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Notas del tema

Nuevo Testamento

Página 57 de 189

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ECR 76.11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

76.11 Y tú, María, acércate más y dime: ¿Quién soy Yo?».

«Tú eres Jesús, Hijo de María de Nazaret, nacido en Belén. Isaac te vio y me puso el nombre de tu Mamá para que yo fuera buena».

«Tienes que ser buena como el ángel de Dios, más pura que una azucena florecida en las altas cumbres, pía como el levita más santo, para imitarla. ¿Lo serás?».

«Sí, Jesús».

ECR 77.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

[Judas habla de los pastores de la Natividad.]

Hace unos días que me quema los labios una pregunta. Son amigos tuyos y de Dios éstos, ¿no es verdad? Los ángeles los han bendecido con la paz del Cielo, ¿no es verdad? Ellos no han dejado de ser justos ante ninguna tentación, ¿no es verdad? ¿Me explicas entonces por qué han sido infelices? ¿Y Ana?... La mataron por haberte amado...».

«Tu conclusión sería, entonces, que mi amor y el amarme acarrea desventura».

«No... pero...».

«Pero es así. (...) Ven aquí, Judas. Escucha. Partes de un juicio común a muchos hombres presentes y futuros. Digo “juicio”, debería decir “yerro”; pero, si supongo que lo hacéis sin malicia, por ignorancia de la verdad, entonces no es yerro, es sólo juicio imperfecto, como lo puede ser el de un niño. Y sois niños, vosotros, pobres hombres. Y Yo estoy aquí como Maestro para hacer de vosotros adultos capaces de discernir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo mejor de lo bueno. Escuchad, pues. ¿Qué es la vida? Es un tiempo de pausa; Yo diría el limbo del Limbo, que Dios Padre os da para probar vuestra naturaleza de hijos buenos o de bastardos, y para asignaros, sobre la base de vuestras obras, un futuro en el que ya no habrá ni pausas ni pruebas. Ahora, decidme: ¿sería justo que uno, por el hecho de haber recibido el raro bien de disponer del modo de servir a Dios de manera especial, gozara además de un bien continuo durante toda la vida? ¿No os parece que ya ha tenido mucho y que, por tanto, puede considerarse dichoso, aunque en lo humano no lo sea? ¿No sería injusto que aquel que tiene ya en el corazón luz de divina manifestación y la sonrisa de una conciencia que aprueba, tuviera además honores y bienes terrenos? ¿Y no sería incluso imprudente?».

77.3 «Maestro, yo digo que sería incluso profanador. ¿Por qué poner alegrías humanas donde estás Tú? Cuando uno te tiene — y éstos te han tenido; ellos, los únicos ricos en Israel por haber gozado de ti desde hace treinta años — no debe poseer nada más. No se pone el objeto humano en el Propiciatorio... El vaso consagrado no sirve más que para usos sagrados. Éstos están consagrados desde el día en que vieron tu sonrisa... y nada, no, nada que no seas Tú debe entrar en su corazón, que te tiene a ti. ¡Ojalá fuera yo como ellos!» dice Simón.

«Sin embargo, te has dado prisa, después de haber visto al Maestro y después de ser curado, en volver a tomar posesión de tus bienes» responde irónicamente Judas.

«Es verdad. Lo he dicho y lo he hecho. Pero ¿tú sabes por qué? ¿Cómo puedes juzgar si no conoces todo? Mi agente recibió órdenes precisas. Ahora que Simón el Zelote está curado — y sus enemigos ya no pueden perjudicarle segregándole; ni perseguirle porque ya no es más que de Cristo y no tiene ninguna secta: tiene a Jesús y basta —, Simón puede disponer de los haberes suyos, que un hombre honesto, fiel, le ha conservado. Y yo, dueño todavía durante una hora, prescribí su reorganización para obtener más dinero en la venta y poder decir... No, esto no lo digo».

«Lo dicen los ángeles por ti, Simón, y lo escriben en el libro eterno» dice Jesús.

Simón mira a Jesús. Simón mira a Jesús. Las dos miradas se anudan: una, asombrada; la otra, bendiciendo.

Detalle

Judas recuerda a los pastores en la Natividad y la muerte de Ana de Belén. Entonces dice que el amor a Jesús trae la desgracia, y Cristo responde.

ECR 77.4-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Se ven algunas casas» dice Juan, que va unos pasos por delante de los demás.

«Es Hebrón, con su cúspide a caballo entre dos ríos. ¿Ves, Maestro? ¿Ves aquella casa grande de allí, entre toda aquella hierba, un poco más alta que las otras? Es la casa de Zacarías».

«Aceleremos el paso».

Recorren ligeros los últimos metros de camino. Entran en el pueblo. Las pequeñas pezuñas de las ovejas parecen castañuelas al chocar contra las piedras irregulares de la calle, aquí rudimentariamente adoquinada. Llegan a la casa. La gente mira a ese grupo de hombres de diverso aspecto, edad y vestimenta, entre el blancor de las ovejas.

«¡Oh! ¡Es distinta! ¡Aquí estaba la verja de entrada!» dice Elías. Ahora, en lugar de la verja, hay un portón herrado que impide ver. Y la tapia que la circunda es más alta que un hombre, y, por tanto, no se ve nada.

«Quizás esté abierto por detrás. Vamos». Rodean un amplio cuadrilátero (más concretamente un amplio rectángulo), pero la pared es igual por todas partes.

«Pared hecha desde hace poco» dice Juan observándola. «No tiene grietas, y en el suelo hay todavía piedras con cal».

«Tampoco veo el sepulcro... Estaba hacia el bosque. Ahora el bosque está fuera del muro y... y parece de todos. Hacen leña en él...». Elías está perplejo.

77.5

Un hombre, un leñador entrado en años, más bien bajo, pero fuerte, observando al grupo, deja de serrar un tronco talado y se dirige hacia ellos. «¿A quién buscáis?».

«Queríamos entrar en la casa, para orar ante el sepulcro de Zacarías».

«Ya no existe el sepulcro. ¿No lo sabéis? ¿Quiénes sois?».

«Yo, amigo de Samuel, el pastor. Él...».

«No hace falta, Elías» dice Jesús. Elías se calla.

«¡Ah! ¡Samuel!... ¡Ya! Sólo que desde que Juan, hijo de Zacarías, está en la cárcel, la casa ya no es suya. Y es una desgracia, porque él distribuía todas las ganancias de sus bienes entre los pobres de Hebrón. Una mañana vino uno de la corte de Herodes, echó afuera a Joel, clausuró la casa; luego volvió con algunos obreros y empezó a levantar el muro... En el ángulo, allí, estaba el sepulcro. No lo quiso... y una mañana lo encontramos todo destrozado, medio derruido... los pobres huesos mezclados... Los recogimos como se pudo... Ahora están en una única arca... Y en la casa del sacerdote Zacarías ese inmundo tiene a sus amantes. Ahora está una histrionisa de Roma. Por eso ha realzado el muro. No quiere que se vea... ¡La casa del sacerdote, un lupanar! ¡La casa del milagro y del Precursor! Porque ciertamente es él, si es que no es él el Mesías. ¡Y cuántas dificultades hemos tenido por el Bautista! ¡Pero es nuestro grande! ¡Verdaderamente grande! Ya cuando nació se dio un milagro. Isabel, consumida como un cardo ajado, resultó fértil como un manzano en Adar; primer milagro. Luego vino una prima, que era santa, a servirla y a soltarle la lengua al sacerdote. Se llamaba María. Me acuerdo de ella, aunque sólo la viéramos en muy raras ocasiones. No sé cómo sucedió. Se dice que, por contentar a Isa, Ella dejaba poner la boca muda de Zacarías sobre su vientre grávido, o que le metía sus dedos en la boca. No lo sé bien. Lo cierto es que, después de nueve meses de silencio, Zacarías habló alabando al Señor y diciendo que había venido el Mesías. No explicó más, pero mi mujer asegura — ella estaba ese día — que Zacarías dijo, alabando al Señor, que su hijo iría delante de Él. Ahora, yo digo: no es como la gente cree. Juan es el Mesías y camina ante el Señor como Abraham ante Dios, eso es. ¿No tengo razón?».

«Tienes razón por lo que respecta al espíritu del Bautista, que siempre camina en presencia de Dios; pero no tienes razón respecto al Mesías».

«Entonces aquélla, de la que se decía que era Madre del Hijo de Dios — lo dijo Samuel — ¿no era verdad que lo era? ¿No vive todavía?».

«Lo era. El Mesías nació, precedido por aquel que en el desierto alzó su voz, como dijo el Profeta».

«Tú eres el primero que lo asegura. Juan, la última vez que Joel le llevó una piel de oveja — como todos los años hacía cuando llegaba el invierno —, si bien fuera interrogado acerca del Mesías, no dijo: “Ya ha venido”. Cuando él lo diga...».

«Hombre, yo he sido discípulo de Juan y he oído decir: “He aquí el Cordero de Dios”, señalando...» dice Juan.

«No. no. El Cordero es él. Verdadero Cordero que se ha criado a sí mismo, sin casi necesidad de madre y padre. Poco después de pasar a ser hijo de la Ley, se aisló en las cuevas de los montes que miran al desierto y allí se ha educado, hablando con Dios. Isa y Zacarías murieron y él no vino. Padre y madre para él era Dios. No hay santo más grande que él. Preguntad a toda Hebrón. Samuel lo decía, pero debían tener razón los de Belén. El santo de Dios es Juan».

«Si uno te dijera: “El Mesías soy Yo”, ¿qué dirías tú?» pregunta Jesús.

«Le llamaría “blasfemo” y le echaría a pedradas».

«¿Y si hiciera un milagro para probar su condición?».

«Le llamaría “endemoniado”. El Mesías vendrá cuando Juan se revele en su verdadero ser. El mismo odio de Herodes es la prueba. Él, el astuto, sabe que Juan es el Mesías».

«No ha nacido en Belén».

«Pero cuando le liberen, después de anunciarse por sí mismo su próxima venida, se manifestará en Belén. También Belén espera esto. Mientras... ¡Oh! Ve, si tienes valor, a hablarles a los de Belén de otro Mesías... y verás».

«¿Tenéis una sinagoga?».

«Sí. Recto doscientos pasos por esta calle. No puedes equivocarte. Cerca está el arca de los restos profanados».

«Adiós. Que el Señor te ilumine».

Se van. Dan la vuelta por la parte de delante.

ECR 77.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«(...) ¡Y cuántas dificultades hemos tenido por el Bautista! ¡Pero es nuestro grande! ¡Verdaderamente grande! Ya cuando nació se dio un milagro. Isabel, consumida como un cardo ajado, resultó fértil como un manzano en Adar; primer milagro. Luego vino una prima, que era santa, a servirla y a soltarle la lengua al sacerdote. Se llamaba María. Me acuerdo de ella, aunque sólo la viéramos en muy raras ocasiones. No sé cómo sucedió. Se dice que, por contentar a Isa, Ella dejaba poner la boca muda de Zacarías sobre su vientre grávido, o que le metía sus dedos en la boca. No lo sé bien. Lo cierto es que, después de nueve meses de silencio, Zacarías habló alabando al Señor y diciendo que había venido el Mesías. No explicó más, pero mi mujer asegura — ella estaba ese día — que Zacarías dijo, alabando al Señor, que su hijo iría delante de Él. Ahora, yo digo: no es como la gente cree. Juan es el Mesías y camina ante el Señor como Abraham ante Dios, eso es. ¿No tengo razón?».

«Tienes razón por lo que respecta al espíritu del Bautista, que siempre camina en presencia de Dios; pero no tienes razón respecto al Mesías».

«Entonces aquélla, de la que se decía que era Madre del Hijo de Dios — lo dijo Samuel — ¿no era verdad que lo era? ¿No vive todavía?».

«Lo era. El Mesías nació, precedido por aquel que en el desierto alzó su voz, como dijo el Profeta».

«Tú eres el primero que lo asegura. Juan, la última vez que Joel le llevó una piel de oveja — como todos los años hacía cuando llegaba el invierno —, si bien fuera interrogado acerca del Mesías, no dijo: “Ya ha venido”. Cuando él lo diga...».

«Hombre, yo he sido discípulo de Juan y he oído decir: “He aquí el Cordero de Dios”, señalando...» dice Juan.

«No. no. El Cordero es él. Verdadero Cordero que se ha criado a sí mismo, sin casi necesidad de madre y padre. Poco después de pasar a ser hijo de la Ley, se aisló en las cuevas de los montes que miran al desierto y allí se ha educado, hablando con Dios. Isa y Zacarías murieron y él no vino. Padre y madre para él era Dios. No hay santo más grande que él. Preguntad a toda Hebrón. Samuel lo decía, pero debían tener razón los de Belén. El santo de Dios es Juan».

«Si uno te dijera: “El Mesías soy Yo”, ¿qué dirías tú?» pregunta Jesús.

«Le llamaría “blasfemo” y le echaría a pedradas».

«¿Y si hiciera un milagro para probar su condición?».

«Le llamaría “endemoniado”. El Mesías vendrá cuando Juan se revele en su verdadero ser. El mismo odio de Herodes es la prueba. Él, el astuto, sabe que Juan es el Mesías».

«No ha nacido en Belén».

«Pero cuando le liberen, después de anunciarse por sí mismo su próxima venida, se manifestará en Belén. También Belén espera esto. Mientras... ¡Oh! Ve, si tienes valor, a hablarles a los de Belén de otro Mesías... y verás».

«¿Tenéis una sinagoga?».

«Sí. Recto doscientos pasos por esta calle. No puedes equivocarte. Cerca está el arca de los restos profanados».

«Adiós. Que el Señor te ilumine».

Se van. Dan la vuelta por la parte de delante.

Detalle

Un leñador de Hebrón habla con Jesús, Juan, Judas y el pastor Elías. Dice:

ECR 77.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Hombre, yo he sido discípulo de Juan y he oído decir: “He aquí el Cordero de Dios”, señalando...» dice Juan.

Detalle

Un leñador de Hebrón creyó que Juan el Bautista era el Mesías y el Cordero de Dios. Juan intervino entonces para dar su testimonio del bautismo.

ECR 77.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

77.8 Jesús va recto por la calle. Llama a la sinagoga.

Se asoma un viejo malévolo. Ni siquiera le da tiempo a Jesús de hablar. «La sinagoga está prohibida, en este lugar santo, para los que tienen comercio con las meretrices. ¡Fuera!».

Jesús se vuelve sin hablar y continúa caminando por la calle (los suyos van detrás) hasta que se encuentran fuera de Hebrón. Entonces hablan.

«Hay que decir que Tú te lo has buscado, Maestro» dice Judas. «¡Una meretriz!».

«Judas, en verdad te digo que ella te superará. Y ahora, tú que me censuras, ¿qué me dices de los judíos? En los lugares más santos de Judea nos han escarnecido; nos han echado... Pero es así. Llega el tiempo en que Samaria y los gentiles adorarán al verdadero Dios, y el pueblo del Señor estará manchado de sangre, y de un delito... de un delito respecto al cual el de las meretrices que venden su carne y su alma será poca cosa. No he podido orar ante los huesos de mis primos y del justo Samuel, pero no importa. Reposad, huesos santos, regocijaos, oh espíritus que habitáis en ellos. La primera resurrección está cercana. Luego vendrá el día en que seréis presentados a los ángeles como los espíritus de los siervos del Señor».

Jesús calla y todo termina.

Detalle

Jesús acaba de hablar con una prostituta. No la miró ni una sola vez, pero la animó a convertirse (véase EMV 77.7). Luego volvió a la sinagoga. Allí es rechazado y, ante las observaciones de Judas, le dice lo que le depara el futuro.

ECR 78

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús, Juan, Judas y Simón el Zelote llegan a Keriot. Los pastores ya no están allí. Judas está muy agitado y no puede aguantar más. Le pide al Maestro que se lo diga, y Simón le señala que ese hombre no le entiende. Jesús suspira, pero no dice nada.

Llegaron a Kerioth y fueron recibidos por la madre de Judas. Ella lo saluda con gran respeto, le ofrece algo para refrescarse y le da sandalias y un manto. Jesús no dijo nada al principio, pero no le dio importancia; luego, cuando María declaró que no conocía los caminos de los reyes, pidió hablar a solas con su apóstol. Allí le reprendió severamente, diciéndole que ponía obstáculos a su misión, porque Israel estaba sometido a Roma, y Cristo no era en modo alguno Rey de la tierra.

Realmente anima a Judas a retirarse, a dejar el grupo. Luego describe su realeza y cuándo será coronado rey: en el madero de la cruz, con un signo infame y bajo los abucheos de su pueblo. Entonces Jesús predice su muerte atroz.

Judas se mortifica, pero implora al Maestro que lo conserve, que se hará bueno. Pide perdón y Jesús, cansado, le perdona. Sin embargo, el Iscariote le pide que se quede y se vaya a su pueblo, porque Judas ha dicho a todo el mundo que viene el Señor. Así que Jesús decide hacer lo que Judas ha planeado, no por él, sino por su madre.

Así que Jesús se dirigió a Queriot en un carro y el jefe de la sinagoga le dio la bienvenida y le pidió que fuera a su lugar de oración. Jesús aceptó y predicó al pueblo. Declaró que él era la Palabra de Dios, pero les recordó que su realeza era ante todo espiritual. Luego lo confirmó a los notables de Keriot.

El viejo Saulo intervino entonces y habló de la Natividad de Cristo, a quien había venido a adorar. Jesús confirmó que era él, y el anciano tuvo entonces una visión de la realeza del Señor. Lo vio transfigurado y luego con sus Llagas y su Sangre. Muere tras dar testimonio del corazón de Jesús, por lo que el grupo debe purificarse para respetar lo que dice la Ley.

ECR 78.2-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

78.2 Judas sale con una mujer de unos cincuenta años. Es más bien alta, aunque no como el hijo, que ha recibido de ella sus ojos negros y su pelo rizado. Pero los ojos de ella son mansos, más bien tristes, mientras que los de Judas son imperiosos y astutos.

«Te saludo, Rey de Israel» dice postrándose con un verdadero saludo de súbdita. «Concede a tu sierva hospedarte».

«Paz a ti, mujer. Que Dios os acompañe a ti y a tu hijo».

«¡Oh, sí! ¡A mi hijo!». Es más un suspiro que una respuesta.

«Levántate, madre. Yo también tengo una Madre y no puedo permitir que me beses los pies. En nombre de mi Madre te beso, mujer. Es tu hermana... en el amor y en el destino doloroso de madre de los signados».

«¿Qué quieres decir, Mesías?» pregunta Judas un poco inquieto.

Pero Jesús no responde; está abrazando a la mujer, a la cual ha levantado benignamente. Ahora la besa en las mejillas. Luego, cogiéndola de la mano, va hacia la casa.

Entran en una habitación fresca mantenida en sombra por leves cortinas de rayas. Ya han preparado bebidas frías y fruta fresca. Pero antes la madre de Judas llama a una sierva y ésta trae agua y una toalla; ella, por su parte, quisiera descalzar a Jesús y lavarle los pies polvorientos, pero Jesús se opone. «No, madre. La madre es una criatura demasiado santa, especialmente cuando es honesta y buena como tú eres, para permitir que se ponga en actitud de esclava». La madre mira a Judas... una mirada extraña. Luego se va.

Jesús ya se ha refrescado. Cuando está para volverse a poner las sandalias, la mujer regresa con un par nuevo. «Mira, Mesías nuestro, creo que lo he hecho bien... como quería Judas... Me dijo: “Un poco más largas que las mías e igual de anchas”».

«Pero, ¿por qué, Judas?».

«¿No quieres darme la posibilidad de ofrecerte algún don? ¿No eres mi Rey y Dios?».

«Sí, Judas. Pero no debías crear tantas molestias a tu madre. Tú sabes cómo soy...».

«Lo sé. Eres santo. Pero tienes que aparecer como Rey santo. Así es como uno se impone. En el mundo, que, de diez, nueve partes es de estúpidos, hay que imponerse con la presencia; yo entiendo de eso».

Jesús se ha atado las sandalias nuevas, de correas perforadas, de piel roja como la cabezada que llega hasta el tobillo; mucho más bonitas que sus sandalias simples de obrero, y semejantes a las sandalias de Judas, que son casi mocasines que dejan ver sólo pequeñas partes del pie.

«También el vestido, Rey mío. Lo tenía preparado para mi Judas... pero él te lo da; es lino, fresco y nuevo. Permite que una madre te vista... como si fueses su hijo».

Jesús vuelve a mirar a Judas... pero no se opone. Se desata la abertura del vestido en la parte del cuello y deja caer la amplia túnica desde los hombros, quedándose con la túnica interior. La mujer le mete la hermosa vestidura nueva y le ofrece un cinturón (un galón profusamente bordado) del que cuelga un cordón terminado en borlas muy tupidas. Jesús se sentirá bien, sin duda, con esas vestiduras frescas y sin polvo; sin embargo, no parece muy contento. Entretanto, los otros se han lavado.

«Ven, Maestro. Son de los árboles de mi pobre huerto. Y ésta es el agua de miel que mi madre prepara. Tú, Simón, quizás prefieres este vino blanco. Toma. Es de mi viña. ¿Y tú, Juan? ¿Como el Maes­tro?». Se le ve a Judas alborozado al poder servir en los hermosos cálices de plata, al mostrar que es una persona que puede.

Su madre habla poco. Mira... mira... mira a su Judas... pero mira todavía más a Jesús... Y cuando Jesús, antes de comer Él, le ofrece la mejor pieza de fruta — creo que son albaricoques muy grandes, son frutos amarillo-rojos y no son manzanas — y le dice «la madre siempre antes», a ella se le aljofara el ojo de llanto.

«Mamá. ¿Lo demás está hecho?» pregunta Judas.

«Sí, hijo mío. Creo haber hecho todo bien, pero he pasado mi vida siempre aquí y no sé... no sé las costumbres de los reyes».

«¿Qué costumbres, mujer? ¿Qué reyes? Pero, ¿qué has hecho, Judas?».

«¿Pero no eres Tú el prometido Rey de Israel? Es hora de que el mundo te salude como tal, y ello debe suceder por primera vez aquí, en mi ciudad, en mi casa. Yo te venero como tal. Por amor hacia mí y por respeto a tu nombre de Mesías, de Cristo, de Rey, que los Profetas, por orden de Yeové, te han dado, no me desmientas».

78.3 «Mujer, amigos. Por favor. Necesito hablar con Judas, tengo quedarle órdenes precisas».

La madre y los discípulos se retiran.

«Judas, ¿qué has hecho? ¿Tan poco me has entendido hasta aquí? ¿Por qué disminuirme hasta el punto de hacer de mí sólo un poderoso de la tierra, o, peor aún, uno que brega por ser poderoso? ¿No entiendes que es una injuria a mi misión, exactamente un obstáculo? Sí, no digas que no; obstáculo. Israel está sujeto a Roma. Tú sabes qué ha sucedido cuando ha querido alzarse contra Roma alguien en actitud de caudillo del pueblo levantando sospechas de que estaba creando una guerra de reconquista. Has oído, justamente en estos días, cómo se ensañaron con un Párvulo porque se le supuso rey según el mundo. ¡Y tú..., y tú!... ¡Oh! ¡Judas! ¿Pero qué esperas de una soberanía mía de carne?, ¿qué esperas? Te he dado tiempo de pensar y decidir. Te he hablado bien claro ya desde la primera vez. Incluso te rechacé, porque sabía... porque sé, sí, porque sé, leo, veo lo que hay en ti. ¿Por qué deseas seguirme, si no quieres ser como Yo quiero? Vete, Judas. No te perjudiques a ti ni me perjudiques a mí... Vete. Es mejor para ti. No eres obrero apto para esta obra... Está demasiado por encima de ti. En ti hay soberbia, hay codicia de las tres especies, arrollas a quien te encuentras por delante... Incluso tu madre te debe temer... Hay tendencia a la mentira... No. Así no debe ser mi seguidor. Judas, Yo no te odio, Yo no te maldigo, sólo te digo — y con el dolor de quien ve que no puede cambiar al que ama — te digo sólo: Ve por tu camino, hazte paso en el mundo, puesto que es esto lo que quieres, pero no estés conmigo. ¡Mi vía!... ¡Mi palacio! ¡Oh, qué pequeñez contienen! ¿Sabes dónde seré Rey?, ¿cuándo seré proclamado Rey? Cuando me levanten en un madero infame y por púrpura tenga mi Sangre, por corona una guirnalda de espinas, por enseña un cartel burlón, por trompas y címbalos y órganos y cítaras saludando al Rey proclamado las blasfemias de todo un pueblo, de mi pueblo. ¿Y sabes por obra de quién todo esto? De uno que no me habrá entendido, que no habrá entendido nada. Corazón de bronce hueco, en el que la soberbia, la sensualidad y la avaricia, para entonces, ya habrán destilado sus humores, y éstos habrán engendrado una maraña de serpientes que servirán como cadena para mí y... y maldición para él. Los demás no conocen tan claramente mi suerte. Te ruego que no la manifiestes. Esto quede entre tú y Yo. Y esto que te he dicho es una amonestación... ¡Y guarda silencio y no digas: “Fui amonestado...”! ¿Entendido, Judas?».

78.4 Judas está violáceo de tan colorado como se ha puesto. Está en pie, frente a Jesús. Está confundido, con la cabeza baja... Se hinca de rodillas llorando con la cabeza entre las rodillas de Jesús. «Te amo, Maestro. No me rechaces. Sí, soy un soberbio, soy un estúpido, pero no me apartes de ti. No, Maestro; será la última vez que cometo una falta así. Tienes razón. No he reflexionado, pero incluso en este error hay amor. Quería prodigarte honores y mover a los demás a hacer lo mismo, porque te amo. Tú lo dijiste hace tres días: “Cuando os equivocáis sin malicia, por ignorancia, no es un yerro, sino un juicio imperfecto, propio de niños, y Yo estoy aquí para haceros adultos”. Mira, Maestro, estoy entre tus rodillas... me dijiste que serías un padre para mí... entre tus rodillas como entre las de mi padre; y te pido perdón, te pido que hagas de mí un “adulto”, un adulto santo... No me apartes de ti, Jesús, Jesús, Jesús... No todo es malvado en mí. ¿Lo ves?, por ti he dejado todo y he venido. Tú eres más que los honores y las victorias que obtenía sirviendo a otros. Tú, sí, Tú eres el amor del pobre, infeliz Judas que quisiera proporcionarte sólo alegría y que, por el contrario, te causa dolor...».

«Basta, Judas. Una vez más, te perdono...». — Jesús parece fatigado —. «Te perdono esperando... esperando que en el futuro me comprendas».

«Sí, Maestro. Sí. Pero ahora no me postres bajo el peso de un mentís que haría de mí objeto de burla. Toda Keriot sabe que yo venía con el Descendiente de David, el Rey de Israel... y mi ciudad se ha preparado para recibirte... Creía que actuaba correctamente... creía que así te mostraba cómo hay que hacer para ser temidos y obedecidos... y también a Juan y a Simón, y a través de ellos a los otros que te aman pero que te tratan como a un igual... Incluso se burlarían de mi madre, por tener un hijo mentiroso y loco. ¡Por ella, Señor mío!... ¡Y te juro que yo...!».

«No me jures a mí. Júrate a ti mismo, si puedes, no pecar más en este sentido. En atención a tu madre y a los ciudadanos no haré esta afrenta de irme. Estaré aquí. Levántate».

«¿Qué les vas a decir a los otros?».

«La verdad...».

«¡No, no!».

«La verdad: que te he dado órdenes para hoy. Siempre hay una forma de decir, con caridad, la verdad. Vamos. Llama a tu madre y a los otros».

Se le ve a Jesús más bien severo. Y no vuelve a sonreír sino cuando regresa Judas con su madre y los discípulos. La mujer escruta a Jesús, le ve benigno y se tranquiliza. Esta mujer a mí me parece un alma en pena.

«¿Qué?, ¿vamos a Keriot? Me siento descansado. Te agradezco, madre, toda tu bondad. Que el Cielo te pague y te dé, por tu caridad hacia mí, reposo, y alegría al consorte que lloras».

La mujer trata de besarle la mano, pero Jesús se la pone sobre la cabeza, acariciándola, y no lo permite.

«El carro está preparado, Maestro. Ven».

Afuera, efectivamente, está llegando un carro tirado por bueyes, un hermoso y cómodo carro, dentro del cual se han colocado cojines para que sirvan como asientos; encima, un toldo de paño rojo.

«Sube, Maestro».

«Tu madre antes».

La mujer sube, luego Jesús y los demás.

«Aquí, Maestro» (Judas ya no le llama rey).

Jesús se sienta en la parte de adelante; a su lado, Judas; detrás la mujer y los discípulos. El conductor aguijonea a los bueyes; los va instigando caminando a su lado.

78.5

El trayecto es breve, poco más de unos cuatrocientos metros, luego se ven las primeras casas de Keriot, que me parece una discreta ciudadita. Un niño pequeño mira en la calle llena de sol y sale disparado. Cuando el carro llega a las primeras casas, personalidades y gente del pueblo están esperando para recibirle con bandas de tela y ramos, y ramos y bandas, por las calles y de casa a casa. Gritos de júbilo, profundas reverencias... Jesús — ya no puede evitarlo —, desde lo alto de su trono tambaleante, saluda y bendice.

El carro prosigue y luego gira, después de una plaza, por una calle, y llega a la altura de una casa cuyo portón está ya abierto de par en par; en él hay dos o tres mujeres. Se detiene el carro y bajan.

«Mi casa es tuya, Maestro».

«Paz a ella, Judas. Paz y santidad».

Entran. Pasado el vestíbulo hay una amplia sala con divanes bajos y muebles con incrustaciones. Con Jesús y los demás, entran las personalidades del lugar. Reverencias, curiosidad, júbilo pomposo...

Un anciano de aspecto grave pronuncia un discurso: «¡Gran fortuna para la tierra de Keriot al tenerte, oh Señor! ¡Gran fortuna! ¡Feliz día! ¡Fortuna por tenerte y fortuna por ver que un hijo suyo es amigo tuyo y te ayuda! ¡Dichoso él, que te ha conocido antes que ningún otro! Y Tú, bendito seas diez veces diez por haberte manifestado, Tú, el Esperado por generaciones y generaciones. Habla, Señor y Rey. Nuestros corazones esperan tu palabra como la tierra sedienta de verano abrasador espera la primera dulce agua de septiembre».

«Gracias, quienquiera que seas, gracias, y gracias a los hombres de esta ciudad que han inclinado sus corazones ante el Verbo del Padre, ante el Padre cuyo Verbo soy Yo. Porque, sabed que no es al Hijo del hombre, que os está hablando, sino al Señor altísimo, a quien hay que rendir gracias y honor por este tiempo de paz con que Él vuelve a soldar la paternidad quebrada con los hijos del hombre. Alabemos al Señor verdadero, al Dios de Abraham, que ha tenido piedad de su pueblo, le ha amado y le otorga al Redentor prometido. No a Jesús, siervo de la eterna Voluntad, sino a esta Voluntad de amor, gloria y honor».

«Hablas como un santo... Yo soy el jefe de la sinagoga. No es sábado. Ven de todas formas a mi casa a explicar la Ley, Tú que portas más que óleo real la unción de la Sabiduría».

«Iré».

«Mi Señor quizás está cansado...».

«No, Judas. Nunca cansado de hablar de Dios, nunca con ganas de desilusionar a los corazones».

«Ven, entonces — insiste el jefe de la sinagoga —; toda Keriot está afuera esperándote».

«Vamos».

Salen. Jesús entre Judas y el jefe de la sinagoga; en torno a ellos, personalidades y... gente, gente, gente. Jesús pasa bendiciendo.

78.6

La sinagoga está en la plaza. Entran. Jesús se dirige hacia el puesto reservado a quien enseña. Empieza a hablar, todo cándido con su espléndida vestidura, el rostro inspirado, los brazos extendidos según su gesto habitual.

«Pueblo de Keriot, el Verbo de Dios habla. Escuchad. Quien os habla no es sino Palabra de Dios. Su soberanía viene del Padre y al Padre volverá después de evangelizar a Israel. Ábranse los corazones y las mentes a la verdad, para que el error no quede estancado, para que no nazca la confusión.

Isaías dice: “Toda depredación tumultuosa y las vestiduras bañadas de sangre serán consumidas por el fuego. He aquí que nos ha nacido un Párvulo, he aquí que se nos concede un Hijo. Lleva sobre sus hombros el principado. Éste es su nombre: el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la paz”. Éste es mi Nombre. Dejemos a los Césares y a los Tetrarcas su botín. Yo depredaré, pero no será una depredación que merezca castigo de fuego. No sólo esto sino que le arrebataré al fuego de Satanás gran número de presas para llevarlas al Reino de paz del que soy Príncipe, y al siglo futuro: el eterno tiempo del cual soy Padre.

“Dios” — dice también David, de cuya estirpe provengo, como habían predicho quienes vieron porque eran santos, gratos a Dios, elegidos por Dios para hablar — “ha escogido a uno sólo... a mi hijo... pero la obra es grandiosa, porque se trata no de preparar la casa de un hombre, sino la de Dios”. Así es. Dios, el Rey de los reyes, ha elegido a uno sólo, a su Hijo, para construir, en los corazones, su casa. Y ha preparado ya el material. ¡Oh, cuánto oro de caridad, y cobre, y plata y hierro, y maderas raras y piedras preciosas! Todas están acumuladas en su Verbo y Él las usa para construir en vosotros la morada de Dios. Pero si el hombre no ayuda al Señor, inútilmente el Señor querrá construir su casa. Al oro se responde con el oro, a la plata con la plata, al cobre con el cobre, al hierro con el hierro. O sea, por el amor debe darse amor, continencia para servir a la Pureza, constancia para ser fieles, fuerza para no desistir. Y luego, llevar hoy la piedra, mañana la madera: hoy el sacrificio, mañana la obra, y construir, construir siempre el templo de Dios en vosotros.

El Maestro, el Mesías, el Rey del Israel eterno, del pueblo eterno de Dios, os llama. Pero quiere que estéis limpios para la obra. Caigan las soberbias: a Dios gloria. Caigan los humanos pensamientos: de Dios es el Reino. Humildes, decid conmigo: “Tuyas son todas las cosas, Padre, tuyo todo cuanto es bueno; enséñanos a conocerte y a servirte, en verdad”. Decid: “¿Quién soy yo?”, y reconoced que seréis algo sólo cuando seáis moradas purificadas a las que Dios pueda descender, en las que pueda descansar.

Todos peregrinos y extranjeros en esta tierra, sabed reuniros e ir hacia el Reino prometido. El camino son los mandamientos puestos en práctica no por temor a un castigo, sino por amor a ti, Padre santo; el arca, un corazón perfecto en el cual está el nutritivo maná de la sabiduría y florece la vara de la pura voluntad. Y, para que la casa sea luminosa, venid a la Luz del mundo. Yo os la traigo. Os traigo la Luz. Nada más que esto. No poseo riquezas ni prometo honores de esta Tierra, pero sí poseo todas las riquezas sobrenaturales de mi Padre, y a aquellos que sigan a Dios en amor y caridad les prometo el honor eterno del Cielo.

La paz sea con vosotros».

78.7

La gente, que ha estado escuchando atenta, bisbisea un poco inquieta. Jesús habla con el jefe de la sinagoga. Se unen al grupo también otras personas — quizás son las personalidades —.

«Maestro... ¿pero entonces no eres el Rey de Israel? Nos habían dicho...».

«Lo soy».

«Pero Tú has dicho...».

«Que no poseo ni prometo riquezas del mundo. No puedo decir más que la verdad. Así es. Conozco vuestro pensamiento, y el error viene de un desacierto en la interpretación unido a un muy grande respeto vuestro hacia el Altísimo. Se os dijo: “Viene el Mesías”, y vosotros habéis pensado, como muchos en Israel, que Mesías y rey fueran lo mismo. Elevad más alto el espíritu. Observad este hermoso cielo de verano. ¿Pensáis que termina allí su límite, allí donde el aire parece una bóveda de zafiro? No. Más allá están los estratos más puros, los azules más netos, hasta llegar a aquél, inimaginable, del Paraíso, adonde el Mesías guiará a los justos muertos en el Señor. La misma diferencia hay entre la regalidad mesiánica como la cree el hombre y la real, toda divina».

«Pero, ¿podremos nosotros, pobres hombres, elevar el espíritu adonde Tú dices?».

«Basta que lo queráis, y, si lo queréis, Yo os ayudaré».

«¿Cómo te tenemos que llamar, si no eres rey?».

«Maestro, Jesús; como queráis. Maestro soy y soy Jesús, el Salvador».

78.8

Un viejo dice: «Escucha, Señor. Hace tiempo, hace mucho tiempo, cuando el edicto, tuvimos noticia de que había nacido en Belén el Salvador... y yo fui allí con otros... Vi a un pequeño Niño, en todo igual a los demás, pero le adoré, por fe. Luego supe que hay uno, santo, de nombre Juan. ¿Cuál es el Mesías verdadero?».

«Aquel a quien tú adoraste. El otro es su Precursor. Gran santo a los ojos del Altísimo, pero no Mesías».

«¿Eras Tú?».

«Era Yo. Y ¿qué viste en torno a mí recién nacido?».

«Pobreza y limpieza, honestidad y pureza... un artesano amable y serio de nombre José; artesano, pero de la estirpe de David; una joven Madre rubia y amable de nombre María, ante cuya gracia empalidecen las rosas más hermosas de Engadí y parecen deformes las azucenas de los jardines reales; y un Niño de grandes ojos azul cielo, de cabellos de hilos de oro pálido... No vi nada más... Y oigo todavía la voz de la Madre que me decía: “Por mi Criatura te digo: el Señor esté contigo hasta el eterno encuentro y su Gracia te salga al paso en tu camino”. Tengo ochenta y cuatro años... el camino está terminándose. Ya no esperaba encontrar la Gracia de Dios, y, sin embargo, te he encontrado... y ahora ya no deseo ver más luz que la tuya... Sí. Te veo cual eres bajo esta vestidura de piedad que es la carne que has tomado. ¡Te veo! ¡Oíd la voz de aquel que al morir ve la Luz de Dios!».

La gente se arremolina en torno al anciano inspirado que está en el grupo de Jesús y que, no teniéndose ya en pie apoyado sobre su bastoncito, levanta los brazos trémulos, la cabeza toda canosa, con su barba larga y bipartida, una verdadera cabeza de patriarca o profeta.

«Yo veo a Éste, el Elegido, el Supremo, el Perfecto, que ha venido aquí abajo por fuerza de Amor, subir a la derecha del Padre, tornar a ser Uno con Él. Pero, ¡ved!, no Voz y Esencia incorpórea como Moisés vio al Altísimo y como el Génesis dice le conocieran los Primeros y con Él hablasen en el viento de la tarde. Como verdadera Carne le veo subir al Eterno, ¡Carne refulgente!, ¡Carne gloriosa!; ¡oh, pompa de Carne divina!, ¡oh, Belleza del Hombre Dios! ¡Es el Rey! Sí. Es el Rey. No de Israel; del mundo. Y ante Él se inclinan todas las realezas de la tierra, y todo cetro y toda corona se anulan en el fulgor de su cetro y de sus joyas. Una guirnalda, una guirnalda tiene en su frente. Un cetro, un cetro tiene en su mano. En el pecho, un racional: en él hay perlas y rubíes de un esplendor jamás visto. De él salen llamas como de un horno sublime. En las muñecas, dos rubíes, y lleva una fíbula de rubíes en sus pies santos. ¡De los rubíes, luz, luz...! ¡Mirad, oh pueblos, al Rey Eterno! ¡Te veo! ¡Te veo! Subo contigo... ¡Ah! ¡Señor!, ¡Redentor nuestro!... La luz crece en mi ojo del alma... ¡El Rey está ornado con su Sangre! La guirnalda es una corona de sangrantes espinos, el cetro es una cruz... ¡Aquí está el Hombre! ¡Aquí está! ¡Eres Tú!... Señor, por tu inmolación ten piedad de tu siervo. Jesús, a tu piedad entrego mi espíritu».

El anciano, hasta este momento derecho, rejuvenecido en el fuego de su profecía, se derrumba al improviso, y caería al suelo si Jesús, atento, no le hubiera sujetado contra su pecho.

«¡Saúl!».

«¡Se está muriendo Saúl!».

«¡Venid a ayudar!».

«¡Corred!».

«Paz en torno al justo que muere» dice Jesús, que lentamente se ha ido arrodillando para poder sujetar mejor al anciano, que pesa cada vez más.

Silencio.

Jesús le depone extendido en el suelo y se levanta. «Paz a su espíritu. Ha muerto viendo la Luz. En la espera — y será breve — verá ya el rostro de Dios y se sentirá feliz. No hay muerte, o sea, separación de la vida, para quienes murieron en el Señor».

78.9

La gente, un rato después, se aleja haciendo comentarios. Se quedan las personalidades, Jesús, los suyos y el jefe de la sinagoga.

«¿Ha profetizado, Señor?».

«Sus ojos han visto la Verdad. Vamos».

Detalle

Judas ha invitado a Jesús a su ciudad, Kerioth, y quiere honrarlo como Rey de Israel. Pero eso no es lo que quiere Jesús... Y tiene que reprenderle duramente en 78.3, explicando una vez más su realeza espiritual.