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Notas del tema

La vida pública de Jesucristo en la EMV

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Comodidad de lectura

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ECR 50

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús salió de Cafarnaún y fue a Betsaida. Pedro le dio la bienvenida y le ofreció quedarse en su casa. Cristo aceptó, y Simón de Jonás quedó encantado. Jesús se retiró a orar, y más tarde salió fuera. Allí se encontró con unos niños, entre ellos uno que no quería jugar a la guerra. Jesús apoya su punto de vista, explicando que la guerra es un castigo de Dios. Cuando los niños señalan que el niño se niega porque siempre pierde, Jesús sonríe y declara que no debemos negarnos a algo cuando nos perjudica: eso es egoísmo. Debes rechazar algo cuando perjudica a todos, aunque estés seguro de que vas a ganar. La conversación continúa y Jesús les habla un momento del Juicio Final y de la Redención que se acerca, basándose en el libro de Nehemías. Los niños reconocen que es el Mesías y les promete llevarlos con él si son buenos y obedientes a sus padres.

Felipe se acerca a él y Jesús le invita a seguirle. El apóstol acepta, y Jesús le habla de Natanael. El anciano fue a buscar a Bartolomé, y todo transcurrió según el Evangelio.

Jesús fue entonces a Betsaida a predicar. El Salvador viene a recordar la ley del Decálogo, que era sencilla al principio. No hace falta nada más, y el Mesías nos exhorta sobre todo a amar. Incluso nos anima a amar a nuestros enemigos.

Cuando terminó el sermón, Jesús dijo que se iba a Jerusalén. Pedro estaba indeciso, pero decidió seguir al Maestro. Santiago de Zebedeo, Andrés, Felipe y Natanael le acompañan. Jesús los acepta y el grupo reza junto. A continuación, Cristo los despide y les explica que seguirá rezando durante este tiempo. El Hijo del Hombre necesita la oración para seguir siendo el Redentor.

ECR 50.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Maestro, ¿quieres descansar? Ahí está mi habitación, allí la de Andrés. Elige. No haremos ruido mientras estés reposando».

«¿Tienes una terraza?».

«Sí; y la vid, aunque esté todavía casi sin hojas, da un poco de sombra».

«Llévame a la terraza. Prefiero descansar arriba. Pensaré y oraré».

«Como quieras. Ven».

Desde el huertecillo, una pequeña escalera sube hasta el tejado, que es una terraza rodeada por una pared baja. También aquí hay redes y sogas. ¡Cuánta luz de cielo y cuánto azul de lago!

Jesús se sienta en un taburete con la espalda apoyada en el murete. Pedro trata de ingeniárselas extendiendo una vela por encima y al lado de la vid para hacer un sitio donde poder uno resguardarse del sol. Se siente brisa y silencio. Jesús se deleita en ello.

«Yo me voy, Maestro».

«Vete. Tú y Juan id a decir que a la hora de la puesta del Sol hablaré aquí».

Jesús se queda solo y ora durante mucho tiempo. Aparte de dos parejas de palomas que van y vienen desde los nidos, y un trinar de gorriones, no hay ruido o ser vivo alrededor de Jesús orante. Las horas pasan calmas y serenas.

ECR 50.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

50.3 Después Jesús se levanta, da alguna vuelta por la terraza, mira al lago, mira y sonríe a unos niños que juegan en la calle y que le sonríen, mira a la calle, hacia la placita que está a unos cien metros de la casa. Luego baja. Se asoma a la cocina: «Mujer, voy a pasear por la orilla».

Sale y, efectivamente, va a la orilla, con los niños. Les pregunta: «¿Qué hacéis?».

«Queríamos jugar a la guerra. Pero él no quiere y entonces se juega a la pesca».

El “él” que no quiere es un niño — ya un hombrecito — de constitución menuda, pero de rostro luminosísimo. Quizás sabe que, siendo grácil como es, se llevaría palos de los demás haciendo “la guerra” y por ello sostiene la paz.

Pero Jesús aprovecha la ocasión para hablarles a esos niños: «Él tiene razón. La guerra es pena impuesta por Dios para castigo de los hombres, y signo de que el hombre ha venido a menos en su condición de verdadero hijo de Dios. Cuando el Altísimo creó el mundo, hizo todas las cosas: el Sol, el mar, las estrellas, los ríos, las plantas, los animales, pero no hizo las armas. Creó al hombre y le dio ojos para que tuviera miradas de amor, bocas para pronunciar palabras de amor, oído para oírlas, manos para socorrer y acariciar, pies para correr con rapidez hacia el hermano necesitado, y corazón capaz de amar. Dio al hombre inteligencia, palabra, afectos, gustos. Pero no le dio el odio. ¿Por qué? Porque el hombre, criatura de Dios, debía ser amor, como Amor es Dios. Si el hombre hubiera permanecido como tal criatura, habría permanecido en el amor, y la familia humana no habría conocido guerra ni muerte».

«Pero él no quiere hacer la guerra porque pierde siempre» (efectivamente, yo había adivinado).

Jesús sonríe y dice: «No se debe no querer lo que a nosotros nos lesiona porque nos lesione. Se debe no querer una cosa cuando lesiona a todos. Si uno dice: “No quiero esto porque me produce una pérdida”, es egoísta. Sin embargo, el buen hijo de Dios dice: “Hermanos, yo sé que vencería, pero os digo: no hagamos esto porque significaría un daño para vosotros”. ¡Cómo ha comprendido éste el precepto principal! ¿Quién me lo sabe decir?».

En coro, las once bocas dicen: «“Amarás a tu Dios con todo tu ser y a tu prójimo como a ti mismo”».

«¡Sois unos niños excelentes!

50.4 ¿Vais todos al colegio?».

«Sí».

«¿Quién es el más listo?».

«Él» (es el niño grácil que no quiere jugar a la guerra).

«¿Cómo te llamas?».

«Joel».

«¡Gran nombre! Joel habla así: “... el débil diga: ‘¡Soy fuerte!’ ”. Pero ¿fuerte en qué? En la ley del Dios verdadero, para estar entre los que Él en el valle de la Decisión juzgará como santos suyos. Mas el juicio está próximo; no en el valle de la Decisión, sino en el monte de la Redención. Allí, entre Sol y Luna oscurecidos de horror, y estrellas temblando llanto de piedad, serán discernidos los hijos de la Luz de los hijos de las Tinieblas. Y todo Israel sabrá que su Dios ha venido. Dichosos los que lo hayan reconocido: recibirán en su corazón miel, leche y aguas claras y las espinas se les transformarán en eternas rosas. ¿Quién de vosotros quiere estar entre aquéllos a los que Dios juzgue santos?».

«¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!».

«¿Amaréis entonces al Mesías?».

«¡Sí! ¡Sí! ¡A ti! ¡A ti! ¡Te amamos a ti! ¡Sabemos quién eres! Lo han dicho Simón y Santiago y también nuestras madres. ¡Llévanos contigo!».

«En verdad os tomaré conmigo si sois buenos. Nunca más, palabras feas; nunca más, abusos; nunca más, riñas; nunca más, malas respuestas a los padres. Oración, estudio, trabajo, obediencia; y Yo os amaré y os acompañaré en vuestro camino».

Los niños están todos en círculo alrededor de Jesús. Parece una corola polícroma ceñida en torno a un largo pistilo azul oscuro.

ECR 51

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús está en casa de Pedro con Simón de Jonás, Santiago, Juan y Porfirio. Llega Andrés, indicando que Judas está allí por él, y su primo entra en la casa. María invitó a su Hijo a las bodas de Caná, y sus parientes también querían que fuera. Jesús accede a la petición de su Madre y entonces adivina que a Jude le pasa algo. Le interrogó y Judas dijo a medias que Jesús tenía que tener cuidado, a causa de las castas poderosas a las que podría molestar su enseñanza. Menciona al Bautista, pero también intuimos que lo hace de boquilla. Además, Jesús supone que fueron sus parientes quienes le dijeron que dijera eso, lo que confirma Judas. Pero Jesús afirma que por encima de la tierra está el Cielo y los intereses de Dios. En cuanto a su Madre, sólo ella podría recordarle sus deberes de Hijo, pero no lo hace. Ella renunció desde el principio a su condición de criatura, y Jesús recuerda su vida en el Templo, alabando su desprendimiento y su entrega a Dios. El Señor predice también que llegará un día en que todos le abandonarán, pero no ella, y es gracias a María que los apóstoles volverán a Jesús. Quiere que comprendamos lo poderosa que es María en el corazón de Dios.

A continuación, Judas le pide que la acompañe a las bodas de Caná. Le entrega un vestido diseñado por el Todo Santo, que Jesús se pondrá en Jerusalén, en el Templo.

ECR 51.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Vengo de Cafarnaúm. He ido allí en barca, y he venido también en barca para llegar antes. Me envía tu Madre. Dice: “Susana se casa mañana. Te ruego, Hijo, que estés presente en esta boda”. María participa en la ceremonia y con Ella mi madre y los hermanos. Todos los parientes están invitados. Sólo Tú estarías ausente. Los parientes te piden que complazcas en esto a los novios».

51.2 Jesús se inclina ligeramente abriendo un poco los brazos y dice: «Un deseo de mi Madre es ley para mí. Pero iré también por Susana y por los parientes. Sólo... lo siento por vosotros...». y mira a Pedro y a los otros. «Son mis amigos» explica a su primo. Y los nombra comenzando por Pedro. Por último dice: «Y éste es Juan», y lo dice de una forma muy especial, que mueve a Judas Tadeo a mirar más atentamente, y que hace ruborizarse al predilecto. Jesús termina la presentación diciendo: «Amigos, éste es Judas, hijo de Alfeo, mi primo hermano, según dice la usanza, porque es hijo del hermano del esposo de mi Madre; un buen amigo mío en el trabajo y en la vida».

«Mi casa está abierta para ti como para el Maestro. Siéntate». Luego, dirigiéndose a Jesús, Pedro dice: «¿Entonces? ¿Ya no vamos contigo a Jerusalén?».

«Claro que vendréis. Iré después de la fiesta. Únicamente que ya no me detendré en Nazaret».

«Haces bien, Jesús, porque tu Madre será mi huésped durante algunos días. Así hemos quedado, y volverá a mi casa también después de la boda»: esto dice el hombre de Cafarnaúm.

«Entonces lo haremos así. Ahora, con la barca de Judas, Yo iré a Tiberíades y de allí a Caná, y con la misma barca volveré a Cafarnaúm con mi Madre y contigo. El día siguiente después del próximo sábado te acercas, Simón, si todavía quieres, e iremos a Jerusalén para la Pascua».

«¡Sí que querré! Incluso iré el sábado para oírte en la sinagoga».

Detalle

Judas vino a Jesús para invitarle a las bodas de Caná. Le dijo:

ECR 51.3-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Ya predicas, Jesús?» pregunta Judas.

«Sí, primo».

«¡Y qué palabras! ¡No se oyen en boca de otros!».

Judas suspira. Con la cabeza apoyada en la mano y el codo sobre la rodilla, mira a Jesús y suspira. Parece como si quisiera hablar y no se atreviera.

Jesús le provoca para que hable: «¿Qué te pasa, Judas? ¿Por qué me miras y suspiras?».

«Nada».

«No. Nada no. ¿Ya no soy el Jesús que tú estimabas? ¿Aquel para quien no tenías secretos?».

«¡Sí que lo eres! Y cómo te echo de menos, a ti, maestro de tu primo más mayor...».

«¿Entonces? Habla».

«Quería decirte... Jesús... sé prudente... tienes una Madre... que aparte de ti no tiene nada... Tú quieres ser un “rabí” distinto de los demás y sabes, mejor que yo, que... las castas poderosas no permiten cosas distintas de las usuales, establecidas por ellos. Conozco tu modo de pensar... es santo... Pero el mundo no es santo... y oprime a los santos... Jesús... ya sabes cuál ha sido la suerte de tu primo Juan... Le han apresado y si todavía no ha muerto es porque ese repugnante Tetrarca tiene miedo del pueblo y del rayo divino. Asqueroso y supersticioso, como cruel y lascivo. ¿Qué será de ti? ¿Qué final te quieres buscar?».

«Judas, ¿me preguntas esto tú, que conoces tanto acerca de mi pensamiento? ¿Hablas por propia iniciativa? No. ¡No mientas! Te han mandado — no mi Madre, por supuesto — a decirme esto...».

Judas baja la cabeza y calla.

«Habla, primo».

«Mi padre... y con él José y Simón... sabes... por tu bien... por afecto hacia ti y María... no ven con buenos ojos lo que te propones hacer... y... y querrían que Tú pensaras en tu Madre...».

51.4

«¿Y tú qué piensas?».

«Yo... yo».

«Tú te debates entre las voces de arriba y de la Tierra. No digo de abajo, digo de la Tierra. También vacila Santiago, aún más que tú. Pero Yo os digo que por encima de la Tierra está el Cielo, por encima de los intereses del mundo está la causa de Dios. Necesitáis cambiar de modo de pensar. Cuando sepáis hacerlo seréis perfectos».

«Pero... ¿y tu Madre?».

«Judas, sólo Ella tendría derecho a recordarme mis deberes de hijo, según la luz de la Tierra, o sea, mi deber de trabajar para Ella, para hacer frente a sus necesidades materiales, mi deber de asistencia y consolación estando cerca de mi Madre. Y Ella no me pide nada de esto. Desde que me tuvo, Ella sabía que habría de perderme, para encontrarme de nuevo con más amplitud que la del pequeño círculo de la familia. Y desde entonces se ha preparado para esto. No es nueva en su sangre esta absoluta voluntad de donación a Dios. Su madre la ofreció al Templo antes de que Ella sonriera a la luz. Y Ella — me lo ha dicho las innumerables veces que me ha hablado de su infancia santa teniéndome contra su corazón en las largas noches de invierno, o en las claras de verano llenas de estrellas — y Ella se ofreció a Dios ya desde aquellas primeras luces de su alba en el mundo. Y más aún se ofreció cuando me tuvo, para estar donde Yo estoy, en la vía de la misión que me viene de Dios. Llegará un momento en que todos me abandonen. Quizás durante pocos minutos, pero la vileza se adueñará de todos, y pensaréis que hubiera sido mejor, por cuanto se refiere a vuestra seguridad, no haberme conocido nunca. Pero Ella, que ha comprendido y que sabe, Ella estará siempre conmigo. Y vosotros volveréis a ser míos por Ella. Con la fuerza de su amorosa, segura fe, Ella os aspirará hacia sí, y, por tanto hacia mí, porque Yo estoy en mi Madre y Ella en mí, y Nosotros en Dios. Esto querría que comprendierais vosotros todos, parientes según el mundo, amigos e hijos según lo sobrenatural. Tú, y contigo los otros, no sabéis quién es mi Madre. Si lo supierais, no la criticaríais en vuestro corazón por no saberme tener sujeto a Ella, sino que la veneraríais como a la Amiga más íntima de Dios, la Poderosa que todo lo puede en orden al corazón del Eterno Padre, que todo lo puede en orden al Hijo de su corazón. Ciertamente iré a Caná. Quiero hacerla feliz. Comprenderéis mejor después de esta hora».

Se le ve a Jesús majestuoso y persuasivo.

Judas le mira atentamente. Piensa. Dice: «Yo también, sin duda, iré contigo, con estos, si me aceptas... porque siento que dices cosas justas. Perdona mi ceguera y la de mis hermanos. ¡Eres mucho más santo que nosotros!...».

«No guardo rencor a quien no me conoce. Ni siquiera a quien me odia. Pero me duele por el mal que a sí mismo se hace.»

Detalle

Santiago de Alfeo se menciona muy brevemente en 51.4. En este extracto, Judas expresa las aprensiones de su familia sobre el comportamiento de Jesús en nombre de todos los parientes de Jesús.

ECR 51.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Yo os digo que por encima de la Tierra está el Cielo, por encima de los intereses del mundo está la causa de Dios. Necesitáis cambiar de modo de pensar. Cuando sepáis hacerlo seréis perfectos».

«Pero... ¿y tu Madre?».

«Judas, sólo Ella tendría derecho a recordarme mis deberes de hijo, según la luz de la Tierra, o sea, mi deber de trabajar para Ella, para hacer frente a sus necesidades materiales, mi deber de asistencia y consolación estando cerca de mi Madre. Y Ella no me pide nada de esto. Desde que me tuvo, Ella sabía que habría de perderme, para encontrarme de nuevo con más amplitud que la del pequeño círculo de la familia. Y desde entonces se ha preparado para esto. No es nueva en su sangre esta absoluta voluntad de donación a Dios. Su madre la ofreció al Templo antes de que Ella sonriera a la luz. Y Ella — me lo ha dicho las innumerables veces que me ha hablado de su infancia santa teniéndome contra su corazón en las largas noches de invierno, o en las claras de verano llenas de estrellas — y Ella se ofreció a Dios ya desde aquellas primeras luces de su alba en el mundo. Y más aún se ofreció cuando me tuvo, para estar donde Yo estoy, en la vía de la misión que me viene de Dios. Llegará un momento en que todos me abandonen. Quizás durante pocos minutos, pero la vileza se adueñará de todos, y pensaréis que hubiera sido mejor, por cuanto se refiere a vuestra seguridad, no haberme conocido nunca. Pero Ella, que ha comprendido y que sabe, Ella estará siempre conmigo. Y vosotros volveréis a ser míos por Ella. Con la fuerza de su amorosa, segura fe, Ella os aspirará hacia sí, y, por tanto hacia mí, porque Yo estoy en mi Madre y Ella en mí, y Nosotros en Dios. Esto querría que comprendierais vosotros todos, parientes según el mundo, amigos e hijos según lo sobrenatural. Tú, y contigo los otros, no sabéis quién es mi Madre. Si lo supierais, no la criticaríais en vuestro corazón por no saberme tener sujeto a Ella, sino que la veneraríais como a la Amiga más íntima de Dios, la Poderosa que todo lo puede en orden al corazón del Eterno Padre, que todo lo puede en orden al Hijo de su corazón. Ciertamente iré a Caná. Quiero hacerla feliz. Comprenderéis mejor después de esta hora».

ECR 52.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Vamos a darle una satisfacción a mi Madre» dice entonces Jesús sonriendo. Y se encamina por las tierras, con sus dos compañeros, hacia la casa. Me he olvidado de decir que tengo la impresión de que María es o pariente o muy amiga de los parientes del novio, porque se ve que los trata con familiaridad.

Cuando Jesús llega, la persona de antes, puesta como centinela, avisa a los demás. El dueño de la casa, junto con su hijo, el novio, y con María, baja al encuentro de Jesús y le saluda respetuosamente. Saluda también a los otros dos. El novio hace lo mismo.

Pero lo que más me gusta es el saludo lleno de amor y de respeto de María a su Hijo, y viceversa. No grandes manifestaciones externas. Pero la palabra de saludo: «La paz está contigo» va acompañada de una mirada de tal naturaleza, y una sonrisa tal, que valen por cien abrazos y cien besos. El beso tiembla en los labios de María pero no lo da. Sólo pone su mano blanca y menuda sobre el hombro de Jesús y apenas le toca un rizo de su larga cabellera: una caricia de púdica enamorada.

Detalle

María y Jesús se encuentran en las bodas de Caná. María escribe: