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Notas del tema

Misterios de la luz

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ECR 181.3-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Durando todavía este hermoso tiempo de cereales que espigan, quisiera proponeros una parábola tomada de ellos. Escuchad.

El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras el hombre y sus siervos dormían, vino su enemigo y esparció semilla de cizaña en los surcos, y se fue. Nadie al principio se dio cuenta de nada. Llegó el invierno y con él las lluvias y escarchas; llegó el final de Tébet y brotó el trigo: un verde tierno de hojitas apenas despuntadas; parecían todas iguales en su inocente infancia. Llegó Sabat y luego Adar y se formaron las plantas y luego granaron las espigas. Entonces se vio que el verde no era todo de trigo, sino que también había cizaña, y bien enroscada a los tallitos del trigo con sus zarcillos finos y tenaces.

Los siervos del amo fueron a su casa y dijeron: “Señor, ¿qué semilla has sembrado? ¿No era simiente selecta, sin semilla alguna que no fuera de trigo?”.

“Claro que lo era. He elegido los granos, todos de igual formación: me hubiera dado cuenta, si hubiera habido otras semillas”.

“¿Y entonces, cómo es que ha nacido tanta cizaña entre tu trigo?”.

El patrono pensó y respondió: “Algún enemigo mío me ha hecho esto para perjudicarme”.

Los siervos preguntaron entonces: “¿Quieres que recorramos los surcos y, con paciencia, arranquemos la cizaña para liberar las espigas? Mándalo y lo haremos”.

Pero el patrono respondió: “No. Al hacerlo, podríais extirpar también el trigo y, casi seguro, dañar las espigas, que están aún tiernas. Dejad que estén juntos ambos hasta la siega; entonces diré a los segadores: ‘Segad todo junto. Antes de atar las gavillas, ahora que los zarcillos de la cizaña al secarse se han hecho friables, y, por el contrario, las apretadas espigas están más fuertes y duras, separad del trigo la cizaña y haced con ella haces aparte; después los quemaréis: servirán de abono para el terreno. Pero el buen trigo llevadlo a los graneros: servirá para hacer un excelente pan, con bochorno para mi enemigo, que lo único que habrá ganado será resultar abyecto a Dios por su odio’ ”.

Ahora reflexionad en vuestro interior acerca de lo frecuente y numerosa que es la siembra del Enemigo en vuestros corazones. Comprended, pues, cuán necesario es vigilar con paciencia y constancia para que poca cizaña se mezcle con el trigo seleccionado. El destino de la cizaña es arder. ¿Queréis arder o llegar a ser ciudadanos del Reino? Decís que queréis ser ciudadanos del Reino. Pues sabedlo ser. El buen Dios os da la Palabra. El Enemigo vigila para transformarla en nociva, porque harina de trigo mezclada con harina de cizaña da pan amargo, nocivo para el vientre. Si tenéis cizaña en vuestra alma, sabed con vuestra buena voluntad separarla, para arrojarla fuera y no ser indignos de Dios.

Podéis iros, hijos. La paz sea con vosotros».

181.4

La gente va despejando el lugar lentamente. Al final, en el huerto no quedan sino los ocho apóstoles, Elías, el hermano y la madre de éste y el anciano Isaac, que apacienta su alma mirando de hito en hito a su Salvador.

«Venid aquí, en torno a mí, y escuchad. Os voy a explicar el sentido completo de esta parábola, que tiene otros dos aspectos además del que he dicho a la muchedumbre.

En el sentido universal, la parábola tiene esta aplicación: el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino de Dios, sembrados por Dios en el mundo en espera de que alcancen su máximo desarrollo y sean cortados por la Guadaña, y los lleven al Amo del mundo para que los almacene en sus graneros; la cizaña son los hijos del Maligno, esparcidos a su vez por el campo de Dios con la intención de causar dolor al Amo del mundo y de perjudicar a las espigas de Dios — el Enemigo de Dios, por un sortilegio, los ha sembrado de propósito (porque verdaderamente el Diablo desnaturaliza al hombre hasta hacer de éste una criatura suya, y siembra la cizaña para apartar de la recta vía a los que no ha podido someter de otra manera)—; la siega, o, más exactamente, la formación de las gavillas y su transporte a los graneros, es el fin del mundo, y quienes la llevan a cabo son los ángeles: a ellos les ha sido encargado reunir a las segadas criaturas, y separar el trigo de la cizaña; y, de la misma forma que ésta es arrojada a las llamas en la parábola, así serán arrojados al fuego eterno los condenados, en el Último Juicio.

El Hijo del hombre ordenará eliminar de su Reino a todos los que hayan cometido escándalos y a los inicuos. Porque el Reino estará en la tierra y en el Cielo y entre los miembros del Reino de la tierra habrá, mezclados, muchos hijos del Enemigo, los cuales, como dijeron también los Profetas, alcanzarán la perfección del escándalo y de la abominación en cada uno de los ministerios de la tierra y atormentarán gravemente a los hijos del espíritu. Del Reino de Dios, de los Cielos, ya habrán sido alejados los pervertidos, porque en el Cielo no cabe corrupción. Así pues, los ángeles del Señor, batiendo la hoz por entre las hileras de la última cosecha, segarán y luego separarán el trigo de la cizaña; ésta será arrojada al horno ardiente, donde habrá llanto y rechinar de dientes; los justos — el trigo selecto —, sin embargo, serán conducidos a la Jerusalén eterna, donde brillarán como soles en el Reino del Padre mío y vuestro.

181.5

Esto en el sentido universal. Pero, para vosotros, hay otro sentido más, que responde a las preguntas que en distintas ocasiones, especialmente desde ayer noche, os estáis haciendo. Vosotros os preguntáis: “¿Pero, entonces, entre la masa de los discípulos puede haber traidores?”, y se estremece vuestro interior de horror y turbación. Pues bien, puede haberlos; es más, los hay.

El Sembrador esparce la buena semilla. En este caso, más que “esparcir” se podría decir: “coge”, porque el maestro, sea Yo o sea Juan el Bautista, había elegido a sus discípulos. ¿Cómo es que, entonces, se han pervertido? No, no, digo mal llamando “semilla” a los discípulos; podríais entenderlo mal; diré “campo”. Cada discípulo es un campo, elegido por el maestro para constituir el área del Reino de Dios, los bienes de Dios. A ellos dedica el maestro su esfuerzo para cultivarlos y que den todo el fruto. Todos los cuidados, todos; con paciencia, amor, sabiduría, esfuerzo, constancia; ve también sus tendencias malas, sus sequedades y avideces, obcecaciones y debilidades. Y espera, siempre espera, corroborando su esperanza con la oración y la penitencia, porque quiere llevarlos a la perfección.

Pero las parcelas de terreno están abiertas; no son un jardín cerrado, amurallado, cuyo patrono sea sólo el maestro y en las cuales pueda entrar sólo él. Están abiertas. Puestas en el centro del mundo, en medio del mundo; todos se pueden acercar y entrar en ellas. Todos y todo. ¡No es la cizaña la única mala semilla sembrada! La cizaña podría ser símbolo de la ligereza amarga del espíritu del mundo. No, en estos campos nacen, arrojadas por el Enemigo, todas las otras semillas: ortigas, esteba, cuscuta, convólvulos, cicuta y otras plantas venenosas. ¿Por qué? ¿Qué son?

Las ortigas son los espíritus punzantes, indomables, que hieren por exceso de veneno y causan mucho malestar. La esteba son los parásitos, que agotan al maestro sin saber hacer cosa alguna que no sea arrastrarse y chupar, gozando del trabajo de éste y perjudicando a los que ponen su mejor voluntad, que verdaderamente sacarían mayor provecho si el maestro no se viera turbado y distraído por las atenciones que exige la esteba. Los convólvulos ociosos que no se levantan del suelo si no es aprovechándose de los demás. Las cuscutas son tormento en el camino ya de por sí penoso del maestro, tormento también para los discípulos fieles que le siguen; son como garfios, se hincan, desgarran, arañan, introducen desconfianza y sufrimiento. Las plantas venenosas representan a los delincuentes entre los demás discípulos, aquellos que incluso traicionan o matan, como la cicuta y otras plantas tóxicas. ¿Habéis visto alguna vez qué bonitas son, con sus florecillas que se transforman en bolitas blancas, rojas, o de color cerúleo-violeta? ¿Quién puede pensar que esa corola estelar, cándida o apenas rosada, con su corazoncito de oro... quién puede pensar que esos corales multicolores, tan semejantes a otros tantos pequeños frutos — delicia de pájaros y niños —, pueden, una vez maduros, ocasionar la muerte? Nadie. Y los inocentes caen en la trampa: creen que todos son buenos como ellos, los cogen... y mueren.

¡Creen que todos son buenos como ellos! ¡Oh, qué verdad que sublima al maestro[1] y condena a quien le traiciona! ¿Cómo? ¿La bondad no desarma?, ¿no hace inocua a la mala voluntad? No, no la hace inocua porque el hombre que ha caído en manos del Enemigo es insensible a todo lo superior, y cualquier cosa superior, para él, cambia de aspecto: la bondad será entonces debilidad que puede ser lícitamente pisoteada, y agudiza su mala voluntad, como el olor de la sangre agudiza en una fiera el deseo de degollar. También el maestro es siempre inocente... y deja que el traidor le envenene, porque no quiere, y no puede dejar pensar a los otros que un hombre pueda llegar a matar a un inocente.

181.6

En los campos del maestro (los discípulos) penetran los enemigos, que son muchos (el primero, Satanás; los otros, sus siervos, o sea, los hombres, las pasiones, el mundo y la carne). El discípulo más vulnerable frente a aquéllos es el que no está enteramente con su maestro, sino a caballo entre el maestro y el mundo. No sabe, no quiere separarse enteramente de lo que constituye mundo, carne, pasiones y demonio, para ser enteramente de aquel que a Dios le lleva. Sobre éste esparcen sus semillas el mundo y la carne, las pasiones y el demonio. Oro, poder, mujer, orgullo, miedo a un juicio negativo del mundo, espíritu de utilitarismo: “Los grandes son los más fuertes. Los sirvo para tener su amistad”... ¡Y uno se hace un delincuente, se condena, por estas míseras cosas!...

¿Por qué el maestro, viendo la imperfección de su discípulo — si bien no quiere rendirse ante el pensamiento de que será su asesino —, no le cercena inmediatamente de sus filas? Ésta es la pregunta que os hacéis.

La respuesta es: “Porque hacerlo sería inútil”. Haciéndolo no lo suprimiría como enemigo; antes al contrario, su enemistad se duplicaría y se haría más diligente, por la rabia de haber sido descubierto o el dolor de haber sido expulsado. Dolor, sí, porque a veces el discípulo malo no se da cuenta de que lo es; tan sutil es la obra demoniaca que no la advierte (viene a ser poseído por el demonio sin sospechar que está siendo sometido a esta operación). Rabia, sí, rabia por haber sido conocido en lo que es; esto sucede cuando no es inconsciente de la operación de Satanás y sus adeptos (los hombres que tientan al débil en sus debilidades para quitar del mundo al santo que ofende sus maldades con el contraste de su bondad).

Y entonces el santo ora y se abandona en Dios: “hágase lo que permites que se haga”, dice, añadiendo sólo la cláusula: “si sirve para tu finalidad”. El santo sabe que ha de llegar la hora en que serán separadas de sus espigas las malas plantas de cizaña. ¿Y quién lo hará? Dios mismo, que no permite más de cuanto es útil para la victoria de su voluntad de amor».

181.7

«Pero si admites que siempre son Satanás y sus adeptos... me parece que disminuye la responsabilidad del discípulo» dice Mateo.

«No lo creas. Si el Mal existe, también existe el Bien, y en el hombre existe el discernimiento y con éste la libertad».

«Dices que Dios no permite más de cuanto es útil al triunfo de su voluntad de amor[2]. Por tanto, este error incluso es útil, si lo permite, y sirve para que triunfe la voluntad divina» dice Judas Iscariote.

«Con lo cual arguyes, como Mateo, que ello justifica el delito del discípulo. Dios había creado al león exento de saña y a la serpiente sin veneno; ahora el primero es feroz y la segunda venenosa. Pero Dios, por este motivo, los ha separado del hombre. Medita en esto y aplica apropiadamente.

Anotación

En esta hermosa época del año, cuando se están formando las espigas de trigo, me gustaría sugerir una parábola tomada del grano de trigo. Escuchadla. La parábola del trigo y la cizaña se relata brevemente en Mateo 13:24-30 (véase más abajo). En EMV 575.7 Jesús recuerda esta parábola a Juan y Santiago.

Al final del mes de Tebet germinó el grano, y se vio el tierno verdor de la pequeña cizaña que apenas empezaba a crecer. Al final del mes de Tebet: principios de enero; Shebat corresponde a enero/febrero, Adar a febrero/marzo. Véase el calendario para los meses y las explicaciones dadas aquí para el año.

Vimos entonces que el verde no era sólo grano, sino que también había malas hierbas envueltas fuertemente con sus finos y tenaces zarcillos alrededor de los tallos del trigo. El nombre botánico del ryegrass es Lolium, cercano al italiano Loglio utilizado por Maria Valtorta. Sin embargo, la Vulgata utiliza la palabra Zizania (de la que procede la expresión semer la zizanie). En latín, este término puede ser genérico y designar una mala hierba de acuerdo con su significado siríaco (Zizon) del que procede. Los agrónomos llaman "malas hierbas" a estas plantas indeseables e invasoras. Véase el comentario del capítulo 181 en maria-valtorta.org(Pro e contro Maria Valtorta, La disputa tra Mir et Gregori, página 189 y siguientes).

También había cizaña enredada en los tallos de trigo, con sus finos y tenaces zarcillos. Entre las "malas hierbas" que Jesús menciona más adelante, hay varias plantas que tienen zarcillos, como la correhuela y la planta de Palestina. Comprendemos que Jesús nos pida que no las arranquemos por miedo a arrancar al mismo tiempo el grano bueno.

El enemigo está vigilando para que sea perjudicial, porque la harina de cereales mezclada con la harina de cizaña hace un pan amargo que es dañino para los intestinos. (...) Ahora todas las demás semillas han sido arrojadas por el enemigo y están brotando: aquí están las ortigas, la grama, la cizaña, la correhuela, la cicuta y las hierbas venenosas. La fucus tiene propiedades laxantes y la correhuela es un purgante suave. La harina de ballico, mezclada en pequeñas cantidades con harina de trigo, impide la acción de la levadura. Por lo que respecta a los problemas intestinales mencionados por Jesús, deben estar causados por la enredadera o el dodder, o por un tipo de ray-grass distinto del ray-grass común, que a veces se utiliza como planta forrajera.

Estos alcanzarán, como anuncian los profetas, la perfección del escándalo y la abominación en toda su actividad terrenal. Por ejemplo: Deuteronomio 9, 27; 11, 31.36; 12, 11.

Deut 9, 27: Acuérdate de tus siervos Abraham, Isaac y Jacob; no mires a la obstinación de este pueblo, a su maldad y a su pecado.

No hemos encontrado ningún versículo convincente en las demás referencias dadas.

He aquí, pues, el sentido universal: Jesús ya había comentado el sentido de la parábola en su catequesis del 27 de octubre de 1943.

Usted se preguntará: "¿Pero puede haber traidores entre los discípulos? " Véase el capítulo anterior, en EMV 180.8. La traición de uno de los discípulos de Juan el Bautista, que llevó a la detención del profeta, causó un gran revuelo.

Todas las demás semillas fueron sembradas allí por el enemigo: ortigas, grama, cuscús, correhuela, cicuta y hierbas venenosas. La cuscuta de Palestina (cuscuta palaestina) es un parásito que rodea las plantas con numerosos chupones. Ver conocimientos botánicos notables.

¿Has visto alguna vez lo bonitas que son, con sus florecillas que se convierten en muchas bolitas blancas, rojas, azul-púrpura? Bolas rojas: Agridulce (Solanum dulcamara). Se cree que sus bayas provocan dolor abdominal, vómitos y dolores de cabeza. Se encuentran en el sur de Eurasia.

Bolas azul-violeta: Es el caso de la corroyera de hojas de mirto (corriara myrtifolia). Sus frutos azul-púrpura son apetitosos, pero provocan intoxicaciones etílicas en los rebaños que los consumen. En determinadas condiciones pueden ser mortales. Sin embargo, esta planta sólo es común en el Mediterráneo occidental. También puede ser el caso de la brionia dioica (Bryonia dioica). Se trata de una planta trepadora con zarcillos que, en contacto con la piel, puede provocar dermatitis con diversos grados de irritación. La ingestión de partes de la planta (bayas, raíz) provoca vómitos y diarrea, y puede tener consecuencias graves (delirio, calambres, etc.). Unas pocas docenas de bayas de atractivos colores bastan para matar a un niño.

¡La gente buena cree que los demás son tan buenos como ellos! ¡Ah, qué verdad que eleva al maestro y condena a los que le traicionan! Durante la relectura del manuscrito por parte del padre Migliorini, Maria Valtorta anotó en este punto: "Trabajar para redimir con bondad, trabajar sin esperanzas ni ilusiones, por puro deseo de cumplir al máximo con el propio deber, trabajar para que los demás no se den cuenta de que éste es malo, para que no le odien... ¡Qué divina lección da el Divino Maestro a los guías espirituales y a todos los cristianos!"

"Dios no permite que nos opongamos al triunfo de su amorosa voluntad más de lo que es útil". En una hoja insertada en la copia mecanografiada, Maria Valtorta escribió:

"Dios ha dado al hombre el intelecto para comprender, la razón para guiarse como criatura razonable, la conciencia para aconsejar, la ley para saber regularse, la libertad para merecer lo que quiera merecer: Dios y la gloria, o el infierno y la condenación.

Además, le ha dado la gracia, o la predestinación a la gracia, para que sea un estímulo, o un medio, de elevar las cosas enumeradas a continuación a un nivel capaz de darle un gusto santo por lo sobrenatural y por Dios.

Ahora bien, en el hombre inteligente, razonable, consciente, libre y, sobre todo, instruido en la Fe, conocedor de su último fin y de la Ley divina, sólo deben existir las acciones que la Ley prescribe y el conocimiento del fin incita a practicar, así como la razón y la conciencia las indican como buenas para todos, incluso para los que no conocen la religión revelada, a fin deobtener la recompensa eterna que el intelecto humano, tanto más cuando está iluminado por la Gracia, son infinitamente superiores a todas las concepciones que un creyente pueda imaginar.

Pero sucede a veces que el hombre, actuando contra la razón, convierte su libertad en yugo de la más cruel de las esclavitudes: la del demonio y la del pecado, prefiriendo el Mal al Bien.

Aunque Dios permita al hombre hacer lo que quiera por su propia voluntad, para juzgarlo y confirmarlo en gracia o para juzgar que merece castigo, nada disminuye la culpa del hombre. Porque si bien es verdad que el hombre, por indicación de Dios o por instigación de Satanás, puede hacer el bien o el mal, no es menos verdad que el hombre debe seguir sólo a Dios y sus amorosas invitaciones, pues de Él ha recibido todos aquellos dones naturales, morales y sobrenaturales capaces de hacer de él un hijo de Dios, un heredero del Reino."

Evangelio de Mateo 13, 23-30; 36-43

Mt 13, 23-30; Mt 13, 36-43: El que recibió la semilla en tierra buena es el que escucha la Palabra y la entiende: da fruto a razón de cien, o de sesenta, o de treinta por uno". Les dio otra parábola: "El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero mientras la gente dormía, vino su enemigo, sembró cizaña entre el trigo y se fue. Cuando el tallo creció y produjo una espiga de trigo, apareció también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron y le dijeron: "Señor, ¿no es éste buen grano el que has sembrado en tu campo? ¿De dónde ha salido la cizaña?". Él les respondió: "Lo ha hecho un enemigo". Los criados le dijeron: "¿Quieres que vayamos y la quitemos?". Él respondió: "No, si quitáis la cizaña, corréis el riesgo de arrancar al mismo tiempo el trigo. Dejad que crezcan juntos hasta el tiempo de la siega; y al tiempo de la siega diré a los segadores: "Quitad primero la cizaña, atadla en manojos para quemarla; en cuanto al trigo, recogedlo para llevarlo a mi granero"".

Luego dejó a la gente y volvió a casa. Sus discípulos se le acercaron y le dijeron: "Explícanos claramente la parábola de la cizaña en el campo". Él les respondió: "El Hijo del hombre es el que siembra la buena semilla; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. El enemigo que la sembró es el diablo; la cosecha es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Así como la cizaña es arrancada y arrojada al fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y sacarán de su reino a todos los que hacen tropezar y a todos los que hacen el mal, y los arrojarán al horno, donde habrá llanto y crujir de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oído, que oiga.

ECR 184.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Escuchad ahora la parábola del trabajo de Dios en los corazones para instaurar en ellos su Reino (porque cada corazón es un pequeño Reino de Dios en la tierra: después, más allá de la muerte, todos estos pequeños reinos se congregan en uno solo, en el ilimitado, santo, eterno Reino de los Cielos).

El Sembrador divino crea el Reino de Dios en los corazones. Va a su propiedad — el hombre es de Dios y, por tanto, todos los hombres inicialmente le pertenecen — y esparce su semilla; luego va a otras propiedades, a otros corazones. Suceden los días a las noches y las noches a los días: los días aportan sol y lluvias (en este caso, rayos de amor divino y efusión de la divina sabiduría que habla al espíritu); las noches, estrellas y silencio sosegado (en nuestro caso, destellos de Dios que reclaman nuestra atención y silencio para el espíritu, para que el alma se recoja y medite).

La semilla, con esta serie de favores imperceptibles — aunque potentes —, se hincha, se abre, echa raíces, arraiga fuertemente en el terreno, da sus primeras hojitas, y crece; y todo ello sin la ayuda del hombre. La tierra, espontáneamente, produce de la semilla el tierno tallo, luego se fortalece el tallo para sostener a la espiga naciente, luego la espiga se eleva, engruesa, se endurece, se dora, se hace dura, perfecta en su granazón. Una vez madura, vuelve el sembrador y mete su hoz porque a esa semilla le ha llegado el tiempo de su plenitud; no podría ganar más en perfección y por ello es cortada.

Mi palabra realiza esta misma operación en los corazones. Me refiero a los corazones que acogen la simiente. Pero el proceso es lento. No hay que actuar intempestivamente, de modo que todo se estropee. ¡Cuánto le cuesta a la pequeña semilla abrirse; cuánto, hincar en la tierra sus raíces! Pues también le es penoso al corazón duro y salvaje este proceso: debe abrirse, dejarse hurgar, acoger cosas nuevas y alimentarlas con esfuerzo, aparecer distinto al estar revestido de cosas humildes y útiles y no ya de la atractiva, pomposa e inútil exuberante floración que antes le revestía; debe conformarse con trabajar humildemente, sin atraer hacia sí la admiración, para beneficio de la Idea divina; debe exprimir todas sus capacidades para crecer y producir espiga; debe ponerse incandescente de amor para ser trigo. Y, una vez superados respetos humanos verdaderamente muy penosos, después de haber trabajado y haber sufrido y haber tomado afecto a su nueva vestidura, entonces debe despojarse de ella con cruel tajo. Dar todo para tener todo. Acabar despojo para ser revestido en el Cielo con la estola de los santos. Yo os digo que la vida del pecador que se hace santo es el combate más largo, heroico y glorioso.

Anotación

Evangelio de Marcos 4, 26-32

Mc 4, 26-32 : Dijo: "El reino de Dios es semejante a un hombre que siembra en la tierra: noche y día, tanto si duerme como si se levanta, la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo. Por sí misma, la tierra produce primero hierba, luego una espiga y, finalmente, una espiga de trigo. Y en cuanto el trigo está maduro, le mete la hoz, porque ha llegado el tiempo de la siega". Y añadió: "¿Con qué podemos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola podemos utilizar para representarlo? Es como un grano de mostaza: cuando se siembra, es la más pequeña de todas las semillas. Pero cuando la siembras, crece y supera a todas las hortalizas; y extiende largas ramas, de modo que las aves del cielo pueden hacer sus nidos a su sombra".

ECR 187.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

187.4

«¡Será precioso! Dicen que desde la cima, concretamente desde un punto de ella, se ve el mar grande, el de Roma. ¡Me gusta mucho! ¿Nos llevas a verlo?» suplica Juan, con su rostro de niño bueno alzado hacia Jesús.

«¿Por qué te gusta tanto verlo?» pregunta Jesús acariciándolo.

«No lo sé... Porque es grande y no se ve el límite... Me hace pensar en Dios... Cuando estuvimos en el Líbano, vi por primera vez el mar. Porque yo sólo había navegado el Jordán o nuestro pequeño mar... y lloré de emoción. ¡Tanto azul! ¡Tanta agua!... ¡Y que no se desborda nunca!... ¡Qué cosa más maravillosa! Y los astros, que trazan caminos de luz sobre la superficie del mar... ¡Oh, no os riáis de mí! Miraba el camino de oro del Sol hasta quedar cegado, el de plata de la Luna hasta henchir de fijo candor mis ojos, y los veía perderse muy lejos. Esos caminos me hablaban, me decían: “Dios está en aquella lejanía infinita, éstos son los caminos de fuego y pureza que un alma debe seguir para ir a Dios. Ven. Adéntrate en el infinito, remando por estos dos caminos y encontrarás al Infinito”».

«Eres poeta, Juan» dice Judas Tadeo admirado.

«No sé si esto es poesía, sé que me enciende el corazón».

«Pero si has visto el mar también en Cesarea y en Tolemaida, y bien cerca; ¡estábamos en la orilla! No veo la necesidad de recorrer tanto camino para ver más agua de mar. En el fondo... nosotros hemos nacido en el agua...» observa Santiago de Zebedeo.

«¡Y, por desgracia, también ahora estamos en el agua!» exclama Pedro, que, habiéndose distraído un momento por escuchar a Juan, no ha visto un charco traicionero y se ha puesto pingando... Se echan a reír; el primero, él.

Pero Juan responde: «Es verdad, pero desde lo alto es más bonito: se ve más y más lejos; se piensa más alto y con más amplitud... se desea... se sueña...». Juan verdaderamente ya está soñando... Mira hacia delante. Sonríe ante su sueño... Parece una rosa color carne salpicada de menudísimo rocío: efectivamente, su piel lisa y clara de joven rubio aparece intensamente aterciopelada y asperjada de fino sudor, de forma que asemeja ahora más todavía a un pétalo de rosa.

«¿Qué deseas? ¿Qué estás soñando?» pregunta Jesús a su predilecto en voz baja (parece un padre dirigiéndose con dulzura a su querido hijito que habla mientras duerme dulcemente): se lo pregunta con tanta dulzura — para no lacerar el sueño del enamorado —, que realmente hay que decir que le está hablando en el alma.

«Deseo ir por ese mar infinito... hacia otras tierras allende él... Deseo ir allí para hablar de ti... Sueño... sueño con ir a Roma, a Grecia, a los lugares oscuros para llevar la Luz... y así los que viven en las tinieblas entren en contacto contigo y vivan en comunión contigo, Luz del mundo... Sueño con un mundo mejor... con un mundo que mejorar a través de tu conocimiento, o sea, a través del conocimiento del Amor que nos hace buenos, puros, héroes... con un mundo que se ame en tu Nombre, y que por encima del odio, del pecado, la carne, el vicio de la mente, por encima del oro, por encima de todas las cosas, alce tu Nombre, tu Fe, tu Doctrina... y sueño con ir con estos hermanos míos por el mar de Dios, recorriendo caminos de luz, a llevarte a ti... de la misma forma que en su momento tu Madre te trajo del Cielo aquí, entre nosotros... Sueño con ser ese niño que, no conociendo sino el amor, se mantiene sereno incluso ante los tormentos... y que canta para infundir ánimo a los adultos, que reflexionan demasiado, y camina hacia la muerte sonriendo, hacia la gloria con aquella humildad de quien no sabe lo que hace, de quien sólo sabe que está yendo a ti, Amor...».

Los apóstoles se han quedado sin respiración durante la extática confesión de Juan; parados donde estaban, miran al más joven, oyéndole hablar con los ojos velados por sus párpados cual velo extendido sobre el ardor que sube del corazón; miran a Jesús, que se transfigura de alegría al verse tan completamente identificado en su discípulo...

Juan termina de hablar en una posición un poco inclinada hacia el suelo que recuerda la gracia de la humilde Virgen de la Anunciación de Nazaret; Jesús le besa entonces en la frente y dice: «Iremos a ver el mar, para que sueñes otra vez con la realización de mi Reino en el mundo».

ECR 191.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Quisiera poderos ayudar a todos, incluso materialmente, pero no puedo. Éste es mi pesar. Sólo puedo señalaros el Cielo; sólo puedo enseñaros la gran sabiduría de la resignación y prometeros el Reino futuro. (...) Es mejor ser Lázaros que Epulones, creedme. ¡Bienaventurados seréis, si llegáis a creer esto!

ECR 194.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Dices que abrirás las puertas de los Cielos. ¿No están cerradas por el gran Pecado? Mi mamá me decía que ninguno podría entrar hasta que no viniera el perdón y que los justos lo esperaban en el Limbo».

«Así es. Pero Yo, tras predicar la palabra de Dios y obteneros el perdón, iré al Padre, y le diré: “He cumplido toda tu voluntad, ahora quiero mi premio por mi sacrificio. Que vengan los justos que están esperando tu Reino”. Y el Padre me dirá: “Sea como quieres”. Entonces descenderé a llamar a todos los justos y el Limbo abrirá sus puertas al oír mi voz, y saldrán jubilosos los santos Patriarcas, los luminosos Profetas, las mujeres benditas de Israel y... ¿te imaginas cuántos niños? ¡Será como un prado florecido de niños de todas las edades! Y me seguirán, cantando, ascendiendo al hermoso Paraíso».

ECR 203.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

“Santificado sea tu Nombre”.

Es el Nombre más santo y tierno que existe. El terror del culpable os ha enseñado a celarlo bajo otro. No. Basta ya de decir “Adonái”, basta. Es Dios. Es ese Dios que en un exceso de amor ha creado a la Humanidad. La Humanidad, de ahora en adelante, purificados sus labios con el lavacro por mí preparado, llámele por su Nombre, esperando a comprender con plenitud de sabiduría el verdadero significado de este incomprensible Nombre cuando, fundida con Él, en sus mejores hijos, sea elevada al Reino que he venido a instaurar.

Anotación

Lo que he llegado a encontrar: en una copia mecanografiada, María Valtorta escribió: "Así como Jesús 'reveló al Padre' (Jn 1,18) durante su ministerio de Maestro y en la forma en que pudo revelarlo a los vivos, así será siempre a través del Verbo, el Hijo del Padre, como los ciudadanos del Reino de Dios conocerán a Dios. "

ECR 203.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

“Venga tu Reino a la tierra como está en el Cielo”.

Desead con todas vuestras fuerzas que venga; si viniera, la alegría habitaría la tierra. El Reino de Dios en los corazones, en las familias, en las gentes, en las naciones. Sufrid, trabajad, sacrificaos por este Reino. Sea la tierra espejo que refleje en las personas la vida del Cielo. Llegará. Un día llegará todo esto. Pero antes de que la tierra posea el Reino de Dios, han de venir siglos y siglos de lágrimas y sangre, de errores y persecuciones, de bruma rasgada por destellos de luz irradiados por el Faro místico de mi Iglesia (la cual, si bien es barca — y no será hundida — es también arrecife que resiste cualquier golpe de mar, y mantendrá alta la Luz, mi Luz, la Luz de Dios). Cuando esto llegue, será como la llamarada intensa de un astro que, alcanzada la perfección de su existencia, se disgrega, cual desmesurada flor de los jardines celestes, para exhalar, en un rutilante latido, su existencia y su amor a los pies de su Creador. Llegar, llegará; entonces comenzará el Reino perfecto, beato, eterno, del Cielo.

ECR 206.2-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El Reino de los Cielos es la casa del desposorio que Dios celebra con las almas: el momento de entrada en aquél se identifica con el día de la boda.

Pues bien, escuchad. Entre nosotros es costumbre que las doncellas sigan en cortejo al novio cuando va a la casa nupcial, para conducirle, entre luces y cantos, adonde su dulce novia. El cortejo, entonces, deja la casa de la novia. Ésta, velada, llena de emoción, se dirige, acompañada del novio, como verdadera reina, a su lugar; a una casa que no es suya, pero que lo será desde el momento en que se haga una sola carne con su esposo. El cortejo, en su mayoría compuesto por amigas de la novia, corre a recibir a esta pareja feliz, para rodearlos de una aureola de luces.

Pues bien, en un pueblo se celebró una boda. Mientras los novios, con los parientes y amigos, lo festejaban en casa de la novia, diez vírgenes se dirigieron al lugar establecido (el vestíbulo de la casa del novio) para estar preparadas a salir al encuentro de éste cuando llegase a sus oídos el lejano toque de címbalos, anunciador de que los novios ya habrían dejado la casa de la novia para ir hacia la del novio. Pero... el banquete se prolongaba en la casa de la ceremonia nupcial... y llegó la noche.

Como sabéis, las vírgenes mantienen continuamente encendidas las lámparas para no perder tiempo en el momento señalado. Ahora bien, de estas diez vírgenes, todas con sus lámparas bien encendidas y resplandecientes, había cinco sensatas y cinco necias. Las sensatas, llenas de prudencia, se habían proveído de pequeños recipientes llenos de aceite, para poder alimentar las lámparas si la espera se hubiera alargado más de lo previsible; las necias se habían limitado a llenar bien las lamparitas.

Y pasaron las horas... La espera estuvo animada de alegres conversaciones, agudezas, relatos; pero llegó un momento en que ya no supieron más cosas que decir ni que hacer. Aburridas, o simplemente cansadas, las diez jóvenes se sentaron más cómodamente, con sus lámparas encendidas, bien cerca de ellas, y poco a poco se fueron quedando dormidas.

206.3

A media noche se oyó un grito: “¡Está llegando el novio, salid a su encuentro!”. Ante esto, las diez jóvenes se pusieron en pie, cogieron sus velos y las guirnaldas, se arreglaron y, sin pérdida de tiempo, fueron por las lámparas a la repisa en que las habían dejado: cinco de ellas ya languidecían: la mecha, sin aceite que la alimentase, consumida toda, despedía relumbros cada vez más débiles, y humo, y amenazaba con apagarse al mínimo movimiento del aire. Las otras cinco lámparas, por el contrario, alimentadas por las vírgenes prudentes antes de entregarse al sueño, mantenían vivas sus llamas, y más se avivaron aún porque añadieron aceite nuevo al vasito de la lámpara.

Entonces las vírgenes necias suplicaron: “¡Dadnos un poco de vuestro aceite, que, si no, las lamparas se nos van a apagar con solo moverlas; las vuestras lucen ya bien!...”. Mas las prudentes respondieron: “Afuera sopla el viento de la noche, desciende denso rocío; nunca es suficiente el aceite para alimentar una llama fuerte, capaz de resistir el viento y el relente. Si os damos una parte, también vacilará nuestra luz. ¡Sería muy triste un cortejo de vírgenes sin el titileo de las lamparillas! Id corriendo a donde el proveedor más cercano; suplicadle, llamad a su puerta, haced que se levante de la cama para daros aceite”. Y, corriendo y tropezando, angustiadas, siguieron el consejo de sus compañeras; ajando los velos, manchándose los vestidos, perdiendo las guirnaldas.

He aquí que, mientras éstas iban a comprar el aceite, apareció en el fondo del camino la figura del novio, que venía con la novia. Entonces, las cinco vírgenes que tenían las lámparas encendidas corrieron a su encuentro; circundados por ellas, los novios entraron en la casa para la conclusión de la ceremonia (el acompañamiento de la novia por parte de las vírgenes hasta el aposento nupcial). Entraron los novios en la casa y la puerta fue cerrada: quien estaba fuera fuera se quedó. Esto les pasó a las cinco vírgenes necias, las cuales regresaron con el aceite, pero se encontraron con la puerta cerrada: fue inútil que golpearan hasta herirse las manos y gimiendo: “¡Señor, señor, ábrenos! Somos del cortejo de la boda; somos las vírgenes propiciatorias, elegidas para dar honor y buena fortuna a tu tálamo”.

El novio, desde la parte alta de la casa, dejando un momento solos a los invitados más íntimos, de los que se estaba despidiendo mientras la novia entraba en la cámara nupcial, dijo: “En verdad os digo que no os conozco. No sé quiénes sois. No he visto vuestros rostros jubilosos alrededor de mi amada. Sois usurpadoras. Quedaos, pues, fuera de la casa de la boda”. Y las cinco necias se marcharon, llorando, por los caminos oscuros, con sus lámparas, que ya no les hacían falta, con sus vestiduras ajadas, los velos rasgados, las guirnaldas deshechas, o incluso sin guirnaldas...

206.4

Escuchad ahora el significado contenido en la parábola.

Al principio os he dicho que el Reino de los Cielos es la casa del desposorio que Dios celebra con las almas. Todos los fieles están llamados al desposorio celeste, porque Dios ama a todos sus hijos: para unos antes, para otros después, se presenta el momento del desposorio; y el hecho de haber llegado a él es gran ventura. Escuchad lo que os digo ahora. No ignoráis que las jóvenes consideran un honor y una suerte el ser llamadas para formar el cortejo de la novia. Apliquemos a nuestro caso concreto los personajes; veréis como entenderéis mejor.

El Esposo es Dios; la esposa, el alma de un justo a la que — habiendo cumplido el período de su noviazgo en la casa del Padre, es decir, velando por la doctrina de Dios y obedeciéndola y viviendo según la justicia — acompañan a la casa del Novio para celebrar el matrimonio. Las vírgenes del cortejo son las almas de los fieles que, siguiendo el ejemplo de la novia — haber sido elegida por su Prometido por sus virtudes es signo de que era un ejemplo vivo de santidad —, tratan de alcanzar este mismo honor santificándose.

206.5

Su vestido es blanco, está limpio, lozano; blancos son sus velos; están coronadas de flores. Llevan lámparas encendidas en sus manos. Las lámparas están muy limpias; su mecha, embebida del más puro aceite, para que no despida mal olor.

Su vestido es blanco. La justicia, cuando se practica firmemente, da vestido blanco (que — pronto — un día se hará blanquísimo, sin el más lejano recuerdo de mancha alguna, de una blancura supranatural, angélica).

Su vestido está limpio. Es necesario tener, con la humildad, siempre limpio el vestido. Es muy fácil empañar la pureza del corazón. Quien no tiene corazón limpio no puede ver a Dios. La humildad es como agua que lava. Quien es humilde se da cuenta en seguida — su ojo no está empañado por el humo del orgullo — de que ha manchado su vestido y corre hacia su Señor y dice: “He privado de pureza a mi corazón. Lloro para purificarme. A tus pies lloro. ¡Sol mío, da blancura con tu benigno perdón, con tu amor paterno, a este vestido mío!”.

Un vestido lozano. ¡Ah, la lozanía del corazón!: los niños la tienen por don de Dios; los justos, por don de Dios y por su propia voluntad; los santos, por don de Dios y por la voluntad llevada al heroísmo... ¿Y los pecadores, que tienen el alma lacerada, quemada, envenenada, sucia?, ¿no podrán volver a tener jamás un vestido lozano? No, no, sí que pueden. Ya desde el momento en que se miran con repulsa empiezan a tener esta lozanía; la aumentan cuando deciden cambiar de vida; la perfeccionan cuando, con la penitencia, se lavan, se desintoxican, se medican, reconstituyen su pobre alma. Con la ayuda de Dios — que no niega su santo auxilio a quien se lo pide —, con su propia superheroica voluntad — su trabajo es doble, triple, o séxtuplo, pues en ellos no se trata de tutelar lo que tienen, sino de reconstruir lo que ellos mismos han echado por tierra — y con penitencia incansable, implacable, respecto a ese yo que fue pecador, los pecadores restituyen la lozanía infantil a su alma, preciosa ahora por su experiencia, que los hace maestros de otros que son como eran ellos, es decir, pecadores.

Velos blancos. ¡Es la humildad! Tengo dicho: “Cuando oréis o hagáis penitencia, que el mundo no se percate de ello”. En los libros sapienciales está escrito: “No se debe revelar el secreto del Rey”. La humildad es ese velo cándido y protector que recubre el bien que hacemos y el bien que Dios nos concede. No se gloríe — necia gloria humana — el corazón por el amor de privilegio concedido por Dios: inmediatamente le sería arrebatado el don; cante, más bien, internamente a su Dios: “Mi alma te ensalza, Señor... porque has vuelto tu mirada a la pequeñez de tu sierva”».

Jesús interrumpe brevemente su discurso y fija su mirada en su Madre, que, muy ruborizada bajo su velo, se inclina mucho como si quisiera ordenar los cabellos del niño, que está sentado a sus pies; en realidad lo que quiere es celar la emoción que siente a causa de su recuerdo…

Coronada de flores. El alma debe trenzarse diariamente su propia guirnalda de actos virtuosos, porque en presencia del Altísimo no debe haber nada ajado, ni se puede tener aspecto desaliñado. Diariamente, he dicho. El alma, efectivamente, no sabe cuándo Dios-Esposo puede aparecer para decir: “Ven”. Así que no puede uno cansarse jamás de renovar la corona. No tengáis miedo. Las flores marchitan, pero las de las coronas de virtudes no marchitan. El ángel de Dios que todo hombre tiene a su lado recoge a diario estas guirnaldas y las lleva al Cielo: allí harán de trono al nuevo beato cuando, como esposa en la casa nupcial, entre.

206.6

Tienen las lámparas encendidas. Para honrar a su Esposo y como luz para el camino. ¡Qué fúlgida es la fe, qué dulce amiga! Su llama es radiante como una estrella, risueña por la seguridad que le da su certidumbre; hace luminoso incluso al instrumento que la sujeta. La carne del hombre alimentado de fe, incluso la carne, parece, ya en este mundo, hacerse más luminosa y espiritual, inmune a una depauperación precoz; porque quien cree se apoya en las palabras y los mandamientos de Dios, que es su fin, para alcanzarle, siendo así que se mantiene lejos de todo tipo de corrupción, y no sufre turbaciones, miedos, remordimientos, ni se ve obligado a recordar sus mentiras o a esconder sus malas acciones, y se conserva en la lozanía y juventud de la hermosa incorrupción del santo. Su carne, su sangre, su mente, su corazón están limpios de toda lujuria, para contener así el aceite de la fe, para lucir sin producir humo. La voluntad constante nutrirá siempre esta luz. La vida de cada día, con sus desilusiones, constataciones, contactos, tentaciones, roces, tiende a reducir la fe. ¡Esto no debe suceder! Id cada día a la fuente del óleo suave, sapiencial, de Dios. Mas la lámpara escasamente alimentada puede apagarse con el más ligero viento o por el relente denso de la noche. La noche... la hora de las tinieblas, del pecado, de la tentación, les llega a todos: es la noche, para el alma. Pero, si ésta está henchida de fe, la llama no podrá ser apagada por el viento del mundo o por la calina de las sensualidades.

En fin, vigilancia, vigilancia, vigilancia. Aquel que, imprudente, se confía diciendo: “Dios llegará antes de que me quede sin luz”, o quien se induce a sí mismo a dormir antes que a velar (¡además duerme sin aquello que necesitaría para estar listo inmediatamente a la primera llamada!), o aquel que espera al último momento para procurarse el aceite de la fe o la mecha fuerte de la buena voluntad... incurren en el peligro de quedarse fuera cuando llegue el Esposo. Velad, por tanto, con prudencia, constancia, pureza, confianza, para estar siempre preparados cuando llame Dios, porque en realidad no sabéis cuándo vendrá Él.

206.7

Queridos discípulos míos, no quiero induciros a temblar ante Dios; antes bien, quiero promover en vosotros la fe en su bondad. Tanto los que os quedáis como los que os marcháis, pensad que, si hacéis lo que hicieron las vírgenes sensatas, seréis llamados no solamente a formar el cortejo del Esposo, sino que — como en el caso de la joven Ester, que fue nombrada reina en substitución de Vastí — seréis escogidos y elegidos como esposas, pues el Esposo “habrá encontrado en vosotros toda gracia y la mayor complacencia”. A los que os marcháis os bendigo; llevad en vosotros estas palabras mías, transmitídselas a vuestros compañeros. La paz del Señor esté siempre con vosotros».

Anotación

Si actuáis como vírgenes prudentes, no sólo seréis llamadas a escoltar al Esposo, sino que, como la joven Ester, que se convirtió en reina en lugar de Vasti, seréis elegidas y elegidos como novias. Vasti - Vasti significa "amada" en persa. Primera esposa de Asuero (= Jerjes, 486-465), rey de Persia, que la repudió porque se negó a asistir a un banquete (Ester 2, 1-18). Ester también se menciona en EMV 136,2 y EMV 414,1.

Evangelio de Mateo 25, 1-13

Mt 25, 1-13 : "Entonces el reino de los cielos se parecerá a diez jóvenes invitadas a una boda, que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco previsoras: las descuidadas llevaban sus lámparas sin aceite, pero las previsoras llevaban botellas de aceite con sus lámparas. Como el novio se retrasaba, todas se adormilaron y se durmieron. En medio de la noche, se oyó un grito: "¡He aquí el novio! Salid a su encuentro". Entonces todas las doncellas se despertaron y comenzaron a preparar sus lámparas. Las despreocupadas pidieron a las previsoras: "Dadnos un poco de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan". Las previsoras respondieron: "Eso nunca será suficiente ni para nosotras ni para vosotras; id en cambio a los mercaderes y comprad un poco para vosotras". Mientras iban a comprar, llegó el novio. Las que estaban preparadas entraron con él en el salón de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde, entraron las otras muchachas y dijeron: "¡Señor, Señor, ábrenos!". Él les respondió: "Os aseguro que no os conozco".

Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora.

Libro de Ester 2, 1-18

Ester 2, 1-18: Después de estas cosas, cuando la ira del rey Asuero se hubo calmado, se acordó de Vasti, de lo que había hecho y de la decisión que se había tomado sobre ella. Entonces los servidores del rey, que estaban de servicio con él, dijeron: "Que se busquen doncellas para el rey, vírgenes y hermosas de semblante; que el rey nombre oficiales en todas las provincias de su reino para que reúnan a todas las doncellas, vírgenes y hermosas de semblante, en Susa, la capital, en la casa de las mujeres, bajo la supervisión de Egeo, eunuco del rey y guardián de las mujeres, quien se encargará de su aseo; y que la doncella que agrade al rey se convierta en reina en lugar de Vasti. " El rey accedió, y así lo hizo.

En Susa, la capital, había un judío llamado Mardoqueo, hijo de Jair, hijo de Semei, hijo de Cis, de la raza de Benjamín, que había sido sacado de Jerusalén entre los cautivos deportados con Jeconías, rey de Judá, por Nabucodonosor, rey de Babilonia. Crió a Edissa, que es Ester, hija de su tío, pues no tenía padre ni madre. Era una muchacha hermosa y de rostro agraciado; cuando murieron su padre y su madre, Mardoqueo la adoptó como hija.

Cuando se publicaron la orden y el edicto del rey y se reunió a un gran número de muchachas en Susa, la capital, bajo la supervisión de Egeo, Ester también fue tomada y llevada a la casa del rey, bajo la supervisión de Egeo, el guardián de las mujeres. La joven le agradó y se ganó su favor; se apresuró a proporcionarle las cosas necesarias para su aseo y subsistencia, a darle siete muchachas escogidas de la casa del rey, y la hizo pasar con ellas una temporada en el mejor piso de la casa de las mujeres. Ester no hizo mención de su pueblo ni de su nacimiento, pues Mardoqueo le había prohibido hablar de ellos. Todos los días Mardoqueo se paseaba por el patio de la casa de las mujeres para ver cómo le iba a Ester y cómo la trataban.

Y cuando llegó el momento de que cada muchacha fuera a ver al rey Asuero, después de haber pasado doce meses haciendo lo que estaba prescrito para las mujeres -y éste era el tiempo de su purificación: durante seis meses se purificaban con aceite de mirra, y durante seis meses con las especias y perfumes que se usaban entre las mujeres-, y la muchacha iba a ver al rey, se le permitía llevar consigo lo que quisiera, ir de la casa de las mujeres a la casa del rey. Iba allí por la noche, y a la mañana siguiente iba a la segunda casa de mujeres, bajo la supervisión de Susagaz, el eunuco del rey y guardián de las concubinas. No volvía al rey si éste no la llamaba por su nombre.

Cuando le llegó el turno de ir a ver al rey, Ester, hija de Abihail, tío de Mardoqueo, que la había adoptado como hija, no pidió más que lo que le había designado Egueo, eunuco del rey y guardián de las mujeres; pero Ester agradaba a todos los que la veían. Ester fue llevada a la casa real del rey Asuero en el décimo mes, el mes de Tebet, en el séptimo año de su reinado. El rey amaba a Ester más que a ninguna otra mujer, y ella ganó más favor y beneplácito con él que ninguna otra joven. Puso la corona real sobre su cabeza y la nombró reina en lugar de Vasti. El rey dio un gran banquete a todos sus príncipes y siervos, el banquete de Ester; dio descanso a las provincias y prodigó generosamente.

ECR 206.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El Reino de los Cielos es la casa del desposorio que Dios celebra con las almas. Todos los fieles están llamados al desposorio celeste, porque Dios ama a todos sus hijos: para unos antes, para otros después, se presenta el momento del desposorio; y el hecho de haber llegado a él es gran ventura.