ECR 194.4-5 · Volumen 3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
«Me has dicho que Dios ni anda ni mueve los brazos. ¿Entonces, como creó? ¿Cómo es? ¿Es una estatua?».
«No es un ídolo, es Dios; y Dios es... Dios es... déjame pensar y recordar cómo decía mi mamá y, mejor todavía, ese hombre que va en tu nombre a visitar a los pobres de Esdrelón... Mi mamá decía, para hacerme comprender a Dios: “Dios es como mi amor por ti; no tiene cuerpo, y, sin embargo, existe”. Y ese hombre pequeño, con una sonrisa muy dulce, decía: “Dios es un Espíritu eterno, uno y trino, y la segunda Persona se ha encarnado por amor a nosotros, que somos pobres, y su nombre...”. ¡Oh, mi Señor! Pero... ahora que me doy cuenta... ¡eres Tú!». El niño, lleno de estupor, se arroja al suelo adorando.
Todos acuden, creyendo que se ha caído; pero Jesús hace un gesto de silencio llevándose el dedo a los labios, y dice: «¡Levántate, Yabés! ¡Los niños no deben tener miedo de mí!».
El niño levanta la cabeza, lleno de veneración, y mira a Jesús con expresión cambiada, casi de miedo.
Jesús sonríe y le tiende la mano diciendo: «Eres sabio, pequeño israelita.
194.5
Continuemos el examen entre nosotros. Ahora que me has reconocido, ¿sabes si se habla de mí en el Libro?».
«¡Oh, sí, Señor! Desde el principio hasta ahora. Todo habla de ti. Tú eres el Salvador prometido. Ahora entiendo que abras las puertas del Limbo. ¡oh, Señor... Señor! ¿Y me quieres mucho?».
«Sí, Yabés».
«No. No me llames ya Yabés. Dame un nombre que signifique que me has querido, que me has salvado...».
«El nombre lo elegiré junto con mi Madre. ¿Te parece bien?».
«Pero que quiera decir exactamente eso. Lo tomaré desde el mismo día que me haga hijo de la Ley».
«Lo tomarás ese día».
Betel ha quedado ya atrás. Se detienen a comer en un vallecillo fresco y rico en agua.
Yabés está medio aturdido después de la revelación; come en silencio, aceptando con veneración los bocados que le ofrece Jesús; poco a poco se va recobrando, especialmente después de jugar intensamente con Juan mientras los otros descansan sobre la hierba verde; luego vuelve donde Jesús, junto con el risueño Juan, y tienen una pequeña tertulia de tres personas.
«Al final no me has dicho quién habla de mí en el Libro».
«Los Profetas, Señor; y antes todavía. Habla de ti el Libro desde la expulsión de Adán del paraíso. Luego cuando Jacob y cuando Abraham y Moisés... Me decía mi padre, que había ido a visitar a Juan — no a éste, sino al otro Juan, al del Jordán —, que él, el gran Profeta, te llamaba el Cordero... Ahora entiendo, sí, el cordero de Moisés... ¡La Pascua eres Tú!».
Juan le estimula: «Pero, ¿qué Profeta es el que profetizó mejor de Él?».
«Isaías y Daniel. Pero prefiero a Daniel, ahora que te quiero como a mi padre. ¿Puedo decir que te quiero como he querido a mi padre? ¿Sí? Pues ahora prefiero a Daniel».
«¿Por qué, si quien habla mucho del Cristo es Isaías?...».
«Sí, pero habla de los dolores del Cristo; sin embargo, Daniel habla del ángel hermoso y de tu venida. Es verdad que también Daniel dice que el Cristo será inmolado, pero yo creo que el Cordero será inmolado de un sólo golpe, no como dicen Isaías y David. Yo lloraba siempre al oírlos, así que mi madre no volvió a leérmelos». Casi llora también en este momento, mientras acaricia una mano de Jesús.
«No pienses en eso por ahora. Escucha, ¿sabes los mandamientos?».
«Sí, Señor. Creo saberlos. En el bosque me los repetía a mí mismo para no olvidarlos y para oír las palabras de mi madre y de mi padre. Pero ahora ya no lloro — la verdad es que sus pupilas brillan intensamente — porque ahora te tengo a ti».
Juan sonríe y se abraza a su Jesús diciendo: «¡Son mis mismas palabras! Todos los niños de corazón hablan igual».
«Sí, porque sus palabras provienen de una única sabiduría.»
Detalle
Jesús habla con un niño que ha acogido. Tiene que pasar el examen de mayoría de edad en el Templo, así que Cristo interroga al niño.