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Notas del tema

Montañas, macizos y montes en Palestina

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Comodidad de lectura

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ECR 180.9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Sí. Morirá. Él lo sabe y Yo también. Nada ni nadie le salvará esta vez. ¿Cuándo? No lo sé. Sé que no saldrá vivo de las manos de Herodes».

«Sí, de Herodes. Escucha. Juan fue hacia esa hoz por donde pasamos también nosotros regresando a Galilea, entre el Ebal y el Garizim, porque el traidor le había dicho: “El Mesías ha sido agredido por unos enemigos y está muriendo. Quiere verte para confiarte un secreto”. Y Juan fue, con el traidor y con algún otro. Acechaban en la hoz los soldados de Herodes, y le prendieron. Los otros huyeron y llevaron la noticia a los discípulos que se habían quedado cerca de Enón. Acababan de llegar, cuando me presenté yo con la Madre. Lo que es horrible es que era uno de nuestras ciudades... y que a la cabeza del complot preparado para apresarle estaban los fariseos de Cafarnaúm. Habían ido a verle diciendo que Tú habías estado en su casa y que de allí partías para Judea... No habría abandonado su refugio sino por ti...».

Detalle

Juan el Bautista acaba de ser capturado, y Jesús confirma su muerte inminente.

ECR 187.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

187.4

«¡Será precioso! Dicen que desde la cima, concretamente desde un punto de ella, se ve el mar grande, el de Roma. ¡Me gusta mucho! ¿Nos llevas a verlo?» suplica Juan, con su rostro de niño bueno alzado hacia Jesús.

«¿Por qué te gusta tanto verlo?» pregunta Jesús acariciándolo.

«No lo sé... Porque es grande y no se ve el límite... Me hace pensar en Dios... Cuando estuvimos en el Líbano, vi por primera vez el mar. Porque yo sólo había navegado el Jordán o nuestro pequeño mar... y lloré de emoción. ¡Tanto azul! ¡Tanta agua!... ¡Y que no se desborda nunca!... ¡Qué cosa más maravillosa! Y los astros, que trazan caminos de luz sobre la superficie del mar... ¡Oh, no os riáis de mí! Miraba el camino de oro del Sol hasta quedar cegado, el de plata de la Luna hasta henchir de fijo candor mis ojos, y los veía perderse muy lejos. Esos caminos me hablaban, me decían: “Dios está en aquella lejanía infinita, éstos son los caminos de fuego y pureza que un alma debe seguir para ir a Dios. Ven. Adéntrate en el infinito, remando por estos dos caminos y encontrarás al Infinito”».

«Eres poeta, Juan» dice Judas Tadeo admirado.

«No sé si esto es poesía, sé que me enciende el corazón».

«Pero si has visto el mar también en Cesarea y en Tolemaida, y bien cerca; ¡estábamos en la orilla! No veo la necesidad de recorrer tanto camino para ver más agua de mar. En el fondo... nosotros hemos nacido en el agua...» observa Santiago de Zebedeo.

«¡Y, por desgracia, también ahora estamos en el agua!» exclama Pedro, que, habiéndose distraído un momento por escuchar a Juan, no ha visto un charco traicionero y se ha puesto pingando... Se echan a reír; el primero, él.

Pero Juan responde: «Es verdad, pero desde lo alto es más bonito: se ve más y más lejos; se piensa más alto y con más amplitud... se desea... se sueña...». Juan verdaderamente ya está soñando... Mira hacia delante. Sonríe ante su sueño... Parece una rosa color carne salpicada de menudísimo rocío: efectivamente, su piel lisa y clara de joven rubio aparece intensamente aterciopelada y asperjada de fino sudor, de forma que asemeja ahora más todavía a un pétalo de rosa.

«¿Qué deseas? ¿Qué estás soñando?» pregunta Jesús a su predilecto en voz baja (parece un padre dirigiéndose con dulzura a su querido hijito que habla mientras duerme dulcemente): se lo pregunta con tanta dulzura — para no lacerar el sueño del enamorado —, que realmente hay que decir que le está hablando en el alma.

«Deseo ir por ese mar infinito... hacia otras tierras allende él... Deseo ir allí para hablar de ti... Sueño... sueño con ir a Roma, a Grecia, a los lugares oscuros para llevar la Luz... y así los que viven en las tinieblas entren en contacto contigo y vivan en comunión contigo, Luz del mundo... Sueño con un mundo mejor... con un mundo que mejorar a través de tu conocimiento, o sea, a través del conocimiento del Amor que nos hace buenos, puros, héroes... con un mundo que se ame en tu Nombre, y que por encima del odio, del pecado, la carne, el vicio de la mente, por encima del oro, por encima de todas las cosas, alce tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina... y sueño con ir con estos hermanos míos por el mar de Dios, recorriendo caminos de luz, a llevarte a ti... de la misma forma que en su momento tu Madre te trajo del Cielo aquí, entre nosotros... Sueño con ser ese niño que, no conociendo sino el amor, se mantiene sereno incluso ante los tormentos... y que canta para infundir ánimo a los adultos, que reflexionan demasiado, y camina hacia la muerte sonriendo, hacia la gloria con aquella humildad de quien no sabe lo que hace, de quien sólo sabe que está yendo a ti, Amor...».

Los apóstoles se han quedado sin respiración durante la extática confesión de Juan; parados donde estaban, miran al más joven, oyéndole hablar con los ojos velados por sus párpados cual velo extendido sobre el ardor que sube del corazón; miran a Jesús, que se transfigura de alegría al verse tan completamente identificado en su discípulo...

Juan termina de hablar en una posición un poco inclinada hacia el suelo que recuerda la gracia de la humilde Virgen de la Anunciación de Nazaret; Jesús le besa entonces en la frente y dice: «Iremos a ver el mar, para que sueñes otra vez con la realización de mi Reino en el mundo».

ECR 187.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Reanudan su camino. Se dirigen hacia el Tabor, cuya mole se ve cada vez más cercana. El suelo va perdiendo su aspecto palustre: cada vez más sólido, con menos vegetación, dando paso a plantas más altas o a matas de clemátides y zarzas que ríen con sus frondas nuevas y sus flores precoces.

ECR 188.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El Tabor está ahora a espaldas de los caminantes. Ya lo han salvado. El grupo camina por una llanura cerrada entre este monte y otro que está de frente; van hablando de la ascensión, que todos han realizado, aunque al principio parecía que los más mayores quisieran evitarla; ahora están contentos de haber subido a la cima.

Se anda bien ahora porque van por un camino de primer orden bastante cómodo. La hora es fresca. Tengo la impresión de que han pernoctado en las laderas del Tabor.

«Aquello es Endor» dice Jesús señalando hacia un humilde pueblo asido a las primeras elevaciones de este otro grupo de montes. «¿Estás decidido realmente a ir?».

«Si me quieres contentar...» responde Judas Iscariote.

«Pues vamos».

«Pero, ¿habrá que andar mucho?» pregunta Bartolomé, que, debido a su edad, no debe sentir muchas ganas de excursiones panorámicas.

«¡No, no! De todas formas, si os queréis quedar...» dice Jesús.

«¡Sí, sí, quedaos! ¡hombre! Me basta ir con el Maestro» se apresura a decir Judas de Keriot.

«Bueno, yo quisiera saber, antes de decidir, lo que hay de vistoso... Desde la cima del Tabor hemos visto el mar, y, después de lo que ha dicho el muchacho, tengo que confesar que ha sido la primera vez que lo he visto verdaderamente bien, que lo he visto como Tú ves: con el corazón. Aquí... quisiera saber si hay algo que aprender, porque entonces voy, aunque me cueste...» dice Pedro.

«¿Estás oyéndolos? Todavía no has dicho tu intención. ¿Quisieras ahora ser tan amable para con tus compañeros de decirla?» invita Jesús a responder.

«¿No fue a Endor adonde Saúl quiso ir para consultar a la pitonisa?».

«Sí. ¿Y...?».

«Pues, Maestro, que me gustaría ir a ese sitio y oírte hablar de Saúl».

«¡Ah, pues entonces voy también yo!» exclama Pedro todo animado.

«Bien, vamos».

Recorren ligeros el último trecho del camino principal para dejarlo luego por un camino secundario que lleva derecho a Endor.

Detalle

La atención se centra en Bartolomé, Judas, Felipe y Simón Pedro. Los demás apóstoles están presentes.

ECR 188.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El hombre no dice nada, se queda donde está, mientras Jesús y los suyos, pasando por encima de bloques de piedra que, sin duda, habían pertenecido a muros muy fuertes, incomodando a lagartos y otros feos animales, entran en una espaciosa gruta ahumada, en cuyas paredes hay todavía — grafitos incisos en la roca — signos zodiacales y otras zarandajas de este tipo. En un rincón ennegrecido hay un nicho, debajo del cual se ve un agujero que parece una alcantarilla para la coladura de líquidos. Racimos repulsivos de murciélagos decoran el techo. Un búho, disturbado por la luz de una rama que Santiago ha encendido para ver si pisan escorpiones o áspides, se queja batiendo sus alas acolchadas y entornando sus feotes ojos heridos por la luz; está acurrucado dentro del nicho mientras un hedor de ratas muertas, comadrejas, pájaros en putrefacción entre sus pies, se mezcla con el olor del estiércol y del suelo húmedo.

«¡Realmente bonito este sitio!» dice Pedro. «¡Era mejor tu Tabor y tu mar, muchacho!». Y luego, volviéndose a Jesús: «Maestro, date prisa en complacer a Judas porque esto... ¡ciertamente, no es la sala real de Antipas!».

«En seguida. ¿Exactamente, qué quieres saber?» pregunta a Judas de Keriot.

Detalle

Judas quería ir a En-Dor, donde Saúl consultó a una hechicera en el libro de Samuel.

ECR 189.1 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Naím debía tener una cierta importancia en tiempos de Jesús. No es muy grande pero está bien construida. La ciñen muros. Se asienta sobre una baja y risueña colina (un ramal del Pequeño Hermón, que domina desde lo alto la fertilísima llanura abierta hacia el noroeste).

Para llegar a ella, viniendo de Endor, hay que atravesar un riachuelo afluente del Jordán. Desde aquí ya no se ve este último — y ni siquiera su valle — pues lo ocultan unas colinas que dibujan un arco en forma de signo de interrogación abierto hacia el Este.

Jesús camina en dirección a esta ciudad, por un camino de primer orden que comunica las regiones del lago con el Hermón y sus pueblos. Tras Él van muchos habitantes de Endor, verdaderamente locuaces.

La distancia que separa al grupo apostólico de los muros de la ciudad es ya muy poca: unos doscientos metros, no más. Dado que el camino va derecho a meterse por una de las puertas de la ciudad, y dado, además, que la puerta está totalmente abierta — es pleno día —, se puede ver todo lo que está sucediendo en la zona inmediatamente situada al otro lado de los muros; es así que Jesús, que iba hablando con los apóstoles y con el nuevo convertido, ve venir, en medio de un gran revuelo de plañideras y de otras manifestaciones orientales de este tipo, un cortejo fúnebre.

Anotación

Maria Valtorta dibujó un boceto del lugar: haga clic aquí para verlo.

ECR 192.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Señor, aquella cima es el Carmelo?» pregunta Santiago, el primo de Jesús.

«Sí, hermano. Aquélla es la cadena montañosa del Carmelo. La cúspide más alta le da el nombre».

«Debe ser bonito también desde allí el mundo. ¿Has estado alguna vez?».

«Una vez, Yo solo, al principio de mi predicación. Al pie de ese monte curé a mi primer leproso. Pero iremos de nuevo, juntos, para rememorar a Elías...».

«Gracias, Jesús. Me has comprendido, como siempre».

«Y, como siempre, te perfecciono, Santiago».

«¿Por qué?».

«El porqué está escrito en el Cielo».

«¿No me lo dices, hermano, Tú que lees lo que está escrito en el Cielo?».

Jesús y Santiago van caminando el uno al lado del otro; sólo el pequeño Yabés, que va también ahora de la mano de Jesús, puede oír la conversación confidencial de los dos primos, que se sonríen mirándose a los ojos.

Jesús, pasando un brazo por encima de los hombros de Santiago para acercárselo aún más, pregunta: «¿Realmente quieres saberlo? Pues bien, te lo voy a decir en forma de adivinanza; cuando encuentres la clave serás sabio. Escucha: “Habiéndose reunido los falsos profetas en el monte Carmelo, se acercó Elías y dijo al pueblo: ‘¿Hasta cuándo seguiréis cojeando de dos partes? Si el Señor es Dios, seguidle; si Baal, seguid a éste’. El pueblo no respondió. Entonces Elías siguió diciendo al pueblo: ‘De los profetas del Señor he quedado yo sólo’, y la única fuerza de este hombre solo era el grito: ‘Escúchame, Señor, escúchame, para que este pueblo reconozca que eres el Señor Dios y que has convertido de nuevo sus corazones’. Entonces el fuego del Señor cayó y devoró el holocausto”. Hermano, adivina».

Santiago agacha la cabeza y se pone a pensar. Jesús le mira sonriendo.

Caminan unos metros así, luego Santiago dice: «¿Tiene que ver con Elías o con mi futuro?».

«Con tu futuro, naturalmente...».

Santiago se queda de nuevo pensativo y susurra: «¿Seré destinado a invitar a Israel a que siga con autenticidad un camino? ¿Seré llamado a quedarme solo en Israel? Si la respuesta es afirmativa, quieres decir que los otros serán perseguidos y que los dispersarán y que... que... elevaré mi oración a ti por la conversión de este pueblo... como sacerdote... como... víctima... Si es así, ¡oh, inflámame ya desde este momento, Jesús!...».

«Lo estás ya. Mas ha de raptarte el Fuego, como a Elías; por este motivo subiremos al Carmelo tú y Yo solos, y hablaremos».

«¿Cuándo? ¿Después de la Pascua?».

«Después de una Pascua, sí. Entonces te diré muchas cosas...».

Anotación

Primer libro de los Reyes, 18, 20-22.37-38

1 Reyes 18, 20-22.37-38: Acab envió mensajeros a todos los hijos de Israel y reunió a los profetas en el monte Carmelo. Entonces Elías se acercó a todo el pueblo y les dijo: "¿Hasta cuándo vais a tener campanas a ambos lados? Si Yahvé es Dios, id tras él; si Baal, id tras él". El pueblo no le respondió nada. Entonces Elías dijo al pueblo: "Yo soy el único de los profetas de Yahvé, y hay cuatrocientos cincuenta profetas de Baal (...) ¡Escúchame, Yahvé, escúchame! Para que este pueblo sepa que tú, Yahvé, eres Dios, y que eres tú quien hace volver su corazón". Entonces cayó el fuego de Yahvé, que consumió el holocausto, la leña, las piedras y la tierra, y absorbió el agua que había en la zanja.