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Notas del tema

La Virgen María en la vida pública de Cristo

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Comodidad de lectura

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ECR 205.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Bajan hacia el lugar indicado y, a medida que se van acercando, los demás se van reuniendo en torno a ellos. Llegan. Se sientan en círculo a la sombra de los manzanos. Lázaro, que estaba hablando con Simón Zelote, también se une al grupo. Son en total veinte personas.

Anotación

Es difícil determinar con exactitud quiénes son las veinte personas. Con Jesús y los apóstoles, son doce, excluyendo a Judas. Podemos añadir a María Salomé y María de Alfeo, ya que hicieron el viaje en AMV 198 y María menciona su presencia en los capítulos precedentes. También están presentes la Virgen, Marziam, Lázaro y Juan de Endor. Marta y Maximino tienen por fin motivos para asistir a la lección de Jesús.

En cualquier caso, el grupo presente escuchará la parábola del hijo pródigo.

ECR 205.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...Los apóstoles, la Madre de Jesús y las otras mujeres se dirigen hacia la casa, precedidos todos por Margziam, que va saltando, presuroso, delante. No obstante, el niño en seguida vuelve hacia atrás, toma a María de la mano y le dice: «Ven conmigo, que te tengo que decir a solas una cosa». Ella accede a su petición; así que tuercen hacia el pozo, que está en un ángulo del patio, enteramente cubierto por una tupida pérgola, que desde el nivel del suelo sube, formando un arco, hasta la terraza. Detrás está Judas Iscariote.

«Judas, ¿qué quieres? Déjanos, Margziam... Habla. ¿Qué quieres?».

«He obrado mal... No me atrevo a ir al Maestro, ni a presentarme ante mis compañeros... Ayúdame...».

«Te ayudaré. Sí. De todas formas, ¿es que no piensas en el mucho dolor que causas? Mi Hijo ha llorado por causa tuya, lo cual a su vez ha hecho sufrir a tus compañeros. Ven, de todas formas, que ninguno te dirá nada. Y, si puedes, no vuelvas a caer en esto mismo, que es indigno de un hombre y sacrílego respecto al Verbo de Dios».

«¿Tú, Madre, me perdonas?».

«¿Yo? Yo no cuento nada al lado de ti, que te sientes tan grande. Soy la menor de las siervas del Señor. ¿Por qué te preocupas de mí, si no tienes piedad de mi Hijo?».

«Pienso en mi madre, pienso que si tú me perdonas ella también me perdonará».

«No sabe lo que has hecho».

«Pero me había hecho jurar que sería bueno con el Maestro. Soy un perjuro. Percibo la reprensión del alma de mi madre».

«¿Eso es lo que sientes? ¿Y no percibes la queja y la desaprobación del Padre y del Verbo? ¡Oh, eres un desdichado, Judas! Vas sembrando el dolor en ti y en quienes te quieren».

María está muy seria y triste. Habla sin acritud, pero muy seria. Judas llora.

«No llores; mas bien, cambia. Ven» y le toma de la mano y entra así con él en la cocina.

Vivísimo es el estupor de todos. María previene posibles reacciones poco compasivas diciendo: «Judas ha vuelto. Haced como el primogénito después de que le habló su padre. Juan, ve a avisar a Jesús».

Juan de Zebedeo sale a la carrera.

El silencio gravita sobre la cocina... Lo rompe Judas diciendo: «Perdonadme. Tú el primero, Simón, tú que tienes un gran corazón paternal. Yo también soy huérfano».

«Sí, sí, te perdono. Por favor, no hables más de ello. Somos hermanos... y no me gustan estos altibajos de pedir perdón y volver a caer; son denigrantes, tanto para quien lo comete como para quien lo concede. Ahí viene Jesús. Ve a Él y basta».

Judas va hacia Jesús. Mientra, Pedro, no pudiendo hacer otra cosa, se pone a partir con vehemencia madera seca...

ECR 206.1.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús está hablando en presencia de los campesinos de Jocanán, en presencia de Isaac y muchos discípulos, de las mujeres, entre las cuales se encuentran María Stma. y Marta, y en presencia de muchos de Betania. Todos los apóstoles están escuchando. El niño, sentado frente a Jesús, no se pierde ni una palabra. El discurso ha debido empezar poco antes porque todavía está llegando gente...

Dice Jesús:

«... por este temor que tan vivo siento en muchos, es por lo que hoy quiero proponeros una dulce parábola; dulce para los hombres de buena voluntad, amarga para los otros; de todas formas, estos últimos disponen del modo de abolir esa amargura: transformarse en hombres de buena voluntad, pues, si así lo hacen, cesará el reproche que la parábola suscita en la conciencia. (...)

[Jesús cuenta la parábola de las diez vírgenes.]

Queridos discípulos míos, no quiero induciros a temblar ante Dios; antes bien, quiero promover en vosotros la fe en su bondad. Tanto los que os quedáis como los que os marcháis, pensad que, si hacéis lo que hicieron las vírgenes sensatas, seréis llamados no solamente a formar el cortejo del Esposo, sino que — como en el caso de la joven Ester, que fue nombrada reina en substitución de Vastí — seréis escogidos y elegidos como esposas, pues el Esposo “habrá encontrado en vosotros toda gracia y la mayor complacencia”. A los que os marcháis os bendigo; llevad en vosotros estas palabras mías, transmitídselas a vuestros compañeros. La paz del Señor esté siempre con vosotros».

Jesús se acerca a los campesinos para reiterarles su saludo. Juan de Endor le susurra: «Maestro, ya está aquí Judas...».

«No importa. Acompáñalos al carro y haz lo que te he indicado».

La asamblea se disuelve lentamente. Muchos hablan con Lázaro... el cual se vuelve a Jesús — que, habiendo dejado ya a los campesinos, estaba viniendo en este sentido — y le dice: «Maestro, los corazones de Betania quieren oír todavía tu palabra; háblanos antes de marcharte».

«Declina el día, pero el ambiente está tranquilo y sereno... Si queréis reuniros en los prados recientemente segados, os hablaré antes de marcharme de esta ciudad amiga. O, si no, mañana, al alba. Sí, llega la hora de despedirnos».

«¡Luego! ¡Esta noche!» gritan todos.

«Como queráis. Ahora retiraos. A la mitad de la primera vigilia os hablaré»...

Anotación

Si actuáis como vírgenes prudentes, no sólo seréis llamadas a escoltar al Esposo, sino que, como la joven Ester, que se convirtió en reina en lugar de Vasti, seréis elegidas y elegidos como novias. Vasti - Vasti significa "amada" en persa. Primera esposa de Asuero (= Jerjes, 486-465), rey de Persia, que la repudió porque se negó a asistir a un banquete (Ester 2, 1-18). Ester también se menciona en EMV 136.2 y EMV 414.1.

Palabras clave

ECR 206.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡(...) la humildad! Tengo dicho: “Cuando oréis o hagáis penitencia, que el mundo no se percate de ello”. En los libros sapienciales está escrito: “No se debe revelar el secreto del Rey”. La humildad es ese velo cándido y protector que recubre el bien que hacemos y el bien que Dios nos concede. No se gloríe — necia gloria humana — el corazón por el amor de privilegio concedido por Dios: inmediatamente le sería arrebatado el don; cante, más bien, internamente a su Dios: “Mi alma te ensalza, Señor... porque has vuelto tu mirada a la pequeñez de tu sierva”».

Jesús interrumpe brevemente su discurso y fija su mirada en su Madre, que, muy ruborizada bajo su velo, se inclina mucho como si quisiera ordenar los cabellos del niño, que está sentado a sus pies; en realidad lo que quiere es celar la emoción que siente a causa de su recuerdo…

Anotación

Dije, en EMV 172.5 y en EMV 172.8.

Libro de Tobías 12, 7

Tb 12, 7 : Es bueno mantener oculto el secreto del rey, pero es honroso revelar y publicar las obras de Dios.

El Libro de Tobías se clasifica como libro sapiencial o, más a menudo, como libro histórico. Es uno de los siete libros deuterocanónicos conservados por la tradición católica/ortodoxa, pero considerado apócrifo por la tradición protestante/anglicana.

"Mi alma te glorifica, Señor... porque has vuelto tus ojos a la humildad de tu sierva. " El Magnificat. Cf. Lucas 1,46, que se inspira en el cántico de Ana, la madre de Samuel(1 Samuel 2,1-10).

ECR 206.8-9.14-17 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...Y, en efecto, incansable — mientras el Sol y el recuerdo del arrebol de la tarde desaparecen y se alza el primer estridor de grillos inseguro y solitario — Jesús va adentrándose en un prado segado recientemente, en que la languideciente hierba crea una alfombra de penetrante y suave fragancia. Le siguen los apóstoles, las Marías, Marta y Lázaro con los de su casa — entre los sirvientes veo a los dos que en el Monte de las Bienaventuranzas hallaron consuelo para sus días: el anciano y la mujer —, Isaac con los discípulos, y... yo diría que toda Betania.

Jesús se detiene para bendecir al patriarca; éste le besa la mano llorando y acariciando al niño, que va al lado de Jesús; al niño le dice: «¡Dichoso tú, que le puedes seguir siempre! ¡Escúchame, hijo: sé bueno; gran ventura la tuya, gran ventura; sobre tu cabeza pende una corona!... ¡Dichoso tú!».

Una vez que han terminado todos de colocarse, Jesús empieza a hablar.

[Jesús cuenta la parábola del rey que celebra las bodas de su hijo.]

Alzaos. Vamos a descansar. Os bendigo a todos, habitantes de Betania. Os bendigo y os doy mi paz. Te bendigo a ti especialmente, Lázaro, amigo mío, y a ti, Marta. Bendigo a mis discípulos, a los primeros y a los nuevos. Yo los envío por el mundo, a invitar para las bodas del Rey. Arrodillaos, que voy a bendeciros a todos. Pedro, di la oración que os he enseñado, dila aquí, a mi lado, en pie, porque así debe decirla quien ha sido destinado por Dios para ello».

Toda la asamblea se arrodilla sobre la hierba. En pie sólo están Jesús, con su vestidura de lino, alto, guapísimo, y Pedro, vestido de marrón oscuro, encendido de emoción, casi tembloroso, recitando la oración con esa voz suya no bonita pero sí viril, lentamente por miedo a equivocarse: «Padre nuestro...».

Se oye algún sollozo... de hombre, de mujer...

Margziam, arrodillado justo delante de María, que le mantiene unidas sus manitas, mira con una sonrisa de ángel a Jesús, y dice bajo: «¡Mira, Madre, qué guapo!; y también mi padre, ¡qué guapo! Parece estar en el Cielo... ¿Estará aquí mi madre viendo?».

María susurra: «Sí, tesoro, está aquí; está aprendiendo la oración» y le da un beso.

«¿Y yo? ¿La voy a aprender?».

«Ella te la susurrará en el alma mientras duermes, y yo te la repetiré de día».

El niño echa hacia atrás su cabecita morena y la apoya en el pecho de María, y se queda así mientras Jesús lleva a cabo la siempre solemne bendición mosaica.

Acabado el gesto, todos se ponen en pie, y se marcha cada uno a su casa; sólo Lázaro sigue todavía a Jesús. Luego entra con Él en la casa de Simón para estar aún en su compañía. Entran también todos los demás. Judas Iscariote, avergonzado, se pone en un rincón semioscuro: no se atreve a acercarse a Jesús, como hacen los demás...

206.15

Lázaro se congratula con Jesús. Dice: «Siento que te marches, pero estoy más contento que si te hubiera visto marcharte anteayer».

«¿Por qué, Lázaro?».

«Porque te veía muy triste y cansado... No hablabas, sonreías poco... Ayer y hoy has vuelto a ser mi santo y dulce Maestro. Me alegro mucho...».

«Lo era, aunque guardase silencio...».

«Lo eras, sí; pero Tú eres no sólo serenidad sino también palabra. Esto buscamos en ti. En estas fuentes bebemos nuestra fuerza, y estas fuentes parecían sin agua... Penosa era nuestra sed... Ya ves cómo hasta incluso a los gentiles les ha sorprendido, y han venido a buscarlas...».

Judas Iscariote, al cual se había acercado Juan de Zebedeo, se decide a hablar: «Sí, me habían preguntado también a mí... porque muchas veces estaba cerca de la Torre Antonia, con la esperanza de verte».

«Sabías dónde estaba» responde escuetamente Jesús.

«Lo sabía. Pero no pensaba que pudieras decepcionar a quienes te esperaban. Los romanos también se sintieron decepcionados. No entiendo por qué has actuado así...».

«¿Y tú me lo preguntas? ¿No estás al corriente del estado de ánimo del Sanedrín, de los fariseos y de otros, respecto a mí?».

«¿Quieres decir que tenías miedo!».

«No. Náusea.

206.16

El año pasado, estando solo — uno solo contra todo un mundo que ni siquiera sabía si Yo era profeta —, mostré que no tenía miedo. Y tú fuiste ganado con mi audacia. Hice oír mi voz contra todo un mundo de gente que gritaba; hice oír la voz de Dios a un pueblo que se había olvidado de ella; purifiqué la Casa de Dios de las inmundicias materiales que tenía. No pretendía limpiarla de las bajezas morales, mucho más graves, que en ella anidan, porque no ignoro el futuro de los hombres. Lo hice para cumplir mi deber; por celo de la Casa del Señor eterno, la cual se había convertido en una plaza vociferadora de mercachifles, usureros y ladrones; lo hice para remover de su sopor a quienes siglos de abandono sacerdotal habían hecho caer en el letargo espiritual. Fue el reclamo que debía congregar a mi pueblo, para llevarle a Dios... Este año he vuelto... He visto que el Templo sigue lo mismo... Incluso ha empeorado. Ha pasado de ser cueva de ladrones a ser sede de conjura, y será sede del Delito, y luego lupanar, para terminar destruido a manos de una fuerza más poderosa que la de Sansón que aplastará a una casta indigna de llamarse santa. Es inútil hablar en ese lugar, en el cual, además — te lo recuerdo — se me prohibió hablar. ¡Pueblo desleal a la palabra dada, envenenado en sus cabezas, pueblo que osa poner veto a que la Palabra de Dios hable en su Casa! Sí, me fue prohibido. He guardado silencio por amor a los más pequeños. No ha llegado todavía la hora en que habrán de matarme. Son demasiados los que tienen necesidad de mí, y mis apóstoles no son todavía suficientemente fuertes como para recibir en sus brazos a mi prole: el Mundo. No llores, Madre buena; perdona esta necesidad de tu Hijo de decir, a quien quiere o puede engañarse, la verdad que sé... Yo callo... pero, ¡ay de aquellos por los cuales Dios calla!... ¡Madre, Margziam, no lloréis!... ¡Que nadie llore! ¡Os lo ruego!».

Pero en realidad todos, con más o menos pena, lloran.

Judas, pálido como un muerto, con ese indumento suyo de rayas amarillas y rojas, tiene la osadía de insistir, con una voz gimoteadora y ridícula: «Créeme, Maestro, que estoy sorprendido y apenado... No sé qué quieres decir... Yo no sé nada... La verdad es que no he visto a ninguno de los del Templo, pues he roto los contactos con todos... Pero, si Tú lo dices, será verdad...».

«¡Judas!... ¿Tampoco has visto a Sadoq?».

Judas baja la cabeza y farfulla: «Es un amigo... Le he visto como amigo, no como uno del Templo...».

206.17

Jesús no le responde; se vuelve a Isaac y a Juan de Endor para darles algunas recomendaciones relativas a su trabajo. Entretanto, las mujeres consuelan a María, que está llorando, y al niño, que llora al ver llorar a María. También a Lázaro y a los apóstoles se les ve apenados.

Jesús, que presenta de nuevo su dulce sonrisa, se acerca a ellos, y, mientras abraza a su Madre y acaricia al niño, dice: «Me despido de los que se quedan, porque mañana al alba nos pondremos en camino. Adiós, Lázaro; adiós, Maximino. José, te agradezco todos los detalles que has tenido con mi Madre y con las discípulas en este período de espera mientras Yo llegaba. Gracias por todo. Tú, Lázaro, bendice de nuevo a Marta en mi nombre. Volveré pronto. Ven, Madre, a descansar; también vosotras, María y Salomé, si queréis venir».

«¡Sí, claro que vamos!» dicen las dos Marías.

«¡Pues, hala, a la cama! Paz a todos. Dios esté con vosotros». Hace un gesto de bendición y sale, llevando de la mano al niño y estrechando a su Madre...

La estancia en Betania ha terminado.

ECR 206.15-17 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Lázaro se congratula con Jesús. Dice: «Siento que te marches, pero estoy más contento que si te hubiera visto marcharte anteayer».

«¿Por qué, Lázaro?».

«Porque te veía muy triste y cansado... No hablabas, sonreías poco... Ayer y hoy has vuelto a ser mi santo y dulce Maestro. Me alegro mucho...».

«Lo era, aunque guardase silencio...».

«Lo eras, sí; pero Tú eres no sólo serenidad sino también palabra. Esto buscamos en ti. En estas fuentes bebemos nuestra fuerza, y estas fuentes parecían sin agua... Penosa era nuestra sed... Ya ves cómo hasta incluso a los gentiles les ha sorprendido, y han venido a buscarlas...».

Judas Iscariote, al cual se había acercado Juan de Zebedeo, se decide a hablar: «Sí, me habían preguntado también a mí... porque muchas veces estaba cerca de la Torre Antonia, con la esperanza de verte».

«Sabías dónde estaba» responde escuetamente Jesús.

«Lo sabía. Pero no pensaba que pudieras decepcionar a quienes te esperaban. Los romanos también se sintieron decepcionados. No entiendo por qué has actuado así...».

«¿Y tú me lo preguntas? ¿No estás al corriente del estado de ánimo del Sanedrín, de los fariseos y de otros, respecto a mí?».

«¿Quieres decir que tenías miedo!».

«No. Náusea.

206.16

El año pasado, estando solo — uno solo contra todo un mundo que ni siquiera sabía si Yo era profeta —, mostré que no tenía miedo. Y tú fuiste ganado con mi audacia. Hice oír mi voz contra todo un mundo de gente que gritaba; hice oír la voz de Dios a un pueblo que se había olvidado de ella; purifiqué la Casa de Dios de las inmundicias materiales que tenía. No pretendía limpiarla de las bajezas morales, mucho más graves, que en ella anidan, porque no ignoro el futuro de los hombres. Lo hice para cumplir mi deber; por celo de la Casa del Señor eterno, la cual se había convertido en una plaza vociferadora de mercachifles, usureros y ladrones; lo hice para remover de su sopor a quienes siglos de abandono sacerdotal habían hecho caer en el letargo espiritual. Fue el reclamo que debía congregar a mi pueblo, para llevarle a Dios... Este año he vuelto... He visto que el Templo sigue lo mismo... Incluso ha empeorado. Ha pasado de ser cueva de ladrones a ser sede de conjura, y será sede del Delito, y luego lupanar, para terminar destruido a manos de una fuerza más poderosa que la de Sansón que aplastará a una casta indigna de llamarse santa. Es inútil hablar en ese lugar, en el cual, además — te lo recuerdo — se me prohibió hablar. ¡Pueblo desleal a la palabra dada, envenenado en sus cabezas, pueblo que osa poner veto a que la Palabra de Dios hable en su Casa! Sí, me fue prohibido. He guardado silencio por amor a los más pequeños. No ha llegado todavía la hora en que habrán de matarme. Son demasiados los que tienen necesidad de mí, y mis apóstoles no son todavía suficientemente fuertes como para recibir en sus brazos a mi prole: el Mundo. No llores, Madre buena; perdona esta necesidad de tu Hijo de decir, a quien quiere o puede engañarse, la verdad que sé... Yo callo... pero, ¡ay de aquellos por los cuales Dios calla!... ¡Madre, Margziam, no lloréis!... ¡Que nadie llore! ¡Os lo ruego!».

Pero en realidad todos, con más o menos pena, lloran.

Judas, pálido como un muerto, con ese indumento suyo de rayas amarillas y rojas, tiene la osadía de insistir, con una voz gimoteadora y ridícula: «Créeme, Maestro, que estoy sorprendido y apenado... No sé qué quieres decir... Yo no sé nada... La verdad es que no he visto a ninguno de los del Templo, pues he roto los contactos con todos... Pero, si Tú lo dices, será verdad...».

«¡Judas!... ¿Tampoco has visto a Sadoq?».

Judas baja la cabeza y farfulla: «Es un amigo... Le he visto como amigo, no como uno del Templo...».

Jesús no le responde; se vuelve a Isaac y a Juan de Endor para darles algunas recomendaciones relativas a su trabajo. Entretanto, las mujeres consuelan a María, que está llorando, y al niño, que llora al ver llorar a María. También a Lázaro y a los apóstoles se les ve apenados.

Anotación

El año pasado, cuando estaba solo -solo contra todo un mundo que ni siquiera sabía si yo era profeta-, demostré que no tenía miedo y os conquisté con la audacia que demostré. Jesús echando a los mercaderes del Templo impresionó mucho a Judas. Cf. EMV 53, y EMV 54.3.

- ¡Judas! Y Sadoc, ¿no lo has visto? Cf. EMV 201.2.

ECR 207.1-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Simón de Jonás se adelanta y alcanza al grupo de Jesús. Pregunta: «¿Por aquí se va a Belén? Juan dice que la otra vez habéis ido por otro camino».

«Es verdad» responde Jesús «pero porque veníamos de Jerusalén. Por aquí es más corto. Cuando lleguemos al sepulcro de Raquel, que quieren verlo las mujeres, nos separaremos, como hace tiempo habéis decidido. Mi Madre quiere ir a Betsur. Allí nos reuniremos de nuevo».

«Sí, lo dijimos... ¡Pero, sería tan hermoso que estuviéramos todos presentes!... especialmente la Madre... que, a fin de cuentas, es la Reina de Belén y de la Gruta, y conoce todo a la perfección. Si lo contara Ella, creo que sería distinto».

Jesús mira a Simón, que insinúa dulcemente su deseo, y sonríe.

«¿Qué gruta, padre?» pregunta Marziam.

«La gruta donde nació Jesús».

«¡Ah, muy bien! ¡Voy yo también!...».

«¡Sería precioso!» dicen María de Alfeo y Salomé.

«¡Precioso!... Significaría volver al pasado, a cuando el mundo te ignoraba... Te ignoraba, sí, pero todavía no te odiaba. Significaría encontrar de nuevo el amor de las personas sencillas que supieron sólo creer y amar, con humildad y fe... Significaría depositar en el pesebre este peso de amargura que oprime mi corazón desde que sé lo mucho que te odian... Debe haber quedado todavía en el pesebre la dulzura de tu mirada, de tu respirar, de tu titubeante sonrisa... y ello me acariciaría el corazón, ¡este corazón mío tan lleno de amargura!...». (María habla despacio, entre anhelante y afligida).

«Pues entonces vamos a ir, Mamá. Condúcenos tú al lugar. Hoy eres tú la Maestra y Yo el Niño que ha de aprender».

«¡No, Hijo! Tú eres siempre el Maestro...».

«No, Mamá. Simón de Jonás tiene razón en lo que ha dicho. En la tierra de Belén tú eres la Reina. Es tu primer castillo. María, de la estirpe de David, guía a este pequeño pueblo a tu morada».

Judas Iscariote hace ademán de hablar, pero no dice nada. Jesús, que se ha dado cuenta del gesto y lo ha interpretado, dice: «Si alguno, por cansancio u otro motivo, no quiere venir, que libremente prosiga hacia Betsur». Pero ninguno habla.

207.2

Prosiguen el camino por este fresco valle que va en dirección Este-Oeste. Luego giran levemente hacia el Norte para bordear un entrante de un collado, y llegan así al camino que de Jerusalén conduce a Belén, justo a la altura de un cubo — la tumba de Raquel — que culmina en una pequeña cúpula orbicular. Todos se acercan para orar con reverencia.

«Aquí nos detuvimos yo y José... Está todo igual. Lo único distinto es la estación: en aquel entonces era un frío día de Kisléu. Había llovido, los caminos estaban embarrados; luego se había levantado un viento helador y quizás había caído escarcha durante la noche. Los caminos estaban endurecidos, pero, recorridos todos ellos por carros y por mucha gente, parecían un mar lleno de hoyos. Se hacía muy trabajoso para mi burrito...».

«¿Y para ti no, Madre?».

«¡Yo te tenía a ti!...». La expresión de beatitud con que le mira es verdaderamente conmovedora.

Unos instantes después, sigue hablando:

«Atardecía. José estaba muy preocupado... Se estaba levantando un viento que cortaba, y cada vez soplaba más fuerte... La gente que iba hacia Belén apresuraba su paso. Chocaban unos con otros. Muchos decían insolencias contra mi burrito, por lo despacio que iba, buscando el lugar donde apoyar sus pezuñas... Parecía como si supiera que Tú estabas ahí... durmiendo el último sueño en la cuna de mis entrañas. Hacía frío... pero yo ardía por dentro. Te sentía llegar... ¿Llegar? Podrías decir: “Mamá, Yo ya estaba desde hacía nueve meses”. Sí. Pero ahora era como si vinieras del Cielo. El Cielo descendía, se plegaba hacia mí, y yo veía sus resplandores... Veía a la Divinidad arder de gozo por tu inminente nacimiento, y ese fuego me traspasaba, me incendiaba, me abstraía... de todo... Frío... viento... gente... ¡Nada! Yo veía a Dios... De tanto en tanto, con esfuerzo, lograba volver con mi espíritu a esta tierra, y sonreía a José, que temía al frío y al cansancio por mí, y que iba guiando al burrito por temor a que tropezase, y que me arropaba con la manta porque temía que me enfriase... Mas nada podía suceder. No sentía los bamboleos. Me parecía ir por un camino de estrellas, entre nubes cándidas, sujetada por ángeles... Y sonreía... Primero a ti... Te veía dormir, capullo mío de azucena, a través de la barrera de la carne, con los puñitos apretados en tu camita de rosas vivas... Luego sonreía a mi esposo, que estaba profundamente afligido, para infundirle ánimo... Luego a la gente, que no sabía que estaba respirando ya en el aura del Salvador...

Nos detuvimos cerca de la tumba de Raquel, para que descansase un momento el borriquillo y para comer un poco de pan y unas aceitunas, nuestras provisiones de pobres. Pero yo no tenía hambre. No podía tener hambre... Me alimentaba mi alegría...

207.3

Reanudamos el camino... Venid, os voy a decir dónde encontramos al pastor... No penséis que puedo equivocarme; estoy reviviendo aquella hora, veo y reconozco cada uno de los lugares porque veo a través de una gran luz angélica. Quizás la muchedumbre angélica está de nuevo aquí, invisible para los cuerpos, pero visible para las almas con su luminoso candor, y todo se hace patente, todo queda señalado. Ellos no pueden equivocarse, y me guían... para alegría mía y vuestra. Mirad, desde aquel campo a éste vino Elías con sus ovejas. José le pidió un poco de leche para mí. Allí, en aquel prado, estuvimos detenidos mientras él extraía la leche tibia, reconstituyente, y daba algunos consejos a José. Venid, venid... Mirad, éste es el sendero de la última hondonada antes de Belén. Lo elegimos porque el camino principal, en las cercanías de la ciudad, era todo un barullo de gente y cabalgaduras...

207.4

¡Ahí está Belén! ¡Oh, entrañable tierra de mis padres, que me diste el primer beso de mi Hijo! Te abriste, buena y fragante, como el pan que te da el nombre[1], para dar Pan verdadero al mundo mortal-mente hambriento! ¡Me abrazaste, tú, tierra que conservas el materno amor de Raquel, como una madre; tierra santa de la davídica Belén; primer templo del Salvador, de la Estrella de la mañana nacida de Jacob para señalar la ruta del Cielo a toda la Humanidad! ¡Fijaos cuán bella está en esta primavera! ¡También entonces, a pesar de que los campos y los viñedos aparecieran desnudos, era hermosa! Un velo leve de escarcha tornaba a resplandecer en las desnudas ramas, que aparecían espolvoreadas de diamantes, como envueltas en un impalpable cendal paradisíaco. Las chimeneas de todas las casas humeaban, pues llegaba la hora de la cena. El humo, subiendo escalonadamente los rellanos hasta llegar a este límite, mostraba a la propia ciudad también velada...

Todo se sentía casto, recogido, en espera... ¡de ti, de ti, Hijo! La tierra te sentía llegar... Te habrían sentido también los betlemitas, porque no son malos, a pesar de que no lo creáis. No podían ofrecernos alojamiento... En las casas honradas y buenas de Belén, se apiñaban, arrogantes como siempre, sordos y soberbios, los que hoy lo siguen siendo; ésos no podían sentirte a ti... ¡Cuántos fariseos, saduceos, herodianos, escribas, esenios había! ¡Cuántos!... Su embotamiento de ahora sigue siendo manifestación de su dureza de corazón de entonces. Cerraron su corazón al amor a su pobre hermana aquella noche... y se quedaron — y todavía lo están — en las tinieblas. Desde aquel momento, rechazando el amor al prójimo, rechazaron a Dios.

207.5

Venid. Vamos a la gruta. Es inútil entrar en la ciudad. Los mejo res amigos de mi Niño ya no están. Queda la naturaleza amiga, con sus piedras, su riachuelo, su leña para encender fuego; la naturaleza que sintió la llegada de su Señor... Sí, venid sin vacilación. Se tuerce por aquí... Allí están las ruinas de la Torre de David: ¡la aprecio más que a un palacio! ¡Benditas ruinas! ¡Bendito riachuelo! ¡Bendito árbol que, como por milagro, te despojaste, con el viento, de muchas de tus ramas para que encontrásemos leña y pudiéramos encender fuego!».

María baja ligera hacia la gruta, atraviesa el pequeño riachuelo por una tabla que hace de puente, corre hacia el espacio abierto que hay delante de las ruinas y cae de rodillas a la entrada de la gruta, y se curva para besar su suelo. La siguen todos los demás. Están emocionados... El niño, que no la deja ni un instante, parece estar escuchando una historia maravillosa; sus ojitos negros beben las palabras y los gestos de María sin perderse ni uno solo.

María se pone en pie y entra diciendo:

«¡Todo, todo como entonces!... Pero en aquella ocasión era de noche... José me hizo luz para que entrase. Entonces, sólo entonces, desmontando del borriquillo, sentí lo cansada y helada que estaba... Un buey nos saludó. Me acerqué a él para sentir un poco de calor, para apoyarme sobre el heno... José, aquí, donde estoy yo, extendió heno para hacerme un lecho. Lo había secado a la llama que estaba encendida en aquel rincón; para mí y para ti, Hijo... porque era bueno como un padre, con su amor de esposo-ángel... Y los dos de la mano, como dos hermanos perdidos en la oscuridad de la noche, comimos nuestro pan y nuestro queso; luego él fue allí, a alimentar el fuego, y se quitó el manto para tapar la abertura... En realidad, había corrido el velo ante la gloria de Dios que descendía del Cielo, Tú, mi Jesús... Y yo permanecí allí, encima del heno, al calorcito de los dos animales, arropada en mi manto y con la manta de lana... ¡Mi amado esposo!... En la conmoción de aquella hora, en que me encontraba sola ante el misterio de la primera maternidad, siempre henchida de lo desconocido para una mujer, y para mí — en mi maternidad única — henchida además del misterio del qué sería ver al Hijo de Dios surgir de carne mortal, José fue para mí como una madre, como un ángel... mi consuelo... entonces y siempre...

207.6

Luego, silencio y sueño descendieron y circundaron al Justo... para que no viera lo que para mí era el beso de Dios de cada día... Y, tras el intermedio de las humanas necesidades, he aquí que me llegan las desmesuradas olas del éxtasis, que vienen del mar paradisíaco, y que me elevan de nuevo a lo alto de las crestas luminosas, cada vez más altas, y me llevan arriba, arriba, con ellas, a un océano de luz, de luz, de alegría, paz, amor, hasta verme perdida en el mar de Dios, del seno de Dios... Oigo todavía una voz de la tierra: “¿Duermes, María?”. ¡Qué lejana!... ¡Es un eco, un recuerdo de la tierra!... Tan débil que el alma no reacciona. No sé lo que respondo. Mientras, sigo subiendo, subiendo, en esta inmensidad de fuego, de beatitud infinita, de precognición de Dios... hasta Él, hasta Él. ¡Oh!, pero, ¿te alumbré yo a ti, o fui yo alumbrada por los trinitarios Fulgores aquella noche?, ¿te alumbré yo a ti, o Tú me aspiraste para alumbrarme? No lo sé... Luego el regreso, de coro en coro, de astro en astro, de estrato en estrato, dulce, lento, beato, sereno, como el de una flor que el águila ha llevado a las alturas para dejarla caer después, y desciende lentamente, en las alas del aire, embellecida por una gema de lluvia, por un pedacito de arco iris arrebatado al cielo, para encontrarse al final en la tierra que la viera nacer... Mi diadema: ¡Tú! Tú sobre mi corazón...

Aquí, sentada, después de haberte adorado, te amé. Por fin pude amarte sin la barrera de la carne; de aquí me desplacé para llevarte al amor de aquel que como yo era digno de estar entre los primeros que te amasen. Aquí, entre estas dos toscas columnas, te ofrecí al Padre. Aquí descansaste por primera vez sobre el pecho de José... Aquí te envolví en pañales y, los dos, te colocamos aquí... Yo te acunaba mientras José secaba el heno al fuego y se lo metía en su pecho para mantenerlo caliente. Luego, allí… adorándote los dos, así, así, inclinados hacia ti, como yo ahora; bebiendo tu respiración, contemplando hasta qué anonadamiento puede conducir el amor; llorando las lágrimas que, ciertamente, se lloran en el Cielo por el gozo inagotable de ver a Dios».

207.7

María, que ha estado yendo a un lado o a otro mientras evocaba los hechos, señalando los lugares, jadeante de amor, con un destello de llanto en sus ojos azules y una sonrisa en los labios, se inclina realmente hacia Jesús — que está sentado en una piedra grande mientras Ella cuenta — y le besa en el pelo, llorando, adorándole como entonces.

«Y luego los pastores... dentro, aquí, adorando con su buen corazón, con el intenso hálito de la tierra que con ellos entraba en su olor humano, de rebaños, de heno; y, afuera, y por todas partes, los ángeles, adorándote con su amor, con sus cantos (que ninguna criatura humana puede reproducir) y con el amor del Cielo, con la brisa del Cielo que con ellos entraba, que ellos portaban, entre sus fulgores... ¡Tu nacimiento, bendito mío!».

María se ha arrodillado al lado de su Hijo y llora de emoción con la cabeza reclinada en las rodillas de Jesús. Ninguno de los presentes se atreve a decir nada durante un rato; emocionados en mayor o menor grado, miran en torno a sí, como esperando ver pintada, entre las telas de araña y las ásperas piedras, la escena descrita...

María sale de este momento particular y torna a hablar: «Bien, he descrito el nacimiento, infinitamente sencillo, infinitamente grande, de mi Hijo. Lo he hecho con mi corazón de mujer, no con la sabiduría de un maestro. No hay más; en efecto, fue la cosa más grande de la tierra, si bien velada bajo las apariencias más comunes».

207.8

«Pero, ¿y al día siguiente?, ¿y después?» preguntan muchos de los presentes, entre los cuales las dos Marías.

«¿El día siguiente? ¡Muy sencillo! Hice lo que todas las madres: dar de mamar al niño, lavarle, ponerle los pañales. Yo calentaba agua del río en el fuego que ardía ahí afuera (para que el humo no hiciera llorar a esos dos ojitos azules); y luego, en el rincón más amparado, en una vieja artesa, lavaba a mi Hijo y le ponía ropita fresca; iba al río a lavar los pañales y los tendía al sol... y luego la alegría más grande, darle el pecho a Jesús... y Él mamaba y tomaba más color y se sentía contento... El primer día, durante la hora más caliente, fui a sentarme ahí afuera para verle bien. Aquí la luz sólo se filtra, no entra verdaderamente. La lámpara y la llama daban un caprichoso aspecto a las cosas. Salí afuera, al sol... y miré al Verbo encarnado. La Madre conoció entonces a su Hijo; la sierva de Dios, a su Señor: fui mujer y adoradora... Después, la casa de Ana... los días ante tu cuna... los primeros pasos... la primera palabra... Pero esto fue después, en su momento... Nada, nada fue tan grande como la hora de tu nacimiento... Sólo cuando regrese a Dios, volveré a encontrar aquella plenitud...».

María de Alfeo dice: «¡Sí, pero, ponerse en camino al final...! ¡Qué imprudencia! ¿Por qué no esperasteis? El decreto preveía un alargamiento del plazo para los casos especiales, como partos o enfermedades. Alfeo lo dijo...».

«¿Esperar? ¡No! Aquella tarde, cuando José trajo la noticia, yo y Tú, Hijo, exultamos de alegría. Era la llamada... porque tenías que nacer necesariamente aquí, como habían dicho los Profetas; aquel decreto llegado al improviso fue para José piadoso Cielo, cancelador incluso del recuerdo de su sospecha. Era lo que esperaba, por ti, por él, por el mundo judaico y por el mundo futuro, hasta el final de los siglos. Estaba escrito, y sucedió como había sido escrito. ¿Esperar! ¿Podrá la novia hacer esperar su sueño nupcial? ¿Por qué esperar?».

«Pues... por todo lo que podía suceder...» insiste todavía María de Alfeo.

«No tenía ningún miedo. Reposaba en Dios».

«Pero, ¿sabías que todo habría de suceder así?».

«Nadie me lo había dicho, y yo no pensaba en absoluto en ello; tanto es así, que, para dar ánimos a José, le dejé pensar, y os dejé pensar, que todavía faltaba tiempo para el nacimiento. Sabía — esto sí que lo sabía — que la Luz del mundo nacería en la fiesta de las luces».

«Madre, la pregunta sería, más bien, ¿por qué no acompañaste a María? Y, mi padre, ¿por qué no pensó en esto? ¡Teníais que haber venido también vosotros! ¿No vinimos aquí todos?» pregunta, severo, Judas Tadeo.

«Tu padre había decidido venir después de la fiesta de las Luminarias y se lo dijo a su hermano, pero José no quiso esperar».

«Pero, tú al menos...» rebate aún Judas Tadeo.

«No la censures, Judas. De común acuerdo, consideramos que era justo correr un velo sobre el misterio de este nacimiento».

«Pero, ¿José sabía con qué signos había de producirse? Si tú no lo sabías, ¿podía saberlo él?».

«No sabíamos nada, sino que Él debía nacer».

«¿Y entonces...?».

«Entonces la Sabiduría divina nos guió así, como era justo. El nacimiento de Jesús, su presencia en el mundo, debían manifestarse exentos de todo lo que pudiera saber a maravilloso y que hubiera provocado a Satanás... Mirad cómo la aversión actual de Belén hacia el Mesías es una consecuencia de la primera epifanía del Cristo. El livor demoniaco se sirvió de la revelación para producir derramamiento de sangre, y para diseminar, por la sangre derramada, odio…

207.9

¿Estás contento, Simón de Jonás? No hablas. Casi ni respiras...».

«Tanto... tanto que me parece estar fuera del mundo, en un lugar más santo que si hubiera traspasado el velo del Templo... Tanto que... que ahora, después de haberte visto en este sitio y con la luz de entonces, me produce temblor el haberte tratado... con respeto, sí, pero sólo como a una gran mujer; eso, como a una simple mujer. A partir de ahora no osaré ya decirte como antes: “María”. Antes eras para mí la Madre de mi Maestro, ahora te he visto en la cima de aquellas olas celestiales, te he visto Reina; y yo, miserable, hago esto, como esclavo que soy» y se arroja al suelo y besa los pies de María.

Ahora es Jesús quien habla: «Simón, álzate; ven aquí, a mi lado».

Pedro se pone en la izquierda de Jesús (María está a la derecha).

«¿Qué somos ahora nosotros?» pregunta Jesús.

«¿Nosotros? ¡Hombre, pues Jesús, María y Simón!».

«De acuerdo, pero ¿cuántos somos?».

«Tres, Maestro».

«Entonces somos una trinidad. Un día, en el Cielo, la divina Trinidad pensó: “Es el momento de que el Verbo vaya a la tierra”[2]. En un latido de amor, el Verbo vino a la tierra. Se separó por ello del Padre y del Espíritu Santo. Vino a actuar en la tierra. En el Cielo, los otros Dos contemplaron las obras del Verbo, permaneciendo más unidos que nunca para fundir Pensamiento y Amor en ayuda de la Palabra, operante en la tierra. Llegará un día en que vendrá del Cielo esta orden: “Es el momento de que vuelvas, porque todo está cumplido”. Entonces el Verbo volverá al Cielo, así... (y Jesús se retira un paso hacia atrás dejando a Pedro y a María donde estaban), y desde lo alto del Cielo contemplará las obras de los otros dos de la tierra, los cuales, por santo impulso, se unirán más que nunca, para fundir poder y amor y hacer de ello un medio para cumplir el deseo del Verbo: la redención del mundo a través de la perpetua enseñanza de su Iglesia. Y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo harán con sus rayos una cadena para estrechar, estrechar cada vez más a los dos que estarán todavía en esta tierra: mi Madre, el amor; tú, el poder. Por tanto, ciertamente tendrás que tratar a María como a una reina, pero no como esclavo. ¿No te parece?».

«Me parece todo lo que quieras. ¡Me siento anonadado! ¡Yo el poder? ¡Ah, pues si tengo que ser el poder entonces sí que me debo apoyar en Ella! ¡Madre de mi Señor, no me abandones nunca, nunca, nunca...!».

«No temas. Te tendré siempre cogido de la mano; así, como hacía con mi Niño hasta que fue capaz de andar solo».

«¿Y después?».

«Después te sostendré con la oración. ¡Ánimo, Simón; no dudes nunca del poder de Dios! Ni yo ni José dudamos de su poder, tú tampoco debes dudar. Dios otorga su ayuda en cada hora, si permanecemos humildes y fieles...

ECR 207.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Simón de Jonás se adelanta y alcanza al grupo de Jesús. Pregunta: «¿Por aquí se va a Belén? Juan dice que la otra vez habéis ido por otro camino».

«Es verdad» responde Jesús «pero porque veníamos de Jerusalén. Por aquí es más corto. Cuando lleguemos al sepulcro de Raquel, que quieren verlo las mujeres, nos separaremos, como hace tiempo habéis decidido. Mi Madre quiere ir a Betsur. Allí nos reuniremos de nuevo».

«Sí, lo dijimos... ¡Pero, sería tan hermoso que estuviéramos todos presentes!... especialmente la Madre... que, a fin de cuentas, es la Reina de Belén y de la Gruta, y conoce todo a la perfección. Si lo contara Ella, creo que sería distinto».

Jesús mira a Simón, que insinúa dulcemente su deseo, y sonríe.

«¿Qué gruta, padre?» pregunta Marziam.

«La gruta donde nació Jesús».

«¡Ah, muy bien! ¡Voy yo también!...».

«¡Sería precioso!» dicen María de Alfeo y Salomé.

«¡Precioso!... Significaría volver al pasado, a cuando el mundo te ignoraba... Te ignoraba, sí, pero todavía no te odiaba. Significaría encontrar de nuevo el amor de las personas sencillas que supieron sólo creer y amar, con humildad y fe... Significaría depositar en el pesebre este peso de amargura que oprime mi corazón desde que sé lo mucho que te odian... Debe haber quedado todavía en el pesebre la dulzura de tu mirada, de tu respirar, de tu titubeante sonrisa... y ello me acariciaría el corazón, ¡este corazón mío tan lleno de amargura!...». (María habla despacio, entre anhelante y afligida).

«Pues entonces vamos a ir, Mamá. Condúcenos tú al lugar. Hoy eres tú la Maestra y Yo el Niño que ha de aprender».

«¡No, Hijo! Tú eres siempre el Maestro...».

«No, Mamá. Simón de Jonás tiene razón en lo que ha dicho. En la tierra de Belén tú eres la Reina. Es tu primer castillo. María, de la estirpe de David, guía a este pequeño pueblo a tu morada».

ECR 207.9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Estás contento, Simón de Jonás? No hablas. Casi ni respiras...».

«Tanto... tanto que me parece estar fuera del mundo, en un lugar más santo que si hubiera traspasado el velo del Templo... Tanto que... que ahora, después de haberte visto en este sitio y con la luz de entonces, me produce temblor el haberte tratado... con respeto, sí, pero sólo como a una gran mujer; eso, como a una simple mujer. A partir de ahora no osaré ya decirte como antes: “María”. Antes eras para mí la Madre de mi Maestro, ahora te he visto en la cima de aquellas olas celestiales, te he visto Reina; y yo, miserable, hago esto, como esclavo que soy» y se arroja al suelo y besa los pies de María.

Ahora es Jesús quien habla: «Simón, álzate; ven aquí, a mi lado».

Pedro se pone en la izquierda de Jesús (María está a la derecha).

«¿Qué somos ahora nosotros?» pregunta Jesús.

«¿Nosotros? ¡Hombre, pues Jesús, María y Simón!».

«De acuerdo, pero ¿cuántos somos?».

«Tres, Maestro».

«Entonces somos una trinidad. Un día, en el Cielo, la divina Trinidad pensó: “Es el momento de que el Verbo vaya a la tierra”[2]. En un latido de amor, el Verbo vino a la tierra. Se separó por ello del Padre y del Espíritu Santo. Vino a actuar en la tierra. En el Cielo, los otros Dos contemplaron las obras del Verbo, permaneciendo más unidos que nunca para fundir Pensamiento y Amor en ayuda de la Palabra, operante en la tierra. Llegará un día en que vendrá del Cielo esta orden: “Es el momento de que vuelvas, porque todo está cumplido”. Entonces el Verbo volverá al Cielo, así... (y Jesús se retira un paso hacia atrás dejando a Pedro y a María donde estaban), y desde lo alto del Cielo contemplará las obras de los otros dos de la tierra, los cuales, por santo impulso, se unirán más que nunca, para fundir poder y amor y hacer de ello un medio para cumplir el deseo del Verbo: la redención del mundo a través de la perpetua enseñanza de su Iglesia. Y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo harán con sus rayos una cadena para estrechar, estrechar cada vez más a los dos que estarán todavía en esta tierra: mi Madre, el amor; tú, el poder. Por tanto, ciertamente tendrás que tratar a María como a una reina, pero no como esclavo. ¿No te parece?».

«Me parece todo lo que quieras. ¡Me siento anonadado! ¡Yo el poder? ¡Ah, pues si tengo que ser el poder entonces sí que me debo apoyar en Ella! ¡Madre de mi Señor, no me abandones nunca, nunca, nunca...!».

«No temas. Te tendré siempre cogido de la mano; así, como hacía con mi Niño hasta que fue capaz de andar solo».

«¿Y después?».

«Después te sostendré con la oración. ¡Ánimo, Simón; no dudes nunca del poder de Dios! Ni yo ni José dudamos de su poder, tú tampoco debes dudar. Dios otorga su ayuda en cada hora, si permanecemos humildes y fieles...»

Detalle

La Virgen acaba de contar la Natividad con sus propias palabras.

Anotación

Trinidad celestial - Trinidad terrenal: Para establecer un paralelismo entre la Trinidad celestial (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y la Trinidad terrenal (Jesús, María y Pedro), la explicación debe recurrir al recurso de atribuir a Dios pensamientos y comportamientos humanos, estableciendo separaciones y reuniones entre las Personas divinas.

Sin embargo", anota María Valtorta en una copia mecanografiada, "no se puede negar la unión hipostática (= unión de las dos naturalezas, divina y humana) por la cual el Verbo, estando verdaderamente en la carne del Hijo de Dios y de María, no dejó de ser uno con el Padre y, por tanto, con el Amor; no dejó de ser el Santo de los Santos, porque lo era por su naturaleza divina y lo era en su naturaleza humana, por la gracia y por una voluntad perfectísima".

Esta nota, acompañada de los textos de EMV207.11 |EMV324.3 | EMV 567.17 | EMV 630.21 y EMV 634.11, así como de las notas deEMV 54.5 | EMV 68.1 | EMV 342.5 y EMV 346.5, puede servir también para interpretar correctamente las expresiones que se encuentran en EMV 62.2 (para unirme al Padre) | EMV 62.4 (yo estaba en el Padre) | EMV 123.5 (dejé el Cielo) | EMV 126.1 (no a mí, sino al que me envió) | EMV 126.10 | EMV 128.2 (no a mí. A Dios) | EMV 129.3 (Dios está en el Cielo. Adora y acude a Él) | EMV 249.4 | EMV 254.3 (Debes preguntar al que los hizo) | EMV 272.2 | EMV 287.6 (A Dios, no a su Siervo) | EMV 298.6 (No de mí, sino del Padre) | EMV 317.5 | EMV 371.6 | EMV 399.4 (Dejó al Padre) | EMV 452.11 | EMV 479.2 (Vuelve al Padre) | EMV 487.9 | EMV 517.2 (Una parte de la unión he dejado) | EMV 534.8 (La Sabiduría ha dejado el Cielo) | EMV600.21 (He dejado al Padre) | EMV 618.5 (Ya no estoy separado del Padre) | EMV 632.34 (Ha dejado el Cielo) | EMV 637.6 (He dejado el Cielo) | EMV 642.9, etc.

Por último, cabe destacar el concepto expresado por Maria Valtorta en el texto de EMV 474.2/3: la divinidad, siempre unida hipostáticamente al Hombre Jesús, no fue en todo momento sensible al Hombre Redentor, que tuvo que llegar a experimentar este dolor.

ECR 207.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ahora venid aquí afuera, junto al riachuelo, a la sombra del árbol bueno que, si el verano estuviera más adelantado, os daría además de su sombra sus manzanas. Venid. Comeremos antes de partir... ¿A dónde, Hijo mío?».

«A Jala. Está cerca. Y mañana iremos a Betsur».

Se sientan a la sombra del manzano. María se apoya contra el recio tronco.

Bartolomé mira fijamente cómo Ella — tan joven y todavía celestemente enardecida por los hechos que ha revivido — acepta de su Hijo el alimento que previamente ha bendecido, y cómo le sonríe con ojos de amor. Y susurra: «“A su sombra he tomado asiento, su alimento sabe delicado a mi paladar”».

Le responde Judas Tadeo: «Es verdad. Se consume de amor. Pero no se puede decir que “fuese despertada bajo un manzano”».

«¿Y por qué no, hermano? ¿Qué sabemos nosotros de los secretos del Rey?» responde Santiago de Alfeo.

Y Jesús, sonriendo, dice: «La nueva Eva fue concebida por el Pensamiento al pie del paradisíaco manzano, para que, con su sonrisa y su llanto, pusiera en fuga a la serpiente y desenvenenara el fruto envenenado. Ella se ha hecho árbol de fruto redentor. Venid, amigos, comed de su fruto; que nutrirse con su dulzura es nutrirse con la miel de Dios».

«Maestro, hace tiempo que deseo saber una cosa: ¿el Cántico que estamos citando se refiere a Ella?» pregunta en voz baja Bartolomé. María está ocupándose del niño y hablando con las otras mujeres.

«Desde el principio del Libro se habla de Ella y de Ella se hablará en los libros futuros, hasta la transformación de la palabra del hombre en la sempiterna alabanza de la eterna Ciudad de Dios» y Jesús se vuelve a las mujeres.

«¡Cómo se nota que es de David! ¡Qué sabiduría! ¡Qué poesía!» dice Simón Zelote a sus compañeros.

Detalle

La Virgen María relató el nacimiento de su Hijo.

Anotación

Libro de los Cantares 2, 3

Ct 2,3 "Como un manzano entre los árboles del bosque es mi amigo entre los jóvenes, me complazco en sentarme bajo su sombra. Qué dulce es su fruto a mi paladar".

Libro de los Cantares 8, 5

Ct 8,5 : ¿Quién es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado? EL NACIMIENTO. Allí te concibió tu madre, allí te concibió, allí te dio a luz.