ECR 163.1-6
El Evangelio como me ha sido revelado
Detalle
Jesús va a ver a Elías, que le ha invitado a un banquete. Otros cuatro fariseos están presentes: Urías, Joaquín, Simón y Samuel. Por parte de Cristo, le acompaña Judas. Los demás no vienen y, cuando Elías se fija en él, le preocupa que se hayan sentido ofendidos por su comportamiento en el pasado. Pero Jesús le asegura que sus discípulos no guardan rencor ni se enorgullecen de su susceptibilidad.
El Señor dirige unas palabras a Eliseo y luego se sientan todos a comer. Empezaron a hablar del acoso de los romanos y de los impuestos de los fariseos. Se ofendieron y pidieron a Jesús su opinión. Él respondió que, como judío, le angustiaban las incursiones romanas en los lugares de oración, pero que, como hombre, no le angustiaban. Explicó lo que pensaba, señalando que sus interlocutores hacían negocios en las sinagogas para poder ocultar dinero al fisco, a salvo de oídos indiscretos, y que por eso los romanos entraban en los lugares de culto. Él, en cambio, es pobre y no tiene que preocuparse por eso, pero anima a sus interlocutores a ser honestos, a decir la verdad sobre sus riquezas.
La conversación gira entonces en torno a la restauración del Reino de Israel, y Jesús cita el Antiguo Testamento, cuando Saúl ofreció el sacrificio sin Samuel, en contra de las órdenes del Señor. Saúl no siguió siendo rey. Del mismo modo, Dios conoce su tiempo y Jesús habla muy claramente de su Reino, que será universal y no se instaurará por rebelión.
Por último, el Mesías anima a Elías a que le acompañe a dar la ofrenda a los pobres, pero Elías se niega, alegando que está viejo y cansado. Le dijo que fuera con Judas, a quien conocían bien, y una vez fuera, el Iscariote saltó de rabia. Jesús le tranquiliza y le aconseja que deje todo el juicio a Dios.