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Notas del tema

La infancia y la vida oculta de Jesucristo en la EMV

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ECR 30.1-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

30.1 Y ahora veo extensos campos. La Luna está en su cenit surcando tranquila un cielo colmado de estrellas. Parecen bullones de diamante hincados en un enorme palio de terciopelo azul oscuro; la Luna ríe en medio con su carota blanquísima de la que descienden ríos de luz láctea que pone blanca la tierra. Los árboles, desnudos, sobre este suelo emblanquecido, parecen más altos y negros; y los muros bajos, que acá o allá se levantan como lindes, parecen de leche. Una casita lejana parece un bloque de mármol de Carrara.

A mi derecha veo un recinto, dos de cuyos lados son un seto de espinos; los otros dos, una tapia baja y tosca. En ésta apoya la techumbre de una especie de cobertizo ancho y bajo, que en el interior del recinto está construido parte de fábrica y parte de madera: como si en verano las partes de madera se debieran quitar y se transformase así el cobertizo en un pórtico. De dentro del cercado viene, de tanto en tanto, un balar intermitente y breve. Deben ser ovejas que sueñan, o que quizás creen que pronto se hará de día, por la luz que da la Luna; una luz que es tan intensa que incluso es excesiva y que aumenta como si el astro se estuviera acercando a la Tierra o centellease debido a un misterioso incendio.

30.2 Un pastor se asoma a la puerta, se lleva un brazo a la frente para proteger los ojos y mira hacia arriba. Parece imposible que uno tenga que proteger los ojos de la luz de la Luna, pero, en este caso es tan intensa que ciega, especialmente si uno sale de un lugar cerrado oscuro. Todo está en calma, pero esa luz produce estupor.

El pastor llama a sus compañeros. Salen todos a la puerta: un grupo numeroso de hombres rudos, de distintas edades. Entre ellos hay algunos que apenas si han llegado a la adolescencia, otros ya tienen el pelo cano. Comentan este hecho extraño. Los más jóvenes tienen miedo, especialmente uno, un chiquillo de unos doce años, que se echa a llorar, con lo cual se hace objeto de las burlas de los más mayores.

«¿A qué le tienes miedo, tonto?» le dice el más viejo. «¿No ves qué serenidad en el ambiente? ¿No has visto nunca resplandecer la Luna? ¿Has estado siempre pegado a las faldas de tu madre, como un pollito a la gallina, no? ¡Pues anda que no tendrás que ver cosas! Una vez, yo había llegado hasta los montes del Líbano, e incluso los había sobrepasado, hacia arriba. Era joven, no me pesaba andar — incluso era rico entonces —... Una noche vi una luz de tal intensidad que pensé que estuviera volviendo Elías en su carro de fuego. El cielo estaba todo de fuego. Un viejo — entonces el viejo era él — me dijo: “Un gran advenimiento está para llegar al mundo”. Y para nosotros supuso una desventura, porque vinieron los soldados de Roma. ¡Oh, muchas cosas tendrás que ver, si la vida te da años!...».

30.3 Pero el pastorcillo ya no le está escuchando. Parece haber perdido incluso el miedo. De hecho, alejándose del umbral de la puerta, dejando a hurtadillas la espalda de un musculoso pastor, detrás del cual estaba refugiado, sale al redil herboso que está delante del cobertizo. Mira hacia arriba y se pone a caminar como un sonámbulo, o como uno que estuviera hipnotizado por algo que le embelesara. Llegado un momento grita: «¡Oh!» y se queda como petrificado, con los brazos un poco abiertos.

Los demás se miran estupefactos.

«Pero, ¿qué le pasa a ese tonto?» dice uno.

«Mañana le mando con su madre. No quiero locos cuidando a las ovejas» dice otro.

El anciano que estaba hablando poco antes dice: «Vamos a ver antes de juzgar. Llamad también a los que están durmiendo y coged palos. No vaya a ser un animal malo o gente malintencionada...».

Entran llamando a los otros pastores, y salen con teas y garrotes. Llegan donde el muchacho.

«Allí, allí» susurra sonriendo. «Más arriba del árbol, mirad esa luz que se está aproximando. Parece como si siguiera el rayo de la Luna. Mirad. Se acerca. ¡Qué bonita es!».

«Yo lo único que veo es una luz más viva».

«Yo también».

«Yo también» dicen los otros.

«No. Yo veo como un cuerpo» dice uno. Le reconozco: es el pastor que ofreció leche a María.

«¡Es un... es un ángel!» grita el niño. «Mirad, está bajando, y se acerca... ¡De rodillas ante el ángel de Dios!».

Un «¡oh!» largo y lleno de veneración se alza del grupo de los pastores, que caen rostro en tierra. Cuanto más ancianos son, más contra el suelo se les ve por la aparición fulgente. Los jovencitos están de rodillas, pero miran al ángel, que se aproxima cada vez más, hasta detenerse, candor de perla en el candor de luna que le circunda, suspendido en el aire, moviendo sus grandes alas, a la altura de la tapia del recinto.

«No temáis. No vengo como portador de desventura, sino que os traigo el anuncio de un gran gozo para el pueblo de Israel y para todo el pueblo de la tierra». La voz angélica es como una armonía de arpa acompañada del canto de gargantas de ruiseñores.

«Hoy en la ciudad de David ha nacido el Salvador». Al decir esto, el ángel abre más grandes las alas, y las mueve como por un sobresalto de alegría, y una lluvia de chispas de oro y de piedras preciosas parece desprenderse de ellas. Un verdadero arco iris de triunfo sobre el pobre redil.

«... el Salvador, que es Cristo». El ángel resplandece con mayor luz. Sus dos alas, ahora ya detenidas, tendiendo su punta hacia el cielo, como dos velas inmóviles sobre el zafiro del mar, parecen dos llamas que suben ardiendo.

«...¡Cristo, el Señor!». El ángel recoge sus dos fúlgidas alas y con ellas se cubre — es como un manto de diamante sobre un vestido de perla —, se inclina como adorando, con las manos cruzadas sobre su corazón; su rostro, inclinado sobre su pecho, queda oculto entre la sombra de los vértices de las alas recogidas. No se ve sino una oblonga forma luminosa, inmóvil durante el tiempo que dura un “Gloria”.

Se mueve de nuevo. Vuelve a abrir las alas, levanta ese rostro suyo en que luz y sonrisa paradisíaca se funden, y dice: «Le reconoceréis por estas señales: en un pobre establo, detrás de Belén, encontraréis a un niño envuelto en pañales en un pesebre, pues para el Mesías no había un techo en la ciudad de David». El ángel se pone serio al decir esto; más que serio, triste.

30.4 Y del Cielo vienen muchos — ¡oh, cuántos! — muchos ángeles semejantes a él, una escalera de ángeles que desciende exultando y anulando la Luna con su resplandor paradisíaco, y se reúnen en torno al ángel anunciador, batiendo las alas, emanando perfumes, con un arpegio de notas en que las más hermosas voces de la creación encuentran un recuerdo, alcanzada en este caso la perfección del sonido. Si la pintura es el esfuerzo de la materia para transformarse en luz, aquí la melodía es el esfuerzo de la música para hacer resplandecer ante los hombres la belleza de Dios; y oír esta melodía es conocer el Paraíso, donde todo es armonía de amor, que de Dios emana para hacer dichosos a los bienaventurados, y que de éstos va a Dios para decirle: «¡Te amamos!».

El “Gloria” angélico se extiende en ondas cada vez más vastas por los campos tranquilos, y con él la luz. Las aves unen a ello un canto que es saludo a esta luz precoz, y las ovejas sus balidos por este sol anticipado. Mas a mí, como ya con el buey y el asno en la gruta, me place creer que es el saludo de los animales a su Creador, que viene a ellos para amarlos como Hombre además de como Dios.

El canto se hace más tenue, y la luz, mientras los ángeles retornan al Cielo...

30.5 ...Los pastores vuelven en sí.

«¿Has oído?».

«¿Vamos a ver?».

«¿Y las ovejas?».

«¡No les sucederá nada! ¡Vamos para obedecer a la palabra de Dios!...».

«Pero, ¿a dónde?».

«¿Ha dicho que ha nacido hoy? ¿y que no ha encontrado sitio en Belén?». El que habla ahora es el pastor que ofreció la leche. «Venid, yo sé. He visto a la Mujer y me ha dado pena. He indicado un lugar para Ella, porque pensaba que no encontrarían hospedaje, y al hombre le he dado leche para Ella. Es muy joven y hermosa. Debe ser tan buena como el ángel que nos ha hablado. Venid. Venid. Vamos a coger leche, quesos, corderos y pieles curtidas. Deben ser muy pobres y... ¡quién sabe qué frío no tendrá Aquel a quien no oso nombrar! Y pensar que yo le he hablado a la Madre como si se tratara de una pobre esposa cualquiera!...».

Entran en el cobertizo y, al poco rato, salen; quién con unas pequeñas cantimploras de leche, quién con unos quesitos de forma redondeada dentro de unas rejillas de esparto entretejido, quién con cestas con un corderito balando, quién con pieles de oveja curtidas.

«Yo llevo una oveja. Ha parido hace un mes. Tiene la leche buena. Les puede venir bien, si la Mujer no tiene leche. Me parecía una niña, ¡y tan blanca!... Un rostro de jazmín bajo la luna» dice el pastor que ofreció la leche. Y los guía.

30.6 Caminan bajo la luz de la luna y de las teas, tras haber cerrado el cobertizo y el recinto. Van por senderos rurales, entre setos de espinos deshojados por el invierno.

Van a la parte de atrás de Belén. Llegan al establo, yendo no por la parte por la que fue María, sino por la opuesta, de forma que no pasan por delante de los establos más lindos, y aquél es el primero que encuentran. Se acercan a la entrada.

«¡Entra!».

«No me atrevo».

«Entra tú».

«No».

«Mira, al menos».

«Tú, Leví, mira tú que has sido el primero que ha visto al ángel, que es señal de que eres mejor que nosotros». La verdad es que antes le han llamado loco... pero ahora les conviene que él se atreva a lo que ellos no tienen el valor de hacer.

El muchacho vacila, pero luego se decide. Se acerca a la entrada, descorre un poquito el manto, mira, y... se queda extático.

«¿Qué ves?» le preguntan ansiosos en voz baja.

«Veo a una mujer, joven y hermosa, y a un hombre inclinados hacia un pesebre, y oigo..., oigo que llora un niñito, y la mujer le habla con una voz... ¡oh, qué voz!».

«¿Qué dice?».

«Dice: “¡Jesús, pequeñito! ¡Jesús, amor de tu Mamá! ¡No llores, Hijito!”. Dice: “¡Ay, si pudiera decirte: ‘Toma la leche, pequeñin’! Pero no la tengo todavía”. Dice: “¡Tienes mucho frío, amor mío! Y te pincha el heno. ¡Qué dolor para tu Mamá oírte llorar así, y no poderte aliviar!”. Dice: “¡Duerme, alma mía! ¡Que se me rompe el corazón oyéndote llorar y viéndote verter lágrimas!”, y le besa y se ve que le está calentando los piececitos con sus manos, porque está inclinada con los brazos dentro del pesebre».

«¡Llama! ¡Que te oigan!».

«Yo no. Tú, que nos has traído y que la conoces».

El pastor abre la boca, pero se limita a farfullar unos sonidos.

30.7 José se vuelve y va a la puerta. «¿Quiénes sois?».

«Pastores. Os traemos comida y lana. Venimos a adorar al Salvador».

«Entrad».

Entran. Las teas iluminan el establo. Los viejos empujan a los niños delante de ellos.

María se vuelve y sonríe. «Venid» dice. «¡Venid!» y los invita con la mano y la sonrisa; toma al que había visto al ángel y le acerca hacia sí, hasta el mismo pesebre. El niño mira con beatitud.

Los otros, invitados también por José, se arriman con sus dones y los depositan, con breves y emocionadas palabras, a los pies de María. Luego miran al Niño, que está llorando quedo, y sonríen emocionados y dichosos.

Uno de ellos, más intrépido, dice: «Toma, Madre. Es suave y está limpia. La había preparado para mi hijo, que está para nacer. Yo te la doy. Arropa a tu Hijo en esta lana; la sentirá suave y caliente». Y le ofrece una piel de oveja, una piel preciosa de abundante lana blanca y larga.

María alza a Jesús y le envuelve en la piel. Luego se lo muestra a los pastores, los cuales, de rodillas sobre el heno del suelo, le miran extasiados.

Sintiéndose más valerosos, uno de ellos propone: «Habría que darle un sorbo de leche, o mejor: agua y miel. Pero no tenemos miel. Se les da a los niñitos. Yo tengo siete hijos y entiendo de ello...».

«Aquí está la leche. Toma, Mujer».

«Pero está fría. Tiene que ser caliente. ¿Dónde está Elías? Él tiene la oveja».

Elías debe ser el de la leche, pero no está; se había quedado afuera y ahora está mirando por el portillo, y en la oscuridad de la noche se difumina.

«¿Quién os ha conducido aquí?».

«Un ángel nos ha dicho que viniéramos, luego Elías nos ha guiado hasta aquí. Pero, ¿dónde está ahora?».

La oveja le delata con un balido.

«Ven. Se te requiere».

Entra con su oveja, avergonzado por ser el más notado.

«¿Eres tú!» dice José habiéndole reconocido; María, por su parte, le sonríe diciendo: «Eres bueno».

Ordeñan a la oveja y, con la punta de un paño embebido de leche caliente y espumosa, María moja los labios del Niño, el cual absorbe ese dulzor cremoso. Todos sonríen, y más aún cuando, con la punta de tela todavía entre sus labiecitos, Jesús se duerme bajo el calor de la lana.

30.8 «Pero aquí no podéis quedaros. Hace frío y hay humedad. Y además... demasiado olor a animales. No es bueno... y... no está bien para el Salvador».

«Lo sé» dice María suspirando profundamente «pero, no hay sitio para nosotros en Belén».

«Ánimo, Mujer. Nosotros te buscaremos una casa».

«Se lo digo a mi ama» dice el de la leche, Elías. «Es buena. Os recibirá, aunque tuviera que ceder su propia habitación. Nada más que amanezca se lo digo. Su casa está llena de gente, pero os dejará un sitio».

«Por lo menos para mi Niño. Yo y José podemos estar incluso en el suelo. Pero, para el Pequeñuelo...».

«No te angusties, Mujer; yo me ocupo de eso. Y diremos a muchos lo que nos ha sido comunicado. No os faltará nada. Por el momento, recibid lo que nuestra pobreza os puede dar. Somos pastores...».

«Nosotros también somos pobres, y no os podemos pagar» dice José.

«¡Oh..., ni lo queremos! ¡Aunque pudierais, no querríamos! El Señor ya nos ha retribuido. Él ha prometido la paz a todos. Los ángeles decían esto: “Paz a los hombres de buena voluntad”. Pero a nosotros nos la ha dado ya, porque el ángel ha dicho que este Niño es el Salvador, que es Cristo, el Señor. Somos pobres e ignorantes, pero sabemos que los Profetas dicen que el Salvador será el Príncipe de la Paz. Y a nosotros nos ha dicho que viniéramos a adorarle. Por eso nos ha dado su paz. ¡Gloria a Dios en el Cielo altísimo y gloria a este Cristo suyo, y bendita seas tú, Mujer, que le has engendrado! Eres santa porque has merecido llevarle en ti. Como Reina, mándanos; que servirte será para nosotros motivo de felicidad. ¿Qué podemos hacer por ti?».

«Amar a mi Hijo y conservar siempre en el corazón estos pensamientos».

«¿Y para ti? ¿No deseas nada? ¿No tienes familiares a los que quieras comunicar que Él ha nacido?».

«Sí, los tengo... pero no están cerca de aquí, están en Hebrón...».

«Voy yo» dice Elías. «¿Quiénes son?».

«Zacarías, el sacerdote, e Isabel, mi prima».

«¿Zacarías? ¡Le conozco bien! En verano subo a esos montes porque tienen pastos abundantes y buenos, y soy amigo de su pastor. Después de que te vea establecida voy adonde Zacarías».

«Gracias, Elías».

«Nada de gracias. Es un gran honor para mí, que soy un pobre pastor, ir a hablar con el sacerdote y decirle que ha nacido el Salvador».

«No. Le dirás: “Ha dicho María de Nazaret, tu prima, que Jesús ha nacido y que vayas a Belén”».

«Eso diré».

«Que Dios te lo pague.

30.9 Me acordaré de ti, de todos vosotros...».

«¿Le hablarás a tu Niño de nosotros?».

«Lo haré».

«Yo soy Elías».

«Y yo, Leví».

«Y yo, Samuel».

«Y yo, Jonás».

«Y yo, Isaac».

«Y yo, Tobías».

«Y yo, Jonatán».

«Y yo, Daniel».

«Simeón, yo».

«Yo me llamo Juan».

«Yo, José; y mi hermano, Benjamín. Somos gemelos».

«Recordaré vuestros nombres».

«Tenemos que marcharnos... pero volveremos... ¡Y te traeremos a otros para adorar!...».

«¿Cómo volver al aprisco dejando a este Niño?».

«¡Gloria a Dios que nos lo ha mostrado!».

«Déjanos besar su vestido» dice Leví con una sonrisa de ángel.

María alza despacio a Jesús y, sentada sobre el heno, ofrece los piececitos arropados para que los besen. Y los pastores se inclinan hasta el suelo y besan esos piececitos minúsculos cubiertos por la tela. Quien tiene barba primero se la adereza. Casi todos lloran y, cuando tienen que marcharse, salen caminando hacia atrás, dejando allí su corazón...

La visión me termina así, con María sentada en la paja con el Niño en su regazo, y José mirando y adorando, apoyado con un codo en el pesebre.

Anotación

El ángel que se aparece a los pastores, y en particular a Leví, es san Gabriel arcángel. Jesús lo confirma en EMV 136,6.

Lucas 2,8-20:

En la misma región había unos pastores que vivían fuera y pasaban la noche en el campo para cuidar de sus rebaños. El ángel del Señor se presentó ante ellos y la gloria del Señor brilló a su alrededor. Se asustaron mucho. El ángel les dijo: "No temáis, porque os anuncio una gran alegría para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Y ésta es la señal que se os ha dado: encontraréis a un recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre". Y de repente apareció con el ángel una innumerable compañía celestial, que alababa a Dios y decía: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que Él ama."

Cuando los ángeles hubieron dejado a los pastores para ir al cielo, se dijeron unos a otros: "Vayamos a Belén para ver lo que ha sucedido, el acontecimiento que el Señor nos ha dado a conocer". Se apresuraron a llegar allí y encontraron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre. Cuando lo hubieron visto, contaron lo que se les había anunciado acerca del niño. Y todos los que oyeron se asombraron de lo que los pastores les habían contado. María, sin embargo, recordaba todos estos acontecimientos y los meditaba en su corazón. Los pastores se pusieron de nuevo en camino, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había predicho.

ECR 30.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Se acerca a la entrada, descorre un poquito el manto, mira, y... se queda extático.

«¿Qué ves?» le preguntan ansiosos en voz baja.

«Veo a una mujer, joven y hermosa, y a un hombre inclinados hacia un pesebre, y oigo..., oigo que llora un niñito, y la mujer le habla con una voz... ¡oh, qué voz!».

«¿Qué dice?».

«Dice: “¡Jesús, pequeñito! ¡Jesús, amor de tu Mamá! ¡No llores, Hijito!”. Dice: “¡Ay, si pudiera decirte: ‘Toma la leche, pequeñin’! Pero no la tengo todavía”. Dice: “¡Tienes mucho frío, amor mío! Y te pincha el heno. ¡Qué dolor para tu Mamá oírte llorar así, y no poderte aliviar!”. Dice: “¡Duerme, alma mía! ¡Que se me rompe el corazón oyéndote llorar y viéndote verter lágrimas!”, y le besa y se ve que le está calentando los piececitos con sus manos, porque está inclinada con los brazos dentro del pesebre».

Detalle

Leví, el más joven de los pastores, se unió a sus compañeros en el pesebre.

ECR 30.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Ordeñan a la oveja y, con la punta de un paño embebido de leche caliente y espumosa, María moja los labios del Niño, el cual absorbe ese dulzor cremoso. Todos sonríen, y más aún cuando, con la punta de tela todavía entre sus labiecitos, Jesús se duerme bajo el calor de la lana.

Palabras clave

ECR 31.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Me dijo el hombre que me enviasteis que cuando nació el Niño estabais sin casa. ¡Lo que habréis tenido que pasar!...».

«Sí, verdaderamente lo hemos pasado muy mal; pero era mayor el miedo que la precariedad en que nos encontrábamos. Teníamos miedo de que esta precariedad le pudiera perjudicar al Niño. Y los primeros días tuvimos que pasarlos allí. A nosotros no nos faltaba nada, porque los pastores habían transmitido la buena nueva a los betlemitas y muchos vinieron con dones. Pero faltaba una casa, faltaba una habitación resguardada, un lecho... y Jesús lloraba mucho, especialmente por la noche, por el viento que entraba por todas partes. Yo encendía un poco de fuego, pero poco, porque el humo le hacía toser al Niño... y así el frío seguía. Dos animales calientan poco, ¡y menos todavía en un sitio donde el aire entra por todas partes! Faltaba agua caliente para lavarle, faltaba ropa seca para cambiarle... ¡Oh! ¡Ha sufrido mucho! Y María sufría al verle sufrir. ¡Sufría yo... conque te puedes hacer una idea Ella, que es su Madre! Le daba leche y lágrimas, leche y amor... Ahora aquí estamos mejor. Yo había hecho una cuna muy cómoda y María había puesto un colchoncito blando. ¡Pero la tenemos en Nazaret! ¡Ah, si hubiera nacido allí, habría sido distinto!».

«Pero el Cristo tenía que nacer en Belén. Así estaba profetizado».

ECR 31.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

31.2 María ha oído que hablaban y entra. Está toda vestida de lana blanca. Ya no lleva el vestido oscuro que tenía durante el viaje y en la gruta. Con este de ahora está enteramente blanca, como ya la he visto otras veces; no lleva nada en la cabeza. En sus brazos sí, a Jesús, que está durmiendo, satisfecho de leche, envuelto en sus blancos pañales.

Zacarías se alza reverente y se inclina con veneración. Luego se acerca y mira a Jesús dando señales de un grandísimo respeto. Está inclinado, no tanto para verle mejor, cuanto para rendirle homenaje. María se lo ofrece. Zacarías le toma con tal adoración que parece como si estuviera elevando un ostensorio. Efectivamente, está cogiendo en brazos la Hostia, la Hostia ya ofrecida, que será inmolada sólo cuando se haya dado a los hombres como alimento de amor y de redención. Zacarías devuelve Jesús a María.

ECR 31.4-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

31.4 «¿Nazaret? Pero si debéis quedaros aquí. El Mesías debe crecer en Belén. Es la ciudad de David. El Altísimo le ha traído, a través de la voluntad de César, a nacer en la tierra de David, la tierra santa de Judea. ¿Por qué llevarle a Nazaret? Ya sabéis qué es lo que piensan los judíos de los nazarenos. El día de mañana este Niño deberá ser el Salvador de su pueblo. La capital no debe despreciar a su Rey por el hecho de despreciar a su ciudad de proveniencia. Vosotros sabéis como yo lo insidioso que es en sus razonamientos el Sanedrín y lo desdeñosas que son las tres castas principales... Además aquí, no lejos de mí, podré ayudaros bastante, y podré poner todo lo que tengo — no tanto de cosas materiales cuanto de dones morales — al servicio de este Recién Nacido. Y cuando esté en edad de entender me sentiré dichoso de ser maestro suyo, como de mi hijo, para que así, incluso, cuando sea mayor, me bendiga. Tenemos que pensar en el gran destino suyo, y que, por tanto, debe poderse presentar al mundo con todas las cartas para poder ganar fácilmente su partida. Está claro que Él poseerá la Sabiduría, pero el solo hecho de que haya tenido a un sacerdote por maestro le hará más acepto a los difíciles fariseos y a los escribas, y le facilitará la misión».

31.5 María mira a José, José mira a María. Por encima de la cabeza inocente del Niño, que duerme rosado y ajeno a lo que le rodea, se entreteje un mudo intercambio de preguntas. Son preguntas veladas de tristeza. María piensa en su casita; José, en su trabajo. Aquí habría que partir de cero, en un lugar en que, apenas unos días antes, nadie los conocía. En este lugar no hay ninguna de esas cosas amadas dejadas allí, y que habían sido preparadas para el Niño con gran amor.

Y María lo dice: «¿Cómo hacemos? Allí hemos dejado todo. José ha trabajado para mi Jesús sin ahorrar esfuerzo ni dinero. Ha trabajado de noche, para trabajar durante el día para los demás y ganar así lo necesario para poder comprar las maderas más bonitas, la lana más esponjosa, el lino más cándido, para preparar todo para Jesús. Ha hecho colmenas, ha trabajado hasta de albañil para darle otra distribución a la casa, de forma que la cuna pudiera estar en mi habitación hasta que Jesús fuese más grande, y que luego pudiese dar espacio a la cama; porque Jesús estará conmigo hasta que sea un jovencito».

«José puede ir a recoger lo que habéis dejado».

«¿Y dónde lo metemos? Como tú sabes, Zacarías, nosotros somos pobres. No tenemos más que el trabajo y la casa. Y ambos nos dan para tirar adelante sin pasar hambre. Pero aquí... trabajo encontraremos, quizás, pero tendremos que pensar de todas formas en una casa. Esta buena mujer no nos puede hospedar permanentemente, y yo no puedo sacrificar a José más de lo que ya lo está por mí».

«¡Oh, yo! ¡Por mí no es nada! Me preocupa el dolor de María, el dolor de no vivir en su casa...».

Le brotan a María dos lagrimones.

«Yo creo que debe amar esa casa como el Paraíso, por el prodigio que allí tuvo lugar en Ella... Hablo poco, pero entiendo mucho. Si no fuera por este motivo, no me sentiría afligido. A fin de cuentas, lo único es que trabajaré el doble, pero soy fuerte y joven como para trabajar el doble de lo acostumbrado y cubrir todas las necesidades. Si María no sufre demasiado... si tú dices que se debe hacer así... por mí... aquí estoy. Haré lo que estiméis más justo. Basta con que le sea útil a Jesús».

«Ciertamente será útil. Pensad en ello y veréis los motivos».

«Se dice también que el Mesías será llamado Nazareno...». objeta María.

«Cierto. Pero, al menos hasta que se haga adulto, haced que crezca en Judea. Dice el Profeta: “Y tú, Belén Efratá, serás la más grande, porque de ti saldrá el Salvador”. No habla de Nazaret. Quizás ese apelativo se le dará por un motivo que desconocemos. Pero su tierra es ésta».

«Tú lo dices, sacerdote, y nosotros... y nosotros con dolor te escuchamos... y seguimos tu consejo. ¡Y qué dolor!... ¿Cuándo veré aquella casa donde fui Madre?». María llora quedo. Y yo entiendo este llanto suyo... ¡Vaya que si lo entiendo!

La visión me termina con este llanto de María.

Detalle

Después de la Natividad, Zacarías fue a visitar a José y María. Se opuso a que la Sagrada Familia regresara a Nazaret.

ECR 31.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Obedecer salva siempre. Aunque no sea en todo perfecto el consejo que se recibe.

Tú has visto que nosotros obedecimos, y el fruto fue bueno. Verdad es que Herodes se limitó a ordenar el exterminio de los niños de Belén y de los alrededores. Pero, ¿no habría podido, acaso, Satanás llevar estas ondas de odio, propagarlas, mucho más allá de Belén, y persuadir a un simil delito a todos los poderosos de Palestina para lograr matar al futuro Rey de los judíos? Sí, habría podido. Y esto habría sucedido en los primeros tiempos del Cristo, cuando el repetirse de los prodigios ya había despertado la atención de las muchedumbres y el ojo de los poderosos. Y, si ello hubiera sucedido, ¿cómo habríamos podido atravesar toda Palestina para ir, desde la lejana Nazaret, a Egipto, tierra que daba asilo a los hebreos perseguidos, y, además, con un niño pequeño y en plena persecución? Más sencilla la fuga de Belén, aunque — eso sí — igualmente dolorosa.

La obediencia salva siempre, recuérdalo.

Detalle

María habla de la obediencia de la Sagrada Familia cuando Zacarías les aconsejó que se quedaran en Belén.

ECR 32

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : Presentación de Jesús en el Templo. La virtud de Simeón y la profecía de Ana.

Fecha de la visión y del dictado: Martes 1 de febrero de 1944

Calendario: lunes 20 de enero 4 d.C.

Lugar (mapa) : Jerusalén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María y José dejan Belén para ir a Jerusalén. Van a presentar a Jesús en el Templo. La ceremonia transcurre sin contratiempos. Cuando termina el rito, se encuentran con Simeón, que pide llevarse al niño. Los padres aceptan la petición del anciano, que llora de alegría y pronuncia las palabras que conocemos por el Evangelio. Al oír las palabras sobre su futuro dolor, María dejó de sonreír y estrechó al Niño contra su corazón, mientras se acercaba a José. Ana de Fanuel vino a consolarla.

Jesús dio entonces un dictado y dos enseñanzas. La primera es que la verdad no se revela al sacerdote que celebra el rito, que está espiritualmente ausente. La verdad se revela a Simeón, que es un simple fiel, pero que se ha dejado mover por el Espíritu, teniendo siempre buena voluntad en su interior. La segunda enseñanza se refiere a Ana de Fanuel, que consuela a María. Se dirige a los contemporáneos de María y a nuestro tiempo, para decir que el Señor también puede enviar a su ángel para consolar a su pueblo. Basta con tener la fe suficiente para invocarle, para recibir su misericordia y su perdón. El Salvador señala también que Dios se mantuvo fiel a su promesa de no volver a enviar el Diluvio, mientras que el hombre no cumple sus promesas. Sin embargo, Dios volvería a ayudarnos si la mayoría de nosotros le invocáramos con fe y amor.

Por último, dice a los que intentan contrarrestar la severidad de Dios que no teman, pues el Altísimo nos enviará a su ángel para consolarnos. Debemos permanecer unidos a la Cruz, pues siempre ha triunfado.

Contenido del capítulo: 32.1: Por el campo. 32.2 : Y en la ciudad. 32.3: La purificación de la madre. 32.4: La presentación del niño. 32.5: Las profecías de Simeón. 32.6 : La profetisa Ana de Fanuel. 32.7 : La buena voluntad no se demuestra en las prácticas externas, sino en la oración. 32.8 : Simeón tenía esta buena voluntad y perseverancia. 32.9 : Pon tu angustia a los pies de Dios.

ECR 32.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.1 Veo que de una casita modestísima sale una pareja de personas. Por una escalerita externa baja una jovencísima madre con un niño en brazos envuelto en un lienzo blanco.

Reconozco a esta Mamá nuestra. Es la misma de siempre: pálida y rubia, grácil y muy fina en todos sus movimientos. Va vestida de blanco y arropada con un manto azul pálido, cubre su cabeza un velo blanco. Lleva con mucho cuidado a su Niño.

Al pie de la escalera la está aguardando José al lado de un burrito pardo. José, tanto por lo que se refiere a la túnica como al manto, está vestido todo de color marrón claro. Mira a María y le sonríe. Cuando María llega hasta el burrito, José se pasa las riendas del borriquillo al brazo izquierdo y para que María pueda sentarse mejor en la albardilla del asno, toma un momento al Niño, que duerme tranquilo. Luego le vuelve a dar a Jesús y se ponen en camino.

José va andando al lado de María, sujetando siempre por las riendas al jumento y poniendo cuidado en que éste vaya derecho y sin tropiezos. María tiene a Jesús en el regazo, y, como si tuviera miedo a que cogiese frío, le extiende encima un borde de su manto. Los dos esposos hablan poquísimo, pero se sonríen frecuentemente.

El camino, que no es ningún modelo de vía, en una campiña desnuda por la estación que corre, se articula en varias direcciones. Algún que otro viajero se cruza con ellos dos, o los alcanza, pero son raros.

32.2 Luego pueden verse algunas casas y unos muros que recintan una ciudad. Los dos esposos entran en ella por una puerta y comienzan el recorrido por la calzada urbana, hecha de adoquines muy separados. El camino es ahora mucho más difícil, ya porque haya un tráfico que en todo momento hace que el burro se detenga, ya porque éste, por las piedras y los agujeros de las piedras que faltan, haga continuamente movimientos bruscos, los cuales incomodan a María y al Niño.

La calle no es horizontal; sube, aunque ligeramente; es estrecha, entre casas altas de puertecitas estrechas y bajas, de escasas ventanas que dan a la calle. Arriba el cielo se asoma en multitud de listas azules entre unas casas y otras, o más exactamente entre unas terrazas y otras; abajo, en la calle, hay gente y rumor de voces, y se cruzan otras personas a pie o en burros, o llevando jumentos cargados, y otras que van detrás de una caravana de camellos que dificulta el paso. En un momento dado, pasa, con gran ruido de cascos y de armas, una patrulla de legionarios romanos, que desaparece tras un arco que está a caballo de uno y otro lado de una vía muy estrecha y pedregosa.

José gira a la izquierda y toma una calle más ancha y más bonita. Al fondo de la misma veo el muro almenado que ya conozco.

María, al llegar a una puerta en que hay una especie de paradero para otros burros, baja del suyo. Digo “paradero” porque es una especie de cabaña grande, o, mejor, de cobertizo, donde hay paja esparcida por el suelo y unos palos con unas argollas para atar a los cuadrúpedos.

José da algunas monedas a un hombre que ha venido. Con ellas se procura un poco de heno, luego saca un cubo de agua de un pozo tosco que hay en un ángulo y da las dos cosas al burrito. Después se llega de nuevo hasta donde María y ambos entran en el recinto del Templo.

32.3 Se dirigen, primero, hacia un pórtico donde están aquellos a quienes Jesús, pasado el tiempo, pegará egregiamente con un azote, o sea, los vendedores de tórtolas y corderos y los cambistas. José compra dos pichones blancos. No cambia el dinero. Se entiende que tiene ya el que necesita.

José y María se dirigen hacia una puerta lateral que tiene ocho escalones — creo que también las otras puertas; es como si el cubo del Templo estuviera elevado respecto al resto del suelo —. Ésta tiene un gran atrio, como los portales de nuestras casas de ciudad (para que se haga usted una idea), pero más vasto y ornado. En él, a la derecha y a la izquierda, hay como dos altares, dos volúmenes rectangulares cuya finalidad de momento no entiendo bien (parecen pilas, poco profundas: la parte interna es más baja, en algunos centímetros, respecto al borde externo).

Viene un sacerdote — no sé si motu proprio o es que José le ha llamado —. María ofrece los dos pobres pichones, y yo, que comprendo cuál será su suerte, dirijo la mirada a otra parte. Observo la decoración de la recargadísima puerta, del techo y del atrio. Me parece ver con el rabillo del ojo que el sacerdote asperja a María con agua. Debe ser agua porque no veo manchas en su vestido. Luego María, que junto con los dos pichones había dado un montoncillo de monedas al sacerdote — me había olvidado de decirlo —, entra con José en el Templo propiamente dicho, acompañada por el sacerdote.

Miro a todas partes. Es un lugar decoradísimo. Cabezas de ángeles esculpidas y palmas y ornatos se extienden por las columnas, las paredes y el techo. La luz penetra por unas curiosas ventanas alargadas, estrechas, naturalmente sin cristales, y abiertas en diagonal con respecto a la pared. Supongo que será para impedir que entre el agua cuando llueve torrencialmente.

32.4 María se adentra hasta un determinado punto en que se detiene. Unos metros más adelante hay otros escalones y encima hay otra especie de altar, tras el cual hay otra construcción.

Ahora me doy cuenta de que no estaba en el Templo, como creía, sino en lo que rodea al Templo propiamente dicho, o sea, al Santo; traspasar su linde, aparte de los sacerdotes, parece que nadie puede hacerlo. Lo que yo creía que era el Templo, por tanto, no es sino un vestíbulo cerrado, que rodea por tres partes al Templo, que custodia el Tabernáculo. No sé si me he explicado bien; de todas formas, yo no soy ni arquitecta ni ingeniera.

María ofrece el Niño — que se ha despertado y dirige a su alrededor sus ojitos inocentes, con esa mirada de asombro propia de los niños de pocos días — al sacerdote. Éste le toma y le eleva extendiendo los brazos, vuelto hacia el Templo, dando la espalda a esa especie de altar que está encima de aquellos escalones. El rito ha quedado cumplido. La Madre recibe de nuevo al Niño y el sacerdote se marcha.

32.5 Algunos miran curiosos. Entre ellos se abre paso un viejecito que camina encorvado y renco apoyándose en un bastón. Debe ser muy anciano — para mí, sin duda, de más de ochenta años —. Se acerca a María y le solicita por un momento al Pequeñuelo. María, sonriendo, se lo concede.

Simeón — que yo siempre había creído que pertenecía a la casta sacerdotal y que, sin embargo, a juzgar al menos por el vestido, es un simple fiel — le toma y le besa. Jesús le sonríe con ese gesto mimoso, incierto, de los lactantes. Parece que le observa curioso, porque el viejecillo llora y ríe al mismo tiempo, y sus lágrimas crean todo un bordado de destellos que se insinúa entre las arrugas y que perla su larga barba blanca hacia la cual Jesús tiende sus manitas. Es Jesús, pero es un niñito pequeñín, y todo lo que se mueve delante de Él atrae su atención, y se le antoja cogerlo para entender mejor lo que es. María y José sonríen, como también las otras personas que están presentes, que celebran la hermosura del Pequeñuelo.

Oigo las palabras del santo anciano y veo la mirada de asombro de José, la mirada emocionada de María, y las de la pequeña multitud (quién se muestra asombrado y emocionado, quién, al oír las palabras del anciano, ríe irónicamente). Entre éstos hay algún barbudo y pomposo miembro del Sanedrín, y menean la cabeza mirando a Simeón con irónica piedad. Deben pensar que ha perdido la razón por la edad.

32.6 La sonrisa de María se difumina en su avivada palidez cuando Simeón le anuncia el dolor. A pesar de que Ella ya lo sepa, esta palabra le traspasa el espíritu. Se acerca más a José, María, buscando consuelo; estrecha con pasión a su Niño contra su pecho, y bebe, como alma sedienta, las palabras de Ana, la cual, siendo mujer, siente compasión de su sufrimiento y le promete que el Eterno le mitigará con sobrenatural fuerza la hora del dolor. «Mujer, a Aquel que ha dado el Salvador a su pueblo no le faltará el poder de otorgar el don de su ángel para confortar tu llanto. Nunca les ha faltado la ayuda del Señor a las grandes mujeres de Israel, y tú eres mucho más que Judit y que Yael. Nuestro Dios te dará corazón de oro purísimo para aguantar el mar de dolor por el que serás la Mujer más grande de la creación, la Madre. Y tú, Niño, acuérdate de mí en la hora de tu misión».

Y aquí me cesa la visión.

Anotación

Lucas 2, 22-38 : Cuando se cumplió el tiempo prescrito por la Ley de Moisés para la purificación, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo primogénito varón será dedicado al Señor. Vinieron también a ofrecer el sacrificio prescrito por la Ley del Señor: un par de tórtolas o dos palomitas.

Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Era un hombre justo y religioso que esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él. El Espíritu Santo le había dicho que no vería la muerte hasta que hubiera visto a Cristo, el Mesías del Señor. Bajo la influencia del Espíritu, Simeón acudió al Templo. Cuando los padres presentaron al niño Jesús según el rito de la Ley relativo a él, Simeón recibió al niño en sus brazos y bendijo a Dios, diciendo:

"Ahora, oh soberano Maestro, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz, conforme a tu palabra. Porque mis ojos han visto la salvación que has preparado ante los pueblos: la luz que se revela a las naciones y da gloria a tu pueblo Israel."

El padre y la madre del niño se asombraron de lo que se decía de él. Simeón los bendijo, y luego dijo a María, su madre: "He aquí que este niño hará caer y levantarse a muchos en Israel. Será signo de contradicción -y tu alma será atravesada por una espada-, por lo que se revelarán los pensamientos que salen del corazón de muchos."

Hubo también una mujer profeta, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era muy anciana; después de siete años de matrimonio, era viuda y había alcanzado la edad de ochenta y cuatro años. Nunca abandonaba el Templo, sirviendo a Dios día y noche en ayuno y oración. En esta misma hora, proclamaba las alabanzas de Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.

ECR 32.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

32.1 Veo que de una casita modestísima sale una pareja de personas. Por una escalerita externa baja una jovencísima madre con un niño en brazos envuelto en un lienzo blanco.

Reconozco a esta Mamá nuestra. Es la misma de siempre: pálida y rubia, grácil y muy fina en todos sus movimientos. Va vestida de blanco y arropada con un manto azul pálido, cubre su cabeza un velo blanco. Lleva con mucho cuidado a su Niño.

Al pie de la escalera la está aguardando José al lado de un burrito pardo. José, tanto por lo que se refiere a la túnica como al manto, está vestido todo de color marrón claro. Mira a María y le sonríe. Cuando María llega hasta el burrito, José se pasa las riendas del borriquillo al brazo izquierdo y para que María pueda sentarse mejor en la albardilla del asno, toma un momento al Niño, que duerme tranquilo. Luego le vuelve a dar a Jesús y se ponen en camino.

José va andando al lado de María, sujetando siempre por las riendas al jumento y poniendo cuidado en que éste vaya derecho y sin tropiezos. María tiene a Jesús en el regazo, y, como si tuviera miedo a que cogiese frío, le extiende encima un borde de su manto. Los dos esposos hablan poquísimo, pero se sonríen frecuentemente.

El camino, que no es ningún modelo de vía, en una campiña desnuda por la estación que corre, se articula en varias direcciones. Algún que otro viajero se cruza con ellos dos, o los alcanza, pero son raros.