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Notas del tema

La Alumni College

Página 8 de 9

Comodidad de lectura

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ECR 180.9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Sí. Morirá. Él lo sabe y Yo también. Nada ni nadie le salvará esta vez. ¿Cuándo? No lo sé. Sé que no saldrá vivo de las manos de Herodes».

«Sí, de Herodes. Escucha. Juan fue hacia esa hoz por donde pasamos también nosotros regresando a Galilea, entre el Ebal y el Garizim, porque el traidor le había dicho: “El Mesías ha sido agredido por unos enemigos y está muriendo. Quiere verte para confiarte un secreto”. Y Juan fue, con el traidor y con algún otro. Acechaban en la hoz los soldados de Herodes, y le prendieron. Los otros huyeron y llevaron la noticia a los discípulos que se habían quedado cerca de Enón. Acababan de llegar, cuando me presenté yo con la Madre. Lo que es horrible es que era uno de nuestras ciudades... y que a la cabeza del complot preparado para apresarle estaban los fariseos de Cafarnaúm. Habían ido a verle diciendo que Tú habías estado en su casa y que de allí partías para Judea... No habría abandonado su refugio sino por ti...».

Detalle

Juan el Bautista acaba de ser capturado, y Jesús confirma su muerte inminente.

ECR 181.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una aurora clara aljofara el lago y envuelve las colinas en niebla, ligera como velo de muselina, tras la cual se ven más graciosos los olivos y nogales y las casas y las cimas de los pueblos ribereños. Las barcas se deslizan serenas, silenciosas, en dirección a Cafarnaúm. Pero, en un momento dado, Pedro gira la caña del timón; tan bruscamente, que la barca se ladea.

«¿Qué haces!» dice Andrés.

«Allí hay una barca de uno de esos avestruces. Está saliendo de Cafarnaúm. Tengo buenos ojos, y, desde ayer noche, olfato de perro rastrero. No quiero que nos vean. Vuelvo al río. Iremos a pie».

La otra barca ha hecho la misma maniobra, pero Santiago, que va al timón, pregunta a Pedro: «¿Por qué haces esto?».

«Ya te lo diré. Ven detrás de mí».

Jesús, que está sentado en la popa, vuelve de su ensimismamiento ya casi a la altura del Jordán. «Pero ¿qué haces, Simón?» pregunta.

«Bajamos aquí. Hay un chacal merodeando. No podemos ir a Cafarnaúm hoy. Primero voy yo a ver el ambiente; yo con Simón y Natanael. Tres personas dignas contra tres indignas... si es que no son más las indignas».

«¡No veas ahora asechanzas por todas partes! ¿No es la barca de Simón el fariseo?».

«Sí, justamente ésa».

«No estaba cuando la captura de Juan».

«No sé nada».

«Siempre es respetuoso conmigo».

«No sé nada».

«Me haces aparecer como una persona que huye».

«No sé nada».

A pesar de que Jesús no tenga ganas de reír, debe por fuerza sonreír ante la santa testarudez de Pedro.

«¡Pero tendremos que ir a Cafarnaúm, ¿no?! Si no es hoy, será en otro momento...».

«Ya te he dicho que voy antes yo y veo cómo está el ambiente, y... si es necesario... sí, lo haré también... será un malísimo trago... pero lo haré por amor a ti... Iré... iré donde el centurión a solicitar protección...».

«¡No, hombre, no hace falta!».

La barca se detiene en la pequeña playa desierta que está en el lado opuesto a Betsaida. Bajan todos.

«Venid vosotros dos. Tú también, Felipe. Los jóvenes quedaos aquí. Tardaremos poco».

El neodiscípulo Elías suplica: «Ven a mi casa, Maestro. Para mí sería un motivo de gran alegría que te hospedases en ella...».

«Voy a tu casa. Simón, nos encontraremos en casa de Elías. Adiós, Simón. Ve, pero sé bueno, prudente y misericordioso. Ven, que quiero besarte y bendecirte».

Pedro no da seguridad de que será bueno, ni paciente ni misericordioso; se limita a guardar silencio. Se besan recíprocamente. Es el mismo gesto de saludo de Jesús con el Zelote, Bartolomé y Felipe. Y las dos comitivas se separan ya, tomando direcciones opuestas.

Detalle

Es el día después del arresto de Juan el Bautista.

Anotación

- ¡Veo la barca de un búho! Está saliendo de Cafarnaún. Deben de estar a 3 ó 4 km de Cafarnaún, y Pedro reconoce la barca perteneciente a uno de los fariseos.

Jesús, que iba sentado en la popa, se despierta cuando está casi a la altura del Jordán. Popa o parte trasera de una barca. Este es su lugar "habitual", como podemos ver en EMV 448.3 y EMV 185.2).

Elías, el nuevo discípulo, pide limosna: se trata de un nuevo discípulo, conocido enEMV 179.

Los dos grupos se separan en direcciones opuestas. Pedro, con Simón el Zelote, Felipe y Bartolomé, va por la costa hacia el suroeste, en dirección a Cafarnaún, mientras que el grupo de Jesús sube hacia el norte para alcanzar el camino que lleva a Corozain.

ECR 181.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entran en Corazín en pleno día, terminada ya la aurora. No hay tallito que no brille con gemas de rocío. Los pájaros cantan por todas partes. El aire es puro, fresco: parece saber incluso a leche, a una leche más vegetal que animal. Y hay olor a cereales formándose dentro de las espigas, a almendros cargados de frutos... un olor ya experimentado por mí en las frescas mañanas en los opimos campos de la llanura padana.

Llegan pronto a casa de Elías. Pero ya muchos en Corazín saben que ha llegado el Maestro, y, cuando Jesús está para atravesar el umbral, una madre acude gritando: «¡Jesús, Hijo de David, piedad de mi hijita!».

Anotación

Al entrar en Chorazeïn, el alba dio paso a la luz del día. Desde el lago, Recorrieron 6 km, lo que podría haberles llevado alrededor de 1 ½ horas.

ECR 182.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pedro no vuelve hasta la mañana siguiente. El regreso es más sereno que la partida, porque no ha encontrado sino buena acogida en Cafarnaúm, y en la ciudad ya no están ni Elí ni Joaquín.

«Deben ser ellos los del complot. He preguntado a unos amigos que cuándo se habían marchado, y he comprendido que habían ido a visitar al Bautista como penitentes y no habían vuelto; y creo que no volverán tan pronto, ahora que he dicho que estaban presentes durante el arresto... Ha producido revuelo este arresto del Bautista... Y me las ingeniaré para que lo sepan hasta los mosquitos... Es nuestra mejor arma. He visto también al fariseo Simón... Bueno... si es como se me ha presentado, su actitud me parece buena. Me dijo, remarcando las palabras: “Aconséjale al Maestro que no siga el curso del Jordán por el valle occidental. Es más segura la otra parte”. Y terminó: “Yo no te he visto, no he hablado contigo. Recuérdalo. Obra en consecuencia, por el bien mío, tuyo y de todos. Di al Maestro que soy amigo suyo”, y miraba hacia arriba, como si estuviera hablándole al viento. Siempre — incluso cuando hacen cosas buenas — son falsos y... y... bueno, digo “extraños” para que no me reprendas. Eso sí... fui a dar un toquecito al centurión... Así... diciendo: “¿Está bien tu siervo?”. Y, habiéndome sido confirmado, respondí: “¡Menos mal! Pues estáte atento a tenerle sano, porque están al acecho del Maestro. Ya han cogido prisionero Juan el Bautista...”. El romano lo ha cazado al vuelo. ¡Es sagaz! Me respondió: “Dondequiera que haya una enseña, estará protegido y habrá quien recuerde a los israelitas que bajo el signo de Roma no se permiten complots, so pena de muerte o cárcel”. Son paganos... pero le habría besado. ¡Me gusta la gente que comprende y que hace! Así que podemos ir».

«Vamos. Pero no hacía falta todo esto» dice Jesús.

«¡Hacía falta, hacía falta!».

Jesús se despide de la hospitalaria familia que le ha acogido, como también del neodiscípulo, al cual parece que le ha dado instrucciones.

Detalle

Pedro fue a Cafarnaúm y preguntó por la traición de Juan el Bautista.

Anotación

Pedro no llegó hasta la mañana siguiente. Estaba más tranquilo que al principio, porque había encontrado en Cafarnaún una cálida acogida y la ciudad se había librado de Elí y Joaquín. Se trataba de los dos fariseos de Cafarnaún más sospechosos de haber organizado el arresto del Bautista (véase EMV 180.9).

También conocí al fariseo Simón y... Pero si es como me pareció, parece bien dispuesto. Fue este fariseo quien organizó el banquete en el que María Magdalena lloró a los pies de Jesús (cf. EMV 236,1).

Me dijo, subrayando las palabras: "Aconseja al Maestro que no vaya por la orilla occidental del Jordán. La otra orilla es más segura. " Jesús menciona este" consejo" en EMV 187.3.

Sin embargo, fui a hacerle una pequeña visita al centurión. Así que Pedro consiguió superar sus prejuicios contra los gentiles, como preveía por amor a Jesús, en EMV 181.1.

"Dondequiera que haya un signo romano, será una salvaguardia para él, y habrá alguien que recuerde a los judíos que, bajo los signos romanos, no está permitido conspirar sin exponerse a la muerte o a la galera. "Bajo la Pax Romana, no eran raros los ejemplos de conspiradores condenados a muerte.

ECR 187.3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿A dónde vamos exactamente?» pregunta Pedro.

«A llevar la Pascua a algunos que sufren. Hacía tiempo que quería hacerlo, pero no he podido. Lo habría hecho al regreso a Galilea. Ahora, que nos obligan a andar por caminos que no hemos elegido nosotros, iré a bendecir a los pobres amigos de Jonás».

«¡Perderemos tiempo! ¡La Pascua está ya cercana! Por distintos motivos, pero siempre hay retardos». Es otro coro de quejas que se eleva al cielo.

Y yo no sé cómo Jesús puede tener tanta paciencia... Dice, sin regañar a ninguno: «No me pongáis obstáculos, os lo ruego; comprended que preciso amar y ser amado. El único consuelo que tengo en la tierra es el amor y hacer la voluntad de Dios».

«¿Y vamos por aquí? ¿No hubiera sido más bonito ir por Nazaret?».

«Si os lo hubiera propuesto, os habríais rebelado. Ninguno imaginará que estoy en esta zona... Y lo hago por vosotros, porque... tenéis miedo».

«¡Miedo? ¡No, no! ¡Estamos prontos para combatir por ti!».

«Rogad al Señor que no os ponga a prueba. Sé que sois rencillosos, rencorosos; conozco vuestro vehemente deseo de dañar a quien me daña, de humillar al prójimo. Todo esto lo conozco. Lo que no conozco es vuestro coraje. Si por mí fuera, habría ido solo y por el camino normal, y no me habría sucedido nada, porque no ha llegado la hora. Pero siento compasión de vosotros. Además, presto obediencia a mi Madre, y... sí, también esto, no quiero que se sienta molesto el fariseo Simón: Yo no les daré motivo, pero ellos sí mostrarán animosidad conmigo».

«¿Y aquí por dónde se pasa? No conozco bien esta zona» dice Tomás.

«Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón. ¡No temáis!... Doras, hijo de Doras, y Jocanán están ya en Jerusalén».

ECR 190.1-3 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Comienza el ocaso con un enrojecimiento del cielo. Jesús ya ve los campos de Jocanán.

«Aceleremos el paso, amigos, antes de que decline el Sol. Tú, Pedro, adelántate con tu hermano para avisar a nuestros amigos de Doras».

«Sí, sí, voy, que también quiero asegurarme de si el hijo se ha marchado». Pedro pronuncia esa palabra, “hijo”, en un modo que vale por un largo discurso. Y se adelanta.

Entretanto, Jesús prosigue más despacio, mirando a su alrededor para ver si hay algún campesino de Jocanán; mas sólo se ven los fértiles campos con las espigas ya bien formadas.

Por fin, de entre la frondosidad de las parras, se destaca un rostro sudoroso al tiempo que proviene un grito: «¡Oh, Señor bendito!» y el campesino sale corriendo del viñedo para venir a postrarse ante Jesús.

«¡Paz a ti, Isaías!».

«¡Hasta te acuerdas de mi nombre?».

«Lo llevo escrito en el corazón. Levántate. ¿Dónde están los otros compañeros?».

«Allá, en los pomares. Voy a avisarlos. ¿Vienes a estar con nosotros, verdad? El amo no está, así que podemos festejar tu venida. Además... un poco por miedo y un poco por alegría, es mejor. ¡Fíjate, este año nos ha concedido el cordero, e ir al Templo! Nos ha dado sólo seis días, pero... bueno, correremos por el camino. ¡Fíjate, nosotros también a Jerusalén! Y esto te lo debemos a ti». El hombre está en el séptimo cielo, de la alegría de haber sido tratado como hombre y como israelita.

«Que Yo sepa, no he hecho nada» dice Jesús sonriendo.

«¡Cómo no? ¡Claro que has hecho! Doras, y luego los campos de Doras... mientras que éstos este año están espléndidos... Jocanán supo de tu venida, y no es bobo. Tiene miedo y... y tiene miedo».

«¿A qué?».

«A que le pase con su vida y sus bienes lo que a Doras. ¿Has visto las tierras de Doras?».

«Vengo de Naím...».

«Entonces no las has visto. Están devastadas». (El hombre dice esto en voz baja, pero remarcando las palabras, como quien estuviera confiando una cosa tremenda en secreto). «¡Totalmente devastadas!: ni heno, ni cereales, ni fruta; las cepas y los árboles frutales secos... muerto... todo muerto... como en Sodoma y Gomorra... Ven, ven, que te las muestro».

«No hace falta. Voy adonde aquellos campesinos...».

«¡No, ya no están! ¡Ah, no lo sabes? Los ha repartido a todos por otros lugares o los ha despedido, Doras, el hijo de Doras; y los que han sido enviados a otras tierras tienen la obligación de no hablar de ti, so pena de ser azotados... ¡No hablar de ti!... ¡Será difícil! Nos lo ha dicho incluso Jocanán».

«¿Qué ha dicho?».

«Ha dicho: “No soy tan estúpido como Doras, así que no os digo: ‘No quiero que habléis del Nazareno’. Sería inútil, porque lo haríais igualmente, y no quiero perderos matándoos a fuerza de azotes como a animales indóciles. Es más, os digo: ‘Sed buenos, como, sin duda, os enseña el Nazareno, y decidle que os trato bien’. No quiero ser maldecido yo también”. No, él ve bien lo que son estos campos después de tu bendición, y lo que son aquéllos después de tu maldición.

190.2

¡Oh, ahí están los que me araron la tierra[1]...» y el hombre corre al encuentro de Pedro y Andrés.

Pero Pedro le saluda brevemente y prosigue hacia Jesús. Antes de llegar, ya grita: «¡Maestro! ¡Ya no está ninguno de los de antes; son todas caras nuevas! ¡Todo está devastado! La verdad es que podría prescindir de campesinos aquí. ¡Peor que en el Mar Salado!...».

«Lo sé. Me lo ha dicho Isaías».

«¡Pero ven a ver! ¡Caramba, lo que se ve!...».

Jesús quiere contentarle, pero primero dice a Isaías: «Entonces, estaré con vosotros. Advierte a tus compañeros. No os molestéis por la comida, que la tengo Yo; nos es suficiente con un henil para dormir, y con vuestro amor. Dentro de nada estoy con vosotros».

La vista de las tierras de Doras es realmente desoladora: campos secos, prados pelados, secas las vides, destruidos hojas y frutos de los árboles por millones de insectos de todo tipo. También el jardín-pomar de al lado de la casa muestra el aspecto desolado de un bosque herido de muerte.

Los campesinos se mueven de un lado para otro arrancando malas hierbas, aplastando larvas, caracoles, lombrices y otros bichos semejantes; o ponen debajo de los árboles barreños llenos de agua y menean las ramas, para ahogar mariposas, gorgojos y demás parásitos que recubren las hojas que aún quedan y que agotan el árbol y le matan. Buscan un signo de vida en los sarmientos de las vides, pero éstos se rompen, secos, en cuanto se tocan, y, alguna vez, como si una siega hubiera cortado sus raíces, ceden desde la base.

El contraste con los campos de Jocanán, con los viñedos y pomares de éste, es vivísimo, siendo así que la desolación de los campos maldecidos aparece aún más violenta si se compara con la fertilidad de estos otros.

«Tiene mano dura el Dios del Sinaí» dice en tono bajo Simón Zelote.

Jesús hace ademán como de decir: «¡No lo sabes tú bien!» pero no lo dice. Sólo pregunta: «¿Cómo ha sucedido?».

Uno de los campesinos responde entre dientes: «Topos, langosta, gusanos... ¡Vete! El vigilante es fiel a Doras... No nos perjudiques...».

Jesús suspira y se marcha.

Otro de los campesinos, que está encorvado recalzando un manzano con la esperanza de salvarlo, dice: «Mañana iremos a verte... cuando el vigilante se haya ausentado para ir a Yizreel a la oración... Iremos a casa de Miqueas».

Jesús hace un gesto de bendición y se marcha.

190.3

Vuelve al cruce y se encuentra a todos los campesinos de Jocanán, jubilosos, contentos, los cuales, rodeando amorosos a su Mesías, le conducen hacia sus pobres mansiones.

«¿Has visto, allí?».

«Sí. Mañana vendrán los campesinos de Doras».

«Sí, mientras las hienas están en la oración... Así hacemos todos los sábados... y hablamos de ti, con lo que sabemos por Jonás, por Isaac, que viene a menudo a vernos, y por tus palabras de Tisri. Hablamos como sabemos, porque lo que no se puede hacer es no hablar de ti, y más se habla cuanto más se sufre y cuanto más lo prohiben. Aquellos pobrecillos... beben la vida todos los sábados... Pero, ¡cuántos en esta llanura tienen necesidad de saber, al menos saber de ti, y no pueden venir hasta aquí!...».

«Me ocuparé también de ellos. En cuanto a vosotros, benditos seáis por lo que hacéis».

El Sol declina mientras Jesús entra en una ahumada cocina. Comienza el reposo sabático.

Anotación

" El hombre corre al encuentro de Pedro y Andrés. Cf. EMV 109.4: Pedro y Andrés, Santiago y Juan, que ocuparon el lugar de los labradores para poder escuchar la palabra de Jesús.

El Dios del Sinaí tiene mano dura. Una referencia directa a las palabras de Jesús en EMV 109.12.

Hablamos de Ti, con lo que hemos aprendido de Jonás, de Isaac, que viene a menudo a nosotros, y de tu discurso en Tisri. Cf. EMV 109.5.

ECR 191.1-9 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Entrega a Miqueas la cantidad de dinero suficiente para que mañana pueda restituir lo que hoy ha pedido prestado a los campesinos de esta zona» dice Jesús a Judas Iscariote, que es quien, generalmente, administra los... bienes comunes.

Luego llama a Andrés y a Juan y los manda a dos puntos desde donde se puede ver el camino, o los caminos, que vienen de Yizreel; luego, a Pedro y a Simón, y les dice que salgan al encuentro de los campesinos de Doras, con la indicación de detenerlos en la divisoria de las dos propiedades; finalmente, dice a Santiago y a Judas: «Coged las provisiones y venid».

Los siguen los campesinos de Jocanán, mujeres, hombres y niños; los hombres llevan dos pequeñas ánforas — bueno, pequeñas es un decir — que deben estar llenas de vino hasta los bordes; más que ánforas, son tinajas y contendrán, más o menos, sus buenos diez litros cada una (ruego también esta vez que no se tomen mis medidas por artículo de fe). Caminan hasta donde un espesa viña señala el límite de la propiedad de Jocanán; más allá, adyacente, hay una ancha zanja que mantienen siempre llena de agua (¡a saber con cuánto trabajo!).

«¿Ves? Jocanán ha litigado con Doras por esto. Jocanán decía: “Esta completa devastación es culpa de tu padre. Si no quería adorarle, al menos debía haberle temido y no provocarle”. Y Doras — parecía un demonio — gritaba: “Has salvado tus tierras por esta zanja. Los insectos no la han atravesado...”. Y Jocanán decía: “¿Y entonces cómo es que ahora sufres toda esta devastación mientras que antes tus campos eran los mejores de Esdrelón? Créeme, es el castigo de Dios; habéis sobrepasado la medida. ¿Esta agua?... Siempre ha estado aquí; no es el agua lo que me ha salvado”. Y Doras gritaba: “Esto prueba que Jesús es un demonio”. “Es un justo” gritaba Jocanán. Y así fueron caminando un trecho, mientras les quedó resuello. Luego Jocanán, gastando mucho, hizo derivar un ramal del torrente y cavar para buscar más agua en el subsuelo y hacer todo un orden de zanjas como divisoria entre él y su pariente, y las hizo excavar más hondas, y a nosotros nos dijo lo que ayer te referimos... En el fondo él se alegra de lo sucedido. Se sentía muy envidioso de Doras... Ahora espera poder comprar todo, porque Doras acabará vendiendo todo por dos perras gordas».

191.2

Jesús escucha benigno todas estas confidencias mientras espera a los pobres campesinos de Doras. Éstos no tardan en llegar, y, en cuanto ven a Jesús, que está a la sombra de un árbol, se postran en tierra.

«Paz a vosotros, amigos. Acercaos. Hoy la sinagoga está aquí y Yo soy vuestro arquisinagogo; pero antes quiero ser vuestro padre de familia. Sentaos en círculo, os daré comida. Hoy tenéis con vosotros al Esposo, hoy se hace banquete nupcial».

Y Jesús destapa una cesta, saca unos panes, los distribuye entre los asombrados campesinos de Doras; de otra saca las provisiones que ha podido encontrar: quesos, verduras — ha encargado que las cocinen — y un pequeño cabritillo o corderito, asado entero, que también distribuye a los pobres desdichados; luego echa el vino en una tosca copa que ofrece para que se la pasen entre ellos y todos beban.

«¿Pero por qué?, ¿por qué? ¿Y ellos?» dicen los de Doras, refiriéndose a los de Jocanán.

«Ya les he dado a ellos».

«¡Qué compra! ¿Cómo te las has arreglado para conseguirlo?».

«Todavía hay personas buenas en Israel» dice Jesús sonriendo.

«Pero hoy es sábado...».

«Agradecédselo a este hombre» dice Jesús señalando al hombre de Endor. «Él nos ha procurado el cordero. Lo demás ha sido fácil conseguirlo».

Los desdichados devoran — ésta es la palabra — esta comida que no veían desde hacía mucho tiempo.

191.3

Hay uno, ya entrado en años, que come y llora tienendo apretado contra su costado a un niño de unos diez años.

«¿Por qué eso, padre?...» pregunta Jesús.

«Porque rebosas bondad...».

El hombre de Endor dice con su voz gutural: «Es verdad... Provoca el llanto, pero son lágrimas que no dejan mal sabor...».

«No dejan mal sabor. Es verdad. Además... yo quisiera una cosa. Este llanto es también deseo».

«¿Qué quieres, padre?».

«¿Ves a este niño? Es mi nieto. Me ha quedado él, después del desprendimiento de tierras que hubo este invierno. Doras ni siquiera sabe que ha venido, porque le tengo en el bosque viviendo como si fuera un animal salvaje y no le veo sino los sábados. Si me lo descubre, o le aleja o le pone a trabajar... y entonces este tierno niño, sangre de mi sangre, estará en peores condiciones que una acémila... Para la Pascua pienso mandarle a Jerusalén con Miqueas, pues le llega el momento de hacerse hijo de la Ley... ¡Es el hijo de mi hija!...».

«¿Me lo confiarías a mí?... No llores. Tengo muchos amigos honrados, santos y sin hijos; le educarán santamente en mi camino...».

«¡Señor, desde que he tenido noticia de ti, lo he deseado! Al santo Jonás le rogaba — a él, que sabe lo que significa ser de este amo — que salvase a mi nieto de una muerte así...».

«Niño, ¿vendrías conmigo?».

«Sí, mi Señor, y no te haré sufrir».

«No se hable más».

191.4

«Pero... ¿a quién se lo piensas confiar?» pregunta Pedro tirándole a Jesús de una manga. «¿A Lázaro también?».

«No, Simón... Pero hay muchos que no tienen hijos...».

«Yo soy uno de ellos...». El rostro de Pedro parece incluso afilarse por este deseo.

«Simón, ya te he dicho[1] que habrás de ser el “padre” de todos los hijos que te voy a dejar en herencia, pero sin la cadena de ningún hijo tuyo propio. No te aflijas; eres demasiado necesario para el Maestro como para que el Maestro pueda prescindir de ti por un sentimiento. Soy exigente, Simón, más exigente que un marido celosísimo; te amo con toda predilección y te quiero todo para mí, todo mío».

«De acuerdo, Señor... De acuerdo... Hágase como quieres». El pobre Pedro se adhiere heroicamente a la voluntad de Jesús.

«Será hijo de mi Iglesia naciente. ¿De acuerdo? De todos y de ninguno. Será “nuestro” niño. Nos seguirá, o irá a donde nosotros estemos, cuando lo permita la distancia; sus tutores serán los pastores, que en todos los niños aman a “su” niño Jesús. Ven aquí jovencito. ¿Cómo te llamas?».

«Yabés de Juan, y soy de Judá» dice con tono firme el muchacho.

«Sí, somos judíos» confirma el anciano. «Yo trabajaba en las tierras de Doras en Judea y mi hija se casó con un hombre de aquella zona; trabajaba en los bosques cerca de Arimatea, pero este invierno...».

«He visto la desgracia[2]».

«El niño se salvó, porque esa noche estaba con un pariente lejano... ¡Verdaderamente le ha signado su nombre, Señor! Se lo dije a mi hija inmediatamente: “¿Es que te has olvidado de su antepasado?”. Pero el marido quiso llamarle así, y Yabés se llamó».

«“El niño[3] invocará al Señor. El Señor le bendecirá y dilatará sus fronteras. La mano del Señor está sobre su mano, no pesará ya el mal sobre él”. El Señor se lo concederá para consuelo tuyo, padre, y de los espíritus de los muertos, y para confortación de este huérfano.

191.5

Bien, ahora que hemos separado la necesidad del cuerpo de la del alma con un acto de amor hacia este niño, escuchad la parábola que he pensado para vosotros.

Había un hombre muy rico. Sus indumentos eran vistosísimos. Vestido de púrpura y de lino cendalí, se pavoneaba en las plazas y en su propia casa. Era reverenciado como el más poderoso del lugar por los habitantes de la ciudad, y por los amigos, que secundaban su soberbia para sacar provecho. Las salas de su casa estaban todos los días abiertas para celebrar espléndidos banquetes, hervidero de invitados — todos ricos y, por tanto, no necesitados — que adulaban al rico Epulón. Sus banquetes eran célebres por la abundancia de manjares y de vinos selectos.

En la misma ciudad había un mendigo, un mísero mendigo, verdaderamente mísero; tan mísero era éste cuanto rico era el otro. Pero, bajo la costra de la miseria humana del mendigo Lázaro, se celaba un tesoro aún mayor que su propia miseria y que la riqueza de Epulón; tal tesoro era la auténtica santidad de Lázaro: no había transgredido nunca la Ley, ni siquiera impulsado por la necesidad, pero, sobre todo, había cumplido el precepto del amor a Dios y al prójimo.

Como hacen siempre los pobres, se acercaba a las puertas de los ricos para pedir limosna y no morir de hambre; al declinar la tarde, todos los días, iba a la puerta de Epulón, esperando recibir al menos las migajas de los pomposos banquetes que en esas riquísimas salas se celebraban. Se echaba en el suelo, en la calle, junto a la puerta, y, paciente, esperaba. Pero, si Epulón se daba cuenta de que estaba ahí, mandaba que le alejasen, porque ese cuerpo cubierto de llagas, desnutrido, andrajoso, era un espectáculo demasiado triste para sus invitados; eso decía Epulón (en realidad era porque la vista de esa miseria y esa bondad le significaba un continuo reproche).

Más compasivos que él eran sus perros — que estaban bien alimentados y lucían valiosos collares —, pues se acercaban al pobre Lázaro y le lamían las llagas, gimoteando de alegría por sus caricias, y hasta incluso le llevaban las sobras de las ricas mesas; así Lázaro superaba la desnutrición por mérito de los animales (si hubiera sido por el hombre, habría muerto, pues el hombre no le permitía siquiera entrar en las salas después del banquete para recoger las migajas que hubieran caído de las mesas).

191.6

Un día Lázaro murió. Ninguno en esa tierra se dio cuenta, nadie le lloró; es más, Epulón se puso muy contento porque a partir de ese día dejó de ver a esa miseria, que él llamaba “oprobio”, al lado de su puerta. Pero en el Cielo sí lo advirtieron los ángeles, y en sus últimos estertores, en su covachuela fría y desposeída de todo, estaban presentes las cohortes celestes, las cuales, rutilantes, recogieron el alma de Lázaro y la llevaron entre cantos de aleluya al seno de Abraham.

Pasado un tiempo, murió Epulón. ¡Oh, qué funerales tan fastuosos! Toda la gente de la ciudad, que había estado al corriente de su agonía y que ahora se apiñaba en la plaza donde se alzaba la casa — para ser notados como amigos del grande, o por curiosidad o por interés hacia los herederos —, se unió al duelo. El vocerío subió hasta el cielo, y con el vocerío las falsas alabanzas al “grande”, al “benefactor”, al “justo” que había muerto.

¿Podrá, acaso, palabra humana alguna mutar el juicio de Dios? ¿Podrá apología humana alguna borrar lo que está escrito en el libro de la Vida? No, no puede. Lo juzgado juzgado está, lo escrito escrito está. A pesar de los solemnes funerales, el espíritu de Epulón fue sepultado en el Infierno.

Entonces, en esa horrenda cárcel, bebiendo y comiendo fuego y tinieblas, hallando odio y torturas en todos los lugares y en todos los instantes de esa eternidad, alzó la mirada al Cielo, a ese Cielo que había visto[4] en una exhalación, en un átomo de minuto, y cuya inefable belleza recordaba cual tormento entre atroces tormentos. Vio arriba a Abraham, lejano pero fúlgido, beato...; y en su seno, también fúlgido y beato, a Lázaro, a ese pobre Lázaro en otro tiempo despreciado, repelente, misero... ¿y ahora?... ¡ah!, ahora, hermoso con la luz de Dios y con su propia santidad, rico en amor de Dios, admirado, no ya por los hombres sino por los ángeles de Dios.

Epulón gritó llorando: “¡Padre Abraham, ten piedad de mí! ¡Manda a Lázaro — puesto que no puedo esperar que vengas tú —, manda a Lázaro para que moje la punta de un dedo en el agua y la ponga en mi lengua, para refrescarla, porque sufro atrozmente por esta llama que me penetra continuamente y me quema!”.

Abraham respondió: “Acuérdate, hijo, de que tuviste en la tierra todos los bienes, y Lázaro todos los males, y supo hacer del mal un bien, mientras que tú sólo supiste hacer el mal con tus bienes. Por tanto, es justo que ahora él, aquí, sea consolado y que tú sufras. Pero es que además no es posible lo que pides. Los santos están diseminados sobre la faz de la tierra para beneficio de los hombres, pero, cuando, a pesar de la extrema cercanía de éstos, el hombre sigue siendo lo que es — en tu caso, un demonio —, inútil es recurrir después a los santos. Ahora estamos separados. Las hierbas, en el campo, están mezcladas, mas, una vez cortadas, serán separadas las malas de las buenas. Lo mismo sucede con vosotros y nosotros: estuvimos juntos en la tierra y, contra el amor, nos arrojasteis de vuestra presencia, nos atormentasteis de todos los modos posibles, nos relegasteis al olvido; pues bien, ahora estamos divididos y entre vosotros y nosotros se abre un abismo tal, que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no podrían, ni tampoco vosotros, que estáis allí, podéis salvar este abismo tremendo para venir a nosotros”.

191.7

Epulón, llorando con más fuerza, gritó: “Al menos, padre santo, manda — te lo ruego —, manda a Lázaro a casa de mi padre. Tengo cinco hermanos. Nunca he comprendido el amor, ni siquiera entre familiares. Pero ahora... ahora comprendo lo terrible que es el no ser amados. Y, dado que aquí, donde estoy, vive el odio, ahora he comprendido — por ese átomo de tiempo en que mi alma vio a Dios[5] – lo que es el Amor. No quiero que mis hermanos sufran estas penas. Tengo verdadero terror por ellos, porque llevan la misma vida que yo llevaba. ¡Oh, manda a Lázaro, a decirles dónde estoy y por qué; a decirles que el Infierno existe, y que es atroz, y que quien no ama a Dios y al prójimo viene al Infierno! ¡Mándale, para que actúen en consecuencia antes de que sea tarde, y así eviten el venir aquí, a este lugar de eterno tormento!”.

Pero Abraham respondió: “Tus hermanos tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”; a lo que Epulón, con un gemido de alma torturada, replicó: “¡Oh, padre Abraham, les hará más impresión un muerto; escúchame; ten piedad!”.

Pero Abraham dijo: “Si no han escuchado a Moisés y a los Profetas, no creerán tampoco a uno que resucite por una hora de entre los muertos para dirigirles palabras de Verdad. Y, además, no es justo que un bienaventurado deje mi seno para ir a recibir ofensas de los hijos del Enemigo. El tiempo de las injurias para él ya ha pasado; ahora está en la paz y en ella permanece, por orden de Dios, que ve la inutilidad de intentar la conversión de quienes no creen siquiera en la palabra de Dios y no la ponen en práctica”.

Ésta es la parábola. Su significado es tan claro que ni siquiera requiere explicación.

191.8

Aquí ha vivido verdaderamente, conquistando su santidad, el nuevo Lázaro, mi Jonás, cuya gloria ante Dios se manifiesta evidente en la protección que otorga a quien en Él espera. Jonás sí puede venir a vosotros, como protector y amigo; vendrá si sois siempre buenos.

Os digo a vosotros lo que le dije a él la pasada primavera: quisiera poderos ayudar a todos, incluso materialmente, pero no puedo. Éste es mi pesar. Sólo puedo señalaros el Cielo; sólo puedo enseñaros la gran sabiduría de la resignación y prometeros el Reino futuro. No odiéis jamás, por ninguna razón. El Odio es fuerte en el mundo, pero tiene siempre un límite; el Amor no tiene límite ni de potencia ni de tiempo. Amad, pues, para poseer el Amor, como protección y consuelo en la tierra y como premio en el Cielo. Es mejor ser Lázaros que Epulones, creedme. ¡Bienaventurados seréis, si llegáis a creer esto!

No interpretéis como palabra de odio el castigo que se ha verificado en estas tierras, aunque los hechos pudieran justificarlo. No leáis mal el milagro. Yo soy el Amor; en principio, no habría descargado mi mano, pero — visto que el Amor no podía doblegar a este cruel Epulón —, le abandoné a la Justicia, y ella ha vengado al mártir Jonás y a sus hermanos. Esto es lo que tenéis que aprender del milagro acaecido: que la Justicia está siempre vigilante, aun en los momentos en que parece ausente, y que, siendo Dios el Señor de toda la creación, se puede servir, para aplicarla, de los más pequeños — como las orugas y las hormigas — para morder el corazón del cruel y avariento y hacerle morir ahogado por un vómito de veneno.

191.9

Os bendigo ahora; pero, cada nueva aurora oraré por vosotros. En cuanto a ti, padre, no estés angustiado por el cordero que me confías; te le traeré de vez en cuando, para gozo tuyo al verle crecer en sabiduría y bondad en el camino de Dios: él será tu cordero para esta pobre Pascua tuya, el más grato de los corderos que serán presentados al altar de Yeohveh. Yabés, despídete de tu anciano padre; luego ven a tu Salvador, a tu Pastor bueno. ¡La paz sea con vosotros!».

«¡Oh, Maestro, Maestro bueno!... ¡Dejarte!...».

«Sí, es penoso, pero no conviene que el vigilante os encuentre aquí. He elegido este lugar precisamente para evitaros castigos. Obedeced por amor al Amor, que os da este consejo».

Los pobres desdichados se alzan con lágrimas en los ojos y se dirigen hacia su cruz. Jesús los bendice de nuevo. Luego, llevando al niño de la mano, y con el hombre de Endor al otro lado, regresa — por el camino recorrido antes — a casa de Miqueas. Se reúnen con Él Andrés y Juan, los cuales, terminado su turno de guardia, vuelven a donde sus hermanos.

Anotación

"Simón, te lo dije", en EMV 104.5. La última mención de Lázaro está en relación con el acontecimiento relatado en EMV 172.11.

"Vi la catástrofe", en EMV 139.2.

"¿Por qué este nombre? ¿No recuerdas el antiguo? "(...) "El niño invocará al Señor y el Señor lo bendecirá y ensanchará sus fronteras; la mano del Señor está en su mano y ya no se verá agobiado por la desgracia. " La cita es de 1 Crónicas 4:9-10: Yabesh fue más honrado que sus hermanos. Su madre le dio el nombre de Yabesh (es decir, En pena), diciendo: "Yabesh invocó al Dios de Israel, diciendo: "Si en verdad me bendices, ampliarás mi territorio, tu mano estará conmigo y alejarás de mí la desgracia, para que termine mi angustia" Y Dios le concedió lo que había pedido.

En su dictado del 2 de agosto de 1943, Jesús describe a este rico malvado como Epulón, nombre de los sacerdotes encargados de organizar los banquetes en la antigua Roma, que el original de este episodio utiliza "Epulone" como equivalente de rico malvado.

"Volvió los ojos hacia el Cielo que había vislumbrado". Debe entenderse como Maria Valtorta comentó en una copia mecanografiada: "Volvió los ojos hacia el limbo de los santos que había vislumbrado... y cuya apacible belleza era ya inenarrable...".

"Durante aquel segundo en que mi alma vislumbró a Dios" debe entenderse en el sentido de "en el momento del juicio particular", como anota Maria Valtorta en una copia mecanografiada.

Me gustaría hacerlo, y os cuento lo que le dije a ella la primavera pasada. En EMV 89.1.

ECR 192.5-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Engannim debe ser una bonita ciudad, no grande, bien abasteci da de agua de las colinas a través de un acueducto elevado que es probablemente obra romana. Jesús y los suyos están ya en las cercanías de la ciudad. En esto, perciben el rumor de una patrulla militar que está acercándose. Deben ponerse al seguro arrimándose al borde del camino. Los cascos de los caballos resuenan contra el suelo, que aquí, en las cercanías de la ciudad, muestra apenas la pavimentación bajo la tierra que se ha ido acumulando junto con detritos; en efecto, jamás una escoba ha limpiado este camino.

«¡Salve, Maestro! ¿Cómo por aquí?» exclama Publio Quintiliano, mientras se apea y se acerca a Jesús con una abierta sonrisa, llevando de la brida al caballo. Sus soldados, al ver esto en su superior, aminoran la marcha.

«Voy a Jerusalén por la Pascua».

«Yo también. Se refuerza la guardia para estas fiestas, incluso porque estará en la ciudad Poncio Pilatos, y también está Claudia. Nosotros patrullamos los caminos para protegerla a ella. ¡Son caminos tan inseguros!... Las águilas ponen en fuga a los chacales» dice riendo el soldado mientras mira a Jesús, y sigue diciendo en tono más bajo: «Este año, doble guardia para guardar las espaldas del sucio Antipas. Hay mucho descontento por el arresto del Profeta; descontento en Israel y, como consecuencia, entre nosotros. Pero, ya nos hemos encargado de hacer llegar a oídos del Sumo Sacerdote y demás compadres un... benigno toque de... flautas» y concluye en voz baja: «Ve seguro, que las uñas ahora están metidas en las zarpas. ¡Ja! ¡ja! Nos tienen miedo. Carraspea uno y creen que ha rugido. ¿Vas a hablar en Jerusalén? Acércate al Pretorio. Claudia habla de ti como de un gran filósofo. Te conviene porque... el procónsul es Claudia».

192.6 Quintiliano mira a su alrededor y ve a Pedro cargado, rojo y sudado. «¿Y ese niño?».

«Un huérfano que he tomado conmigo».

«¡Pero... ese hombre tuyo se está esforzando demasiado! Niño, ¿tienes miedo a ir unos metros a caballo? Te pongo aquí, bajo mi clámide; iré suave. Cuando lleguemos a las puertas, te dejo que sigas con ese hombre».

El niño no ofrece resistencia; debe ser dulce como un cordero. Publio le levanta en vilo y le sienta consigo en su montura.

Al dar la orden de ir despacio a los soldados, ve también al hombre de Endor. Le mira fijamente y dice: «¿Tú también por aquí?».

«Sí. Ya no vendo huevos a los romanos, pero los pollos están todavía allí. Ahora estoy con el Maestro...».

«¡Bien para ti! Así te sentirás más confortado. ¡Adiós! ¡Salve, Maestro, te espero en aquel pequeño grupo de árboles». Y espolea a su cabalgadura.

«¿Os conocéis?» le preguntan muchos de los presentes a Juan de Endor.

«Sí, como proveedor de pollos. Antes no me conocía. Una vez fui llamado a la comandancia a Naím, para fijar los precios, y estaba él. Desde entonces, cuando iba a Cesarea a comprar libros o algún utensilio siempre me saludaba. Me llama o Cíclope o Diógenes. No es malo. A pesar de mi odio por los romanos, no me mostré nunca agresivo con él porque me podía ser útil».

«¿Has oído, Maestro? ¿Ves?, han surtido buen efecto mis palabras al centurión de Cafarnaúm. Ahora voy más tranquilo» dice Pedro.

Y llegan a la mata de árboles a cuya sombra se ha apeado la patrulla.

«Mira, te devuelvo el niño. ¿Mandas algo, Maestro?».

«No, Publio. Dios te muestre su rostro».

«¡Salve!». Monta y espolea, seguido por los suyos con un

gran rumor metálico de herraduras y corazas que se entrechocan.

Anotación

Hay mucho descontento por el arresto del profeta: en EMV 180.

Mi discurso al centurión de Cafarnaún surtió efecto: en EMV 182.

ECR 197.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pedro, entretanto, se las ingenia para explicarle al niño las cosas más dignas de relieve en el Templo, y pide ayuda a los otros más cultos, especialmente a Bartolomé y a Simón, porque, siendo ancianos, se encuentra a gusto con ellos en su papel de padre.

En esto, ya ante el gazofilacio para hacer las ofrendas, los llama José de Arimatea.

«¿Estáis aquí? ¿Cuándo habéis llegado?» dice después de los recíprocos saludos.

«Ayer por la tarde».

«¿Y el Maestro?».

«Está allí, con un discípulo nuevo. Ahora vendrá».

José mira al niño y le pregunta a Pedro: «¿Un sobrinito tuyo?».

«No... sí. Bueno, quiero decir que, nada en cuanto a la sangre, mucho en cuanto a la fe, todo en cuanto al amor».

«No te comprendo…».

«Un huerfanito… por tanto, nada en cuanto a la sangre. Un discípulo... por tanto, mucho en cuanto a la fe. Un hijo... por tanto, todo en cuanto al amor. El Maestro lo ha recogido... y yo le doy mi cariño. Debe alcanzar la mayoría de edad en estos días...».

«¿Tan pequeño y ya doce años?».

«Es que... bueno, ya te lo contará el Maestro... José, tú eres bueno, uno de los pocos buenos que hay aquí dentro... Dime, ¿estarías dispuesto a ayudarme en esta cuestión? Ya sabes... le presento como si fuera mi hijo, pero soy galileo y tengo una fea lepra...».

«¡¿Lepra?!» exclama y pregunta aterrorizado José, separándose.

«¡No tengas miedo!... Mi lepra es la de ser de Jesús: la más odiosa para los del Templo, salvo pocas excepciones».

«¡No, hombre, no; no digas eso!».

«Es la verdad y hay que decirla... Por tanto, temo que se comporten cruelmente con el pequeño por causa mía y de Jesús. Además, no sé qué conocimientos tendrá de la Ley, la Halasia, la Haggada y los Midrasiots. Jesús dice que sabe mucho...».

«¡Bueno, pues si lo dice Jesús, entonces no tengas miedo!».

«Aquéllos... con tal de amargarme...».

«¡Quieres mucho a este niño, ¡eh!? ¿Le llevas siempre contigo?».

«¡No puedo!... Yo estoy siempre en camino; él es pequeño y frágil...».

«Pero iría contigo con gusto...» dice Yabés, que, con las caricias de José, está más tranquilo.

Pedro rebosa de alegría... Pero añade: «El Maestro dice que no se debe, y no lo haremos. De todas formas, nos veremos... José, ¿me vas a ayudar?».

«¡Claro, hombre! Estaré contigo. Delante de mí no harán injusticias. ¿Cuándo?

197.4

¡Oh, Maestro! ¡Dame tu bendición!».

«Paz a ti, José. Me alegro de verte; y, además, saludable».

«También yo, Maestro. Los amigos se alegrarán de verte. ¿Estás en Getsemaní?».

«Estaba. Después de la oración voy a Betania».

«¿A casa de Lázaro?».

«No, donde Simón. Tengo también allí a mi Madre y a la madre de mis hermanos y a la de Juan y Santiago. ¿Irás a verme?».

«¿Lo preguntas? Será una gran alegría y un gran honor. Te lo agradezco. Iré con muchos amigos...».

«¡Prudente, José, con los amigos!...» aconseja Simón Zelote.

«¡No, hombre... ya los conocéis! Es verdad que la prudencia dice: “Que no oiga el aire”. Pero, cuando los veáis, comprenderéis que son amigos».

«Entonces...».

«Maestro, Simón de Jonás me estaba hablando de la ceremonia del niño. Has llegado cuando estaba preguntando cuándo pensáis llevarla a cabo. Quiero estar presente también yo».

«El miércoles que precede a la Pascua. Quiero que celebre su Pascua ya como hijo de la Ley».

«Muy bien. Comprendido. Iré a recogeros a Betania. Pero antes, el lunes, iré con los amigos».

«De acuerdo, no se hable más».

«Maestro, te dejo. La paz sea contigo. Es la hora del incienso».

«Adiós, José. La paz sea contigo.»

Anotación

No sé cómo conoce la Ley, la Halajá, la Hagadá y los Midrashim. Jesús dice que sabe lo suficiente... Para salvaguardar la Ley, base religiosa y jurídica de la comunidad judía, los rabinos, después del exilio, la rodearon de una exégesis llamada Midrash (Interpretación). Los midrashim son comentarios sobre pasajes de las Escrituras. Entre los autores de renombre de estas tradiciones midráshicas se encuentran Hillel, Schammei y Gamaliel.

Midrash también se refiere a la rama del conocimiento rabínico que se ocupa de las normas de la ley tradicional (escrita), en contraposición a la Mishná (tradición oral). Esta interpretación de la ley mosaica dio lugar a nuevas prescripciones, normas de conducta a seguir en el culto y el derecho (las Halâkoth). La interpretación de las partes históricas del Pentateuco dio lugar a relatos y leyendas(la Hagadá). Sin embargo, en aras de la Ley mosaica, estos midrashim sólo debían transmitirse oralmente de generación en generación, aunque su autoridad llegó a ser casi igual a la de la Ley.

La hora del incienso. El incienso se quemaba en el Templo por la mañana y por la tarde, según lo prescrito en Éxodo 30, 7-8.

Libro de Éxodo 30, 7-8

Éxodo 30, 7-8 : Cuando Aarón vaya a encender las lámparas cada mañana, quemará incienso sobre ellas. Y cuando venga a encender las lámparas al atardecer, volverá a quemar incienso en ellas. De generación en generación, el incienso subirá perpetuamente ante el Señor.

ECR 198.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«He visto a José de Arimatea, Lázaro. El lunes va a venir con unos amigos».

«¡Ah, entonces ese día eres todo para mí!».

«Sí. Viene para estar juntos, y también para preparar una ceremonia relativa a Yabés. Juan, lleva al niño a la terraza, que se divertirá».

Juan de Zebedeo, siempre obediente, se alza en seguida de su sitio... Poco después, se oye el gorjeo del niño y sus pataditas en la terraza que rodea la casa.

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