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Notas del tema

La Virgen María en la vida pública de Cristo

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Comodidad de lectura

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ECR 31.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Zacarías es un sacerdote; José, no. Y, sin embargo, observa cómo él, que no lo es, tiene su espíritu en el Cielo más que quien lo es. Zacarías piensa humanamente, y humanamente interpreta las Escrituras, porque — no es la primera vez que lo hace — se deja guiar demasiado por su buen sentido humano. Ya fue castigado por ello, pero vuelve a caer en lo mismo, aunque menos gravemente. Ya respecto al nacimiento de Juan había dicho: “¿Cómo podrá ser esto, si yo soy viejo y mi mujer estéril?”. Ahora dice: “Para allanarse el camino, el Cristo debe crecer aquí”; y piensa — con esa pequeña raíz de orgullo que persiste incluso en los mejores — que él le puede ser útil a Jesús — no útil como quiere serlo José (sirviéndole), sino útil siendo maestro suyo (!) —. Dios le perdonó de todas formas por la buena intención; pero, ¿necesitaba, acaso, maestros el “Maestro”?

Traté de hacerle ver la luz en las profecías, mas él se sentía más docto que yo y usaba a su modo esta impresión suya. Yo habría podido insistir y vencer, pero — y ésta es la segunda observación que te presento — respeté al sacerdote; por su dignidad, no por su saber.

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María se refiere a la visión dada en EMV 31.1-5.

ECR 32

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : Presentación de Jesús en el Templo. La virtud de Simeón y la profecía de Ana.

Fecha de la visión y del dictado: Martes 1 de febrero de 1944

Calendario: lunes 20 de enero 4 d.C.

Lugar (mapa) : Jerusalén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María y José dejan Belén para ir a Jerusalén. Van a presentar a Jesús en el Templo. La ceremonia transcurre sin contratiempos. Cuando termina el rito, se encuentran con Simeón, que pide llevarse al niño. Los padres aceptan la petición del anciano, que llora de alegría y pronuncia las palabras que conocemos por el Evangelio. Al oír las palabras sobre su futuro dolor, María dejó de sonreír y estrechó al Niño contra su corazón, mientras se acercaba a José. Ana de Fanuel vino a consolarla.

Jesús dio entonces un dictado y dos enseñanzas. La primera es que la verdad no se revela al sacerdote que celebra el rito, que está espiritualmente ausente. La verdad se revela a Simeón, que es un simple fiel, pero que se ha dejado mover por el Espíritu, teniendo siempre buena voluntad en su interior. La segunda enseñanza se refiere a Ana de Fanuel, que consuela a María. Se dirige a los contemporáneos de María y a nuestro tiempo, para decir que el Señor también puede enviar a su ángel para consolar a su pueblo. Basta con tener la fe suficiente para invocarle, para recibir su misericordia y su perdón. El Salvador señala también que Dios se mantuvo fiel a su promesa de no volver a enviar el Diluvio, mientras que el hombre no cumple sus promesas. Sin embargo, Dios volvería a ayudarnos si la mayoría de nosotros le invocáramos con fe y amor.

Por último, dice a los que intentan contrarrestar la severidad de Dios que no teman, pues el Altísimo nos enviará a su ángel para consolarnos. Debemos permanecer unidos a la Cruz, pues siempre ha triunfado.

Contenido del capítulo: 32.1: Por el campo. 32.2 : Y en la ciudad. 32.3: La purificación de la madre. 32.4: La presentación del niño. 32.5: Las profecías de Simeón. 32.6 : La profetisa Ana de Fanuel. 32.7 : La buena voluntad no se demuestra en las prácticas externas, sino en la oración. 32.8 : Simeón tenía esta buena voluntad y perseverancia. 32.9 : Pon tu angustia a los pies de Dios.

ECR 32.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Reconozco a esta Mamá nuestra. Es la misma de siempre: pálida y rubia, grácil y muy fina en todos sus movimientos. Va vestida de blanco y arropada con un manto azul pálido, cubre su cabeza un velo blanco. Lleva con mucho cuidado a su Niño.

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Descripción física de María en la Presentación en el Templo.

Palabras clave

ECR 32.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.1 Veo que de una casita modestísima sale una pareja de personas. Por una escalerita externa baja una jovencísima madre con un niño en brazos envuelto en un lienzo blanco.

Reconozco a esta Mamá nuestra. Es la misma de siempre: pálida y rubia, grácil y muy fina en todos sus movimientos. Va vestida de blanco y arropada con un manto azul pálido, cubre su cabeza un velo blanco. Lleva con mucho cuidado a su Niño.

Al pie de la escalera la está aguardando José al lado de un burrito pardo. José, tanto por lo que se refiere a la túnica como al manto, está vestido todo de color marrón claro. Mira a María y le sonríe. Cuando María llega hasta el burrito, José se pasa las riendas del borriquillo al brazo izquierdo y para que María pueda sentarse mejor en la albardilla del asno, toma un momento al Niño, que duerme tranquilo. Luego le vuelve a dar a Jesús y se ponen en camino.

José va andando al lado de María, sujetando siempre por las riendas al jumento y poniendo cuidado en que éste vaya derecho y sin tropiezos. María tiene a Jesús en el regazo, y, como si tuviera miedo a que cogiese frío, le extiende encima un borde de su manto. Los dos esposos hablan poquísimo, pero se sonríen frecuentemente.

El camino, que no es ningún modelo de vía, en una campiña desnuda por la estación que corre, se articula en varias direcciones. Algún que otro viajero se cruza con ellos dos, o los alcanza, pero son raros.

ECR 32.2-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.2 Luego pueden verse algunas casas y unos muros que recintan una ciudad. Los dos esposos entran en ella por una puerta y comienzan el recorrido por la calzada urbana, hecha de adoquines muy separados. El camino es ahora mucho más difícil, ya porque haya un tráfico que en todo momento hace que el burro se detenga, ya porque éste, por las piedras y los agujeros de las piedras que faltan, haga continuamente movimientos bruscos, los cuales incomodan a María y al Niño.

La calle no es horizontal; sube, aunque ligeramente; es estrecha, entre casas altas de puertecitas estrechas y bajas, de escasas ventanas que dan a la calle. Arriba el cielo se asoma en multitud de listas azules entre unas casas y otras, o más exactamente entre unas terrazas y otras; abajo, en la calle, hay gente y rumor de voces, y se cruzan otras personas a pie o en burros, o llevando jumentos cargados, y otras que van detrás de una caravana de camellos que dificulta el paso. En un momento dado, pasa, con gran ruido de cascos y de armas, una patrulla de legionarios romanos, que desaparece tras un arco que está a caballo de uno y otro lado de una vía muy estrecha y pedregosa.

José gira a la izquierda y toma una calle más ancha y más bonita. Al fondo de la misma veo el muro almenado que ya conozco.

María, al llegar a una puerta en que hay una especie de paradero para otros burros, baja del suyo. Digo “paradero” porque es una especie de cabaña grande, o, mejor, de cobertizo, donde hay paja esparcida por el suelo y unos palos con unas argollas para atar a los cuadrúpedos.

José da algunas monedas a un hombre que ha venido. Con ellas se procura un poco de heno, luego saca un cubo de agua de un pozo tosco que hay en un ángulo y da las dos cosas al burrito. Después se llega de nuevo hasta donde María y ambos entran en el recinto del Templo.

32.3 Se dirigen, primero, hacia un pórtico donde están aquellos a quienes Jesús, pasado el tiempo, pegará egregiamente con un azote, o sea, los vendedores de tórtolas y corderos y los cambistas. José compra dos pichones blancos. No cambia el dinero. Se entiende que tiene ya el que necesita.

José y María se dirigen hacia una puerta lateral que tiene ocho escalones — creo que también las otras puertas; es como si el cubo del Templo estuviera elevado respecto al resto del suelo —. Ésta tiene un gran atrio, como los portales de nuestras casas de ciudad (para que se haga usted una idea), pero más vasto y ornado. En él, a la derecha y a la izquierda, hay como dos altares, dos volúmenes rectangulares cuya finalidad de momento no entiendo bien (parecen pilas, poco profundas: la parte interna es más baja, en algunos centímetros, respecto al borde externo).

Viene un sacerdote — no sé si motu proprio o es que José le ha llamado —. María ofrece los dos pobres pichones, y yo, que comprendo cuál será su suerte, dirijo la mirada a otra parte. Observo la decoración de la recargadísima puerta, del techo y del atrio. Me parece ver con el rabillo del ojo que el sacerdote asperja a María con agua. Debe ser agua porque no veo manchas en su vestido. Luego María, que junto con los dos pichones había dado un montoncillo de monedas al sacerdote — me había olvidado de decirlo —, entra con José en el Templo propiamente dicho, acompañada por el sacerdote.

Miro a todas partes. Es un lugar decoradísimo. Cabezas de ángeles esculpidas y palmas y ornatos se extienden por las columnas, las paredes y el techo. La luz penetra por unas curiosas ventanas alargadas, estrechas, naturalmente sin cristales, y abiertas en diagonal con respecto a la pared. Supongo que será para impedir que entre el agua cuando llueve torrencialmente.

32.4 María se adentra hasta un determinado punto en que se detiene. Unos metros más adelante hay otros escalones y encima hay otra especie de altar, tras el cual hay otra construcción.

Ahora me doy cuenta de que no estaba en el Templo, como creía, sino en lo que rodea al Templo propiamente dicho, o sea, al Santo; traspasar su linde, aparte de los sacerdotes, parece que nadie puede hacerlo. Lo que yo creía que era el Templo, por tanto, no es sino un vestíbulo cerrado, que rodea por tres partes al Templo, que custodia el Tabernáculo. No sé si me he explicado bien; de todas formas, yo no soy ni arquitecta ni ingeniera.

María ofrece el Niño — que se ha despertado y dirige a su alrededor sus ojitos inocentes, con esa mirada de asombro propia de los niños de pocos días — al sacerdote. Éste le toma y le eleva extendiendo los brazos, vuelto hacia el Templo, dando la espalda a esa especie de altar que está encima de aquellos escalones. El rito ha quedado cumplido. La Madre recibe de nuevo al Niño y el sacerdote se marcha.

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María y José van a presentar a Jesús en el Templo.

ECR 32.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.5 Algunos miran curiosos. Entre ellos se abre paso un viejecito que camina encorvado y renco apoyándose en un bastón. Debe ser muy anciano — para mí, sin duda, de más de ochenta años —. Se acerca a María y le solicita por un momento al Pequeñuelo. María, sonriendo, se lo concede.

Simeón — que yo siempre había creído que pertenecía a la casta sacerdotal y que, sin embargo, a juzgar al menos por el vestido, es un simple fiel — le toma y le besa. Jesús le sonríe con ese gesto mimoso, incierto, de los lactantes. Parece que le observa curioso, porque el viejecillo llora y ríe al mismo tiempo, y sus lágrimas crean todo un bordado de destellos que se insinúa entre las arrugas y que perla su larga barba blanca hacia la cual Jesús tiende sus manitas. Es Jesús, pero es un niñito pequeñín, y todo lo que se mueve delante de Él atrae su atención, y se le antoja cogerlo para entender mejor lo que es. María y José sonríen, como también las otras personas que están presentes, que celebran la hermosura del Pequeñuelo.

Oigo las palabras del santo anciano y veo la mirada de asombro de José, la mirada emocionada de María, y las de la pequeña multitud (quién se muestra asombrado y emocionado, quién, al oír las palabras del anciano, ríe irónicamente). Entre éstos hay algún barbudo y pomposo miembro del Sanedrín, y menean la cabeza mirando a Simeón con irónica piedad. Deben pensar que ha perdido la razón por la edad.

32.6 La sonrisa de María se difumina en su avivada palidez cuando Simeón le anuncia el dolor. A pesar de que Ella ya lo sepa, esta palabra le traspasa el espíritu. Se acerca más a José, María, buscando consuelo; estrecha con pasión a su Niño contra su pecho, y bebe, como alma sedienta, las palabras de Ana, la cual, siendo mujer, siente compasión de su sufrimiento y le promete que el Eterno le mitigará con sobrenatural fuerza la hora del dolor. «Mujer, a Aquel que ha dado el Salvador a su pueblo no le faltará el poder de otorgar el don de su ángel para confortar tu llanto. Nunca les ha faltado la ayuda del Señor a las grandes mujeres de Israel, y tú eres mucho más que Judit y que Yael. Nuestro Dios te dará corazón de oro purísimo para aguantar el mar de dolor por el que serás la Mujer más grande de la creación, la Madre. Y tú, Niño, acuérdate de mí en la hora de tu misión».

Y aquí me cesa la visión.

ECR 33

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : Canción de cuna de la Virgen

Fecha de la visión: Martes 28 de noviembre de 1944

Calendario: julio de 2004

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: En Belén, María acuna a su hijo.

Contenido del capítulo: 33.1: El niño, de pocos meses, tarda en dormirse. 33.2: La nana de María. 33.3: El niño Jesús en brazos de su madre. 33.4: La gracia de la visión.

ECR 33.1-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

33.1 Esta mañana he tenido un suave despertar. Estando aún entre las nieblas del sopor, oía una voz purísima cantar dulcemente una calma canción de cuna. Parecía, por lo lenta y arcaica que era, una pastoral navideña. Yo seguía ese motivo y esa voz, gozándome en ella cada vez más, recobrando la lucidez bajo su onda. Y la he recobrado y he comprendido. He dicho: «¡Te saludo, María, llena de Gracia!» (porque quien cantaba era Mamá). Ella, por su parte, después de decirme: «Yo también te saludo. ¡Ven y alégrate!», ha alzado la voz.

Y la he visto, en la casa de Belén, en la habitación que ocupa Ella, acunando a Jesús para dormirle. En la estancia estaba el telar de María y unas labores de costura. Parecía que María hubiera dejado el trabajo para darle la leche al Niño, cambiarle los fajos, mejor, la ropa, porque era ya un niño de algunos meses, yo diría que seis u ocho al máximo; y parecía que tuviera intención de seguir trabajando una vez que el Niño se hubiera dormido.

Caía la tarde. El ocaso, ya casi cumplido, había sembrado el cielo sereno de vedijas de oro. Había rebaños que, paciendo las últimas hierbas de un prado florido, regresaban al aprisco, y balaban alzando el morrito.

El Niño tenía dificultad en dormirse; parecía un poco inquieto, como si estuviera incómodo por los dientes o por otra de esas cositas que dan molestias a los niños pequeños.

33.2 Escribí, como pude, el canto, en la penumbra de esa hora del amanecer, sobre un pedazo de papel. Ahora lo transcribo aquí.

«Nubecitas todas de oro — cuales greyes del Señor.

En el prado florecido — un rebaño mira allá.

Aun teniendo los rebaños — todos los que hay sobre la tierra

tú serías el corderito — que siempre querría más...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

Mil estrellas relucientes — contemplando desde el cielo.

Esas tus pupilas dulces — no las hagas más llorar.

Y tus ojos de zafiro — astros de mi pecho son.

¡Y tu llanto es mi dolor! — ¡Oh, no, no, no llores más!...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

Ángeles resplandecientes — todos los del Paraíso

cual corona en torno a ti — por ver tu rostro, sonrientes.

Y tú lloras, inocente — porque quieres a tu lado

que te arrulle tu Mamá — Nana, nana, nana, na...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

Pintará el cielo de rosa — la alborada que retorna

y Mamá aún no reposa — porque tú no llores más.

Dirás “¡Mamá!” en despertando — “¡Hijo!” Ella te dirá;

beso, amor y vida juntos — con la leche te dará...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

¿Cómo estar sin tu Mamá? — aunque soñaras el Cielo.

¡Ven! ¡Ven! ¡Ven! Bajo este velo — que dormir Ella te hará.

Y mi pecho por almohada — y mis brazos como cuna.

¡Y no temas cosa alguna — que contigo estoy aquí!...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

Yo contigo estaré siempre — vida de mi corazón...

Ya duerme... Como una flor — reclinada sobre el pecho...

Ya duerme... ¡Chist! ¡despacio! — Quizás ve a su Padre Santo...

Su visión enjuga el llanto — de mi Jesús dulce amado...

Duerme ya, ya duerme, duerme

y su llanto enjugado está...».

33.3 Describir la gracia de la escena es imposible. Se trata sólo de una madre acunando a un pequeñuelo; ¡pero son esa Madre y ese Pequeñuelo! Por tanto, puede hacerse una idea de qué gracia, qué amor, qué pureza, qué Cielo hay en esta pequeña, grande, delicada escena que me regocija con su recuerdo, del cual, como confirmación, queda la melodía que repito para mis adentros, para podérsela cantar a usted; aunque yo no tengo la voz de plata purísima de María, la voz virginal de la Virgen... y pareceré un organillo que pierde aire. No importa, haré lo que pueda. ¡Qué hermosa pastoral para cantarla alrededor de la Cuna de Navidad!

La Madre, primero, estaba meciendo suavemente la cuna de madera; mas luego, viendo que Jesús todavía rebullía, se lo ha puesto junto a su cuello, sentada cerca de la ventana abierta — al lado, la cunita — y, con un vaivén ligero al ritmo de la melodía, ha repetido dos veces la nana, hasta que el pequeño Jesús ha cerrado sus ojitos, ha vuelto la cabecita apoyándola sobre el pecho materno y se ha dormido así, con la carita aplastada contra el calorcito de ese pecho, con una manita apoyada sobre un seno de su Mamá junto a su carrillito rosado, y la otra cayendo sobre el regazo materno. El velo de María daba sombra a la Criaturita santa.

Luego María se levantó con infinito cuidado y puso a su Jesús en la cunita, le tapó con las sábanas, extendió un velo para protegerle de las moscas y del aire, y se quedó contemplando a su Tesoro durmiente. Tenía una mano en el corazón; la otra, apoyada todavía en la cuna, preparada para mecerla si hubiera habido posibilidad de que se hubiera vuelto a despertar; y sonreía, dichosa, un poco inclinada hacia la cuna, mientras las sombras y el silencio descendían sobre la tierra e invadían la habitación virginal.

¡Qué paz! ¡Qué belleza! ¡Y yo me siento dichosa!

33.4 No es una visión grandiosa. Quizás, en el conjunto general de las otras, será considerada inútil, porque no revela nada de especial. Lo sé. Pero para mí es una auténtica gracia, y tal la considero porque hace apacible a mi espíritu; le hace puro, amoroso, como si le hubieran recreado las manos de nuestra Madre. Creo que en este sentido también le gustará a usted. Somos “niños”... ¡Mejor así! Somos gratos a Jesús. Que la gente, las personas doctas y complicadas, piensen lo que quieran; que nos llamen incluso “pueriles”. Nosotros no pensamos en eso, ¿verdad?

ECR 33.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Nubecitas todas de oro — cuales greyes del Señor.

En el prado florecido — un rebaño mira allá.

Aun teniendo los rebaños — todos los que hay sobre la tierra

tú serías el corderito — que siempre querría más...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

Mil estrellas relucientes — contemplando desde el cielo.

Esas tus pupilas dulces — no las hagas más llorar.

Y tus ojos de zafiro — astros de mi pecho son.

¡Y tu llanto es mi dolor! — ¡Oh, no, no, no llores más!...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

Ángeles resplandecientes — todos los del Paraíso

cual corona en torno a ti — por ver tu rostro, sonrientes.

Y tú lloras, inocente — porque quieres a tu lado

que te arrulle tu Mamá — Nana, nana, nana, na...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

Pintará el cielo de rosa — la alborada que retorna

y Mamá aún no reposa — porque tú no llores más.

Dirás “¡Mamá!” en despertando — “¡Hijo!” Ella te dirá;

beso, amor y vida juntos — con la leche te dará...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

¿Cómo estar sin tu Mamá? — aunque soñaras el Cielo.

¡Ven! ¡Ven! ¡Ven! Bajo este velo — que dormir Ella te hará.

Y mi pecho por almohada — y mis brazos como cuna.

¡Y no temas cosa alguna — que contigo estoy aquí!...

Duerme, duerme, duerme, duerme...

No llores más...

Yo contigo estaré siempre — vida de mi corazón...

Ya duerme... Como una flor — reclinada sobre el pecho...

Ya duerme... ¡Chist! ¡despacio! — Quizás ve a su Padre Santo...

Su visión enjuga el llanto — de mi Jesús dulce amado...

Duerme ya, ya duerme, duerme

y su llanto enjugado está...».

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Canción de cuna de la Virgen y el Niño.

ECR 34

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : La Adoración de los Magos. Se trata del "Evangelio de la fe".

Fecha de la visión: lunes 28 de febrero de 1944.

Calendario: octubre del año 4 a.C.

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María ve Belén en plena noche. La ciudad duerme. Entonces ve la estrella que guía a los Reyes Magos, que brilla con una intensidad sobrenatural. La estrella se detuvo frente a la posada donde se alojaba la Sagrada Familia. Los magos se detuvieron con sus criados y adoraron por primera vez al Salvador, inclinándose hasta el suelo. Luego se retiraron hasta la mañana siguiente. Para María, la visión se detiene y vuelve a comenzar tres horas más tarde.

Los Magos se habían preparado y vestían ropas majestuosas. Venían a saludar respetuosamente al Niño. Aprovechan la ocasión para hablar a su Madre de su viaje y le ofrecen tres regalos: oro, como corresponde a un Rey, incienso en su calidad de Dios, y mirra porque su Hijo, el Redentor del mundo, tendría que morir. María palideció ante esta mención, pero contuvo su sufrimiento tras una sonrisa. Los tres Magos quisieron saludar por última vez al Niño y se marcharon. José les acompaña hasta sus caballos.

A continuación, Jesús da un dictado para nuestro tiempo. Subraya la fe de los tres hombres, su abandono en Dios, porque no tienen dudas y le confían su viaje, sin divagar. Sus corazones sólo temblaron cuando llegaron a Jerusalén y la estrella se ocultó, pero su conciencia les tranquilizó. Cristo declara así que los que están acostumbrados a meditar y tienen una conciencia recta han aprendido a examinarse, para rectificarse al menor desliz de conducta.

Los Magos son también muy ricos, pero son humildes y, por tanto, verdaderamente grandes por su humildad. Se ven a sí mismos como polvo ante el Altísimo, y cuando llegan a una casa pobre, no se dicen: "¡Es imposible! La adoran y luego se marchan, preparándose para ir a ver dignamente a su Rey. Por eso se ponen sus mejores vestidos, a diferencia de los hombres que van a la Eucaristía con mil preocupaciones materiales.

Por último, Jesús hace dos consideraciones. La primera se refiere a José, que está encantado con los regalos, pero sigue siendo humilde. No se ofende porque María sea el centro de atención. También él era humilde porque era verdaderamente grande. La segunda se centra en María, que insta a Jesús a bendecir, incluso cuando se siente desanimado por nuestras malas acciones. Le besa la mano traspasada y le dice: "Tú eres el Salvador. ¡Salva! Jesús no puede rechazar a su Madre, pero nosotros debemos hacer el esfuerzo de acudir a ella.

Contenido del capítulo: 34.1: Los Evangelios de la fe. 34.2: El plano de la ciudad de Belén. 34.3: Una estrella crea allí un encantamiento. 34.4 : Los Magos se detienen allí de noche. 34.5 : A plena luz del día, llevan sus regalos. 34.6: Se arrodillan ante el Niño. 34.7: El mayor cuenta la historia de su viaje. 34.8: El significado del oro, el incienso y la mirra. 34.9: Se van de casa con pesar. 34.10 : Los Magos tenían fe en todo. 34.11 : No buscaban ningún interés personal. 34.12 : La rectitud de su conciencia. 34.13 : Su humildad ante Dios. 34.14 : Su piedad. 34.15 : Son humildes, generosos, obedientes y respetuosos unos con otros. 34.16 : José guardián y protector de la Pureza y la Santidad, sin usurpar derechos. 34.17 : María es nuestra Abogada. 34.18 : Medita e imita.