ECR 10.9
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Un alma "no está en gracia aquel que se manifiesta contrario a la Ley divina, cuyos preceptos son muy claros".
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 10.9
Un alma "no está en gracia aquel que se manifiesta contrario a la Ley divina, cuyos preceptos son muy claros".
ECR 10.10
10.10 María era la Llena de Gracia. Toda la Gracia Una y Trina estaba en Ella. Toda la Gracia Una y Trina la preparaba como esposa para la boda, como tálamo para la prole, como divina para su maternidad y para su misión. Ella es la que cierra el ciclo de la profetisas del Antiguo Testamento y abre el de los “portavoces de Dios” en el Nuevo Testamento.
Verdadera Arca de la Palabra de Dios, mirando en su interior eternamente inviolado, descubría, trazadas por el dedo de Dios sobre su corazón inmaculado, las palabras de ciencia eterna, y recordaba, como todos los santos, haberlas oído ya al ser generada con su espíritu inmortal por Dios Padre, creador de todo lo que tiene vida. Y, si no recordaba todo de su futura misión, era porque en toda perfección humana Dios deja algunas lagunas, por ley de una divina prudencia que es bondad y mérito para y hacia la criatura.
María, segunda Eva, tuvo que conquistarse su parte de mérito de ser la Madre del Cristo; con una fiel, buena voluntad. Esto quiso también Dios en su Cristo para hacerle Redentor.
El espíritu de María estaba en el Cielo. Su parte moral y su carne estaban en la tierra, y tenían que pisotear tierra y carne para llegar hasta el espíritu y unirlo al Espíritu en un abrazo fecundo.
ECR 11
Título del capítulo: María confía su voto al Sumo Sacerdote.
Fecha de la visión: Domingo 3 de septiembre de 1944
Calendario:Noviembre del año 7 (Elul 3754).
Lugar (mapa) : Jerusalén
Ciclo: Matrimonio con José
Resumen: María vuelve a su celda con otras vírgenes. Cuando está a punto de entrar en su habitación, un ama le dice que el sumo sacerdote quiere verla. Así que va y encuentra al sacerdote, así como a Zacarías y Ana de Fanuel. Simón ben Boethos le dice que conoce su santidad y que le gustaría que se quedara en el Templo y rezara al Señor todas las mañanas. Pero la Ley dice otra cosa y ella debe casarse. Él la tranquilizó diciéndole que no había olvidado que ella pertenecía al linaje de David y que, como no conocía a nadie, confiarían en Dios para elegir a su esposo. María confió entonces su voto de virginidad al sumo sacerdote, que le preguntó cuándo lo había cumplido. La Madre del Señor se sumergió en sus recuerdos para responderle. Le dijo que no se oponía al matrimonio, pero que quería seguir siendo virgen. El sumo sacerdote le dijo que Dios le daría un esposo, que sería santo porque ella se había encomendado al Altísimo. Ella le cuenta a su futuro marido su voto.
Contenido del capítulo: 11.1: María Valtorta se alegra de la sonrisa de María en medio de un bombardeo. 11.2: María vuelve a su celda con las vírgenes. 11.3: El Pontífice le recuerda que debe casarse. 11.4: Pero María se ha prometido al Señor y le dice cómo. 11.5: Le dirás a tu marido tu voto.
ECR 11.2-5
11.2 María sigue estando en el Templo, y ahora sale del Templo propiamente dicho entre otras vírgenes.
Debe haberse llevado a cabo alguna ceremonia, pues un olor a inciensos se esparce por la atmósfera toda roja de un hermoso ocaso, que yo diría que es de otoño avanzado, porque un cielo ya dulcemente cansado, como lo está en un octubre sereno, se arquea sobre los jardines de Jerusalén, en los que el amarillo ocre de las hojas que pronto caerán dispone manchas dorado-rojizas entre el verde-plata de los olivos.
La comitiva — mejor sería llamarla enjambre — cándida de las vírgenes cruza el patio posterior, sube la escalinata, atraviesa un pórtico, entra en otro patio menos suntuoso, cuadrado, que como aperturas no tiene sino la que sirve para acceder a él. Debe ser el patio dedicado a acoger las pequeñas moradas de las vírgenes reservadas para el Templo, porque cada una de las jovencitas se dirige a su celda como una palomita a su nido, y asemejan verdaderamente a una bandada de palomas separándose tras haberlas tenido agrupadas. Muchas — podría decir todas — hablan entre sí antes de dejarse, en voz baja pero al mismo tiempo festiva. María guarda silencio. Sólo las saluda con afecto antes de separarse; luego se dirige a su habitacioncita, que está en una de las esquinas a la derecha.
11.3 Se llega hasta Ella una maestra anciana, aunque no tanto como Ana de Fanuel. «María, el Sumo Sacerdote te espera».
María la mira con cierto asombro, pero no hace preguntas. Se limita a responder: «Voy inmediatamente».
No sé si la espaciosa sala en que entra es de la casa del Sacerdote o forma parte de los aposentos de las mujeres que están dedicadas al Templo. Sé que es vasta y luminosa, puesta con gusto, y que en ella, además del Sumo Sacerdote (que con las vestiduras que lleva aparece muy elegante), están Zacarías y Ana de Fanuel.
María se inclina profundamente en el umbral de la puerta y no entra hasta que el Sumo Sacerdote no le dice: «Pasa, María. No temas». Ella se yergue y alza la cara, y entra lentamente, no por desgana, sino por un algo de involuntaria solemnidad que la hace parecer más mujer.
Ana le sonríe para animarla y Zacarías la saluda con un: «Paz a ti, prima».
El Pontífice la observa atentamente. Luego le dice a Zacarías: «Es patente en Ella la estirpe de David y Aarón».
«Hija, conozco tu gracia y tu bondad. Sé que cada día has ido creciendo en ciencia y gracia ante los ojos de Dios y de los hombres. Sé que la voz de Dios susurra a tu corazón las más dulces palabras. Sé que eres la Flor del Templo de Dios y que un tercer querubín está ante el Testimonio desde que tú llegaste; y quisiera que tu perfume siguiera subiendo con los inciensos cada nuevo día. Pero, la Ley se expresa en modo distinto. Tú ya no eres una niña, sino una mujer. Y en Israel todas las mujeres deben casarse para ofrecer a su hijo varón al Señor. Tú seguirás el precepto de la Ley. No temas, no te ruborices. No me olvido de tu regalidad. De hecho ya te la tutela la Ley al ordenar que todo hombre reciba de su estirpe la mujer; pero, aunque no fuera así, yo lo haría, para no corromper tu magnífica sangre. ¿No conoces, María, a alguno de tu estirpe que pudiera ser tu marido?».
María levanta su cara, todo roja de pudor, y, con un primer titileo de llanto, que resplandece orlando los párpados, y con voz temblorosa, responde: «Ninguno».
«No puede conocer a ninguno, puesto que entró aquí siendo niña, y la estirpe de David está demasiado castigada y demasiado dispersa como para que las distintas ramas puedan reunirse y formar con sus frondas la copa de la palma regia» dice Zacarías.
«Entonces le dejaremos a Dios que elija».
11.4 Las lágrimas, contenidas hasta ese momento, brotan y descienden hasta la trémula boca. María dirige una mirada suplicante a su maestra.
Ana la socorre diciendo: «María se ha prometido al Señor para gloria de Dios y para la salvación de Israel. Era sólo una niña que apenas sabía pronunciar y ya se había ligado con un voto».
«Se debe a esto entonces tu llanto. No es por resistencia a la Ley».
«Es por esto... no por otro motivo. Yo te obedezco, Sacerdote de Dios».
«Esto confirma cuanto de ti me ha sido referido siempre. ¿Desde hace cuántos años eres virgen consagrada?».
«Yo creo que desde siempre. Antes de venir a este Templo ya me había ofrecido al Señor».
«Pero, ¿no eres tú la Niña que vino hace doce inviernos a pedirme entrar?».
«Sí».
«Y ¿cómo, entonces, puedes decir que ya eras de Dios?».
«Si miro hacia atrás yo me veo ya consagrada... No tengo memoria de la hora en que nací, ni de cómo empecé a amar a mi madre y a decirle a mi padre: “¡Oh, padre, yo soy tu hija!”... Pero sí recuerdo, aunque no a partir de cuándo, haber dado mi corazón a Dios. Quizás fue con el primer beso que supe dar, con la primera palabra que supe pronunciar, con el primer paso que supe dar... Sí, eso es, creo que mi primer recuerdo de amor lo encuentro junto a mi primer paso seguro... Mi casa... Mi casa tenía un jardín lleno de flores... un huerto de árboles frutales y campos cultivados... y había un manantial allí, en el fondo, al pie del monte, que manaba de una roca ahuecada en forma de gruta... estaba llena de hierbas largas y finas que pendían de todas partes asemejando cascaditas verdes, y parecía como si llorasen porque las livianas hojitas, que en su espesura parecían un bordado, tenían, todas, una gotita de agua que al caer sonaba como un cascabelito diminuto. Y también cantaba el manantial. Y había aves en los olivos y en los manzanos de la pendiente que estaba hacia arriba del manantial, y palomas blancas venían a lavarse en la balsa límpida de la fuente... Ya no me acordaba de todo esto porque había puesto todo mi corazón en Dios y, aparte de mi padre y de mi madre, a quienes amé en vida y después de muertos, todas las demás cosas de la tierra habían desaparecido de mi corazón... Pero tú me haces pensar en ello, Sacerdote... Debo buscar el momento en que me di a Dios... y vuelven a la mente las cosas de los primeros años... Me gustaba esa gruta porque en ella oía una Voz, más dulce que el canto del agua y de los pájaros, que me decía: “Ven, dilecta mía”. Me gustaban esas hierbas diamantinas con sus gotas sonoras porque en ellas veía el signo de mi Señor y me perdía diciéndome: “¿Ves qué grande es tu Dios, alma mía! El mismo que ha hecho los cedros del Líbano para el aquilón ha hecho estas hojitas que ceden bajo el peso de un mosquito para alegría de tu ojo y para que protejan tu piececito”. Me gustaba aquel silencio de cosas puras: el viento leve, el agua de plata, la pulcritud de las palomas... me gustaba esa paz que amparaba la gruta, descendiendo de los manzanos y de los olivos, ya enteramente en flor, ya repletos de frutos... Y, no sé... me parecía que la Voz me dijese a mí, justamente a mí: “Ven, tú, aceituna especiosa; ven, tú, dulce pomo; ven, tú, fuente sigilada; ven, tú, paloma mía”... Dulce era el amor de mi padre y de mi madre... dulce su voz cuando me llamaba... ¡Ah, pero ésta, ésta...! ¡Oh!, yo creo que así la oiría en el Paraíso Terrenal aquella que fue culpable, y no sé cómo pudo preferir un silbido a esta Voz de amor, cómo pudo apetecer otro conocimiento que no fuera Dios... Aún con el sabor a leche materna en los labios, pero con el corazón ebrio de miel celestial, yo dije entonces: “Sí, voy. Tuya. Y mi carne no tendrá otro señor aparte de ti, Señor, de la misma forma que mi espíritu no tiene otro amor”... Y al decir esto me parecía estar repitiendo cosas ya dichas precedentemente y estar cumpliendo un rito que ya había sido cumplido, y no me resultaba extraño el Esposo elegido, puesto que yo ya conocía su ardor y mi vista se había formado bajo su luz y mi capacidad de amar había hallado cumplimiento entre sus brazos. ¿Cuándo?... No lo sé. Yo diría que más allá de la vida, porque tengo la impresión de que siempre ha sido mío, y de que yo siempre he sido suya, y de que yo existo porque Él me ha querido para sí, para alegría de su Espíritu y del mío...
11.5 Ahora obedezco, Sacerdote; pero, dime tú cómo debo actuar... No tengo ni padre ni madre. Sé tú mi guía».
«Dios te dará el esposo, y será santo, dado que en Dios te abandonas. Lo que harás será manifestarle tu voto».
«¿Y aceptará?».
«Espero que sí. Ora, hija, para que él pueda comprender tu corazón. Ahora puedes marcharte. Que Dios te acompañe siempre».
María se retira con Ana y Zacarías se queda con el Pontífice.
La visión cesa aquí.
ECR 11.4
Yo existo porque Él me ha querido para sí, para alegría de su Espíritu y del mío...
ECR 12
Título del capítulo: José elegido esposo de la Virgen.
Fecha de la visión: Lunes 4 de septiembre de 1944
Calendario:Viernes 23 de diciembre 7 d.C.
Lugares (mapa) : Jerusalén
Ciclo: Matrimonio con José
Resumen: El sumo sacerdote reunió a los hombres de la tribu de David en el Templo. En este capítulo, nos enteramos de que pidió a todos que trajeran una rama de almendro. De este grupo se elegiría al esposo de la Virgen. Todos sienten curiosidad y Zacarías está presente. El sumo sacerdote llega por fin y revela que una de las ramas ha florecido en pleno invierno y que esa es la que se casará con María. José es elegido como el afortunado y el sumo sacerdote manda llamar a la futura Madre de Cristo. Mientras tanto, Simón ben Boethos revela que María ha hecho un voto. José debe ayudar al Todopuro a decírselo. Cuando llega, todos se retiran y los dos prometidos se conocen. José habla de la casa de Nazaret, de Ana, de Joaquín, y esto da confianza a la Virgen. Su marido le dice que es un Nazir, y esto la anima a contarle su voto, que él acepta: incluso le pide que una su voto al suyo. Por último, San José le dice que va a cuidar de la casa de Nazaret hasta que María abandone definitivamente el Templo.
Contenido del capítulo: 12.1: Reunión de hombres vestidos de fiesta. 12.2: José habla con un anciano. 12.3: Un levita trae un manojo de ramas secas con una rama florecida. 12.4: José es designado esposo de María gracias a la rama milagrosamente florecida. 12.5: El Pontífice presenta a José a María. 12.6: José es nazireo. 12.7: María confía su consagración a Dios a José, que la acepta. Vivirán en castidad. 12.8: En Nazaret, la pareja vive separada y José se ocupa de todo.
ECR 12.5
En Israel no hay flor alguna tan linda y pura como Ella.
ECR 12.6-8
12.6 Los dos prometidos están el uno enfrente del otro. María, toda colorada, tiene la cabeza agachada. José, también ruborizado, la observa buscando las primeras palabras que decir.
Al fin las encuentra y una sonrisa ilumina su rostro. Dice: «Te saludo, María. Te vi cuando eras una niña de pocos días... Yo era amigo de tu padre y tengo un sobrino de mi hermano Alfeo que era muy amigo de tu madre, su pequeño amigo, pues ahora no tiene más que dieciocho años, y, cuando tú todavía no habías nacido, siendo sólo un niñito, ya alegraba las tristezas de tu madre, que le quería mucho. No nos conoces porque viniste aquí siendo muy pequeñita. Pero en Nazaret todos te quieren y piensan en ti, y hablan de la pequeña María de Joaquín, cuyo nacimiento fue un milagro del Señor, que hizo verdecer a la estéril... Yo me acuerdo de la tarde en que naciste... Todos la recordamos por el prodigio de una gran lluvia que salvó los campos, y de una violenta tormenta durante la cual los rayos no quebraron ni siquiera un tallito de brezo silvestre, tormenta que terminó con un arco iris de dimensiones y belleza no vistas nunca más. Y... ¿quién no recuerda la alegría de Joaquín? Te mecía enseñándote a los vecinos... Considerándote una flor venida del Cielo, te admiraba, y quería que todos te admirasen. ¡Oh, dichoso y anciano padre que murió hablando de su María, tan bonita y buena y que decía palabras llenas de gracia y de saber!... ¡Tenía razón al admirarte y al decir que no existe ninguna más hermosa que tú! ¿Y tu madre? Llenaba con su canto el ángulo en que estaba tu casa. Parecía una alondra en primavera durante la gestación, y luego, cuando te amamantaba. Yo hice tu cuna, una cunita toda de entalladuras de rosas, porque así la quiso tu madre. Quizás esté todavía en la casa, ahora cerrada... Yo soy viejo, María. Cuando naciste, yo ya hacía mis primeros trabajos. Ya trabajaba... ¡Quién me iba a decir que te hubiera tenido por esposa! Quizás hubieran muerto más felices los tuyos, porque éramos amigos. Yo enterré a tu padre, llorándole con corazón sincero porque fue para mí maestro bueno durante la vida».
María levanta muy despacio el rostro, sintiéndose cada vez más segura al oír cómo le habla José, y cuando alude a la cuna sonríe levemente, y cuando José habla de su padre le tiende una mano y dice: «Gracias, José». Un “gracias” tímido y delicado.
José toma entre sus cortas y fuertes manos de carpintero esa manita de jazmín, y la acaricia con un afecto que pretende inspirar cada vez más tranquilidad. Quizás espera otras palabras, pero María vuelve a guardar silencio. Entonces continúa hablando él: «La casa, como sabes, está intacta, menos la parte que fue derribada por orden consular para transformar en calle el sendero para los convoyes de Roma. Pero las parcelas de cultivo, las que te han quedado — porque ya sabes... la enfermedad de tu padre consumió mucho tus haberes — están un poco abandonadas. Hace ya más de tres primaveras que los árboles y las cepas no conocen podadera de hortelano, y la tierra está sin cultivar y, por tanto, dura. Pero los árboles que te vieron cuando eras pequeñita están todavía allí, y, si me lo permites, yo me ocuparé inmediatamente de ellos».
«Gracias, José. Pero, ya trabajas...».
«Trabajaré en tu huerto durante las primeras y las últimas horas del día. Ahora el tiempo de luz se va alargando cada vez más. Para la primavera quiero que todo esté en orden, para alegría tuya. Mira, ésta es una ramilla del almendro que está frente a la casa. Quise coger ésta... — se puede entrar por cualquier parte por el seto destruido, pero ahora le haré de nuevo sólido y fuerte —, quise coger ésta pensando que si yo hubiera sido el elegido — no lo esperaba porque soy consagrado nazareno, y he obedecido porque se trataba de una orden del Sacerdote, no por deseos de casamiento —, pensando, te decía, que el tener una flor de tu jardín te habría alegrado. Aquí la tienes, María. Con ella te doy mi corazón, que, como ella, hasta ahora, ha florecido sólo para el Señor, y que ahora florece para ti, esposa mía».
12.7 María coge la ramita. Se la ve emocionada, y mira a José con una cara cada vez más segura y radiante. Se siente segura de él. Cuando él dice: «Soy consagrado nazareno», su rostro se muestra todo luminoso y encuentra fuerzas para decir: «Yo también soy toda de Dios, José. No sé si el Sumo Sacerdote te lo ha dicho...».
«Me ha dicho sólo que tú eres buena y pura y que debes manifestarme un voto tuyo, y que fuera bueno para contigo. Habla, María. Tu José desea hacerte feliz en todos tus deseos. No te amo con la carne. ¡Te amo con mi espíritu, santa doncella que Dios me otorga! Debes ver en mí un padre y un hermano, además de un esposo. Ábrete a mí como con un padre, abandónate en mí como con un hermano».
«Ya desde la infancia me consagré al Señor. Sé que esto no se hace en Israel, pero yo sentía una Voz que me pedía mi virginidad en sacrificio de amor por la venida del Mesías. ¡Hace mucho tiempo que Israel lo espera!... ¡No es demasiado el renunciar por esto a la alegría de ser madre!».
José la mira fijamente, como queriendo leer en su corazón, y luego coge las dos manitas que tienen todavía entre los dedos la ramita florecida, y dice: «Pues yo también uniré mi sacrificio al tuyo, y amaremos tanto con nuestra castidad al Eterno, que Él dará antes a la Tierra al Salvador, permitiéndonos ver su Luz resplandecer en el mundo. Ven, María. Vamos ante su Casa y juremos amarnos como lo hacen los ángeles entre sí.
12.8 Luego iré a Nazaret a prepararlo todo para ti, en tu casa si quieres ir a ella, en otra parte si así lo deseas».
«En mi casa... En el fondo había una gruta... ¿Todavía está?».
«Está, pero ya no es tuya... Yo, de todas formas, te haré otra gruta donde estarás fresca y tranquila en las horas más calurosas. La haré lo más parecida posible. Y... dime, ¿quién quieres que esté contigo?».
«Nadie. No tengo miedo. La madre de Alfeo, que siempre viene a verme, me hará compañía un poco durante el día, y por la noche prefiero estar sola. Ningún mal me puede suceder».
«Bueno, y ahora estoy yo... ¿Cuándo debo venir a recogerte?».
«Cuando tú quieras, José».
«Pues entonces vendré cuando la casa esté en orden. No pienso tocar nada. Quiero que encuentres todo como lo dejó tu madre, pero quiero también que esté llena de luz y bien limpia para acogerte sin tristeza. Ven, María. Vamos a decirle al Altísimo que le bendecimos».
Y no veo nada más. Me queda, eso sí, en el corazón el sentido de seguridad que experimenta María...
ECR 12.7
Juremos amarnos como lo hacen los ángeles entre sí.
ECR 13
Título del capítulo: Desposorio de la Virgen con José, instruido por la Sabiduría para que fuera el guardián del Misterio.
Fecha de la visión y del dictado: Martes 5 de septiembre de 1944
Calendario: 6 de marzo d.C.
Lugar (mapa) : Jerusalén
Ciclo: Matrimonio con José
Resumen: José y María están comprometidos en el Templo de Jerusalén. María luce hermosa con su ajuar de novia. Las vírgenes que la rodean se extasían ante su belleza, y sus amantes acuden al rescate de su protegida. Las doncellas se marchan y llega Isabel. Ésta le habla del ajuar nupcial diseñado por Ana, y la Virgen habla entonces de José, al que describe como un joven santo. Llega el novio y los dos prometidos se reencuentran. José es soberbio y le dice que ha pensado en el voto de la Virgen. Él lo comprende y se une a ella en un naziréat perpetuo. El sumo sacerdote los desposa entonces. Después de esto, María y José abandonan Jerusalén para ir a Nazaret... A continuación, Jesús da un dictado sobre su padre putativo.
Contenido del capítulo: 13.1: La belleza de María con sus vestidos de novia. 13.2: Sus compañeras la admiran. 13.3: Sus vestidos son la caricia de su madre. 13.4: José llega con sus vestidos más hermosos. Su discurso de bienvenida. 13.5: José habla del voto de castidad absoluta. 13.6: El Pontífice preside la boda. 13.7: Los novios salen en carroza con Zacarías e Isabel. 13.8: Elogio de la Sabiduría. 13.9: José, guardián de la Esposa y del Hijo de Dios. 13.10: José, un nuevo Aarón que creyó sin ver. 13.11: José, ejemplo corredentor de pureza, fidelidad y amor perfecto.