Ir al contenido

Notas del tema

El misterio del sufrimiento

Página 12 de 54

Comodidad de lectura

Aa

ECR 68.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Preparad vuestros corazones a la gracia de la Redención cercana. El Redentor está entre vosotros. Dichosos los dignos de ser redimidos por haber tenido buena voluntad.

Palabras clave

ECR 69

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús sale del Templo con Judas. Judas quiere ir con él, pero Jesús le dice que tiene que rezar con el Padre. Afirma que el espíritu debe primar siempre sobre la carne, y que casi hay que matar la carne en favor de la vida sobrenatural. Judas pregunta entonces cómo es posible que no nos preocupemos por la carne y evoca el mandamiento "No matarás". Jesús respondió que debemos comer con continencia, sin envenenarnos ni comer en exceso, porque eso halaga nuestro gusto. A continuación, retomó el tema del suicidio y habló largo y tendido sobre él. Cristo declara que quien se suicida peca por orgullo. Judas señala que la gente se suicida por desesperación, pero Jesús dice que la desesperación no es otra cosa que orgullo: porque creemos que no tenemos ayuda en ninguna parte, ni siquiera de Dios, que es Padre y puede tendernos la mano. Judas señala que todos los que se suicidaron en las Escrituras antes de su venida habían pecado, pero el Maestro declara que habrán podido recibir la Misericordia de Dios, aunque nunca esté permitido hacer violencia a uno mismo ni a los demás. Después de la venida del Verbo, en cambio, el pecado del suicidio será siempre severamente condenado por la Justicia de Dios si el pecador se suicida, declarando que queda separado para siempre de Dios y no puede recibir el perdón de Dios. Puesto que la vida es un don de Dios, debemos amarla y utilizarla para ganar la eternidad.

Judas comprende el pensamiento de Cristo, pero tiene dificultades para aplicarlo. Hablan de la tentación de Cristo, y luego Jesús habla de los ángeles (espíritus puros) y del hombre, rey de la creación, a quien Jesús ha venido a rehabilitar.

A punto de dejar a Jesús, Judas le pregunta si no puede llevarlo a otro lugar que no sea el olivar, para que sea "mejor considerado". Pero, aunque Jesús le agradece su consideración, le gusta quedarse en este ambiente humilde. Vendrá para todos, tanto para los pequeños como para los grandes, pero sobre todo se quedará donde haya humildad. Finalmente, los dos hombres se separan poco después.

ECR 69.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Es verdad que matarse es igual que matar. La vida es don de Dios, ya sea la propia o la ajena, y sólo a Dios, que la ha otorgado, le está reservado el poder de quitarla. Quien se mata confiesa su soberbia, y Dios odia la soberbia».

«¿La soberbia, confiesa? Yo diría la desesperación».

«¿Y qué es la desesperación sino soberbia? Considera esto, Judas: ¿Por qué uno pierde la esperanza?: o porque las desventuras se ensañan con él y quiere vencerlas por sí solo, sin ser capaz de tanto; o bien porque es culpable y juzga de sí mismo que Dios no lo puede perdonar. Tanto en el primero como en el segundo caso, ¿no es reina la soberbia? El hombre que quiere por sí solo resolver las cosas carece de la humildad de tender la mano al Padre diciéndole: “Yo no puedo, pero Tú sí puedes. Ayúdame, porque espero todo, todo lo estoy esperando, de Ti”. El otro hombre, el que dice: “Dios no puede perdonarme”, lo hace porque midiendo a Dios con el patrón de sí mismo sabe que otra persona, ofendida como él ha ofendido, no podría perdonarle. O sea, también aquí hay soberbia. El humilde siente compasión y perdona aunque sufra por la ofensa recibida. El soberbio no perdona. Es además soberbio porque no sabe bajar la cabeza y decir: “Padre, he pecado, perdona a tu pobre hijo culpable”. ¿O es que no sabes, Judas, que el Padre está dispuesto a disculpar todo, si se pide perdón con corazón sincero y contrito, con corazón humilde y deseoso de resucitar al bien?».

«Pero ciertos delitos no deben perdonarse, no pueden ser perdonados».

«Eso lo dices tú. Y hasta será verdad, si el hombre así lo quiere. Pero, en verdad, ¡oh!, en verdad te digo que incluso después del delito de los delitos, si el culpable corriera a los pies del Padre — se llama Padre por esto, Judas, y es Padre de perfección infinita — y, llorando, le suplicara que le perdonase, ofreciéndose a la expiación pero sin desesperación, el Padre le daría el modo de expiar para merecerse el perdón y salvar el espíritu».

69.3 «Entonces dices que los hombres que la Escritura cita, y que se mataron, hicieron mal».

«No es lícito hacer violencia a nadie, y tampoco uno a sí mismo. Hicieron mal. Conociendo relativamente el bien, habrán obtenido de Dios, en ciertos casos, misericordia. Pero a partir de que el Verbo haya aclarado toda verdad y haya dado fuerza a los espíritus con su Espíritu, desde entonces, ya no le será concedido el perdón a quien muera desesperado. Ni en el instante del juicio particular, ni, después de siglos de Gehena, en el Juicio Final, ni nunca. ¿Es dureza de Dios? No: justicia. Dios dirá: “Tú, criatura dotada de razón y de sobrenatural ciencia, creada libre por Mí, decidiste seguir el sendero elegido por ti, y dijiste: ‘Dios no me perdona. Estoy separado para siempre de Él. Juzgo que debo aplicarme por mi mismo justicia por mi delito. Dejo la vida para huir de los remordimientos’, sin pensar que ya no habrías sentido remordimientos si hubieras venido a mi seno paterno. Recibe eso mismo que has juzgado. No violento la libertad que te he dado”.

Esto le dirá el Eterno al suicida. Piénsalo, Judas. La vida es un don, y hay que amarla. ¿Y qué don es? Don santo. Así que ha de ser amada santamente. La vida dura mientras la carne resiste. Luego empieza la Vida grande, la eterna Vida: de beatitud para los justos, de maldición para los no justos. La vida, ¿es fin o es medio? Es medio. Sirve para el fin, que es la eternidad. Pues démosle entonces a la vida aquello que le haga falta para durar y servir al espíritu en su conquista. Continencia de la carne en todos sus apetitos, en todos. Continencia de la mente en todos sus deseos, en todos. Continencia del corazón en todas las pasiones que saben a humano. Sea, por el contrario, ilimitado el impulso hacia las pasiones celestes: amor a Dios y al prójimo, voluntad de servir a Dios y al prójimo, obediencia a la Palabra divina, heroísmo en el bien y en la virtud.»

ECR 72.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Mira, Judas. Yo vengo de una casta perseguida por... por haber entendido mal qué y cómo debe ser el Mesías. Sí. Si nosotros le hubiéramos esperado con justa visión de su ser, no habríamos podido caer en errores que son blasfemias contra la Verdad y rebelión contra la ley de Roma; por lo cual fuimos castigados por Dios y por Roma. Hemos querido ver en el Cristo un conquistador y un libertador de Israel, un nuevo Macabeo, y más grande que el gran Judas... Esto sólo. Y ¿por qué? Porque hemos cuidado más de nuestros intereses (los de la patria y los de los ciudadanos) que de los intereses de Dios. ¡Oh!, santo es también el interés de la patria. Pero, ¿qué es comparado con el Cielo eterno? He aquí cuanto he pensado y visto en las largas horas de persecución, primero, y de segregación, después; cuando, fugitivo, me escondía en las madrigueras de los animales salvajes, condividiendo con ellos lecho y alimento, para escapar de la fuerza romana, y sobre todo de las delaciones de los falsos amigos; o cuando, esperando la muerte, ya gustaba el olor del sepulcro en mi cueva de leproso: he visto la figura verdadera del Mesías... la tuya, Maestro humilde y bueno, la tuya, Maestro y Rey del espíritu, la tuya, oh Cristo, Hijo del Padre que al Padre conduces, y no a los palacios de tierra, no a las deidades de barro. Tú... ¡oh!, me resulta fácil seguirte... porque — perdona mi osadía que se proclama justa — porque te veo como te he pensado; te reconozco, en seguida te reconocí. Sí, no ha sido un conocimiento de ti, sino un reconocer a Uno que ya el alma había conocido...».

«Por esto te he llamado... y por esto te llevo conmigo, ahora, en este primer viaje mío por Judea.

72.6 Quiero que completes el reconocimiento... y quiero que también éstos, a los cuales la edad los hace menos capaces de llegar a lo verdadero por medio de meditación severa, sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora... Entenderéis luego.»

Detalle

Simón el Zelote habla con Judas.

Anotación

Primer libro de los Macabeos, 3, 1-26 :

1 M 3, 1-26 : Después de la muerte de Matatías, su hijo Judas, llamado Macabeo, se levantó en su lugar. Todos sus hermanos y todos los seguidores de su padre acudieron en su ayuda y lucharon gustosamente por Israel.

Judas extendió la gloriosa reputación de su pueblo. Vestido con su armadura como un héroe, y armado con sus armas de guerra, libraba batallas, protegiendo el campamento con su espada. Como un león en acción, como un cachorro que ruge hacia su presa, cazaba a los hombres infieles a la Ley, los perseguía y entregaba al fuego a los que perturbaban a su pueblo.

Como resultado del miedo que inspiraba, los hombres infieles a la Ley fueron abatidos y todos los malhechores entraron en pánico. Por su mano llegó la salvación. Amargó la vida a muchos reyes, y Jacob se alegró de sus hazañas. Su memoria es bendita para siempre.

Recorrió las ciudades de Judá y aniquiló a los impíos. Apartó la ira que pesaba sobre Israel. Su nombre se oyó hasta los confines de la tierra y reunió a los que estaban a punto de perecer.

Entonces Apolonio reunió a paganos y a un gran ejército de Samaria para luchar contra Israel. Judas fue informado de ello. Salió a su encuentro, lo golpeó y lo mató. Hubo muchas víctimas, y los supervivientes huyeron. Se recogió el botín, y Judas tomó la espada de Apolonio para usarla en la batalla todos los días.

Seronio, comandante del ejército sirio, se enteró de que Judas había reunido a su alrededor un grupo, una asamblea de fieles, para marchar a la batalla. Se dijo a sí mismo: "Me haré un nombre y me daré gloria en el reino. Lucharé contra Judas y sus compañeros, que desprecian el mandato del rey". Y partió a su vez, acompañado de una numerosa banda de impíos, para vengarse de los hijos de Israel.

Cuando se acercaba a la subida a Bethoron, Judas le salió al encuentro con un puñado de hombres. Cuando sus hombres vieron la tropa que venía hacia ellos, le dijeron a Judas: "¿Cómo podremos tan pocos de nosotros luchar contra una multitud tan grande y fuerte? Además, estamos agotados, pues hoy no hemos comido nada". Judas replicó: "Es fácil que los muchos caigan en manos de los pocos. Al Cielo no le importa si la salvación se logra a través de muchos hombres o de unos pocos. La victoria en la batalla no depende del tamaño del ejército: la fuerza viene del Cielo.

Vienen a nosotros llenos de orgullo y desprecio por la Ley, para destruirnos a nosotros, a nuestras esposas e hijos, y despojarnos de nuestras posesiones. Luchamos por nuestras vidas y nuestras leyes. El mismo Cielo los aplastará ante nosotros. Así que no les temáis.

Con estas palabras, se abalanzó sobre ellos inesperadamente. Serona y su tropa fueron aplastados ante él. Fueron perseguidos desde Bethorone hasta la llanura. Cayeron unos ochocientos hombres; los demás huyeron al país de los filisteos. Judas y sus hermanos empezaron a inspirar temor, y el pánico se apoderó de las naciones paganas que los rodeaban. El nombre de Judas llegó a oídos del rey, y todos los paganos comentaron sus actos de guerra.

ECR 73.2-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

73.2 Llegan al sepulcro, antiguo pero bien conservado, bien blanqueado. Jesús se detiene a beber en un rústico pozo cercano.

Una mujer, que ha venido a sacar agua, se la ofrece. Jesús le pregunta: «¿Eres de Belén?».

«Lo soy. Pero ahora, en tiempo de recolección, estoy con mi marido en estos campos, para cuidar los huertos y los árboles frutales. Y Tú, ¿eres galileo?».

«Nací en Belén, pero estoy en Nazaret de Galilea».

«¿También Tú perseguido?».

«La familia. Pero por qué dices: “¿También Tú?” ¿Entre los betlemitas hay muchos perseguidos?».

«¿No lo sabes? ¿Cuántos años tienes?».

«Treinta».

«Entonces naciste justamente cuando... ¡oh, qué desdicha! ¿Pero por qué nació aquí Aquél?».

«¿Quién?».

«Aquel que se decía que era el Salvador. Maldición a los necios que, borrachos de sidra, vieron en las nubes ángeles, oyeron en los balidos y rebuznos voces del Cielo y, en la niebla de su embriaguez, tomaron a tres miserables por los más santos de la Tierra. ¡Maldición a ellos! Y a quien creyó en ellos».

«No haces más que proferir maldiciones, pero no me explicas qué sucedió. ¿Por qué esas imprecaciones?».

«Porque... Oye: ¿a dónde quieres ir?».

«A Belén, con mis amigos. Tengo compromisos allí. Debo saludar a viejos amigos y llevarles el saludo de mi Madre. Pero antes querría saber muchas cosas, porque faltamos, nosotros los de la familia, desde hace muchos años. Dejamos la ciudad teniendo Yo pocos meses».

«Antes de la desgracia, entonces.

73.3 Oye, si no te repugna la casa de un campesino, ven a compartir con nosotros el pan y la sal. Tú y tus compañeros. Hablaremos durante la cena y os hospedaré hasta mañana por la mañana. Mi casa es pequeña, pero encima del establo hay mucho heno amontonado. La noche será cálida y serena. Si lo ves oportuno, puedes dormir».

«Que el Señor de Israel te pague tu hospitalidad. Iré con alegría a tu casa».

«El peregrino porta consigo bendición. Vamos. Pero tengo que echar todavía seis ánforas de agua a las verduras que han nacido hace poco».

«Yo te ayudo».

«No. Tú eres un señor; lo dice tu manera de actuar».

«Soy un obrero, mujer. Y éste es pescador. Éstos, judíos, son de censo y de empleo. No Yo». Y toma un ánfora que está recostada sobre su panza junto al bajísimo brocal del pozo, la ata y la descuelga.

Juan le ayuda, y los otros no quieren ser menos. Le dicen a la mujer: «¿Donde está el huerto? Muéstranoslo: llevaremos allí las tinajas».

«¡Dios os bendiga! Tengo los riñones hechos polvo del cansancio. Venid...».

Y, mientras Jesús extrae su cántaro, los tres desaparecen hacia abajo por un senderillo... Después vuelven con los dos cántaros va­cíos; los llenan, vuelven a marcharse... Y esto lo hacen no tres sino diez veces. Y Judas ríe diciendo: «Se está destrozando la garganta de bendecirnos. Le damos tanta agua a la ensalada que durante al menos dos días la tierra estará húmeda y esta mujer no se hará migas los lomos». Cuando vuelve por última vez dice: «Maestro, de todas formas, creo que hemos venido a parar a un mal sitio».

«¿Por qué, Judas?».

«Porque la tiene tomada con el Mesías. Le he dicho: “No blasfemes. ¿No sabes que el Mesías es la mayor gracia para el pueblo de Dios? Yeové se lo prometió a Jacob y a partir de él a todos los Profetas y justos de Israel. ¿Y Tú le odias?” Me ha respondido: “No a Él, sino al que llamaron ‘Mesías’ unos pastores borrachos y unos malditos adivinos de Oriente”. Y como ése eres Tú...».

«No importa. Sé que he sido introducido en el mundo para prueba y contradicción de muchos. ¿Le has dicho que soy Yo?».

«No, no soy estúpido. He querido cubrir tus espaldas y las nuestras».

«Has hecho bien. No por las espaldas, sino porque deseo manifestarme cuando lo juzgue justo. Vamos».

Judas le guía hasta el huerto.

73.4 La mujer vacía los últimos tres cántaros y luego los conduce hacia una rústica construcción entre los árboles frutales. «Entrad» dice. «Mi marido está ya en casa».

Se asoman a una baja y ahumada cocina. «La paz sea en esta casa» saluda Jesús.

«Quienquiera que seas, bendición a ti y a los tuyos. Entra» responde el hombre. Primero trae un barreño con agua para que los cuatro se refresquen y se limpien, luego entran todos y se sientan alrededor de una tosca mesa.

«Os doy las gracias por mi mujer. Me ha dicho lo que habéis hecho. Yo nunca había conocido galileos y me habían dicho que eran burdos y pendencieros. Pero vosotros habéis sido amables y buenos. ¡Estando ya cansados... trabajar tanto! ¿Venís desde lejos?».

«De Jerusalén. Éstos son judíos. Yo y este otro somos de Galilea. Pero, créeme, hombre: el bueno y el malo están en todas partes».

«Es verdad. Yo, como primer encuentro con los galileos, encuentro al bueno. Mujer: trae de comer. No tengo más que pan, verduras, aceitunas y queso. Soy campesino».

«No soy un señor tampoco Yo. Soy carpintero».

«¿Tú? No, a juzgar por tus modales».

La mujer interviene: «Nuestro huésped es de Belén, te lo he dicho, y, si persiguen a los suyos, habrán sido quizás ricos e instruidos como lo eran Josoé de Ur, Matías de Isaac, Leví de Abraham... ¡pobres infelices!...».

«Nadie te ha preguntado. Perdónala. Las mujeres son más charlatanas que las gorrionas por la tarde».

«¿Eran familias de Belén?».

«¿Cómo? ¿No sabes quiénes eran, siendo Tú de Belén?».

«Huimos cuando Yo tenía pocos meses...».

La mujer, que debe ser realmente una cotorra, vuelve a hablar: «Se marchó antes de la masacre».

«¡Ya lo veo! Si no, no estaría en el mundo. ¿No has vuelto nun­ca?».

«No».

73.5 «¡Qué gran desdicha! Encontrarás a pocos de los que — me lo ha dicho Sara — quieres conocer y saludar. A muchos los mataron, muchos huyeron, muchos... ¡bah!, desperdigados, y no se ha sabido nunca si murieron en el desierto o si fueron acallados en la cárcel en castigo de su rebelión. Pero, ¿fue rebelión? ¿Quién habría permanecido inerte dejando degollar a tantos inocentes? No, ¡que no es justo que estén todavía vivos Leví y Elías, y hayan muerto tantos inocentes!».

«¿Quiénes son esos dos, y qué hicieron?».

«¡Pero bueno!... al menos habrás oído hablar de la matanza, de la matanza de Herodes... Más de mil pequeñuelos, en la ciudad; otro millar casi, en los campos. Y todos, bueno, casi todos, varones, porque con la furia, con la obscuridad, con el revuelo, los desalmados tomaron, arrancaron de las cunas, de los lechos maternos, de las casas que asaltaron, incluso niñitas y las transpasaron con las armas como a gacelas lactantes tomadas como blanco por un arquero. Y todo esto ¿por qué? Porque un grupo de pastores, que para vencer el hielo nocturno ciertamente habían bebido sus buenos tragos de sidra, cayeron en delirio y dijeron que habían visto ángeles, que habían oído canciones, recibido señales... y nos dijeron a los de Belén: “Venid. Adorad. El Mesías ha nacido”. ¡Fíjate: el Mesías en una cueva! Realmente tengo que decir que todos nos comportamos como ebrios, también yo, adolescente, y mi mujer, que entonces tenías pocos años... porque todos creímos, y, en una pobre mujer galilea quisimos ver a la Virgen que da a luz, de que hablaron los Profetas. ¡Pero si estaba con un tosco galileo!; el marido, claro; y, si estaba casada, ¿cómo podía ser la “Virgen”? En definitiva: creímos. Dones, adoraciones... casas abiertas para hospedarlos... ¡Oh, habían sabido hacer bien su papel! ¡Pobre Ana! Le fueron en ello los bienes y la vida, y los hijos de su hija — la primera, la única que se salvó porque estaba casada con un mercader de Jerusalén — perdieron también los bienes, porque Herodes mandó quemar la casa y talar toda la propiedad. Ahora es un terreno baldío en el que pace el ganado».

«¿Los pastores tuvieron toda la culpa?».

«No, también tres brujos que venían de los reinos de Satanás. Quizás eran compinches de los tres...¡ Y nosotros, estúpidos, que nos considerábamos tan honrados por su presencia! ¡Aquel pobre jefe de la sinagoga! Le matamos por jurar que las profecías avalaban la verdad de las palabras de los pastores y de los magos...».

«Por tanto, ¿toda la culpa fue de los pastores y de los magos?».

«No, galileo. También nuestra. De nuestra credulidad. ¡Se le esperaba desde hacía tanto tiempo al Mesías...! Siglos de espera. Muchas desilusiones en los últimos tiempos por los falsos mesías. Uno era galileo, como Tú, otro se llamaba Teoda. ¡Embusteros! ¡Mesías ellos!... ¡No eran más que ambiciosos aventureros en busca de fortuna! Deberíamos haber aprendido la lección. Sin embargo...».

73.6 «Y entonces, ¿por qué maldecís todos a los pastores y a los magos? Si os juzgáis estúpidos vosotros también, deberíais también maldeciros a vosotros mismos. Ahora bien, la maldición no está permitida por el precepto del amor. Maldición atrae maldición. ¿Tenéis la seguridad de que estáis en lo justo? ¿No podría ser que los pastores y los magos hubieran dicho la verdad, revelada a ellos por Dios? ¿Por qué querer creer que fueran embusteros?».

«Porque los años de la profecía no se habían cumplido. Después pensamos en ello... después de que la sangre, que volvió rojos pilones y arroyos, nos abriera los ojos del pensamiento».

«¿Y no habría podido el Altísimo, por exceso de amor hacia su pueblo, anticipar la venida del Salvador? ¿Sobre qué basaron los magos su aserción? Me has dicho que venían de Oriente...».

«En sus cálculos sobre una nueva estrella».

«¿Y no está escrito: “Una estrella nacerá de Jacob y un cetro surgirá de Israel”? Y ¿no es Jacob el gran patriarca, y no se detuvo en esta tierra de Belén estimada por él como pupila de su ojo, porque fue donde murió su amada Raquel? ¿Y no fue dicho también por boca profética: “Un retoño despuntará de la raíz de Jesé y una flor saldrá de esta raíz”? Iesaí, padre de David, nació aquí. ¿El retoño de la estirpe, serrada por la raíz por usurpación de unos tiranos, no es la “Virgen” que dará a luz a su Hijo, no de hombre, puesto que entonces ya no sería virgen, sino por querer divino, por lo cual Él será “el Emmanuel” porque: Hijo de Dios, será Dios; y traerá, por tanto, a Dios a habitar entre su pueblo, como su nombre dice? ¿Y no será anunciado, dice la profecía, a los pueblos de las tinieblas, o sea, a los paganos, “por una gran luz”? ¿La estrella que vieron los magos no podría ser la estrella de Jacob, la gran luz de las dos profecías de Balaam y de Isaías? Y la misma matanza llevada a cabo por Herodes, ¿no forma parte de las profecías? “Un grito se ha oído en lo alto... Es Raquel que llora por sus hijos”. Estaba signado que los huesos de Raquel vertieran lágrimas en el sepulcro de Efratá cuando, por el Salvador, llegara la recompensa al pueblo santo. Lágrimas para después mutarse en celeste sonrisa, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal, pero anuncia: “La serenidad ha sido concedida”».

«Eres muy docto. ¿Eres Rabí?».

«Lo soy».

«Y yo lo percibo. Hay luz y verdad en tus palabras. Pero... ¡oh!, demasiadas heridas sangran todavía en esta tierra de Belén por el verdadero o falso Mesías... Yo no le aconsejaría que viniera jamás aquí. La tierra le rechazaría como se rechaza a un hijastro por cuya causa murieron los verdaderos hijos. Pero... si era Él... murió degollado con los otros».

73.7 «¿Dónde viven ahora Leví y Elías?».

«¿Los conoces?». El hombre desconfía.

«No los conozco. No conozco su rostro. Pero son infelices y Yo siempre tengo piedad de los infelices. Deseo ir a verlos».

«¡Ya!... serás el primero después de casi seis lustros. Son todavía pastores y sirven a un rico herodiano de Jerusalén que se apropió de muchos bienes de los asesinados... ¡Siempre hay alguien que se aprovecha! Los verás con los rebaños hacia las alturas que conducen a Hebrón. Pero, un consejo: que los habitantes de Belén no te vean hablando con ellos. Te traería complicaciones. Los soportamos porque... porque está el herodiano. Si no...».

«¡Oh..., el odio!... ¿Por qué odiar?».

«Porque es justo. Nos han causado un mal».

«Creían que actuaban bien».

«Pero actuaron mal. ¡Y mal reciban! Debíamos haberlos matado, de la misma forma que ellos, con su necedad, provocaron muertes. Pero estábamos alelados, y después... estaba el herodiano».

«Si no hubiera estado él, entonces, ¿incluso después del primer impulso de venganza, los habríais matado?».

«Incluso ahora los mataríamos, si no tuviéramos miedo de su jefe».

«Hombre, Yo te digo: no odies, no desees el mal, no desees hacer el mal. Aquí no hay culpa. Pero, aunque la hubiera, perdona; en nombre de Dios, perdona. Díselo a los otros de Belén. Cuando desaparezca el odio de vuestros corazones, vendrá el Mesías; le conoceréis entonces, porque Él vive, Él ya estaba cuando tuvo lugar la matanza. Yo os digo que la matanza no ocurrió por culpa de los pastores y de los magos, sino por culpa de Satanás. El Mesías os ha nacido aquí, ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la casa de David abrió al mundo el río de las gracias eternas, abrió la vida al hombre...».

«¡Fuera, fuera! ¡sal de aquí! Tú, seguidor de este falso Mesías, que no podía más que ser falso, porque nos a traído desdicha, a nosotros los de Belén. Tú le defiendes, por tanto...».

«Silencio, hombre. Yo soy judío y tengo amigos en puestos importantes. Podría hacer que te arrepintieras del insulto» reacciona Judas agarrando de la túnica al campesino, y zarandeándole, violento, encendido de ira.

«No, no, ¡fuera de aquí! No quiero problemas, ni con los de Belén, ni con Roma, ni con Herodes. Marchaos, malditos, si no queréis que os deje marcados. ¡Fuera!...».

«Vamos, Judas. No respondas. Dejémosle en su odio. Dios no entra donde hay rencor. Vamos».

«Sí, vamos. Pero me la pagaréis».

«No, Judas, no. No hables así. Están ciegos... Habrá muchos así en mi camino...».

73.8 Salen, después de Simón y Juan — que ya estaban afuera, ha- blan­do en voz baja con la mujer, detrás de una esquina del esta-

blo —.

«Perdona a mi marido, Señor. Yo no creía hacer tanto mal... Mira, ten. Los tomarás mañana por la mañana. Son frescos, de hoy. No tengo otra cosa... Perdón. ¿Dónde vas a dormir?». (Da unos huevos).

«No te preocupes. Sé a dónde ir. Vete en paz por tu bondad. Adiós».

Caminan en silencio durante algunos metros. Luego Judas no se aguanta más y dice: «¡Pero también Tú...! ¡Mira que no hacerte adorar!... ¿Por qué no hacerle comer el lodo a ese sucio blasfemo? ¡Al suelo! Humillado por haberte faltado a ti, Mesías... ¡Oh, yo lo habría hecho! A los samaritanos hay que reducirlos a cenizas con un milagro. Sólo esto los mueve».

«¡Oh, cuántas veces lo oiré decir! Pero, ¡si tuviera que reducir a cenizas a alguien por cada pecado contra mí!... No, Judas. Yo he venido para crear. No para destruir».

«Ya. Pero los demás sí que te destruyen a ti».

Jesús no le rebate a Judas.

Detalle

Véase la segunda nota a continuación si se quiere ir directamente al grano.

Los Reyes Magos se mencionan en 73.3 y 73.5-6.

La matanza se menciona en 73.2 y sobre todo en 73.5-6.

Los pastores y la Natividad se mencionan principalmente en 73.2 y 75.5-7.

ECR 74.7-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

74.7 Jesús abre los brazos. Judas, viendo este gesto, dice: «¡No hables! ¡No es prudente!».

Mas Jesús llena la plaza de su voz potente: «¡Hombres de Judá, hombres de Belén, escuchad! ¡Oíd vosotras, mujeres de esta tierra sagrada para Raquel! ¡Oíd a Uno que viene de David; que, habiendo sido perseguido, ha sufrido; que, constituido digno de hablar, habla para comunicaros luz y consuelo! ¡Oíd!».

La gente deja de vocear, reñir, comprar, y se arremolina.

«¡Es un rabí!».

«Seguro que viene de Jerusalén».

«¿Quién es?».

«¡Qué apuesto!».

«¡Qué voz!».

«¡Qué ademanes!».

«¡Claro, si es de la estirpe de David...!».

«¡Nuestro, entonces!».

«¡Oigamos, oigamos!».

Toda la plaza está ahora contra la pequeña escalera, que parece un púlpito.

«El Génesis dice: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer... ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su calcañar”. Y también: “Yo multiplicaré tus afanes y tus embarazos... y la tierra producirá abrojos y espinas”. Ésta es la condena del hombre, de la mujer y de la serpiente.

Habiendo venido de lejos a venerar la tumba de Raquel, he oído en el viento de la tarde, en el rocío de la noche, en el llanto del ruiseñor por la mañana, el sollozo de la Raquel de antaño, repetido por bocas y bocas de madres de Belén en la clausura de las tumbas o de los corazones. He oído el dolor de Jacob clamando en el dolor de los viudos, ya sin esposa porque el dolor la mató... Yo lloro con vosotros. Oíd, hermanos de mi tierra. Belén, tierra bendita, la más pequeña de las ciudades de Judá, pero la más grande ante los ojos de Dios y de la humanidad por ser cuna del Salvador, como dice Miqueas, precisamente por ser tal, por estar destinada a ser el tabernáculo sobre el cual habría de posarse la Gloria de Dios, el Fuego de Dios, su Encarnado Amor, ha hecho que se desencadenara el odio de Satanás.

“Pondré enemistad entre ti y la mujer. Ella te tendrá bajo su pie y tú acecharás su calcañar”. ¿Qué mayor enemistad que la que mira a los hijos, corazón del corazón de la mujer? Y ¿qué pie más fuerte que el de la Madre del Salvador? He aquí por tanto que fue natural la venganza del Satanás vencido, el cual, no, no contra el calcañar, sino contra el corazón de las madres, por la Madre, lanzó su asechanza.

¡Oh, multiplicados afanes de la pérdida de los hijos después de haberlos dado a luz! ¡Oh, tremendos abrojos del haber sembrado y sudado por la prole, y seguir siendo padre pero ya sin prole! No obstante, ¡regocíjate, Belén! Tu sangre más pura, la sangre de los inocentes, ha abierto camino de llama y púrpura al Mesías...».

74.8 La multitud, que, desde que Jesús ha nombrado al Salvador y luego a la Madre del mismo, ha ido progresivamente inquietándose, ahora muestra un indicio más claro de agitación.

«Calla, Maestro» dice Judas «y vámonos».

Pero Jesús no le escucha. Continúa: «... al Mesías salvado de los tiranos por el Padre-Dios para conservárselo al pueblo para su salvación y...».

Una estridente voz de mujer grita: «¡Cinco, cinco había dado a luz y ahora no hay ninguno en mi casa! ¡Pobre de mí!» y grita histéricamente.

Es el comienzo del alboroto.

Otra mujer se revuelca en el polvo, se desgarra el vestido, muestra un pecho con el pezón mutilado, y grita: «¡Aquí, aquí, en esta mama me degollaron a mi primogénito! La espada le cortó la cara junto con mi pezón. ¡Oh, mi Eliseo!».

«¿Y yo? ¿Y yo? ¡Ahí está mi mansión!: tres tumbas en una, veladas por el padre. Marido e hijos juntos. ¡Ahí, ahí está!... Si está entre nosotros el Salvador, que me devuelva a mis hijos, que me devuelva a mi esposo, que me salve de la desesperación, de Belcebú».

Gritan todos: «¡Nuestros hijos, los maridos, los padres! ¡Que nos los devuelva, si está entre nosotros!».

Jesús mueve los brazos imponiendo silencio. «Hermanos de mi tierra, Yo querría devolver a vuestra carne, sí, incluso a vuestra carne, los hijos. Pero Yo os digo: sed buenos, resignados; perdonad, tened esperanza, alegraos en una esperanza, regocijaos en una certeza. Pronto volveréis a tener a vuestros hijos, como ángeles en el Cielo, porque el Mesías en seguida abrirá las puertas de los Cielos, y, si sois justos, la muerte será Vida que viene, y Amor que vuelve...».

«¡Ah!, ¿eres Tú el Mesías? En nombre de Dios, dilo».

Jesús baja los brazos con ese gesto suyo tan dulce, tan manso, que parece un abrazo, y dice: «Lo soy».

«¡Fuera! ¡Fuera! ¡Por tu culpa, entonces!».

Vuela una piedra entre silbidos y befas.

74.9 Judas reacciona con una hermosa acción — ¡ah, si siempre hubiera sido así! — ... Se mete delante del Maestro, erguido sobre la pequeña pared del balconcito, con el manto abierto, y recibe impertérrito las pedradas, sangrando incluso, y les dice a Juan y a Simón chillando: «Llevaos a Jesús. Detrás de esos árboles. Yo os alcanzo. ¡Vamos! ¡En nombre del Cielo!», y a la multitud: «¡Perros rabiosos! Soy del Templo. Os denunciaré ante el Templo y ante Roma».

La multitud, por un instante, tiene miedo. Pero luego sigue con la apedrea; por suerte, con poca puntería. Y Judas la recibe impertérrito, respondiendo con contumelias a las maldiciones de la multitud; es más, coge al vuelo una piedra y se la tira a la cabeza a un viejecito que chilla como una urraca desplumada viva. Y, dado que intentan asaltar su pedestal, rápido recoge una rama seca que hay en el suelo (ya no está encima del pequeño muro) y la hace rotar sobre las espaldas, cabezas, manos, sin piedad.

Acuden soldados haciéndose paso con las lanzas. «¿Quién eres? ¿Por qué esta trifulca?».

«Un judío agredido por estos plebeyos. Estaba conmigo un rabí conocido por los sacerdotes, que estaba hablándoles a estos perros. Se han exaltado y nos han agredido».

«¿Quién eres?».

«Judas de Keriot. He pertenecido al Templo, ahora soy discípulo del Rabí Jesús de Galilea. Soy amigo del fariseo Simón, del saduceo Jocanán, del consejero del Sanedrín José de Arimatea, y... — esto lo puedes comprobar — de Eleazar ben Anás, el gran amigo del Procónsul».

«Lo comprobaré. ¿A dónde vas?».

«Con mi amigo a Keriot, y luego a Jerusalén».

«Ve. Te guardaremos las espaldas».

Judas le ofrece algunas monedas al soldado. Debe ser una cosa ilícita... pero habitual, porque el soldado lo toma rápido y cauto, saluda y sonríe. Judas baja de su podio de un brinco. Va a saltos por el campo baldío, alcanza a sus compañeros.

«¿Estás muy herido?».

«No es nada, Maestro. ¡Además, por ti!... No obstante, yo también he dado. Debo estar todo sucio de sangre...».

«Sí, en la mejilla. Aquí hay un hilo de agua».

Juan moja un pequeño pedazo de tela y lava la mejilla de Judas.

«Lo siento, Judas... Pero mira... aun diciéndoles a ellos que éramos judíos, según tu sentido práctico...».

«Son unos animales. Creo que te habrás persuadido, Maestro, y que no insistirás».

«¡Oh, no! No por miedo, sino porque es inútil por ahora. Cuando no nos quieren no se maldice, sino que uno se retira rogando por los pobres locos que se mueren de hambre y no ven el Pan. Vamos por este camino solitario. Creo que se puede tomar el camino de Hebrón... Vamos donde los pastores, si los encontramos».

«¿A llevarnos otras pedradas?».

«No. A decirles: “Soy Yo”».

«¡Entonces... por supuesto nos pegan de palos! ¡Sufren por tu causa desde hace treinta años!...».

«Veremos».

Van por un tupido bosquecito, sombrío, fresco, y los pierdo de vista.

Detalle

Jesús llegó a las ruinas de la casa de Ana. Entonces decidió hablar a los habitantes de Belén, que habían perdido a sus hijos en la matanza de los Inocentes.