendrá con nosotros hasta que podamos confiarle a los hermanos discípulos. Alegraos de haber encontrado un corazón, bendecid conmigo a Dios».

Los doce no parecen verdaderamente muy contentos, pero ponen buena cara por obediencia y por cortesía.

«Si me lo permites, me adelanto. Me encontrarás a la entrada de mi casa».

«Bien. Ve».

El hombre se marcha corriendo. Parece otro.

«Ahora que estamos solos, os ordeno, esto lo ordeno, que seáis buenos con él y que no habléis de su pasado a nadie. Quien hablara, o faltara a la caridad a este hermano redimido, sería rechazado por mí ipso facto. ¿Comprendido? ¡Fijaos qué bueno es el Señor!: nos trajo aquí un fin humano y nos ha concedido dejar este lugar habiendo obtenido un hecho sobrenatural. ¡Oh, exulto por la alegría que ahora hay en el Cielo por el nuevo convertido!».

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Juan de En-Dor se convierte y Jesús lo presenta a los Doce, que no son los más encantados. Jesús da las gracias especialmente a Judas, porque gracias a él llegaron a esta aldea y le conocieron.

Anotación

Os ordeno que seáis amables con él y que no habléis de su pasado a nadie. Judas Iscariote hizo precisamente eso, sin embargo, al denunciar ante el Sanedrín la presencia de un galeote (Juan de En-Dor) y una esclava fugitiva (Síntica). Esto les obligó a exiliarse en Antioquía de Siria. Cf. EMV 314 ss.

ECR 188.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Llegan a la casa. En el umbral de la entrada, con un indumento oscuro y limpio, manto igual, un par de sandalias nuevas y un talego grande a las espaldas, está el hombre. Cierra la puerta y... — extraño en un hombre que uno podría considerar insensible — toma una gallina blanca, quizás la predilecta, que se acuecla íntima en sus manos, y la besa y llora; luego la posa en el suelo.

«Vamos... y perdona, pero es que mis pollos me han querido. Yo hablaba con ellos, y... me comprendían...».

«Yo también te comprendo... y te quiero... mucho; te daré todo el amor que en treinta y cinco años el mundo te ha negado».

«¡Lo sé! ¡Lo siento en mí! Por eso me voy contigo. Y... sé indulgente con un hombre que... que ama a un animal que... que... que le ha sido más fiel que el hombre...».

«Sí...sí. No pienses más en el pasado. En el futuro tendrás muchas cosas que hacer.»

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Caso de un hombre que ha vivido en el odio y lo deja todo atrás. Su corazón se hunde ante la idea de dejar atrás a sus animales.

ECR 188.8 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Llegan a la casa. En el umbral de la entrada, con un indumento oscuro y limpio, manto igual, un par de sandalias nuevas y un talego grande a las espaldas, está el hombre. Cierra la puerta y... — extraño en un hombre que uno podría considerar insensible — toma una gallina blanca, quizás la predilecta, que se acuecla íntima en sus manos, y la besa y llora; luego la posa en el suelo.

«Vamos... y perdona, pero es que mis pollos me han querido. Yo hablaba con ellos, y... me comprendían...».

«Yo también te comprendo... y te quiero... mucho; te daré todo el amor que en treinta y cinco años el mundo te ha negado».

«¡Lo sé! ¡Lo siento en mí! Por eso me voy contigo. Y... sé indulgente con un hombre que... que ama a un animal que... que... que le ha sido más fiel que el hombre...».

«Sí...sí. No pienses más en el pasado. En el futuro tendrás muchas cosas que hacer. Con tu experiencia harás mucho bien. Simón, ven aquí, y también tú, Mateo. Mira, éste fue peor que un preso, fue un leproso; éste, pecador. Pues bien, Yo los quiero entrañablemente porque saben comprender a los corazones desvalidos. ¿No es verdad?».

«Por bondad tuya, Señor. Pero... sí, créelo, amigo, sirviéndole se cancela todo. Queda sólo paz» dice Simón el Zelote.

«Sí, paz, y, donde había una vejez de vicio u odio, nace una juventud nueva. Yo era un publicano y ahora soy un apóstol. Tenemos ante nosotros el mundo, y nosotros sabemos acerca del mundo; no somos como esos muchachitos distraídos que pasan al lado del fruto nocivo y del árbol torcido y no ven la realidad. Nosotros lo conocemos. Podemos evitar el mal y enseñar a otros a evitarlo, como también sabemos enderezar a quien se tuerce, porque sabemos el consuelo que supone el ser sujetados. Y sabemos quién sujeta: Él» dice Mateo.

«¡Es verdad ¡Es verdad! Me ayudaréis. Gracias. Es como pasar de un lugar oscuro y fétido a un dilatado prado florido... Una cosa parecida experimenté el día en que salí, libre, al fin libre, tras veinte años de prisión y de trabajo brutal en las minas de Anatolia, y me vi — había huido durante una noche borrascosa — en lo alto de un monte, escabroso pero abierto, lleno del sol de la aurora y cubierto de olorosos bosques... ¡Oh, la libertad! ¡Pero ahora es más! ¡Todo en mí se dilata! Ya hacía doce años que no llevaba cadenas, y, sin embargo, el odio, el miedo, la soledad, para mí eran como cadenas... ¡Ahora han caído éstas también!...

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Juan de En-Dor acababa de convertirse. Jesús lo consoló y luego llamó a Simón el Zelote y a Mateo, que pudieron entender al hombre.

Anotación

Extracto del Dictionnaire des lieux de l'Evangile tel qu'il m'est révélé, p. 19. Jean d'Endor, convicto fugado, recuerda sus "veinte años de prisión y de trabajo agotador en las minas de Anatolia" (...) "en las minas de plomo y en las canteras de mármoles preciosos". Se trata de una referencia notable, ya que las minas de Anatolia son famosas desde la antigüedad por la extracción de cobre, plomo y mármol. Están en el origen de la leyenda del rey Midas y dieron fama a Creso. Aún hoy, Turquía está considerada el país por excelencia del mármol blanco, y sus minas de plomo son renombradas (las de Gümüşhane y Karasu). En un comentario, Jesús justifica el uso de la palabra Anatolia en lugar de Bitinia y Misia.

Anatolia, también conocida como Asia Menor en latín, es la península situada en el extremo occidental de Asia, correspondiente a la actual Turquía.