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Notas de la palabra clave

Palabras de la Virgen María

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ECR 205.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...Los apóstoles, la Madre de Jesús y las otras mujeres se dirigen hacia la casa, precedidos todos por Margziam, que va saltando, presuroso, delante. No obstante, el niño en seguida vuelve hacia atrás, toma a María de la mano y le dice: «Ven conmigo, que te tengo que decir a solas una cosa». Ella accede a su petición; así que tuercen hacia el pozo, que está en un ángulo del patio, enteramente cubierto por una tupida pérgola, que desde el nivel del suelo sube, formando un arco, hasta la terraza. Detrás está Judas Iscariote.

«Judas, ¿qué quieres? Déjanos, Margziam... Habla. ¿Qué quieres?».

«He obrado mal... No me atrevo a ir al Maestro, ni a presentarme ante mis compañeros... Ayúdame...».

«Te ayudaré. Sí. De todas formas, ¿es que no piensas en el mucho dolor que causas? Mi Hijo ha llorado por causa tuya, lo cual a su vez ha hecho sufrir a tus compañeros. Ven, de todas formas, que ninguno te dirá nada. Y, si puedes, no vuelvas a caer en esto mismo, que es indigno de un hombre y sacrílego respecto al Verbo de Dios».

«¿Tú, Madre, me perdonas?».

«¿Yo? Yo no cuento nada al lado de ti, que te sientes tan grande. Soy la menor de las siervas del Señor. ¿Por qué te preocupas de mí, si no tienes piedad de mi Hijo?».

«Pienso en mi madre, pienso que si tú me perdonas ella también me perdonará».

«No sabe lo que has hecho».

«Pero me había hecho jurar que sería bueno con el Maestro. Soy un perjuro. Percibo la reprensión del alma de mi madre».

«¿Eso es lo que sientes? ¿Y no percibes la queja y la desaprobación del Padre y del Verbo? ¡Oh, eres un desdichado, Judas! Vas sembrando el dolor en ti y en quienes te quieren».

María está muy seria y triste. Habla sin acritud, pero muy seria. Judas llora.

«No llores; mas bien, cambia. Ven» y le toma de la mano y entra así con él en la cocina.

Vivísimo es el estupor de todos. María previene posibles reacciones poco compasivas diciendo: «Judas ha vuelto. Haced como el primogénito después de que le habló su padre. Juan, ve a avisar a Jesús».

Juan de Zebedeo sale a la carrera.

El silencio gravita sobre la cocina... Lo rompe Judas diciendo: «Perdonadme. Tú el primero, Simón, tú que tienes un gran corazón paternal. Yo también soy huérfano».

«Sí, sí, te perdono. Por favor, no hables más de ello. Somos hermanos... y no me gustan estos altibajos de pedir perdón y volver a caer; son denigrantes, tanto para quien lo comete como para quien lo concede. Ahí viene Jesús. Ve a Él y basta».

Judas va hacia Jesús. Mientra, Pedro, no pudiendo hacer otra cosa, se pone a partir con vehemencia madera seca...

ECR 207.1-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Simón de Jonás se adelanta y alcanza al grupo de Jesús. Pregunta: «¿Por aquí se va a Belén? Juan dice que la otra vez habéis ido por otro camino».

«Es verdad» responde Jesús «pero porque veníamos de Jerusalén. Por aquí es más corto. Cuando lleguemos al sepulcro de Raquel, que quieren verlo las mujeres, nos separaremos, como hace tiempo habéis decidido. Mi Madre quiere ir a Betsur. Allí nos reuniremos de nuevo».

«Sí, lo dijimos... ¡Pero, sería tan hermoso que estuviéramos todos presentes!... especialmente la Madre... que, a fin de cuentas, es la Reina de Belén y de la Gruta, y conoce todo a la perfección. Si lo contara Ella, creo que sería distinto».

Jesús mira a Simón, que insinúa dulcemente su deseo, y sonríe.

«¿Qué gruta, padre?» pregunta Marziam.

«La gruta donde nació Jesús».

«¡Ah, muy bien! ¡Voy yo también!...».

«¡Sería precioso!» dicen María de Alfeo y Salomé.

«¡Precioso!... Significaría volver al pasado, a cuando el mundo te ignoraba... Te ignoraba, sí, pero todavía no te odiaba. Significaría encontrar de nuevo el amor de las personas sencillas que supieron sólo creer y amar, con humildad y fe... Significaría depositar en el pesebre este peso de amargura que oprime mi corazón desde que sé lo mucho que te odian... Debe haber quedado todavía en el pesebre la dulzura de tu mirada, de tu respirar, de tu titubeante sonrisa... y ello me acariciaría el corazón, ¡este corazón mío tan lleno de amargura!...». (María habla despacio, entre anhelante y afligida).

«Pues entonces vamos a ir, Mamá. Condúcenos tú al lugar. Hoy eres tú la Maestra y Yo el Niño que ha de aprender».

«¡No, Hijo! Tú eres siempre el Maestro...».

«No, Mamá. Simón de Jonás tiene razón en lo que ha dicho. En la tierra de Belén tú eres la Reina. Es tu primer castillo. María, de la estirpe de David, guía a este pequeño pueblo a tu morada».

Judas Iscariote hace ademán de hablar, pero no dice nada. Jesús, que se ha dado cuenta del gesto y lo ha interpretado, dice: «Si alguno, por cansancio u otro motivo, no quiere venir, que libremente prosiga hacia Betsur». Pero ninguno habla.

207.2

Prosiguen el camino por este fresco valle que va en dirección Este-Oeste. Luego giran levemente hacia el Norte para bordear un entrante de un collado, y llegan así al camino que de Jerusalén conduce a Belén, justo a la altura de un cubo — la tumba de Raquel — que culmina en una pequeña cúpula orbicular. Todos se acercan para orar con reverencia.

«Aquí nos detuvimos yo y José... Está todo igual. Lo único distinto es la estación: en aquel entonces era un frío día de Kisléu. Había llovido, los caminos estaban embarrados; luego se había levantado un viento helador y quizás había caído escarcha durante la noche. Los caminos estaban endurecidos, pero, recorridos todos ellos por carros y por mucha gente, parecían un mar lleno de hoyos. Se hacía muy trabajoso para mi burrito...».

«¿Y para ti no, Madre?».

«¡Yo te tenía a ti!...». La expresión de beatitud con que le mira es verdaderamente conmovedora.

Unos instantes después, sigue hablando:

«Atardecía. José estaba muy preocupado... Se estaba levantando un viento que cortaba, y cada vez soplaba más fuerte... La gente que iba hacia Belén apresuraba su paso. Chocaban unos con otros. Muchos decían insolencias contra mi burrito, por lo despacio que iba, buscando el lugar donde apoyar sus pezuñas... Parecía como si supiera que Tú estabas ahí... durmiendo el último sueño en la cuna de mis entrañas. Hacía frío... pero yo ardía por dentro. Te sentía llegar... ¿Llegar? Podrías decir: “Mamá, Yo ya estaba desde hacía nueve meses”. Sí. Pero ahora era como si vinieras del Cielo. El Cielo descendía, se plegaba hacia mí, y yo veía sus resplandores... Veía a la Divinidad arder de gozo por tu inminente nacimiento, y ese fuego me traspasaba, me incendiaba, me abstraía... de todo... Frío... viento... gente... ¡Nada! Yo veía a Dios... De tanto en tanto, con esfuerzo, lograba volver con mi espíritu a esta tierra, y sonreía a José, que temía al frío y al cansancio por mí, y que iba guiando al burrito por temor a que tropezase, y que me arropaba con la manta porque temía que me enfriase... Mas nada podía suceder. No sentía los bamboleos. Me parecía ir por un camino de estrellas, entre nubes cándidas, sujetada por ángeles... Y sonreía... Primero a ti... Te veía dormir, capullo mío de azucena, a través de la barrera de la carne, con los puñitos apretados en tu camita de rosas vivas... Luego sonreía a mi esposo, que estaba profundamente afligido, para infundirle ánimo... Luego a la gente, que no sabía que estaba respirando ya en el aura del Salvador...

Nos detuvimos cerca de la tumba de Raquel, para que descansase un momento el borriquillo y para comer un poco de pan y unas aceitunas, nuestras provisiones de pobres. Pero yo no tenía hambre. No podía tener hambre... Me alimentaba mi alegría...

207.3

Reanudamos el camino... Venid, os voy a decir dónde encontramos al pastor... No penséis que puedo equivocarme; estoy reviviendo aquella hora, veo y reconozco cada uno de los lugares porque veo a través de una gran luz angélica. Quizás la muchedumbre angélica está de nuevo aquí, invisible para los cuerpos, pero visible para las almas con su luminoso candor, y todo se hace patente, todo queda señalado. Ellos no pueden equivocarse, y me guían... para alegría mía y vuestra. Mirad, desde aquel campo a éste vino Elías con sus ovejas. José le pidió un poco de leche para mí. Allí, en aquel prado, estuvimos detenidos mientras él extraía la leche tibia, reconstituyente, y daba algunos consejos a José. Venid, venid... Mirad, éste es el sendero de la última hondonada antes de Belén. Lo elegimos porque el camino principal, en las cercanías de la ciudad, era todo un barullo de gente y cabalgaduras...

207.4

¡Ahí está Belén! ¡Oh, entrañable tierra de mis padres, que me diste el primer beso de mi Hijo! Te abriste, buena y fragante, como el pan que te da el nombre[1], para dar Pan verdadero al mundo mortal-mente hambriento! ¡Me abrazaste, tú, tierra que conservas el materno amor de Raquel, como una madre; tierra santa de la davídica Belén; primer templo del Salvador, de la Estrella de la mañana nacida de Jacob para señalar la ruta del Cielo a toda la Humanidad! ¡Fijaos cuán bella está en esta primavera! ¡También entonces, a pesar de que los campos y los viñedos aparecieran desnudos, era hermosa! Un velo leve de escarcha tornaba a resplandecer en las desnudas ramas, que aparecían espolvoreadas de diamantes, como envueltas en un impalpable cendal paradisíaco. Las chimeneas de todas las casas humeaban, pues llegaba la hora de la cena. El humo, subiendo escalonadamente los rellanos hasta llegar a este límite, mostraba a la propia ciudad también velada...

Todo se sentía casto, recogido, en espera... ¡de ti, de ti, Hijo! La tierra te sentía llegar... Te habrían sentido también los betlemitas, porque no son malos, a pesar de que no lo creáis. No podían ofrecernos alojamiento... En las casas honradas y buenas de Belén, se apiñaban, arrogantes como siempre, sordos y soberbios, los que hoy lo siguen siendo; ésos no podían sentirte a ti... ¡Cuántos fariseos, saduceos, herodianos, escribas, esenios había! ¡Cuántos!... Su embotamiento de ahora sigue siendo manifestación de su dureza de corazón de entonces. Cerraron su corazón al amor a su pobre hermana aquella noche... y se quedaron — y todavía lo están — en las tinieblas. Desde aquel momento, rechazando el amor al prójimo, rechazaron a Dios.

207.5

Venid. Vamos a la gruta. Es inútil entrar en la ciudad. Los mejo res amigos de mi Niño ya no están. Queda la naturaleza amiga, con sus piedras, su riachuelo, su leña para encender fuego; la naturaleza que sintió la llegada de su Señor... Sí, venid sin vacilación. Se tuerce por aquí... Allí están las ruinas de la Torre de David: ¡la aprecio más que a un palacio! ¡Benditas ruinas! ¡Bendito riachuelo! ¡Bendito árbol que, como por milagro, te despojaste, con el viento, de muchas de tus ramas para que encontrásemos leña y pudiéramos encender fuego!».

María baja ligera hacia la gruta, atraviesa el pequeño riachuelo por una tabla que hace de puente, corre hacia el espacio abierto que hay delante de las ruinas y cae de rodillas a la entrada de la gruta, y se curva para besar su suelo. La siguen todos los demás. Están emocionados... El niño, que no la deja ni un instante, parece estar escuchando una historia maravillosa; sus ojitos negros beben las palabras y los gestos de María sin perderse ni uno solo.

María se pone en pie y entra diciendo:

«¡Todo, todo como entonces!... Pero en aquella ocasión era de noche... José me hizo luz para que entrase. Entonces, sólo entonces, desmontando del borriquillo, sentí lo cansada y helada que estaba... Un buey nos saludó. Me acerqué a él para sentir un poco de calor, para apoyarme sobre el heno... José, aquí, donde estoy yo, extendió heno para hacerme un lecho. Lo había secado a la llama que estaba encendida en aquel rincón; para mí y para ti, Hijo... porque era bueno como un padre, con su amor de esposo-ángel... Y los dos de la mano, como dos hermanos perdidos en la oscuridad de la noche, comimos nuestro pan y nuestro queso; luego él fue allí, a alimentar el fuego, y se quitó el manto para tapar la abertura... En realidad, había corrido el velo ante la gloria de Dios que descendía del Cielo, Tú, mi Jesús... Y yo permanecí allí, encima del heno, al calorcito de los dos animales, arropada en mi manto y con la manta de lana... ¡Mi amado esposo!... En la conmoción de aquella hora, en que me encontraba sola ante el misterio de la primera maternidad, siempre henchida de lo desconocido para una mujer, y para mí — en mi maternidad única — henchida además del misterio del qué sería ver al Hijo de Dios surgir de carne mortal, José fue para mí como una madre, como un ángel... mi consuelo... entonces y siempre...

207.6

Luego, silencio y sueño descendieron y circundaron al Justo... para que no viera lo que para mí era el beso de Dios de cada día... Y, tras el intermedio de las humanas necesidades, he aquí que me llegan las desmesuradas olas del éxtasis, que vienen del mar paradisíaco, y que me elevan de nuevo a lo alto de las crestas luminosas, cada vez más altas, y me llevan arriba, arriba, con ellas, a un océano de luz, de luz, de alegría, paz, amor, hasta verme perdida en el mar de Dios, del seno de Dios... Oigo todavía una voz de la tierra: “¿Duermes, María?”. ¡Qué lejana!... ¡Es un eco, un recuerdo de la tierra!... Tan débil que el alma no reacciona. No sé lo que respondo. Mientras, sigo subiendo, subiendo, en esta inmensidad de fuego, de beatitud infinita, de precognición de Dios... hasta Él, hasta Él. ¡Oh!, pero, ¿te alumbré yo a ti, o fui yo alumbrada por los trinitarios Fulgores aquella noche?, ¿te alumbré yo a ti, o Tú me aspiraste para alumbrarme? No lo sé... Luego el regreso, de coro en coro, de astro en astro, de estrato en estrato, dulce, lento, beato, sereno, como el de una flor que el águila ha llevado a las alturas para dejarla caer después, y desciende lentamente, en las alas del aire, embellecida por una gema de lluvia, por un pedacito de arco iris arrebatado al cielo, para encontrarse al final en la tierra que la viera nacer... Mi diadema: ¡Tú! Tú sobre mi corazón...

Aquí, sentada, después de haberte adorado, te amé. Por fin pude amarte sin la barrera de la carne; de aquí me desplacé para llevarte al amor de aquel que como yo era digno de estar entre los primeros que te amasen. Aquí, entre estas dos toscas columnas, te ofrecí al Padre. Aquí descansaste por primera vez sobre el pecho de José... Aquí te envolví en pañales y, los dos, te colocamos aquí... Yo te acunaba mientras José secaba el heno al fuego y se lo metía en su pecho para mantenerlo caliente. Luego, allí… adorándote los dos, así, así, inclinados hacia ti, como yo ahora; bebiendo tu respiración, contemplando hasta qué anonadamiento puede conducir el amor; llorando las lágrimas que, ciertamente, se lloran en el Cielo por el gozo inagotable de ver a Dios».

207.7

María, que ha estado yendo a un lado o a otro mientras evocaba los hechos, señalando los lugares, jadeante de amor, con un destello de llanto en sus ojos azules y una sonrisa en los labios, se inclina realmente hacia Jesús — que está sentado en una piedra grande mientras Ella cuenta — y le besa en el pelo, llorando, adorándole como entonces.

«Y luego los pastores... dentro, aquí, adorando con su buen corazón, con el intenso hálito de la tierra que con ellos entraba en su olor humano, de rebaños, de heno; y, afuera, y por todas partes, los ángeles, adorándote con su amor, con sus cantos (que ninguna criatura humana puede reproducir) y con el amor del Cielo, con la brisa del Cielo que con ellos entraba, que ellos portaban, entre sus fulgores... ¡Tu nacimiento, bendito mío!».

María se ha arrodillado al lado de su Hijo y llora de emoción con la cabeza reclinada en las rodillas de Jesús. Ninguno de los presentes se atreve a decir nada durante un rato; emocionados en mayor o menor grado, miran en torno a sí, como esperando ver pintada, entre las telas de araña y las ásperas piedras, la escena descrita...

María sale de este momento particular y torna a hablar: «Bien, he descrito el nacimiento, infinitamente sencillo, infinitamente grande, de mi Hijo. Lo he hecho con mi corazón de mujer, no con la sabiduría de un maestro. No hay más; en efecto, fue la cosa más grande de la tierra, si bien velada bajo las apariencias más comunes».

207.8

«Pero, ¿y al día siguiente?, ¿y después?» preguntan muchos de los presentes, entre los cuales las dos Marías.

«¿El día siguiente? ¡Muy sencillo! Hice lo que todas las madres: dar de mamar al niño, lavarle, ponerle los pañales. Yo calentaba agua del río en el fuego que ardía ahí afuera (para que el humo no hiciera llorar a esos dos ojitos azules); y luego, en el rincón más amparado, en una vieja artesa, lavaba a mi Hijo y le ponía ropita fresca; iba al río a lavar los pañales y los tendía al sol... y luego la alegría más grande, darle el pecho a Jesús... y Él mamaba y tomaba más color y se sentía contento... El primer día, durante la hora más caliente, fui a sentarme ahí afuera para verle bien. Aquí la luz sólo se filtra, no entra verdaderamente. La lámpara y la llama daban un caprichoso aspecto a las cosas. Salí afuera, al sol... y miré al Verbo encarnado. La Madre conoció entonces a su Hijo; la sierva de Dios, a su Señor: fui mujer y adoradora... Después, la casa de Ana... los días ante tu cuna... los primeros pasos... la primera palabra... Pero esto fue después, en su momento... Nada, nada fue tan grande como la hora de tu nacimiento... Sólo cuando regrese a Dios, volveré a encontrar aquella plenitud...».

María de Alfeo dice: «¡Sí, pero, ponerse en camino al final...! ¡Qué imprudencia! ¿Por qué no esperasteis? El decreto preveía un alargamiento del plazo para los casos especiales, como partos o enfermedades. Alfeo lo dijo...».

«¿Esperar? ¡No! Aquella tarde, cuando José trajo la noticia, yo y Tú, Hijo, exultamos de alegría. Era la llamada... porque tenías que nacer necesariamente aquí, como habían dicho los Profetas; aquel decreto llegado al improviso fue para José piadoso Cielo, cancelador incluso del recuerdo de su sospecha. Era lo que esperaba, por ti, por él, por el mundo judaico y por el mundo futuro, hasta el final de los siglos. Estaba escrito, y sucedió como había sido escrito. ¿Esperar! ¿Podrá la novia hacer esperar su sueño nupcial? ¿Por qué esperar?».

«Pues... por todo lo que podía suceder...» insiste todavía María de Alfeo.

«No tenía ningún miedo. Reposaba en Dios».

«Pero, ¿sabías que todo habría de suceder así?».

«Nadie me lo había dicho, y yo no pensaba en absoluto en ello; tanto es así, que, para dar ánimos a José, le dejé pensar, y os dejé pensar, que todavía faltaba tiempo para el nacimiento. Sabía — esto sí que lo sabía — que la Luz del mundo nacería en la fiesta de las luces».

«Madre, la pregunta sería, más bien, ¿por qué no acompañaste a María? Y, mi padre, ¿por qué no pensó en esto? ¡Teníais que haber venido también vosotros! ¿No vinimos aquí todos?» pregunta, severo, Judas Tadeo.

«Tu padre había decidido venir después de la fiesta de las Luminarias y se lo dijo a su hermano, pero José no quiso esperar».

«Pero, tú al menos...» rebate aún Judas Tadeo.

«No la censures, Judas. De común acuerdo, consideramos que era justo correr un velo sobre el misterio de este nacimiento».

«Pero, ¿José sabía con qué signos había de producirse? Si tú no lo sabías, ¿podía saberlo él?».

«No sabíamos nada, sino que Él debía nacer».

«¿Y entonces...?».

«Entonces la Sabiduría divina nos guió así, como era justo. El nacimiento de Jesús, su presencia en el mundo, debían manifestarse exentos de todo lo que pudiera saber a maravilloso y que hubiera provocado a Satanás... Mirad cómo la aversión actual de Belén hacia el Mesías es una consecuencia de la primera epifanía del Cristo. El livor demoniaco se sirvió de la revelación para producir derramamiento de sangre, y para diseminar, por la sangre derramada, odio…

207.9

¿Estás contento, Simón de Jonás? No hablas. Casi ni respiras...».

«Tanto... tanto que me parece estar fuera del mundo, en un lugar más santo que si hubiera traspasado el velo del Templo... Tanto que... que ahora, después de haberte visto en este sitio y con la luz de entonces, me produce temblor el haberte tratado... con respeto, sí, pero sólo como a una gran mujer; eso, como a una simple mujer. A partir de ahora no osaré ya decirte como antes: “María”. Antes eras para mí la Madre de mi Maestro, ahora te he visto en la cima de aquellas olas celestiales, te he visto Reina; y yo, miserable, hago esto, como esclavo que soy» y se arroja al suelo y besa los pies de María.

Ahora es Jesús quien habla: «Simón, álzate; ven aquí, a mi lado».

Pedro se pone en la izquierda de Jesús (María está a la derecha).

«¿Qué somos ahora nosotros?» pregunta Jesús.

«¿Nosotros? ¡Hombre, pues Jesús, María y Simón!».

«De acuerdo, pero ¿cuántos somos?».

«Tres, Maestro».

«Entonces somos una trinidad. Un día, en el Cielo, la divina Trinidad pensó: “Es el momento de que el Verbo vaya a la tierra”[2]. En un latido de amor, el Verbo vino a la tierra. Se separó por ello del Padre y del Espíritu Santo. Vino a actuar en la tierra. En el Cielo, los otros Dos contemplaron las obras del Verbo, permaneciendo más unidos que nunca para fundir Pensamiento y Amor en ayuda de la Palabra, operante en la tierra. Llegará un día en que vendrá del Cielo esta orden: “Es el momento de que vuelvas, porque todo está cumplido”. Entonces el Verbo volverá al Cielo, así... (y Jesús se retira un paso hacia atrás dejando a Pedro y a María donde estaban), y desde lo alto del Cielo contemplará las obras de los otros dos de la tierra, los cuales, por santo impulso, se unirán más que nunca, para fundir poder y amor y hacer de ello un medio para cumplir el deseo del Verbo: la redención del mundo a través de la perpetua enseñanza de su Iglesia. Y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo harán con sus rayos una cadena para estrechar, estrechar cada vez más a los dos que estarán todavía en esta tierra: mi Madre, el amor; tú, el poder. Por tanto, ciertamente tendrás que tratar a María como a una reina, pero no como esclavo. ¿No te parece?».

«Me parece todo lo que quieras. ¡Me siento anonadado! ¡Yo el poder? ¡Ah, pues si tengo que ser el poder entonces sí que me debo apoyar en Ella! ¡Madre de mi Señor, no me abandones nunca, nunca, nunca...!».

«No temas. Te tendré siempre cogido de la mano; así, como hacía con mi Niño hasta que fue capaz de andar solo».

«¿Y después?».

«Después te sostendré con la oración. ¡Ánimo, Simón; no dudes nunca del poder de Dios! Ni yo ni José dudamos de su poder, tú tampoco debes dudar. Dios otorga su ayuda en cada hora, si permanecemos humildes y fieles...

ECR 208.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Es casi seguro que los encontraremos, si durante un trecho volvemos al camino de Hebrón. Por favor, id de dos en dos a buscarlos, por las veredas de las montañas; de aquí a las piscinas de Salomón y de allí a Betsur. Nosotros os seguiremos. Ésta es su zona de pastos» dice el Señor a los doce. Comprendo que está hablando de los pastores.

Los apóstoles se apresuran a ir cada uno con el compañero preferido; sólo la pareja casi inseparable de Juan y Andrés no se une, porque los dos van a Judas Iscariote y le dicen: «Voy contigo», y Judas responde: «Sí, ven, Andrés. Es mejor así, Juan. Tú y yo seríamos dos que ya conocemos a los pastores; es mejor que vayas con algún otro».

«Entonces conmigo el muchacho» dice Pedro, dejando a Santiago de Zebedeo, que, sin protestar, va con Tomás, mientras Simón Zelote va con Judas Tadeo, Santiago de Alfeo con Mateo, y los dos inseparables Felipe y Bartolomé por su cuenta. El niño se queda con Jesús y las dos Marías.

El camino es fresco y bonito, entre montes llenos de verdor por las distintas parcelas pobladas de bosque o destinadas a prado. Se ven pasar rebaños que van bajo la luz dorada de la aurora hacia los pastos.

A cada sonido de esquila Jesús guarda silencio y mira, luego pregunta a los pastores si Elías, el pastor betlemita, está por esos lugares. Me doy cuenta de que a Elías se le conoce ya como “el betlemita” (aunque otros pastores lo sean también, él es, seria o burlonamente, “el betlemita”). Hacen detenerse al rebaño, dejan de tocar sus toscas flautas, y responden... Ninguno lo sabe.

Los jóvenes tienen, casi todos, estas flautas primordiales de cañas, cosa que hace extasiarse a Margziam, hasta que un pastor anciano y bueno le da el de su nieto diciendo: «Él se hará otra flauta». Y Margziam se va contento con su instrumento, en bandolera, a pesar de que todavía no lo sepa usar.

208.2

«¡Me agradaría mucho encontrarlos!» exclama María.

«Los encontraremos. Seguro. Durante esta estación van siempre en dirección a Hebrón».

El niño se interesa por estos pastores que vieron al niño Jesús y hace mil preguntas a María, la cual, con bondad y paciencia, le explica todo.

«Pero, ¿por qué los castigaron? ¡No habían hecho sino el bien!» pregunta el niño tras oír la narración de sus desventuras.

«Porque muchas veces el hombre comete errores y acusa al inocente de un mal que en realidad ha hecho otro. Pero, por haber sido buenos y haber sabido perdonar, Jesús los quiere mucho. Hay que saber perdonar siempre».

«Pero, ¿y todos esos niños asesinados?, ¿cómo han logrado perdonar a Herodes?».

«Son pequeñuelos mártires, Margziam, y los mártires son santos, y no sólo perdonan a su verdugo sino que le aman porque les abre la puerta del Cielo».

«Pero, ¿están en el Cielo?».

«No, todavía no. Están en el Limbo para alegría de los patriarcas y los justos».

«¿Por qué?».

«Porque, cuando han llegado, con su alma roja de sangre, han dicho: “Somos los heraldos del Cristo Salvador. Alegraos, vosotros que esperáis, porque ya está en la tierra”. Y todos los aman por haberles llevado esta buena nueva».

«Me ha dicho mi padre que la buena nueva es también la Palabra de Jesús. Entonces, cuando mi padre vaya al Limbo, después de haberla transmitido en la tierra, y cuando vaya yo también, ¿nos amarán como a ellos?».

«Pequeñuelo, tú no irás al Limbo».

«¿Por qué?».

«Porque para entonces Jesús ya habrá vuelto al Cielo y le habrá abierto, así que todos los buenos, cuando mueran, irán inmediatamente al Cielo».

«Yo seré bueno. Lo prometo. ¿Y Simón de Jonás? ¡También él, eh! Que no quiero ser huérfano por segunda vez».

«Estáte seguro de que también él irá al Cielo. De todas formas, en el Cielo no hay huérfanos. Allí tenemos a Dios, y Dios es todo. Aquí tampoco somos huérfanos, porque el Padre está siempre con nosotros».

«Pero Jesús, en esa bonita oración que tú durante el día y mi madre durante la noche me habéis enseñado, dice: “Padre nuestro que estás en los Cielos”. Nosotros no estamos en el Cielo todavía. ¿Cómo podemos estar con Él?».

«Porque Dios está en todas partes, hijo mío. Dios vela por el niño que nace y por el anciano que muere. Sobre cualquier niño que esté naciendo en este momento en el lugar más remoto de la tierra están la mirada y el amor de Dios, y estarán hasta su muerte».

«¿Aun en el caso de que sean malos, como Doras?».

«Sí».

«¿Pero puede Dios, que es bueno, amar a Doras, que es muy malo y hace llorar a mi anciano padre?».

«Le mira con dolor e indignación. Pero, si se arrepintiera, le diría lo mismo que el padre de la parábola al hijo arrepentido.

208.3

Deberías rezar para que se arrepintiera y...».

«¡No, Madre! ¡¡¡Voy a rezar para que se muera!!!» dice con furia el niño. A pesar de que esta reacción sea poco... angélica, su ímpetu es tal, y tan sincero, que los presentes no pueden hacer menos que echarse a reír.

María, recobrando su dulce seriedad de maestra, dice: «No, bonito; no debes hacer eso con un pecador. Si lo hicieras, Dios no te escucharía y te miraría a ti también con severidad. Incluso al perverso debemos desearle el mayor bien. La vida es un bien porque da al hombre la oportunidad de adquirir méritos ante los ojos de Dios».

«Pero el malo lo que gana son pecados».

«Se reza para que se vuelva bueno».

El niño medita un poco... pero no se le ve muy dispuesto a digerir esta lección sublime y concluye: «Doras no se volverá bueno aunque yo rece. Es demasiado malo. No se volvería bueno ni aunque conmigo rezasen todos los niños mártires de Belén. Pero, ¿sabes que... sabes que... un día pegó con una barra de hierro a mi anciano padre porque le encontró sentado durante el tiempo de trabajo? No podía ponerse en pie porque se sentía mal, y él... le pegó y le dejó como muerto, y luego le dio una patada en la cara... Yo lo estaba viendo, porque estaba escondido detrás de un seto... Me había acercado porque hacía dos días que ninguno me llevaba pan y tenía hambre... Tuve que alejarme para que no me oyeran, porque lloraba al ver a mi padre con la barba manchada de sangre, tendido en el suelo, como muerto... Me alejé llorando; mendigué un pan... pero ese pan le conservo todavía aquí... y sabe a sangre y a lágrimas de mi padre y mías, y de todos los que padecen tortura y no pueden amar a sus verdugos. Yo quisiera apalear a Doras para que sintiera lo que son los palos, y quisiera dejarle sin pan para que supiera lo que es el hambre, y hacerle trabajar al sol, metido en el barro, bajo la amenaza del vigilante, sin comer, para que supiera lo que está dando él a los pobres... No puedo amarle, porque... porque me está matando a mi anciano padre, y porque... yo, si no os hubiera encontrado a vosotros, ¿de quién hubiera sido después?».

El niño, presa de una convulsión de dolor, grita y llora, temblando, todo alterado, dando golpes al aire — pues no puede dárselos al verdugo — con sus pequeños puños. Las mujeres están perplejas y conmovidas y tratan de calmarle; pero el niño está verdaderamente envuelto en una crisis de dolor y no oye. Grita: «No puedo, no puedo quererle ni perdonarle. ¡Le odio, le odio por todos, le odio, le odio!...».

Da pena y miedo.

208.4

Es la reacción de un niño que ha sufrido demasiado.

Y Jesús lo dice: «El mayor delito de Doras es éste, inducir a un inocente a odiar...». Y toma en brazos al niño y le habla: «Escúchame, Marziam. ¿Quieres reunirte un día con mamá y papá, con tus hermanitos y con el anciano padre?».

«¡Siií!...».

«Pues entonces no debes odiar a nadie. En el Cielo no entra quien odia. ¿No puedes orar, por ahora, por Doras? Bueno, pues no ores, pero no odies. ¿Sabes lo que tienes que hacer? No debes nunca volverte hacia atrás a pensar en el pasado...».

«Pero el sufrimiento de mi padre no es el pasado...».

«Eso es verdad. Pero, mira, Marziam, ora sólo así: “Padre nuestro que estás en los Cielos, en tus manos encomiendo el deseo de mi corazón...”. Verás cómo el Padre te escucha en el mejor de los modos. ¿Qué conseguirías matando a Doras? Perderías el amor de Dios, el Cielo, la unión con tu padre y tu madre, y no librarías de los sufrimientos al anciano que amas. Eres demasiado pequeño para poderlo hacer. Pero Dios sí puede hacerlo. Díselo a Él. Dile: “¡Sabes cuánto quiero a mi anciano padre y a todos los que son infelices! Tú lo puedes todo, lo dejo en tus manos”. ¿No quieres predicar la Buena Nueva, que habla de amor y perdón? ¿Cómo vas a decirle a uno: “No odies. Perdona”, si tú no sabes amar y perdonar? Déjalo, déjalo en manos de Dios, y verás lo bien que Él dispone todo. ¿Lo vas a hacer así?».

«Sí, porque te quiero».

Jesús besa al niño y le baja al suelo. Así se concluye este episodio, y también el camino.

Anotación

Es mejor así, Jean. Tú y yo seríamos dos personas que ya conocen a los pastores. Cf. EMV 75.2 y EMV 75.6.

Cuando suena el clarín, Jesús deja de hablar. Clarín: Campana que se coloca alrededor del cuello del ganado.

En esta hermosa oración que me enseñasteis tú y mi madre, ella de noche y tú de día: cf. EMV 206,14.

Si se arrepentía, le decía lo que el padre de la parábola dijo a su hijo arrepentido. En la parábola del hijo pródigo(EMV 205,5).

ECR 208.7-11 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Empieza el ocaso. Betsur se muestra en lo alto de su colina y, casi inmediatamente, por el camino de segundo orden que los peregrinos han tomado para ir a la ciudad, aparecen los rebaños, y los pastores, que vienen rápidos a su encuentro.

Cuando Elías ve que en el grupo está también María, alza los brazos con gesto de asombro, y se queda así, sin atreverse a creer en lo que ve.

«La paz sea contigo, Elías. Sí, soy yo. Era una promesa y en Jerusalén no ha sido posible vernos... Pero... no te preocupes, el caso es que ahora nos vemos» dice dulcemente María.

«¡Oh! ¡Madre! ¡Madre!...». Elías no sabe qué decir. Al final encuentra las palabras: «Ahora celebro mi Pascua. Es igual... incluso mejor».

«¡Claro que sí, Elías!» confirman sus compañeros.

«Hemos hecho una buena venta y podemos matar un corderito. Venid a nuestra pobre mesa...» dice con tono de súplica Leví, y también José.

«Hoy estamos cansados. Mañana. Escuchad: ¿conocéis a una cierta Elisa, casada con Abraham de Samuel?».

«Sí. Está en su casa de Betsur. Pero Abraham ha muerto, y, el año pasado murieron también sus hijos: el primero por una enfermedad que duró pocas horas — nunca se ha sabido de qué murió —; el otro fue lentamente, pero nada logró detener el mal. Nosotros le dábamos leche de cabra recién formada porque los médicos decían que le iba bien al enfermo. Bebía mucha leche, recogida de todos los pastores, pues la pobre madre había pedido que localizaran a quienes tuvieran en el rebaño una cabra lechal. Pero no sirvió de nada. Cuando volvimos al llano, el joven ya no tomaba alimento, y, cuando volvimos en Adar, había muerto desde hacía dos lunas».

«¡Pobre amiga mía! En el Templo me tenía amor... incluso éramos un poco parientes en nuestros antecesores... Era buena... Salió dos años antes que yo del Templo para casarse con Abraham, a quien estaba prometida desde su infancia; me acuerdo de ella, cuando vino para ofrecer a su primogénito al Señor. Me avisó; no sólo a mí... pero luego quiso estar un tiempo conmigo a solas... Ahora está sola... ¡Debo apresurarme, para consolarla! Vosotros quedaos aquí. Voy con Elías. Entraré sola. El dolor exige un ambiente respetuoso...».

«¿Yo tampoco, Madre?».

«Tú siempre. Pero los demás... Ni siquiera tú, pequeñuelo, porque sería un dolor para ella. ¡Ven, ven, Jesús!».

«Esperadnos en la plaza del pueblo. Buscad un alojamiento para la noche. Adiós» ordena Jesús a todos.

208.8

Y, sólo con Elías, Jesús y su Madre caminan hasta una casa grande, completamente cerrada y silenciosa. El pastor llama con su cayado. Una sierva asoma su cabeza a una pequeña ventana y pregunta que quién ha llamado.

María se adelanta y responde: «María de Joaquín, y su Hijo, de Nazaret. Díselo a la señora».

«Es inútil. No quiere ver a nadie. No hace sino llorar esperando la muerte».

«Inténtalo».

«No. Ya sé cómo me va a rechazar si trato de distraerla. No quiere a nadie a su lado, no quiere ver a nadie, no quiere hablar con nadie; sólo habla con el propio recuerdo de sus hijos».

«Ve, mujer. Te lo ordeno. Dile: “Está afuera la pequeña María de Nazaret, la que era como una hija para ti en el Templo...”. Verás como me quiere recibir».

La mujer se marcha meneando la cabeza.

María explica a su Hijo y al pastor: «Elisa era bastante mayor que yo. Estaba en el Templo esperando el regreso de su prometido, que había ido a Egipto por asuntos de una herencia; por eso estuvo en el Templo hasta una edad no común. Tiene casi diez años más que yo. Las maestras acostumbraban a asignar a las pequeñas a alumnas adultas para que las guiaran... Ella fue mi compañera-maestra. Era buena y... ¡Ah, ahí está la mujer!».

Efectivamente, la sirvienta ha vuelto sin pérdida de tiempo, asombrada, y ha abierto de par en par la puerta de la entrada: «¡Entra, entra!» dice. Luego, bajando la voz, añade: «Bendita seas por hacerla salir de esa habitación».

Elías se despide de María y su Hijo, que entran.

«Pero este hombre, verdaderamente... ¡sería inhumano!... ¡tiene la edad de Leví!...».

«Déjale entrar. Es mi Hijo y la consolará más que yo».

La mujer se encoge de hombros y los precede por el largo corredor de una casa que es bonita pero se siente triste: todo está limpio, mas todo parece muerto...

208.9

Una mujer alta, aunque camina curvada, vestida de oscuro, viene hacia ellos en la penumbra del vestíbulo.

«¡Elisa, amiga mía, soy María!» dice María mientras corre a su encuentro. Y la abraza.

«¿María! Tú... Creía que habías muerto tú también. Me habían dicho... ¿Cuándo?... No me acuerdo... Tengo un vacío en la memoria... Me habían dicho que habías muerto junto a otras muchas madres después de la visita de los Magos. Pero, ¿quién me ha dicho que eras la Madre del Salvador?».

«Quizás los pastores...».

«¡Oh, los pastores!». La mujer rompe a llorar angustiosamente. «No pronuncies esa palabra. Me recuerda la última esperanza para la vida de Leví... De todas formas... sí... un pastor me habló del Salvador. Yo maté a mi hijo llevándole al Jordán, al lugar en que se decía que estaba el Mesías; allí no había nadie... y mi hijo volvió justo para morir... El cansancio, el frío... yo le maté... a pesar de que no lo hice con voluntad asesina. Me decían que el Mesías curaba las enfermedades... Por eso le llevé... Ahora mi hijo me acusa de haberle matado...».

«No, Elisa; es tu pensamiento. Escúchame. Yo pienso, por el contrario, que tu hijo me ha tomado realmente de la mano y me ha dicho: “Ve a ver a mi querida madre. Lleva contigo al Salvador. Yo estoy aquí mejor que en la tierra, pero ella lo único que oye es su llanto, no puede oír las palabras que le susurro entre besos. ¡Pobre mamá, está como poseída por un demonio que la tienta a la desesperación porque quiere separarnos! Sin embargo, si se resigna y cree que Dios todo lo hace para bien, estaremos unidos para siempre, con mi padre y mi hermano. Jesús puede hacerlo”. Y he venido... con Él... ¿No quieres verle?...». María, mientras hablaba, tenía entre sus brazos a la desdichada mujer, y la besaba en su pelo gris, con una dulzura que sólo Ella puede tener.

«¡Ojalá fuera verdad! Pero, si es así, ¿por qué no fue Daniel a decirte que vinieras antes?... ¿Quién me dijo hace tiempo que habías muerto? No me acuerdo... no me acuerdo... Esto fue también motivo de que yo esperase quizás demasiado a ir al Mesías. Es que habían dicho que había muerto Él, tú, todos en Belén...».

«No te preocupes de recordar quién te lo dijo.

208.10

Ven, mira, aquí está mi Hijo. Acércate a Él. Contenta a tus hijos y a tu María. ¿No te das cuenta de que sufrimos al verte así?». María la lleva a Jesús, que se ha puesto en un ángulo oscuro y que sólo ahora se acerca a ellas, hasta una lámpara que la mujer de servicio ha colocado sobre una alta arca.

La pobre madre alza la cabeza... Veo entonces que es Elisa, la que estaba en el Calvario entre las santas mujeres. Jesús tiende hacia ella sus manos con un gesto de acogida que es todo amor. La desdichada combate consigo misma un poco, luego le confía sus manos, y luego, de golpe, se abandona sobre el pecho de Jesús y dice gimiendo: «¡Dime que no soy culpable de la muerte de Leví, dímelo! ¡Dime que no los he perdido para siempre! ¡Dime que pronto estaré con ellos!...».

«Sí, sí. Escúchame. Ellos exultan ahora que estás en mis brazos. Iré pronto a ellos. ¿Qué les voy a decir?, ¿que no aceptas con resignación la voluntad del Señor? ¿Tendré que decir esto? ¿Van a tener que quedar en mal lugar las mujeres de Israel, las mujeres de David, tan fuertes y prudentes? No. Sufres pero es porque has sufrido sola. Tu dolor y tú, tú y el dolor. Así no puede soportarse. ¿No recuerdas las palabras de esperanza a nuestros difuntos?: “Os sacaré de los sepulcros y os conduciré a la tierra de Israel, y sabréis que soy el Señor cuando abra vuestras tumbas y os saque de vuestros sepulcros. Cuando infunda en vosotros mi espíritu viviréis”[1]. La tierra de Israel, para los justos que se han dormido en el Señor, es el Reino de Dios: Yo lo abriré y se lo daré a los que esperan».

«¿También a mi Daniel? ¿También a mi Leví?... ¡Le daba verdadero horror la muerte!... No podía pensar siquiera en el hecho de estar lejos de su madre. Por eso yo quería morir para estar a su lado en el sepulcro...».

«No estaban en el sepulcro con su parte viva, sino con las cosas muertas que no podían oírte. Ellos están en el lugar de espera...».

«¿Pero existe ese lugar? ¡Oh, no te escandalices de mí, que mi memoria se ha disuelto en el llanto! Tengo la cabeza henchida del sonido del llanto y de los estertores de mis hijos. ¡Esos estertores! ¡Esos estertores!... Me han disuelto el cerebro. Sólo tengo esos estertores aquí dentro...».

«Pues Yo te meteré ahí las palabras de la vida. Sembraré la Vida — porque Yo soy Vida — donde ahora hay fragor de muerte. Ten presente al gran Judas Macabeo, que quiso que se ofreciera un sacrificio por los muertos, pensando acertadamente que están destinados a resucitar y que hay que adelantarles la paz con oportunos sacrificios. Si Judas Macabeo no hubiera estado seguro de la resurrección, ¿habría orado por los muertos?, ¿habría hecho que oraran por ellos? Él, como está escrito, pensó que, a los que mueren píamente, les está reservada una gran recompensa; y, sin duda, así murieron tus hijos. ¿Ves como asientes? Pues Yo te digo que no te desesperes. Antes al contrario, ruega por tus muertos, para que sus pecados sean cancelados antes de mi llegada. Si es así, sin mediar un instante de espera, irán conmigo al Cielo, porque Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, y — digo la Verdad — a quien cree en mi Verdad y me sigue, le guío y le doy Vida. Dime, ¿tus hijos creían en la venida del Mesías?».

«Sí, sin duda, Señor. Esta fe la habían aprendido de mí».

«¿Y Leví creía posible su curación por un acto de mi voluntad?».

«Sí, Señor. Teníamos puesta en ti nuestra esperanza, pero... no ha servido... y ha muerto desconsolado después de tanta esperanza...». El llanto de la mujer toma nueva fuerza (más sereno, pero, a pesar de la serenidad, más desolado ahora que en la vehemencia de antes).

«No digas que no ha servido. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá eternamente...

208.11

Declina la tarde, mujer. Voy con mis apóstoles. Te dejo a mi Madre...».

«¡Quédate Tú también!... Tengo miedo a que, si te marchas, me invada de nuevo ese tormento... Ahora, con el sonido de tus palabras, está levemente empezando a calmarse la tempestad...».

«¡No temas! Tienes a María contigo. Mañana vuelvo. Tengo que decir algunas cosas a los pastores. ¿Puedo decirles que vengan aquí a tu casa?...».

«¡Sí, claro! Venían también el año pasado, por mi hijo... Detrás de la casa hay un huerto y, más allá, un patio rústico. Pueden estar allí, como hacían cuando venían para que los rebaños estuvieran recogidos...».

«De acuerdo. Vendré. Sé buena. Recuerda que en el Templo María estaba bajo tu tutela; te la confío también esta noche».

«Sí. Ve tranquilo. Cuidaré de ella... Tendré que pensar en que cene y descanse... ¡Cuánto tiempo hace que no pienso en estas cosas! ¿María, quieres dormir en mi habitación, como hacía Leví durante su enfermedad? Yo en la cama de mi hijo, tú en la mía. Me parecerá volver a oír su respiro ligero... Tenía siempre cogida mi mano...».

«Sí, Elisa. Y antes hablaremos de muchas cosas».

«No. Estás cansada. Tienes que dormir».

«Tú también...».

«Hace meses que no duermo... Lloro... lloro... No sé hacer otra cosa...».

«Esta noche no será así, esta noche vamos a orar, y luego nos iremos a la cama, y dormirás... Dormiremos cogidas de la mano también nosotras dos. Ve, Hijo, y ora por nosotras...».

«Os bendigo. ¡La paz sea con vosotras y permanezca en esta casa!».

Y Jesús se marcha acompañado de la sirviente, que se ha quedado de piedra y no hace sino que repetir: «¡Qué milagro, Señor, qué milagro! Después de tantos meses, ha hablado, ha pensado... ¡Oh, qué cosa!... Decían que moriría loca... Y a mí me daba pena, porque es buena».

«Sí, es buena, por eso Dios la ayudará. Adiós, mujer. Paz también a ti».

Jesús sale a la semioscuridad de la calle y todo termina.

Detalle

El caso de una madre que ha perdido a sus dos hijos por enfermedad. Jesús viene a consolarla con la Virgen María.

Anotación

Elise era mucho mayor que yo. Unos diez años. Así que tiene unos sesenta.

Cuando volvimos, en el mes de Adar, llevaba muerto dos lunas. Addar es en febrero/marzo.

¿No has tenido presentes las palabras de esperanza sobre aquellos a quienes la muerte nos ha arrebatado? "Os sacaré de vuestros sepulcros y os haré volver a la tierra de Israel. Entonces sabréis que yo soy el Señor, cuando abra vuestras tumbas y os levante de vuestros sepulcros. Pondré mi espíritu dentro de ustedes y vivirán. " Véase Ezequiel 37:11-14 más abajo.

Recordad al gran Judas Macabeo, que quiso hacer un sacrificio por los muertos, porque pensaba con razón que estaban destinados a resucitar y que había que acelerar para ellos la hora de la paz mediante sacrificios oportunos. Si Judas Macabeo no hubiera estado seguro de la resurrección, ¿habría rezado y hecho rezar por los muertos? Porel contrario, como está escrito, pensaba que se reservaba una gran recompensa a los que mueren piadosamente, como seguramente hicieron vuestros hijos.. . Véase más adelante el segundo libro de los Macabeos 12, 43-46.

Libro de Ezequiel 37, 11-14

Ezequiel 37, 11-14: Y me dijo: "Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. He aquí que dicen: 'Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza está muerta, estamos perdidos. Por tanto, profetiza y diles: "Así dice el Señor Yahvé: 'He aquí que yo abro vuestros sepulcros y os resucitaré de vuestras tumbas, pueblo mío, y os haré volver a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy Yahvé cuando abra vuestras tumbas y os levante de vuestros sepulcros, pueblo mío. Pondré mi Espíritu dentro de vosotros, y viviréis; y os daré descanso en vuestra tierra, y sabréis que yo, Yahvé, digo y hago, ¡oráculo de Yahvé!".

Segundo libro de los Macabeos 12, 43-45

2 M 12, 43-46 : Luego, habiendo reunido la suma de dos mil dracmas, la envió a Jerusalén para que sirviera de sacrificio expiatorio. Bonita y noble acción, inspirada por el pensamiento de la resurrección. Pues si no hubiera creído que los soldados muertos en batalla resucitarían, habría sido inútil y vano rezar por los muertos. 45 Además, consideraba que a los que se duermen en la piedad les está reservada una muy buena recompensa, y éste es un pensamiento santo y piadoso. Por eso hizo este sacrificio expiatorio por los muertos, para que fueran liberados de sus pecados.

ECR 209.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La sirviente abre. Jesús entra mientras la mujer repite una y otra vez sus reverencias.

«¿Dónde está tu patrona?».

«Con tu Madre... ¡Fíjate, ha bajado al jardín! ¡Es una cosa...!, ¡una cosa...! Y ayer por la noche fue al comedor... Lloraba, pero volvió. ¡Intenté que comiera, en vez de tomar el consabido sorbo de leche, pero no lo conseguí!».

«Ya comerá. No insistas. Sé paciente también en el amor hacia tu patrona».

«Sí, Salvador. Haré todo lo que dices».

En efecto, yo creo que la mujer está tan convencida de quién es Jesús y de que todo lo que Él hace está bien hecho, que haría las más extrañas cosas si Jesús se lo dijera.

Por el momento le acompaña a un vasto huerto-jardín lleno de árboles frutales y flores. Pero, si bien los árboles frutales se han encargado por sí mismos de vestirse de hojas y florecer, de formar los pequeños frutos y hacerlos crecer, las pobres plantas de flores, abandonadas desde hace más de un año, se han transformado en un bosque enano y enmarañado en que las plantas de tallo más débil y corto están sofocadas bajo el peso de las más fuertes. Los cuadros, los senderos... confundidos en una única, caótica maraña. Solamente en el fondo, donde la necesidad de la sirviente ha sembrado verduras y legumbres, hay un poco de orden.

María está con Elisa, bajo una pérgola, una enredadísima parra que deja caer, hasta tocar el suelo, sarmientos y zarcillos. Jesús se detiene y mira a su joven Madre, que, con finísimo arte despierta y dirige la mente de Elisa a cosas muy distintas de las que hasta ayer habían sido los pensamientos de esta desconsolada mujer.

La sirviente se acerca a la patrona y dice: «Ha venido el Salvador».

Las mujeres se vuelven y van a su encuentro: una con su dulce sonrisa, la otra con su rostro cansino y desorientado.

«Paz a vosotras. Este jardín es bonito...».

«Era bonito...» dice Elisa.

«Y la tierra fértil. ¡Mira cuánta fruta en vías de maduración!, ¡mira cuántas flores tienen estos rosales! ¿Y allí? ¿Son azucenas?».

«Sí, alrededor de un estanque donde jugaban mucho mis hijos. Entonces estaba ordenado... Ahora aquí todo está desastrado, ya no lo veo como el jardín de mis hijos».

«En pocos días volverá a tener el aspecto de entonces. Te ayudaré yo, ¿verdad, Jesús? Déjame unos días aquí con Elisa. Tenemos muchas cosas que hacer...».

«Todo lo que tú quieres Yo lo quiero».

Elisa le mira y susurra: «Gracias».

Jesús acaricia su cabeza canosa y luego se despide para ir con los pastores.

ECR 211.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Están todos en un bosquecillo de las cercanías de Hebrón. Conversan, sentados en círculo, mientras comen.

Judas, ahora que está seguro de que María irá a ver a su madre, ha vuelto a sus mejores disposiciones de espíritu, y trata de borrar con mil atenciones el recuerdo de sus malhumores para con sus compañeros y las mujeres. Debe haber ido él al pueblo para comprar. Está contando que lo ha encontrado muy cambiado respecto al año anterior: «La noticia de la predicación y milagros de Jesús ha llegado hasta aquí. La gente ha empezado a recapacitar sobre muchas cosas. ¿Sabes, Maestro, que en esta zona hay una propiedad de Doras? También la mujer de Cusa posee aquí, por estos montes, unas tierras y un castillo propio, de su dote. Se ve que un poco ella y otro poco los campesinos de Doras han preparado el terreno, porque debe haber aquí alguno de los de Esdrelón. Doras ordena que guarden silencio, pero ellos... ¡yo creo que ni ante el tormento callarían! Ha causado estupor la muerte del fariseo, ¿sabes?, así como la excelente salud de Juana, que vino aquí antes de la Pascua. ¡Ah, y también te ha sido útil el amante de Áglae. ¿Sabes que ella se escapó poco después de haber pasado nosotros por aquí? Bueno pues él ha sido un demonio para con muchos inocentes, para vengarse. Así que la gente al final ha pensado en ti como en un vengador de los oprimidos, y desea tu presencia. Quiero decir los mejores...».

«¡Vengador de los oprimidos? Sí, lo soy, pero sobrenaturalmente. Ninguno de los que me ven con el cetro y la segur en la mano, como rey y justiciero según el espíritu de la tierra, juzga con acierto. Sí, claro que he venido a liberar de las opresiones: la del pecado — la más grave —, la de las enfermedades y el desconsuelo; como también de la ignorancia y del egoísmo. Muchos aprenderán que no es justa la tiranía porque el destino le haya colocado a uno arriba; y que, más bien, se debe usar de las posiciones privilegiadas para elevar al que está abajo».

«Lázaro lo hace, y también Juana; pero son dos contra centenares...» dice Felipe lleno de desconsuelo.

«Los ríos, en el nacimiento, no tienen la anchura que presentan en el estuario; son unas gotas, un hilo de agua... pero luego... hay ríos que en la desembocadura parecen mares».

«¡El Nilo, ¿no?! Tu Madre me contaba cosas de cuando fuisteis a Egipto. Siempre me decía: “Créeme: es un mar, un mar verde-azul. ¡Verle durante las crecidas es realmente un sueño!”. Y me hablaba de las plantas que parecían nacer del agua, y de esa abundancia de hierba que parecía nacer también del agua cuando se retiraba...» dice María de Alfeo.

«Pues os digo que, de la misma forma que el Nilo en su nacimiento es un hilo de agua y luego se transforma en un verdadero gigante, esto que ahora es sólo un hilito (Juana, Lázaro, Marta) inclinado con amor y por amor hacia los más pequeños llegará a ser una multitud: ¡cuántos!, ¡oh, cuántos!». Jesús parece como si estuviera viendo a estos que serán misericordiosos para con sus hermanos... y sonríe, absorto en su visión.

211.2

Judas confía que el arquisinagogo quería venir con él, pero que no se ha atrevido a tomar por sí solo la decisión: «¿Te acuerdas, Juan, cómo nos rechazó el año pasado?».

«Sí... pero vamos a decírselo al Maestro».

Le preguntan a Jesús, y responde que entrarán en Hebrón (si desean su presencia y los llaman, se detendrán un tiempo; si no, pasarán sin detenerse). «Así veremos también la casa de Juan el Bautista. ¿De quién es ahora?».

«Creo que de quien quiere. Samay se marchó y no ha vuelto. Ha quitado el mobiliario y la servidumbre. Los habitantes de la ciudad, para vengarse de sus vejaciones, han abierto una brecha en el muro de protección y ahora la casa es de todos; al menos el jardín. Se reúnen allí para venerar a su Juan. Se dice que Samay ha sido asesinado. No sé por qué motivo... parece que por una cuestión de mujeres...».

«¡Alguna trama podrida de la corte, sin duda!» masculla Natanael entre dientes.

Anotación

Judas, ahora que está seguro de que María irá con su madre, ha vuelto a un mejor estado de ánimo. Judas estaba de un humor terrible en laEMV 210.

Incluso la mujer de Kuzah tiene tierras y un castillo aquí, en estas montañas, que le pertenecen personalmente, como parte de su dote. Probablemente el castillo de Béther.

La muerte del viejo fariseo dejó atónito al pueblo. Cf. la dramática muerte de Doras en EMV 126.10.

Igual que la excelente salud de Juana. Cf. la curación de Juana de Kouza en EMV 102.7.

Judas confió que el jefe de la sinagoga quería venir con él, pero que no se atrevía a tomar esta decisión por su cuenta: "¿Recuerdas, Juan, cómo nos echó el año pasado?". Cf. EMV 77.8.

ECR 214.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entran de nuevo en la sala y María de Judas ordena a la criada otras viandas para los nuevos llegados.

«Mira, Hijo, éste es el saludo de Elisa» dice María, dándole un pequeño rollo. Jesús lo abre, lo lee y dice: «Lo sabía; estaba seguro. Gracias, Mamá, por mí y por Elisa. ¡Eres verdaderamente la salud de los enfermos!».

«¿Yo! Tú, Hijo, no yo».

«Tú; y eres mi mejor ayuda». Luego se vuelve a los apóstoles y a las discípulas y dice: «Elisa escribe: “Vuelve, mi Paz. No sólo te quiero amar, quiero también servirte”. Así hemos liberado de la angustia, de la melancolía, a una criatura, y hemos ganado a una discípula. Sí, volveremos».

«Quiere conocer también a las discípulas. Se recupera lentamente, pero con continuidad. ¡Pobrecilla! Todavía sufre momentos de espantoso desconcierto. ¿Verdad, Simón? Un día quiso probar a salir conmigo... pero vio a un amigo de su Daniel... ¡Cuánto nos costó calmar su llanto! ¡Menos mal que Simón vale mucho! Me sugirió — dado que manifiesta el deseo de volver a convivir normalmente con la gente y que el ambiente de Betsur está demasiado lleno de recuerdos para ella —, me sugirió llamar a Juana. Fue él a llamarla. Había vuelto, después de las fiestas, a sus espléndidos cultivos de rosales de Judea, a Béter. Dice Simón que, atravesando esas colinas llenas de rosas, le parecía soñar. Dice que creía estar en el Paraíso. Vino sin demora. ¡Juana puede comprender a una madre que llora a sus hijos, y compadecerse de ella! Elisa le ha cogido mucho afecto y yo he venido. Juana la quiere convencer de que salga de Betsur y vaya a su castillo. Lo logrará porque es dulce como una paloma; pero también, cuando quiere una cosa, sólida como un bloque de granito».

«Iremos a Betsur al regreso y luego nos separaremos. Vosotras, discípulas, os quedaréis con Elisa y Juana durante un tiempo. Nosotros iremos por Judea. Nos veremos de nuevo en Jerusalén para Pentecostés»...

Anotación

Vuelve, mi Paz. No solo quiero amarte, sino también servirte. Estas palabras siguen a la presencia de Jesús en el EMV 208 y el EMV 209. María permaneció después en Bet-Çur a partir del EMV 210.

Tú eres mi mayor ayuda. Jesús desea, en efecto, que todos le ayuden a salvar a los pecadores y a difundir la Buena Nueva en los corazones. En este caso, se trata de un ejemplo de la ayuda de María en el apostolado de Jesús.

ECR 214.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

... María santísima y María, madre de Judas, están juntas; no en la casa de la ciudad sino en la del campo. Están solas. Los apóstoles, con Jesús, han salido. Las discípulas y el niño, están en el magnífico huerto; se oyen sus voces, y los golpes de la ropa contra los lavaderos (quizás están haciendo la colada mientras el niño juega).

La madre de Judas, sentada, en la penumbra de una habitación, al lado de María, habla; le dice a María: «Estos días de paz los recordaré como un dulce sueño. ¡Demasiado cortos! ¡Demasiado! Comprendo que no se debe ser egoísta y que es justo que vayáis a ver a esa pobre mujer y a otros muchos infelices. ¡Si pudiera... detener el tiempo, o ir con vosotros!... Pero, no puedo. Aparte de mi hijo no tengo otros parientes y debo cuidar de los bienes de la casa...».

«Comprendo... Te duele separarte de tu hijo. Nosotras las madres quisiéramos estar siempre con nuestros hijos. De todas formas, los damos por una buena razón, y no los perdemos. Ni siquiera la muerte nos los arrebata, si están en gracia, y también nosotras, ante los ojos de Dios. Además, los tenemos todavía en este mundo y podemos llegarnos a ellos, a pesar de que la voluntad de Dios los arranque de nuestro pecho para entregarlos por el bien del mundo; y... el eco de sus obras nos hace como una caricia en el corazón, porque sus obras son el perfume de su alma».

214.6

«¿Qué es tu Hijo para ti, Mujer?» pregunta tímidamente María de Judas.

Y María santísima responde seguramente: «Es mi gozo».

«¡¡Tu gozo!!...» y la Madre de Judas rompe a llorar, replegándose sobre sí misma como para esconder el llanto; de tanto como se pliega, toca casi con la frente en las rodillas.

«¿Por qué lloras, mi pobre amiga? ¿Por qué? Dímelo. Yo me siento dichosa de mi maternidad, pero sé también comprender a las madres no felices...».

«Exacto, no felices. Yo soy una de ellas. Tu Hijo es tu gozo, el mío es mi dolor; al menos lo ha sido. Ahora, desde que está con tu Hijo, me causa menos dolor. Entre todos los que oran por tu santo Hijo, por su bien y su victoria, no hay nadie, después de ti, bendita mujer, que ore cuanto esta infeliz que te habla... Dime la verdad: ¿qué piensas de mi hijo? Las dos somos madres, estamos cara a cara, en medio está Dios, estamos hablando de nuestros hijos. Para ti siempre será fácil hablar del tuyo. Yo... debo hacerme violencia para hablar del mío y hablar de él me puede acarrear mucho bien, o mucho dolor; no obstante, aunque fuera dolor, sería en todo caso un alivio el haber hablado... Esa mujer de Betsur — ¿no es verdad? — casi enloqueció por la muerte de sus hijos. Pues bien, yo te juro que algunas veces, cuando miro a mi Judas, guapo, sano, inteligente, pero no bueno, no virtuoso, no recto de corazón, no sano de sentimientos, he pensado, y pienso, que preferiría llorarle por muerto antes que... que verle muy enemistado con Dios. Dime, ¿qué piensas de mi hijo? Sé franca. Hace más de un año que esta pregunta me quema las entrañas. Pero, ¿a quién puedo dirigirme? ¿A los vecinos de Keriot?: no sabían todavía de la presencia del Mesías entre nosotros y que Judas quería ir con Él. Yo sí lo sabía porque me lo había dicho en el viaje de regreso de la Pascua: exaltado, violento, como siempre que le viene un capricho, y, como siempre, sin interés alguno por los consejos de su madre. ¿A sus amigos de Jerusalén?: una santa prudencia y una pía esperanza me lo impedían; no quería decirles a ésos — que no puedo estimar porque son todo menos santos — que Judas seguía al Mesías. Así las cosas, tenía la esperanza de que ese capricho cayera, como tantos otros, como todos, procurando quizás lágrimas y desconsuelo, como por más de una muchacha, de aquí y de otros lugares: las enamoró y jamás tomó por esposa a ninguna de ellas. Fíjate, hay sitios a donde no va nunca, porque se podría encontrar con un justo castigo. También lo de pertenecer al Templo fue un capricho. Nunca sabe lo que quiere. Con su padre — Dios le perdone — se malogró; mi opinión no ha contado nunca nada para los dos hombres de mi casa. Me ha tocado siempre llorar y reparar, nada más, con todo tipo de humillaciones... Cuando murió Yoana — yo sé, aunque ninguno lo dijera, que murió de dolor cuando, después de haber esperado durante toda su juventud, Judas declaró que no quería casarse, mientras que por otra parte se sabía que había mandado a unos amigos suyos a Jerusalén para hablar con una mujer rica, propietaria de una red comercial hasta Chipre, para interesarse por su hija — a mí me tocó llorar mucho, mucho, por las acusaciones de la madre de la muchacha muerta, como si hubiera sido cómplice de mi hijo. No, no lo soy. Que yo para él no valgo nada. El año pasado, cuando estuvo aquí el Maestro, me di cuenta de que Él comprendía. Estuve por hablarle, pero... es muy doloroso para una madre tener que decir: “¡Atento a mi hijo, que es ambicioso, duro de corazón, vicioso, soberbio, voluble”. Mi hijo es esto. Yo... yo oro porque tu Hijo, que tantos milagros hace, haga un milagro con mi Judas. Pero... dime: ¿qué piensas de él?».

214.7

María, que hasta ahora había permanecido en silencio y con expresión de dolor compasivo ante este lamento materno, cuyo fundamento su recto corazón no puede desmentir, dice dulcemente: «¡Pobre madre!... ¿Que qué pienso? Sí, tu hijo no es esa alma cristalina que es Juan, ni el manso Andrés, ni el fuerte Mateo, que ha querido cambiar y ha cambiado. Es... voluble, sí, eso. Pero... tú y yo oraremos mucho por él. No llores. Quizás en tu amor de madre, que querría poder gloriarse de su hijo, le ves más deforme de lo que en realidad lo sea...».

«¡No! ¡No! Veo las cosas como son en realidad y tengo mucho miedo».

La habitación se llena del sollozo de la madre de Judas; en la penumbra, albea el rostro de la Madre del Señor, que se muestra más pálido después de esta confesión materna que agudiza todas sus sospechas.

Pero María se domina. Arrima hacia sí a esta madre desdichada, y la acaricia, mientras ella, ya sin reserva alguna, narra confusamente, jadeando, todos los despechos, exigencias y violencias de Judas, y termina: «Me pongo colorada por él cuando veo los actos de amor de que me hace objeto tu Hijo. No se lo he preguntado, pero estoy segura de que, aparte de por su bondad, lo hace para decirle a Judas a través de esos gestos: “Ten presente que así se debe tratar a la propia madre”. Ahora, ahora parece completamente tranquilo... ¡Ah, si fuera verdad! Ayúdame, ayúdame con tu oración, tú que eres santa, para que mi hijo no sea indigno del gran don que Dios le ha concedido! Si no me quiere amar a mí, si no sabe tener gratitud conmigo, que le he dado a luz y le he criado, no me importa; pero que sepa amar, realmente, a Jesús, que sepa servirle con fidelidad y gratitud. Y, si no, si no... que Dios le quite la vida. Prefiero tenerle en el sepulcro... Al fin le tendría, porque, en realidad, desde que llegó al uso de razón bien poco fue mío. Le prefiero muerto, antes que un mal apóstol. ¿Puedo orar así? ¿Tú qué piensas?».

«Pide al Señor que se haga lo mejor. No llores más. He visto a meretrices y a gentiles, a publicanos y pecadores, a los pies de mi Hijo; todos ellos transformados en corderos por su Gracia. Ten esperanza, María, ten esperanza. ¿No sabes que las penas de las madres salvan a los hijos?...».

Y con esta compasiva pregunta cesa todo.