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Notas del tema

Religiones y creencias

Página 8 de 39

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ECR 67.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Dos se enzarzan seriamente por causa del burro de uno, que se ha servido de la magnífica cesta de lechugas del otro burro comiéndose una buena cantidad. Tal vez es sólo un pretexto para desfogarse de un viejo resentimiento. El hecho es que de debajo de los vestidos, que llegan sólo hasta las pantorrillas, aparecen dos feos cuchillos cortos, anchos como una mano: semejan dagas seccionadas pero bien afiladas, y brillan al sol. Gritos de mujeres, vocerío de hombres. Nadie interviene para separar a estos dos, que están ya preparados para el rústico duelo.

Jesús, que iba caminando meditabundo, levanta la cabeza, ve, y, con paso velocísimo, acude a separarlos. «¡Quietos, en nombre de Dios!» ordena.

«¡No! ¡Quiero terminar de una vez con este maldito perro!».

«¡Yo también! ¿Te gustan las orlas? Te voy a hacer una con tus tripas».

Los dos giran alrededor de Jesús, dándole empujones, insultándole para que se quite de en medio, tratando de clavarse los cuchillos; pero no lo consiguen, porque Jesús con movimientos inteligentes del manto desvía los cuchillos y dificulta la precisión de los golpes. Ya su manto presenta algunos jirones.

La gente chilla: «Salte, nazareno, pagarás Tú las consecuencias». Pero Él no se mueve y trata de restablecer la calma, llamando la mente a Dios. ¡Inútil! La ira tiene enloquecidos a los dos contendientes.

Jesús emana milagro. Manda por última vez: «¡Os ordeno estaros quietos!».

«¡No! ¡Quítate! ¡No te metas donde no te llaman, perro na­za­re­no!».

Entonces Jesús extiende las manos, con aspecto de potencia fulgurante. No dice ni una palabra, pero las hojas de los cuchillos caen desmenuzadas al suelo, como si fueran de cristal y hubieran pegado contra una peña.

Los dos miran los mangos cortos, inservibles, que han quedado entre sus dedos. El estupor apacigua la ira. La multitud grita de asombro.

67.3 «¿Y ahora?» pregunta Jesús severo. «¿Dónde está vuestra fuerza?».

Los soldados que estaban de guardia en la puerta, habiendo acudido a los últimos gritos, miran también estupefactos, y uno se agacha a recoger los fragmentos de las hojas y, no creyendo que sean de acero, los prueba en la uña.

«¿Y ahora?» repite Jesús. «¿Dónde está vuestra fuerza?, ¿en qué basáis vuestro derecho?; ¿en esos trozos de metal que ahora son fragmentos entre el polvo?, ¿en esos trozos de metal que no tenían más fuerza que la del pecado de ira contra un hermano y que os despojaba de toda bendición divina y, por tanto, de toda fuerza? ¡Oh..., míseros quienes se fundan en medios humanos para vencer, sin saber que no es la violencia, sino la santidad, lo que nos hace vencedores en la Tierra! ¡Y no sólo en ella, pues, efectivamente, Dios está con los justos!

Oíd, todos vosotros de Israel, y también vosotros, soldados de Roma: la Palabra de Dios habla para todos los hijos del hombre, y no será el Hijo del hombre quien se la niegue a los gentiles.

El segundo de los preceptos del Señor es precepto de amor hacia el prójimo. Dios es bueno y quiere benevolencia en sus hijos. Quien no es benévolo con su prójimo no puede llamarse hijo de Dios ni puede tener a Dios consigo. El hombre no es un animal sin razón que se lanza y muerde por derecho a la presa. El hombre tiene una razón y un alma: por la razón debe saberse guiar como hombre, por el alma debe saber hacer esto santamente. Quien no lo hace así, se pone por debajo de los animales, se rebaja al abrazo con los demonios, porque endemonia su alma con el pecado de ira.

Amad. No os digo más que eso. Amad a vuestro prójimo como desea el Señor Dios de Israel. No seáis siempre de la sangre de Caín. Y, ¿por qué lo sois?: vosotros, que podríais ser ya homicidas, por pocas monedas; otros, por unos pocos palmos de tierra, por un puesto mejor, por una mujer. ¿Qué son estas cosas? ¿Son cosas eternas? No. Duran mucho menos que la vida, la cual, a su vez, dura un instante de eternidad. ¿Y qué perdéis si las seguís?: la paz eterna prometida a los justos, la que el Mesías os traerá junto con su Reino. Venid por el camino de la Verdad, seguid la Voz de Dios. Amaos. Sed honestos. Sed continentes. Sed humildes y justos. Marchaos y meditad».

Detalle

Jesús interviene en la pelea entre dos hombres que se desean el mal. Soldados de Roma presencian el milagro de la hoja rota.

Palabras clave

ECR 68.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

68.1 Veo a Jesús entrando, con Judas a su lado, en el recinto del Templo; pasa la primera terraza, o rellano de la grada si se prefiere; se detiene en un pórtico que rodea un amplio patio solado con mármoles de colores distintos. El lugar es muy bonito y está lleno de gente.

ECR 68.1-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Veo a Jesús entrando, con Judas a su lado, en el recinto del Templo; pasa la primera terraza, o rellano de la grada si se prefiere; se detiene en un pórtico que rodea un amplio patio solado con mármoles de colores distintos. El lugar es muy bonito y está lleno de gente.

Jesús mira a su alrededor y ve un sitio que le gusta. Pero, antes de dirigirse a él, dice a Judas: «Llámame al responsable de este lugar. Debo presentarme para que no se diga que falto a las costumbres y al respeto».

«Maestro, Tú estás por encima de las costumbres. Nadie tiene más derecho que Tú a hablar en la Casa de Dios; Tú, su Mesías».

«Yo eso lo sé, y tú también lo sabes, pero ellos no. No he venido para escandalizar, como tampoco para enseñar a violar la Ley o las costumbres; antes bien, he venido justamente para enseñar respeto, humildad y obediencia; para hacer desaparecer los escándalos. Por ello quiero pedir el permiso para hablar en nombre de Dios, haciéndome reconocer digno de ello por el responsable del lugar».

«La otra vez no lo hiciste».

«La otra vez me abrasaba el celo de la Casa de Dios, profanada por demasiadas cosas. La otra vez Yo era el Hijo del Padre, el Heredero que en nombre del Padre y por amor de su Casa actuaba con la majestad que me es propia y que está por encima de magistrados y sacerdotes. Ahora soy el Maestro de Israel, y le enseño a Israel también esto. Y además, Judas, ¿tú crees que el discípulo es más que su Maestro?».

«No, Jesús».

«¿Y tú quién eres? ¿Y quién soy Yo?».

«Tú, el Maestro; yo, el discípulo».

«Y entonces, si reconoces que son así las cosas, ¿por qué quieres enseñar a tu Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre, tú obedece a tu Maestro. Condición primera del Hijo de Dios es ésta: obedecer sin discutir, pensando que el Padre sólo puede dar órdenes santas; condición primera del discípulo es obedecer a su Maestro, pensando que el Maestro sabe y sólo puede dar órdenes justas».

«Es verdad. Perdona. Obedezco».

«Perdono. Ve. Escucha, Judas, esta otra cosa: acuérdate de esto, recuérdalo siempre».

«¿Obedecer? Sí».

«No. Recuerda que Yo fui respetuoso y humilde para con el Templo; para con el Templo, o sea, con las clases poderosas. Ve».

Judas le mira pensativo, interrogativamente... pero no se atreve a preguntar nada más, y se va meditabundo.

68.2

Vuelve con un personaje solemnemente vestido. «Éste es, Maestro, el magistrado».

«La paz sea contigo. Solicito enseñar, entre los rabíes de Israel, a Israel».

«¿Eres rabí?».

«Lo soy».

«¿Quién fue tu maestro?».

«El Espíritu de Dios, que me habla con su sabiduría y me ilumina cada una de las palabras de los Textos Santos».

«¿Eres más que Hil.lel, Tú, que sin maestro afirmas que sabes toda doctrina? ¿Cómo puede uno formarse si no hay uno que le for­me?».

«Como se formó David, pastorcito ignorante que llegó a ser rey poderoso y sabio por voluntad del Señor».

«Tu nombre».

«Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joa­quín, de la estirpe de David, y de Ana de Aarón; María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel».

«¿Quién lo prueba?».

«Todavía debe haber aquí levitas que se acuerden de ese hecho, coetáneos de Zacarías de la clase de Abías, pariente mío. Pregúntaselo a ellos, si dudas de mi sinceridad».

«Te creo. ¿Pero quién me prueba que sepas enseñar?».

«Escúchame y podrás juzgar por ti mismo».

«Si quieres puedes enseñar... Pero... ¿no eres nazareno?».

«Nací en Belén de Judá en tiempos del censo ordenado por el César. Proscritos a causa de disposiciones injustas, los hijos de David están por todas partes. Pero la estirpe es de Judá».

«Ya sabes... los fariseos... toda Judea... respecto a Galilea...».

«Lo sé. No temas. En Belén vi la luz por primera vez, en Belén Efratá de donde viene mi estirpe; si ahora vivo en Galilea es sólo para que se cumpla lo que está escrito...».

El magistrado se aleja unos metros acudiendo a una llamada.

68.3

Judas pregunta: «¿Por qué no has dicho que eres el Mesías?».

«Mis palabras lo dirán».

«¿Qué es lo que está escrito y debe cumplirse?».

«La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Cristo. Yo soy el Pastor de que hablan los Profetas, y vengo a reunir a las ovejas de todas las regiones, a curar a las enfermas, a conducir al pasto bueno a las errantes. Para mí no hay Judea o Galilea, Decápolis o Idumea. Sólo hay una cosa: el Amor que mira con un único ojo y une en un único abrazo para salvar...».

Se le ve inspirado a Jesús. ¡Tanto sonríe a su sueño, que parece emanar destellos! Judas le observa admirado.

ECR 68.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Éste es, Maestro, el magistrado».

«La paz sea contigo. Solicito enseñar, entre los rabíes de Israel, a Israel».

«¿Eres rabí?».

«Lo soy».

«¿Quién fue tu maestro?».

«El Espíritu de Dios, que me habla con su sabiduría y me ilumina cada una de las palabras de los Textos Santos».

«¿Eres más que Hil.lel, Tú, que sin maestro afirmas que sabes toda doctrina? ¿Cómo puede uno formarse si no hay uno que le for­me?».

«Como se formó David, pastorcito ignorante que llegó a ser rey poderoso y sabio por voluntad del Señor».

«Tu nombre».

«Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joa­quín, de la estirpe de David, y de Ana de Aarón; María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel».

«¿Quién lo prueba?».

«Todavía debe haber aquí levitas que se acuerden de ese hecho, coetáneos de Zacarías de la clase de Abías, pariente mío. Pregúntaselo a ellos, si dudas de mi sinceridad».

«Te creo. ¿Pero quién me prueba que sepas enseñar?».

«Escúchame y podrás juzgar por ti mismo».

«Si quieres puedes enseñar... Pero... ¿no eres nazareno?».

«Nací en Belén de Judá en tiempos del censo ordenado por el César. Proscritos a causa de disposiciones injustas, los hijos de David están por todas partes. Pero la estirpe es de Judá».

«Ya sabes... los fariseos... toda Judea... respecto a Galilea...».

«Lo sé. No temas. En Belén vi la luz por primera vez, en Belén Efratá de donde viene mi estirpe; si ahora vivo en Galilea es sólo para que se cumpla lo que está escrito...».

El magistrado se aleja unos metros acudiendo a una llamada.

Palabras clave

ECR 68.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Tu nombre».

«Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joa­quín, de la estirpe de David, y de Ana de Aarón; María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel».

ECR 69

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús sale del Templo con Judas. Judas quiere ir con él, pero Jesús le dice que tiene que rezar con el Padre. Afirma que el espíritu debe primar siempre sobre la carne, y que casi hay que matar la carne en favor de la vida sobrenatural. Judas pregunta entonces cómo es posible que no nos preocupemos por la carne y evoca el mandamiento "No matarás". Jesús respondió que debemos comer con continencia, sin envenenarnos ni comer en exceso, porque eso halaga nuestro gusto. A continuación, retomó el tema del suicidio y habló largo y tendido sobre él. Cristo declara que quien se suicida peca por orgullo. Judas señala que la gente se suicida por desesperación, pero Jesús dice que la desesperación no es otra cosa que orgullo: porque creemos que no tenemos ayuda en ninguna parte, ni siquiera de Dios, que es Padre y puede tendernos la mano. Judas señala que todos los que se suicidaron en las Escrituras antes de su venida habían pecado, pero el Maestro declara que habrán podido recibir la Misericordia de Dios, aunque nunca esté permitido hacer violencia a uno mismo ni a los demás. Después de la venida del Verbo, en cambio, el pecado del suicidio será siempre severamente condenado por la Justicia de Dios si el pecador se suicida, declarando que queda separado para siempre de Dios y no puede recibir el perdón de Dios. Puesto que la vida es un don de Dios, debemos amarla y utilizarla para ganar la eternidad.

Judas comprende el pensamiento de Cristo, pero tiene dificultades para aplicarlo. Hablan de la tentación de Cristo, y luego Jesús habla de los ángeles (espíritus puros) y del hombre, rey de la creación, a quien Jesús ha venido a rehabilitar.

A punto de dejar a Jesús, Judas le pregunta si no puede llevarlo a otro lugar que no sea el olivar, para que sea "mejor considerado". Pero, aunque Jesús le agradece su consideración, le gusta quedarse en este ambiente humilde. Vendrá para todos, tanto para los pequeños como para los grandes, pero sobre todo se quedará donde haya humildad. Finalmente, los dos hombres se separan poco después.

ECR 70.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

70.3 Salen al olivar — previamente Juan ha cogido algo del talego que había puesto en el rincón. Caminan un poco y llegan a una prominencia del terreno desde la que se ve toda Jerusalén.

«Sentémonos aquí y hablemos entre nosotros» dice Jesús.

Juan, sin embargo, prefiere sentarse a sus pies, sobre la hierba corta. Apoya el brazo en las rodillas de Jesús. Reclina la cabeza sobre el brazo. Y mira cada poco a su Jesús. Parece un niño junto a la persona que más quiere. «Desde aquí es bonito, Maestro. Mira qué grande parece la ciudad de noche; más que de día».

«Es porque la luz de la luna difumina sus contornos. Observa: parece como si el límite se ensanchara en una luminosidad de plata. Mira la cúspide del Templo, allí arriba. ¿No parece suspendida en el vacío?».

«Parece que la llevan los ángeles en sus alas de plata».

Jesús suspira.

«¿Por qué suspiras, Maestro?».

«Porque los ángeles han abandonado el Templo. Su aspecto de pureza y santidad está sólo circunscrito a los muros. Quienes deberían dárselo en el alma — porque todo lugar también tiene su alma, o sea, el espíritu en virtud del cual fue erigido, y el Templo tiene, debería tener, alma de oración y santidad — son los primeros en quitárselo. No se puede dar lo que no se tiene, Juan. Y si muchos son los sacerdotes y los levitas que viven allí, no hay ni siquiera una décima parte que sea apta para dar vida al Lugar Santo. Dan muerte. Le comunican la muerte que hay en su espíritu muerto a lo santo. Tienen las fórmulas, pero no la vida de ellas. Son cadáveres, sólo calientes por la putrefacción que los hincha».

«¿Te han maltratado, Maestro?» — Juan está todo apenado.

«No. Es más, me han dejado hablar cuando lo he solicitado».

«¿Lo has solicitado? ¿Por qué?».

«Porque no quiero ser Yo el que empieze la guerra. La guerra vendrá igualmente, porque Yo infundiré miedo, un estúpido miedo humano, a algunos, y seré un reproche para otros; pero esto debe estar en su libro, no en el mío».

Detalle

Jesús está con Juan en el olivar de Getsemaní. Ven toda la ciudad de Jerusalén.

ECR 71

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús habla con Judas. Están esperando a Simón el Zelote y a Juan de Zebedeo, que van a reunirse con él. Jesús le dice que Juan es su primer discípulo y Judas se siente herido, pero no dice nada al Maestro. El Maestro, que conoce el corazón, le pregunta al Iscariote por qué no le dice lo que piensa. Luego le pregunta si su padre le quería, y Judas habla de su padre con emoción. El Señor le asegura entonces que, si su padre lo educó como Judas le dice, era ciertamente un hombre justo y que se alegrará de saber que es discípulo del Mesías. Pero Judas debe ver en Jesús al padre que había perdido y no ocultarle nada. Judas declara que llegará a ser bueno si Cristo lo ama tanto. Admite que le dolía no haber sido el primer discípulo, pero Jesús le asegura que no hace diferencia en su corazón entre el primero y el último.

Simón y Juan llegan mientras tanto. El antiguo leproso saluda a su Salvador con un grito de alegría, y Jesús le bendice por la labor de evangelización que ya ha realizado. Simón aprovecha la ocasión para mencionar a Lázaro, y Jesús le promete que irá a verle. A continuación tienen lugar las presentaciones entre los discípulos. Jesús envía a Juan con Judas y pide a Simón que sea indulgente con este hombre, al que Simón-Pedro y los demás no apreciarán. Simón accede y con estas palabras van a evangelizar a la gente en el Templo.