55.1 Esta mañana, despertándome de un pesadísimo sopor de muchas horas, mientras oro esperando que se haga de día, se me reanuda la visión.
Digo “se me reanuda” porque estamos todavía en el mismo lugar: la baja y ancha cocina, oscura en sus paredes ahumadas, apenas iluminada por la llamita de aceite puesta encima de la rústica mesa, larga y estrecha, a la que están sentadas ocho personas: Jesús y los seis discípulos, más el dueño de la casa; cuatro por cada lado.
Jesús, aún vuelto de espaldas en su taburete — porque aquí no hay más que taburetes sin respaldo, de tres patas (cosas de campo) — está hablando todavía con Tomás. La mano de Jesús ha bajado desde la cabeza de Tomás a su hombro. Jesús dice: «Levántate, amigo. ¿Has cenado ya?».
«No, Maestro. He recorrido pocos metros con el otro que estaba conmigo, luego le he dejado y me he vuelto para atrás diciéndole que quería hablar con el leproso curado... He dicho esto porque pensaba que rehuiría de acercarse a un impuro. He acertado. Pero yo te buscaba a ti, no al leproso... Quería decirte: “¡Acéptame!”... He estado dando vueltas arriba y abajo por el olivar, hasta que un joven me ha preguntado qué hacía. Debe haber creído que era una persona malintencionada... Estaba cerca de una pilastra, en donde empieza la propiedad».
El dueño de la casa sonríe. Aclara: «Es mi hijo», y añade: «Está de guardia en el molino. Tenemos todavía en las cuevas, debajo del molino, casi toda la cosecha del año. Ha sido muy buena. Nos ha dado mucho aceite. En tiempos de aglomeraciones siempre se unen malandrines para desvalijar los lugares no custodiados. Hace ocho años, precisamente durante la Parasceve, nos robaron todo. Desde entonces, una noche cada uno, montamos buena guardia. Su madre ha ido a llevarle la cena».
«“¿Qué quieres?” me ha dicho, con un tono tal que, para salvar mi espalda de su bastón, le he explicado en seguida: “Busco al Maestro, que está viviendo aquí”. Entonces me ha respondido: “Si es verdad lo que dices, ven a la casa”. Y me ha acompañado hasta aquí. Es él quien ha llamado a la puerta, y no se ha marchado hasta que ha oído mis primeras palabras».
«¿Vives lejos?».
«Estoy en la otra punta de la ciudad, cerca de la Puerta Oriental».
«¿Estás solo?».
«Estaba con los parientes. Pero se han marchado adonde otros familiares que están en el camino de Belén. Yo me he quedado para buscarte día y noche hasta que te hubiera encontrado».
Jesús sonríe y dice: «Entonces, ¿no te espera nadie?».
«No, Maestro».
«El camino es largo, está oscura la noche, las patrullas romanas están por la ciudad. Yo te digo: si quieres, quédate con nosotros».
«¡Oh..., Maestro!». Se le ve feliz a Tomás.
«Haced un hueco vosotros. Y dadle todos algo al hermano». Por su parte, Jesús le da la porción de queso que tenía delante. Explica a Tomás: «Somos pobres y la cena casi se ha terminado. Pero hay mucho corazón en quien da». Y a Juan, que está sentado a su lado, le dice: «Cédele el puesto al amigo».
Juan se levanta en seguida y va a sentarse en la esquina de la mesa, cerca del dueño de la casa.
«Siéntate, Tomás. Come». (...)
[Jesús da una lección sobre la hospitalidad y la caridad entre los apóstoles. A continuación, vuelve a centrarse en Tomás.]
55.3 Jesús se dirige a Tomás: «Amigo, antes te he dicho, en el olivar: “Cuando vuelva por aquí, si todavía quieres, serás mío”. Ahora te digo: “¿Estás dispuesto a hacer un favor a Jesús?”».
«Sin duda».
«¿Y si este favor puede comportar un sacrificio?».
«Servirte no es ningún sacrificio. ¿Qué quieres?».
«Quería decirte... Pero, tú tendrás cosas que resolver, afectos...».
«¡Nada, nada! ¡Te tengo a ti! Habla».
«Escucha. Mañana, al alba, el leproso dejará los sepulcros para encontrar a alguien que ponga al sacerdote en conocimiento de lo sucedido. Tú lo primero que harás será ir a los sepulcros. Es caridad. Y dirás fuerte: “Tú, que ayer has quedado limpio, sal fuera. Me manda a ti Jesús de Nazaret, el Mesías de Israel, el que te ha curado”. Haz que el mundo de los “muertos-vivos” conozca mi Nombre y arda de esperanzas, y que quien a la esperanza una la fe venga a mí, para que le cure. Es la primera forma de la limpieza que Yo traigo, la primera forma de la resurrección de que soy dueño. Un día otorgaré una limpieza mucho más profunda... Un día los sepulcros sellados arrojarán a los muertos verdaderos, que aparecerán para reír, a través de sus cuencas vacías y sus mandíbulas descarnadas, por el lejano júbilo — oído no obstante por los esqueletos — de los espíritus liberados del Limbo de espera. Aparecerán para sonreírle a esta liberación y para conmoverse sabiendo a qué la deben... Tú ve. Él se acercará ti. Harás lo que él te pida que hagas. Le ayudarás en todo, como si fuera un hermano para ti. Y le dirás también: “Cuando estés completamente purificado, iremos juntos por el camino del río, más allá de Doco y Efraím. Allí el Maestro Jesús te espera, y me espera, para decirnos en qué le debemos servir”».
«Así lo haré. ¿Y el otro?».
«¿Quién? ¿El Iscariote?».
«Sí, Maestro».
«Para él todavía vale mi consejo. Déjale decidir por sí mismo, y durante un largo tiempo. E incluso trata de no verte con él».
«Estaré con el leproso. Por el valle de los sepulcros sólo andan los impuros o quien por piedad tiene contacto con ellos». (...)
55.5 Entonces déjame terminar de hablar con Tomás. ¿Estás seguro de reconocer al leproso? No hay ningún otro curado, pero podría haberse ido ya, a la luz de las estrellas, para tratar de encontrar un viandante solícito. Y quizás otro, por el ansia de entrar en la ciudad, ver a los familiares... podría ocupar su puesto. Escucha su retrato. Yo estaba cerca de él y a la luz del crepúsculo le he visto bien. Es alto y delgado. Piel oscura como de mestizo, ojos profundos y negrísimos bajo unas cejas de nieve, cabellos blancos como el lino y tirando a rizados, nariz larga, chata hacia la punta como la de los libios, labios gruesos, especialmente el inferior, y salientes. Es tan aceitunado, que el labio tiende al violáceo. En la frente le ha quedado una antigua cicatriz, que será la única mácula, ahora, limpio como estará de costras y de porquería».
«Es un viejo, si es todo blanco».
«No, Felipe. Lo parece, pero no lo es. La lepra le ha hecho cano».
«¿Qué es? ¿Tiene mezcla de razas?».
«Tal vez, Pedro. Tiene parecido con los pueblos de Africa».
«¿Será israelita, entonces?».
«Ya lo sabremos. ¿Y si no lo fuera?».
«¡Ah!, si no lo fuera, se marcharía. Ya está bien con haber merecido que se le cure».
«No, Pedro. Aunque fuera un idólatra, no le rechazaré. Jesús ha venido para todos. Y en verdad te digo que los pueblos de las tinieblas precederán a los hijos del pueblo de la Luz...».
Jesús suspira. Luego se levanta. Da gracias al Padre con un himno y bendice.
La visión cesa así.