30.8 «Pero aquí no podéis quedaros. Hace frío y hay humedad. Y además... demasiado olor a animales. No es bueno... y... no está bien para el Salvador».
«Lo sé» dice María suspirando profundamente «pero, no hay sitio para nosotros en Belén».
«Ánimo, Mujer. Nosotros te buscaremos una casa».
«Se lo digo a mi ama» dice el de la leche, Elías. «Es buena. Os recibirá, aunque tuviera que ceder su propia habitación. Nada más que amanezca se lo digo. Su casa está llena de gente, pero os dejará un sitio».
«Por lo menos para mi Niño. Yo y José podemos estar incluso en el suelo. Pero, para el Pequeñuelo...».
«No te angusties, Mujer; yo me ocupo de eso. Y diremos a muchos lo que nos ha sido comunicado. No os faltará nada. Por el momento, recibid lo que nuestra pobreza os puede dar. Somos pastores...».
«Nosotros también somos pobres, y no os podemos pagar» dice José.
«¡Oh..., ni lo queremos! ¡Aunque pudierais, no querríamos! El Señor ya nos ha retribuido. Él ha prometido la paz a todos. Los ángeles decían esto: “Paz a los hombres de buena voluntad”. Pero a nosotros nos la ha dado ya, porque el ángel ha dicho que este Niño es el Salvador, que es Cristo, el Señor. Somos pobres e ignorantes, pero sabemos que los Profetas dicen que el Salvador será el Príncipe de la Paz. Y a nosotros nos ha dicho que viniéramos a adorarle. Por eso nos ha dado su paz. ¡Gloria a Dios en el Cielo altísimo y gloria a este Cristo suyo, y bendita seas tú, Mujer, que le has engendrado! Eres santa porque has merecido llevarle en ti. Como Reina, mándanos; que servirte será para nosotros motivo de felicidad. ¿Qué podemos hacer por ti?».
«Amar a mi Hijo y conservar siempre en el corazón estos pensamientos».
«¿Y para ti? ¿No deseas nada? ¿No tienes familiares a los que quieras comunicar que Él ha nacido?».
«Sí, los tengo... pero no están cerca de aquí, están en Hebrón...».
«Voy yo» dice Elías. «¿Quiénes son?».
«Zacarías, el sacerdote, e Isabel, mi prima».
«¿Zacarías? ¡Le conozco bien! En verano subo a esos montes porque tienen pastos abundantes y buenos, y soy amigo de su pastor. Después de que te vea establecida voy adonde Zacarías».
«Gracias, Elías».
«Nada de gracias. Es un gran honor para mí, que soy un pobre pastor, ir a hablar con el sacerdote y decirle que ha nacido el Salvador».
«No. Le dirás: “Ha dicho María de Nazaret, tu prima, que Jesús ha nacido y que vayas a Belén”».
«Eso diré».
«Que Dios te lo pague.
30.9 Me acordaré de ti, de todos vosotros...».
«¿Le hablarás a tu Niño de nosotros?».
«Lo haré».
«Yo soy Elías».
«Y yo, Leví».
«Y yo, Samuel».
«Y yo, Jonás».
«Y yo, Isaac».
«Y yo, Tobías».
«Y yo, Jonatán».
«Y yo, Daniel».
«Simeón, yo».
«Yo me llamo Juan».
«Yo, José; y mi hermano, Benjamín. Somos gemelos».
«Recordaré vuestros nombres».
«Tenemos que marcharnos... pero volveremos... ¡Y te traeremos a otros para adorar!...».
«¿Cómo volver al aprisco dejando a este Niño?».
«¡Gloria a Dios que nos lo ha mostrado!».
«Déjanos besar su vestido» dice Leví con una sonrisa de ángel.
María alza despacio a Jesús y, sentada sobre el heno, ofrece los piececitos arropados para que los besen. Y los pastores se inclinan hasta el suelo y besan esos piececitos minúsculos cubiertos por la tela. Quien tiene barba primero se la adereza. Casi todos lloran y, cuando tienen que marcharse, salen caminando hacia atrás, dejando allí su corazón...
La visión me termina así, con María sentada en la paja con el Niño en su regazo, y José mirando y adorando, apoyado con un codo en el pesebre.