ECR 162.6
El Evangelio como me ha sido revelado
Traducción en curso
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 162.6
Traducción en curso
ECR 164.1-2
ECR 164.1
Traducción en curso
ECR 174.16 · Volumen 3
Judas Iscariote está en un ángulo, pensativo. Jesús le llama; tres veces, porque no oye. Al final se vuelve: «¿Me querías, Maestro?».
«Sí; ve tú también a comer y a ayudar a tus compañeros».
«No tengo hambre, como tampoco Tú».
«Yo tampoco, pero por motivos opuestos. ¿Estás preocupado, Judas?».
«No, Maestro. Cansado...».
«Ahora vamos a ir al lago y luego a Judea, Judas. Y donde tu madre. Te lo prometí...».
Judas se reanima. «¿Vas a ir realmente conmigo solo?».
«¡Sí, hombre! Ámame, Judas. Quisiera que mi amor estuviera en ti hasta preservarte de todo mal».
«Maestro... soy hombre; no soy ángel; tengo momentos de cansancio. ¿Es pecado tener necesidad de dormir?».
«No, si duermes sobre mi pecho. Mira allá, qué feliz se ve a la gente, y qué alegre es el paisaje desde aquí. Pero también debe ser muy bonita Judea en primavera».
«Preciosa, Maestro; sólo allí, en las alturas de las montañas, que superan a las de aquí, es más tardía. Hay flores preciosas. Los pomares son un esplendor. El mío, atendido en particular por mi madre, es uno de los más bonitos. Créeme que verla pasear por él, con las palomas corriendo detrás esperando el grano, aplaca el corazón».
«Lo creo. Si mi Madre no se siente demasiado cansada, me gustaría llevarla a que viera a la tuya. Se querrían, porque son buenas las dos».
Judas, seducido por esta idea, se sosiega, y, olvidándose de “no tener hambre y de estar cansado”, corre adonde sus compañeros riendo alegre, y, siendo alto como es, desata los nudos más altos sin dificultad, y come su pan y sus aceitunas, alegre como un niño.
Jesús le mira con compasión y luego se dirige hacia los apóstoles.
María Magdalena irrumpió en el Monte de las Bienaventuranzas. Era entonces una gran pecadora. Después de que Jesús le hablara, se marchó furiosa. Después de su discurso, Jesús fue a ver a Judas.
Te lo prometí: Recordatorio de la promesa hecha a Judas en EMV 139.1.
Sólo que allá en las montañas, que son más altas que aquí, la primavera llega más tarde. Exactamente: la diferencia es de 3 o 4 semanas.
Si mi madre no está demasiado cansada, me encantaría llevarla a la tuya. Se querrían, porque las dos son buenas personas. Jesús quiere asociar a las dos madres que tanto tendrán que sufrir.
ECR 179.2 · Volumen 3
Las barcas de los apóstoles, recorrido el breve trecho de lago que separa Cafarnaúm de Betsaida, echan amarras en esta ciudad. Pero otras barcas las han seguido y muchos bajan de ellas para unirse enseguida a los de Betsaida que han venido a saludar al Maestro. Jesús está entrando ahora en la casa de Pedro en la que... está de jefe su mujer, la cual supongo que ha preferido la soledad antes que vivir entre las continuas quejas de su madre contra su marido.
Afuera reclaman al Maestro a voces, lo cual inquieta no poco a Pedro, que sube a la terraza y con tono autoritario se dirige a la gente, de la ciudad o no, diciendo que se requiere respeto y educación (quisiera, en efecto, poder gozar un poco de la presencia del Maestro, en paz, ahora que le tiene en su casa, y, sin embargo, no tiene el tiempo ni la satisfacción de ofrecerle ni siquiera un poco de agua y miel, entre las muchas cosas que ha dicho a su mujer que traiga), y se muestra enfadado.
ECR 179.4 · Volumen 3
«Ahora vamos con los que nos están esperando. Venid. Recibe la paz; mujer. Esta noche seré tu huésped».
Salen. Jesús va hacia el lago para evitar la compresión de la muchedumbre. Pedro, diligentemente, separa la barca de la orilla unos pocos metros, de modo que la voz de Jesús sea oída por todos y que haya un espacio entre el auditorio y Él.
Jesús está en casa de Pedro y habla con Porfirio.
ECR 180.1 · Volumen 3
Estamos de nuevo en la cocina de la casa de Pedro. La cena debe haber sido abundante, como se deduce de los platos con los restos de pescado y carne, de quesos, de diversos tipos de fruta seca — o pasa al menos —, de bollos de miel, amontonados sobre una especie de vasar que recuerda un poco a nuestros aparadores toscanos en que se amasa y conserva el pan; y de las ánforas y copas que están todavía encima de la mesa.
La mujer de Pedro debe haber hecho milagros para que su marido se sintiera contento, y debe haber estado trabajando todo la jornada. Ahora, cansada pero contenta, está en su rinconcillo mientras escucha lo que dice su marido y los demás; está mirando a su Simón, que para ella debe ser un gran hombre, aunque un poco exigente; cuando le oye hablar con palabras nuevas, con esa boca que antes no hablaba sino de barcas, redes, pescado y dinero, parpadea incluso, como deslumbrada por una luz demasiado intensa. Pedro esta noche, sea por la alegría de tener a su mesa a Jesús, sea por la alegría de la abundante comida consumida, está verdaderamente inspirado: se revela en él el futuro Pedro predicando a las muchedumbres.
ECR 180.4 · Volumen 3
«Pedro ha hablado muy bien, y Simón también. Os ruego que recordéis las palabras de ambos y que las apliquéis a vuestras almas».
Falta poco para que la mujer de Pedro se desmaye de la alegría de sentir alabar de este modo a su marido. Llora en su velo, serena y dichosa.
Pedro se pone tan colorado, que da la impresión de que le esté viniendo un ataque apoplético.
Después de una discusión entre Pedro, Judas y Simón el Zelote, Jesús dijo:
ECR 180.7 · Volumen 3
«Iba hacia abajo con la Madre y las mujeres. También estaban con nosotros Isaac y Timoneo. Tres mujeres y tres hombres. Cumplí tu orden de conducir a María donde Juan... ¡Ah, sabías que era el último adiós... que debía ser el último adiós!... La tormenta de hace unos días nos obligó a detenernos unas horas, pocas pero suficientes para que Juan no pudiera ya ver a María... Llegamos a la hora sexta. Él había sido capturado en la hora del galicinio...».
Juan explica a Jesús su viaje a Hennon.
"Mujeres" puede incluir a María de Alfeo, pero no tenemos confirmación de ello.
ECR 189.1 · Volumen 3
Naím debía tener una cierta importancia en tiempos de Jesús. No es muy grande pero está bien construida. La ciñen muros. Se asienta sobre una baja y risueña colina (un ramal del Pequeño Hermón, que domina desde lo alto la fertilísima llanura abierta hacia el noroeste).
Para llegar a ella, viniendo de Endor, hay que atravesar un riachuelo afluente del Jordán. Desde aquí ya no se ve este último — y ni siquiera su valle — pues lo ocultan unas colinas que dibujan un arco en forma de signo de interrogación abierto hacia el Este.
Jesús camina en dirección a esta ciudad, por un camino de primer orden que comunica las regiones del lago con el Hermón y sus pueblos. Tras Él van muchos habitantes de Endor, verdaderamente locuaces.
La distancia que separa al grupo apostólico de los muros de la ciudad es ya muy poca: unos doscientos metros, no más. Dado que el camino va derecho a meterse por una de las puertas de la ciudad, y dado, además, que la puerta está totalmente abierta — es pleno día —, se puede ver todo lo que está sucediendo en la zona inmediatamente situada al otro lado de los muros; es así que Jesús, que iba hablando con los apóstoles y con el nuevo convertido, ve venir, en medio de un gran revuelo de plañideras y de otras manifestaciones orientales de este tipo, un cortejo fúnebre.
«¿Vamos a ver, Maestro?» dicen muchos (ya muchos de los habitantes de Endor se han precipitado a la puerta para mirar).
«Bueno, vamos» dice Jesús condescendiendo.
«Debe ser un niño; ¡fíjate cuántas flores y cuántas cintas hay sobre la lechiga!» dice Judas de Keriot a Juan.
«O quizás una virgen» responde Juan.
«No — dice Bartolomé —, sin duda es un muchachito joven, por los colores que han puesto; además faltan los mirtos...».
El cortejo fúnebre ya está fuera de la ciudad. No es posible ver lo que hay en la lechiga, que va en alto, llevada a hombros; sólo por el relieve que hace, se intuye un cuerpo extendido, fajado, tapado con una sábana, y se comprende que es un cuerpo que ya ha alcanzado su completo desarrollo, porque ocupa toda la largura de la lechiga.
A su lado, una mujer velada, ayudada por parientes o amigas, camina llorando: es el único llanto sincero en toda esa comedia de plañideras. Y si uno de los que llevan las andas tropieza con una piedra, o hay un agujero o una pequeña elevación del suelo, de forma que la lechiga sufre una violenta oscilación, la madre gime: «¡No, no, despacio; mi niño ha sufrido mucho!» y levanta una de sus temblorosas manos y acaricia el borde de la lechiga — más no puede —, y, no pudiendo efectivamente más, besa los ondeantes velos y las cintas que el viento a veces agita, y que acarician la forma inmóvil.
«Es la madre» dice Pedro, compungido y con un brillo de llanto en sus ojos sagaces y buenos.
Pero no es el único que tiene bañados los ojos por esa congoja: al Zelote, a Andrés, a Juan y hasta a Tomás, que siempre está alegre, les brillan los ojos. Todos, todos están conmovidos.
Judas Iscariote dice en voz baja: «¡Si fuera yo... pobrecilla mi madre...!».
Los dos Santiago, Mateo, Felipe y Judas no se mencionan en este pasaje, pero están presentes. Van a Naín.
- Oh, debe de ser un niño, porque ya ves cuántas flores y cintas hay en la litera -le dice Judas a Juan.
- O a lo mejor es una virgen -responde Juan.
- No, seguramente es un niño, por los colores que han utilizado, y no hay mirtos...", dice Barthélemy.
Todos estos son indicios de los ritos funerarios en uso en la época. Judas de Judea y Bartolomé de Galilea los identificaron del mismo modo.