Ir al contenido

Notas del tema

Cerca del lago Génésareth (lago de Tiberíades o mar de Galilea)

Página 11 de 12

Comodidad de lectura

Aa

ECR 183.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

A la altura de una bifurcación, o, más exactamente, un cuadrivio — en efecto, en ese punto se unen cuatro caminos —, Jesús toma sin vacilar dirección Norte-Este.

«¿Volvemos a Cafarnaúm?» pregunta Pedro.

Jesús responde: «No». Únicamente “no”.

«Entonces, a Tiberíades» insiste Pedro, que quiere saber.

«Tampoco».

«Pero, este camino va hacia el Mar de Galilea... y allí están Tiberíades y Cafarnaúm...».

«Y también Magdala» dice Jesús con una expresión semiseria para que se aplaque la curiosidad de Pedro.

«¿Magdala!...». Pedro se muestra un poco escandalizado, lo que me hace pensar que esta ciudad tiene mala fama.

«A Magdala, sí, a Magdala. ¿Te consideras demasiado puro para entrar en ella? ¡Pedro, Pedro!... Por amor a mí tendrás que entrar, no en una ciudad de placer, sino en verdaderos prostíbulos... Cristo no ha venido para salvar a los salvados, sino para salvar a los perdidos... y tú... tú serás “Piedra”, o “Cefas”, y no “Simón”, para esto. ¿Tienes miedo a contaminarte? ¡No, no! ¿Ves a éste? — indica al jovencísimo Juan —. Pues ni siquiera él sufrirá daño, porque no quiere; como tampoco quieres tú, ni quiere tu hermano ni el hermano de Juan. Ninguno de vosotros, por ahora, quiere. Mientras no se quiere, no se verifica el mal. Pero es necesario no querer fuerte y constantemente. La fuerza y la constancia se consiguen del Padre, orando con sinceridad de propósitos. En el futuro no todos sabréis siempre orar así... ¿Qué estás diciendo, Judas? No te fíes demasiado de ti mismo. Yo, que soy el Cristo, oro constantemente, para tener fuerza contra Satanás. ¿Eres, acaso, tú más que Yo? El orgullo es como una grieta, por ella entra Satanás. Vigila y sé humilde, Judas. Mateo, tú que conoces muy bien esta zona, dime, ¿conviene entrar por este camino o hay otro mejor?».

«Según, Maestro. Si quieres ir a la Magdala de los pescadores y pobres, éste es el camino, por aquí se entra al suburbio popular; pero — no lo creo, pero te lo digo para que la respuesta mía sea amplia — si quieres ir adonde viven los ricos, hay que dejar este camino dentro de algunos centenares de metros y tomar otro, porque las casas ricas están casi a esta altura y hay que volver para atrás...».

«Volvemos para atrás. Quiero ir a la Magdala de los ricos. ¿Qué has dicho, Judas?».

«Nada, Maestro. Es la segunda vez en poco tiempo que me lo preguntas, cuando en realidad no he dicho nada».

«No con los labios, pero sí que has hablado, murmurando, con tu corazón. Has murmurado con tu huésped: el corazón. Para hablar no es indispensable tener como interlocutora a otra criatura; muchas palabras nos las decimos a nosotros mismos... Pues bien, no se debe cometer murmuración o calumnia ni siquiera con el propio yo».

ECR 183.1-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Todo el colegio apostólico está en torno a Jesús. Están sentados en la hierba, a la sombra de un sotillo, a la orilla de un regato; todos comen pan y queso, y beben agua del riachuelo, fresca y cristalina. Las sandalias polvorientas dan a entender que han recorrido mucho camino. Los discípulos quizás no pedirían otra cosa sino descansar sobre la hierba alta y fresca.

Pero el incansable Caminante no es de esta opinión. En cuanto juzga que ha pasado la hora de mayor calor, se pone en pie, sale al camino, mira... se vuelve y dice simplemente: «Vamos».

A la altura de una bifurcación, o, más exactamente, un cuadrivio — en efecto, en ese punto se unen cuatro caminos —, Jesús toma sin vacilar dirección Norte-Este.

«¿Volvemos a Cafarnaúm?» pregunta Pedro.

Jesús responde: «No». Únicamente “no”.

«Entonces, a Tiberíades» insiste Pedro, que quiere saber.

«Tampoco».

«Pero, este camino va hacia el Mar de Galilea... y allí están Tiberíades y Cafarnaúm...».

«Y también Magdala» dice Jesús con una expresión semiseria para que se aplaque la curiosidad de Pedro.

«¿Magdala!...». Pedro se muestra un poco escandalizado, lo que me hace pensar que esta ciudad tiene mala fama.

«A Magdala, sí, a Magdala. ¿Te consideras demasiado puro para entrar en ella? ¡Pedro, Pedro!... Por amor a mí tendrás que entrar, no en una ciudad de placer, sino en verdaderos prostíbulos... Cristo no ha venido para salvar a los salvados, sino para salvar a los perdidos... y tú... tú serás “Piedra”, o “Cefas”, y no “Simón”, para esto. ¿Tienes miedo a contaminarte? ¡No, no! ¿Ves a éste? — indica al jovencísimo Juan —. Pues ni siquiera él sufrirá daño, porque no quiere; como tampoco quieres tú, ni quiere tu hermano ni el hermano de Juan. Ninguno de vosotros, por ahora, quiere. Mientras no se quiere, no se verifica el mal. Pero es necesario no querer fuerte y constantemente. La fuerza y la constancia se consiguen del Padre, orando con sinceridad de propósitos. En el futuro no todos sabréis siempre orar así... ¿Qué estás diciendo, Judas? No te fíes demasiado de ti mismo. Yo, que soy el Cristo, oro constantemente, para tener fuerza contra Satanás. ¿Eres, acaso, tú más que Yo? El orgullo es como una grieta, por ella entra Satanás. Vigila y sé humilde, Judas. Mateo, tú que conoces muy bien esta zona, dime, ¿conviene entrar por este camino o hay otro mejor?».

«Según, Maestro. Si quieres ir a la Magdala de los pescadores y pobres, éste es el camino, por aquí se entra al suburbio popular; pero — no lo creo, pero te lo digo para que la respuesta mía sea amplia — si quieres ir adonde viven los ricos, hay que dejar este camino dentro de algunos centenares de metros y tomar otro, porque las casas ricas están casi a esta altura y hay que volver para atrás...».

«Volvemos para atrás. Quiero ir a la Magdala de los ricos. ¿Qué has dicho, Judas?».

«Nada, Maestro. Es la segunda vez en poco tiempo que me lo preguntas, cuando en realidad no he dicho nada».

«No con los labios, pero sí que has hablado, murmurando, con tu corazón. Has murmurado con tu huésped: el corazón. Para hablar no es indispensable tener como interlocutora a otra criatura; muchas palabras nos las decimos a nosotros mismos... Pues bien, no se debe cometer murmuración o calumnia ni siquiera con el propio yo».

183.2

El grupo continúa su camino, ahora en silencio. Lo que antes era una vía de primer orden ahora es una calle de la ciudad, pavimentada con piedras de un palmo cuadrado. Las casas van siendo cada vez más ricas y bonitas, construidas entre huertos exuberantes y jardines floridos. Tengo la impresión de que la Magdala elegante fuera para los palestinos una especie de lugar de placer como ciertas pequeñas ciudades de nuestros lagos lombardos: Stresa, Gardone, Pallanza, Bellagio, etc., etc. Con los palestinos ricos están entremezclados los romanos, que sin duda proceden de otros centros, como Tiberíades o Cesarea, donde, en torno al Gobernador, habrán sido, ciertamente, funcionarios y comerciantes exportadores de los mejores productos de la colonia palestina para Roma.

Jesús se interna, seguro, como quien sabe a dónde va. Sigue el lago, a cuya orilla se asoman las casas con sus jardines.

En esto, se oye un gran coro de llanto, proveniente del interior de una rica mansión: son voces de mujeres y niños, y, agudísima, una voz femenina que grita: «¡Hijo! ¡Hijo!».

Jesús se vuelve y mira a los apóstoles. Judas se adelanta unos pasos. «Tú no» ordena Jesús. «Tú, Mateo; ve y pregunta».

Mateo va y regresa. «Una pelea, Maestro. Un hombre está muriendo. Es un judío. El que le ha herido se ha escapado; era un romano. Han llegado enseguida su mujer y su madre y los niños... Está muriendo».

«Vamos».

«Maestro... Maestro... Ha ocurrido en casa de una mujer... que no es la esposa».

«Vamos».

183.3

La puerta de la casa está abierta. Entran en un largo y ancho vestíbulo que da a un bonito jardín (la casa parece estar dividida por esta especie de peristilo cubierto y muy rico en plantas verdes en macetas y con muchas estatuas y objetos taraceados; mitad sala, mitad invernáculo). Hay mujeres llorando en una habitación que da al vestíbulo y cuya puerta está abierta de par en par. Jesús entra sin vacilaciones. No pronuncia su saludo habitual.

Entre los hombres presentes hay un mercader que debe conocer a Jesús, porque nada más verle dice: «¡El Rabí de Nazaret» y le saluda respetuosamente.

«José, ¿qué ha sucedido?».

«Maestro, una puñalada en el corazón... Está muriendo».

«¿Cuál ha sido la causa?».

Una mujer entrecana y despeinada se levanta — estaba arrodillada junto al moribundo, sujetándole una mano ya inerte — y, con ojos de loca, dice a voz en grito: «Ella, ella... Me lo ha maleado... ¡Para él ya no había ni madre ni mujer ni hijos! ¡Al infierno has de ir, diablo!».

Jesús alza los ojos siguiendo la mano que temblando acusa, y ve en el rincón, contra la pared de color rojo oscuro, a María de Magdala, más procaz que nunca; la mitad del cuerpo vestida... yo diría... de nada, porque de la cintura hacia arriba está semidesnuda, con una especie de redecilla, de malla exagonal, de unas cositas redondas que parecen pequeñas perlas (de todas formas, estando en penumbra, no veo bien).

Jesús baja de nuevo sus ojos. A María le sienta como un bofetón esta indiferencia; se endereza — antes estaba ligeramente agachada — y finge una actitud desenvuelta.

«Mujer — dice Jesús a la madre — no impreques. Responde: ¿Por qué estaba tu hijo en esta casa?».

«Ya te lo he dicho. Porque ella le había desquiciado. Ella».

«Silencio. También él entonces — siendo adúltero y padre indigno de estos inocentes — pecaba; merece, por tanto, su castigo. Ni en esta vida ni en la otra hay misericordia para el que no se arrepiente.

No obstante, siento piedad de tu dolor y de estos inocentes.

183.4

¿Está lejos tu casa?».

«A unos cien metros».

«Levantad a este hombre y llevadle».

«No es posible, Maestro» dice el mercader José. «Está para morir de un momento a otro».

«Haz lo que digo».

Pasan una tabla por debajo del cuerpo del moribundo. El cortejo sale lentamente, cruza la calle, entra en un sombreado jardín. Las mujeres siguen llorando rumorosamente.

Nada más entrar el cortejo en el jardín, Jesús se vuelve a la madre: «¿Puedes perdonar? Si tú perdonas, Dios perdona. Es necesario hacerse bueno el corazón para obtener gracia. Este hombre ha pecado y pecará más veces; mejor le sería morir, porque, viviendo, volverá a caer en el pecado y tendrá que responder además de la ingratitud hacia Dios salvador. Pero, tú y estos inocentes — y señala a la esposa y a los niños — caeríais en la desesperación. Yo he venido para salvar y no perder. Hombre, Yo te lo digo: ¡vuelve y queda curado!».

El hombre reprende vida y abre los ojos; ve a su madre, a sus hijos, a su mujer, e inclina la cabeza avergonzado.

«Hijo, hijo» dice la madre. «Hubieras muerto si no te hubiera salvado Él. Torna en ti. No delires por una...».

Jesús interrumpe a la anciana. «Mujer, calla. Sé misericordiosa como contigo se ha sido. Tu casa ha sido santificada por el milagro, que es siempre prueba de la presencia de Dios. Por este motivo no lo he podido cumplir donde había pecado. Que al menos tú sepas conservarla, aunque este hombre no sepa hacerlo. Cuidadle ahora. Es justo que sufra un poco. Sé buena, mujer. Y tú. Y vosotros, pequeños. Adiós». Jesús ha posado la mano sobre la cabeza de las dos mujeres y de los pequeñuelos.

183.5

Luego sale, pasando por delante de la Magdalena, que ha seguido al cortejo hasta el otro lado de la calle y se ha quedado apoyada contra un árbol. Jesús aminora el paso como aguardando a los discípulos, pero creo que su verdadera intención es la de darle a María ocasión de hacer un gesto; pero ella no lo hace.

Los discípulos se unen a Jesús. Pedro no puede contenerse y entre dientes dice a María un epíteto adecuado. Ella, que quiere aparentar desenvoltura, rompe a reír con una carcajada de mísera victoria.

Pero Jesús ha oído la palabra de Pedro y se vuelve a él severo: «Pedro, Yo no insulto; no insultes tú. Ruega por los pecadores, nada más».

María quiebra el gorjeo de su risa, agacha la cabeza y huye como una gacela en dirección a su casa.

Detalle

María Magdalena aparece en 183,3. En aras de la exhaustividad, volvemos a poner todo el capítulo.

Anotación

Todo el colegio apostólico está reunido en torno a Jesús. Sentados sobre la hierba, a la sombra de un grupo de árboles, cerca de un arroyo, todos comen pan y queso, y beben el agua del arroyo, que es fresca y clara. Es una continuación perfecta de la escena anterior, aunque se haya representado un año después. Están a orillas del Wadi Amud. Los arroyos entre Cafarnaún y Magdala (wadi Amud y wadi Zalmond) también se mencionan en EMV 460.3.

Al llegar a una bifurcación de caminos, o más bien a una encrucijada, porque en este punto se cruzan cuatro caminos polvorientos, Jesús tomó resueltamente el que se dirigía hacia el noreste. Tras cruzar el uadi Amud, todo indica que se encuentran en la encrucijada de la carretera de Tiberíades/Magdala/Merón y la que viene de Jotapata hacia la llanura de Genezaret/Ginossar (ver mapa).

¡Pedro, Pedro! Por mí tendrás que entrar no en una ciudad de placer, sino en verdaderos burdeles... Cristo no vino a salvar a los que se salvan, sino a los que se pierden... y tú... tú serás "Pedro" o "Cefas" y no Simón, por esta razón. Un anuncio apenas velado de la futura estancia de Pedro en Roma, "la gran ramera". Otra mención de esta estancia se hace en EMV 310.5, luego en EMV 545.7. Las casas de prostitución (lupanares) eran habituales en la antigua Grecia y Roma ya en el siglo VI a.C. En el argot romano antiguo, lupa, la loba, es el animal que simboliza a la prostituta.

Cristo no vino a salvar a los que se salvan, sino a los que se pierden ... Recordemos el testimonio dado a Nicodemo en EMV 116.9. Compárese con EMV 335.5 | EMV 575.7 | EMV 598.19 | EMV 606.5.

Mateo, tú que conoces bien el lugar, dime: ¿es mejor tomar este camino o hay otro? Mateo, el publicano, probablemente frecuentaba Magdala y Tiberíades, por lo que debía de conocer bien la zona.

No hace falta hablar con alguien para hablar. Hablamos mucho con nosotros mismos... Pero no debemos chismorrear ni calumniar, ni siquiera con nosotros mismos. Judas se refiere a esta enseñanza de Jesús en EMV 195.2.

El grupo sigue caminando, ahora en silencio. El camino principal se convierte en una calle empedrada con piedras de palma cuadrada. Maria Valtorta tenía razón: eran las dimensiones clásicas de los adoquines romanos, 22,5x22,5 cm.

A los ricos palestinos se unieron romanos, probablemente de otros lugares como Tiberíades o Cesarea, donde el gobernador debió de rodearse de todo tipo de funcionarios y mercaderes que exportaban a Roma los mejores productos de la colonia palestina. Tiberíades y Magdala eran dos ciudades del lago con gran población romana y griega.

Hay un moribundo, judío. El asesino escapó: era romano. Probablemente el amante romano de María Magdalena. Se le había visto durante el Sermón de la Montaña(EMV 174.12).

Entran por la puerta abierta a un amplio y largo vestíbulo que da a un hermoso jardín. La casa parece estar dividida por esta especie de peristilo cubierto en el que abundan las plantas verdes en jarrones, las estatuas y la marquetería. Todas estas estatuas fueron retiradas por María Magdalena tras su conversión (véase EMV 277.1).

María Magdalena, más provocativa que nunca, vestida, por así decirlo... de nada a medio cuerpo, pues está semidesnuda por encima de la cintura, envuelta en una especie de red de malla hexagonal con bolitas que me parecen perlas. Pero es en la penumbra y no veo muy bien. Cf. los comentarios de Jesús sobre esta escena en EMV 234.4.

He venido a salvar y no a perder. Recordemos las palabras pronunciadas por Jesús un poco antes, en EMV 183,1.

Vuestra casa está santificada por el milagro, que es siempre prueba de la presencia de Dios. En EMV 234,4/5, Jesús vuelve largamente sobre este milagro y su contexto.

"Pedro, yo no insulto. Así que no insultes. Reza por los pecadores. Nada más. Esta reprimenda de Pedro es también una enseñanza para María Magdalena, como Jesús explica más adelante en EMV 234.5.

Palabras clave

ECR 183.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El grupo continúa su camino, ahora en silencio. Lo que antes era una vía de primer orden ahora es una calle de la ciudad, pavimentada con piedras de un palmo cuadrado. Las casas van siendo cada vez más ricas y bonitas, construidas entre huertos exuberantes y jardines floridos. Tengo la impresión de que la Magdala elegante fuera para los palestinos una especie de lugar de placer como ciertas pequeñas ciudades de nuestros lagos lombardos: Stresa, Gardone, Pallanza, Bellagio, etc., etc. Con los palestinos ricos están entremezclados los romanos, que sin duda proceden de otros centros, como Tiberíades o Cesarea, donde, en torno al Gobernador, habrán sido, ciertamente, funcionarios y comerciantes exportadores de los mejores productos de la colonia palestina para Roma.

Detalle

María Valtorta menciona Cesarea y Tiberíades en un comentario sobre Magdala.

Anotación

Tiberíades y Magdala eran dos ciudades lacustres con gran población romana y griega.

ECR 184

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : El pequeño Benjamín de Magdala y dos parábolas sobre el Reino de los Cielos.

Fecha de la visión: sábado 12 de agosto de 1944

Calendario: miércoles 23 de febrero 28 (10 Adar I 3788) según maria-valtorta.org; sábado 4 de marzo 28 según Valtorta.fr

Localización (mapa) : Magdala

Ciclo: Apostolado en Galilea

Resumen: Jesús va al barrio pobre de Magdala y pide la hospitalidad de una madre, que acepta acogerlo. La acompaña un niño que hace mucho ruido. La madre quiso escuchar al Maestro, así que le reprendió y le dio una bofetada, y el niño fue a llorar en el regazo de Cristo. Jesús trató de encontrar atenuantes para su madre, pero el niño le contestó con franqueza que simplemente quería escucharle. Jesús dialoga un rato con ella, y cuando le sugiere que las mujeres sueltas lo tienen fácil, él le responde que no son felices, aunque lo parezcan. La mujer pide entonces quedarse, y Jesús le propone contar dos parábolas que agradarían al pequeño Benjamín. Se la cuenta a María Magdalena, porque los apóstoles dudan de que vuelva al bien. Luego cuenta la parábola del Sembrador divino que siembra la semilla. Crece, la semilla se forma y, cuando está madura, el sembrador vuelve y pasa la guadaña. La Palabra de Dios realiza el mismo trabajo, pero es lenta y hay que dejar que el alma trabaje. A petición del Señor, Mateo confirma que fue la paciencia de Jesús lo que más le ayudó.

La madre de Benjamín había salido a buscar a sus hermanos y el niño seguía hablando con el grupo apostólico. Clasifica a los apóstoles uno por uno y no le gusta Judas, tanto que éste se ríe de amarillo. Mientras tanto, su madre ha regresado con una docena de personas, entre ellas su marido, y mientras le ruega que hable, Jesús da otra parábola sobre el Reino de los Cielos. Cuenta la parábola del grano de mostaza y explica que es a través de las pequeñas cosas que hacemos cada día como construimos el Reino en nuestro interior. El amor, por encima de todo, es el camino para obtener la paz y la gloria del Cielo.

Jesús bendice a esta familia hospitalaria y se pone de nuevo en camino.

Contenido del capítulo: 184.1 : Un joven recibe una bofetada de su madre. 184.2 : Una madre no debe envidiar la suerte de una prostituta. 184.3 : Dudas de que María (de Magdala) vuelva al Bien. 184.4 : La parábola del grano plantado en la tierra. 184.5 : La paciencia de Jesús, más que los reproches de los fariseos, llevó a Mateo a la conversión. 184.6 : Mateo se convirtió por amor. 184.7 : Benjamín pone la prueba a los apóstoles buenos, que Judas no supera. 184.8 : La parábola del grano de mostaza. El amor en los corazones. 184.9 : Un marido asombrado descubre los méritos de su mujer.

Edición anterior: Tomo 3, capítulo 44

ECR 184.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

En Magdala, el barrio pobre está en las afueras de la ciudad.

Palabras clave

ECR 186

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Los dos endemoniados gerasenos.

Fecha de la visión: Lunes 11 de junio de 1945

Calendario: jueves 16 marzo 28 (5 Nisan 3788)

Localización (mapa) : Cerca de Gamla (o Gamala) e Ippo (Hipos).

Ciclo: Apostolado en Galilea

Resumen: Jesús cruza el lago y desembarca cerca de Hipos. El grupo apostólico camina por un sendero que sube por una roca. Allí hay una piara de cerdos. Los discípulos están asqueados y hablan de los alrededores, que conoce Simón el Zelote. Empiezan a hablar de su repugnancia por los cerdos y Jesús señala que el pecado es mucho más impuro que los animales. Los apóstoles preguntan entonces por qué los cerdos han sido declarados impuros, y Jesús les responde.

Al final de la explicación, llegan dos endemoniados. El episodio es fiel al relato evangélico: los demonios hablan, piden a Jesús que los envíe al ganado que los rodea y la piara se arroja por el precipicio. Sus guardianes se asustan y piden a Jesús que se marche. El obedece amablemente y regresa a su barca.

Contenido del capítulo: 186.1: Instrucciones. 186.2: Cerca de Hipona, a través de una piara de cerdos. 186.3: Panorama desde lo alto de una roca. 186.4 : Discurso: ¿por qué la impureza de los cerdos? 186.5 : El exorcismo de los dos poseídos. Sus demonios son expulsados en cerdos. 186.6: Los dos milagrosos quedan aturdidos. 186.7: Los habitantes echan a Jesús. 186.8: Vuelta a las barcas. Uno de los milagreros se queda para dar testimonio.

Edición anterior: Tomo 3, capítulo 47

ECR 186.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús, cortado el lago en dirección noroeste-sudeste, manifiesta a Pedro su vivo interés porque desembarque en Ippo. Pedro obedece, sin discutir, descendiendo con la barca hasta la embocadura de un riachuelo que ahora, debido a que es primavera, y también debido al reciente temporal, fluye lleno y fragoroso. Desemboca este curso de agua en el lago, por una hoz escabrosa y llena de escollos, como es toda la costa en este punto. Los mozos aseguran las barcas — hay uno por cada barca — y reciben la orden de esperar hasta la tarde para volver a Cafarnaúm.

«Y haceos los despistados con quien os pregunte» aconseja Pedro. «A quien os pregunte dónde está el Maestro respondedle sin vacilar: “No lo sé”; a quien quiera saber hacia dónde se dirige, lo mismo. Además es verdad, no lo sabéis».

Se separan. Jesús emprende la ascensión de un escarpado sendero que trepa por el cantil casi a pico. Los apóstoles le siguen por la penosa senda hasta la cima del cantil, que muere en un rellano poblado de encinas bajo las cuales pacen muchos cerdos.

ECR 186.3 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El panorama es precioso. Está elevado sólo unas pocas decenas de metros respecto al lago; suficiente, de todas formas, para poder dominar toda la extensión del agua y las ciudades diseminadas a lo largo de sus márgenes. Tiberíades resplandece con sus bonitas construcciones frente al lugar donde están los apóstoles. Abajo, al pie del cantil basáltico, la breve playa parece un cojín herboso, mientras que en la orilla opuesta, desde Tiberíades hasta la entrada del Jordán, se ve una llanura más bien vasta, y pantanosa debido a las aguas del río — que dan la impresión de encontrar dificultad para reanudar su curso después de la pausa en el sereno lago —, pero tan abundante en todo tipo de hierbas y matas propias de los lugares ricos en agua, y tan poblada de aves acuáticas de irisados colores, como veteadas de gemas, que se contempla ese lugar cual si se tratase de un jardín. Las aves, que están entre las tupidas hierbas y en los cañizares, se elevan, vuelan sobre el lago y hunden sus cuerpos en las aguas para arrebatarles un pez; se elevan de nuevo, más esplendorosas aún por el agua que ha reavivado los colores de sus plumas, y regresan hacia la florida llanura donde el viento juguetea revolviendo los colores.

Aquí es distinto: una faja de bosques de altísimas encinas, bajo las cuales la hierba crece verde esmeralda y blanda. Acabada ésta, hay una hoyada. Después el monte vuelve a ascender en un empinado promontorio rocoso escalonado, en cuyos rellanos las casas están encostradas (creo que el monte forma una única cosa con las paredes, prestando sus cavernas como viviendas; mitad ciudad troglodita, mitad ciudad común). Es original con esta graduada ascensión en terrazas, que hace que el techo de las casas de la terraza inmediatamente anterior esté a la altura del bajo de las casas del rellano superior. Por los lados en que el monte es más empinado — hasta el punto de impedir cualquier tipo de construcción — hay cavernas y brechas profundas y veredas escarpadas que descienden hacia el valle y que en tiempo de aguaceros deben transformarse en caprichosos torrentitos. Peñascos de todo tipo, que han rodado por efecto de los aluviones, forman un caótico pedestal en la base de este montecillo tan abrupto y agreste, chepudo y petulante como un tagarote que, no obstante, quiere ser respetado a toda costa.

ECR 186.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿No es aquello Gamala?» pregunta el Zelote.

«Sí, es Gamala. ¿La conoces?» dice Jesús.

«Pasé ahí una noche ya muy lejana cuando era un fugitivo; luego vino la lepra y ya no salí de los sepulcros».

«¿Hasta aquí te persiguieron?» pregunta Pedro.

«Venía de la Siria, adonde me había encaminado buscando protección; pero... fui descubierto y tuve que huir hacia estas tierras para evitar ser capturado. Luego, lentamente, siempre bajo amenaza, fui descendiendo hasta el desierto de Tecua, y desde allí, ya leproso, hasta el valle de los Muertos. La lepra me salvaba de mis enemigos...».

«¿Éstos son paganos, verdad?» pregunta Judas Iscariote.

«Casi todos. Pocos hebreos, mercantes; y luego un sincretismo de creencias, y de falta completa de creencia... Pero no trataron mal al fugitivo».

«¡Lugares de bandidos! ¡Qué quebraduras!» exclaman muchos.

«Sí — dice Juan (todavía impresionado por la captura de Juan el Bautista) —, pero hay más bandidos al otro lado, creedlo».

«En el otro lado hay bandidos también entre los que llevan el nombre de justos» concluye su hermano.