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Notas del tema

Hechos y elementos bíblicos en el Nuevo Testamento

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Comodidad de lectura

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ECR 17.10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

17.10 Alegría porque a través de mí se restablecía la paz entre el Cielo y la Tierra.

¡Oh..., haber deseado esta paz por amor a Dios y por amor al prójimo, y saber que por medio de mí, pobre esclava del Poderoso, aquélla venía al mundo! ¡Decir: “Hombres, no lloréis más. Yo traigo conmigo el secreto que os hará felices. No os lo puedo manifestar, porque está sellado en mí, en mi corazón, de la misma forma que el Hijo dentro del intacto seno. Ya os lo traigo, ya cada hora que pasa está más cercano el momento en que le veréis y sabréis su Nombre santo”!

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María habla a María y le describe sus diversas alegrías en la Anunciación. Después de hablar de la alegría de ser madre, continúa diciendo:

ECR 17.13-15

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La alegría brotó de mi corazón como un tallo de rosa florecida. Pero en seguida se adornó de punzantes espinas y quedó abrazada por la maraña del dolor, como esas ramas envueltas en campanillas de enredadera. El dolor del dolor de mi esposo: ésta era la angustia dentro de mi gozo. El dolor del dolor de mi Hijo: éstas eran las espinas de mi gozo.

Eva quiso el disfrute, el triunfo, la libertad: yo acepté el dolor, el anonadamiento, la esclavitud. Renuncié a mi vida tranquila, a la estima de mi esposo, a la propia libertad. No me quedé con nada. Me hice la Esclava de Dios en la carne, en la parte moral, en el espíritu, confiándome a Él, no sólo respecto a la concepción virginal, sino también a la defensa de mi honor, a la consolación de mi esposo, al medio con que conducirle a él también a la sublimación del matrimonio, de manera que los dos fuéramos quienes devolvieran al hombre y a la mujer la dignidad perdida.

17.14 Abracé la voluntad del Señor por mí, por mi esposo, por mi Hijo. Dije “sí” por los tres, segura como estaba de que Dios no faltaría a su promesa de socorrerme en mi dolor de esposa que se ve juzgada culpable, en mi dolor de madre que ve que engendra para entregar a su Hijo al dolor.

“Sí” dije. Sí, y basta. Ese “sí” ha anulado el “no” que Eva opuso al mandato divino. “Sí, Señor, como Tú quieras. Conoceré lo que Tú quieras. Viviré como Tú quieras. Estaré gozosa si Tú lo quieres. Sufriré por lo que Tú quieras. Sí, siempre sí, mi Señor, desde el momento en que tu rayo me hizo Madre hasta el momento en que me llamaste a ti. Sí, siempre sí. Todas las voces de la carne, todas las pasiones de lo moral, bajo el peso de este sí mío perpetuo. Y encima, como encima de un pedestal de diamante, mi espíritu, al cual le faltan las alas para volar a ti, pero es señor de todo el yo, domado y siervo tuyo, siervo en la alegría, siervo en el dolor. ¡Sonríe, oh Dios! ¡Alégrate! La culpa ha sido vencida, cancelada, destruida; yace bajo mi talón, ha sido lavada en mi llanto, destruida por mi obediencia. De mi seno nacerá el Árbol nuevo que dará el Fruto que conocerá todo el Mal por haberlo padecido en sí y dará todo el Bien. A éste sí podrán acercarse los hombres, y yo me sentiré feliz de que cojan de él, aunque no piensen que de mí nace. Con tal de que el hombre se salve y Dios sea amado, hágase de su esclava lo mismo que de la base de terreno en que un árbol crece: escalón para subir”.

17.15 María, hay que saber ser siempre escalón para que los demás suban a Dios. Si nos pisan, no importa, con tal de que logren ir a la Cruz. Es el nuevo árbol que posee el fruto del conocimiento del Bien y del Mal, porque le dice al hombre lo que está mal y lo que está bien, para que sepa elegir y vivir; y sabe, al mismo tiempo, hacer de sí elixir para curar a los que se han intoxicado con el mal que quisieron gustar. Nuestro corazón bajo los pies de los hombres, con tal de que el número de los redimidos crezca y que la Sangre de mi Jesús no sea derramada sin fruto. Éste es el destino de las esclavas de Dios. Mas luego mereceremos recibir en nuestro seno la Hostia santa, y, a los pies de la Cruz, embebida en su Sangre y en nuestro llanto, decir: “He aquí, oh Padre, la Hostia inmaculada que te ofrecemos para salud del mundo. Míranos, oh Padre, fundidas con Ella, y por sus méritos infinitos danos tu bendición”.

ECR 17.13

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

17.13 Yo recorrí en sentido inverso el camino de los dos pecadores. Obedecí. Obedecí en todos los modos. Dios me había pedido ser virgen. Obedecí. Habiendo amado la virginidad, que me hacía pura como la primera de las mujeres antes de conocer a Satanás, Dios me pidió ser esposa. Obedecí, llevando al matrimonio a la pureza que tuvo, a ese grado de pureza que Dios tenía en su pensamiento cuando creó a los dos Primeros. Convencida de mi destino de soledad en el matrimonio y de desprecio del prójimo por mi esterilidad santa, ahora Dios me pedía ser Madre. Obedecí. Creí que ello era posible y que esa palabra venía de Dios, porque la paz iba entrando en mí al oírla. No pensé: “Lo he merecido”. No me dije a mí misma: “Ahora el mundo me admirará, porque soy semejante a Dios dando ser a la carne de Dios”. No. Me anonadé en la humildad.

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María describe la desobediencia de Adán y Eva. Luego declara:

ECR 18.1

El Evangelio como me ha sido revelado

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18.1 Ante mi vista la casita de Nazaret, y María dentro, jovencita, como cuando el Ángel de Dios se le apareció. El solo hecho de ver, ya me llena el alma del perfume virginal de esa morada; del perfume angélico aún presente en esa estancia en que el Ángel agitó sus alas de oro; del perfume divino, que se ha concentrado enteramente en María para hacer de Ella una Madre y que ahora de Ella revierte.

Las sombras empiezan a invadir la estancia a la que antes había descendido tanta luz de Cielo. Está anocheciendo.

María, de rodillas al lado de su lecho, ora con las manos cruzadas sobre el pecho y con el rostro muy inclinado hacia el suelo. Lleva el mismo vestido del momento del Anuncio. Todo está como entonces. La ramita florecida en su jarrón, los muebles en el mismo orden. La única variación es que la rueca y el huso están apoyados en un rincón: con su penacho de estambre, aquélla; con su brillante hilo envuelto en torno, éste.

María deja de rezar y se pone en pie, con el rostro encendido como por una llama. La boca sonríe, pero el llanto hace brillar su ojo azul.

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Probablemente sea la noche de la Anunciación.

ECR 18.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

18.4 Se ponen a hablar. José cuenta cómo ha pasado el día. Habla de sus sobrinitos. Se interesa por el trabajo de María y por sus flores. Le promete que le traerá unas flores muy bonitas que el Centurión le ha ofrecido. «Nosotros no tenemos esas flores. Las han traído de Roma. Me ha prometido que, apenas hayan germinado, me dará las plantas. Ahora, cuando la Luna sea propicia, te las planto. Tienen colores bonitos y un perfume muy bueno. Las he visto el verano pasado, porque florecen en verano. Perfumarán toda tu casa. Los árboles los podaré más tarde, con la Luna favorable. Es ése el momento».

María sonríe y de nuevo le da las gracias. Silencio. José fija su mirada en la rubia cabeza de María inclinada hacia su trabajo de bordado. Es una mirada de amor angelical. Sin duda alguna, si un ángel amara a una mujer con amor de esposo, la miraría así.

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José fue al encuentro de María en su casa, cuando estaban comprometidos para casarse. María acababa de vivir la Anunciación.

Palabras clave

ECR 18.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

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18.5 María, como quien hubiese tomado una decisión, pone en su regazo el bordado y dice: «José, yo también tengo algo que decirte. Nunca recibo nada, pues tú sabes qué retirada vivo. Pero, hoy he recibido una noticia. He tenido noticia de que nuestra parienta Isabel, mujer de Zacarías, va a tener pronto un hijo...».

José abre enormemente los ojos y dice: «¿A su edad?».

«A su edad» responde sonriendo María. «El Señor todo lo puede, y ahora ha querido darle esta alegría a nuestra parienta».

«¿Cómo lo has sabido? ¿Es segura esta noticia?».

«Ha venido un mensajero; y es uno que no puede mentir. Yo quisiera ir donde Isabel, para servirla y decirle que exulto con ella. Si tú lo permites...».

«María, tú eres mi señora y yo tu siervo. Todo lo que haces está bien hecho. ¿Cuándo quisieras partir?».

«Lo antes posible. Pero estaré fuera algunos meses».

«Y yo contaré los días esperándote. Ve tranquila. Me ocuparé de la casa y de tu huertecito. Cuando vuelvas encontrarás tus flores tan bonitas como si tú misma las hubieras estado cuidando. Sólo una cosa... Espera. Antes de la Pascua tengo que ir a Jerusalén, para comprar unas cosas para mi trabajo. Si esperas unos días, te acompaño hasta allí; no más lejos, porque debo volver rápidamente; pero hasta allí podemos ir juntos. Estoy más tranquilo si no pienso que vas sola por los caminos. Para la vuelta, házmelo saber, y así saldré a tu encuentro».

«Eres muy bueno, José. Que el Señor te recompense con sus bendiciones y mantenga lejos de ti el dolor. Le pido siempre por esto».

18.6 Los dos castos esposos se sonríen angelicalmente. Silencio de nuevo durante un tiempo.

Luego José se pone en pie. Se pone el manto, se pone la capucha, se despide de María, que también se ha levantado, y sale.

María le sigue con la mirada y con un suspiro como de pena. Luego levanta los ojos al cielo. Está, sin duda, orando. Cierra la puerta con cuidado. Dobla el bordado. Va a la cocina. Apaga, o cubre, la lumbre. Mira a ver si todo está como debe. Coge la lámpara y sale, cerrando la puerta. Con su mano protege la llamita, temblorosa en el viento fresquito de la noche. Entra en su habitación y sigue orando.

La visión cesa así.

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María anuncia a José la maternidad de Isabel.

ECR 18.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

18.7 Dice María:

«Hija mía querida, cuando, terminado el éxtasis que me había henchido de inefable alegría, regresé a los sentidos de la Tierra, el primer pensamiento que, punzante como espina de rosas, hirió mi corazón envuelto en las rosas del Divino Amor, desposado conmigo unos instantes antes, fue José.

Yo ya amaba entonces a este santo y providente custodio mío. Desde el momento en que la voluntad de Dios, a través de la palabra de su Sacerdote, quiso que fuera esposa de José, pude ir conociendo y apreciando la santidad de este Justo. Unida a él, sentí cesar mi estado de desorientación por mi orfandad, y dejé de añorar el perdido amparo del Templo. Él era tan dulce como el padre que había perdido. Junto a él me sentía tan segura como junto al Sacerdote. Toda vacilación había cesado; es más, había quedado olvidada — efectivamente, mucho se habían alejado de mi corazón de virgen las vacilaciones, porque había comprendido que no tenía motivo alguno de vacilar, que no tenía nada que temer respecto a José —. Mi virginidad, confiada a José, estaba más segura que un niño en brazos de su madre.»

ECR 18.8-10

El Evangelio como me ha sido revelado

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18.8 ¿Cómo decirle ahora que era Madre? Trataba de encontrar las palabras con que anunciárselo. Difícil búsqueda. No quería yo, en efecto, alabarme por el don divino recibido, y no podía justificar mi maternidad en ningún modo sin decir: “El Señor me ha amado entre todas las mujeres y de mí, su sierva, ha hecho su Esposa”. Tampoco quería engañarle, ocultándole mi estado.

Pero, mientras oraba, el Espíritu que me llenaba me había dicho: “Guarda silencio. Déjame a mí la tarea de justificarte ante tu esposo”. ¿Cuándo? ¿Cómo? No lo había preguntado. Siempre me había abandonado en Dios, como una flor se abandona a la ola que la lleva. Jamás el Eterno me había dejado sin su ayuda. Su mano me había sujetado, protegido, guiado hasta aquí; esta vez, pues, también lo haría.

18.9 Hija mía, ¡qué hermosa y confortante es la fe en nuestro eterno y buen Dios! Nos pone entre sus brazos como si fueran una cuna; nos lleva, como una barca, al radiante puerto del Bien; da calor a nuestro corazón, nos consuela, nos nutre, nos proporciona descanso y júbilo, nos ilumina y nos guía. La confianza en Dios lo es todo, y Dios da todo a quien tiene confianza en Él: se da Él mismo.

Aquella tarde llevé hasta la perfección mi confianza de criatura. Ahora podía hacerlo, porque Dios estaba en mí. Antes, mi confianza era la de una pobre criatura como era; siempre una nada, aunque fuera la Tan Amada que era la Sin Mancha. Pero ahora poseía la confianza divina porque Dios era mío: ¡mi Esposo, mi Hijo! ¡Oh, gran gozo! Ser Una con Dios. No para gloria mía, sino para amarle en una unión total y poderle decir: “Tú, Tú solo, que estás en mí, actúa con tu divina perfección en todas las cosas que yo haga”.

Si Él no me hubiera dicho: “¡Calla!”, quizás habría osado, con el rostro en tierra, decirle a José: “El Espíritu ha penetrado en mí y llevo la Semilla de Dios”. Él me habría creído, porque me estimaba y además porque, como todos los que nunca mienten, no podía creer que otro mintiera. Sí, con tal de no causarle un dolor subsiguiente, yo habría vencido la reticencia a proporcionarme a mí misma esa alabanza. Mas, presté obediencia al mandato divino.

A partir de ese momento, y durante meses, sentí esa primera herida que me ensangrentaba el corazón. Ese fue el primer dolor de mi destino de Corredentora. Lo ofrecí y lo sufrí para expiar, y para daros una norma de vida en momentos análogos a éste, de sufrimiento por deber guardar silencio o por un hecho que da una mala imagen de vosotros a quien os ama.

18.10 Confiadle a Dios la tutela de vuestro buen nombre y de vuestros intereses afectivos. Mereced, con una vida santa, la tutela de Dios, y... caminad seguros. Podrá el mundo entero ponerse en contra de vosotros; Él os defenderá ante quien os ama, y hará brillar la verdad.

Ahora descansa, hija, y sé cada vez más hija mía».

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María vive la Anunciación y habla de San José.

ECR 19.2

El Evangelio como me ha sido revelado

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Ya están en el campo y van el uno al lado del otro. Hablan raras veces. José piensa en sus asuntos y María sigue sus propios pensamientos, y, recogida en sí, sonríe ante éstos y ante las cosas cuando, saliendo de su concentración, dirige la mirada hacia lo que la rodea. De vez en cuando mira a José, y un velo de seriedad triste le nubla la cara; luego le torna la sonrisa, incluso al mirar a este esposo suyo providente, que habla poco pero que si lo hace es para preguntarle si va cómoda y si no necesita nada.

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José y María se ponen en camino hacia Jerusalén. José no sabía que María era madre.

ECR 20.3-5

El Evangelio como me ha sido revelado

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20.3 Y también ahora, cuando la visión se me detiene, como ayer, queda presente conmigo la Madre, tan nítidamente visible a mi interna vista, que le puedo describir el color rosado tenue del carrillo que bien poco tiene de grueso y sí de dulcemente blando; le puedo describir el rojo vivo de su pequeña boca y el brillar dulce de sus ojos azulinos entre el rubio oscuro de las pestañas.

Le puedo decir cómo sus cabellos, divididos por el medio de la cabeza, caen esponjosos con tres ondulaciones por cada parte hasta tapar la mitad de sus pequeñas orejas rosadas, y desaparecen con su oro pálido y brillante bajo el velo que le cubre la cabeza (en efecto, la veo cubierta con su manto, vestida con su vestido de seda paradisíaca, y con su manto fino como un velo, aunque opaco, de la misma tela que el vestido).

Le puedo decir que su vestido está como ceñido al cuello por una vaina atravesada por un cordón cuyos extremos se anudan por delante en la base del cuello; y que el vestido está recogido en torno a la cintura por un cordón más grueso, también de seda blanca, del que penden lateralmente dos borlas.

Le puedo incluso decir que el vestido, estando ceñido al cuello y a la cintura, forma sobre el pecho siete pliegues ondulados y esponjosos, único ornato del castísimo indumento.

Le puedo expresar la castidad que emana de todo el aspecto de María, de esas formas suyas tan delicadas y armoniosas que la hacen tan angélicamente mujer.

20.4 Y, cuanto más la miro, más sufro pensando en cuánto la hicieron sufrir, y me pregunto cómo pudieron no tener piedad de Ella, tan mansa y gentil, tan delicada incluso en su aspecto físico. Mirándola, llegan de nuevo a mis oídos todos los gritos del Calvario — que también iban contra Ella —, todos los escarnios y burlas, todas las maldiciones por ser la Madre del Condenado. La veo bella y tranquila, ahora; pero, su aspecto actual no me borra el recuerdo de su trágico rostro de aquellas horas de agonía, ni el de su rostro desolado en la casa de Jerusalén, después de la muerte de Jesús. Y quisiera poderla acariciar y besarle esa mejilla tan delicadamente rosada y suave, para hacer desaparecer con mi beso ese recuerdo de llanto que, igual que en mí, ciertamente está en Ella.

20.5 No puede imaginarse qué paz me da el tenerla cerca. Creo que morir viéndola tiene que ser tan dulce como la más dulce hora de vida; más dulce aún. Durante este tiempo en que no la veía así — toda para mí — he sufrido su ausencia como se sufre por la ausencia de una madre. Experimento de nuevo la inefable alegría que me acompañó en el mes de diciembre y al principio de enero. Y me siento feliz. Feliz, a pesar de que el haber visto el suplicio de la Pasión extienda un velo de dolor sobre toda dicha mía.

Es difícil decir y hacer comprender lo que siento y lo que se ha producido desde el 11 de febrero, desde la tarde en que vi sufrir a Jesús en su Pasión. Ha sido una visión que me ha cambiado radicalmente. Ya muriese ahora, ya dentro de cien años, esa visión permanecería siempre igual en su intensidad y en sus efectos. Antes pensaba en los dolores de Cristo; ahora los vivo, porque me basta una palabra, una mirada a una imagen, para volver a sufrir cuanto sufrí aquella tarde y para horrorizarme ante aquellos suplicios y angustiarme por aquel padecimiento suyo desolado; y, aunque nada lo recuerde, el recuerdo y su suplicio están vivos en mí.

María empieza a hablar y yo me callo.

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Descripción física de María con su cuerpo glorificado. Comentarios de María sobre su belleza y sobre lo que experimentó la Plenitud de Gracia en el Calvario.