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Notas de la palabra clave

Las tentaciones de Jesucristo

Tema: La vida pública de Jesucristo en la EMV · Página 1 de 2

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ECR 35.7-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

(...) Vuestra humanidad os pone tantas dificultades — humanidad que, verdaderamente, en vosotros sobrepuja demasiado al espíritu —, que no podéis seguir estos caminos, y caéis, u os detenéis descorazonados. Os decís a vosotros mismos, y a quienes quisieran haceros caminar citándoos los ejemplos del Evangelio: “Pero Jesús, María, José... (y así todos los santos) no eran como nosotros. Eran fuertes; han sufrido, pero han sido inmediatamente consolados; fueron aliviados incluso de ese poco dolor que sufrieron; no sentían las pasiones... Eran seres que ya estaban fuera de la tierra”.

35.8 ¡Ese poco dolor!... ¡No sentían las pasiones!...

El dolor fue amigo fiel nuestro, con los más variados aspectos y nombres.

Las pasiones... No uséis mal la palabra, llamando “pasiones” a los vicios que os sacan del camino recto. Llamadlos sinceramente “vicios”, y, además, capitales. No es que nosotros ignorásemos los vicios. Teníamos ojos y oídos, y Satanás hacía danzar ante nosotros y a nuestro alrededor estos vicios, mostrándonoslos en los viciosos con toda su carga de suciedad, o tentándonos con insinuaciones. Mas estas porquerías y estas insinuaciones, tendida como estaba la voluntad a querer agradar a Dios, en vez de producir lo que se había propuesto Satanás, producían lo contrario. Y cuanto más insistía él, más nos refugiábamos nosotros en la luz de Dios, por asco hacia las tinieblas fangosas que nos ponía ante los ojos del cuerpo y del espíritu.

Pero no hemos ignorado las pasiones en sentido filosófico en nosotros. Amamos la patria, y con ella a nuestra pequeña Nazaret, más que a cualquier otra ciudad de Palestina. Tuvimos afectos hacia nuestra casa, hacia los parientes y los amigos. ¿Por qué no íbamos a haberlos tenido? Pero no nos hicimos esclavos de los afectos, porque nada sino Dios debe ser señor; antes bien hicimos de ellos buenos compañeros nuestros.

Mi Madre gritó de alegría cuando, pasados aproximadamente cuatro años, volvió a Nazaret y puso pie en su casa, y besó esas paredes entre las cuales su “Sí” abrió su seno para recibir la Semilla de Dios. José saludó con alegría a los parientes, a los sobrinitos, crecidos en número y en edad. Gozó al verse recordado por sus conciudadanos y al ver que por sus dotes en el oficio le buscaron en seguida. Yo fui sensible a la amistad. Sufrí por la traición de Judas como por una crucifixión moral. ¿Y qué?: ni mi Madre ni José antepusieron su amor a la casa, o a los familiares, a la voluntad de Dios.

ECR 46

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús está en el desierto y es tentado por Satanás. Primero, el Diablo le habla de la mujer, pero ve que sus palabras no surten efecto e intenta doblegar a Jesús hablándole de pan. Jesús le responde como en el Evangelio, luego viene la tentación de ir al Templo y la tentación de adorar a Satanás, para obtener poder. El Salvador responde que es al Señor Dios a quien se adorará, y el Diablo desaparece con un rugido de rabia. Los ángeles aparecen entonces para servir al Mesías.

Jesús da entonces un dictado, y vuelve al aspecto simpático de Satanás. Si el alma no tiene cuidado, puede caer en sus trampas. Cristo explica que primero utiliza la atracción carnal y la codicia para tentar a los hijos de Dios; después trabaja contra el lado moral (orgullo) y el espíritu, quitando el amor y el temor de Dios.

El Maestro muestra cómo se comportó: con el silencio y la oración. Es inútil discutir con Satanás, porque es más fuerte que nosotros en la dialéctica. "Sólo Dios puede vencerlo", así que podemos usar la Palabra de Dios para defendernos, porque él no puede soportarlo.

Después de la tentación viene la victoria, porque los ángeles nos sirven, colmándonos de gracia y bendiciones. Debemos tener la voluntad de vencer a Satanás y tener fe en la ayuda de Dios y en la oración.

ECR 46.1-10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

46.1 Ante mí la soledad pedregosa que había contemplado a mi izquierda en la visión del bautismo de Jesús en el Jordán. Pero debo haberme adentrado mucho en ella, porque no veo en absoluto el hermoso río lento y azul, ni la vena de hierba que sigue su curso por las dos orillas, como alimentada por aquella arteria de agua. Aquí, sólo soledad, pedruscos, tierra tan abrasada, que ha quedado reducida a polvo amarillento que de vez en cuando el viento levanta en pequeños remolinos que parecen hálito de boca febril por lo seco y calientes que están; muy molestos por el polvo que con ellos penetra en la nariz y en la faringe. Muy raros, algún pequeño matorral espinoso, que ha resistido — quién sabe por qué — en aquella desolación: parecen los restos de mechones de cabellos en la cabeza de un calvo. Arriba, un cielo despiadadamente azul; abajo, el terreno árido; en torno, rocas y silencio. Esto es lo que veo, por lo que a la naturaleza se refiere.

46.2 Apoyado en una roca que, por su forma, — más o menos así, como me esfuerzo en dibujarla —

crea un embrión de gruta, y sentado en una piedra que ha sido arrastrada hasta la oquedad, en el punto +, está Jesús. Se resguarda así del sol ardiente. Y el interno consejero me indica que esa piedra, en la que ahora está sentado, es también su reclinatorio y su almohada cuando descansa breves horas envuelto en su manto bajo la luz de las estrellas y el aire frío de la noche. Ahí cerca está la bolsa que le vi tomar antes de salir de Nazaret: todo su haber; por lo flácida que aparece, comprendo que está vacía de la poca comida que en ella había puesto María.

Jesús está muy delgado y pálido. Está sentado, con los codos apoyados en las rodillas y los antebrazos hacia fuera, con las manos unidas y entrelazadas por los dedos. Medita. De vez en cuando, levanta la mirada y la dirige a su alrededor y mira al Sol, que está alto, casi a plomada, en el cielo azul. De vez en cuando, y especialmente después de dirigir la mirada en torno a sí y alzarla hacia la luz solar, como con vértigo, cierra los ojos y se apoya en la peña que le sirve de cobijo.

46.3 Veo aparecer el feo hocico de Satanás. No se presenta de la forma con que nos lo imaginamos: con cuernos, rabo, etc. etc. Parece un beduino envuelto en su vestido y en su gran manto, que se asemeja a un disfraz de dominó. En la cabeza, el turbante, cuyas faldas blancas caen sobre los hombros y a ambos lados de la cara para protegerlos. De manera que, de la cara, puede verse un pequeño triángulo muy moreno, de labios delgados y sinuosos, de ojos negrísimos y hundidos, llenos de destellos magnéticos. Dos pupilas que te leen en el fondo del corazón, pero en las que no lees nada o una sola palabra: misterio. Lo opuesto del ojo de Jesús, también muy magnético y fascinante, que te lee en el corazón, pero en el que tú lees también que en su corazón hay amor y bondad hacia ti. El ojo de Jesús es una caricia en el alma. Éste es como un doble puñal que te perfora y quema.

46.4 Se acerca a Jesús: «¿Estás sólo?».

Jesús le mira y no responde.

«¿Cómo es que estás aquí? ¿Te has perdido?».

Jesús vuelve a mirarle y calla.

«Si tuviera agua en la cantimplora, te la daría, pero yo también estoy sin ella. Se me ha muerto el caballo y me dirijo a pie al vado. Allí beberé y encontraré a alguien que me dé un pan. Sé el camino. Ven conmigo. Te guiaré».

Jesús ya ni siquiera alza los ojos.

«¿No respondes? ¿Sabes que si te quedas aquí mueres? Ya se levanta el viento. Va a haber tormenta. Ven».

Jesús aprieta las manos en muda oración.

«¡Ah, enconces eres Tú! ¡Hace mucho que te busco! Y hace mucho que te vengo observando. Desde el momento en que fuiste bautizado. ¿Llamas al Eterno? Está lejos. Ahora estás en la tierra, entre los hombres. Y sobre los hombres reino yo. Pero, me das pena y quiero ayudarte, porque eres bueno y has venido a sacrificarte por nada. Los hombres te odiarán por tu bondad. No entienden más que de oro, comida y sensualidad. Sacrificio, dolor, obediencia, son para ellos palabras más muertas que esta tierra que tenemos a nuestro alrededor. Son aún más aridos que este polvo. Sólo la serpiente y el chacal pueden esconderse aquí, esperando morder o despedazar a alguno. Vámonos. No merece la pena sufrir por ellos. Los conozco más que Tú».

Satanás se ha sentado frente a Jesús, le escudriña con su mirada tremenda y sonríe con su boca de serpiente. Jesús sigue callado y ora mentalmente.

46.5 «Tú desconfías de mí. Haces mal. Yo soy la sabiduría de la Tierra. Puedo ser maestro tuyo para enseñarte a triunfar. Mira: lo importante es triunfar. Luego, cuando uno se ha impuesto, cuando ha engatusado al mundo, puede conducir a éste a donde quiera. Pero primero hay que ser como les gusta a ellos, como ellos. Seducirlos haciéndoles creer que los admiramos y seguimos su pensamiento.

Eres joven y atractivo. Empieza por la mujer. Siempre se debe comenzar por ella. Yo me equivoqué induciendo a la mujer a la desobediencia. Debería haberla aconsejado de otra forma. Habría hecho de ella un instrumento mejor y habría vencido a Dios. Actué precipitadamente. ¡Pero Tú...! Yo te enseño porque un día deposité en ti mi mirada con júbilo angélico y aún me queda un resto de aquel amor; escúchame y usa mi experiencia: búscate una compañera. Adonde Tú no llegues, ella llegará. Eres el nuevo Adán, debes tener tu Eva.

Además, ¿cómo podrás comprender y curar las enfermedades de la sensualidad si no sabes lo que son? ¿No sabes que es ahí donde está el núcleo del que nace la planta de la codicia y del afán de poder? ¿Por qué el hombre quiere reinar? ¿Por qué quiere ser rico, potente? Para poseer a la mujer. Ésta es como la alondra. Tiene necesidad de algo que brille para sentirse atraída. El oro y el poder son las dos caras del espejo que atraen a las mujeres y las causas del mal en el mundo. Mira: detrás de mil delitos de distinta naturaleza, hay al menos novencientos que tienen raíz en el hambre de posesión de la mujer o en la voluntad de una mujer consumida por un deseo que el hombre aún no satisface, o ya no satisface. Ve a la mujer, si quieres saber qué es la vida. Sólo después sabrás atender y curar los males de la humanidad.

¡Es bonita la mujer! No hay nada más hermoso en el mundo. El hombre tiene el pensamiento y la fuerza. ¡Pero la mujer!... Su pensamiento es un perfume, su contacto es caricia de flores, su gracia es como vino que entra, su debilidad es como madeja de seda o rizo de niño en las manos del hombre, su caricia es fuerza que se vierte en la nuestra y la enciende. El dolor, la fatiga, la aflicción, quedan anulados cuando se está junto a una mujer y ella entre nuestros brazos como un ramo de flores.

46.6 Pero, ¡qué tonto soy! Tú tienes hambre y te hablo de la mujer. Tu vigor está exhausto. Por ello, esta fragrancia de la Tierra, esta flor de la creación, este fruto que da y suscita amor, te parece sin importancia. Pero, mira estas piedras: ¡qué redondeadas son y qué pulidas están, doradas bajo el Sol que cae!; ¿no parecen panes? Tú, Hijo de Dios, no tienes más que decir “quiero”, para que se transformen en oloroso pan como el que ahora están sacando del horno las amas de casa para la cena de sus familiares. Y estas acacias tan secas, si Tú quieres, ¿no pueden llenarse de dulces pomos, de dátiles de miel? ¡Sáciate, oh Hijo de Dios! Tú eres el Dueño de la Tierra. Ella se inclina para ponerse a tus pies y quitarte el hambre.

¿Ves cómo te pones pálido y te tambaleas con solo oír nombrar el pan? ¡Pobre Jesús! ¿Estás tan débil, que ya no puedes ni siquiera dominar el milagro? ¿Quieres que lo haga yo en tu lugar? No estoy a tu altura, pero algo puedo. Me quedaré falto de fuerzas durante un año, las reuniré todas, pero te quiero servir porque Tú eres bueno y siempre me acuerdo de que eres mi Dios, aunque me haya hecho indigno de llamarte tal. Ayúdame con tu oración para que pueda...».

«Calla. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de Dios».

El demonio siente una sacudida de rabia. Le rechinan los dientes y aprieta los puños; de todas formas, se contiene y transforma su mueca en sonrisa.

«Comprendo, Tú estás por encima de las necesidades de la Tierra y te da repugnancia el servirte de mí. Me lo he merecido.

46.7 Ven, entonces, y ve lo que hay en la Casa de Dios, ve cómo incluso los sacerdotes no rehúsan hacer transacciones entre el espíritu y la carne; porque, al fin y al cabo, son hombres y no ángeles. Cumple un milagro espiritual. Yo te llevo al pináculo del Templo, Tú transfigúrate en belleza allí arriba, y luego llama a las cohortes de ángeles y di que hagan de sus alas entrelazadas alfombra para tus pies y te porten así al patio principal. Que te vean y se acuerden de que Dios existe. De vez en cuando es necesario manifestarse, porque el hombre tiene una memoria muy frágil, especialmente en lo espiritual. Tú sabes qué dichosos se sentirán los ángeles de proteger tu pie y servirte de escalera cuando bajes».

«“No tientes al Señor tu Dios”, está escrito».

«Comprendes que tu aparición tampoco mudaría las cosas y el Templo continuaría siendo un mercado y un lugar de corrupción. Tu divina sabiduría sabe que los corazones de los ministros del Templo son un nido de víboras, que se devoran, y devoran, con tal de aumentar su poder. Sólo los doma el poder humano.

46.8 Ven entonces. Adórame. Yo te daré la Tierra. Alejandro, Ciro, César, todos los mayores dominadores pasados o vivos serán semejantes a jefes de mezquinas caravanas respecto a ti, que tendrás a todos los reinos de la Tierra bajo tu cetro, y con los reinos todas las riquezas, todas las cosas bellas de la tierra, y mujeres y caballos y soldados y templos. Podrás poner en alto en todas partes tu Signo, cuando seas Rey de los reyes y Señor del mundo. Entonces te obedecerá y venerará el pueblo y el sacerdocio. Todas las castas te honrarán y servirán, porque serás el Poderoso, el Único, el Señor.

¡Adórame aunque sólo sea un momento! ¡Quítame esta sed que tengo de ser adorado! Es la que me ha perdido, pero ha quedado en mí y me quema. Las llamaradas del infierno son aire fresco de la mañana respecto a este ardor que me quema por dentro. Es mi infierno, esta sed. ¡Un momento, un momento sólo, Cristo, Tú que eres bueno! ¡Un momento, aunque sólo sea, de gozo, al eterno Atormentado! Hazme sentir lo que quiere decir ser dios, y me tendrás devoto, obediente como siervo, durante toda la vida, en todas tus empresas. ¡Un momento! ¡Un solo momento, y no te atormentaré más!».

Satanás cae de rodillas, suplicando.

46.9 Jesús, por el contrario, se ha levantado. Ha adelgazado en estos días de ayuno y parece aún más alto. Su rostro tiene un terrible aspecto de severidad y potencia, sus ojos son dos zafiros abrasadores, su voz es un trueno que resuena en la oquedad de la roca y se esparce por el pedregal y el llano desolado cuando dice: «Vete, Satanás. Está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás”».

Satanás, con un alarido de condenado desgarro y de odio indescriptible, sale corriendo (tremendo ver su furiosa, humeante persona). Y desaparece con un nuevo alarido de maldición.

46.10 Jesús se sienta cansado, apoyando hacia atrás la cabeza contra la roca. Parece exhausto. Suda. Pero seres angélicos vienen a mover suavemente el aire con sus alas en el ambiente de bochorno de la cueva, purificándolo y refrescándolo. Jesús abre los ojos y sonríe. No le veo comer. Yo diría que se nutre del aroma del Paraíso, obteniendo así nuevas fuerzas.

El Sol desaparece por el poniente. Jesús toma su vacío talego y, acompañado por los ángeles que producen una tenue luz suspendidos sobre su cabeza mientras la noche cae rapidísima, se dirige hacia el Este, mejor dicho, hacia el nordeste. Ha recuperado su expresión habitual, el paso seguro. Sólo queda, como recuerdo del largo ayuno, un aspecto más ascético en su rostro delgado y pálido y en sus ojos, absortos en una alegría que no es de esta Tierra.

Anotación

Mateo 4:1-11:

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, le entró hambre.

El tentador se le acercó y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en panes". Pero Jesús respondió: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Entonces el diablo lo llevó a la Ciudad Santa, lo colocó en lo alto del Templo y le dijo: "Si eres el Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: "A sus ángeles mandará sobre ti, y te llevarán en sus manos: Y te llevarán en sus manos, para que tu pie no tropiece en piedra. Jesús le dijo: "También está escrito: No pondrás a prueba al Señor tu Dios.

El diablo le llevó de nuevo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, diciéndole: "Todo esto te daré si caes a mis pies y te postras ante mí. Entonces Jesús le dijo: "Apártate, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y sólo a él adorarás.

Y el diablo lo dejó. Y he aquí que vinieron unos ángeles y le servían.

Marcos 1:12-13:

En seguida el Espíritu llevó a Jesús al desierto, y permaneció allí cuarenta días, tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles le servían.

Lucas 4,1-13:

Jesús, lleno del Espíritu Santo, salió de las orillas del Jordán; en el Espíritu fue conducido al desierto, donde durante cuarenta días fue tentado por el diablo. No comió nada durante esos días, y cuando se cumplió el tiempo, tuvo hambre.

El diablo le dijo: "Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan". Jesús respondió: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre.

Entonces el diablo lo llevó más arriba y en un momento le mostró todos los reinos de la tierra. Le dijo: "Te daré todo este poder y la gloria de estos reinos, porque me han sido entregados y se los doy a quien quiero. Si te inclinas ante mí, tendrás todas estas cosas. Jesús le respondió: "Escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y sólo a él adorarás.

Entonces el diablo lo llevó a Jerusalén, lo puso en lo alto del Templo y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: 'A sus ángeles mandará que te guarden'; y también: 'Te llevarán en sus manos, para que tu pie no tropiece con piedra'. Jesús replicó: "Está escrito: 'No pondrás a prueba al Señor tu Dios'.

Habiendo agotado así todas las formas de tentación, el diablo se retiró de Jesús hasta la hora señalada.

ECR 47.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

47.6 El valor de la pureza es tal que — lo has visto — Satanás se preocupaba ante todo de inducirme a la impureza. Él sabe bien que la culpa sensual desmantela el alma y la hace fácil presa para las otras culpas. La atención de Satanás se dirigió a este punto capital para vencerme.

El pan, el hambre, son las formas materiales para la alegoría del apetito, de los apetitos que Satanás explota para sus fines. ¡Bien distinto es el alimento que él me ofrecía para hacerme caer como ebrio a sus pies! Después vendría la gula, el dinero, el poder, la idolatría, la blasfemia, la abjuración de la Ley divina. Mas el primer paso para poseerme era éste: el mismo que usó para herir a Adán.

Detalle

Contextualización: Jesús habla de la pureza, de la virginidad del espíritu, y vuelve a su tentación en el desierto.

Desafío: Adán y Eva cometieron un pecado de lujuria (véase la nota de Maria Valtorta más abajo).

Nota de Maria Valtorta
Cuando Jesús habla de la sensualidad que Satanás utilizó para llegar a Adán, Maria Valtorta anota en una copia mecanografiada: "El hombre como hijo de Dios había sido herido por el orgullo y la desobediencia. Quedaba el hombre animal. Estaba herido por la lujuria porque, una vez perdida la gracia, pecó como hombre natural. Jesús era Dios y hombre. Intocable como Dios. Así que sólo como "hombre" podía ser tentado por Satanás.

ECR 47.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

47.9 Sigue diciendo Jesús:

No he querido que hablases tú sobre la tentación sensual de tu Jesús. Aunque tu voz interior te había hecho entender el motivo de Satanás para moverme a la carne, he preferido hablar de ello Yo. Y no pienses nada más. Era necesario hablar de ello. Ahora pasa adelante. Deja la flor de Satanás en la arena.

ECR 69.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

69.5 He tomado verdadera carne para poder saber, por experiencia de carne, cuáles son las tentaciones del hombre».

«¿Y los pecados?».

«Todos pueden ser tentados; pecador, sólo quien quiere serlo».

«¿No has pecado nunca, Jesús?».

«Nunca he querido pecar. Y ello no porque sea el Hijo del Padre, sino que es que lo he querido y lo querré, para mostrarle al hombre que el Hijo del hombre no pecó porque no quiso pecar y que el hombre, si no quiere, puede no pecar».

«¿Has sido tentado alguna vez?».

«Tengo treinta años, Judas, y no he vivido en una cueva de un monte, sino entre los hombres. Y aunque hubiera estado en el lugar más solitario de la tierra ¿tú crees que no habrían venido las tentaciones? Todo lo tenemos en torno a nosotros: el bien y el mal. Todo lo llevamos con nosotros. Sobre el bien sopla el hálito de Dios y lo aviva como a turíbulo de gratos y sagrados inciensos. Sobre el mal sopla Satanás y, encendiéndolo, lo transforma en hoguera de feroz lengua. Mas la voluntad atenta y la oración constante son húmeda arena sobre la llamarada de infierno: la sofocan y la extinguen».

«Pero, si no has pecado jamás, ¿cómo puedes emitir tu juicio sobre los pecadores?».

«Soy hombre y soy el Hijo de Dios. Cuanto podría ignorar como hombre, y juzgarlo mal, lo conozco y juzgo como Hijo de Dios. Y, además... Judas, respóndeme a esta pregunta: uno que tiene hambre ¿sufre más cuando dice: “ahora me siento a la mesa”, o cuando dice “no hay comida para mí”?».

«Sufre más en el segundo caso, porque sólo el saberse privado del alimento le trae a la memoria el olor de las viandas, y las vísceras se retuercen de deseo».

«Exacto: la tentación es mordiente como este deseo, Judas. Satanás lo hace más agudo, exacto y seductor que cualquier acto cumplido. Además, el acto satisface, y alguna vez nausea, mientras que la tentación no desaparece, sino que, como árbol podado, echa ramas cada vez más vigorosas».

«¿Y no has cedido nunca?».

«No he cedido nunca».

«¿Cómo lo has conseguido?».

«He dicho: “Padre, no me dejes caer en la tentación”».

«¿Cómo? ¿Tú, Mesías, Tú, que obras milagros, has solicitado la ayuda del Padre?».

«No sólo la ayuda: le he pedido que no me deje caer en la tentación. ¿Tú crees que, porque Yo sea Yo, puedo prescindir del Padre? ¡Oh, no! En verdad te digo que el Padre le concede todo al Hijo, pero también el Hijo recibe todo del Padre. Y te digo que todo lo que se le pida al Padre en mi nombre será concedido.»

ECR 79.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Dónde vamos a encontrar a los pastores?».

«A cinco millas de Hebrón, en las orillas del río que decías».

«Al otro lado de aquel collado, entonces».

«Al otro lado».

«Hace mucho calor. El verano… ¿A dónde vamos después, Maestro?».

«A un lugar aún más caliente. Pero os ruego que vengáis. Viajaremos de noche. Las estrellas son tan claras, que no hay oscuridad. Os quiero mostrar un lugar…».

«¿Una ciudad?».

«No... Un lugar... que os hará comprender al Maestro... quizás mejor que sus palabras».

ECR 80

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús llega al Lugar de la Tentación, acompañado de Juan, Judas y Simón el Zelote. Es un lugar desolado. Judas pensaba que sólo había estado allí unas horas, pero el Señor le demostró que estaba equivocado. Le explicó que había ido allí para preparar su Misión. El Iscariote pensó que había estado con algunos maestros y rabinos, pero ¿quién podía enseñar algo a la Palabra de Dios?

Jesús explicó entonces que los hombres tienen un destino y que deben elegir entre el Amigo o Satanás. Por último, sugirió a los apóstoles que se quedaran aquí unos días para enseñarles el poder de la penitencia. Juan y Simón el Zelote aceptaron de buen grado. Judas se mostró menos entusiasta, pero no se atrevió a marcharse.

Al cabo de unos días, la visión de María continuó. Jesús explicó que su estancia en el desierto había durado cuarenta días y había tenido lugar durante el invierno. Explicó su bautismo, dado por Juan, y luego la Tentación del Diablo. En particular, habla de su naturaleza de Dios-Hombre y responde también a la pregunta de Judas sobre si pudo o no ser tentado. Al final de su discurso, pide a los discípulos que no hablen a María de la hostilidad del mundo hacia Jesús. Ella sufriría demasiado...

ECR 80.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Sí, nuestra permanencia aquí ha terminado. Ésta. La mía duró cuarenta días... Y os digo más: era todavía invierno en estas pendientes... y no tenía comida. Un poco más difícil que esta vez, ¿no es verdad? Sé que habéis sufrido también en este tiempo. Lo poco que teníamos y que os daba no era nada, especialmente para el hambre de los jóvenes; era suficiente sólo para impedir que languidecierais. El agua, todavía más escasa. El calor es tórrido durante el día; diréis que no hacía este calor en invierno; pero sí había un viento seco que bajaba quemando los pulmones desde aquella cima, y subía desde aquella bajura cargado de polvo desértico, y secaba más aún que este calor estivo que se puede aliviar sorbiendo el jugo de estos frutos agraces ya casi maduros. En cambio, entonces, el monte sólo proporcionaba viento y yerbas quemadas por el hielo en torno a las esqueléticas acacias. No os he dado todo porque he reservado para el regreso los últimos panes y el último queso con el último odre... Yo sé lo que fue el regreso, estando exhausto, en la soledad del desierto... Recojamos nuestras cosas y pongámonos en camino. La noche es aún más clara que la que nos condujo aquí. No hay luna, pero el cielo llueve luz. Vamos. Recordad este lugar, sabed recordar cómo se preparó Cristo y cómo se preparan los apóstoles, cuál es el modo que enseño de prepararse los apóstoles».

Detalle

Jesús permaneció unos días con Juan, Judas y Simón el Zelote en el desierto, donde fue tentado por el diablo. Esto confirma que su estancia, tras el bautismo, duró 40 días.

ECR 80.8-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« (...) Oíd. Una vez hubo uno, un hombre, que me preguntó si había sido tentado alguna vez; que me preguntó si no había pecado nunca; que me preguntó si, en la tentación, no había cedido nunca; y que se maravilló porque Yo, el Mesías, había solicitado, para resistir, la ayuda del Padre diciendo: “Padre, no me dejes caer en la tentación”».

Jesús habla despacio, con calma, como si estuviera narrando un hecho desconocido para todos... Judas baja la cabeza como cohibido, pero los otros están tan centrados en mirar a Jesús que eso les pasa desapercibido.

Jesús continúa: «Ahora vosotros, mis amigos, podréis saber lo que sólo atisbó aquel hombre. Después del bautismo — estaba limpio, pero no se está nunca suficientemente limpio respecto al Altísimo, y la humildad de decir “soy hombre y pecador” es ya bautismo que hace limpio al corazón — vine aquí. Me había llamado “el Cordero de Dios” aquel que — santo y profeta — veía la Verdad y veía bajar al Espíritu sobre el Verbo y ungirle con su crisma de amor, mientras la voz del Padre llenaba los cielos de su sonido diciendo: “He aquí a mi Hijo muy amado en quien me he complacido”. Tú, Juan, estabas presente cuando el Bautista repitió las palabras... Después del bautismo, a pesar de estar limpio por naturaleza y limpio por figura, quise “prepararme”. Sí, Judas; mírame, que mi ojo te diga lo que aún calla la boca. Mírame, Judas. Mira a tu Maestro, que no se sintió superior al hombre por ser el Mesías y que, antes bien, sabiendo que era el Hombre, quiso serlo en todo, excepto en condescender al mal. Eso es. Así».

Ahora Judas ha levantado la cara y mira a Jesús, que está frente a él. La luz de las estrellas hace brillar los ojos de Jesús como si fueran dos estrellas fijas en un pálido rostro.

80.9 «Para prepararse a ser maestro, hay que haber sido escolar. Yo, como Dios, sabía todo, con mi inteligencia, incluso, Yo podía comprender las luchas del hombre, por poder intelectivo e intelectualmente. Pero un día algún pobre amigo mío, algún pobre hijo mío, habría podido decir y decirme: “Tú no sabes qué es ser hombre y tener sentido y pasiones”. Habría sido un reproche justo. Vine aquí, o mejor, allí, a aquel monte, para prepararme... no sólo a la misión... sino también a la tentación. ¿Veis? Aquí, donde vosotros estáis, Yo fui tentado. ¿Por quién? ¿Por un mortal? No. Demasiado débil habría sido su poder. Fui tentado por Satanás directamente.

Estaba agotado. Hacía cuarenta días que no comía... Pero, mientras había estado sumergido en la oración, todo se había anulado en la alegría que significa el hablar con Dios; más que anulado, se había hecho soportable. Lo sentía como una molestia de la materia, circunscrito a la sola materia... Luego volví al mundo... a los caminos del mundo... y sentí las necesidades de quien está en el mundo: tuve hambre, tuve sed, sentí el frío punzante de la noche desértica, sentí el cuerpo agotado por la falta de descanso y de lecho y por el largo camino recorrido en condiciones de debilidad tal, que me impedían continuar...

Porque Yo también tengo una carne, amigos, una verdadera carne, sujeta a las mismas debilidades que tiene toda carne, y con la carne tengo un corazón. Sí. Del hombre he tomado la primera y la segunda de las tres partes que le constituyen. He tomado la materia con sus exigencias y lo moral con sus pasiones. Y, si por voluntad propia he doblegado en el momento de su nacimiento todas las pasiones no buenas, he dejado que crecieran poderosas como cedros seculares las santas pasiones del amor filial, del amor patrio, de las amistades, del trabajo, de todo lo que es óptimo y santo. Aquí sentí nostalgia de mi Madre lejana, aquí sentí necesidad de que Ella prodigara sus cuidados a mi fragilidad humana, aquí sentí renovarse el dolor de haberme separado de la Única que me amaba perfectamente, aquí presentí el dolor que me está reservado y el dolor de su dolor; pobre Mamá, se le agotarán las lágrimas de tantas como deberá esparcir por su Hijo y por obra de los hombres. Aquí sentí el cansancio del héroe y del asceta que en una hora de premonición se hace conocedor de la inutilidad de su esfuerzo... Lloré... La tristeza... reclamo mágico para Satanás. No es pecado estar tristes si la hora es penosa, es pecado ceder más allá de la tristeza y caer en inercia o desesperación. Y Satanás en seguida acude cuando ve a uno caído en languidez de espíritu.

Vino. Bajo apariencia de benigno viandante. Toma siempre formas benignas... Yo tenía hambre... y tenía mis treinta años en la sangre. Me ofreció su ayuda. En primer lugar me dijo: “Di a estas piedras que se conviertan en pan”. Pero antes... sí... antes me había hablado de la mujer... ¡Oh, él sabe hablar de ella, la conoce a fondo! La corrompió primero, para hacerla su aliada de corrupción. No soy sólo el Hijo de Dios, soy Jesús, el obrero de Nazaret. A aquel hombre que me hablaba, preguntándome si conocía tentación, y casi me acusaba de ser injustamente beato por no haber pecado, le dije: “El acto se aplaca en la satisfacción. La tentación rechazada no cae, sino que se hace más fuerte, y a ello concurre Satanás azuzándola”. Rechacé la tentación tanto del hambre de la mujer como del hambre del pan. Y debéis saber que Satanás me presentaba la primera — y no estaba equivocado, humanamente hablando — como la mejor aliada para afirmarse en el mundo.

La Tentación — no vencida por mi respuesta: “no sólo de sentido vive el hombre” — me habló entonces de mi misión. Quería seducir al Mesías después de haber tentado al Joven, y me incitó a aniquilar a los indignos ministros del Templo con un milagro... No se rebaja el milagro, llama del cielo, a hacer de él un círculo de mimbre con que coronarse... No se tienta a Dios pidiendo milagros para fines humanos. Esto quería Satanás. El motivo presentado era el pretexto, la verdad era: “Gloríate de ser el Mesías”; para llevarme a la otra concupiscencia, la del orgullo.

No vencido por mi “no tentarás al Señor tu Dios”, me insidió con la tercera fuerza de su naturaleza: el oro. ¡Oh, el oro! Gran cosa el pan y mayor aún la mujer, para quien anhela el alimento o el placer; grandísima cosa es para el hombre la aclamación de las multitudes... Por estas tres cosas, ¡cuántos delitos se cometen! ¡Ah!, pero el oro... el oro... llave que abre, círculo que suelda, es el alfa y el omega de noventa y nueve de cada cien de las acciones humanas. Por el pan y la mujer, el hombre se hace ladrón; por el poder, homicida incluso; pero por el oro se hace idólatra. Satanás, el rey del oro, me ofreció su oro a condición de que le adorase... Le traspasé con las palabras eternas: “Adorarás sólo al Señor tu Dios”.

Aquí, aquí sucedió esto».

80.10 Jesús se ha puesto en pie. En el marco de la naturaleza llana que le circunda y de la luz ligeramente fosforescente que llueve de las estrellas, parece más alto que de costumbre. También los discípulos se levantan. Jesús sigue hablando, mirando fija e intensamente a Judas.

«Entonces vinieron los ángeles del Señor... El Hombre había vencido la triple batalla. El hombre sabía qué quería decir ser hombre, y había vencido; estaba exhausto, la lucha había sido más agotadora que el largo ayuno... Mas el espíritu descollaba en gran medida... Yo creo que ante este completarme como criatura dotada de cognición se estremecieron los Cielos. Yo creo que desde ese momento vino a mí el poder de milagros. Había sido Dios. Yo me había hecho el Hombre. Ahora, venciendo al animal que estaba unido a la naturaleza del hombre, he aquí que Yo era el Hombre-Dios, lo soy. Como Dios todo lo puedo, como Hombre todo lo conozco. Haced también vosotros como Yo si queréis hacer lo que Yo hago, y hacedlo en memoria mía.

Aquel hombre se maravillaba de que hubiera solicitado la ayuda del Padre, y de que le hubiera rogado que no me dejara caer en tentación, es decir, que no me dejara a merced de la Tentación más allá de mis fuerzas. Creo que aquel hombre, ahora que sabe, ya no se asombrará. Actuad también vosotros así, en memoria mía y para vencer como Yo, y no dudéis nunca viéndome fuerte en todas las tentaciones de la vida, victorioso en las batallas de los cinco sentidos, del sentido y del sentimiento, sobre mi naturaleza de verdadero Hombre (la que tengo además de mi naturaleza de Dios). Recordad todo esto.

80.11 Os había prometido llevaros a donde hubierais podido conocer al Maestro... desde el alba de su día (un alba pura como esta que está naciendo) hasta el mediodía de su vida, aquél del cual me alejé para ir hacia mi humana tarde... Le dije a uno de vosotros: “Yo también me he preparado”; ahora veis que era verdad.

Os doy las gracias por haberme hecho compañía en este retorno al lugar natal y al lugar penitencial. Los primeros contactos con el mundo me habían nauseado y desilusionado; es demasiado feo. Ahora mi alma está nutrida de la médula del león: de la fusión con el Padre en la oración y en la soledad. Puedo volver al mundo para coger de nuevo mi cruz, mi primera cruz de Redentor, la del contacto con el mundo, con el mundo en el que demasiado pocas son las almas cuyo nombre es María, cuyo nombre es Juan...

Detalle

Resumen: Lección sobre la tentación de Cristo. En ella se aborda el tema de Satanás, la tentación del Señor, el hecho de que es el Hombre-Dios y, por lo tanto, el Hijo del Hombre...

Anotación

Mateo 3, 13-17 y 4, 1-11: Entonces apareció Jesús. Había venido desde Galilea hasta el Jordán, junto a Juan, para que él lo bautizara. Juan quería impedírselo y le decía: «¡Soy yo quien necesita que tú me bautices, y eres tú quien viene a mí!». Pero Jesús le respondió: «Déjalo así por ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia». Entonces Juan lo dejó hacer. En cuanto Jesús fue bautizado, salió del agua, y he aquí que se abrieron los cielos: vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y posarse sobre él. Y desde los cielos se oyó una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis delicias».

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Tras ayunar cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.

El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes». Pero Jesús respondió: «Está escrito: El hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Entonces el diablo lo llevó a la Ciudad Santa, lo puso en lo alto del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque está escrito: Él dará órdenes a sus ángeles a tu favor, y: Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Jesús le respondió: «También está escrito: No pondrás a prueba al Señor tu Dios».

El diablo lo llevó de nuevo a una montaña muy alta y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria. Le dijo: «Todo esto te lo daré si, postrándote a mis pies, me rindes culto». Entonces Jesús le dijo: «¡Apártate, Satanás! Porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo le rendirás culto”».

Entonces el diablo lo abandonó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.

Marcos 1, 9-13

En aquellos días, Jesús vino de Nazaret, ciudad de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y, al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu descendía sobre él como una paloma. Se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo mis delicias». » Inmediatamente, el Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde permaneció cuarenta días, tentado por Satanás. Vivía entre las bestias salvajes, y los ángeles le servían.

Lucas 3, 21-22 y 4, 1-13: Mientras todo el pueblo se hacía bautizar y, tras haber sido bautizado también él, Jesús oraba, se abrió el cielo. El Espíritu Santo, en forma corporal, como una paloma, descendió sobre Jesús, y se oyó una voz que venía del cielo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti encuentro mi alegría».

Jesús, lleno del Espíritu Santo, salió de las orillas del Jordán; impulsado por el Espíritu, fue llevado por el desierto, donde, durante cuarenta días, fue tentado por el diablo. No comió nada durante esos días y, cuando se cumplió ese tiempo, tuvo hambre.

Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena a esta piedra que se convierta en pan». Jesús respondió: «Está escrito: El hombre no vive solo de pan».

Entonces el diablo lo llevó a un lugar más alto y le mostró en un instante todos los reinos de la tierra. Le dijo: «Te daré todo este poder y la gloria de estos reinos, pues a mí me ha sido entregado y lo doy a quien quiero. Así pues, si te postras ante mí, todo esto será tuyo». Jesús le respondió: «Está escrito: “Al Señor tu Dios te postrarás, y solo a él rendirás culto”».

A continuación, el diablo lo llevó a Jerusalén, lo colocó en lo alto del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate desde aquí abajo; pues está escrito: “Él ordenará a sus ángeles que te protejan; y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”». Jesús le respondió: «Está escrito: “No pondrás a prueba al Señor tu Dios”».

Habiendo agotado así todas las formas de tentación, el diablo se alejó de Jesús hasta el momento señalado.

Juan 1, 29-34: Al día siguiente, al ver a Jesús que venía hacia él, Juan exclamó: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; de él es de quien dije: “El que viene detrás de mí me ha precedido, porque existía antes que yo”. Y yo no lo conocía; pero si he venido a bautizar con agua, es para que se manifieste a Israel». Entonces Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo como una paloma y posarse sobre él. Y yo no lo conocía; pero aquel que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio: este es el Hijo de Dios».