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Notas de la palabra clave

Yabeç (Jabé) - Marziam (Margziam)

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ECR 199.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una mañana espléndida, que invita verdaderamente a pasear, dejando cama y casa. Los que están en la casa de Simón Zelote, cual abejas con los primeros rayos solares, se levantan muy temprano y salen a respirar el aire puro al huerto de Lázaro, que circunda la casita hospitalaria. Pronto se suman a ellos los que están alojados en casa de Lázaro, es decir: Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Andrés y Santiago de Zebedeo. El sol entra alegre por las ventanas y puertas abiertas de par en par, y las habitaciones, sencillas y limpias, se visten de un tono oro que aviva los colores de los vestidos y hace más brillantes los de los cabellos y las pupilas.

María de Alfeo y Salomé están centradas en servir a estos hombres de vigoroso apetito. María está atenta a cómo un servidor de la casa de Lázaro le arregla a Margziam sus delicados cabellos, igualándoselos con más destreza que su precedente peluquero.

«Por ahora va bien así» dice el sirviente «luego, después del ofrecimiento a Dios de tu melena de niño, te dejaré el pelo bien cortito. Está llegando el calor y estarás mejor sin pelos que te cubran el cuello; además se te pondrán más fuertes; ahora están secos y quebradizos; son cabellos descuidados. ¿Ves, María?, necesitan un cuidado; ahora los unjo para que no se alboroten. ¿Ves, niño, que buen olor? Es el ungüento que usa Marta: almendra, palma y médula finísima, y esencia exótica. Es muy bueno. Mi ama ha dicho que se conserve este tarrito para el niño. ¡Ah! ¡Eso es!... ¡Ahora pareces el hijo del rey». Y el sirviente — que quizás es el barbero de la casa de Lázaro — le da un cachetito a Margziam en un carrillo, se despide de María y se marcha satisfecho.

«Ven que te visto» dice María al niño, que en este momento no tiene sino una prenda de mangas cortas (creo que es la camisa, o lo que en aquellos tiempos la suplía: por lo fino que es el lino, deduzco que pertenecía al vestuario de Lázaro niño). María le quita la toalla en que estaba casi completamente envuelto y le pone una vestidura de lino, fruncida en la base del cuello y en las muñecas, y luego la sobreveste roja, de lana, de amplio escote y anchas mangas. El lino esplendoroso sobresale, blanquísimo, por el escote y las mangas del indumento rojo y opaco. Las manos de María deben haberse encargado por la noche del problema de la largura de la túnica y de las mangas; ahora va bien todo, especialmente cuando María le ciñe la cintura con la suave banda del cinturón, terminada en una borla de lana blanca y roja. El niño ya no parece ese pobre ser insignificante de pocos días antes.

«Ve a jugar mientras me preparo, pero sin mancharte» dice María acariciándole. Y el niño sale, saltando contento, a buscar a sus grandes amigos.

199.2

El primero en verle es Tomás: «¡Pero qué guapo estás! ¡De boda! Yo ahora, comparado contigo, es que desaparezco» dice Tomás, siempre alegre, metido en carnes, tranquilo; y le coge de la mano y dice: «Ven. Vamos con las mujeres. Te estaban buscando para darte la comida».

Entran en la cocina. Tomás, con su vozarrón, gritando, hace pegar un salto a las dos Marías, que estaban agachadas hacia los anafres: «Aquí hay un jovencito que os estaba buscando» y, riendo, presenta al niño, que se había escondido detrás de su robusta persona.

«¡Cariño! ¡Ven, que te dé un beso! ¡Mira, Salomé, qué bien está así!» exclama María de Alfeo.

«¡Verdaderamente! Ahora sólo le falta hacerse más fuerte. Me encargaré yo de ello. Ven, que te bese también yo» dice Salomé.

«Jesús quiere confiárselo a los pastores...» objeta Tomás.

«¡Ni soñarlo! En esto mi Jesús se equivoca. ¡Pero, vosotros, los hombres, ¿qué podéis pretender?, ¿qué sabéis hacer?!: discutir — porque, dicho sea de paso, sois más bien dados a discutir... como los chivos, que se quieren pero se dan cornadas —, comer, hablar; tenéis mil necesidades, y pretendéis del Maestro total atención a vosotros... si no, malas caras... Los niños tienen necesidad de sus madres. ¿No es verdad?... ¿Cómo te llamas?».

«Margziam».

«¡Vaya! ¡Bendita María mía! ¡Podía haberte puesto un nombre más fácil!».

«¡Es casi como el suyo!» exclama Salomé.

«Sí, pero el suyo es más simple. No tiene esas tres letras en medio... Tres son demasiadas...».

Judas Iscariote, que acaba de entrar, dice: «Ha puesto el nombre de significado exacto según la genuina lengua antigua».

«Bueno, bien, pero... es difícil; yo quito una letra y digo Marziam. Es más fácil, y no creo que se vaya a hundir el mundo por eso. ¿Verdad, Simón?».

Pedro, que pasaba en ese momento por delante de la ventana hablando con Juan de Endor, se asoma y dice: «¿Qué quieres?».

«Decía que pienso llamar Marziam al niño, porque es más fácil».

«Tienes razón, mujer. Si la Madre me lo permite yo también le llamaré Marziam. Pero... ¡Estás perfectamente así!... ¡Yo también, ¿eh?!... ¡Observad!». En efecto, está bien cepillado, tiene afeitados los carrillos, arreglados y ungidos pelo y barba, el vestido sin arrugas; ¿y las sandalias?: las ha limpiado tanto y las ha sacado tanto brillo — no sé con qué —, que parecen nuevas. Las mujeres le admiran y él ríe contento.

El niño, que ha terminado ya de comer, sale para ir con su gran amigo, al que llama siempre “padre”.

199.3

Viene Jesús de la casa de Lázaro. El niño corre a su encuentro y Jesús le dice: «La paz entre nosotros, Margziam. Démonos el beso de la paz».

El niño saluda también a Lázaro, que venía con Jesús, y recibe una caricia y un dulce.

Todos se reúnen en torno a Jesús. También María, que lleva ahora una túnica de lino color turquesa y un manto más oscuro de elegantes pliegues, viene sonriendo hacia su Hijo.

«Entonces, podemos empezar a marcharnos — dice Jesús —. Tú, Simón, con mi Madre y el niño, si es que estás empeñado todavía en comprar, aunque ya Lázaro haya resuelto el problema».

«¡Ciertamente! Además... podré decir que una vez pude caminar al lado de tu Madre, lo cual es un gran honor».

«Pues ve. Tú, Simón, me acompañarás a hacer una visita a tus amigos leprosos...».

«¡Sí, Maestro? Entonces, si me lo permites, me adelanto, corriendo, para reunirlos... Me verás allí; total... ya sabes dónde están...».

«De acuerdo. Ve. Los demás, haced lo que os parezca más conveniente; disponed libremente todos hasta el miércoles por la mañana. A la hora tercera todos ante la Puerta Dorada».

«Yo voy contigo, Maestro» dice Juan.

«Yo también» dice Santiago, su hermano.

«Y también nosotros» dicen los dos primos.

«Yo también» dice Mateo, y con él Andrés.

«¿Y yo? También quisiera ir contigo... pero, si voy a hacer las compras, no puedo...» dice Pedro sujeto a dos deseos.

«Hay una solución. Primero vamos a ver a los leprosos. Entretanto, mi Madre va con el niño a una casa amiga de Ofel. Luego la alcanzamos y vas con Ella mientras Yo y los demás vamos a casa de Juana. Luego nos reunimos en Getsemaní para comer, y luego, al atardecer, volvemos aquí».

«Yo, con tu permiso, voy a donde unos amigos...» dice Judas Iscariote.

«Pero si ya he dicho que hagáis lo que creáis más conveniente».

«Entonces yo voy a ver a la familia. Quizás ha vuelto ya mi padre. Si es así, te lo traigo» dice Tomás.

«¿Qué te parece, Felipe, si nosotros dos vamos a ver a Samuel?».

«Me parece bien» responde éste a Bartolomé.

«¿Y tú, Juan?» le pregunta Jesús al hombre de Endor. «¿Prefieres quedarte aquí a ordenar tus libros o venir conmigo?».

«Verdaderamente preferiría ir contigo... Los libros... ahora ya me gustan menos. Prefiero leerte a ti, Libro vivo».

«Pues ven. Adiós, Lázaro, hasta...».

«No, no; también voy yo. Las piernas están un poco mejor. Después de los leprosos te dejo y voy a Getsemaní a esperarte».

«Vamos. La paz a vosotras, mujeres».

Hasta las cercanías de Jerusalén van todos juntos. Luego se separan: Judas se va por su cuenta (entra en la ciudad, probablemente por la Puerta que está hacia la Torre Antonia); Tomás, Felipe y Natanael, con María y el niño, caminan todavía con Jesús y los otros compañeros unas cuantas decenas de metros para luego entrar en la ciudad por la parte del suburbio de Ofel.

Anotación

"¿Cómo te llamas?

- Marziam.

- Ya veo. ¡Pero mi bendita María podría haberte dado un nombre más fácil!

- ¡Es casi el suyo! exclama Salomé.

- Sí, pero el de ella es más sencillo. No tiene esas tres consonantes en el medio... Tres son demasiadas... ". MaRGZiam, simplificado a Marziam en la nueva traducción en consonancia con lo que dicen Marie d'Alphée y Pierre en el resto del texto.

"Tomó el nombre exacto por lo que significaba, de acuerdo con la lengua antigua". Hebreo, sin duda, ya que el arameo (una lengua estrechamente relacionada) se había convertido en la lengua común en la época de Jesús. Esta cercanía queda perfectamente plasmada en la reflexión de Salomé. También conocemos esta cercanía por la oración de Jesús en la cruz: Elôi, elôi, lama sabachthani, una cita aramea que es ligeramente diferente en Mateo 27,46 y Marcos 15,34. Sin embargo, esta proximidad no excluye las diferencias, ya que el capítulo 8 del libro de Nehemías relata que los exiliados que regresaban a Jerusalén oyeron leer la Torá "en la lengua antigua", pero no la entendieron: hubo que traducirla.

Tú, Simón, vas a acompañarme hasta tus amigos leprosos ... Simón el Zelote es un antiguo leproso, curado por Jesús.

Estáis todos libres hasta el miércoles por la mañana. A la hora de la tercia, todos van a la Puerta Dorada. Esta puerta conduce directamente al Templo desde Betania y Getsemaní.

Mientras tanto, mi Madre y el niño van a una casa amiga en Ofel. Este barrio está al sur del Templo y, por tanto, al este de la ciudad.

¿Qué te parece, Felipe, que vayamos los dos a casa de Samuel? Probablemente Samuel, el prometido de Annalia.

Probablemente entra en la ciudad por la puerta cercana a la Torre Antonia. La Puerta de Piscis.

ECR 199.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pedro se marcha contento con María; llevan los dos de la mano al niño: parecen una pequeña familia feliz. Muchos se vuelven a mirarlos. Jesús, sonriendo, observa cómo van.

«¡Simón se siente feliz!» exclama el Zelote.

«¿Por qué sonríes, Maestro?» pregunta Santiago de Zebedeo.

«Porque en ese pequeño grupo veo una gran promesa».

«¿Cuál, Hermano? ¿Qué es lo que ves?» pregunta Judas Tadeo.

«Veo que me podré marchar tranquilo cuando llegue la hora; no debo temer por mi Iglesia. Entonces será pequeña y débil como Margziam. Pero estará mi Madre, cual Madre suya, para sujetarla de la mano; y, cual padre suyo, estará Pedro, en cuya mano honesta y callosa puedo depositar sin preocupación la mano de mi naciente Iglesia. Pedro le dará la fuerza de su protección; mi Madre, la fuerza de su amor. Así la Iglesia se desarrollará... como Margziam... ¡Verdaderamente es un niño-símbolo! ¡Dios bendiga a mi Madre, a mi Pedro y al niño de ellos y nuestro! Vamos a casa de Juana...».

ECR 199.7-8 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«El hombre advierte el perfume de quienes son vírgenes... Me viene José a la memoria. Yo no sabía qué palabras usar. Él no sabía mi secreto... y, no obstante, con percepción de santo, me ayudó a manifestarlo: había detectado el perfume de mi alma... Fíjate también Juan: ¡Qué paz! Todos quieren estar a su lado... hasta el mismo Judas de Keriot, a pesar de que... No, Hijo, Judas no ha cambiado; yo lo sé y Tú lo sabes. No hablamos porque no queremos encender la guerra; pero, aunque no hablemos, sabemos... y, aunque no hablemos, los demás intuyen... ¡Oh, Jesús mío, los jóvenes me han contado hoy en Getsemaní el episodio de Magdala y el del sábado por la mañana... La inocencia habla... porque ve con los ojos de su ángel. Pero también los ancianos vislumbran... No se equivocan: es un ser huidizo... todo en él es huidizo. Le tengo miedo, y tengo en mis labios las mismas palabras de Benjamín en Magdala y de Margziam en Getsemaní, porque siento ante Judas el mismo escalofrío que sienten los niños».

«¡No todos pueden ser Juan!...».

«¡No lo pretendo! ¡Sería un paraíso esta tierra! Pero, mira, me has hablado del otro Juan... Un hombre que incluso ha matado. Pues bien, me da sólo pena; Judas, sin embargo, me da miedo».

«¡Ámale, Madre! ¡Ámale, por amor a mí!».

«Sí, Hijo; pero ni siquiera servirá mi amor, significará solamente sufrimiento para mí y culpa para él. ¡Pero por qué ha entrado? Turba a todos; ofende a Pedro, que merece todo respeto».

199.8 «Sí. Pedro es muy bueno. Por él haría cualquier cosa, porque lo merece».

Anotación

¡Oh, Jesús mío! Hoy, en Getsemaní, los jóvenes me han hablado del episodio de Magdalena y del episodio del sábado por la mañana. Dos niños dijeron que Judas "les daba miedo": Benjamín de Magdala en EMV 184,7 y Marziam en EMV 196,6.

ECR 199.8-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Sí. Pedro es muy bueno. Por él haría cualquier cosa, porque lo merece».

«Si te oyera, diría con esa sonrisa suya buena y franca: “¡Ah, Señor, eso no es verdad!”. Y tendría razón».

«¿Por qué, Madre?». Mas Jesús ya sonríe, porque ha comprendido.

«Porque no le complaces dándole un hijo. Me ha hablado de todas sus esperanzas, sus deseos... y tus negativas».

«¿No te ha explicado las razones con que las he justificado?».

«Sí. Me las ha dicho, y ha añadido: “Es verdad... pero yo soy un hombre, un pobre hombre. Jesús se obstina en ver en mí a un gran hombre. Pero sé que soy muy mísero, así que... me podría dar un hijo. Me casé para tenerlos... y me voy a morir sin tenerlos”. Y ha dicho — aludiendo al niño, que, contento con el bonito vestido que Pedro le había comprado, le había besado y le había llamado “padre querido” —, ha dicho: “Mira, cuando este pequeñuelo — hace diez días no le conocía — me llama así, siento que me vuelvo más blando que la mantequilla y más dulce que la miel, y me echo a llorar, porque cada día que pasa se me lleva a este hijo...”».

María guarda silencio observando a Jesús, estudiando su rostro, en espera de una palabra... Pero Jesús ha puesto el codo en la rodilla, y la cabeza apoyada sobre la mano, y guarda también silencio mientras mira a la explanada verde del pomar.

María toma una mano de Jesús, se la acaricia, y dice: «Simón tiene este gran deseo... Mientras íbamos juntos, no ha hecho otra cosa sino hablarme de ello, y exponiendo razones tan justas, que... no he podido objetarle nada. Eran las mismas razones que pensamos todas nosotras, mujeres y madres. El niño no es fuerte. Si fuera como eras Tú... ¡Ah, entonces podría afrontar la vida de discípulo sin miedo! ¡Pero, es físicamente tan delicado!... Muy inteligente, muy bueno... pero nada más. A un pichoncillo delicado no se le puede lanzar pronto a volar, como se hace con los fuertes. Los pastores son buenos... pero son hombres; los niños tienen necesidad de las mujeres. ¿Por qué no se lo dejas a Simón? Comprendo que le niegues una criatura nacida de él. Un hijo propio es como una ancla, y Simón — destinado a tan alto sino — no puede estar retenido por ninguna ancla. Pero estarás de acuerdo en que él debe ser “el padre” de todos los hijos que le vas a confiar. ¿Cómo va a poder ser padre si no ha aprendido antes con un niño? Un padre debe ser dulce. Simón es bueno, pero no dulce; es impulsivo e intransigente. Sólo una criaturita le puede enseñar el sutil arte de la compasión hacia el débil... Considera este destino de Simón... ¡Nada menos que tu sucesor! ¡Oh, esta atroz palabra también tengo que decirla! Escúchame, por todo el dolor que me causa el pronunciarla. Jamás te aconsejaría algo que no fuera bueno. Margziam... quieres hacer de él un discípulo perfecto... pero es todavía un niño. Tú... te marcharás antes de que se haga hombre. ¿A quién mejor que a Simón se le podrá entregar para que complete su formación? Y además... ¡pobre Simón!... ya sabes el tormento que ha recibido de su suegra, incluso por causa tuya; pues bien, a pesar de ello, no se ha apropiado ni siquiera de una partícula de su pasado, de su libertad de hace ya un año, para que le dejase en paz su suegra, a la que ni siquiera Tú has podido cambiar. ¿Y su esposa?: ¡pobre mujer!... ¡Desea tanto amar y ser amada...! Su madre... ¡oh!... ¿Y el marido?: encantador pero autoritario... Jamás recibió afecto sin que se le exigiera a cambio demasiado... ¡Pobre mujer!... Confíale el niño. Escúchame, Hijo. Por ahora lo llevamos con nosotros. Yo también iré por Judea. Me llevarás contigo a casa de una compañera mía del Templo, y casi pariente porque procede de David. Está en Betsur. Me alegrará volver a verla, si vive todavía. Luego, cuando volvamos a Galilea, se lo damos a Púrpura: cuando estemos cerca de Betsaida, Pedro lo tomará consigo; cuando estemos aquí, lejos, el niño se quedará con ella. ¡Ah!,... te veo sonreír... Entonces es que vas a contentar a tu Madre. Gracias, Jesús mío».

«Sí, sea como Tú quieres».

199.9

Jesús se levanta y llama con voz potente: «Simón de Jonás, ven».

Pedro reacciona instantáneamente y sube corriendo las escaleras: «¿Qué quieres, Maestro?».

«¡Ven aquí, hombre usurpador y corruptor!».

«¿Yo? ¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor?».

«Has coaccionado a mi Madre. Por este motivo quisiste estar solo. ¿Qué debo hacer contigo?». Pero Jesús sonríe, y Pedro se tranquiliza.

«Me has asustado verdaderamente. Menos mal que te veo sonreír. ¿Qué quieres de mí, Maestro? ¿La vida? Ya sólo me queda la vida, porque me has tomado todo lo demás... Pero, si quieres, te la doy».

«No quiero tomarte nada; quiero darte algo. De todas formas, no te aproveches de la victoria, y no digas este secreto a los demás, astutísimo hombre, que vences al Maestro con el arma de la palabra materna. Tendrás el niño, pero...».

Jesús no puede seguir hablando, porque Pedro — que se había arrodillado — se pone en pie de un salto y besa a Jesús con tal ímpetu que le corta la palabra.

«Agradéceselo a Ella; pero recuerda que esto debe ser una ayuda para ti, no un obstáculo...».

«Señor, no te arrepentirás de este regalo... ¡Oh, María, santa y buena, bendita seas siempre!...». Y Pedro, que de nuevo ha caído de rodillas, llora abiertamente, besando la mano de María...

Anotación

199,9 Jesús se levanta y llama a gran voz:

"¡Simón, hijo de Jonás, ven aquí!".

Pedro se sobresaltó y se apresuró a subir las escaleras:

"¿Qué quieres, Maestro?

- ¡Ven aquí, usurpador y corruptor!

- ¿Yo? ¿Por qué? ¿Qué he hecho, Señor?

- Corrompiste a mi Madre. Por eso querías estar solo. ¿Qué quieres que te haga?".

Pero Jesús sonrió y Pedro se tranquilizó.

Oh -dijo-, me has dado un buen susto. Pero ahora te ríes... ¿Qué quieres de mí, Maestro?

JESÚS AGRADABLE: Este pasaje ha causado controversia entre algunas personas:

- unos incapaces de imaginar a Jesús bromeando como se hace con los mejores amigos (pareciendo acusarles de la antítesis de lo que evidentemente son).

- Los otros dan una lectura parcial que interpreta la corrupción aislada como una práctica indigna y chocante.

MARÍA MEDIADORA DE TODAS LAS GRACIAS :

Sobre el primer punto, la broma, hay que señalar que Jesús no utiliza la vulgaridad que suele asociarse a este tipo de bromas, sino que extrae de ellas una santa lección: María, Mediadora de todas las Gracias. Está "evangelizando" nuestra humanidad.

En cuanto al otro, la lectura del contexto despeja cualquier duda sobre la intención de Pedro cuando, al ver negado su deseo más profundo, pide la ayuda y la mediación de María.

ECR 200.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pasa todavía otro rato más y suben en grupo los apóstoles con el niño y Juan de Endor. Los siguen las mujeres con las viandas y las candelas. Por último, Lázaro y Simón.

ECR 201.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La comitiva de los apóstoles y las mujeres, encabezada por Jesús y María y el pequeño, que va entre ambos, se está acercando a la Puerta de los Peces. Por tanto, debe ser el miércoles por la mañana. Va con ellos también José de Arimatea, que, fiel a su palabra, ha salido a su encuentro.

Jesús busca con la mirada al soldado Alejandro, pero no le ve.

«Tampoco está hoy. Quisiera saber qué ha sido de él...».

Pero la muchedumbre es tanta, que no hay modo de hablar con los soldados, y quizás sería imprudente, pues los judíos están más intransigentes que nunca ante la inminencia de la fiesta; están, además, resentidos por la captura de Juan el Bautista, y consideran cómplices a Pilatos y a sus hombres de confianza. Deduzco esto por los epítetos y las disputas que continuamente se encienden en la Puerta entre los soldados y la gente, y los insultos... pintorescos, no precisamente urbanos, que estallan a cada momento como el fuego de una girándula perpetua.

Las mujeres de Galilea se sienten escandalizadas y se arrebujan más que nunca en sus velos y mantos. María se ruboriza, pero sigue andando segura, derecha como una palma, mirando a su Hijo, el cual, por su parte, ni siquiera intenta hacer razonar a los exaltados hebreos, o aconsejar a los soldados que tengan piedad de éstos. Y, dado que algún epíteto poco bonito va también a parar al grupo de los galileos, José de Arimatea pasa adelante, al lado de Jesús; de forma que la gente, que le conoce, calla por respeto a él.

Atraviesan por fin la Puerta de los Peces. El río humano que afluye a oleadas a la ciudad, mezclado con burros y hatos de otros animales, se extiende por las calles...

ECR 201.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Todos están vestidos solemnemente; Pedro, verdaderamente de gala: cubre su cabeza una relumbrante prenda novísima, cándida como la nieve, sujeta por una cinta bordada en rojo y oro; lleva su mejor túnica, de color granate oscurísimo, adornada con un cinturón nuevo (del mismo tipo que el galón que ciñe su cabeza) del que pende el cuchillo (vaina de puñal, empuñadura burilada, funda de latón toda perforada, a través de la cual se ve brillar el hierro tersísimo de la hoja). Todos los demás están también armados más o menos así. El único que no lleva armas es Jesús, que viste lino blanquísimo y un manto azulino (ciertamente lo ha tejido María durante el invierno). Margziam está vestido de rojo pálido; un galón de tono más oscuro ciñe el cuello, el extremo inferior y las bocamangas; lleva un galón igual, bordado, en la cintura y en los bordes del manto que porta plegado en el brazo (contento, con la otra mano lo acaricia); de tanto en tanto, alza la cara, mitad risueña, mitad preocupada... También Pedro lleva en la mano, con cuidado, un paquete.

Detalle

La ropa de los apóstoles y de Marziam para su fiesta de mayoría de edad, durante la Pascua judía.

ECR 201.3-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Vamos».

Margziam se pone levemente pálido, da un beso a María y le dice: «¡Reza!... ¡Reza!...».

«Sí, bonito. No tengas miedo, que lo sabes muy bien».

Margziam se pega a Pedro, aprieta nerviosamente la mano de Pedro, pero no se siente todavía seguro y quiere también la mano de Jesús.

«Yo no voy, Margziam. Voy a rezar por ti. Nos veremos después».

«¿No vienes? ¿Por qué, Maestro?» dice Pedro sorprendido.

«Porque es mejor que no vaya...». Jesús está muy serio, diría triste. Y añade: «José, que es justo, no puede sino aprobar mi acto».

Efectivamente, José no contesta; con su silencio, unido a un elocuente suspiro, confirma.

«Pues entonces... vamos...». Pedro está un poco afligido.

Margziam se agarra a Juan. Y así van, precedidos por José, a quien continuamente saludan con gran respeto. Con ellos van Simón y Tomás; los demás se quedan con Jesús.

201.4

Entran en la misma sala en que años atrás entrara Jesús. Un joven, que está escribiendo en uno de los ángulos, se pone repentinamente en pie al ver a José, y se prosterna.

«Dios sea contigo, Zacarías. Ve rápidamente a llamar a Asrael y a Jacob».

El joven sale y, casi inmediatamente, vuelve con dos rabinos, o arquisinagogos, o escribas... no sé. Son dos desabridos personajes que sólo deponen su altivez ante José. Tras ellos entran otros ocho menos solemnes. Se sientan, dejando en pie a los aspirantes, incluido José de Arimatea.

«¿Qué quieres, José?» pregunta el más anciano.

«Presentar a vuestra perspicacia a este hijo de Abraham, que ha cumplido el tiempo prescrito para entrar en la Ley y en ella regirse por sí mismo».

«¿Es pariente tuyo?» y miran con gesto de estupor.

«En Dios todos somos parientes. Este niño es huérfano. Este hombre, de cuya honestidad me hago garante, le ha tomado, para que su tálamo no quede sin descendencia».

«¿Quién es este hombre? Que responda él».

«Simón de Jonás, de Betsaida de Galilea, casado, sin hijos, pescador para el mundo, para el Altísimo hijo de la Ley».

«Y tú, siendo galileo, te asumes esta paternidad? ¿Por qué?».

«Está escrito en la Ley que se debe mostrar amor hacia el huérfano y la viuda. Yo lo hago».

«¿Puede, acaso, conocer éste la Ley hasta el punto de merecer...? Mas... tú, niño, responde, ¿quién eres?».

«Yabés Margziam de Juan, de los campos de Emaús, nacido hace doce años».

«Entonces, eres judío. ¿Es lícito que se responsabilice de él un galileo? Escudriñemos las leyes».

«Pero, ¿qué soy?: ¿un leproso?, ¿una persona maldita?». Le empieza a hervir la sangre en las venas a Pedro.

«Calla, Simón. Hablaré yo por él. Os he dicho que me hago garante de este hombre. Le conozco como si fuera de mi casa. El anciano José no propondría jamás algo contrario a la Ley, y, ni siquiera, a las leyes. Examinad, pues, al niño con justicia y sin dilación; el patio está lleno de niños que esperan el examen. Por amor a todos, no seáis lentos».

«¿Quién probará que este niño tiene doce años y que fue rescatado del Templo?».

«Lo puedes probar con las escrituras. Es una investigación latosa, pero se puede hacer. Niño, ¿me has dicho que eres el primogénito?».

«Sí, señor. Puedes verlo porque estuve consagrado al Señor y fui rescatado con los debidos diezmos».

«Busquemos entonces estos datos...» dice José.

«No hace falta» responden cortantes los dos hombres insidiosos.

201.5

«Ven aquí, niño. Di el Decálogo» y el niño lo dice seguro. «Dame ese rollo, Jacob. Lee si sabes».

«¿Dónde, rabí?».

«Donde quieras. Donde te caiga la mirada» dice Asrael.

«No. Aquí. Dámelo» dice Jacob. (Y abre hasta un determinado punto el rollo y dice: «Aquí»).

«“Entonces él les dijo secretamente: ‘Bendecid al Dios del Cielo, dadle gloria ante todos los seres vivos, porque ha sido misericordioso con vosotros. Ciertamente bueno es mantener celado el secreto del rey, pero es honorífico revelar...’ ”».

«¡Basta, basta! ¿Qué es esto?» pregunta Jacob señalando las franjas de su manto.

«Las franjas sagradas, señor; las llevamos para no olvidarnos de los preceptos del Señor altísimo».

«¿Le es lícito a un israelita nutrirse con cualquier tipo de carne?...» pregunta Asrael.

«No, señor; sólo con las que hayan sido declaradas puras».

«Dime los preceptos...».

Y el niño, dócilmente, empieza a decir la letanía de los: «No harás...».

«¡Basta, basta!, para ser un galileo sabe hasta demasiado. Hombre, ahora te toca a ti jurar que tu hijo es mayor de edad».

Pedro, con el mejor donaire después de tanto desaire, pronuncia su breve discurso paterno: «Como habéis visto, mi hijo, llegado a la edad prescrita, conociendo la Ley, los preceptos, las usanzas, las tradiciones, las ceremonias, las bendiciones, las oraciones..., es capaz de guiarse a sí mismo. Por tanto, como habéis podido constatar, estamos en condiciones, yo y él, de pedir la mayoría de edad. La verdad es que debía haberlo dicho antes esto, pero aquí han sido violadas — y no por nosotros, galileos — las usanzas, y se le ha preguntado al hijo antes que al padre. Y ahora os digo: dado que le habéis juzgado apto, desde este momento no soy ya responsable de sus acciones, ni ante Dios ni ante los hombres».

«Pasad a la sinagoga».

El pequeño cortejo entra en la sinagoga, entre los adustos rostros de los rabinos a los que Pedro ha puesto firmes.

Erguido, frente a los ambones y a las lámparas, cortan los cabellos a Margziam; antes le llegaban hasta los hombros, ahora quedan a la altura de las orejas. Pedro abre su taleguillo y saca un bonito cinturón de lana roja, bordada en amarillo oro, y con él ciñe la cintura del niño, luego, mientras los sacerdotes hacen lo propio en la frente y el brazo con cintas de cuero, Pedro está tratando de prender en el manto — Margziam se lo ha pasado — las sagradas franjas. ¡Qué emocionado está Pedro cuando entona la alabanza al Señor!...

201.6

Con esto se pone fin a la ceremonia. Ahuecan el ala ligeros; Pedro dice: «¡Menos mal! ¡No podía más! ¿Has visto, José? Ni siquiera han completado el rito. No importa. Tú... tú, hijo mío, tienes a otro que te consagra... Vamos a adquirir un corderito para el sacrificio de alabanza al Señor; un corderito encantador, como tú. ¡Gracias, José! Dile tú también “gracias” a este gran amigo. Sin ti, nos hubieran tratado mal del todo».

«Simón, me siento contento de haber sido útil a un justo como tú. Te ruego que vengas a mi casa de Beceta, para el banquete, y contigo todos, como es lógico».

«Vamos a decírselo al Maestro. Para mí... ¡demasiado honor!» dice, humilde, Pedro (pero se le ve radiante de alegría).

Cruzan en sentido inverso claustros y atrios hasta llegar al patio de las mujeres; allí todas felicitan a Margziam. Luego los hombres pasan al atrio de los israelitas, donde está Jesús acompañado de los suyos. Se reúnen todos — armónica comunión de felicidad — y, mientras Pedro va a sacrificar el cordero, se encaminan entre pórticos y patios hasta el muro exterior.

201.7

¡Qué feliz se le ve a Pedro con su hijo, que ahora es ya un israelita perfecto! Tanto, que no advierte la arruga que se dibuja en la frente de Jesús, ni percibe el silencio, más bien angustioso, de sus compañeros. Sólo cuando están en la sala de la casa de José — cuando el niño, ante la pregunta de rigor acerca de lo que hará en el futuro, declara: «Seré pescador como mi padre» — Pedro, entre lágrimas, se da cuenta y comprende...

«La verdad es que Judas nos ha metido una gota de acíbar en esta fiesta... Estás preocupado, Maestro... y los demás están tristes por esto. Perdonad todos si no me he dado cuenta antes... ¡Ay..., este Judas!...».

Su suspiro creo que está presente en todos los corazones... Pero Jesús, para disolver la amargura, se esfuerza en sonreír, y dice: «No te apenes por esto, Simón. Sólo falta tu mujer en esta fiesta... Estaba pensando también en ella, tan buena y sacrificada como es siempre. Pronto recibirá su parte de alegría, inesperada: ¡te imaginas con qué gozo? Pensemos en lo bueno que hay en el mundo. Ven. Así que Margziam ha respondido perfectamente, ¿eh? Sabía que sería así...».

José da indicaciones a los servidores y luego vuelve a la sala: «Os doy a todos las gracias — dice — por haberme rejuvenecido con esta ceremonia y por haberme concedido el honor de poder recibir en mi casa al Maestro, a su Madre, a los parientes, y a vosotros, queridos condiscípulos. Venid al jardín a disfrutar de aire puro y flores...».

Y todo termina.

ECR 202.1-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Víspera de la Pascua. Jesús — sólo con los apóstoles, pues las mujeres no están con el grupo — espera a que Pedro vuelva de llevar el cordero pascual para el sacrificio.

Está hablando de Salomón al niño. En esto, hele ahí a Judas: está cruzando el patio más grande. Va con un grupo de jóvenes. Habla con grandes, ampulosos gestos y poses enfervorizadas. Su manto se agita continuamente y él se lo coloca con ademán de sabio... Creo que Cicerón no era tan pomposo cuando pronunciaba sus discursos...

«¡Mira Judas, está allí!» dice Judas Tadeo.

«Va con un grupo de saforimes» observa Felipe.

Y Tomás dice: «Voy a oír qué dice» y va sin esperar a que Jesús exprese su previsible negativa.

¿Y Jesús!... ¡Ay, el rostro de Jesús!... Su expresión es de hondo sufrimiento y severo juicio. Margziam, que le estaba mirando ya desde antes, mientras, delicado y levemente triste, le hablaba del gran rey de Israel, ve este cambio, y casi se asusta; entonces, agita la mano de Jesús para volver a atraer su atención, diciendo: «¡No mires! ¡No mires! ¡Mírame a mí, que te quiero mucho!»....

202.2

Tomás logra llegar hasta donde Judas sin ser visto, y así le sigue durante unos metros. No sé lo que estará oyendo, lo que sí sé es que suelta una inesperada exclamación retumbante que hace volverse a muchos, especialmente a Judas, que se pone lívido de rabia: «¡Pero cuántos rabíes tiene Israel! ¡Te felicito, nueva lumbrera de sabiduría!».

«No soy una piedra, sino una esponja, y, por tanto, absorbo; y, cuando el deseo de los hambrientos de sabiduría lo solicita, me exprimo para darme con todos mis humores vitales». Judas se muestra ampuloso y despreciativo.

«Se diría que eres eco fiel. Pero el eco, para subsistir, debe estar cerca de la Voz; si no, muere, amigo. Y tú, me parece que te estás alejando de ella. Él está allí. ¿No vienes?».

Judas se pone de todos los colores, con esa cara suya rencorosa y repugnante de sus momentos peores; pero se domina, y dice: «Adiós, amigos. Aquí estoy, contigo, Tomás, querido amigo mío. Vamos inmediatamente con el Maestro. No sabía que estaba en el Templo. Si lo hubiera sabido, le hubiera buscado» y pasa el brazo por los hombros a Tomás como si sintiera un gran afecto por él.

Pero Tomás, pacífico pero no estúpido, no se deja engatusar con estas declaraciones... y pregunta, con un poco de sorna: «¿Cómo! ¿No sabes que es Pascua? ¿Crees que el Maestro no es fiel a la Ley?».

«¡No! ¡De ninguna manera! Pero el año pasado se mostraba, hablaba... Me acuerdo precisamente de este día. Me atrajo por su impetuosidad regia... Ahora... Me da la impresión de que haya perdido vigor. ¿No te parece?».

«A mí no. Me da la impresión de una persona que haya perdido confianza».

«En su misión, eso es, tú lo has dicho».

«No. Entiendes mal. Ha perdido confianza en los hombres. Y tú eres uno de los que ha contribuido a ello. ¡Deberías avergonzarte!». Ya no ríe Tomás, tiene expresión sombría y su reprensión bate como un latigazo.

«¡Ten cuidado con lo que dices!» dice Judas con tono amenazador.

«¡Y tú ten cuidado con lo que haces! Aquí estamos dos judíos, sin testigos. Por eso hablo, y te vuelvo a decir que deberías avergonzarte. Y ahora guarda silencio. No te pongas trágico ni te pongas a lloriquear, porque, si no, hablo delante de todos.

202.3

Ahí están el Maestro y los compañeros. Modérate».

«Paz a ti, Maestro...».

«Paz a ti, Judas de Simón».

«¡Qué alivio encontrarte aquí!... Yo tendría necesidad de hablarte...».

«Habla».

«Mira, es que... quería decirte... ¿No puedo decírtelo aparte?».

«Estás entre tus compañeros».

«Querría hablar contigo a solas».

«En Betania estoy solo, con quien tiene interés en mí y me busca; pero tú no me buscas, sino que tratas de evitarme».

«No, Maestro, no puedes decir eso».

«¿Por qué ayer has ofendido a Simón, y con él a mí, y con nosotros a José de Arimatea, y a los compañeros, y a mi Madre y a las otras mujeres?».

«¿Yo? ¡Pero si no os vi!».

«No quisiste vernos. ¿Por qué no viniste, como habíamos convenido, para bendecir al Señor por un inocente que iba a ser acogido en el seno de la Ley? ¡Responde! ¿No sentiste ni siquiera la necesidad de avisar de que no ibas a venir?».

«¡Ahí viene mi padre!» grita Margziam, que ha visto a Pedro de regreso con su cordero degollado, vaciado de sus vísceras y envuelto de nuevo en su piel. «¡Vienen también Miqueas y los otros! Voy, ¿puedo ir a su encuentro para oír lo que dicen de mi anciano padre?».

«Ve, hijo» dice Jesús acariciándole; y añade, tocando a Juan de Endor en un hombro: «Por favor, acompáñale y... entreténle un poco». Y vuelve al punto en que estaba con Judas: «¡Estoy esperando tu respuesta!».

«Maestro... me surgió improvisamente una incumbencia... inaplazable... Lo sentí... Pero...».

«¿Y no había en toda Jerusalén una persona que pudiera comunicar esta justificación tuya?... ¡Admitiendo que la tuvieras!... Y ya de por sí era reprobable. Te recuerdo que hace poco un hombre ha prescindido de ir a enterrar a su padre por seguirme, y que mis hermanos han dejado entre anatemas la casa paterna por seguirme a mí, y que Simón y Tomás, y con ellos Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Natanael han dejado la familia, y Simón Cananeo la riqueza para dármela a mí, y Mateo el pecado para seguirme a mí. Y podría continuar con otros cien nombres. Hay quien deja la vida, la misma vida, para seguirme hasta el Reino de los Cielos. Pero, dado que estás tan privado de generosidad, al menos sé educado; dado que no tienes caridad, ten al menos elegancia; imita, puesto que te agradan, a esos fariseos falsos que me traicionan, que nos traicionan, pero que lo hacen mostrándose educados. Tu deber era reservarte para nosotros ayer, para no ofender a Pedro, que exijo sea respetado por todos. ¡Pero, qué menos que mandar recado?».

«He errado.

202.4

Pero ahora venía expresamente a buscarte para decirte que — por el mismo motivo — mañana no puedo venir. Es que tengo amigos de mi padre y me...».

«Basta. Puedes ir con ellos. Adiós».

«Maestro...¿estás enfadado conmigo? Me dijiste que serías un padre para mí... Soy un muchacho incauto, pero un padre perdona...».

«Te perdono, pero márchate; no hagas esperar más a los amigos de tu padre. Yo tampoco haré esperar más a los amigos del santo Jonás».

«¿Cuándo vas a dejar Betania?».

«Al final de los Ácimos. Adiós». Jesús se vuelve y va hacia los campesinos, que están extasiados ante el cambio que ven en Margziam.

Camina unos pasos, pero se detiene al oír la observación que hace Tomás: «¡Por Yeohvah! Quería ver tu impetuosidad regia... ¡Pues ha quedado servido!...».

«Os ruego que olvidéis todos este incidente, de la misma forma que Yo me esfuerzo en olvidarlo. Y os ordeno que guardéis silencio ante Simón de Jonás, Juan de Endor y el pequeño. Por motivos que vuestra inteligencia puede comprender, no conviene causarles a ninguno de los tres ni dolor ni escándalo. Y silencio también en Betania, ante las mujeres. Que está entre ellas mi Madre, recordadlo».

«Puedes estar tranquilo, Maestro», «haremos de todo para reparar esto», «y para consolarte» dicen todos.

«¡Gracias!...»

Anotación

Jesús le habla al niño de Salomón: Este es probablemente el rey Salomón.

Está con un grupo de saforim. Saforim (sopherîms): escribas.

No haré esperar más a los amigos del santo Jonás. Jonás de Esdrelón.

¡Por Jéovêh! ¡Quería verte con tu violencia real! Geovà en el texto original. Ver la pronunciación del nombre divino.

ECR 203.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Anotación

Jesús sale con los suyos de una casa próxima a los muros de la ciudad (creo que del barrio de Beceta, porque para salir de los muros se tiene que pasar todavía por delante de la casa de José, que está cerca de una puerta que he oído que la llaman Puerta de Herodes). La ciudad está semidesierta en esta noche serena y lunar. Comprendo que la Pascua ha sido consumida en una de las casas de Lázaro — que no es, de ninguna manera, la casa del Cenáculo —. Ésta se encuentra completamente al otro extremo respecto a aquélla: una al Norte, la otra al Sur de Jerusalén.

En la puerta de la casa, Jesús, con ese gesto suyo cortés, se había despedido de Juan de Endor, dejándole como custodio de las mujeres y dándole las gracias por esto mismo; había besado a Margziam, que también había venido a la puerta.

Ahora Jesús se encamina hacia fuera de la llamada Puerta de Herodes.