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Notas de la palabra clave

Los Doce

Tema: Hechos sobre la vida pública de Jesucristo · Página 8 de 9

Comodidad de lectura

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ECR 196.2-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús pasea y observa a Yabés, que está jugando, alegre, con Juan y los más jóvenes. También Judas Iscariote — ya se le ha pasado el enojo de ayer — está alegre y juega. Los más mayores observan sonriendo.

«¿Qué dirá tu Madre de este niño?» pregunta Bartolomé.

«Yo digo que dirá: “Está muy delgado”» dice Tomás.

«¡No! Dirá: “¡Pobre niño!”» responde Pedro.

«No, lo que dirá es: “Me alegro de que le quieras”» objeta Felipe.

«La Madre no lo pondría nunca en duda. Yo creo que no hablará. Le estrechará contra su corazón» dice Simón el Zelote.

«¿Y Tú, Maestro, qué dices que dirá?».

«Hará lo que habéis dicho, pero lo pensará y lo dirá sólo en su corazón; al besarle no dirá sino: “¡Bendito seas!”, y le cuidará como si fuera un pajarillo caído del nido. Escuchad.

196.3

Un día me habló de cuando era pequeñita. Todavía no tenía tres años, pues no estaba aún en el Templo, y ya se le rompía el corazón de amor y exhalaba, cual flor y aceituna, aplastada o rota en la prensa, todos sus óleos y perfumes. En un delirio de amor, le decía a su madre que quería ser virgen para agradar más al Salvador, pero que querría ser pecadora para poder ser salvada, y casi lloraba porque su madre no la entendía y no sabía darle la solución para ser la “pura” y la “pecadora” al mismo tiempo. Le trajo la paz su padre, con un pajarillo que había salvado del peligro que corría en el borde de una fuente: le contó la parábola del pajarillo, diciéndole que Dios la había salvado anticipadamente y que, por tanto, Ella debía bendecirle por doble motivo. Y la pequeña Virgen de Dios, la grandísima Virgen María, ejercitó su primera maternidad espiritual hacia ese pajarillo caído del nido, y le echó a volar cuando fue fuerte; este pajarillo no dejó ya jamás el huerto de Nazaret, consoló con sus vuelos y trinos la casa triste y los corazones tristes de Ana y Joaquín cuando María fue al Templo; murió poco antes de que expirase Ana: había concluido su misión.

196.4

Mi Madre se había consagrado a la virginidad por amor, pero, siendo criatura perfecta, poseía en su sangre y en su espíritu la maternidad; porque la mujer está hecha para ser madre, y comete aberración cuando se hace sorda a este sentimiento, que es amor de segunda potencia...».

Poco a poco se han ido acercando también los demás.

«¿Qué quieres decir, Maestro, con “amor de segunda potencia”?» pregunta Judas Tadeo.

«Hermano mío, hay muchos amores, y de distintas potencias. Está el amor de primera potencia: el que se da a Dios. Luego, el amor de segunda potencia: el materno, o paterno. Porque, si el primero es enteramente espiritual, éste es en dos partes espiritual y en una carnal: se mezcla, sí, el sentimiento afectivo humano, pero predomina lo superior, porque un padre o una madre, sana y santamente tales, no dan sólo alimento y caricias a la carne de su hijo, sino que también nutren y aman su mente y su espíritu. Es tan cierto esto que estoy diciendo, que, quien se consagra a la infancia — aunque sólo fuere para instruirla — termina por amarla como si fuera su propia carne».

«Efectivamente yo quería mucho a mis discípulos» dice Juan de Endor.

«Debías ser un buen maestro... lo veo por cómo te comportas con Yabés».

El hombre de Endor, sin hablar, se inclina a besar la mano de Jesús.

«¡Sigue, te lo ruego, tu clasificación de los amores!» dice Simón Zelote.

«Existe amor hacia la compañera: es amor de tercera potencia, porque es — me refiero también en este caso a los sanos y santos amores — mitad espíritu mitad carne. El hombre para su esposa es maestro y padre, además de esposo; la mujer para su esposo es ángel y madre, además de esposa. Éstos son los tres amores más elevados».

196.5

«¿Y el amor al prójimo? ¿No te estás equivocando? ¿O es que te has olvidado de él?» pregunta Judas Iscariote. Los demás le miran perplejos y... con fiereza por la observación que ha hecho.

Jesús, sin embargo, responde sereno:

«No, Judas. Pero observa lo que te digo. A Dios se le debe amar porque es Dios, por tanto, no es necesaria ninguna explicación para persuadir de este amor. Él es el que es, o sea, el Todo; el hombre (la nada que viene a ser partícipe[1] del Todo por el alma infundida por el Eterno — sin ella el hombre sería uno de tantos animales brutos que viven sobre la faz de la tierra o en las aguas o en el aire —) debe adorar por deber y para merecer sobrevivir en el Todo, es decir, para merecer venir a ser parte del Pueblo santo de Dios en el Cielo, ciudadano de la Jerusalén que no conocerá profanación o destrucción algunas por los siglos de los siglos.

El amor del hombre, y especialmente de la mujer, a la prole tiene indicación de precepto en las palabras de Dios a Adán y Eva, después de bendecirlos, viendo que era “bueno” lo que había hecho, en un lejano sexto día, el primer sexto día de lo creado. Les dijo: “Creced y multiplicaos y poblad la tierra...”.

Veo tu tácita objeción... Te respondo inmediatamente: puesto que en la creación, antes de la culpa, todo estaba regulado y basado sobre el amor, este multiplicarse de los hijos habría sido amor, santo, puro, poderoso, perfecto. Fue el primer mandamiento de Dios al hombre: “Creced, multiplicaos”. “Amad, por tanto, después de mí, a vuestros hijos”. El amor como es ahora, el actual generador de los hijos, entonces no existía. La malicia no existía y, por tanto — porque va con ella —, tampoco la execrable hambre carnal. El hombre amaba a la mujer, y la mujer al hombre, naturalmente, pero no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos — o, mejor, como vosotros, hombres, la entendéis —, sino según la naturaleza de hijos de Dios, o sea, sobrenaturalmente. Muy dulces fueron los primeros días de amor entre los dos, hermanos — habían nacido de un Padre común — y, no obstante, esposos; de esos dos que amándose se miraban con sus inocentes ojos como dos gemelos en su cuna. El hombre sentía amor de padre hacia su compañera “hueso de sus huesos y carne de su carne” (como un hijo lo es para un padre). La mujer conocía la alegría de ser hija — por tanto, protegida por un amor muy elevado —, porque sentía que tenía en sí algo de aquel espléndido hombre que la amaba, con inocencia y angélico ardor, en los hermosos prados del Edén.

Luego, en el orden de los preceptos dados por Dios con una sonrisa a sus amados párvulos, viene aquel que el mismo Adán, dotado por la Gracia de una inteligencia sólo inferior a la de Dios, hablando de su compañera — y, en ella, de todas las mujeres —, decreta (el decreto del pensamiento de Dios, que se reflejaba límpido en el terso espejo del espíritu de Adán y que florecía en forma de pensamiento y de palabra): “El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una carne sola”.

De no haber existido los tres pilones de los amores que he mencionado, ¿habría podido, acaso, existir amor al prójimo? No, no hubiera podido existir. El amor a Dios hace a Dios amigo y enseña el amor; quien no ama a Dios, que es bueno, no puede ciertamente amar al prójimo que en su mayoría es defectuoso. Si no hubieran existido el amor conyugal y la paternidad en el mundo, no habría podido existir el prójimo, porque el prójimo está hecho de los hijos nacidos de los hombres. ¿Estás convencido de esto?».

«Sí maestro. No había reflexionado».

«Efectivamente, es difícil remontarse al hontanar. El hombre está bien hincado ya desde hace siglos, milenios, en el fango, y el hontanar está en las cimas, muy alto. Además, el primero de los manantiales viene de una inmensa altura: Dios... No obstante, de la mano, os conduciré a los manantiales; sé dónde están...».

196.6

«¿Y los otros amores?» preguntan al unísono Simón Zelote y el hombre de Endor.

«El primero de la segunda serie es el amor al prójimo. En realidad es el cuarto en potencia. Luego viene el amor a la ciencia. Después el amor al trabajo».

«¿Y basta?».

«Basta».

«¡Hay otros muchos amores!» exclama Judas Iscariote.

«No. Lo que hay es otros apetitos, pero no son amores; son “desamores”; niegan a Dios y niegan al hombre; no pueden ser, por tanto, amores, porque son negaciones y la negación es odio».

«¿Si niego el consentimiento al mal es odio?» insiste Judas Iscariote.

«¡Pobres de nosotros! Eres más insidioso que un escriba. ¿Me quieres decir lo que te pasa! ¿Es culpa del aire fino de Judea, que te pinza los nervios como un calambre?» exclama Pedro.

«No. Me gusta instruirme y tener muchas ideas, y claras. Dado que has mencionado a los escribas, aquí es fácil hablar con ellos; no quiero quedarme corto de argumentos».

«¿Y piensas que vas a poder, en el momento en que te haga falta, extraer del saco en que estás acumulando esos trapajos la hilacha del color deseado?» pregunta Pedro.

«¡Trapajos las palabras del Maestro? ¡Blasfemas!».

«No te me hagas el escandalizado. En su boca no hay trapajos, pero después de maltratarlas nosotros se transforman en eso. Pon un pedazo de valioso lino cendalí en manos de un niño... Pasado un rato, será un trapajo sucio y roto. Pues es lo mismo que nos pasa a nosotros... Ahora que, si pretendes pescar en el momento oportuno el pingajillo que necesitas, entre que es un pingajillo y que está sucio... pues...¡en fin... no sé yo cuál va a ser el resultado!».

«Tú no te metas, que son cosas mías».

«¡Ah!, ¡claro! Ten por seguro que no me voy a meter en tus cosas. ¡Tengo ya bastante con las mías! Y además, a fin de cuentas, me conformo con que no le perjudiques al Maestro; porque, si lo hicieras, entonces me metería también en tus cosas...».

«Cuando actúe mal, lo harás; pero eso no sucederá nunca porque sé actuar... No soy un ignorante...».

«Yo lo soy, ya lo sé. Pero, precisamente porque lo sé, no acumulo lastre para, en su momento, exhibirlo, sino que me pongo en manos de Dios... y Dios me ayudará por amor a su Mesías, de quien soy el siervo más pequeño y más fiel».

«¡Todos somos fieles!» contrapone, arrogante, Judas.

«¡Malo! ¿Por qué ofendes a mi padre? Es ya mayor. Es bueno. No debes hacerlo. Eres un hombre malo. Me das miedo» dice, severo, Yabés, rompiendo el atento silencio en que estaba.

«¡Y van dos!» exclama en voz baja Santiago de Zebedeo dándole con el codo a Andrés. A pesar de que haya hablado bajo, Judas lo ha oído.

«¿Ves, Maestro, como las palabras de aquel estúpido niño de Magdala han dejado huella?» dice Judas encendido de rabia.

196.7

«¿Pero no sería más bonito continuar la lección del Maestro, más bien que estar como chivos enojados?» pregunta el pacífico Tomás.

«Sí, claro. Maestro, síguenos hablando de tu Madre. ¡Es tan luminosa su infancia!: de reflejo hace vírgenes a nuestras almas. Y yo, ¡pobre de mí, tengo mucha necesidad de ello!» exclama Mateo.

«¿Qué queréis que os diga... si son muchos los episodios, y a cuál más delicioso...!».

«¿Te los ha contado Ella?».

«Alguno sí, pero muchos más José, que me los contaba, siendo Yo niño, como los más bellos cuentos; y también Alfeo de Sara, que, siendo pocos años más mayor que mi Madre, fue amigo suyo durante los breves años en que Ella estuvo en Nazaret».

«¡Háblanos...!» dice Juan en tono suplicante.

Se han colocado todos en círculo, sentados a la sombra de los olivos; Yabés está en el centro, mirando fijamente a Jesús, como si fuera a escuchar una fábula paradisíaca.

«Os voy a narrar la lección de castidad que dio mi Madre, pocos días antes de entrar en el Templo, a su pequeño amigo y a muchos otros.

Aquel día se había casado un joven de Nazaret, pariente de Sara. Joaquín y Ana también habían sido invitados a la boda, y con ellos la pequeña María, que, junto con otros niños, tenía el encargo de echar pétalos deshojados por el camino de la novia. Dicen que era una niña guapísima. Todos se la disputaban después de la festiva entrada de la novia. Era muy difícil ver a María, porque pasaba mucho tiempo en casa (amaba más que cualquier otro lugar una pequeña gruta, que incluso hoy día sigue llamando “la gruta de su desposorio”). Así que, cuando se la veía, rubia, rosada, delicada, la anegaban en caricias. La llamaban “la flor de Nazaret”, o “la perla de Galilea”, o también “la paz de Dios”, en memoria de un enorme arco iris que apareció improvisamente con su primer vagido. En efecto, era, y es, todo eso y más aún: es la Flor del Cielo y de la creación, es la Perla del Paraíso, es la Paz de Dios... Sí, la Paz. Yo soy el Pacífico porque soy Hijo del Padre e hijo de María: la Paz infinita y la Paz suave.

Pues bien, aquel día todos querían besarla y tenerla en el regazo. Entonces Ella, mostrándose reacia a besos y demás contactos, con delicada gravedad, dijo: “Por favor, no me chaféis”. Creyeron que se refería a su vestido de lino, ceñido con una cinta azul en la cintura, en los estrechos puños, en el cuello...; o a la pequeña guirnalda de florecillas azules con que Ana la había coronado para mantener sus leves ricitos. Entonces, le aseguraron que no le iban a chafar ni el vestido ni la guirnalda. Pero Ella, segura, mujercita de tres años, erguida, rodeada de un corro de adultos, dijo seria: “No me refiero a lo que se puede reparar. Estoy hablando de mi alma. Es de Dios y no quiere ser tocada sino por Dios”. Objetaron: “Pero si te besamos a ti, no a tu alma”. Y Ella replicó: “Mi cuerpo es templo del alma y su sacerdote es el Espíritu; el pueblo no es admitido al recinto sacerdotal. Por favor, no entréis en el recinto de Dios”.

A Alfeo, que había superado ya los ocho años y que la quería mucho, le impresionó esta respuesta, y, al día siguiente, habiéndola encontrado junto a su pequeña gruta buscando flores, le preguntó: “María, cuando seas mujer, ¿me querrías por esposo?” (todavía le duraba la emoción de la fiesta nupcial a la que había asistido). Ella respondió: “Yo te quiero mucho, pero no te veo como hombre. Te diré un secreto: yo veo sólo las almas de los seres vivientes, y las amo mucho, con todo mi corazón. Y veo sólo a Dios como ‘verdadero Ser viviente’ a quien ofrecerme”. Bien, éste es un episodio».

«¡¡¡“Verdadero Ser viviente”!!! ¡Sabes que es profunda esa palabra?» exclama Bartolomé.

Y Jesús, humildemente y con una sonrisa: «Era la Madre de la Sabiduría».

«¡Era?... ¡Pero no tenía tres años?».

«Era. Yo vivía ya en Ella, siendo Dios en Ella, desde su concepción, en la Unidad y Trinidad perfectísima».

196.8

«Pero — y perdona si yo, culpable, oso hablar —, pero, ¿Joaquín y Ana sabían que era la Virgen predestinada?» pregunta Judas Iscariote.

«No lo sabían».

«Y entonces, ¿cómo es que Joaquín dijo que Dios la había salvado anticipadamente? ¿No alude ello, acaso, a su privilegio respecto a la culpa?».

«Alude a ello. Pero Joaquín prestaba su boca a Dios, como todos los profetas. Tampoco él comprendió la sublime verdad sobrenatural que el Espíritu había puesto en sus labios. Joaquín era un justo; tanto, que mereció esa paternidad. Y era humilde. En efecto, no hay justicia donde hay soberbia. Él era justo y humilde. Consoló a su hija por amor de padre. En su sabiduría de sacerdote, la instruyó: que sacerdote era, siendo tutor del Arca de Dios. Como pontífice, la consagró con el título más dulce: “La Sin Mancha”. Día llegará en que otro sabio pontífice dirá al mundo: “Ella es la Concebida sin Mancha”, y dará esta verdad al mundo de los creyentes, como artículo de fe irrebatible, para que en el mundo de entonces — que se irá hundiendo cada vez más en una neblinosa monotonía de herejías y vicios — resplandezca, ante la vista de todos, la Toda Hermosa de Dios, coronada de estrellas, vestida de rayos de luna (menos puros que Ella); la Reina de lo creado y del Increado, apoyada en los astros. Porque Dios-Rey tiene por Reina, en su Reino, a María».

«¿Entonces, Joaquín era profeta?».

«Era un justo. Su alma dijo, como hace el eco, lo que Dios decía a su alma, por Dios amada».

196.9

«¿Cuándo vamos a ir a ver a esta Mamá, Señor?» pregunta con ojos anhelantes Yabés.

«Esta tarde, cuando la veas, ¿qué le vas a decir?».

«¿Estaría bien: “Te saludo, Madre del Salvador”?».

«Muy bien» confirma Jesús mientras le acaricia.

«Pero, ¿no vamos a ir hoy al Templo?» pregunta Felipe.

«Iremos antes de salir para Betania. Y tú, ¿estarás aquí tranquilo, no?».

«Sí, Señor».

La mujer de Jonás (el arrendatario del olivar), que lentamente se ha ido acercando, dice: «¿Por qué no le llevas contigo? Lo está deseando...».

Jesús la mira fijamente y con insistencia, aunque sin decir nada.

La mujer comprende, y lo manifiesta: «¡Comprendo!... Creo que tengo todavía un pequeño manto, de Marcos. Voy a buscarlo» y, ligera, se ausenta.

Yabés, tirándole a Juan de una manga, dice: «¿Serán severos los maestros?» a lo que Juan, confortándole, contesta: «¡No, hombre, no! No tengas miedo. Y, además, no es hoy. En pocos días, con la Madre, sabrás más que un doctor».

Los demás, que lo han oído, sonríen por la preocupación de Yabés.

«Pero, ¿quién va a presentarle haciendo las veces de padre?» pregunta Mateo.

«Yo. ¡Es natural! A menos que le quiera presentar el Maestro» dice Pedro.

«No, Simón, no lo haré Yo. Te dejo este honor».

«Gracias, Maestro. Pero... vas a estar presente también Tú?».

«Ciertamente. Todos estaremos presentes: es “nuestro” niño...».

Vuelve María de Jonás con un manto color morado oscuro que todavía está en buenas condiciones. ¡Qué color! Ella misma lo dice: «Marco no lo quiso usar nunca porque no le gustaba el color».

¡Mira tú éste! ¡Es atroz! Y el pobre Yabés, con esa tez suya tan aceitunada, dentro de ese morado violento, parece un ahogado. Pero él no se ve... y se siente feliz con ese manto con que cubrirse como una persona mayor...

«La comida está lista, Maestro. La criada ha sacado ya del asador el cordero».

«Vamos, entonces».

Y, bajando del lugar en que se encuentran, entran en la amplia cocina para comer.

Anotación

Le contó la par ábola del pajarillo: Véase la paradoja del "pecador por amor" expresada por el Sin Pecado y la parábola del pajarillo: véase EMV 7.5.

Él es el que es, es decir, el Todo; y el hombre es la nada que se convierte en parte del Todo gracias al alma que le infunde el Eterno. "Parte" ha sido corregido (según la explicación dada en la nota a EMV 167.9) por "participante" en una copia mecanografiada; añade al final de la página: "Si el alma sabe permanecer en estado de gracia, así deificada, no por identidad de sustancia, sino por elevación al orden sobrenatural. "

Nota de EMV 167: "Parcela de Dios" parece haber sido cambiado por parcela nacida de Dios por una corrección poco clara de María Valtorta en una copia mecanografiada, a la que añadió la siguiente nota: "A la palabra parcela no se le debe dar el significado de "parte de Dios" infundida en nosotros, sino de "lugar del trono", "asiento" infundido o "espirado" (por el "soplo de vida" del que se habla en Génesis 2,7) por Dios, por tanto cosa de Dios venida de Dios al hombre. Santo Tomás de Aquino lo llama "una capacidad de Dios" que Dios llena de sí mismo, para que todos participemos de su vida divina".

Esta explicación de Maria Valtorta (y el texto deEMV 10.9) debe tenerse presente siempre que en la obra se hable del alma como "parte" o "partícula" de Dios.

Puede relacionarse con las notas de EMV 4.6, EMV 54.5, EMV 165.4, EMV 170.4, EMV 365.16, EMV 444.4, EMV 463.4, EMV 524.7, EMV 537.11.

"Creced y multiplicaos, y llenad la tierra... ", según Génesis 1:28.

El hombre amó a la mujer y la mujer amó al hombre, naturalmente, no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos, o más bien como vosotros los hombres la entendéis, sino según la naturaleza de los hijos de Dios: sobrenaturalmente. "Sobrenaturalmente": María Valtorta anota en una copia mecanografiada: sin que el desorden de la malicia se una o incluso "sustituya" a las ordenadas leyes de Dios, inherentes a la multiplicación y población de la tierra. Añade al margen: Mientras el hombre permaneció en este orden, no nació en él el veneno de la triple concupiscencia que lo hizo delirante, luego rebelde, finalmente caído.

El hombre sintió el amor de un padre por su compañera "hueso de sus huesos y carne de su carne", como un hijo por su padre. Según Génesis 2, 23

"Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. " Según Génesis 2, 24.

Libro de Génesis 1, 28

Gn 1, 28 : Y los bendijo Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla, y dominad a los peces del mar, a las aves del cielo y a todo ser viviente que se mueve sobre la tierra."

Libro del Génesis 2, 23-24

Gn 2, 23-24 : Y dijo el hombre: "¡Esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Ésta se llamará mujer, porque del hombre fue tomada. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.

ECR 197 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pedro entra en el recinto del Templo, en funciones de padre, con aspecto verdaderamente solemne; lleva de la mano a Yabés. Camina con tanta gallardía, que hasta parece más alto.

Detrás, en grupo, todos los demás. Jesús va el último, ocupado en una animada conversación con Juan de Endor, al cual parece que le da vergüenza entrar en el Templo.

Pedro pregunta a su pupilo: «¿Has venido aquí alguna vez?» a lo que recibe como respuesta: «Cuando nací, padre; pero no me acuerdo» lo cual hace reír de satisfacción a Pedro, que repite la respuesta a los compañeros, y éstos se echan a reír también, y dicen, con bondad y perspicacia: «Quizás es que dormías y por eso...» o: «Estamos todos como tú. No nos acordamos de cuando vinimos aquí recién nacidos».

Detalle

Los Doce están presentes en este capítulo, aunque no se les nombra a todos.

ECR 199.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entran en la cocina. Tomás, con su vozarrón, gritando, hace pegar un salto a las dos Marías, que estaban agachadas hacia los anafres: «Aquí hay un jovencito que os estaba buscando» y, riendo, presenta al niño, que se había escondido detrás de su robusta persona.

«¡Cariño! ¡Ven, que te dé un beso! ¡Mira, Salomé, qué bien está así!» exclama María de Alfeo.

«¡Verdaderamente! Ahora sólo le falta hacerse más fuerte. Me encargaré yo de ello. Ven, que te bese también yo» dice Salomé.

«Jesús quiere confiárselo a los pastores...» objeta Tomás.

«¡Ni soñarlo! En esto mi Jesús se equivoca. ¡Pero, vosotros, los hombres, ¿qué podéis pretender?, ¿qué sabéis hacer?!: discutir — porque, dicho sea de paso, sois más bien dados a discutir... como los chivos, que se quieren pero se dan cornadas —, comer, hablar; tenéis mil necesidades, y pretendéis del Maestro total atención a vosotros... si no, malas caras... Los niños tienen necesidad de sus madres. ¿No es verdad?...»

Detalle

Tomás lleva al joven Marziam ante María de Alfeo y María Salomé.

ECR 199.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Viene Jesús de la casa de Lázaro. El niño corre a su encuentro y Jesús le dice: «La paz entre nosotros, Margziam. Démonos el beso de la paz».

El niño saluda también a Lázaro, que venía con Jesús, y recibe una caricia y un dulce.

Todos se reúnen en torno a Jesús. También María, que lleva ahora una túnica de lino color turquesa y un manto más oscuro de elegantes pliegues, viene sonriendo hacia su Hijo.

«Entonces, podemos empezar a marcharnos — dice Jesús —. Tú, Simón, con mi Madre y el niño, si es que estás empeñado todavía en comprar, aunque ya Lázaro haya resuelto el problema».

«¡Ciertamente! Además... podré decir que una vez pude caminar al lado de tu Madre, lo cual es un gran honor».

«Pues ve. Tú, Simón, me acompañarás a hacer una visita a tus amigos leprosos...».

«¡Sí, Maestro? Entonces, si me lo permites, me adelanto, corriendo, para reunirlos... Me verás allí; total... ya sabes dónde están...».

«De acuerdo. Ve. Los demás, haced lo que os parezca más conveniente; disponed libremente todos hasta el miércoles por la mañana. A la hora tercera todos ante la Puerta Dorada».

«Yo voy contigo, Maestro» dice Juan.

«Yo también» dice Santiago, su hermano.

«Y también nosotros» dicen los dos primos.

«Yo también» dice Mateo, y con él Andrés.

«¿Y yo? También quisiera ir contigo... pero, si voy a hacer las compras, no puedo...» dice Pedro sujeto a dos deseos.

«Hay una solución. Primero vamos a ver a los leprosos. Entretanto, mi Madre va con el niño a una casa amiga de Ofel. Luego la alcanzamos y vas con Ella mientras Yo y los demás vamos a casa de Juana. Luego nos reunimos en Getsemaní para comer, y luego, al atardecer, volvemos aquí».

«Yo, con tu permiso, voy a donde unos amigos...» dice Judas Iscariote.

«Pero si ya he dicho que hagáis lo que creáis más conveniente».

«Entonces yo voy a ver a la familia. Quizás ha vuelto ya mi padre. Si es así, te lo traigo» dice Tomás.

«¿Qué te parece, Felipe, si nosotros dos vamos a ver a Samuel?».

«Me parece bien» responde éste a Bartolomé.

«¿Y tú, Juan?» le pregunta Jesús al hombre de Endor. «¿Prefieres quedarte aquí a ordenar tus libros o venir conmigo?».

«Verdaderamente preferiría ir contigo... Los libros... ahora ya me gustan menos. Prefiero leerte a ti, Libro vivo».

«Pues ven. Adiós, Lázaro, hasta...».

«No, no; también voy yo. Las piernas están un poco mejor. Después de los leprosos te dejo y voy a Getsemaní a esperarte».

«Vamos. La paz a vosotras, mujeres».

Hasta las cercanías de Jerusalén van todos juntos. Luego se separan: Judas se va por su cuenta (entra en la ciudad, probablemente por la Puerta que está hacia la Torre Antonia); Tomás, Felipe y Natanael, con María y el niño, caminan todavía con Jesús y los otros compañeros unas cuantas decenas de metros para luego entrar en la ciudad por la parte del suburbio de Ofel.

Anotación

Tú, Simón, me vas a acompañar con tus amigos leprosos ... Simón el Zelote es un antiguo leproso, curado por Jesús.

Todos son libres hasta el miércoles por la mañana. A la hora de la tercia, todos se dirigen a la Puerta Dorada. Esta puerta conduce directamente al Templo desde Betania y Getsemaní.

Mientras tanto, mi Madre y el niño van a una casa amiga en Ofel. Este barrio está al sur del Templo y, por tanto, al este de la ciudad.

¿Qué te parece, Felipe, que vayamos los dos a casa de Samuel? Probablemente Samuel, el prometido de Annalia.

Probablemente entra en la ciudad por la puerta cercana a la Torre Antonia. La Puerta de Piscis.

ECR 199.7-8 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«El hombre advierte el perfume de quienes son vírgenes... Me viene José a la memoria. Yo no sabía qué palabras usar. Él no sabía mi secreto... y, no obstante, con percepción de santo, me ayudó a manifestarlo: había detectado el perfume de mi alma... Fíjate también Juan: ¡Qué paz! Todos quieren estar a su lado... hasta el mismo Judas de Keriot, a pesar de que... No, Hijo, Judas no ha cambiado; yo lo sé y Tú lo sabes. No hablamos porque no queremos encender la guerra; pero, aunque no hablemos, sabemos... y, aunque no hablemos, los demás intuyen... ¡Oh, Jesús mío, los jóvenes me han contado hoy en Getsemaní el episodio de Magdala y el del sábado por la mañana... La inocencia habla... porque ve con los ojos de su ángel. Pero también los ancianos vislumbran... No se equivocan: es un ser huidizo... todo en él es huidizo. Le tengo miedo, y tengo en mis labios las mismas palabras de Benjamín en Magdala y de Margziam en Getsemaní, porque siento ante Judas el mismo escalofrío que sienten los niños».

«¡No todos pueden ser Juan!...».

«¡No lo pretendo! ¡Sería un paraíso esta tierra! Pero, mira, me has hablado del otro Juan... Un hombre que incluso ha matado. Pues bien, me da sólo pena; Judas, sin embargo, me da miedo».

«¡Ámale, Madre! ¡Ámale, por amor a mí!».

«Sí, Hijo; pero ni siquiera servirá mi amor, significará solamente sufrimiento para mí y culpa para él. ¡Pero por qué ha entrado? Turba a todos; ofende a Pedro, que merece todo respeto».

199.8 «Sí. Pedro es muy bueno. Por él haría cualquier cosa, porque lo merece».

Anotación

¡Oh, Jesús mío! Hoy, en Getsemaní, los jóvenes me han hablado del episodio de Magdalena y del episodio del sábado por la mañana. Dos niños dijeron que Judas "les daba miedo": Benjamín de Magdala en EMV 184,7 y Marziam en EMV 196,6.

ECR 205.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...Los apóstoles, la Madre de Jesús y las otras mujeres se dirigen hacia la casa, precedidos todos por Margziam, que va saltando, presuroso, delante. No obstante, el niño en seguida vuelve hacia atrás, toma a María de la mano y le dice: «Ven conmigo, que te tengo que decir a solas una cosa». Ella accede a su petición; así que tuercen hacia el pozo, que está en un ángulo del patio, enteramente cubierto por una tupida pérgola, que desde el nivel del suelo sube, formando un arco, hasta la terraza. Detrás está Judas Iscariote.

«Judas, ¿qué quieres? Déjanos, Margziam... Habla. ¿Qué quieres?».

«He obrado mal... No me atrevo a ir al Maestro, ni a presentarme ante mis compañeros... Ayúdame...».

«Te ayudaré. Sí. De todas formas, ¿es que no piensas en el mucho dolor que causas? Mi Hijo ha llorado por causa tuya, lo cual a su vez ha hecho sufrir a tus compañeros. Ven, de todas formas, que ninguno te dirá nada. Y, si puedes, no vuelvas a caer en esto mismo, que es indigno de un hombre y sacrílego respecto al Verbo de Dios».

«¿Tú, Madre, me perdonas?».

«¿Yo? Yo no cuento nada al lado de ti, que te sientes tan grande. Soy la menor de las siervas del Señor. ¿Por qué te preocupas de mí, si no tienes piedad de mi Hijo?».

«Pienso en mi madre, pienso que si tú me perdonas ella también me perdonará».

«No sabe lo que has hecho».

«Pero me había hecho jurar que sería bueno con el Maestro. Soy un perjuro. Percibo la reprensión del alma de mi madre».

«¿Eso es lo que sientes? ¿Y no percibes la queja y la desaprobación del Padre y del Verbo? ¡Oh, eres un desdichado, Judas! Vas sembrando el dolor en ti y en quienes te quieren».

María está muy seria y triste. Habla sin acritud, pero muy seria. Judas llora.

«No llores; mas bien, cambia. Ven» y le toma de la mano y entra así con él en la cocina.

Vivísimo es el estupor de todos. María previene posibles reacciones poco compasivas diciendo: «Judas ha vuelto. Haced como el primogénito después de que le habló su padre. Juan, ve a avisar a Jesús».

Juan de Zebedeo sale a la carrera.

El silencio gravita sobre la cocina... Lo rompe Judas diciendo: «Perdonadme. Tú el primero, Simón, tú que tienes un gran corazón paternal. Yo también soy huérfano».

«Sí, sí, te perdono. Por favor, no hables más de ello. Somos hermanos... y no me gustan estos altibajos de pedir perdón y volver a caer; son denigrantes, tanto para quien lo comete como para quien lo concede. Ahí viene Jesús. Ve a Él y basta».

Judas va hacia Jesús. Mientra, Pedro, no pudiendo hacer otra cosa, se pone a partir con vehemencia madera seca...

ECR 206.1.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús está hablando en presencia de los campesinos de Jocanán, en presencia de Isaac y muchos discípulos, de las mujeres, entre las cuales se encuentran María Stma. y Marta, y en presencia de muchos de Betania. Todos los apóstoles están escuchando. El niño, sentado frente a Jesús, no se pierde ni una palabra. El discurso ha debido empezar poco antes porque todavía está llegando gente...

Dice Jesús:

«... por este temor que tan vivo siento en muchos, es por lo que hoy quiero proponeros una dulce parábola; dulce para los hombres de buena voluntad, amarga para los otros; de todas formas, estos últimos disponen del modo de abolir esa amargura: transformarse en hombres de buena voluntad, pues, si así lo hacen, cesará el reproche que la parábola suscita en la conciencia. (...)

[Jesús cuenta la parábola de las diez vírgenes.]

Queridos discípulos míos, no quiero induciros a temblar ante Dios; antes bien, quiero promover en vosotros la fe en su bondad. Tanto los que os quedáis como los que os marcháis, pensad que, si hacéis lo que hicieron las vírgenes sensatas, seréis llamados no solamente a formar el cortejo del Esposo, sino que — como en el caso de la joven Ester, que fue nombrada reina en substitución de Vastí — seréis escogidos y elegidos como esposas, pues el Esposo “habrá encontrado en vosotros toda gracia y la mayor complacencia”. A los que os marcháis os bendigo; llevad en vosotros estas palabras mías, transmitídselas a vuestros compañeros. La paz del Señor esté siempre con vosotros».

Jesús se acerca a los campesinos para reiterarles su saludo. Juan de Endor le susurra: «Maestro, ya está aquí Judas...».

«No importa. Acompáñalos al carro y haz lo que te he indicado».

La asamblea se disuelve lentamente. Muchos hablan con Lázaro... el cual se vuelve a Jesús — que, habiendo dejado ya a los campesinos, estaba viniendo en este sentido — y le dice: «Maestro, los corazones de Betania quieren oír todavía tu palabra; háblanos antes de marcharte».

«Declina el día, pero el ambiente está tranquilo y sereno... Si queréis reuniros en los prados recientemente segados, os hablaré antes de marcharme de esta ciudad amiga. O, si no, mañana, al alba. Sí, llega la hora de despedirnos».

«¡Luego! ¡Esta noche!» gritan todos.

«Como queráis. Ahora retiraos. A la mitad de la primera vigilia os hablaré»...

Anotación

Si actuáis como vírgenes prudentes, no sólo seréis llamadas a escoltar al Esposo, sino que, como la joven Ester, que se convirtió en reina en lugar de Vasti, seréis elegidas y elegidos como novias. Vasti - Vasti significa "amada" en persa. Primera esposa de Asuero (= Jerjes, 486-465), rey de Persia, que la repudió porque se negó a asistir a un banquete (Ester 2, 1-18). Ester también se menciona en EMV 136.2 y EMV 414.1.

Palabras clave

ECR 207.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Dejada Betania con la primera sonrisa de la aurora, Jesús se dirige a Belén; a su lado van su Madre, María de Alfeo y María Salomé; le siguen los apóstoles; el niño, por el contrario, le precede, y encuentra motivo de contento en todo lo que ve: las mariposas que se están despertando, los pajaritos que cantan o picotean en el sendero, las flores que resplandecen por los diamantes del rocío, el hecho de que aparezca un rebaño en que se oye el balido de muchos corderitos. Una vez atravesado el torrente que está al sur de Betania — todo espuma risueña entre los cantos —, la comitiva se dirige hacia Belén, pasando entre dos órdenes de colinas enteramente verdes de olivos y viñedos con algunos — pequeños — campos dorados de grano aviado ya a la siega. El valle es fresco; el camino, bastante cómodo.

Simón de Jonás se adelanta y alcanza al grupo de Jesús. Pregunta: «¿Por aquí se va a Belén? Juan dice que la otra vez habéis ido por otro camino».

«Es verdad» responde Jesús «pero porque veníamos de Jerusalén. Por aquí es más corto. Cuando lleguemos al sepulcro de Raquel, que quieren verlo las mujeres, nos separaremos, como hace tiempo habéis decidido. Mi Madre quiere ir a Betsur. Allí nos reuniremos de nuevo».

«Sí, lo dijimos... ¡Pero, sería tan hermoso que estuviéramos todos presentes!... especialmente la Madre... que, a fin de cuentas, es la Reina de Belén y de la Gruta, y conoce todo a la perfección. Si lo contara Ella, creo que sería distinto».

Jesús mira a Simón, que insinúa dulcemente su deseo, y sonríe.

«¿Qué gruta, padre?» pregunta Marziam.

«La gruta donde nació Jesús».

«¡Ah, muy bien! ¡Voy yo también!...».

«¡Sería precioso!» dicen María de Alfeo y Salomé.

«¡Precioso!... Significaría volver al pasado, a cuando el mundo te ignoraba... Te ignoraba, sí, pero todavía no te odiaba. Significaría encontrar de nuevo el amor de las personas sencillas que supieron sólo creer y amar, con humildad y fe... Significaría depositar en el pesebre este peso de amargura que oprime mi corazón desde que sé lo mucho que te odian... Debe haber quedado todavía en el pesebre la dulzura de tu mirada, de tu respirar, de tu titubeante sonrisa... y ello me acariciaría el corazón, ¡este corazón mío tan lleno de amargura!...». (María habla despacio, entre anhelante y afligida).

«Pues entonces vamos a ir, Mamá. Condúcenos tú al lugar. Hoy eres tú la Maestra y Yo el Niño que ha de aprender».

«¡No, Hijo! Tú eres siempre el Maestro...».

«No, Mamá. Simón de Jonás tiene razón en lo que ha dicho. En la tierra de Belén tú eres la Reina. Es tu primer castillo. María, de la estirpe de David, guía a este pequeño pueblo a tu morada».

Judas Iscariote hace ademán de hablar, pero no dice nada. Jesús, que se ha dado cuenta del gesto y lo ha interpretado, dice: «Si alguno, por cansancio u otro motivo, no quiere venir, que libremente prosiga hacia Betsur». Pero ninguno habla.

Detalle

Algunos apóstoles no hablan durante la EMV 207 (Tomás, Juan, Andrés, Santiago de Alfeo, Felipe...), pero están presentes.

ECR 208.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Es casi seguro que los encontraremos, si durante un trecho volvemos al camino de Hebrón. Por favor, id de dos en dos a buscarlos, por las veredas de las montañas; de aquí a las piscinas de Salomón y de allí a Betsur. Nosotros os seguiremos. Ésta es su zona de pastos» dice el Señor a los doce. Comprendo que está hablando de los pastores.

Los apóstoles se apresuran a ir cada uno con el compañero preferido; sólo la pareja casi inseparable de Juan y Andrés no se une, porque los dos van a Judas Iscariote y le dicen: «Voy contigo», y Judas responde: «Sí, ven, Andrés. Es mejor así, Juan. Tú y yo seríamos dos que ya conocemos a los pastores; es mejor que vayas con algún otro».

«Entonces conmigo el muchacho» dice Pedro, dejando a Santiago de Zebedeo, que, sin protestar, va con Tomás, mientras Simón Zelote va con Judas Tadeo, Santiago de Alfeo con Mateo, y los dos inseparables Felipe y Bartolomé por su cuenta. El niño se queda con Jesús y las dos Marías.

Anotación

Es mejor así, Jean. Tú y yo seríamos dos personas que ya conocen a los pastores. Cf. EMV 75.2 y EMV 75.6.