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Notas de la palabra clave

Los Doce

Tema: Nuevo Testamento · Página 6 de 9

Comodidad de lectura

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ECR 176.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús, durante la noche, subiendo por el monte, se ha alejado bastante. La aurora le muestra erguido sobre el borde de un despeñadero. Pedro le ve y se lo indica a sus compañeros. Se encaminan hacia arriba en dirección a Él.

«Maestro — preguntan bastantes de ellos — ¿por qué no has venido con nosotros?».

«Necesitaba orar».

«Pero también tienes mucha necesidad de descansar».

«Amigos, durante la noche una voz venida del Cielo pedía oración por los buenos y por los malos, y también por mí mismo».

«¿Por qué? ¿Es que acaso la necesitas?».

«Como los demás. Mi fuerza se nutre de oración; mi alegría, de hacer lo que mi Padre quiere. El Padre me ha dicho dos nombres de personas, y, para mí, un hecho doloroso. Estas tres cosas tienen necesidad de oración».

Jesús está muy triste. Mira a los suyos con una mirada que parece suplicar o querer preguntar algo; se posa en éste o en aquél y, finalmente, en Judas Iscariote, y en él se detiene.

El apóstol lo nota y pregunta: «¿Por qué me miras así?».

«No te veía a ti. Mis ojos contemplaban otra cosa...».

«¿Y qué es?...».

«La naturaleza del discípulo. Todo el bien y el mal que un discípulo puede dar a su Maestro y hacer por Él. Pensaba en los discípulos de los Profetas y en los de Juan; y en los míos. Y rogaba por Juan, por los discípulos y por mí...».

«Esta mañana estás triste y cansado, Maestro. Manifiesta tu pesar a quien te ama». Es Santiago de Zebedeo el que le invita a expresarse.

«Sí, dínoslo; que, si se puede hacer algo para aliviártelo, lo haremos» dice Judas, el primo de Jesús.

Pedro habla con Bartolomé y Felipe, pero no comprendo lo que dicen.

Jesús responde: «Sed buenos, esforzaos por ser buenos y fieles: ése será mi consuelo. No existe ningún otro, Pedro, ¿comprendes?; abandona esa sospecha. Queredme. Quereos. No os dejéis seducir por quien me odia. Amad sobre todo la voluntad de Dios».

«¡Sí, pero, si todo viene de ella, también de ella vendrán nuestros errores!» exclama Tomás con aire de filósofo.

«¿Tú crees? No es así.

176.2

Pero... vamos, que muchos se han despertado ya y están mirando hacia aquí. Vamos a bajar. Santifiquemos el día santo con la palabra de Dios».

ECR 177.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús entra en Cafarnaúm. Viene de los campos. Le acompañan sólo los doce; es más, los once, porque Juan no está.

Anotación

Sabemos por Pedro, en Betsaida, que Jesús le envió "delante" con Isaac para conducir a María hasta el Bautista(EMV 180.7).

ECR 178.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Veo a Jesús con sus once apóstoles — sigue faltando Juan — dirigiéndose hacia la orilla del lago. Mucha gente se aglomera en torno a Él: muchas de estas personas, en su mayor parte hombres, son las mismas que estaban en el Monte y que ahora se han llegado de nuevo a Él, a Cafarnaúm, para seguir escuchando su palabra. Intentan retenerle, pero Jesús dice: «Yo soy de todos. Debo ir a otros muchos. Volveré. Ya os reuniréis de nuevo conmigo. Ahora dejadme que me vaya».

Con mucha dificultad logra andar entre la muchedumbre que se comprime por la estrecha callecilla. Los apóstoles empujan para abrirle paso, pero es como incidir contra una substancia blanduzca, que enseguida recupera la forma que tenía; incluso se irritan, pero inútilmente.

ECR 180

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Bartolomé y Santiago de Zebedeo no aparecen en este capítulo, pero es muy poco probable que estén ausentes. Al día siguiente, cuando salieron de Betsaida, Natanael estaba presente y uno de los Santiago iba al timón, lo que sugiere que ya estaban con el resto del grupo en MVA 180.

ECR 182.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

De nuevo están solos el Maestro y sus apóstoles. Van andando por la campiña fresca, por un camino que ha tomado Jesús, no sin estupor de Pedro, que quería tomar otro distinto: «Nos alejamos del lago...».

«Llegaremos, de todas formas, a tiempo para lo que debo hacer».

Los apóstoles ya no hablan más. Se dirigen hacia un pequeño pueblecillo, un puñado de casas perdido en la campiña.

Anotación

Caminaban por la fresca campiña, por un camino que Jesús había tomado, ante el asombro de Pedro, que quería tomar otro. Jesús evitó Cafarnaún yendo más hacia el interior.

"Esto nos alejará del lago...", dijo. "Llegaremos a tiempo para lo que tengo que hacer. Hacía varios días que Jesús se preparaba para llegar a Magdala... "El Padre (Dios) me dio dos nombres de personas...": véase EMV 176,1.

ECR 183.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Todo el colegio apostólico está en torno a Jesús. Están sentados en la hierba, a la sombra de un sotillo, a la orilla de un regato; todos comen pan y queso, y beben agua del riachuelo, fresca y cristalina. Las sandalias polvorientas dan a entender que han recorrido mucho camino. Los discípulos quizás no pedirían otra cosa sino descansar sobre la hierba alta y fresca.

Pero el incansable Caminante no es de esta opinión. En cuanto juzga que ha pasado la hora de mayor calor, se pone en pie, sale al camino, mira... se vuelve y dice simplemente: «Vamos».

ECR 184.6-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Benjamín, ¿te gusta la historia? ¿Sí? ¡Muy bien! Pero, ¿dónde está tu mamá?».

Responde Santiago de Alfeo: «Al final de la parábola ha salido y se ha ido corriendo por aquella calle».

«Iría al mar, para ver si venía su marido» dice Tomás.

«No. Ha ido a casa de su madre, que es anciana, a recoger a mis hermanitos. Mi mamá los lleva allí para poder trabajar» dice el niño, apoyado con confianza en las rodillas de Jesús.

«¿Y tú estás aquí, hombre! ¡Una buena áspid debes ser para que te tenga solo!» observa Bartolomé.

«Soy el mayor, y la ayudo...».

«A ganarse el Paraíso. ¡Pobre mujer! ¿Cuántos años tienes?» pregunta Pedro.

«Dentro de tres años soy hijo de la Ley» dice altivo el pillín.

«¿Sabes leer?» pregunta Judas Tadeo.

«Sí... pero voy despacio porque... el maestro me echa casi todos los días...».

«¡Ya lo decía yo!» observa Bartolomé.

«¡Lo hago porque el maestro es viejo y feo y siempre está diciendo las mismas cosas que le hacen dormirse a uno! Si fuera como Él — señala a Jesús — estaría atento. ¿Tú pegas, si uno se duerme o juega?».

«No pego a nadie. Yo digo a mis discípulos: “Estad atentos por el bien vuestro y por amor a mí”» responde Jesús.

«¡Eso, así sí! Por amor, sí; no por miedo».

«Si cambias y eres bueno, el maestro te estimará».

«¿Tú quieres sólo al que es bueno? Hace poco has dicho que has tenido paciencia con éste, que no era bueno...». La lógica infantil es asediadora.

«Soy bueno con todos; pero a quien se hace bueno le quiero muchísimo y con él soy bueno de forma especialísima».

El niño piensa un momento... luego levanta la cabeza y le pregunta a Mateo: «¿Cómo has conseguido hacerte bueno?».

«Le he querido a Él».

184.7

El niño se queda pensando otro poco, mira a los doce y dice a Jesús: «¿Éstos son todos buenos?».

«Ciertamente».

«¿Estás seguro? A veces yo hago como que soy bueno, y es cuando quiero hacer una gamberrada mayor».

La carcajada de todos es estrepitosa; incluso se ríe él, el hombrecito en vías de confesarse; y se ríe Jesús, que le estrecha contra su corazón y le besa.

El niño, que ya se ha hecho muy amigo de todos, quiere jugar, y dice: «Ahora te digo yo quién es bueno» y empieza a elegir. Mira a todos y va derecho hacia Juan y Andrés, que están juntos, y dice: «Tú y tú. Venid aquí». Luego elige a los dos Santiagos y los pone con ellos. Luego a Judas Tadeo. Se queda muy pensativo ante el Zelote y Bartolomé, y dice: «Sois viejos, pero buenos» y los pone con los otros. Considera a Pedro — que sufre el examen poniendo ojos amenazadores en plan de chufla — y le ve bueno. También pasan Mateo y Felipe. A Tomás le dice: «Tú te ríes demasiado. Yo estoy en serio. ¿No sabes que mi maestro dice que el que siempre se ríe yerra en el momento de la prueba?». Pero también pasa Tomás; con nota baja, pero pasa el examen. Luego el niño vuelve a donde Jesús.

«¡Eh, mono, que también estoy yo! ¡No soy ningún árbol. Soy joven y guapo. ¿Por qué no me examinas?» dice Judas Iscariote.

«Porque no me gustas. Mi mamá dice que cuando una cosa no gusta no se toca; se deja encima de la mesa, para que se la coman las personas a quienes les guste. Y también dice que si una persona ofrece una cosa que no nos gusta no se dice: “No me gusta”, sino “Gracias, no tengo hambre”. Y yo no tengo hambre de ti».

«¿Cómo es eso? Mira, si me dices que soy bueno te doy esta moneda».

«¿Y qué hago con ella? ¿Qué compro con una mentira? Mi mamá dice que el dinero conseguido con engaño es paja. Una vez conseguí de su madre anciana con una mentira un didracma para comprarme bollos de miel y por la noche se transformó en paja; lo había puesto en aquel agujero, debajo de la puerta, para cogerlo a la mañana siguiente y encontré sólo un manojo de paja».

«Pero, ¿por qué no me ves bueno? ¿Qué tengo? ¿Soy bisulco? ¿Soy feo?».

«No, pero me das miedo».

«¿Por qué?» pregunta Judas acercándose al niño.

«No lo sé. Déjame. No me toques, que te araño».

«¡Qué erizo! ¡Está chalado!». Judas se ríe forzadamente.

«No estoy chalado. Tú eres malo» y el niño se refugia en el regazo de Jesús, que le acaricia sin decir nada.

Los apóstoles hacen broma de lo sucedido, poco lisonjero para Judas.

Detalle

Jesús acaba de dar una parábola y un niño, Benjamín de Magdala, está presente.

ECR 185.1-6 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

185.1 Ahora que todos duermen le voy a expresar mi alegría. He “visto” el Evangelio de hoy.

Tenga en cuenta que esta mañana, mientras lo leía, me he dicho a mí misma: «Éste es un episodio evangélico que no veré nunca porque se presta poco a una visión». Sin embargo, cuando menos me lo esperaba, ha venido a llenarme de alegría.

185.2 Cuanto sigue es lo que he visto.

Una barca de vela, ni demasiado grande ni demasiado pequeña, una barca de pesca en la que pueden moverse cómodamente cinco o seis personas, surca las aguas de un hermoso lago de color azul intenso.

Jesús duerme en la popa. Va vestido de blanco, como de costumbre. Tiene la cabeza reclinada sobre el brazo izquierdo; debajo del brazo y la cabeza, ha colocado su manto azul-gris doblado varias veces. Está sentado, no echado, en el fondo de la barca; su cabeza apoya sobre esa porción de entablado que está en el extremo de la popa (no sé cómo la llaman los marineros). Duerme plácidamente. Se le ve cansado. Está sereno.

Pedro guía el timón. Andrés se ocupa de las velas. Juan con otros dos que no conozco están poniendo en orden maromas y redes en el fondo de la barca, como si tuvieran intención de prepararse para la pesca (quizás nocturna). Yo diría que el día se encamina al atardecer, pues el Sol desciende ya hacia occidente. Todos los discípulos se han subido las túnicas, de forma que, sujetas con el cinturón, están abolsadas a la altura de la cintura, para así estar más libres de movimientos y poder desplazarse mejor por la barca, salvando remos, asientos, cestas y redes, sin que las túnicas estorben; todos se han quitado el manto.

185.3 Veo que el cielo se oscurece y el Sol se esconde detrás de unos nubarrones de tormenta que han aparecido al improviso detrás del pináculo de una colina. El viento los empuja velozmente hacia el lago. Por el momento, el viento está alto y el lago se mantiene sereno; eso sí, adquiere una tonalidad más oscura y su superficie se frunce: no son todavía olas, pero empieza a agitarse el agua.

Pedro y Andrés observan el cielo y el lago, y organizan las maniobras para acercarse a la orilla. Pero, he aquí que el viento se abate sobre el lago y en pocos minutos todo bulle y espuma. Olas que se embisten mutuamente, que chocan contra la barquilla, levantándola, bajándola, girándola en todas las direcciones, impiden las maniobras del timón, como el viento las de la vela, que ha de ser arriada.

Jesús sigue durmiendo. No le despiertan ni los pasos, ni las azogadas voces de los discípulos, ni el silbar del viento; ni siquiera los latigazos de las olas contra los costados y la proa. Sus cabellos ondean al viento. Le alcanza alguna salpicadura de agua. Pero Él duerme. Juan saca de debajo de un entablado su manto y, desde la proa, corre a la popa, y le tapa; le cubre con delicado amor.

La tempestad se hace cada vez más amenazadora. El lago está tan negro, que parece como si en él se hubiera derramado tinta; estriado por la espuma de las olas. La barca traga agua. El viento cada vez más la va empujando mar adentro. Los discípulos ya sudan haciendo la maniobra y arrojando por la borda el agua que las olas vierten dentro. Pero no sirve de nada; se ven chapoteando ya en el agua, hasta la mitad de las piernas, y la barca cada vez se hace más pesada.

185.4 Pedro pierde la calma y la paciencia. Deja a su hermano el timón y, bamboleándose, se llega a Jesús y le menea vigorosamente.

Jesús se despierta y levanta la cabeza.

«¡Sálvanos, Maestro, que perecemos!» grita Pedro (tiene que gritar para poder ser oído).

Jesús mira a su discípulo fijamente, mira a los demás y luego al lago. «¿Tienes fe en que os puedo salvar?».

«Rápido, Maestro» grita Pedro mientras una verdadera montaña de agua originada en el centro del lago se dirige veloz contra la pobre barca; tan alta, espantosa, que parece una tromba de agua. Los discípulos, que la ven venir, se arrodillan y se agarran donde pueden y como pueden, convencidos de que ha llegado el final.

Jesús se alza. Está erguido sobre el entablado de la barca: figura blanca contra el color lívido de la tempestad. Extiende los brazos hacia la enfurecida ola y dice al viento: «¡Deténte y calla!», y al agua: «¡Cálmate. Lo quiero!».

Y el golpe se disuelve en espuma, que cae inocua: un último bramido que se apaga en susurro; y también el viento, mutándose en suspiro su último silbido. Sobre el lago pacificado vuelve el cielo despejado; la esperanza y la fe, al corazón de los discípulos.

No puedo describir la majestad de Jesús: hay que verla para comprenderla. Me deleito en ella en mi interior, pues todavía tengo su presencia, y pienso en cuán plácido era el sueño de Jesús y cuán potente su imperio sobre el viento y las olas.

185.5 Jesús dice luego:

«No te voy a comentar el Evangelio en el sentido en que lo hacen todos. Voy a ilustrarte los preliminares del pasaje evangélico.

¿Por qué dormía Yo? ¿No sabía, acaso, que la borrasca estaba llegando? Sí, Yo lo sabía, Yo sólo lo sabía. Y entonces, ¿por qué dormía?

Los apóstoles eran hombres, María; animados, sí, de buena voluntad, pero todavía muy “hombres”. El hombre se cree siempre capaz de todo. Y si se da el caso de que realmente sea hábil en algo, se envanece y se llena de apego a su “habilidad”.

Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran buenos pescadores y, por tanto, se creían insuperables en las maniobras marineras. Yo, para ellos, era un gran “rabí”, pero no valía nada como marinero. Por ello, me juzgaban incapaz de ayudarlos, y, cuando subían a la barca para atravesar el Mar de Galilea, me rogaban que estuviera sentado porque no era capaz de nada más. También lo hacían por afecto, porque no querían darme trabajos físicos, si bien el apego a sus capacidades era el elemento más importante.

María, Yo sólo me impongo en casos excepcionales. Generalmente os dejo libres y espero. Aquel día, cansado como estaba y habiéndome solicitado que descansara, o sea, que les dejase actuar a ellos — a ellos que tan duchos eran — me puse a dormir... y a constatar cómo el hombre “es hombre” y quiere actuar por sí solo, y no percibe que Dios no pide sino ayudarle. Veía en esos “sordos espirituales”, “ciegos espirituales”, a todos los sordos y ciegos del espíritu que durante siglos y siglos acarrearían su propia ruina por querer “actuar por sí solos”, teniéndome a mí, abierto a sus necesidades, en espera de su llamada pidiendo ayuda.

Cuando Pedro gritó: “¡Sálvanos!”, mi amargura descendió como una piedra por su propio peso.

Yo no soy “hombre”, soy el Dios-Hombre. No actúo como vosotros, que, cuando uno ha rechazado vuestro consejo o ayuda y luego le veis en problemas, aunque no seáis tan malos que os alegréis de ello, sí lo sois siempre en cuanto que os le quedáis mirando desdeñosamente y con indiferencia — y no os conmovéis ante su grito que pide ayuda — con grave ademán que significa: “¿No me has aceptado cuando te quería ayudar? Pues ahora arréglatelas solo”. No, Yo soy Jesús, soy Salvador, y salvo, María; salvo siempre, en cuanto se me invoca.

185.6 Mas vosotros, bienquistos hombres, podríais objetar: “¿Y por qué permites que se formen tempestades en el individuo o en la colectividad?”.

Si con mi poder destruyese el Mal (del tipo que fuera), acabaríais creyéndoos autores del Bien — que en realidad es un don mío — y no os volveríais a acordar jamás de mí, jamás.

Tenéis necesidad, bienquistos hijos, del dolor para acordaros de que tenéis un Padre; como el hijo pródigo, que se acordó de que lo tenía cuando sintió hambre. Las desventuras sirven para convenceros de vuestra nada, de vuestra insipiencia — causa de tantos errores — y de vuestra maldad — causa de tantos lutos y dolores —, de vuestras culpas — causa de castigo que vosotros mismos os proporcionáis — y de mi existencia, potencia y bondad.

Esto es lo que os dice el Evangelio de hoy, “vuestro” evangelio de la hora presente, pobres hijos míos. Llamadme. Jesús duerme sólo porque está angustiado de ver vuestro desamor hacia Él. Llamadme y acudiré».

Anotación

Ahora que todos duermen, me gustaría compartir mi alegría con vosotros. He "visto" el Evangelio de hoy. Las catequesis diarias de María Valtorta, registradas en la serie de "Cuadernos", comenzaron en abril de 1943, pero las visiones del Evangelio no empezaron realmente hasta enero de 1944. Así que ésta es una de las primeras visiones. Recuerda que no están en orden cronológico.

Jesús está dormido en la popa. En la popa de la barca.

Jesús se levanta, de pie sobre la repisa de la proa. Su rostro blanco resalta sobre la tormenta lívida. Extiende los brazos hacia las olas y dice al viento: "Detente y calla" y al agua: "Cálmate. Quiero que te calmes". Según el lector M.L., este episodio de la tempestad calmada puede compararse con el Salmo 106 (hebreo 107), 23-30. Esta conexión debió de estar presente después en la mente de los apóstoles que, como sus contemporáneos, conocían de memoria los Salmos. Esto arroja luz adicional sobre los comentarios de Jesús a María Valtorta.

Evangelio de Mateo 8, 23-27

Mt 8, 23-27 : Mientras Jesús subía a la barca, sus discípulos le seguían. El mar se embraveció tanto que las olas cubrieron la barca. Pero él estaba dormido. Los discípulos se acercaron a él y le despertaron, diciendo: "¡Señor, sálvanos! Estamos perdidos. Pero él les dijo: "¿Por qué tenéis tanto miedo, hombres de poca fe? Jesús se levantó, reprendió a los vientos y al mar, y se produjo una gran calma. La gente, asombrada, decía: "¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?

Evangelio de Marcos 4, 37-41

Mc 4, 37-41 : Había una violenta tempestad. Las olas chocaban contra la barca, que ya se estaba llenando. Él dormía sobre el cojín de popa. Los discípulos le despertaron y le dijeron: "Maestro, estamos perdidos; ¿no te importa? Despertado, amenazó al viento y dijo al mar: "¡Silencio, calla!". El viento se calmó y reinó una gran calma. Jesús les dijo: "¿Por qué tenéis tanto miedo? ¿Aún no tenéis fe? Ellos, muy asustados, se decían unos a otros: "¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?

Evangelio de Lucas 8, 23-25

Lc 8, 23-25 : Mientras navegaban, Jesús se durmió. Se levantó una tempestad en el lago. Estaban sumergidos y en grave peligro. Los discípulos fueron a verle y le despertaron, diciendo: "¡Maestro, maestro! ¡Estamos perdidos! Y él se despertó y reprendió al viento y a las turbulentas olas. Se calmaron y reinó la paz. Entonces Jesús les dijo: "¿Dónde está vuestra fe? Llenos de miedo, se asombraron y se decían unos a otros: "¿Quién es éste que manda hasta a los vientos y a las olas, y le obedecen?

ECR 186.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús emprende la ascensión de un escarpado sendero que trepa por el cantil casi a pico. Los apóstoles le siguen por la penosa senda hasta la cima del cantil, que muere en un rellano poblado de encinas bajo las cuales pacen muchos cerdos.

«¡Estos fétidos animales no nos dejan pasar!» exclama Bartolomé.

«No. No nos obstaculizan el paso, hay espacio para todos» responde con serenidad Jesús.

Por su parte, los porquerizos, viendo a israelitas, tratan de reunir a los cerdos bajo las encinas para dejar libre el sendero. Los apóstoles pasan, haciendo mil muecas de desagrado, entre las porquerías que van dejando estos animales que hozan bien pingües, buscando siempre aumento de pinguosidad.

Jesús pasa sin hacer tanto teatro, y dice a los encargados de la piara: «Que Dios os pague vuestra amabilidad».

Los porquerizos — gente pobre y sólo poco menos sucia que sus cerdos, aunque, eso sí, infinitamente más delgados — le miran perplejos y se ponen a cuchichear entre sí. Uno dice: «A lo mejor no es israelita». A lo cual los otros contestan: «¿No ves las franjas de la túnica?».

El grupo apostólico se une, ahora que pueden continuar el camino juntos por una vereda bastante ancha.

ECR 187.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús deja partir a las barcas diciendo: «No vuelvo». Luego, seguido de los suyos, atravesando la zona que ya desde la otra orilla se veía rica, se dirige hacia un monte que aparece en dirección Sur-Oeste.

Los apóstoles, poco entusiastas del camino que atraviesa esta zona, bonita pero agreste, caminan en silencio, hablándose sólo con los ojos. Es, en efecto, una zona llena de espadañas que se enredan en los pies; de cañas que hacen llover en las cabezas la fina lluvia de rocío que se ha depositado en sus hojas de forma de gruesos cuchillos; llena de nódulos que golpean el rostro con el duro mazo de su fruto desecado; de frágiles sauces pensiles, presentes en todas partes, que producen cosquilleo; de zonas traicioneras de hierba, aparentemente arraigada en terreno duro, pero que en realidad cela pozas de agua donde el pie se hunde, pues no son sino aglomerados de colas de zorra y plantas vesiculares, crecidas sobre minúsculas charcas, tan tupidas que esconden el elemento sobre el que han nacido.

Jesús, por su parte, parece deleitarse en todo ese verde con mil colores, con todas esas flores que se arrastran, o que están enhiestas o se agarran a algo para subir; flores que producen festones asperjados de leves campanillas de un rosa malva tenuísimo, o que forman una alfombra delicada de color azul (por los millares de corolas de miosotis palustres), o che abren el perfecto cáliz de su corola blanca, rosada o azul entre las anchas hojas planas de los nenúfares. Jesús contempla, admirado, los penachos de las cañas palustres, sedosos, cubiertos de aljófares; se inclina, dichoso, a observar la delicadeza de las colas de zorra, que ponen un velo de esmeralda a las aguas; se detiene, extático, ante los nidos que hacen los pájaros con un ir y venir jubiloso (hecho de trinos, zigzagueos y trabajo alegre) con el piquito lleno de pajitas, o de borra de las ramitas, o de vellones de lana arrebatada a los setos, que a su vez se la han arrebatado a los rebaños trashumantes... Parece la persona más feliz del mundo. ¡Qué lejos queda el mundo con sus perversidades, falsedades, dolores, insidias! El mundo está allende los confines de este oasis verde y florido en que todo embalsama, resplandece, ríe, canta. Ésta es tierra como ha sido creada por el Padre, no profanada por el hombre; aquí se puede olvidar al hombre.

187.2

Quiere que los otros compartan con Él su beatitud, pero no encuentra terreno propicio: los corazones están cansados y exasperados por un profundo mal humor, que trasciende las cosas, e incluso al Maestro, en forma de mutismo cerrado, parecido al ambiente quieto que precede a una tormenta. Sólo su primo Santiago, Simón Zelote y Juan se interesan por lo que a Él le suscita interés; los demás están... ausentes, por no decir de mal talante. Quizás, para no murmurar, no hablan entre ellos, pero dentro sí que deben estar hablando, y demasiado.

Sólo una exclamación, aún mayor, de maravilla, ante la joya viva de un martín pescador que viene volando y lleva a su compañera un pececito de plata, les hace salir de su mutismo.

Jesús dice: «¡Pero podrá haber algo más delicado que esto?».

Pedro responde: «Quizás más delicado no... pero te aseguro que es más cómoda la barca. Aquí se está también en el agua, con el agravante de la incomodidad...».

«Yo preferiría el camino que siguen las caravanas, antes que este... jardín, si así quieres llamarlo, y estoy completamente de acuerdo con Simón» dice Judas Iscariote.

«Ese camino no lo habéis querido vosotros» responde Jesús.

«¡Claro!... Pero yo no me hubiera dado por vencido ante los gerasenos. Me hubiera ido de allí, sí, pero luego hubiera proseguido al otro lado del río, bajando por Gadara, Pel.la, etc» refunfuña Bartolomé.

Y su gran amigo Felipe termina: «Los caminos son de todos; en fin, podíamos transitar por ellos también nosotros».

«¡Amigos! ¡amigos! Estoy muy apenado; nauseado... ¡No aumentéis mi dolor con vuestras pequeñeces! Dejad que busque un poco de alivio en las cosas que no saben odiar...».

La reprensión, dulce en su tristeza, toca a los apóstoles.

«Tienes razón, Maestro. Somos indignos de ti. Perdona nuestra estupidez. Tú eres capaz de ver lo bello porque eres santo y miras con los ojos del corazón. Nosotros, que no somos más que burda materia, sentimos sólo esta burda materia... No hagas caso. Puedes estar seguro de que aunque estuviéramos en un paraíso, sin ti, estaríamos tristes; pero, contigo... para el corazón es siempre hermoso; son estos miembros los que se resisten» susurran bastantes de ellos.

187.3

«Dentro de poco saldremos de aquí y encontraremos suelo más cómodo, aunque menos fresco» promete Jesús.

«¿A dónde vamos exactamente?» pregunta Pedro.

«A llevar la Pascua a algunos que sufren. Hacía tiempo que quería hacerlo, pero no he podido. Lo habría hecho al regreso a Galilea. Ahora, que nos obligan a andar por caminos que no hemos elegido nosotros, iré a bendecir a los pobres amigos de Jonás».

«¡Perderemos tiempo! ¡La Pascua está ya cercana! Por distintos motivos, pero siempre hay retardos». Es otro coro de quejas que se eleva al cielo.

Y yo no sé cómo Jesús puede tener tanta paciencia... Dice, sin regañar a ninguno: «No me pongáis obstáculos, os lo ruego; comprended que preciso amar y ser amado. El único consuelo que tengo en la tierra es el amor y hacer la voluntad de Dios».

«¿Y vamos por aquí? ¿No hubiera sido más bonito ir por Nazaret?».

«Si os lo hubiera propuesto, os habríais rebelado. Ninguno imaginará que estoy en esta zona... Y lo hago por vosotros, porque... tenéis miedo».

«¡Miedo? ¡No, no! ¡Estamos prontos para combatir por ti!».

«Rogad al Señor que no os ponga a prueba. Sé que sois rencillosos, rencorosos; conozco vuestro vehemente deseo de dañar a quien me daña, de humillar al prójimo. Todo esto lo conozco. Lo que no conozco es vuestro coraje. Si por mí fuera, habría ido solo y por el camino normal, y no me habría sucedido nada, porque no ha llegado la hora. Pero siento compasión de vosotros. Además, presto obediencia a mi Madre, y... sí, también esto, no quiero que se sienta molesto el fariseo Simón: Yo no les daré motivo, pero ellos sí mostrarán animosidad conmigo».

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».