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Notas del tema

Santos, Venerables y Beatos de la Iglesia Católica

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ECR 203.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

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Cita

«Hay otro motivo, Simón...».

«Dilo, Maestro; con gusto cambiaré de opinión acerca de mi compañero».

«Judas está celoso. Su inquietud es por celos».

«¿Celoso! ¿De quién? No tiene mujer, y, aun en el caso de que la tuviera y fuera con otras mujeres, yo creo que ninguno de nosotros manifestaría desprecio hacia este condiscípulo...».

«Está celoso de mí. Observa esto: Judas se ha alterado después de Endor y de Esdrelón, o sea, cuando ha visto que me he ocupado de Juan y de Yabés; ya verás como ahora, que Juan — sobre todo Juan — dejará nuestro grupo, pasando de mí a Isaac, volverá a estar alegre y tranquilo».

«¡Bien!... ¡bien!, pero no me irás a decir que no se ha apoderado de él un diablo; y, sobre todo... ¡no!, ¡lo digo!... sobre todo, no me irás a decir que ha mejorado en estos meses. Yo también estaba celoso el año pasado... cuando quería que no fuésemos más de nosotros seis, los primeros seis, ¿te acuerdas? Sin embargo, ahora... ¡déjame invocar a Dios por una vez como testigo de mi pensamiento!... ahora digo que cuanto más discípulos hay en torno a ti más feliz me siento: ¡quisiera tener a todos los hombres y conducirlos a ti, y todos los medios para auxiliar a los que lo necesitan, para que la miseria no le significase a ninguno un obstáculo para llegarse a ti! Dios ve que digo la verdad. Pero, ¿por qué soy así ahora?: porque me he dejado cambiar por ti. Él no ha cambiado; es más... ¡que sí, Maestro!... ¡que le ha entrado un demonio, hombre!».

«No digas eso. No lo pienses. Ora porque se cure: los celos son una enfermedad...».

«... que a tu lado se cura, si uno quiere. ¡Le soportaré por ti!... Pero, ¡qué difícil!...».

«Ya te he dado el premio: el niño. Ahora voy a enseñarte a orar...».

«Sí, hermano, hablemos de esto... Hablemos de mi homónimo sólo para recordar que es esto lo que necesita. Creo que ya ha recibido su castigo en el hecho de no estar en este momento con nosotros» dice Judas Tadeo.

Detalle

El sufrimiento de Simón Pedro ante los celos de Judas y los Iscariote de Juan de Endor. Algunos de los apóstoles intervienen durante este intercambio.

Anotación

Mi tocayo: Judas y Jude son el mismo nombre de pila, aunque los franceses utilizaran formas diferentes.

ECR 203.13 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Alzaos. Vamos. Estaremos en la ciudad para el alba. Es más, mañana, tú, Simón, y tú, hermano mío (señala a Judas), iréis por las mujeres y el niño; tú, Simón de Jonás, y vosotros, os quedaréis conmigo hasta que éstos vuelvan; luego iremos juntos a Betania».

Bajan hasta el Getsemaní y entran en la casa para descansar.

ECR 204.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En la paz del sábado, Jesús está descansando junto a un campo de lino todo florecido, propiedad de Lázaro. Más que estar junto al campo, yo diría que está sumergido en el alto lino. Sentado en un caballón, se absorbe en sus pensamientos. Con Él no hay sino alguna silenciosa mariposa o alguna rumorosa lagartija, que le mira con sus ojitos de azabache, levantando su cabecita triangular de garganta clara y palpitante. Nada más. En la tarde caliente, calla hasta el más mínimo soplo de viento por entre los altos tallos.

De lejos, quizás del jardín de Lázaro, llega la canción de una mujer, y con ella los alegres gritos del niño, que está jugando con alguien. Luego una, dos, tres voces: «¡Maestro! ¡Jesús!».

Jesús sale bruscamente de su ensimismamiento y se pone en pie. A pesar de que el lino, ya completamente crecido, esté muy alto, Jesús descuella ampliamente por encima de este mar verde y azul.

«¡Ahí está, Juan!» grita Simón Zelote.

Y Juan, a su vez: «¡Madre, el Maestro está aquí, en el lino!».

Mientras Jesús se acerca al sendero que conduce a las casas, llega María.

Anotación

Jesús descansa junto a un campo de lino en plena floración: el lino se cultiva en la mayoría de los países templados y cálidos. Sus flores son azules, lo que llevó a Aragón a escribir: "Un gran campo de lino azul que refleja el cielo". Las plantas crecen 10 mm al día y pueden alcanzar entre 80 cm y 1 m de altura.

ECR 204.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En la paz del sábado, Jesús está descansando junto a un campo de lino todo florecido, propiedad de Lázaro. Más que estar junto al campo, yo diría que está sumergido en el alto lino. Sentado en un caballón, se absorbe en sus pensamientos. Con Él no hay sino alguna silenciosa mariposa o alguna rumorosa lagartija, que le mira con sus ojitos de azabache, levantando su cabecita triangular de garganta clara y palpitante. Nada más. En la tarde caliente, calla hasta el más mínimo soplo de viento por entre los altos tallos.

De lejos, quizás del jardín de Lázaro, llega la canción de una mujer, y con ella los alegres gritos del niño, que está jugando con alguien. Luego una, dos, tres voces: «¡Maestro! ¡Jesús!».

Jesús sale bruscamente de su ensimismamiento y se pone en pie. A pesar de que el lino, ya completamente crecido, esté muy alto, Jesús descuella ampliamente por encima de este mar verde y azul.

«¡Ahí está, Juan!» grita Simón Zelote.

Y Juan, a su vez: «¡Madre, el Maestro está aquí, en el lino!».

Mientras Jesús se acerca al sendero que conduce a las casas, llega María.

«¿Qué quieres, Madre?».

«Hijo mío, han llegado unos gentiles, con algunas mujeres. Dicen que han sabido por Juana que estabas aquí, y que durante todos estos días te han esperado junto a la Antonia...».

«¡Ah, ya sé! Voy en seguida. ¿Dónde están?».

«En casa de Lázaro, en el jardín. A Lázaro le estiman los romanos; él, por su parte, no siente por ellos esa aversión propia de nuestro pueblo. Los ha introducido en su casa, con sus carros; en el vasto jardín, para no dar escándalo a nadie».

«De acuerdo, Madre.

204.2

Son soldados y damas romanas, lo sé».

«¿Qué quieren de ti?».

«Lo que muchos en Israel no quieren: Luz».

«¿Cómo creen en ti? ¿Qué te creen: Dios, quizás?».

«A su manera, sí. Para ellos, más que para nosotros, es fácil aceptar la idea de la encarnación de un dios en carne mortal».

«Entonces ya creen en tu fe...».

«Todavía no, Mamá. Primero debo demoler la suya. Por el momento soy para ellos un hombre sabio, un filósofo, como ellos dicen. De todas formas, tanto ese deseo de conocer doctrinas filosóficas, como su tendencia a creer posible la encarnación de un dios, me ayudan mucho a conducirlos a la verdadera Fe. Créeme que son más simples en su modo de pensar que muchos de Israel».

«Pero, ¿serán sinceros? Se dice que Juan el Bautista...».

«No. Si de ellos hubiera dependido, Juan estaría libre y seguro. Dejan tranquilos a todos, con tal de que no sean rebeldes. Es más, te diré que con ellos el hecho de ser profeta — usan la palabra “filósofo” porque la altura propia de la sabiduría sobrenatural es igualmente filosofía para ellos — es una garantía de que te respetarán. No estés preocupada, Mamá, que el mal no me vendrá por esa vía...».

«Pero los fariseos... Si vienen a saberlo, ¿que dirán de Lázaro? Tú... eres Tú y debes manifestar la Palabra al mundo. ¡Pero Lázaro... ya de por sí le ofenden mucho...!».

«Pero es intocable. Saben que Roma le protege».

«Te dejo, Hijo mío. Aquí está Maximino que te llevará adonde los gentiles». Y María, que había caminado al lado de Jesús durante todo este tiempo, ahora se retira, ligera, y se encamina hacia la casa de Simón Zelote. Jesús, por su parte, entra por una puertecita de hierro abierta en el muro que rodea el jardín, en una parte alejada, en que ya no es jardín sino pomar, es decir, cerca del lugar en que, pasado el tiempo, sería enterrado Lázaro.

Ahora está allí Lázaro, nadie más: «Maestro, he tomado la iniciativa de acogerlos en mi casa...».

«Has hecho bien. ¿Dónde están?».

«Allá, a la sombra de aquellos bojes y laureles. Como puedes observar, están a no menos de quinientos pasos de la casa».

«Bien, bien, bueno...

204.3

¡La Luz descienda sobre todos vosotros!».

ECR 204.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Qué quieres, Madre?».

«Hijo mío, han llegado unos gentiles, con algunas mujeres. Dicen que han sabido por Juana que estabas aquí, y que durante todos estos días te han esperado junto a la Antonia...».

«¡Ah, ya sé! Voy en seguida. ¿Dónde están?».

«En casa de Lázaro, en el jardín. A Lázaro le estiman los romanos; él, por su parte, no siente por ellos esa aversión propia de nuestro pueblo. Los ha introducido en su casa, con sus carros; en el vasto jardín, para no dar escándalo a nadie».

«De acuerdo, Madre.

204.2

Son soldados y damas romanas, lo sé».

«¿Qué quieren de ti?».

«Lo que muchos en Israel no quieren: Luz».

«¿Cómo creen en ti? ¿Qué te creen: Dios, quizás?».

«A su manera, sí. Para ellos, más que para nosotros, es fácil aceptar la idea de la encarnación de un dios en carne mortal».

«Entonces ya creen en tu fe...».

«Todavía no, Mamá. Primero debo demoler la suya. Por el momento soy para ellos un hombre sabio, un filósofo, como ellos dicen. De todas formas, tanto ese deseo de conocer doctrinas filosóficas, como su tendencia a creer posible la encarnación de un dios, me ayudan mucho a conducirlos a la verdadera Fe. Créeme que son más simples en su modo de pensar que muchos de Israel».

«Pero, ¿serán sinceros? Se dice que Juan el Bautista...».

«No. Si de ellos hubiera dependido, Juan estaría libre y seguro. Dejan tranquilos a todos, con tal de que no sean rebeldes. Es más, te diré que con ellos el hecho de ser profeta — usan la palabra “filósofo” porque la altura propia de la sabiduría sobrenatural es igualmente filosofía para ellos — es una garantía de que te respetarán. No estés preocupada, Mamá, que el mal no me vendrá por esa vía...».

«Pero los fariseos... Si vienen a saberlo, ¿que dirán de Lázaro? Tú... eres Tú y debes manifestar la Palabra al mundo. ¡Pero Lázaro... ya de por sí le ofenden mucho...!».

«Pero es intocable. Saben que Roma le protege».

«Te dejo, Hijo mío. Aquí está Maximino que te llevará adonde los gentiles». Y María, que había caminado al lado de Jesús durante todo este tiempo, ahora se retira, ligera, y se encamina hacia la casa de Simón Zelote. Jesús, por su parte, entra por una puertecita de hierro abierta en el muro que rodea el jardín, en una parte alejada, en que ya no es jardín sino pomar, es decir, cerca del lugar en que, pasado el tiempo, sería enterrado Lázaro.

ECR 204.9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Las damas se despiden y son las primeras en marcharse; luego, pensativo, se marcha Quintiliano. Jesús los mira mientras se van en compañía de Maximino, que los acompaña hasta sus carros.

Palabras clave

ECR 204.10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Qué piensas, Maestro?» pregunta Lázaro.

«Que hay muchos infelices en el mundo».

«Y yo soy uno de ellos».

«¿Por qué, amigo mío?».

«Porque todos vienen a ti, pero María no. Será que su miseria es mayor, ¿no?».

Jesús le mira y sonríe.

«¿Sonríes! ¿No te duele que María sea inconvertible y que yo sufra! Marta no ha dejado de llorar desde la tarde del lunes. ¿Quién era aquella mujer? ¿Sabes que durante todo el día tuvimos la esperanza de que fuera ella?».

«Sonrío porque eres un niño impaciente... y porque pienso que malgastáis energías y lágrimas; si hubiera sido ella, habría ido inmediatamente a decíroslo».

«¿Entonces?... ¡No era ella!».

«¡Lázaro!».

«Tienes razón. ¡Paciencia!, ¡más paciencia!... Mira, Maestro, las joyas que me diste para venderlas: aquí está el dinero que me han dado por ellas, para los pobres. Eran muy bonitas. De mujer».

«Eran de “esa” mujer».

«Lo había imaginado. ¡Ah, si hubieran sido de María...! ¡Pero ella... pero ella!... ¡Mi Señor, pierdo la esperanza!...».

Jesús le abraza y guarda silencio durante unos momentos. Luego dice: «Te ruego que no hables a nadie de esas joyas. Esa mujer debe desaparecer de admiraciones y apetitos, como una nube trasportada por el viento sin que quede rastro de ella en el cielo».

«Puedes estar tranquilo, Maestro... A cambio tráeme a María, a nuestra pobre María...».

«La paz descienda sobre ti, Lázaro. Haré lo que he prometido».

ECR 205.1 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Juan de Endor, ven aquí, que tengo que hablarte» dice Jesús asomándose a la puerta.

El hombre estaba enseñando algo al niño. Le deja y va inmediatamente. Pregunta: «¿Qué me quieres decir, Maestro?».

«Ven conmigo aquí arriba».

Suben a la terraza y se sientan en la parte más protegida, porque, a pesar de que sea por la mañana, ya el sol calienta fuerte. Jesús recorre con su mirada los campos cultivados en que los cereales se van dorando más cada día que pasa y los árboles frutales van llenando sus frutos; parece como si quisiera extraer su pensamiento de esa metamorfosis vegetal.

«Mira, Juan. Hoy creo que va a venir Isaac para traerme a los campesinos de Jocanán antes de que regresen a sus campos. Ya le he dicho a Lázaro que le preste a Isaac un carro para que puedan acelerar su regreso sin miedo a llegar con un retardo que les acarreara un castigo. Lázaro lo va a hacer, porque Lázaro hace todo lo que digo. Ahora bien, de ti quiero otra cosa. Tengo aquí una suma que una persona me ha dado para los pobres del Señor. Generalmente el encargado de guardar las monedas y de distribuir los óbolos es uno de los apóstoles; generalmente es Judas de Keriot, aunque alguna vez son los otros. Judas no está aquí. Por lo que se refiere a los otros apóstoles, no quiero que sepan lo que tengo intención de hacer. Tampoco Judas debería saberlo esta vez. Lo harás tú, en mi nombre...».

«¡Yo, Señor?... ¡Yo? ¡No soy digno de ello!...».

«Debes irte acostumbrando a trabajar en mi nombre. ¿No has venido para esto?».

«Sí, pero pensaba que en lo que tenía que trabajar era en reconstruir mi pobre alma».

«Pues Yo te procuro el medio para hacerlo. ¿En qué has pecado? Contra la misericordia y el amor. ¿Con odio demoliste tu alma?... Pues con amor y misericordia la reconstruirás. Te doy el material necesario. Te voy a destinar de forma especial a las obras de misericordia y amor. Tienes capacidad para el cuidado y la palabra, así que estás en condiciones de cuidar desdichas físicas y morales, tienes capacidad para hacerlo. Empezarás con esta obra. Ten la bolsa. Se la darás a Miqueas y a sus amigos. Divídelo en partes iguales, siguiendo estas instrucciones: divide el total en diez partes; da cuatro a Miqueas, una para él, una para Saulo, una para Joel y una para Isaías; las otras seis partes, se las das a Miqueas para el anciano padre de Yabés y sus compañeros. Así recibirán al menos un consuelo».

«De acuerdo, pero ¿qué razón les doy?».

«Dirás: “Esto es para que os acordéis de orar por un alma que se está redimiendo”».

«¡A lo mejor piensan que soy yo! ¡No sería justo!».

«¿Por qué? ¿No quieres redimirte?».

«Lo que no sería justo es que creyeran que yo soy el donador».

«No te preocupes. Haz como te digo».

«Obedezco... Concédeme, al menos, aportar algo también yo. Total... ahora ya no tengo ninguna necesidad. Ya no compro más libros, ya no tengo pollos que alimentar, a mí con muy poco me basta, así que... nada. Ten, Maestro. Me quedo sólo con una mínima cantidad, para el gasto de las sandalias...» y saca de una bolsa que llevaba en la cintura muchas monedas, y las añade a las monedas de Jesús.

«Que Dios te bendiga por tu misericordia...»

Anotación

Le pedí a Lázaro que le prestara a Isaac un carro para que pudieran regresar a casa más rápidamente. No debían temer un retraso que pudiera acarrearles un castigo. Yokhanan (Giocana) sólo les dio seis días para ir y volver para la Pascua. Cf. EMV 190.

Tengo aquí una suma que me han dado para los pobres del Señor. Aglaia. Cf. EMV 200.

ECR 205.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Bajan hacia el lugar indicado y, a medida que se van acercando, los demás se van reuniendo en torno a ellos. Llegan. Se sientan en círculo a la sombra de los manzanos. Lázaro, que estaba hablando con Simón Zelote, también se une al grupo. Son en total veinte personas.

Anotación

Es difícil determinar con exactitud quiénes son las veinte personas. Con Jesús y los apóstoles, son doce, excluyendo a Judas. Podemos añadir a María Salomé y María de Alfeo, ya que hicieron el viaje en AMV 198 y María menciona su presencia en los capítulos precedentes. También están presentes la Virgen, Marziam, Lázaro y Juan de Endor. Marta y Maximino tienen por fin motivos para asistir a la lección de Jesús.

En cualquier caso, el grupo presente escuchará la parábola del hijo pródigo.