ECR 63.3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
63.3 «Escucha, pues. He sabido que en Cafarnaúm estaba ese Rabí que es santo, y he ido...».
«¡Párate, párate! Estoy infectado».
«¡No importa! Ya no tengo miedo a nada». El hombre, que es el pobre tullido a quien Jesús curó y socorrió con una limosna en el huerto de la suegra de Pedro, ha llegado, efectivamente, con su paso veloz, hasta pocos pasos del leproso. Hablaba mientras caminaba, y reía dichoso.
Pero el leproso insiste: «Párate, en nombre de Dios. Si te ve alguien...».
«Me paro. Mira: pongo aquí las provisiones. Come mientras sigo hablando». El hombre coloca encima de una voluminosa piedra un paquete, y lo abre. Luego se retira unos pasos. El leproso se acerca y se lanza sobre el alimento inusitado.
«¡Oh, cuánto tiempo hace que no comía así! ¡Qué bueno está! Y pensar que creía que me habría ido a descansar con el estómago vacío. Ninguna persona piadosa hoy... ni siquiera tú... Había masticado un poco de achicoria...».
«¡Pobre Abel! Ya lo pensaba yo. Pero me decía: “Bueno. Ahora estará triste, ¡pero después se sentirá dichoso!”».
«Dichoso, sí, por esta buena comida. Pero luego...».
«¡No! Serás feliz para siempre».
El leproso hace un gesto con la cabeza.
«Mira, Abel. Si puedes tener fe, serás feliz».
«¿Fe en quién?».
«En el Rabí, en el Rabí que me ha curado a mí».
«¡Yo estoy leproso y en grado extremo! ¿Cómo puede curarme?».
«¡Lo puede! Es santo».
«Sí, también Eliseo curó a Naamán el leproso... lo sé... Pero yo... yo no puedo ir al Jordán».
«Serás curado sin necesidad de agua. Escucha: Este Rabí es el Mesías, ¿entiendes? ¡El Mesías! Es el Hijo de Dios. Y cura a todos aquellos que tienen fe. Dice: “Quiero”, y los demonios huyen, y los miembros del cuerpo se enderezan, y los ojos ciegos ven».
«¡Oh, vaya que si tendría fe yo! ¿Pero cómo puedo ver al Mesías?».
«Exacto... he venido para esto. Él está allí, en aquel pueblo. Sé dónde está esta noche. Si quieres... Yo dije: “Se lo digo a Abel, y si Abel siente que tiene fe le conduzco hacia el Maestro”».
«¿Estás loco, Samuel? Si me acerco a las casas me apedrearán».
«No a las casas. Pronto será de noche. Te conduciré hasta aquel bosquecito y luego iré a llamar al Maestro. Le llevaré hasta ti...».
«¡Ve, ve inmediatamente! Voy yo solo por mi cuenta hasta aquel punto. Iré caminando por el lecho del regato, por entre las matas; pero tú ve, ve... ¡Oh, ve, buen amigo! ¡Si supieras qué es tener este mal y qué significa esperar curarse!...». El leproso ya ni siquiera se preocupa de la comida. Llora y gesticula implorándole al amigo.
«Me voy y tú vas hasta el bosque». El ex tullido se marcha corriendo.
Anotación
Segundo libro de los Reyes 5, 1-14
2 R 5, 1-14 :
Naamán, general del ejército del rey de Aram, era un hombre de gran valor y muy estimado por su señor, pues por él el Señor había dado la victoria al reino de Aram. Pero este valiente guerrero era leproso. Durante una expedición a la tierra de Israel, los arameos habían hecho prisionera a una niña, que fue puesta al servicio de la mujer de Naamán. Ella le dijo a su ama: "¡Oh, si mi amo fuera al profeta en Samaria, él lo curaría de su lepra! Naamán fue a ver al rey y le dijo: "Esto es lo que ha dicho la joven de Israel". El rey de Aram respondió: "Ve y ponte en camino. Voy a enviar una carta al rey de Israel". Naamán partió con diez lingotes de plata, seis mil monedas de oro y diez vestidos. Entregó la carta al rey de Israel. La carta decía: "Al mismo tiempo que te llega esta carta, te envío a Naamán, mi siervo, para que lo cures de su lepra. Cuando el rey de Israel leyó este mensaje, se rasgó las vestiduras y gritó: "¿Soy yo Dios, dueño de la vida y de la muerte? ¡Este rey me ha enviado un hombre para que le cure la lepra! Como puedes ver, ¡se trata de una provocación! Cuando Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel se había rasgado las vestiduras, le dijo: "¿Por qué te has rasgado las vestiduras? Deja que este hombre venga a mí, y sabrá que hay un profeta en Israel". Naamán llegó con sus caballos y su carro y se detuvo a la puerta de la casa de Eliseo. Eliseo envió un mensajero para decirle: "Ve y báñate siete veces en el Jordán, y tu carne quedará limpia de nuevo; quedarás purificado". Naamán se enfadó y se marchó diciendo: "Me dije: 'Seguramente saldrá y se parará e invocará el nombre del Señor, su Dios; entonces agitará su mano sobre la mancha enferma y curará mi lepra. ¿No son los ríos de Damasco, el Abana y el Parpar, mejores que todas las aguas de Israel? Si me bañara en ellas, ¿no quedaría purificado? Se volvió y se marchó furioso. Pero sus siervos se le acercaron y le dijeron: "¡Padre! Si el profeta te hubiera dicho que hicieras algo difícil, lo habrías hecho, ¿verdad? ¿Cuánto más cuando te dijo: "Báñate y quedarás limpio"? Bajó al Jordán y se sumergió en él siete veces, obedeciendo a la palabra del hombre de Dios; entonces su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó purificado.