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Notas del tema

¿Quién es Jesús?

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ECR 198.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Por el umbrío camino que une el Monte de los Olivos con Betania — podría decir que el monte llega, con sus prolongaciones verdes, hasta los campos de Betania —, Jesús con los suyos camina ligero hacia la ciudad de Lázaro.

No ha entrado aún y ya le han reconocido: emisarios, que lo son por propia iniciativa, corren en todas las direcciones para avisar de su llegada, de forma que empiezan a aparecer: por un lado, Lázaro y Maximino; por otro, Isaac con Timoneo y José; la tercera es Marta con Marcela (que alza su velo para inclinarse a besar la túnica de Jesús); inmediatamente después, llegan María de Alfeo y María Salomé, las cuales reciben al Maestro con un gesto de veneración y luego abrazan efusivamente a los propios hijos. El pequeño Yabés, a quien Jesús sigue llevando de la mano, zarandeado por todas estas impetuosas llegadas, observa esto lleno de asombro. Juan de Endor, sintiéndose extraño, se retira hacia la cola del grupo, aparte. Y, por el sendero que conduce a la casa de Simón, viene la Madre.

Jesús suelta la mano de Yabés y, delicadamente, elude a los amigos para apresurarse a ir a su encuentro. Las ya conocidas palabras rompen el aire, tañendo como un solo de amor que se destaca de entre el murmullo de la gente: «¡Hijo!», «¡Mamá!». Se besan. María expresa en su beso una angustia como de quien ha estado temiendo durante mucho tiempo y llega el momento — éste — en que, al desvanecerse el terror que le tenía apresado, siente el cansancio del esfuerzo realizado y valora en toda su profundidad el peligro que ha corrido...

Jesús la acaricia. Ha comprendido. Dice: «Además de mi ángel, velaba por mí el tuyo, Madre. No podía sucederme nada malo».

«Gloria al Señor por ello. De todas formas he sufrido mucho».

«Mi deseo ha sido venir antes, pero he seguido otro camino por prestarte obediencia a ti. Y ha sido positivo: tu indicación, Madre mía, como siempre, ha sido fructífera».

«¡Tu obediencia, Hijo!».

«Tu sabia indicación, Madre...».

Se sonríen mutuamente como dos enamorados. ¿Pero es posible que esta Mujer sea la Madre de este Hombre? ¿Dónde están los dieciséis años de diferencia? La frescura de su rostro y la gracia de su cuerpo virginal hacen de María la hermana de su Hijo, que está en la plenitud de su bellísima virilidad.

«¿No me preguntas por qué ha sido fructífera?» pregunta Jesús, que sigue sonriendo.

«Sé que mi Jesús no me oculta nada».

«¡Qué encanto eres, Mamá!...» y la vuelve a besar...

La gente se ha mantenido a unos metros de distancia haciendo como que no observa la escena, pero estoy segurísima de que ninguno de estos ojos, que parecen atentos a otra parte, se abstiene de mirar de reojo a este tierno cuadro.

198.2

El que más mira es Yabés. Jesús le había soltado para darse prisa en abrazar a su Madre. Se ha quedado solo. Ahora, con el agolparse de preguntas y respuestas, el pobre niño pasa inadvertido. Mira fijamente, agacha la cabeza, lucha contra el llanto... pero, al final, no pudiendo más, rompe a llorar gimiendo: «¡Mamá! ¡Mamá!».

Todos — los primeros, Jesús y María — se vuelven, todos tratan de poner remedio de alguna forma, o de saber quién es el niño.

María de Alfeo y Pedro se acercan inmediatamente — estaban juntos — y dicen: «¿Por qué lloras?».

Pero, antes de que Yabés, embargado en su llanto, pueda tomar respiro para hablar, ya ha venido María y, tomándole en brazos, ha dicho: «¡Sí, hijito mío, Mamá! No llores más... y perdona si no te he visto antes... Os presento, amigos, a mi hijito...». Se ve que Jesús, en los pocos metros que mediaban, debe haberle dicho: «Es un huerfanito que he tomado conmigo». El resto lo ha intuido María.

El niño llora, pero ya con menos desolación. Al final, dado que María le tiene en brazos y le está besando, sonríe incluso, con esa carita suya todavía bañada de llanto.

«Deja que te seque todas estas lágrimas. ¡No debes llorar más! Dame un beso...».

Era precisamente lo que estaba deseando Yabés; después de tantas caricias de hombres barbudos, se deleita verdaderamente besando la mejilla lisa de María.

198.3

Jesús por su parte busca con su mirada a Juan de Endor, y le ve allá, apartado. Se dirige a él y le lleva hacia María — que está siendo saludada por todos los apóstoles —, y, teniendo sujeta su mano, dice: «Mira, Madre, el otro discípulo. Estos son los dos hijos que has ganado por la indicación que me diste».

«Tu obediencia, Hijo» repite María. Luego saluda al hombre, diciendo: «La Paz está contigo».

El hombre, el rudo, inquieto hombre de Endor, que tanto ha cambiado ya desde aquella mañana en que el capricho de Judas Iscariote le llevó a Jesús a Endor, termina de despojarse de su pasado al inclinarse ante María (yo lo creo así, a juzgar por lo sereno, verdaderamente “pacificado” que se ve su rostro cuando lo alza, una vez cumplido el respetuosísimo saludo).

Se encaminan todos hacia la casa de Simón: María llevando en brazos a Yabés, Jesús — cogida su mano — con Juan de Endor. Luego, a los lados o detrás, Lázaro y Marta, los apóstoles y Maximino, Isaac, José, Timoneo.

ECR 198.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Se encaminan todos hacia la casa de Simón: María llevando en brazos a Yabés, Jesús — cogida su mano — con Juan de Endor. Luego, a los lados o detrás, Lázaro y Marta, los apóstoles y Maximino, Isaac, José, Timoneo.

En el umbral de la puerta, el anciano servidor de Simón hace un gesto de veneración a Jesús y a su jefe. Entran en la casa.

«La paz a ti, José, y a esta casa» dice Jesús, alzando su mano para bendecir, después de haberla puesto en la cabeza blanca del anciano servidor.

Lázaro y Marta, después del primer impacto alegre, se muestran un poco tristes, de forma que Jesús pregunta: «¿Por qué, amigos?».

«Porque no estás con nosotros y porque todos se allegan a ti excepto esa alma que quisiéramos que fuera tuya».

«Fortificad la paciencia, la esperanza y la oración. Además, Yo estoy con vosotros. ¡Esta casa?... esta casa no es sino el nido desde el que el Hijo del hombre cada día volará para ir a ver a sus queridos amigos, que están muy cerca en distancia y — si se considera la cosa sobrenaturalmente — infinitamente más cercanos en el amor. Vosotros estáis en mi corazón y Yo en el vuestro. ¿Acaso se puede estar más cerca? De todas formas, esta tarde la pasaremos juntos. Sentaos, sentaos a mi mesa».

ECR 198.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Le vas a adoptar?» pregunta Lázaro.

«No. No puedo».

«Entonces me responsabilizo yo».

Pedro, que ve desvanecerse su esperanza, se lamenta abiertamente: «¡Señor! ¿Todo a él?».

Jesús sonríe y dice: «Lázaro, has hecho ya mucho, y te lo agradezco; no te puedo confiar a este niño. Es “nuestro” niño; de todos nosotros; alegría de los apóstoles y del Maestro. Además, aquí crecería rodeado de lujo, mientras que Yo quiero ofrecerle como don mi manto regio: “la honesta pobreza”, la que el Hijo del hombre ha elegido para sí, para poder acercarse a las mayores miserias sin humillar a ninguno. Tú, recientemente, has recibido también un regalo mío...».

«¡Ah, sí! El anciano patriarca y su hija. La mujer es muy activa y el anciano es muy bueno».

«¿Dónde están ahora?, ¿en qué sitio?».

«¡Aquí, claro!, en Betania. ¿Cómo crees que iba a querer alejar la bendición que Tú enviabas? La mujer está en el lino, pues para ese tipo de trabajo hacen falta manos ligeras y expertas. El anciano, dado que se ha emperrado en que quiere trabajar, le he destinado a los panales. Ayer — ¿verdad, hermana mía? — tenía una larga barba toda de oro. Las abejas, enjambrando, se habían colgado todas de esa barbaza, y les hablaba como si fueran hijas suyas. Se le ve feliz».

«¡Lo creo! ¡Bendito seas!» dice Jesús.

«Gracias, Maestro...»

Anotación

El viejo patriarca y su hija. La mujer es muy activa y el anciano es bueno. Ismael y Sara del Sermón de la Montaña. Véanse EMV 172.9 y EMV 173.5.

ECR 198.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

María pide que llamen al niño. Y éste viene enseguida, con Juan.

«¿Cómo te llamas?» pregunta María acariciándole.

«Soy... era Yabés, pero estoy esperando el nombre...».

«¿Estás esperándolo?».

«Sí, Yabés quiere un nombre que quiera decir que Yo le he salvado. Búscaselo, Madre; que sea un nombre de amor y salvación».

María se para a pensar un momento y dice: «Maryiam (Maarhciam). Eres la gotita en el mar de los salvados de Jesús. ¿Te gusta? Así seré recordada también yo además de la Salvación».

«Es muy bonito» dice contento el niño.

«Pero, ¿no es un nombre de mujer?» pregunta Bartolomé.

«Cuando esta gotita de Humanidad sea adulto, podréis cambiar su nombre por un nombre de hombre con una ele al final[1], en vez de la eme. Ahora lleva el nombre que le ha dado su Mamá. ¿No es verdad?».

El niño responde afirmativamente y María le acaricia.

Detalle

Jesús predijo que el nombre Marziam se convertiría en Marcial.

ECR 199.4-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Bien! ¡Encaminémonos hacia estos infelices!» dice Jesús, y, volviendo las espaldas a la ciudad, empieza a andar en dirección a un lugar desolado, situado en las laderas de un cerro rocoso que está entre los dos caminos que de Jericó van a Jerusalén. Es un lugar extraño: después de la primera subida por la que trepa un escarpado sendero, presenta una estructura escalonada, de forma que, hasta el primer desnivel, hay al menos tres metros a pico, y así el segundo desnivel... Es un lugar árido, muerto... tristísimo.

«Maestro — grita Simón Zelote — estoy aquí; párate, que te enseño yo el camino...» y Simón, que estaba apoyado en la roca buscando un poco de sombra, viene, y conduce a Jesús por una vereda también escalonada, que va en dirección a Getsemaní, aunque del otro lado del camino que une el Monte de los Olivos con Betania.

«Hemos llegado. Yo viví entre los sepulcros de Siloán. Aquí están mis amigos; parte de ellos, porque los otros están en Ben Hinnom y no han podido venir porque habrían tenido que atravesar el camino y los habrían visto».

«Iremos a verlos también a ellos».

«¡Gracias!, por ellos y por mí».

«¿Son muchos?».

«El invierno ha matado a la mayoría. Aquí, de todas formas, hay todavía cinco de aquellos con los que había hablado. Te esperan. Mira, allí están, en el borde de su presidio...».

Serán diez monstruos. Digo “serán” porque, si bien a cinco de ellos se los distingue en pie, a los otros — sea por el color grisáceo de su piel, sea por la deformidad de su rostro, sea porque apenas descollan del pedregal — se los distingue tan mal, que su número podría ser mayor o menor. Entre los que están en pie, hay sólo una mujer: dicen que es mujer sólo sus encanecidos cabellos, descuidados, duros y sucios, que le caen por la espalda hasta la cintura; por lo demás, no se distingue su sexo, pues la enfermedad, ya muy avanzada, la ha reducido a los huesos, anulando todo resto de femenina forma. Igualmente, respecto a los hombres, sólo uno muestra todavía un remanente de bigote y barba; a los demás los ha rasurado la destructora enfermedad.

Gritan: «¡Piedad de nosotros, Jesús, Salvador nuestro!» y tienden hacia Él sus manos, deformes y llagadas. «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad!».

«¿Qué deseáis que os haga?» pregunta Jesús alzando el rostro hacia esas ruinas humanas.

«Que nos liberes del pecado y de la enfermedad».

«Del pecado libera la voluntad y el arrepentimiento...».

«Pero, si Tú quieres, puedes cancelar nuestros pecados. Al menos eso, si no quieres curar nuestros cuerpos».

«Si os digo: “Elegid entre las dos cosas”, cuál queréis?».

«El perdón de Dios, Señor; para sentirnos menos desolados».

Jesús hace un gesto de aprobación, sonriendo luminosamente, y luego alza los brazos y grita: «Sea como queréis. Lo quiero».

¡Como queréis!: puede referirse al pecado o a la enfermedad, o a las dos cosas; los cinco desdichados quedan en la incertidumbre; ellos sí, pero no los apóstoles, que no pueden menos que gritar su hosanna cuando ven que la lepra desaparece rápidamente, como el copo de nieve caído en la llama. Entonces los cinco comprenden que se les ha concedido todo lo que habían pedido... y su grito resuena como un tañido de victoria: se abrazan entre sí, lanzan besos a Jesús — no pueden arrojarse a sus pies —, y luego se vuelven a sus compañeros: «¿No queréis todavía creer? ¡Qué desdichados sois!».

«¡Calma! ¡Tranquilos! Estos pobres hermanos necesitan pensar. No les digáis nada. La fe no se impone; se predica con paz, dulzura, paciencia, constancia, que es lo que haréis después de vuestra purificación, como hizo Simón con vosotros. Por lo demás, el milagro predica ya por sí mismo. Vosotros, los curados, iréis a presentaros al sacerdote lo antes posible; vosotros, los enfermos, esperad para esta tarde nuestro regreso: os traeremos comida. La paz sea con vosotros».

Jesús, seguido de las bendiciones de todos, baja de nuevo al camino.

199.5

«Ahora vamos a Ben Hinnom» dice Jesús.

«Maestro... quisiera ir contigo, pero comprendo que no puedo. Voy al Getsemaní» dice Lázaro.

«Ve, ve, Lázaro. La paz sea contigo».

Mientras Lázaro lentamente se pone en camino, Juan apóstol dice: «Maestro, le acompaño: camina con dificultad y la vereda no es muy buena. Te alcanzo en Ben Hinnom».

«Bien, ve. Vamos».

Pasan el Cedrón. Siguen el lado sur del monte Tofet. Llegan a un vallecillo sembrado de tumbas e inmundicias, sin un solo árbol, sin nada que proteja del sol, que en este lado meridional cae implacable con su fuego poniendo al rojo el pedrisco de estos nuevos escalones de infierno, en cuya base aumentan el calor inflamadas emanaciones fétidas. Dentro de estas tumbas, que asemejan a hornos crematorios, míseros cuerpos se consumen... Siloán, siendo húmedo y estando orientado casi al Norte, será feo en invierno, pero este lugar debe ser terrorífico en verano...

Simón Zelote lanza una llamada... y, primero tres, luego dos, luego uno, y todavía otro más, se acercan, como pueden, hasta el límite prescrito. Aquí hay dos mujeres; una de ellas lleva de la mano a un esperpento de niño al que la lepra se le ha fijado especialmente en la cara y ya está ciego...

Uno de ellos es un hombre de aspecto noble a pesar de su mísera condición, el cual toma la palabra en nombre de todos: «Bendito sea el Mesías del Señor, que ha descendido a esta Gehena para sacar de ella a los que en él esperan. ¡Sálvanos, Señor, que perecemos! ¡Sálvanos, Salvador! ¡Rey de la estirpe de David, Rey de Israel, ten piedad de tus súbditos! ¡Oh, Vástago de la estirpe de Jesé, de quien se dijo que cuando llegase su tiempo desaparecería todo mal, extiende tu mano para recoger estos desperdicios de tu pueblo! Aleja de nosotros esta muerte, enjuga nuestras lágrimas, pues que de ti así está escrito. Condúcenos, Señor, con tu voz, a tus pastos excelentes, a tus frescas aguas, pues estamos sedientos; condúcenos a lo alto de las eternas colinas, donde ya no existen ni la culpa ni el dolor! ¡Ten piedad, Señor...!».

«¿Quién eres?».

«Juan, miembro del Templo; quizás he sido contaminado por un leproso. Hace poco, como puedes ver, tengo la enfermedad. ¡Pero estos otros!... Entre ellos hay algunos que ya hace años que esperan la muerte. Esta pequeñuela está aquí desde antes de saber andar, no conoce el mundo creado por Dios; cuanto conoce o recuerda de las maravillas de Dios son estas tumbas, este sol despiadado y las estrellas de la noche. ¡Ten piedad de los culpables y de los inocentes, Señor, Salvador nuestro!».

Están todos arrodillados con los brazos extendidos.

Jesús llora ante tanta miseria, abre sus brazos y grita: «Padre, Yo lo quiero: curación, vida, vista y santidad para ellos». Y permanece así, con los brazos abiertos, orando ardorosamente con todo su espíritu: parece estilizarse y elevarse en su oración, llama de amor, blanca e intensa, bañada en el intenso oro del sol.

«¡Mamá! ¡Veo!» es el primer grito. Se oye también el correlativo grito de la madre estrechando contra su pecho a su niña curada. Luego el de los otros y los apóstoles... El milagro ha quedado cumplido.

«Juan, tú, sacerdote, guiarás a tus compañeros en el rito. Paz a vosotros. Os traeremos esta tarde comida también a vosotros». Jesús bendice y hace ademán de emprender el camino.

Pero el leproso Juan grita: «Quiero seguir tus pasos. Dime qué tengo que hacer, dónde tengo que ir para predicarte».

«Sea esta tierra desolada y desnuda, que necesita convertirse al Señor, tu campo; sea tu campo la ciudad de Jerusalén. Adiós».

Detalle

Simón el Zelote pidió a Jesús que fuera al Valle de la Muerte, donde había leprosos.

Anotación

Y Simón, que se había apoyado en la roca para tener un poco de sombra, se adelanta y conduce a Jesús por un camino escalonado que lleva a Getsemaní, pero del que está separado por el camino que va del Monte de los Olivos a Betania. Sigue el dibujo de María Valtorta, que reproducimos aquí. Ella colocó en el centro la "pequeña montaña", en cuya cima escribió tres veces "leproso". Al norte está "Getsemaní", desde donde escribió "El camino más corto a Betania y Jericó". Al otro lado, escribió a lápiz: "Aquí está el Monte de los Olivos". Hacia el oeste hizo fluir el "Cedrón", más allá del cual trazó "El camino más largo a Betania y Jericó".

Lo mismo ocurre con los hombres, de los que sólo uno conserva restos de bigote y barba. Los demás han sido afeitados por esta enfermedad destructora. Zacarías, el leproso. Cf. EMV 417.2.

ECR 199.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Bendito sea el Mesías del Señor, que ha descendido a esta Gehena para sacar de ella a los que en él esperan. ¡Sálvanos, Señor, que perecemos! ¡Sálvanos, Salvador! ¡Rey de la estirpe de David, Rey de Israel, ten piedad de tus súbditos! ¡Oh, Vástago de la estirpe de Jesé, de quien se dijo que cuando llegase su tiempo desaparecería todo mal, extiende tu mano para recoger estos desperdicios de tu pueblo! Aleja de nosotros esta muerte, enjuga nuestras lágrimas, pues que de ti así está escrito. Condúcenos, Señor, con tu voz, a tus pastos excelentes, a tus frescas aguas, pues estamos sedientos; condúcenos a lo alto de las eternas colinas, donde ya no existen ni la culpa ni el dolor! ¡Ten piedad, Señor...!».

ECR 199.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pedro se marcha contento con María; llevan los dos de la mano al niño: parecen una pequeña familia feliz. Muchos se vuelven a mirarlos. Jesús, sonriendo, observa cómo van.

«¡Simón se siente feliz!» exclama el Zelote.

«¿Por qué sonríes, Maestro?» pregunta Santiago de Zebedeo.

«Porque en ese pequeño grupo veo una gran promesa».

«¿Cuál, Hermano? ¿Qué es lo que ves?» pregunta Judas Tadeo.

«Veo que me podré marchar tranquilo cuando llegue la hora; no debo temer por mi Iglesia. Entonces será pequeña y débil como Margziam. Pero estará mi Madre, cual Madre suya, para sujetarla de la mano; y, cual padre suyo, estará Pedro, en cuya mano honesta y callosa puedo depositar sin preocupación la mano de mi naciente Iglesia. Pedro le dará la fuerza de su protección; mi Madre, la fuerza de su amor. Así la Iglesia se desarrollará... como Margziam... ¡Verdaderamente es un niño-símbolo! ¡Dios bendiga a mi Madre, a mi Pedro y al niño de ellos y nuestro! Vamos a casa de Juana...».

ECR 199.8-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Sí. Pedro es muy bueno. Por él haría cualquier cosa, porque lo merece».

«Si te oyera, diría con esa sonrisa suya buena y franca: “¡Ah, Señor, eso no es verdad!”. Y tendría razón».

«¿Por qué, Madre?». Mas Jesús ya sonríe, porque ha comprendido.

«Porque no le complaces dándole un hijo. Me ha hablado de todas sus esperanzas, sus deseos... y tus negativas».

«¿No te ha explicado las razones con que las he justificado?».

«Sí. Me las ha dicho, y ha añadido: “Es verdad... pero yo soy un hombre, un pobre hombre. Jesús se obstina en ver en mí a un gran hombre. Pero sé que soy muy mísero, así que... me podría dar un hijo. Me casé para tenerlos... y me voy a morir sin tenerlos”. Y ha dicho — aludiendo al niño, que, contento con el bonito vestido que Pedro le había comprado, le había besado y le había llamado “padre querido” —, ha dicho: “Mira, cuando este pequeñuelo — hace diez días no le conocía — me llama así, siento que me vuelvo más blando que la mantequilla y más dulce que la miel, y me echo a llorar, porque cada día que pasa se me lleva a este hijo...”».

María guarda silencio observando a Jesús, estudiando su rostro, en espera de una palabra... Pero Jesús ha puesto el codo en la rodilla, y la cabeza apoyada sobre la mano, y guarda también silencio mientras mira a la explanada verde del pomar.

María toma una mano de Jesús, se la acaricia, y dice: «Simón tiene este gran deseo... Mientras íbamos juntos, no ha hecho otra cosa sino hablarme de ello, y exponiendo razones tan justas, que... no he podido objetarle nada. Eran las mismas razones que pensamos todas nosotras, mujeres y madres. El niño no es fuerte. Si fuera como eras Tú... ¡Ah, entonces podría afrontar la vida de discípulo sin miedo! ¡Pero, es físicamente tan delicado!... Muy inteligente, muy bueno... pero nada más. A un pichoncillo delicado no se le puede lanzar pronto a volar, como se hace con los fuertes. Los pastores son buenos... pero son hombres; los niños tienen necesidad de las mujeres. ¿Por qué no se lo dejas a Simón? Comprendo que le niegues una criatura nacida de él. Un hijo propio es como una ancla, y Simón — destinado a tan alto sino — no puede estar retenido por ninguna ancla. Pero estarás de acuerdo en que él debe ser “el padre” de todos los hijos que le vas a confiar. ¿Cómo va a poder ser padre si no ha aprendido antes con un niño? Un padre debe ser dulce. Simón es bueno, pero no dulce; es impulsivo e intransigente. Sólo una criaturita le puede enseñar el sutil arte de la compasión hacia el débil... Considera este destino de Simón... ¡Nada menos que tu sucesor! ¡Oh, esta atroz palabra también tengo que decirla! Escúchame, por todo el dolor que me causa el pronunciarla. Jamás te aconsejaría algo que no fuera bueno. Margziam... quieres hacer de él un discípulo perfecto... pero es todavía un niño. Tú... te marcharás antes de que se haga hombre. ¿A quién mejor que a Simón se le podrá entregar para que complete su formación? Y además... ¡pobre Simón!... ya sabes el tormento que ha recibido de su suegra, incluso por causa tuya; pues bien, a pesar de ello, no se ha apropiado ni siquiera de una partícula de su pasado, de su libertad de hace ya un año, para que le dejase en paz su suegra, a la que ni siquiera Tú has podido cambiar. ¿Y su esposa?: ¡pobre mujer!... ¡Desea tanto amar y ser amada...! Su madre... ¡oh!... ¿Y el marido?: encantador pero autoritario... Jamás recibió afecto sin que se le exigiera a cambio demasiado... ¡Pobre mujer!... Confíale el niño. Escúchame, Hijo. Por ahora lo llevamos con nosotros. Yo también iré por Judea. Me llevarás contigo a casa de una compañera mía del Templo, y casi pariente porque procede de David. Está en Betsur. Me alegrará volver a verla, si vive todavía. Luego, cuando volvamos a Galilea, se lo damos a Púrpura: cuando estemos cerca de Betsaida, Pedro lo tomará consigo; cuando estemos aquí, lejos, el niño se quedará con ella. ¡Ah!,... te veo sonreír... Entonces es que vas a contentar a tu Madre. Gracias, Jesús mío».

«Sí, sea como Tú quieres».

199.9

Jesús se levanta y llama con voz potente: «Simón de Jonás, ven».

Pedro reacciona instantáneamente y sube corriendo las escaleras: «¿Qué quieres, Maestro?».

«¡Ven aquí, hombre usurpador y corruptor!».

«¿Yo? ¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor?».

«Has coaccionado a mi Madre. Por este motivo quisiste estar solo. ¿Qué debo hacer contigo?». Pero Jesús sonríe, y Pedro se tranquiliza.

«Me has asustado verdaderamente. Menos mal que te veo sonreír. ¿Qué quieres de mí, Maestro? ¿La vida? Ya sólo me queda la vida, porque me has tomado todo lo demás... Pero, si quieres, te la doy».

«No quiero tomarte nada; quiero darte algo. De todas formas, no te aproveches de la victoria, y no digas este secreto a los demás, astutísimo hombre, que vences al Maestro con el arma de la palabra materna. Tendrás el niño, pero...».

Jesús no puede seguir hablando, porque Pedro — que se había arrodillado — se pone en pie de un salto y besa a Jesús con tal ímpetu que le corta la palabra.

«Agradéceselo a Ella; pero recuerda que esto debe ser una ayuda para ti, no un obstáculo...».

«Señor, no te arrepentirás de este regalo... ¡Oh, María, santa y buena, bendita seas siempre!...». Y Pedro, que de nuevo ha caído de rodillas, llora abiertamente, besando la mano de María...

Anotación

199,9 Jesús se levanta y llama a gran voz:

"¡Simón, hijo de Jonás, ven aquí!".

Pedro se sobresaltó y se apresuró a subir las escaleras:

"¿Qué quieres, Maestro?

- ¡Ven aquí, usurpador y corruptor!

- ¿Yo? ¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor?

- Corrompiste a mi Madre. Por eso querías estar solo. ¿Qué quieres que te haga?".

Pero Jesús sonrió y Pedro se tranquilizó.

Oh -dijo-, me has dado un buen susto. Pero ahora te ríes... ¿Qué quieres de mí, Maestro?

JESÚS AGRADABLE: Este pasaje ha causado controversia entre algunas personas:

- unos incapaces de imaginar a Jesús bromeando como se hace con los mejores amigos (pareciendo acusarles de la antítesis de lo que evidentemente son).

- Los otros dan una lectura parcial que interpreta la corrupción aislada como una práctica indigna y chocante.

MARÍA MEDIADORA DE TODAS LAS GRACIAS :

Sobre el primer punto, la broma, hay que señalar que Jesús no utiliza la vulgaridad que suele asociarse a este tipo de bromas, sino que extrae de ellas una santa lección: María, Mediadora de todas las Gracias. Está "evangelizando" nuestra humanidad.

En cuanto al otro, la lectura del contexto despeja cualquier duda sobre la intención de Pedro cuando, al ver negado su deseo más profundo, pide la ayuda y la mediación de María.

ECR 200.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Tendré la fuerza suficiente para destruir mi carne culpable?».

«En la soledumbre donde estarás — y donde Satanás, en la medida en que tú vayas siendo cada vez más del Cielo, te atacará, cada vez más, rencoroso y violento —, encontrarás a un apóstol mío, primero pecador, luego redimido».

«Entonces no es aquel hombre bendito que me hablaba de ti, ¿no? Demasiado honesto es como para haber sido pecador».

«No es él, es otro. Irá a ti en su momento. Entonces te hablará de lo que ahora no puedes conocer. Ve en paz. Y que la bendición de Dios te acompañe».

Detalle

Aglaé se aísla del resto del mundo y cuestiona a Cristo.

Anotación

Encontrarás a uno de mis apóstoles que una vez fue pecador y luego redimido. Probablemente Mateo.

¿Así que ese no es el bendito apóstol que me hablaba de ti? Andrés.

ECR 200.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y quién me va a hablar en lo sucesivo de Dios?».

«Por ahora, tu alma resucitada».

«¿Te volveré a ver?».

«No en este mundo. Pero dentro de poco te redimiré del todo y entonces visitaré tu espíritu para prepararte a la ascensión hacia Dios».

«¿Cómo se producirá mi completa redención si no te voy a volver a ver? ¿Cómo me la vas a dar?».

«Muriendo por todos los pecadores».

«¡Oh,... morir!... ¡No, Tú no!».

«Para daros la Vida debo darme la muerte. Por esto he venido en cuerpo humano. No llores... Vendrás conmigo pronto después de nuestro sacrificio».

«¡Mi Señor! ¿Voy a morir yo también por ti?».

«Sí; pero de otra forma. Hora a hora morirá tu carne por deseo de tu voluntad. Hace ya casi un año que está muriendo. Cuando haya muerto del todo, te llamaré».

Detalle

Jesús habla a Aglaia, antigua pecadora convertida, que va a aislarse de todo.